Juan López-Morillas

 

"Antonio Machado: ética y poética"

No cabe duda de que Antonio Machado es el poeta más leído y admirado en la España actual. Buena parte de la lírica reciente ha surgido bajo su advocación, y si la pleitesía que se le rinde no siempre parece desinteresada, ello prueba sólo que todo culto está en alguna medida lastrado de intenciones privativas. En esta ocasión quisiéramos explorar algunos de los motivos de tal veneración, sobre todo aquellos que cabe atribuir a singulares condiciones de tiempo y lugar. Dicho de otro modo: ¿Por qué precisamente Antonio Machado en la España de hoy con preferencia a otros grandes poetas contemporáneos suyos? Va a ser cuestión, como se ve, de "psicología cultural" más que de historia literaria o de crítica poética. Pero es de barruntar que nuestra pesquisa no disgustaría al propio don Antonio, muy dado de suyo a ponderar poetas con un criterio claramente personal.

"A la ética por la estética", proclama Juan de Mairena, heterónimo preferido de Machado. Con este aforismo acentúa el profesor apócrifo la vertiente humana de toda creación artística y subraya el carácter adjetivo del arte contra quienes pretenden darle la primacía en la escala de los valores o incluso ponerlo fuera del alcance de toda consideración ética. Nada nuevo, en verdad, hay en esta noción. Con ella Machado no hace sino reiterar un tópico de que está jalonada la historia entera del arte, en general, y de la poesía, en particular. Pero, así y todo, a ese aforismo hay que volver una y otra vez para dar con la raíz de la poesía machadiana, que es la "honda palpitación del espíritu" de un hombre "en el buen sentido de la palabra, bueno". Cuando se lee el "Retrato" que abre las páginas de Campos de Castilla, la impresión que se recibe es la de un individuo que para encontrarse a sí mismo se va despojando de todo lo despojable y que se sirve de la poesía para tal fin. No sería exagerado sugerir que toda la obra machadiana, verso y prosa, brota de un afán de renuncia a todo aquello que con insidioso hechizo ha venido a encubrir o falsear lo esencial humano. Para poder averiguar lo que puede o debe ser, el hombre tiene que saber primero lo que es, escudriñarse con ojos limpios de prejuicio, seguro de que al verse "casi desnudo, como los hijos de la mar", le quedará siempre ese "orgullo modesto" que Machado, con característica sordina, hace sinónimo de la humana dignidad: "Poca cosa es el hombre —dice Mairena a sus oyentes— y sin embargo, mirad vosotros si encontráis algo que sea más que el hombre, algo sobre todo, que aspire como el hombre a ser más de lo que es. Del ser saben todos los seres...; del "deber ser" lo que no se es sólo tratan los hombres..."

Lo específico humano es, pues, ese imperativo moral, ese "deber ser" que trasciende lo que se es genéricamente. Machado ha insistido tanto más sobre ese mandamiento cuanto que temía que se eclipsara en las contiendas ideológicas de su tiempo, presididas en España por la teoría orteguiana del hombre-masa y la interpretación aristocrática de la cultura asociada a ella. Diríase que frente a la tesis de Ortega quería el poeta afirmar lo que pudiera llamarse paradójicamente un "individualismo universal", de traza romántica, pero cuya expresión más inmediata la encontraba Machado en las dos corrientes de pensamiento que más influyen en su temprana formación espiritual: Francisco Giner y Miguel de Unamuno. Del primero, "viejo alegre de la vida santa", recibe durante los años de estudio en la Institución Libre de Enseñanza la noción de que el más alto ideal a que puede aspirar el hombre es, sencillamente, ser bueno: "Sed buenos y no más", dice a sus discípulos don Francisco en el "Elogio" que a su muerte le dedica Machado; y hacia ese ideal ético se enderezan en definitiva los esfuerzos pedagógicos de Giner y sus colaboradores de la Institución. Para Machado, como para Giner, no hay oficio más noble que el de enseñar. Como tantos otros alumnos de la benemérita Institución, Machado sintió el impetus sacer que flotaba en las aulas de la Casa y que hacía de cada uno de los educandos un maestro en ciernes, inquisitivo, desembarazado y razonador. A ello se prestaba fácilmente la pedagogía institucionista, de la que Cossío nos ha dejado un resumen cabal: "tolerancia, ingenua alegría, valor sereno, conciencia del deber, honrada lealtad...; mutuo abandono y confianza entre maestros y alumnos...; intuición, trabajo personal y creador, procedimiento socrático, método eurístico, animadores y gratos estímulos, individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en todos, continua, real, viva, dentro y fuera de la clase". No hace falta ser muy zahorí para adivinar en esta descripción la clase de Retórica y Sofística que regenta Juan de Mairena en las horas, nada escasas por lo visto, que le deja libres su cargo oficial de profesor de Gimnasia. A1 igual que Giner, Mairena entiende que enseñar no es adoctrinar, sino —nótese la ironía— hacer con los alumnos gimnasia mental, ayudándolos a desentumecer la sustancia gris embotada por la incuria o la desidia: "Vosotros sabéis —dice Mairena a sus discípulos— que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes, como se ha dicho muy razonablemente, y yo diría, mejor, a sembrar preocupaciones y prejuicios". Es de sospechar que si Mairena viera lograda algún día su ambición de fundar una "Escuela Superior de Sabiduría Popular", ésta se asemejaría en lo sustancial a la Institución Libre de Enseñanza y Juan de Mairena sería un don Francisco Giner redivivo, sagaz, travieso y paradójico, dedicado como su modelo a zarandear mentes ociosas.

Pero la deuda de Machado para con Giner no se limita a la aceptación de la pedagogía institucionista, la cual no es al cabo sino la manifestación dialéctica —dialógica— de una concepción circunstancial del hombre y el mundo. Giner estimaba que la rutina, la apatía, el falso tradicionalismo, residuos de una "España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste", amenazaban ahogar bajo su costra de siglos el manantial mismo de la vida española. Urgente faena, por tanto, era la de hacer calas en esa cobertura anquilosada, llegar a esa fuente misma de realidades y posibilidades humanas y darle salida para que pudiera fecundar el áspero yermo nacional. El niño y el mancebo eran, pues, para Giner y sus colaboradores promesa de redención en un país habituado de antiguo al descuido o despilfarro de sus naturales energías. Pero, por supuesto, no la única promesa. Se podía contar además con una España que empezaba a despuntar cabalmente por los días en que se fundaba la Institución Libre de Enseñanza, "la España del cincel y de la maza" que ya en días de Machado había cobrado conciencia de sí misma y se aprestaba a desempeñar un papel decisivo en la escena nacional. A esa otra España naciente la veía Giner bajo la noción romántica de "pueblo", un pueblo concebido todavía como "espíritu colectivo", guardián inconsciente de lo que Machado llama el "pasado macizo de la raza". Muy dentro de la tradición de los románticos alemanes —y recuérdese que Krause figura a su manera entre ellos— Giner miraba como tarea primordial la de intentar por medio de la educación "hacer pueblo", coadyuvando a elevar a la categoría de tal lo que de lo contrario quedaría reducido a lo que en carta a Clarín llamaba una "primera materia, rústica y embrutecida y salvaje". De los otros, del "señorío", como él decía con desdén, poco cabía esperar como no fuera oposición tenaz a todo intento de alterar el orden establecido. No muy desviada de la noción gineriana, aunque desde luego más "poética" o, si se quiere, menos pragmática, está la de Unamuno, atento como es notorio a buscar al hombre inmanente bajo el caparazón del ente social o, más ampliamente, al pueblo eterno bajo la sociedad histórica. Conviene recordar que la pretendida existencia de ese pueblo eterno, encarnación de la tradición esencial y no del tradicionalismo al uso, pueblo cargado de sabiduría milenaria, pero sordo a la ciencia del día, fue la única esperanza de rehabilitación que creían ver algunos intelectuales españoles desilusionados ante el fracaso del progresismo mesocrático apadrinado por la Revolución de Septiembre, indignados por las artimañas políticas de la Restauración y, por último, afligidos por los acontecimientos calamitosos de 1898. No es, pues, de extrañar que durante ese cuarto de siglo se haga frecuente hincapié en la distinción entre "nación" —lo accidental histórico— y "pueblo" —lo sustancial eterno— y que se llegue en algunos casos extremos (Unamuno, Costa, Morote, Maeztu), incluso a propugnar la disolución de la primera como único recurso para salvar al segundo. Ahí está en gran medida el fundamento de esa apelación en última instancia a un "alma española", incólume a través de los avatares de la historia, que constituye el común denominador de las dispares orientaciones de los llamados "hombres del 98".

Pareja solicitud por el pueblo, en el sentido en que venimos interpretándolo aquí, descubrimos en Machado, quien en "Juan de Mairena" nos brinda concretas observaciones sobre el particular. "Entre españoles —declara— lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular." En principio, al menos, Machado hace suya la mentada tesis de que existe una España inmaculada de espíritu bajo "la malherida España, de carnaval vestida..., pobre y escuálida y beoda". E1 alma del pueblo permanece virgen en el cuerpo prostituido de la nación. La única salvación posible está en tomar contacto con ese rico venero, a sabiendas de que cuando ha logrado manifestarse de algún modo lo ha hecho con inigualada grandeza y dignidad: "En España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo", afirma Machado-Mairena, y añade en otro lugar: "Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu. Nos empeñamos en que este pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe muy bien lo poco que nosotros leemos". Adviértase cuán cerca anda aquí Machado de aquel parecer de Unamuno cuya más temprana expresión se halla en sus ensayos de fin de siglo: "¡Qué tesoros ignorados guarda aún para el poeta y el pensador el pueblo!" escribe don Miguel, y agrega: "La salvación está, una vez más, en volver a hablar en necio, con la sublime necedad con que Lope hablaba a los mosqueteros de los corrales y, desde los carros de los cómicos de la lengua, al pueblo de los campos".

La busca de tales "tesoros ignorados" ha sido, según frecuente testimonio de Machado, la intención cardinal de su poesía y su poética, intención cuyo cariz moral, si vale la pena recalcarlo, es manifiesto. Porque ese rico acervo de intactas posibilidades que yace en la entraña del pueblo es sencillamente la quintaesencia de lo humano, la hombría de bien en su más hondo y pleno sentido. Para hablar de ese acervo, Machado emplea de continuo la voz "folklore", cuyo significado (sin duda por influencia del padre, Antonio Machado Álvarez, conocido folklorista de lo andaluz), desdobla Mairena del siguiente modo: "en primer término..., saber popular, lo que el pueblo sabe, tal como lo sabe; lo que el pueblo piensa y siente, tal como lo siente y piensa, y así como lo piensa y plasma en la lengua que él, más que nadie, ha contribuido a formar. En segundo lugar, todo trabajo consciente y reflexivo sobre estos elementos, y su utilización más sabia y creadora". Frente a ese saber infuso que, con palabras de Unamuno, "es más que ciencia, es sabiduría", empalidecen los saberes adventicios de la cultura moderna: "Es muy posible —apunta Mairena— que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el "folklore", con el saber popular. E1 pueblo sabe más y, sobre todo, mejor que nosotros". La plasmación al par que el vehículo de tal sabiduría es "una lengua madura de ciencia y conciencia popular", de cuyo caudal habrán de nutrirse igualmente el filósofo y el poeta. Machado, como Unamuno, se aferra a la idea de que una lengua es ya de por si una manera de ver, entender y explicar el mundo, es decir, que es ya de por si una metafísica y una poesía virtuales, y si se quiere, claro está, una religión y una moral. Todas estas actividades del espíritu, en apariencia distintas, laten indiferenciadas en el hondón de la sabiduría popular. "Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el "folklore" metafísico de nuestra tierra", sermonea Abel Martín. "Si vais para poetas, cuidad vuestro "folklore", porque la verdadera poesía la hace el pueblo", predica Juan de Mairena. Obsérvese en este respecto la aseveración machadiana de que "todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra"; repárase también en que tal metafísica es anterior a toda lógica, una "fe cordial", una "honda creencia" anclada en los universales del sentimiento; y recuérdese por último que alguna parte de la obra de Machado —y concretamente los "Proverbios y cantares"— revela el afán de ensamblar metafísica y poesía populares a fin de restituirles en alguna medida su prístina conjunción.

Y ahora creemos que se podrá entender mejor lo que más arriba llamábamos el "individualismo universal" de Machado y por qué, aunque la expresión parece antinómica, no hay inconveniente en usarla. En definitiva se trata de puntualizar la relación entre el poeta, como creador individual, y el pueblo, como depositario de una ética y una sapiencia seculares o, valga la expresión, de los universales del sentimiento. A través de Jorge Meneses —poeta inventado por Mairena, inventado a su vez por Machado— nos dice éste: "La poesía lírica se engendra siempre en la zona central de nuestra "psique", que es la del sentimiento; no hay lírica que no sea sentimental. Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de genérico, porque aunque no exista un corazón en general que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con él, todo sentimiento se orienta hacia los valores universales o que pretenden serlo". Sin insistir demasiado sobre el tema, Machado esboza una noción del sentimiento —de la que la teoría del amor que propugna Abel Martín es condensación específica— como "emoción", en una denotación etimológica algo arbitraria, esto es, como movimiento de-hacia, siendo el "de" en este caso el individuo y el "hacia" los demás. "El sentimiento no es una creación del sujeto individual —nos dice taxativamente— ... Hay siempre en él una colaboración del ‘tú’, es decir, de otros sujetos... Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente ‘mío’, sino más bien ‘nuestro’...; mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada." Y aquí, a nuestro juicio, está la clave ética de la poética de Machado y el fundamento de las numerosas apostillas que éste nos brinda sobre el lenguaje de la lírica. E1 poeta no debe aspirar a crearse una lengua rebuscada y sibilina, privativa y excluyente, pues hacer tal cosa supondrá no sólo la incomunicabilidad de su poesía, sino —lo que es todavía más grave— la perversión deliberada de todo sentimiento germinal. Y conviene apuntar que por "perversión" del sentimiento se entiende aquí una "versión torcida" de él, esto es, el encauce de la poesía no hacia los otros, sino hacia uno mismo. E1 poeta que se solaza con los juegos malabares del trobar clus puede revelar, sí, agudeza e ingenio, rasgos propios de la poética barroca, pero es de sospechar que su vida afectiva es estéril, dominada como está por la autoestima. E1 desdén palmario con que Machado habla de los poetas culteranos y conceptistas, la discreta aversión con que mira el exuberante metaforismo y la "abigarrada imaginería" de una parte de la poesía joven de su tiempo y, para señalar un caso concreto, el manifiesto desencanto con que vio a Juan Ramón Jiménez, a partir de 1917, hacer vía hacia una lírica "cada vez... más conceptual y... menos intuitiva" son conclusiones de una tesis según la cual el poeta es quien a veces lleva la voz cantante entre las voces seculares de su lengua y de su raza, pero a veces también funde la propia voz humildemente con ellas para engrosar lo que es al cabo un patrimonio colectivo.

A ningún estudioso de la lírica española se le oculta que no pocos de los poetas de hoy conciben su labor en orientación semejante en principio a la de Machado. A la vuelta de tanto gongorismo y garcilasismo, de tanta doctrina extra-poética, de tanto castillo interior y torre ebúrnea, de tanta poesía pura y poesía minoritaria, se ha ido acentuando el perfil del poeta responsable, esto es, del poeta que bucea en la propia intimidad no para regodearse en ella con búdica complacencia, sino para descubrir en lo que cabe su radical condición, su dimensión vital y su destino, en suma, su humanidad genérica. En esa iluminación ejemplar que mediante su poesía nos da el poeta del hombre que lleva dentro consiste el fundamento ético de su quehacer. Porque, en realidad, nos incita a los demás, que no somos poetas, a hacer lo propio a nuestro modo. Vista así, la poesía no tiene por qué repudiar su función ancilaria, ni nosotros tenemos por qué escandalizarnos de que Machado nos aconseje llegar a la ética por vía de la estética. Esto lo saben muy bien algunos de los poetas españoles actuales, sobre todo aquellos cuya obra acusa una clara vertiente social. Y el ejemplo de éstos, en fértil propagación, puede, al menos por lo que respecta a España, dar razón a Gabriel Celaya cuando dice que la poesía es "un instrumento para transformar el mundo". A lo que cabe responder con un sencillo y cálido "amén".

Publicado originalmente en Insula 23.256 (1968): 1-12. Se reproduce en Hacia el 98: Literatura, sociedad, ideología. Barcelona: Ariel, 1972. 255-269.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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