Franz Tamayo

 

Creación de la pedagogía nacional
Capítulo X

No porque seamos un compuesto o un producto de diferentes elementos étnicos debemos o podemos aceptar que no existe, tratándose de nosotros, carácter nacional. Desde que hay nación, esto es, desde que hay un grupo humano que permanece en la historia y genera en la naturaleza, dentro de un marco de condiciones especiales, propias y permanentes, entonces hay raza, y entonces, hay carácter nacional.

¿Y qué es el carácter nacional, según esta manera de concebir las cosas?

—Es la manifestación constante de una ley biológica tratándose de una nación. ¿Y cómo se muestra y dónde se la encuentra? En todas partes y en todas manifestaciones de la nación: en la inteligencia, sobre todo en las costumbres, en los gustos y tendencias, en sus afinidades y repulsiones: es el genio de su historia y es como el tinte de que matiza toda su actividad nacional. Puede a veces no ser suficientemente personal o típico; puede a veces poseer ciertas condiciones comunes con las de otros caracteres; puede a veces sufrir a lo largo de la historia, depresiones bióticas considerables, o exaltaciones e intensificaciones inesperadas; un gran ojo científico (Bacon, Darwin) será siempre capaz de sorprenderlo y descubrirlo, a través de todos sus eclipses y en sus momentos de mayor despersonalización.

Segunda grande orientación de la futura ciencia boliviana: existe el carácter nacional, y este carácter nacional debe ser la base y materia de toda evolución histórica.

¿En qué consiste? ¿Qué es? ¿Cómo es?

—Esto es lo que el cretinismo pedagógico no nos dirá jamás, porque esto no está todavía en los libros ni hay cómo plagiarlo del primer sorbonizante transatlántico; y es esto lo que diremos a su tiempo y que será otra de las grandes orientaciones de nuestra vida y de nuestra ciencia.

Continuemos.

El carácter nacional, tratándose de hombres, es como el substratum de toda vida. Es tan absurdo negar su existencia, no se diga ya en un grupo étnico como el nuestro, pero en la tribu más salvaje y primitiva, que se puede afirmar a priori que él existe lo mismo en una tribu hotentote que en una pelasga.

Pero haciendo nuestro papel de psicólogos, os hemos de decir por qué nuestros absurdos pedagogos, los negadores de la vida, los calumniadores de la raza, por qué niegan la existencia de un carácter, de una energía nacional.

Han leído del carácter de las grandes naciones pasadas o presentes; han visto cómo esas naciones, gracias a su carácter nacional, han podido realizar en la historia cosas grandes e ilustres; sus comentadores, al hablar de las grandes historias, sólo han hablado de los grandes caracteres nacionales, y el resto del mundo ha quedado como en sombra. Esta fue razón suficiente para que nuestros pedantes sólo crean en la existencia de un carácter nacional tratándose de grandes naciones y grandes grupos étnicos. Mientras tanto, ¿las pequeñas naciones?, ¿las naciones ínfimas? ¡Como no se ha escrito ni hablado de ellas, como no se puede tomarlas por patrones y guías —se concluye llanamente que no tienen carácter nacional, y esto se llama lógica, y así se filosofa!

Sabed una cosa, una vez por todas: donde hay vida hay carácter. Toda la cuestión es saber medir la intensidad de esa vida para poder concluir la de su carácter. El que en este punto del globo o en este instante histórico se presente la vida en condiciones inferiores y pobres, paupérrimas tal vez, no significa otra cosa que su carácter se manifiesta igualmente inferior, pobre, paupérrimo, en su caso; pero no se puede concluir de esa pobreza la no existencia del carácter. Justamente os diremos, que uno de los signos de la gran depresión vital, de la pobreza interior de vida, es y ha sido siempre, una miopía intelectual en las razas o en sus representativos, que impedía una clara visión y una nítida conciencia de la propia vida individual o colectiva. Esa miopía puede llegar en casos hasta el extremo de negar y renegar los mismos y propios elementos de vida de que se vive sin embargo. Es nuestro caso.

Y aquí cabe dar la fórmula, que por esta vez no es nuestra.

Cuando el gran Goethe, el maestro de maestros, emprendía también en su país la misma campaña que hoy emprendemos en el nuestro, y osaba demoler ídolos y decir la verdad, y desenmascarar simuladores, y osaba hablar en nombre de la energía a todos los encobardecidos, y desconfiando de las bibliotecas siempre estériles se entregaba a la naturaleza siempre fecunda; cuando sobre esas ruinas de prejuicios y absurdas creencias y sobre los restos de todos los profetas falsos, la élite de espíritus preguntó a Goethe: ¿en qué creer entonces? Goethe respondió:

Claube dem Leben!— que en buen tudesco quiere decir: "¡cree en la vida!", y lo que debe ser el evangelio de todo hombre y de toda nación dignos de ser y quedar nación y hombre.

El Diario, 24 de julio de 1910 (en libro: Creación de la pedagogía nacional, 1910).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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