Mario Roberto Morales

 

El NEOMACARTISMO ESTALINISTA
(o la cacería de brujas en la academia “posmo”)

Era yo un gitano señorito
y al cabo de algún tiempo
me metí a profesor...
Juan Legido

1. La llegada

Después de veinticinco años de estar vinculado a la izquierda de mi país y de pasar diez de ellos en Nicaragua y Costa Rica realizando tareas de militancia, regresé a Guatemala en 1992 y trabajé como asesor cultural en la universidad estatal y como columnista de prensa. En 1993 recibí una invitación del International Writing Program de la Universidad de Iowa, para ir allí a escribir y a dar algunas charlas durante el semestre de otoño de ese año. Entre las pláticas que ofrecí, hubo una en una universidad de Chicago en donde alguien me preguntó por qué no sacaba un doctorado en la Universidad de Pittsburgh. Extrañado, pregunté que cómo se hacía eso. Luego de un telefonema rápido, me enviaron la papelería correspondiente a Guatemala, a donde volví en diciembre de 1993, y, ya en agosto del 94, estaba yo en Pittsburgh dispuesto a pasar por la penosa tarea de volver a ser estudiante, con tal de vivenciar la academia norteamericana. Me gradué en 1998, y ese mismo año empecé a trabajar como profesor en la Universidad de Northern Iowa. Así fue como paré en Estados Unidos (a mis años). Las implicaciones de mi choque cultural y ético con la manera en que algunos académicos estadounidenses nos miran a los latinoamericanos, y con los instrumentos con que miden nuestra cultura, nuestra historia y nuestras luchas, puede deducirse del relato que sigue.

2. Encuentros y desencuentros

La crítica literaria y cultural sobre América Latina constituye hoy día un circuito de producción y consumo de conocimientos que se mueve en los espacios culturales de las academias euronorteamericana y latinoamericana, en los cuales estos conocimientos colisionan a menudo de manera espectacular. Los académicos norteamericanos y europeos asisten a congresos especializados en América Latina para leer sus ponencias, y los académicos y escritores latinoamericanos visitan Estados Unidos para intercambiar puntos de vista. En estos encuentros, sin embargo, los desencuentros han estado a la orden del día, y no pudo haber sido de otra manera. Precisamente, estos (mejor llamados) encontronazos entre una crítica y la otra expresan el carácter conflictivo, por hegemonista, de la circulación transnacionalizada y globalizada de la producción y consumo de conocimientos, el consecuente replanteo de los objetos de estudio de la crítica literaria y cultural y su desplazamiento hacia sujetos y objetos culturales transterritorializados.

En América Latina, como resultado de la historia de dominación que la conforma y de la manera en que la guerra fría instrumentalizó a sus élites de izquierda y derecha, y también de cómo éstas instrumentalizaron a las poblaciones civiles para que sirvieran a sus propósitos, la crítica literaria y cultural permanece --como toda la actividad intelectual y académica, con las notables excepciones de siempre-- a menudo anclada en la estilística y el comentario impresionista adjetivante, descalificatorio o adulador. En Estados Unidos, en donde el quehacer intelectual se concibe y ejercita como una carrera más que indefectiblemente lleva a la jubilación con el mayor salario posible, las modas intelectuales condicionan el carácter de la crítica cultural, siendo así que en esta hora de desencuentros con América Latina se halla envuelta en el axioma Post-Colonial Theory--Identity Politics--Political Correctness (por sus siglas, POCOTIPOCO).[i] Pertrechados con los principios programáticos del “Pocotípoco” en calidad de armas letales, muchos críticos norteamericanos nos piensan a los latinoamericanos y a nuestra cultura según las necesidades de sus guerras culturales de campus (Cultural Wars), de igual manera como los países que conforman bloques de cooperación internacional piensan nuestros problemas y ofrecen soluciones para los mismos desde las necesidades de su agenda política interna. Todo, por supuesto, para estupor e incredulidad de los latinoamericanos que viven en América Latina, quienes se sorprenden aún más cuando escuchan las versiones que sobre sus países y su cultura expresan los críticos latinoamericanos que han sido infectados con los virus de moda (como el “Pocotípoco”), debido a que han logrado colocarse como profesores en el sistema universitario de Estados Unidos.

Pienso que los desencuentros se dan básicamente debido a una particular manera de ejercicio de la moda intelectual al uso en este país, por parte de ciertos críticos norteamericanos y latinoamericanos. En general, este ejercicio consiste en reducir el análisis de la cultura a relaciones binarias y, por tanto, a discursos bipolarizados de poder en los que el sujeto subalterno se idealiza, esencializa y fundamentaliza, y, al mismo tiempo, suele asumirse con innecesario sentimiento de culpa (el cual pendula a menudo hacia el extremo opuesto del oportunismo) la responsabilidad “occidental” por las penurias de la subalternidad tercermundista.

Como en América Latina todos se sienten parte de la tragedia histórica (incluso algunos oligarcas), el discurso animado por la manera esencializada de ejercer la moda intelectual de la academia hegemónica no se entiende, aunque a veces, precisamente por eso, se acepte con un poco de esa pena cortés, tan latinoamericana, que conmueve a los y las scholars que consumen militantemente la cultura latinoamericana en forma de artesanías y trajes de esos llamados típicos, y toda suerte de expresiones naive, tan gratificantes a la sensibilidad de la izquierda académica posmoderna.

Pero como quizás la esencialización subalternista no sea la única manera de ejercer el posmodernismo téorico sobre la cultura de América Latina, quizás valga la pena revisar todo esto para ir buscando derroteros más útiles para nuestra crítica, en los que nos vayamos entendiendo de mejor manera, evitando los encontronazos. En tal sentido, los argumentos ad hominem propios de la religiosidad de la political correctness, que se materializan en acusaciones moralizantes hacia quienes osan contradecir sus mandamientos y mantrams, deberán ceder paso al análisis de ideas con un poco de la vieja amplitud de criterios que todos nos hemos preciado siempre de tener.

Probablemente sean los fundamentalismos etnicistas, feministas y populistas los universos mentales los que mayor dificultad de comprensión presentan a los latinoamericanos en sus relaciones con la academia hegemónica. No se explican nuestros paisanos por qué se consagran sujetos y situaciones que para ellos son cotidianos y cuyo conocimiento común les indica interculturalidad allí donde la academia hegemónica ve multiculturalidad; les indica interetnicidad allí donde el Otro dominante ve y magnifica la cultural difference; les indica amplios conglomerados interrelacionados de múltiples y conflictivas formas allí donde el ojo foráneo ve apartheids; les indica una cotidianidad en la que las desigualdades conviven de manera injusta allí donde la “razón occidental” ve un sujeto popular en sí virtuoso e incontaminado del “malestar de la cultura” dominante.

Esta anómala graduación de los lentes con los que se ve al subalterno latinoamericano desde la distancia, provoca estudios que, por pretender encajar en las modas intelectuales al uso, producen un discurso a menudo ininteligible, al estilo de algunos autores de países que recién obtuvieron su independencia de los poderes coloniales europeos, quienes mediante el discurso oscuro afirman un supuesto y a menudo dudoso control del código cultural colonizador.[ii] También produce discursos salomónicos en los que se absuelve o condena ésta o aquélla obra literaria e intelectual como obscena, machista, reaccionaria o racista, etc.[iii] El resultado es, por un lado, que la mirada de los latinoamericanos en situación norteamericana se diferencia muy poco de la mirada de los norteamericanos que nadan en sus propias aguas, a no ser por el hecho irreversible de que aquéllos no son ni serán nunca norteamericanos aunque obtengan la ciudadanía, cuestión que conforma su mirada como una pertinaz imitación fallida. Por otro lado, tenemos que los discursos de los norteamericanos a la moda se llevan a América Latina y se instalan allí como enclaves forzados, provocando los felices desencuentros y encontronazos que hemos atestiguado, por ejemplo, en las sesiones del Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA) y en los de la Latin American Studies Association (LASA).

Por su parte, los latinoamericanos, al reponerse de su estupor inicial y al luchar por desentrañar los significados de los conceptuosos discursos que sobre ellos mismos vierten con prodigalidad unos y otros, responden a menudo con las obsoletas armas de la estilística o el impresionismo opinionista de retorizado aire sarmientino, rodoiano o martiano, que resulta cursilón a las mentalidades infectadas de relativismo posmoderno. Y he aquí que los desencuentros y los encontronazos (a menudo en sordina) se convierten en el pan nuestro de estos congresos.

Como seguramente resulta claro, no se trata de optar por lo uno o lo otro como si el asunto pudiera plantearse binaristamente. Pienso que, por un lado, los latinoamericanos que están en la academia norteamericana tendrían que cuidarse mucho de no caer en la pontificación gratuita y estéril de la political correctness, que sólo impresionaría a los criterios más débiles tanto de aquí como de allá. Por otro lado, pienso que los latinoamericanos que están en América Latina tendrían que esforzarse por entender las razones que la academia dominante tiene para instrumentalizar a la subalternidad tercermundista en sus guerritas culturales locales, de campus, a veces casi privadas, para poder ir tomando una posición consecuente con sus propios intereses, desde su lugar de enunciación. En otras palabra, se trataría, para quienes están allá, de pensar la región dialogando críticamente con los parámetros teóricos hegemónicos de este entresiglo; y para quienes están en Estados Unidos, de pensarla según las necesidades de América Latina y no del tenure-track, las cultural wars, las summer grants y el resumé.

La actual diatriba en torno a las versiones que indígenas guatemaltecos dieron a David Stoll[iv] y que contradicen muchos aspectos que en su relato Rigoberta Menchú dejó consignados en el conocido libro de Elisabeth Burgos,[v] constituye un buen ejemplo del problema que he estado tratando de describir: una guerra cultural de campus norteamericano en la cual unos y otros instrumentalizan la situación, condición , aspiraciones y luchas de la subalternidad indígena de Guatemala, para llevar agua a su molino. Mientras unos responden al llamado de iniciar una cruzada religiosa en contra del infiel en los periódicos de América Latina,[vi] otros se muerden entre sí en el Chronicle of Higher Education.[vii] Las razones de la cólera de unos y otros hay que buscarla, sin duda, en la agresividad que se desata cuando el psicoanalista hace conciencia en el paciente de que su discurso es una construcción imaginaria que ha sido provocada por otras construcciones imaginarias, todas las cuales se han construido para ofrecer una imagen falsa de uno mismo a otros, los cuales actúan como nuestros espejos. [viii] En esta guerra, la arena es la prensa, la academia y el espacio global de Internet, que ofrece al mismo tiempo todo lo que las prensas locales han publicado para consumo específico de sus respectivas clientelas.

En este ámbito no se suele aceptar que cierta intelectualidad orgánica de la subalternidad ha aprendido hace tiempo a tejer discursos que le son requeridos por la dominación y el hegemonismo foráneos y se ha vuelto experta en producir versiones que les gusta oír a quienes se solidarizan con causas populares en términos que se adecúen a sus marcos religiosos, morales, académicos y carreristas. El encuentro, en este caso, es idílico: un romance basado en discursos de seducción en el que subalternos y solidarios se cantan canciones de amor al oído. Esto, claro, contrasta con la melodía más áspera que la realidad de explotación y opresión ofrece a quienes las viven diariamente en los países en los que no existe un espacio universitario apacible, desde el cual dedicar todo el tiempo laboral a construir hermosos edificios téoricos en los que se metaforicen los objetos de deseo, se sublimen las culpas que provoca una mala conciencia o se encubra con argumentos ininteligibles el oportunismo que exige el carrerismo universitario. En esos países, la real subalternidad --y no su intelectualidad supuestamente orgánica en Estados Unidos-- tiene otros asuntos de qué ocuparse, y oscila –como el crítico latinoamericano en América Latina– entre lo que ve y lo que la cooperación internacional le sugiere que vea (por unos dólares más) para fundar una ONG y hacer proyectos que no muy entiende pero que le significan un ingreso económico que desesperadamente necesita.

Y bien, ¿estamos en las mismas viejas condiciones de colonialismo cultural y económico? Pareciera que sí, y que lo que ha cambiado es la forma de su ejercicio. Lo cual reclamaría un cambio en la respuesta a su acción. Los componentes de este cambio se pueden ver claramente en la habilidad de la subalternidad para ejercer su gestión política construyendo versiones de sí misma que le gustan al sujeto hegemónico y dominante foráneo. Y me parece que sería un hermoso campo de estudio para la crítica latinoamericanista el intentar explicar los motivos y los mecanismos de funcionamiento de los discursos estratégicamente complacientes que la subalternidad ofrece de sí misma para consumo clientelista internacional, y, al mismo tiempo, exponer en lo posible las motivaciones y mecanismos subyacentes que le sirven a esa subalternidad para seguir viviendo y sobreviviendo con un sentido de dignidad íntima frente a unos sujetos extranjeros que le dan su solidaridad intelectual y su dinero, a cambio de que se transvista, se enmascare, baile, rece y cante como los sujetos ideales que ellos (los extranjeros y latinoamericanos extranjerizados) necesitan que sean para poder solidarizarse con su condición y su causa, y así satisfacer sus necesidades éticas y morales sin tener que salir mucho del campus, a no ser como turistas.[ix]

Este mismo criterio podría introducir una sana variable en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea, cuyo aparato crítico ganaría enormemente si se abandona la actitud juzgona de la moda intelectual, según la cual éste o aquél autor es machista, racista o reaccionario porque no cumple con los requisitos del macondismo literario y la political correcteness. Por fortuna, la literatura latinoamericana tiene un vigor propio, que brota justamente de haberse desarrollado a espaldas de la crítica dominante. Y ya podríamos imaginar cómo sería esa literatura si los escritores escribieran para complacer a los críticos que asisten a los cónclaves mencionados. Aunque hay que decir que ya existen demasiadas muestras de esto. En todo caso, no se trata de negarse al diálogo entre un ámbito y el otro, al contrario. Pero que sea diálogo y no imposición del monólogo del dominador.

Vámonos, pues, entendiendo sobre la base de la discusión y el debate libres, dejando atrás la censura y las cacerías de brujas de la political correctness, así como el denigrante operativo de victimizar a las víctimas para evadir la discusión intelectual y académica, dándoles un ilusorio estatuto de verdad y veracidad a sus palabras y actos, indiscriminadamente, para solidarizarse con ellos y obtener así un aura de corrección política y superioridad moral en el campus y en los congresos especializados. Con estos recursos demagógicos no le hacemos ningún bien ni a las víctimas ni a nosotros mismos (hablo de los latinoamericanos), que formamos parte, con ellas, de la subalternidad del Sur en sus relaciones conflictivas con la dominación del Norte.

Sería de esperar, pues, que nuestros encuentros y desencuentros se desarrollaran como un diálogo respetuoso que tome en cuenta la situación y las motivaciones del otro cuando nos atrevamos a referirnos y a hacer afirmaciones o negaciones respecto de él. Esto no ha ocurrido así en muchísimos casos, los cuales constituyen muestras fehacientes de intolerancia ideológica.[x] Estas muestras tienen que desaparecer junto con los autoritarismos latinoamericanos contra los que muchos de nosotros nos hemos comprometido a luchar, si es que queremos que América Latina vaya siendo considerada cada vez más como una región que despliega un pensamiento digno, honesto y agudamente inteligente sobre sí misma y sobre el mundo. Como parte de esta práctica latinoamericanista, es imprescindible realizar una “crítica de la razón subalternista del primer mundo” y deslindarnos de ella, reclamando nuestro propio espacio válido de enunciación y praxis. Sirvan las anteriores y las siguientes líneas como un llamamiento en tal sentido, ya que esto se hace más urgente de parte de todos nosotros en la medida en que ciertos académicos primermundistas y algunos (pocos) académicos latinoamericanos seguidistas, han desatado la guerra a quienes no acatan lo que ellos dicen acerca de América Latina, constituyéndose en comisarios del pueblo –de nuestro pueblo– con derecho a purgar y linchar a quienes ellos consideran disidentes de su dogma.[xi] A ellos voy a referirme en lo que sigue.

3. El neomacartismo estalinista

El senador norteamericano Joseph Raymond McCarthy se hizo tristemente célebre en la historia política de Estados Unidos por haber utilizado su puesto en el Senado para explotar a su favor el miedo al comunismo que la propaganda de la guerra fría estaba logrando infundir en la ciudadanía norteamericana. Su método consistió en acusar de comunistas y subversivos a quienes consideraba sus opositores, sin aportar pruebas sino usando un discurso incendiario y patriotero, de subidos tonos anticomunistas. De esta manera arruinó las carreras de mucha gente, echando mano de falsos datos que él convertía en “evidencia” y mediante la acción de informantes ficticios. El procedimiento de atacar utilizando tácticas de principismo derechista solemne y acusaciones sin fundamento se conoció desde los años 50 como “macartismo”.

Josef Stalin fue el dirigente soviético que en los años 30 consolidó su dictadura personal eliminando a toda la oposición dentro del propio partido comunista. Mediante juicios de purga, logró rodearse de incondicionales y puso en marcha una policía secreta que se encargó de eliminar a varios millones de supuestos opositores ideológicos. Aunque en favor de Stalin mucha gente afirma que su dictadura fue el precio a pagar por defender la revolución socialista soviética del fascismo y el imperialismo, el dato escueto es que, al igual que McCarthy, Stalin basó su acción, en contra de la oposición y el disenso, en la intolerancia, la censura, la violencia, el bloqueo al diálogo y el debate, y en la represión, la calumnia y la difamación.

En esta época de violentas hibridaciones “posmo”, ¿cómo llamarles a quienes, desde cómodas posiciones (dizque) de izquierda universitaria estadounidense, tratan a toda costa de evitar el debate intelectual, descalificando a los oponentes mediante calificativos como “racista” y “derechista”, tratando –al estilo de McCarthy– de exacerbar el miedo al anticomunismo de guerra fría que todavía permea conciencias de izquierda atrasada, y –al estilo de Stalin– usando el tráfico de influencias académicas para truncar carreras, bloquear posibilidades de trabajo, de publicación y actividad universitaria a quienes no piensan como ellos? No se me ocurre mejor apelativo que el de “neomacartistas estalinistas”.

Como su nombre lo indica, el “neomacartismo estalinista” es una actitud de derecha disfrazada de posición de izquierda. Es decir, es una práctica fascista que navega con bandera socialista. Es una actitud de purga, censura, represión y calumnia disfrazada de defensa del “pueblo”. Todo lo cual lleva a preguntarse: ¿por qué?, ¿a qué se debe esta actitud? La respuesta es simple: se debe a la necesidad de los neomacartistas estalinistas de proteger y hacer avanzar sus carreras universitarias, las cuales han estado basadas en falsas teorizaciones obstrusas y paternalistas acerca del “pueblo” y la subalternidad, que ahora están puestas en entredicho. Es gente que ha apoyado la guerra desde lejos y, por ello, la ha idealizado; cómodamente han pugnado por la lucha armada en América Latina sin haberse arriesgado jamás en lo más mínimo, y no aceptan críticas a esa estrategia por parte de sobrevivientes que sí saben cómo estuvieron las cosas. Algunos de ellos ni siquiera han visitado países como Guatemala, El Salvador o Cuba pero se permiten pontificar sobre cómo se deben hacer las cosas allí. Otros, son latinoamericanos aculturados que han llegado a Estados Unidos con sus padres en calidad de inmigrantes, piensan en inglés y aprenden a ver sus países con los lentes de las modas teóricas “posmo” de sus radicalizados profesores universitarios, quienes muy a menudo son viejos sesenteros de incontrolables inercias jipis y, por ello, de obsesivas fascinaciones por la violencia. A ellos se suma ya toda una generación de yupis que han seguido la escuela de sus maestros ex-jipis y que se dedican al noble apostolado de llevar la buena nueva de la posmodernidad teórica primermundista al seno de la más remota subalternidad del tercer mundo. Los más avezados visitan América Latina y pasan temporadas allá, gracias a becas de investigación, durante años sabáticos y veranos largos financiados por fundaciones nada izquierdosas por cierto. Otros, los más, permanecen en el respectivo campus. Entre éstos últimos es de destacar una pléyade de latinoamericanos enquistados en la academia norteamericana, que se dedican a la profesión del exilio o al exilio como profesión, y que cantan a coro los más recientes mantrams “posmo” en congresos, aulas y reuniones sociales en donde se discute ese “objeto de estudio” tan rentable que se llama América Latina. Este es el espacio de los neomacartistas estalinistas. Oscilan entre la culpa occidental y el oportunismo universal. Observándolos uno cae en la cuenta de que la idealización del “pueblo” y la subalternidad, y el solidarismo principista y acrítico hacia todo lo que aparentemente venga de ahí, cuando no es ingenuidad es carrerismo cínico, y que ambos extremos constituyen la mancuerna que mantiene unido el escenario en el que actúa y medra esta intelligentsia. Desde esa dorada atalaya nos observan, nos estudian y diseccionan, y pontifican sobre quiénes de nosotros son los good guys y quiénes los bad guys, y acerca de lo que le conviene o no a lo que hasta ahora hemos considerado ilusionados como Nuestra América.

El despliegue defensivo de su carrerismo oportunista es violento y constituye una reacción a las teorizaciones de quienes han puesto en duda los presupuestos sobre los cuales ellos basan sus carreras, mediante la crítica del esencialismo y el fundamentalismo etnicistas, la consideración del Testimonio como una versión subjetiva de hechos objetivos y no como verdad factual, y el análisis concreto de los orígenes de la violencia de izquierda según las coordenadas de la Guerra Fría y el guevarismo cubano, y no según criterios de rebelión campesina románticamente etnicizada. Todo lo cual arroja datos y verdades que no encajan en la visión idealizada de “pueblo” y subalternidad con la que estos académicos primermundistas envuelven sus productos teóricos, los cuales exhiben en congresos interminables en los que se escuchan a sí mismos repetir las mismas ideas recicladas una y otra vez. Estas ideas orbitan en torno a axiomas no confesados explícitamente como los siguientes: la subalternidad es buena y justa en sí misma. Solidarizarse incondicional y acríticamente con sus luchas es el deber de los académicos. Quien no se solidarice con estas luchas (enmarcadas, por otra parte, en los financiamientos de la cooperación internacional, las universidades e iglesias norteamericanas, y bajo la modalidad de onengés), es racista, sexista, derechista y políticamente incorrecto, y por ello debe ser expulsado de la academia “progre”. En otras palabras: es el mismísimo Satanás.[xii]

En este panorama en blanco y negro, la emergencia de la crítica del esencialismo etnicista, el cuestionamiento de la supuesta verdad absoluta del Testimonio y los testimoniantes, y el análisis de los orígenes de la violencia de izquierda según las claves de la Guerra Fría y el vanguardismo guerrillero, hace que de pronto el tinglado en el que los neomacartistas estalinistas basan su mercadeo académico se desbarate, y entonces montan en cólera y tratan de impedir el debate intelectual satanizando a quienes intentan desarrollarlo, acusándolos –al estilo de McCarthy– de racistas y derechistas, y –al estilo de Stalin– reprimiendo y bloqueando su realización profesional mediante la calumnia y la difamación a fin de impedir que trabajen, publiquen y se ganen la vida.

El neomacartismo estalinista infecta la vida académica en Estados Unidos, impide el debate intelectual, perpetúa la intolerancia coartando la libre emisión del pensamiento, y a menudo es una clara forma de injerencia foránea en asuntos internos porque coloniza la academia latinoamericana mediante congresos, becas y toda suerte de financiamientos que caen como maná del cielo sobre las cabezas de nuestros mal pagados académicos jóvenes (y viejos), decepcionados del desenlace de las revoluciones de izquierda y encandilados por el democratismo de los académicos primermundistas políticamente correctos, quienes se las arreglan para expiar culpas tontas solidarizándose acríticamente con luchas que, en clave multiculturalista, azuzan en nuestros países, transpolando mecánicamente los issues de las minorías estadounidenses contra el sujeto anglo, y aplicando así su receta gringa a la América Latina con lujo de irresponsabilidad política. Es así como desplazan las contradicciones de clase hacia los terrenos del culturalismo etnicista, de género y de opciones sexuales, embarcando a la sociedad civil en movimientos dispersos que la dividen y le impiden diseñar proyectos de nación con base en un interés nacional concertado que convenga al país de que se trate y no al carrerismo de estos apóstoles posmodernos. Todo lo hacen, claro, en nombre del “pueblo”, del subalterno, de los desposeídos, y de una posición “de izquierda” en la que el único riesgo que alguna vez se ha corrido es resbalarse en la nieve o la lluvia al caminar por el campus universitario. La pose, sin embargo, atrae a muchos estudiantes latinoamericanos o “U.S. Latinos”que no tienen la menor idea de lo que es la izquierda y mucho menos la guerra, aunque se permiten hablar sandeces sublimizadas sobre ambas, ya que de esta manera se labran nichos académicos amparados en la affirmative action, la political correctness y el neomacartismo de sus izquierdosos profesores, comodonamente radicalizados sobre el problema de la interétnicidad, el de las mujeres y el de las izquierdas en América Latina. En Centroamérica, estos culturalistas decididos a salvarnos de nosotros mismos, azuzan etnocentrismos esencialistas entre los indígenas. A Cuba han empezado a llegar, buscando magnificar la brecha entre blancos y negros, solidarizándose, claro, con los negros en contra de los “malignos” blancos, desplazando así las contradicciones principales al terreno del etnoculturalismo (ya que para eso es para lo que hay financiamientos). 

Como se ve, en esto hay suficiente material como para impulsar cientos de carreras universitarias políticamente correctas y “prestigiosas” en la academia dominante, y un mercado académico que puede producir toneladas de libros que contribuirán a la confusión teórica general y seguirán colonizando intelectualmente a nuestros países. Además, mantendrán vigentes a grupos de poder que, desde los apacibles campus universitarios norteamericanos, deciden los rumbos de la investigación en ciencia sociales, y los de la producción textual en las humanidades de América Latina, cuestión ésta que abre la puerta a la necesidad de la investigación independiente sobre las agendas políticas de los organismos de cooperación internacional y las universidades que financian todo esto desde Europa y Estados Unidos.

Neomacartistas estalinistas. Izquierdoderechistas. Los nombres del oportunismo son muchos. El camaleón, sin embargo, continúa siendo el mismo reptil que para sobrevivir necesita cambiar de colores porque no tiene alas para volar. Ante su presencia, nos urge consolidar una posición Sur frente a esta posición Norte en todo lo que investiguemos, escribamos y publiquemos de ahora en adelante. ¿Diálogo con la academia dominante? !Claro! Pero diálogo. No imposición monológica.

Cedar Falls, septiembre-octubre del 2000.

[Mario Roberto Morales. Publicado originalmente en la revista Encuentro (Madrid) 19 (2000-2001): 47-58. Una versión más breve se publico en forma digita en el 12 de diciembre de 2000 en "Encuentro en la Red"  ( http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2000/12/12/323/1.html ). Posterior mente se incluyó en estas páginas del Proyecto Ensayo Hispánico. Substituimos ahora esa versión más breve por esta que incluye el texto completo]

Notas


[i]. La Post-Colonial Theory o teoría poscolonial es un conjunto de preceptos derivados del trabajo de algunos intelectuales de países recién independizados de potencias colonizadoras, sobre todo en Africa y Asia, los cuales proponen “leer al revés” y reescribir la versión colonial de su historia, esta vez desde el punto de vista de la subalternidad ex-colonizada. Se trata de una inversión del eurocentrismo, hacia la afirmación de valores culturales autóctonos. El principal obstáculo con el que tropieza esta empresa es precisamente la herencia colonial y la necesidad que estos intelectuales tienen de dominar el código colonizador para expresarse y hacerse oír. Por ello, la descostrucción de la lógica colonial es una de las tácticas más usadas por ellos, y el construccionismo cultural de “lo propio” es otra. En el caso de América Latina, que ha logrado construir una cultura mestiza a lo largo de casi dos siglos de vida “independiente”, la preocupación poscolonial no se ajusta a las necesidades de teorización de su subalternidad.

La Identity Politics es la acción política que, según los preceptos del multiculturalismo, las minorías étnicas desarrollan en Estados Unidos para que su “diferencia cultural” sea reconocida por el sujeto de poder “blanco”, en el que el mestizaje es la excepción y no la regla. El multiculturalismo reivindica la “diferencia” y, así, separa a las minorías del hegemonismo “blanco”, pero también las separa entre sí, impidiéndoles articular un proyecto compartido de sociedad y manteniéndolas convenientemente divididas en favor de los intereses del poder central. En América Latina, en donde, a diferencia de Estados Unidos, el sujeto hegemónico no es “blanco” sino mestizo, el divisionismo multiculturalista no resulta útil para solucionar los problemas interétnicos, los cuales tienen que ver con democratizar las relaciones de mestizaje y transculturación que se realizan en condiciones injustas para algunos grupos étnicos.

La Political Correctness –cuyos orígenes se hallan en la derecha política estadounidense pero cuyos desarrollos se los apropió la izquierda de ese país– constituye un esfuerzo por normar las conductas de la ciudadanía de una manera convenientemente uniforme, según el precepto del respeto al prójimo. En la práctica, se concreta en una serie de actitudes aprendidas por medio de cuya observancia el sujeto políticamente correcto pretende no tener prejuicios étnicos, raciales, culturales, de género, etarios, etc. En su nombre se ejerce una censura y una represión sostenidas en contra de quienes no comparten esta variante de la moral puritana del sujeto “blanco” norteamericano, y se los acusa de racistas, sexistas, derechistas, etc., cuando no acatan los juicios que se consideran políticamente correctos, independientemente de la verdad y la veracidad de éstos.

[ii]. Ver, Ileana Rodríguez. Women, Guerrillas and Love. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1996. Sobre este libro escribió John Beverley: “Se podría decir, sin embargo, que su escritura no es facil de entender. Sus argumentos con frecuencia se acercan a un amenazante nivel de abstracción”. John Beverley, “Ileana Rodríguez” (reseña). Revista Iberoamericana, No.180 (Universidad de Pittsburgh), julio-septiembre, 1997: 554-57 (556).

[iii]. Ver, Linda Craft. Novels of Testimony and Resistance from Central America. Gainsville: University Press of Florida, 1997. Este es un buen ejemplo de esencialismo feminista condenatorio y moralista. Para ejemplos de esencialismo etnicista igualmente condenatorio y moralista, ver Arias (nota 6) y Warren (nota 10). 

[iv]. David Stoll. Rigoberta Menchú and the Story of All Poor Guatemalans. Boulder: Westview, 1999.

[v]. Elisabeth Burgos-Debray. Me llamo Rigoberta Menchú. La Habana: Casa de las Américas, 1984.

[vi]. Ver, Dante Liano, “El antropólogo con la cachucha”, El Periódico (Guatemala), 24 enero, 1999. Arturo Arias, “Más sobre las memorias de Rigoberta Menchú”, El Periódico (Guatemala), 17 de enero de 1999: 6B-7B. Eduardo Galeano, “Disparen sobre Rigoberta”, Montevideo, IPS, e-mail de Fundación Rigoberta Menchú Tum, 15 enero, 1999. Sergio Ramírez, “¿Quién le teme a Rigoberta Menchú?”, El Heraldo (Tegucigalpa), 4 febrero, 1999.

[vii]. The Chronicle of Higher Education, //chronicle.com/colloquy/99/menchu/50.htm

[viii]. “It is therefore readily concievable how this agressivity may respond to any intervention which, by denouncing the Imaginary intentions of the discourse, dismantles the object constructed by the subject to satisfy them”. Jacques Lacan. The Langage of the Self. Translated by Anthony Wilden. Baltimore: John Hopkins University Press, 1968: 12.

[ix]. “The successful tourism product is, therefore, an interpretation of the local, historical experience in so far as it can be related to, and incorporated in, the historical experiencie of the visitor. Thus a successful foreign heritage tuourism industry is dependent not on the sale of the heritage of the destination country to visitors from the consumer country but, on the contrary, on the resale in a differente guise of the consumers’ own heritage in an unexpected context within the destination country”. G.J. Ashworht. “From History to Heritage - From Heritage to Identity. In Search of Concepts and Models.” G.J. Ashworth and P.J. Larkham, eds. Tourism, Culture and Identity in the New Europe. London-New York: Routledge, 1994: 13-29: 24.

[x].Ver, Kay B. Warren. “Indigenous Movements as a Challenge to the Unified Social Movement Paradigm for Guatemala”. Sonia E. Alvarez, Evelina Dagnino and Arturo Escobar, eds. Cultures of Politics/Politics of Cultures. Re-visioning Latin American Social Movements. Boulder: Westview Press, 1998: 165-195. Aquí, esta señora me lanza un ataque ad hominem por no pensar como ella. Para una respuesta mía, ver, Mario Roberto Morales, “Respuesta a una antropóloga norteamericana” 1-2-3-4, Siglo Veintiuno, Guatemala, 10-20 de julio, 1997. Ver, también de Warren, Indigenous Movements and Their Critics. New Jersey: Princeton University Press, 1998. Aquí agudiza más el ataque personal de su primer escrito, tratando de hacerme daño ante las autoridades de la Universidad de Pittsburgh, reiterando su mentira de la siguiente manera: “Although his graduate-school advisers may not know this, Morales has cleverly appropiated a method many associate with the cultural Left in the United States to provide the Right and other readers with political ammunition in Guatemala” (41). Mis asesores en Pittsburgh se rieron mucho cuando, durante la defensa de mi disertación doctoral el 17 de abril de 1998, calificaron de ataque ad hominem la argumentación de Warren, quien incluso publicó una foto mía en su libro para hacer completa su policíaca cuanto moralista “denuncia”. Warren es jefa del Departamento de Antropología de la Universidad de Harvard, y una de las más feroces activistas que azuzan el etnonacionalismo mayista en Guatemala, el cual busca la confrontación violenta con los mestizos, a quienes perfila como el enemigo a eliminar. Yo he participado en un debate combatiendo estas posiciones, que son las que avala Warren. En el mismo tenor de esta señora, ver también, de Arturo Arias, “¿Poscolonialidad ladina, subalternidad maya?, la difícil adecuación de corrientes téorico-metodológicas a espacios simbólicos étnicos” (ponencia, LASA98, Chicago, septiembre de 1998, inédita); también, “Sobre la diversidad” (Suplemento El Acordeón, El Periódico, Guatemala, domingo 2 de abril, 2000: 6b-7b). Para una respuesta mía, ver, “Respuesta a un académico que se niega a leer” (Idem, domingo 7 de mayo, 2000: 6b-7b). La diatriba de Arias alcanzó un punto culminante cuando dio a conocer por la prensa algunos mensajes electrónicos míos, privados por supuesto, pero cuyos contenidos había yo publicado en forma de artículos en mi columna periodística. Debido a esto, el efecto de su ataque se revirtió; se llama, “Respuesta a Mario Roberto Morales” (Idem, domingo 28 de mayo, 2000: 6b-7b). Yo repliqué con una humorística “Respuesta a un especialista en ‘emails’” (Idem, domingo 11 de junio, 2000: 5b).

[xi]. A mediados de 1996, durante el Primer Congreso de Estudios Mayas, en la Universidad Rafael Landívar de Guatemala, Arturo Arias, Dante Liano, Enrique Sam Colop, Kay Warren, Jesús García Ruiz y otros intelectuales (que yo llamo) mayistas, encabezados por Marta Elena Casaus, se reunieron fuera del Congreso para diseñar una estrategia que tenía como objetivo deslegitimar mi crítica al esencialismo y el fundamentalismo etnicista de algunos grupos indígenas autodenominados “mayas”, ideología que yo denominé “mayismo”y que venía criticando en mi columna de prensa. Estos académicos especularon que yo quería formar una corriente de opinión ladina desfavorable al movimiento “maya” para capitalizar poder político personal. La consigna fue, entonces, anular las posiciones de Morales caracterizándolas como racistas y derechistas. Hasta la fecha, ese ha sido el tratamiento de los mayistas hacia mi persona. 

[xii]. En el Séptimo Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA), en Guatemala, en marzo del 2000, fustigué públicamente a estos policías académicos, algunos de los cuales estaban allí presentes, y expliqué cómo había sido que había ido a parar a Estados Unidos. Mencioné entonces al amigo que me había hecho la sugerencia de obtener un doctorado y trabajar en ese país como profesor universitario, y que me había puesto en contacto con el Departamento de Lenguas y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Pittsburgh, donde me gradué. Esta persona estaba presente y, en corrillos, me dijo que “gracias por mencionar el hecho” pero que mucha gente en la academia estadunidense le reprochaba ya el que me hubiera hecho aquella sugerencia y me hubiera facilitado el contacto mencionado. Entendí que me pedía que no volviera a decir que él había tenido algo que ver con mi presencia en Estados Unidos. Debo decir que en este país, mi libro La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (Guatemala, FLACSO, 1999), que fue mi tesis doctoral, ha resultado tan “disturbing” a los neomacartistas estalinistas como les resulta mi columna “A fuego lento” en el diario guatemalteco Siglo Veintiuno (www.sigloxxi.com) los lunes y los sábados, por las mismas razones por las que les resultará “disturbing” el presente artículo. El anecdotario al respecto de estos desencuentros y econtronazos es nutrido y pintoresco, pero desafortundamente no cabe en este espacio.

 

  

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces