Tristán Marof

 

La tragedia del Altiplano

"A manera de Prólogo"

Este es un libro político. Escrito a comienzos de este año, rectificando luego, siguiendo el ritmo terrible de la guerra del Chaco, el drama boliviano, tan sombrío y trágico, aparecerá en estas páginas escritas nerviosamente con pasión y con dolor. No tengo el menor escrúpulo en confesarlo. Hombre de mi tiempo, de pasiones fuertes, mi vida tiene un objeto: la revolución proletaria. Y no porque esté de moda el desamor a lo extraordinario, y la caponería haya obtenido heráldica, títulos y consideración, puedo contentarme con el papel de espectador. Hijo de América, incrustado en la entraña indígena mi deber es luchar, mucho más en estos instantes, en que de un confín al otro del continente semicolonial el capital financiero depredador es amo y es rey.

Ligado a las masas, solamente sufriendo y conociendo sus necesidades se puede hacer historia. Los que viven en su torre de marfil, oficiando teológicamente, buenos maestros que hablan de “ideal” y tienen la bolsa repleta, reposando en sus cómodas butacas, esperando la revolución, sin mezclarse con los hombres, o apoyando sentimentalmente a la revolución, realizan tarea de intelectuales castrados con mofletes de arzobispo. Mesurados, parcos, previsores, temen el compromiso, cuidan su bolsa y sus vidas. Estrategas de la “revolución”, son los primeros, sin embargo, que se cuelan a ella cuando ya no hay la remota posibilidad de surgir en el campo reaccionario. Marxistas de última hora que interpretan a Marx según sus conveniencias y su estrecho entender, revolcando la doctrina por el suelo, chata y sin luz. Tácticos que siguen la letra muerta y cultivan la idea recibida, arrellanados en sus sillones y con un temor pueril de la interpretación y de la acción. Otros mueren, ellos discuten. Otros estudian, ellos cumplen las órdenes. Su “oficio revolucionario” es tragar papeles, cerrar los ojos a la realidad, dejar que las bandas fascistas ocupen todos los campos. Criticar a la zaga, ponerse a la retaguardia de todos los acontecimientos.

Creo que este no es el caso mío, ni de los que estamos situados en otro terreno. Me interesa la revolución y lucho por ella. Soy un proletario. Tengo, pues, derecho a hablar.

Desterrado de mi país desde 1927, tres gobiernos sucesivos me negaron el ingreso a Bolivia. Me condenaron a seis años de prisión por tentativa de rebelión militar; me procesaron sin oírme; me negaron la nacionalidad; me calumniaron y procuraron arruinarme; me volvieron a procesar, condenándome esta vez a muerte; pidieron al gobierno argentino que me persiga en su territorio y me niegue su hospitalidad. Y el gobierno argentino así lo hizo. En 1930 fui arrestado 21 días en el Cuartel de Seguridad de Palermo y luego obligado a abandonar la Argentina. De regreso a Buenos Aires, no me dieron tranquilidad ni reposo. Me condenaron a la miseria. Me cerraron todas las puertas. No pude trabajar en ningún diario. De Jujuy, en 1932, tuve que salir presionado por las autoridades que obedecían a gestiones de agentes bolivianos y empleados de la Standard. Se me agredió una noche, y como si esto no bastara, se me siguió proceso por desacato a la autoridad, encarcelándome. Luego se me conminó a abandonar la ciudad, amenazándome con entregarme al gobierno boliviano si no lo hacía. En Tucumán tuve que esconderme cuatro o cinco meses que duró el estado de sitio. Por fin, se me notificó con un decreto de internación en una provincia argentina. Hoy vivo trabajosamente. Calumniado por unos, combatido por otros, sigo en el mismo brete. Mi caso no es particular; es el caso de todos los que tienen espíritu crítico y rechazan absurda sumisión incondicional cuando comprueban el error o el fraude.

No soy, pues, un espectador. Soy un soldado. Por eso, mis frases, las más crudas, las más hirientes a impiadosas tienen un sentido. La historia no es cosa muerta; es palpitante y sangrante. Los acontecimientos y los hombres, lejos de negarnos la razón la dan a cada instante. Viviendo como vivimos acribillados de heridas, luchando contra los sórdidos intereses, soportando las peores calamidades, no es el tiempo de callar la ofensa y presentar la mejilla. Nuestro adversario es potente, fuerte y cínico: se llama imperialismo. Se llama capital financiero. Su víctima por el instante es toda una nación. De las garras la tiene cogida y la devora. En los desiertos del Chaco cuarenta mil soldados, boca abajo, calcinados por el sol del trópico, yacen sacrificados. ¿Cómo hablar entonces, con tranquilidad, cerrar los ojos para no ver y trabar la lengua? No. Nuestro deber es otro. A la espada contra la espada. Al fusil con el fusil. Pero no teniendo en este momento las armas mecánicas, recurrimos a nuestra pluma, esperando mejor oportunidad. Sin embargo con ella venceremos y ella nos abrirá las puertas. “No hay revolución posible sin teoría previa”. Y, si en esta tarea de escribir, la única, única noble cuando se escribe en favor de la revolución, caemos, buena muerte tiene aquél que se inscribió en la vanguardia, conscientemente y a la altura de su verdad.

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No puede ser este libro mesurado, académico y frío. No lo puede ser, cuando el que lo escribe siente la injusticia en sus propias carnes. Es un libro de combate, un alegato, pretende interpretar la desolada realidad boliviana. Los términos no interesan; interesa la verdad. Y si algún crítico gordinflón saliera por ahí exigiendo guante blanco y humorismo suave para el gladiador y el proletario, habría que sonreír como se sonreía cierto general de un farmacéutico que le daba consejos de prudencia y estrategia; o repetirle lo que escribió el historiador Pereyra cuando se refirió a México, su país: “Y al que diga que esto es panfleto; le contestaré que el panfleto forma parte de la historia cuando por el otro lado se ha querido amedrentar a la historia con la amenaza o corromperla con el soborno.”

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En este libro está descrita la vida gris y miserable de los que nada tienen, y sin embargo, mueren. En este libro está descrita la vida fastuosa de una media docena de bolivianos que lo tienen todo: millones, siervos, patria, y que por eso mismo pisotean la república, dirigen la masacre y se enriquecen aún más, aliados a los capitalistas estadounidenses y británicos. Para Patiño, Aramayo, la Standard Oil, los Guggenhein Brothers y los banqueros yanquis, Bolivia, mi país, es apenas una tierra de siervos baratos y una reserva en materias primas. No hay Bolivia, hay colonia. “El peligro verdadero para Bolivia, volviendo a citar a Pereyra, escribe en su historia de América, no está en carecer de puertos, sino que ésta quede totalmente afectada por la supremacía económica de los Estados Unidos, cuyos capitales han hecho de esta república un bastón para ulteriores conquistas”. Y el historiador Pereyra no es un comunista ni siquiera un hombre de izquierda es apenas un hombre de buen sentido, parsimonioso y moderado. Y si esta opinión no fuera suficiente habría que repetirles a mis compatriotas, hasta el cansancio, lo que escribe el profesor Scott Nearing, conocido por su ponderación y sobriedad, cuando se refiere a los empréstitos realizados por los banqueros yanquis con Bolivia: “Los banqueros de Nueva York pactaron con Bolivia un contrato indudablemente duro, y uno de sus malignos aspectos es la insistencia en una vigilancia extranjera de la Hacienda Pública Boliviana durante la vigencia del empréstito. El peligro potencial para la independencia de Bolivia por la existencia de esta entidad ha sido bien calculado. La Comisión Fiscal Permanente tiene la llave económica de la vida de la República, y los banqueros controlan la Comisión”. (“Nuestros banqueros en Bolivia”, por M. Alexander Marsh, pág. 166). Y así se podría citar trabajo un sinnúmero de autores de todo matiz.

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La guerra se la divisó venir desde 1927. Destrozada la economía boliviana, en falencia el tesoro, suspendido el pago de intereses de la deuda extranjera, en déficit eterno el presupuesto, agotados los empréstitos en la compra de armas, en baja catastrófica el estaño de 300 £ a 90 £ la tonelada; la única salida que tenía el gobierno de Salamanca era la guerra, ya hacia el Chaco, una compañía poderosa, poseedora de más cuatro millones y medio de terrenos petrolíferos, presionaba con ese objeto. Para no ser barrido por la ola de indignación popular que subía rápidamente, especialmente en las clases bajas desposeídas y la clase media irritada por falta de puestos, Salamanca, con toda frialdad, esperanzado, con la victoria, resolvióse por la guerra.

La victoria soñada sobre el Paraguay y la obtención de un puerto en el río del mismo nombre, por cuenta de la Standard y con el sacrificio de las armas bolivianas, era la única posibilidad que tenían los hombres de gobierno de Bolivia, es decir los señores feudales aliados al imperialismo extranjero, para subsistir, medrar y seguir dominando a sus siervos.  En efecto, triunfante el ejército nacional, subordinada la mísera burguesía y subalternizada a los intereses extranjeros, se habría desviado íntegramente la cuestión social, sometido a los trabajadores a la “gloria de las batallas” e implantado un régimen de fuerza, dictadura militar sin contemplaciones, destinada especialmente a refrenar las aspiraciones de las masas, obligándolas por la fuerza y un mísero salario, al trabajo rudo de las minas y pozos de petróleo, bajo el látigo del capataz extranjero dueño de las riquezas. Eso es lo que deseaba Salamanca y su camarilla, oliendo el petróleo y dispuestos a entregar Bolivia, sin trabas y definitivamente a los yanquis, atada del cuello a sus empréstitos a inversiones.

Inepta y traidora de su propio país, la mísera burguesía se arrojó en brazos del capital financiero. Después de la guerra ya estaba resuelto el negocio: para los héroes medallas, cintajos, discursos y hambre; para los abogados, negociantes, políticos y bolivianos que se arrastrasen a los pies de los imperialistas en el denigrante oficio de alcahuetes en su propio país, prebendas y empleos. De esta manera la retaguardia y los generales habrían sido recompensados.

El plan de Salamanca ha resultado frustrado en parte con las derrotas. Lo continuarán sus sucesores. El “hombre simbólico” ha sido derrocado por un golpe feliz, tramado en las alcobas de palacio, por su vicepresidente, el señor Tejada Sorzano. El “estratega” que aconsejó pisar fuerte en el Chaco ha sido desplazado del tablero de ajedrez por inepto. Y junto con él, su sucesor, el hombre de paja fraguado en las elecciones fraudulentas del 2 de noviembre último, lo que no deja de ser una ¡lástima! Ya el candidato electo, Franz Tamayo, latifundista y poeta, “hombre de ideales”, al mismo tiempo que explotador de los indios, se relamía en su casa el sabor de la presidencia, ejercitaba poses y gestos delante del presunto vicepresidente señor Ugarte, cuñado de Salamanca y abogado de Patiño. Al “primer cerebro” del altiplano tenía que sucederle otro de no menos calibre: el filósofo; el defensor de la civilización greco‑romana, la personificación del macaquismo, enemigo formal de sus coterráneos indios en nombre del “ideal”. Su discurso programa tiene toda la desfachatez intelectual y el cinismo de los abogados andinos. Transcribo algunas líneas de este nacista alemán fracasado: “Por mucho que el eterno macaquismo político nos ofrezca otras novedades, yo declaro una vez más: no puede, no debe haber gobierno estable y honrado en Bolivia fuera de las siguientes bases: respeto a la vida de los bolivianos; (cuarenta mil bolivianos yacen en el Chaco) respeto a la libertad de los bolivianos; (centenares de pacifistas estudiantes y obreros, purgan su delito en las cárceles y en destierro, no hay diarios libres ni se permite libros de ninguna clase); respeto a la propiedad de los bolivianos (el ochenta y nueve por ciento de los bolivianos carece de propiedad, una mínima minoría goza de ella). Continúa el charlatán: “Y añado como contraparte complementaria y de mi cuenta: mano fuerte con el nihilismo turanio mongol que sopla del Este de Europa, que amenaza destruir una civilización milenaria, obra del genio latino y del espíritu occidental, y que acaba dando al mundo el estupendo espectáculo de 130 millones de seres humanos encorvados y agonizantes bajo el “knut” de la barbarie”. (Seguramente en Bolivia, el indio goza de todas las garantías y libertades, siendo su vida un hartazgo continuado). Y en otra parte agrega: “Frutos podridos antes de madurar, nacieron seguramente en razas rezagadas y de ideologías que palpitan latentes en los profundos de toda humanidad, y que periódicamente, a través de milenios, aparecen en la historia como gérmenes de mal, corrientes regresivas hacia una animalidad primitiva y que a los ojos del pensador altísimo (él, Tamayo, explotador despiadado de los indios, seguramente) hasta llegaría a justificarse como la presencia de un contrapeso y de un reactivo necesario para despertar nuevos impulsos hacia las cumbres del ideal”. (El mismo estilo del pintor de brocha gorda, Hitler; el macaquisrno en América cuya expresión más cabal es Tamayo. Manifiesto programa suyo, pronunciado ante la convención del partido republicano el 24 de Septiembre. de 1934). Es difícil concebir, o más bien muy fácil, que un hombre ligeramente informado o un intelectual de sexta categoría de provincia, pueda atreverse a lanzar tan cínico documento. ¡Y éste, naturalmente, tenía que ser el sucesor de Salamanca!

En tanto la grotesca comedia electoral tuvo lugar, la sangre del Chaco siguió corriendo y sigue. La miseria y la desolación se extiende por toda la República. En los hogares falta alguien: el padre, el novio o el hermano. Toda la mejor juventud fué segada. Se continúa insistiendo en el “honor” pero sin mencionar el petróleo. En palacio, la fórmula salamánquina es ya sabida: que sucumban los indios, que sucumban los mestizos, que sucumban los obreros. En buena cuenta cuestan poco: veinte pesos por héroe. Menos que una res. Pero como tampoco se puede pagar veinte pesos por cada víctima que se traga el Chaco –según el decreto del gobierno para alimentar a las familias necesitadas– al ciudadano boliviano, al guerrero, se le ha cotizado en ¡ocho pesos! . . .

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Bolivia no puede quedar en el plano que la sitúan los políticos profesionales derrotados, los viejos demagogos vacíos, huecos y lamentables. Liberales y republicanos se dieron la mano en el gobierno de Salamanca. Por consiguiente, el presidente caído no es el único responsable de los desastres. Lo son todos. Nadie se atrevió a levantar la voz. Nadie puede enseñar las manos limpias. El petróleo las ensució.

Tejada Sorzano, el actual presidente de facto, tampoco puede disculparse. Acompañó a Salamanca desde el comienzo. Aprobó y aprueba la guerra. Para él, como para Salamanca es una “cuestión de honor”. Detrás de Sorzano, industrial de la coca, están los liberales, Zalles a la cabeza, cuyo discurso-programa es una mezcla confusa de ofrecimientos y reformas demagógicas que no tienen coherencia. ¡Unas veces habla de imitar a Italia y otras a México! Ni una palabra sobre las compañías extranjeras que estrujan a Bolivia. Ni una línea sobre los empréstitos yanquis a inversiones. Ni una frase sobre los magnates bolivianos y latifundistas. Al contrario, este hombre de negocios desea para Bolivia más capitales y amplio campo de penetración al imperialismo. Repite frases viejas y que no tienen ningún sentido: “armonía entre el capital y el trabajo”. Acuerdo entre el lobo y las ovejas. No las tienen en el país más capitalista de la tierra; los Estados Unidos, bajo el plan Roosevelt, menos las tendrán en Bolivia, país colonial. Zalles no ignora, seguramente, que, quienes trabajan las minas y el campo son los obreros bolivianos, y quienes los explotan los capitalistas extranjeros y media docena de bolivianos poderosos. ¿Qué obtiene el Estado?

El gabinete de “concentración nacional” donde figuran viejos profesionales de la política, es la primera parte de la escena que presenta Tejada Sorzano. El drama del altiplano, no puede resolverse por un simple cambio de escenario.

En el instante actual, el pueblo boliviano que sufre y lucha, no puede hacerse más ilusiones. El viejo sistema ha caducado con la guerra. Los viejos partidos sin ideología, sin programa preciso y sin probidad, se sobreviven lastimosamente, debido al retardo de las masas y a la ausencia de un partido obrero vital que encare con firmeza y energía la transformación y la revolución boliviana. El que existió a comienzos del año 27 fué deshecho y liquidado por la reacción, arrojados sus líderes al destierro y a la cárcel. Se le temió tanto que fué ahogado al nacer. Si la vanguardia que se forma actualmente sabe maniobrar con habilidad táctica, agrupando en su seno a los estudiantes, soldados, profesionales, trabajadores de las minas y del campo más capaces; se capacita teóricamente; se disciplina con rapidez y obtiene por todos los medios su presencia en la arena política, exigiendo que se cumplan las libertades y garantías ofrecidas, la amnistía completa para todos los desterrados, no hay que poner en duda, tendrá detrás de ella a la mayoría de la masa boliviana. El futuro próximo no está con los viejos partidos, sino con el que insurja resueltamente y comprenda la realidad del país.

La guerra no ha terminado. Las masas engañadas de Bolivia y Paraguay, tienen el derecho de exigir responsabilidades a sus gobernantes y a sus líderes políticos. Los problemas angustiosos de retaguardia están de pie.

Solamente una Bolivia libertada de todos los yugos imperialistas puede ser la aspiración de la juventud honesta y batalladora de mi país. Los que saben pelear que peleen contra el que los humilla y los explota. Este no es un trabajo de uno sino de todos.

Bolivia tiene que nacionalizar sus minas, tomar posesión de ellas y organizar su economía, su cultura, su arte y su vida. Ser Bolivia, no colonia. Mientras no se haga esto; mientras dominen los viejos lacayos, y en nombre del “progreso y la civilización”, entreguen todas las riquezas extractivas al extranjero, será una sombra de país, el cual merece desprecio porque no tuvo conciencia, ni claridad, ni supo distinguir su condición humillada.

Mientras arrastre sus cadenas, incapaz de romperlas, Bolivia tendrá el gobierno que merece.

Tristán Marof
Las Rosas. – Córdoba, 1934

 

[La tragedia del Altiplano. Buenos Aires: Editorial Claridad, 1935?. Esta obra consta de tres partes: “La tragedia del Altiplano”, “Bolivia Feudal. Divisiones sociales” y “Bolivia y la guerra”. Aquí se incluyen sólo las dos primeras partes. Preparación digital del texto de Marina Herbst]

  

© José Luis Gómez-Martínez
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