Antología del Ensayo

Paula Winkler
 

"Antígona-entre-dos muertes: las instituciones y el fundamento residual jurídico del siglo XXI. Un diálogo entre el Derecho y el Psicoanálisis"  

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Introducción

 El Derecho se encuentra vinculado al Psicoanálisis a través de la ley. La ley, para este último, refiere a la prohibición judeocristiana del incesto -matriz de la civilización de occidente-, al tiempo que la ley jurídica organiza a la sociedad estableciendo prohibiciones, estimulando conductas, protegiendo derechos y a las personas, castigando los delitos, las infracciones y demás ilícitos tipificados en los códigos y las normas legales, definiendo conceptos y fijando sus propias reglas de autovalidación. Cualquiera sea el fundamento filosófico político de una constitución (carta magna) de los Estados nacionales, el Derecho -al encontrarse ligado a las instituciones- media siempre entre lo singular y doméstico de los ciudadanos y habitantes de un país y lo público compartido de ellos. (Lo público no es la sumatoria de lo singular sino lo intersubjetivo, que crea a su vez nuevas identidades.)

Pero ¿se puede hablar hoy de "Estados nacionales" en la globalización? ¿Han sobrevivido los Estados modernos a este fenómeno del postcapitalismo, y, por consiguiente, la ley jurídica se encuentra lo suficientemente legitimada para organizar? O ¿en su base antropológica misma, la ley no se habrá convertido acaso en una herramienta (debilitada) de este nuevo formato político de los Estados, más cercano al "estado de excepción" al que alude Agambén, por remisión a los viejos edictos romanos?

El humanismo estuvo lejos de predecir la época que nos toca vivir. Y ha habido pocos filósofos que previeran este peculiar modo globalizado de relacionamiento sin amo a la vista. Fue Heidegger quien, quizá, a partir de la muerte nietzscheana de la metafísica, habló de una sustancia producida en serie por la técnica, sustancia alejada del ser (el "Sein" difiere del "Dasein"). Hoy el sujeto, inconsistente, compelido al goce y a los excesos, definido más como un "ser-público-ya" y un cliente elector estadístico que por sus identidades, dejó de prestar atención a la prohibición del incesto. La atmósfera intersubjetiva cambió, el otro quedó prácticamente rezagado a las definiciones del Otro, y la metonimia sustituyó a la metáfora. Asimismo, el nombre-del-padre declinó.

Dados estos cambios contextuales, parece inútil insistir en la teoría clásica de las democracias representativas como una doctrina buena en sí, cuando los resultados del fracaso económico y de la inequidad social cada vez se encuentran más a la vista. Pero Argentina marcha hacia un nuevo horizonte social y político. Por eso, resulta mucho más normal en nuestra sociedad que la representación política propia de las democracias republicanas articula, aunque un poco anómicamente, los mecanismos constitucionales parlamentarios a las participaciones populares propias del modelo ateniense del ágora. Es decir, nosotros los argentinos asistimos a diario a una democracia combinada de cuyo destino institucional no es fácil realizar predicciones, suponiendo que fuere razonable hacerlo en tanto la democracia se hace al andar y vamos yendo y haciéndola.

Olvidemos momentáneamente nuestro país para centrarnos, en cambio, en el universo de las democracias occidentales (europeas o norteamericana) que sirvieran de modelo teórico constitucional a tantos estudiantes de Derecho, incluida la que escribe: los juristas hemos abrevado incansablemente en las fuentes de Duverger, Locke, la división de poderes cara a Montesquieu. Si se hace una observación por fuera de esas teorías, podría señalarse que, de momento, tales democracias occidentales poseen dos versiones supérstites: la presidencialista o la parlamentaria. Escribo "supérstites" porque su primigenia base representativa está siendo cuestionada y permeabilizada socialmente habida cuenta de los movimientos del "11M", del "somos el 99%" y otros movimientos sociales, más o menos radicales.

Conviene recordar que el Derecho es una disciplina con reglas interpretativas propias de autovalidación y que, como lenguaje, este suele ir siempre por detrás de los hechos: los cambios políticos son asumidos por las leyes cuando se insertan en el sistema y han perdido su naturaleza controversial respecto del viejo orden. Es que aun cuando la jurisprudencia suele aportar avances jurídicos de acuerdo con la ética y el contexto, ésta bucea en los textos legales conforme la historia de esos textos, habida cuenta de que la distancia temporal ofrece al intérprete un panorama hermenéutico siempre más acertado (Gadamer).

Debido a esta limitación hermenéutica, cuando existe una controversia social o política, el derecho no ofrece la respuesta a todas las preguntas. Así pues, aunque los abogados hayamos heredado de Kelsen la pirámide del orden normativo y la mayoría suela apegarse positivamente a tal orden -como si la razón (jurídica) se afirmara a diario en una especie de fe ciega religiosa-, no hay positivismo que escape a lo real: frente a un mundo que reclama lo suyo cada vez más feroz y eficazmente, abogados y juristas debemos comenzar a poder dialogar. No en las sombras del lenguaje jurídico como único lenguaje, sino comprendiendo lo que otras disciplinas pueden enseñarnos. Se trata de sumar voces, no de restarlas; las palabras son puentes.

Decía Ovidio: “Ignora lo que ve, mas lo que ve lo inflama. El mismo error los ojos burla e incita. ¿Por qué persigues en vano, crédulo, simulacros fugaces? Esa que distingues es sombra de imagen reflejada”. Los simulacros de Ovidio venían a vaticinar algunos otros simulacros en los que, como intentaré demostrar aquí, ha devenido ahora la mayoría de las representaciones políticas en las democracias de Occidente. Y si a esto se suman la disconformidad y el clamor de las personas en sociedad, la estéril insistencia de nuestros políticos y juristas en las teorías ficcionales de los contratos sociales y de esas concepciones idealizantes de la ley y del Estado, como si los sujetos contemporáneos a Emmanuel Kant todavía vivieran en el siglo que transcurre y permanecieran siendo unos sujetos del superyó a la carta, los vientos del default que se desataran en Argentina en diciembre de 2001, continuaran en Islandia tiempo después y estallaran pocos meses atrás en Grecia van a transformarse en unos nuevos vientos huracanados, al tiempo que los gobernantes quedarán murmurando “je veux la lune”.

La encrucijada de las democracias de este Siglo, que en mi opinión se encontraría superada -pese a que no se pueden descuidar los movimientos sociales de los “indignados” europeos-, consiste en bascular entre la representación política o volver a la fuente que nos legaran los griegos de la civitas/polis instaurando una democracia participativa. (El movimiento norteamericano que comenzara en la ciudad de Nueva York merece otro análisis diferente, aunque en sus inicios parece más radical aún que el fenómeno madrileño.) Ahora bien, la representación que impone una democracia republicana (parlamentaria, como las europeas o presidencialista, como la norteamericana) parte de la dificultad semántica inicial de que el “re-presentado” alude siempre a un variopinto grupo de personas. Aun cuando a ese grupo lo denominemos “pueblo”, “multitud”, “gente” o “ciudadanos”, “personas” o hasta “masa”, jamás habrá un único representado de pensamiento único (a Dios gracias). Es más, diría que para escrutar la realización más justa posible de una democracia no hay nada mejor que observar cómo se comporta el gobierno respecto de las minorías cuando la mayoría ganó las elecciones, o cómo se aseguran los derechos de la mayoría cuando sólo un gobierno de minorías es elegido para re-presentarnos supuestamente a todos.

Hablaba Ovidio, como dije, de los simulacros, cuestión que reflotó Deleuze mucho después. Y un simulacro remite a una ficción mentirosa cuando no pretende sustituir un real por réplica con algún fin determinado (los “simuladores de vuelo” para los aprendices de piloto, los “simulacros de incendio”, etc. –simulaciones justificadas además de útiles). Así, cuando el simulacro desarticula ese real para ponerlo en signos y devolverle al interpretante social un sentido de mera presencia, nos encontramos con una operación semiótica engañosa. Esa mera presencia de la inconsistencia aparece por la mencionada operación, que consiste en neutralizar los significados para erigirlos sólo en signos-por-sí mismos, lo cual genera el efecto del culto a un als ob, culto a un como-si, culto a lo que podría denominarse “simulacro de simulacro”, y que se transforma en una fábrica de cultura política banal. Adviértase que la réplica siempre es relativa puesto que el signo lingüístico encierra una opacidad constitutiva de modo que nunca hay literalidad ni copia exacta de nada. Y, en tanto los seres humanos somos lenguaje y nos encontramos barrados por él, hasta las ficciones jurídicas jamás alcanzarán un grado óptimo de realización. Pero si de eso se trata, no es cuestión de regodearse en la desgracia de la crisis representativa para multiplicarla y repetir el síntoma, sino más bien de hacerse cargo y representar lo mejor posible, esto es: sin corrupción, sin corruptelas, con una enorme decisión política y permitiéndose la autocrítica constante.

Nadie con sentido común podría negar hoy las bondades de la república como forma de organización política de una sociedad, a no ser que abrevando en el situacionismo más extremo, se considere fácil el retorno al sistema griego de la polis. Y ningún abogado debería olvidar las fuentes normativas primeras como lo es una Constitución, una carta política, una carta magna fundante del sistema político social y económico de una nación. No hacerlo, por lo demás, sería negar la autorizada palabra de toda esa tradición europea que nos viene desde Montesquieu, Locke, y el propio Rousseau. No desechemos tampoco a Duverger ni a Kelsen (sobre todo al Kelsen amigo de Freud, cuando solía intercambiar con este epistolarmente sus dudas y vicisitudes respecto del saber antropológico, aunque muchos positivistas desconozcan la existencia de este intercambio o lo nieguen).

Los problemas que generan las representaciones en materia de gobiernos democráticos hacen a la filosofía política y no necesariamente debe diagnosticarse su reemplazo ante la crisis, o más bien el de sus instituciones por el hecho que estas no funcionen óptimamente. El camino democrático se hace al andar, y las instituciones representativas de gobierno pueden ir transformándose como lo ha ido haciendo el ser humano desde su aparición en el planeta. Es cierto que en Occidente soplan vientos fuertes. La globalización hace sus estragos a diario, y no se necesita ser de izquierdas para observar que la mitad de la sociedad está descontenta y rabiosa, mientras sostiene con el pago de sus impuestos y su deber ser de la jornada a la otra parte del mundo, feliz de saberse con derecho a reclamar reglas seguras y ley justa cuando hay otros cuya existencia pende apenas del hilo de un subsidio. ¿Acaso todos los indignados europeos deben tomarse por insurgentes o situacionistas? Y, por otro lado, ¿basta una constitución sin contradicciones lógicas en su redacción perfecta para que un país no quiebre económicamente? Argentina ha hecho su propia experiencia en desmontar discursos e intentar desglobalizarse, y se va andando. Por lo tanto, los marcos teóricos cambian, y es saludable que así sea.

A veces, las quejas sociales no subvierten un orden sino que buscan recomponerlo de alguna manera. (“Orden, ley y nombre-del-padre” no son sinónimos de barbarie; la barbarie es la ausencia de ley -ley psicoanalítica y ley jurídica-, enseguida se verá el porqué.)

Occidente no está pasando su mejor momento político, negarlo sería recaer en la ceguera de la que ya nos ilustra Ovidio. Todo conocimiento construye su ciudad prohibida, decía Epstein, pero esta ciudad funciona solamente si soluciona problemas, contesta interrogantes y no genera malestar. El Derecho, entonces, no califica por sí solo para la expresión de Epstein, puesto que una ley jurídica injusta o aplicada sin sentido común no es ley. Y unas leyes sancionadas y promulgadas a las apuradas para sostener una democracia del como-si no son leyes más que en lo formal. Si todas las artes aspiran a ser pura forma, alguien dijo, a lo que precisamente no debe tender la política es a la mera forma. Así, la representación en sí misma no asegura nada, son los representantes quienes tienen que hacer su tarea, y los representados quienes debemos estar atentos a que éstos lo hagan.

 

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Las instituciones

Las instituciones son imprescindibles, aunque la relación del ciudadano con estas no se estatuya tan luego sobre la base del amor. Son aceptables porque la historia hubo de probar en forma harto suficiente la perversidad de las recetas tiránicas o dictatoriales y a sabiendas de un sujeto que requiere de una regla, de una ley jurídica que lo ordene para no desordenarse él mismo. En efecto, el ser humano, al contrario de la clásica enseñanza cristiana, se debate en su propia violencia desde el nacimiento. Es que el civilizarse no se hace sin costo, y ser ciudadano no deja de ser otra de las tantas maneras de civilizarse con renunciamientos y quejas, aunque vivamos en democracia. Por lo que la democracia no cierra nada, es este un universo inacabado que debe vivir cada generación (lo único universal y permanente es el cambio). La democracia es el rutinario e institucionalizado inicio de algo que nos debemos a nosotros mismos para hacer ese lazo social al otro. Tarea infinita y laboriosa.

La autoridad del pueblo, la multitud, la gente, los ciudadanos votantes, representada parlamentaria y políticamente, no es una autoridad que venga legitimada por sí. He ahí el problema de creer ciegamente en la república, en la ley y en la justicia (o en la estadística electoral) cuando debemos creer en estas con los ojos bien abiertos. Es decir, frente a la demanda, a los políticos y funcionarios no les queda más que atenderlas, satisfaciéndolas razonablemente en forma adecuada y equitativa. Con justicia. (“Con justicia” no siempre es decir “sí”.) Desde la civitas griega existen dos mandamientos que, nos guste o no, han guiado a Occidente. Uno es: “no matarás”; el otro “amarás al prójimo como a ti mismo”. Empero, la crueldad no es novedad de este siglo, recuérdese si no a los que, como Medea, son capaces de matar a sus hijos para salvarse ellos mismos. Parricidios, filicidios, la historia nos ha dado suficientes ejemplos. Todas estas, formas brutales de ejercitar el poder. El poder es un modo de relacionamiento en el cual la posición de amo deviene debido a alguna ventaja o beneficio de uno frente a otro. Si esa franquicia se utiliza inapropiadamente y en detrimento del otro, imaginemos ya las consecuencias. Por ello, no hay peor ciudadano que el que se desentiende por creerse satisfecho tan sólo de haber acudido a las urnas.

Freud fue el primero en animarse a investigar profundamente la naturaleza humana. Lo hizo con el único fin de disminuir el malestar en la cultura. Y habló de “die Triebe”, pulsiones, para aludir a un sujeto, hasta entonces muy caro solamente a las construcciones de la bonomía religiosa y a la de las ciencias médicas. Amarás al prójimo como a ti mismo. ¿Quién dijo que nos amamos a nosotros mismos? Lacan refirió al “jouissance”, al goce. Recuérdese que el Psicoanálisis considera que la psiquis comprende al subconsciente, al inconsciente y a la conciencia y, asimismo, que posee tres instancias: el yo, el ello y el superyó. La represión y la pulsión (que actúan como freno y empuje constantes) son dos funciones que establecen un mecanismo regulatorio entre el ello, siempre pulsional; el superyó y el yo, el cual tiene la función de relacionarse con la naturaleza y el otro, y realizar los procesos de síntesis instaurando el principio de realidad. De alguna manera, para Freud, el yo vendría a ser lo que queda del ello cuando el sujeto se civiliza, hace lazo social. El superyó es una instancia normativa compleja, que articula las normas y los ideales y que, para funcionar adecuadamente y no producir un exceso en su reclamación entre lo querido y lo logrado, en principio, debería conocer bastante del ello y saberse lo tiránico que es por su pulsión de dominio. Combinación letal si no aparece la organización del desborde, por eso no conviene idealizar al superyó, como tampoco considerar que todo conocimiento deviene del ello, si bien el yo ha debido producir su desgaste y no por eso el nombre-del-padre deja de ser un síntoma.

La ley psicoanalítica consiste en la prohibición del incesto, del filicidio, del parricidio, del femicidio; la ley jurídica tiene mucho que ver con el superyó puesto que pretende regular conductas humanas y lo hace nombrando en forma universal, para ser después aplicada en el caso particular, pero esa ley concebida en toda su justicia, como ya la veían los presocráticos, necesita de la complicidad de nosotros, los ciudadanos. Porque una ley tiene efectos cuando es respetada, para lo cual no basta su formal publicación en un boletín oficial, debemos incorporarla en una suerte de operación jurídica interna. Así, ¿basta que los juristas repitamos al cansancio las enseñanzas del derecho constitucional y de la república, o no llegó la hora de mirar a nuestro alrededor, salirnos del saber-hacer-con la norma (en su mera dimensión interna) para reglar conforme la conciencia y ese principio de realidad que nos reclama coraje y honestidad comprobada frente a la adversidad de los gobernados? Se trataría de impedir un mero goce de la norma, es decir salirse de su dimensión propia para ser permeable a la crítica y a lo que nos enseñan en la realidad otras disciplinas.

Occidente ha basado su civilización en la prohibición del incesto. Se instaura por la circulación del mito de Edipo. Sin embargo, a veces se olvida que durante el encuentro de Edipo con Layo lo único que se disputa es el poder. Mucho poder (y prestigio). Ambos personajes, en efecto, se vieron implicados en una lucha tal que ninguno de ellos cedió; cada uno gritó “yo”, y no escatimaron en pulsar la muerte. Como el perro del hortelano, que no come ni deja comer al amo. Es a partir de la clínica de los juegos infantiles que Sigmund Freud, en su “Más allá del principio del placer”, aportó evidencias del predominio de Thanatos en el inconsciente (la pulsión de muerte); no de Eros, lo que conlleva el deseo. Es decir, egoísmo y violencia.

Parece innecesario advertir que si la represión no funciona, lo pulsional desborda, y el sujeto queda librado a sí mismo. Me pregunto qué sujeto hoy no queda desbordado: basta con contemplar el aumento del delito en los jóvenes, la violencia y agresividad en las escuelas, el consumo de drogas y de alcohol, la difamación de la palabra y la pérdida de la metáfora, la supuesta histeria de conversión instalada en las anorexias, los excesos y la bulimia, el flagelarse el cuerpo a sí mismo, los peirceings y tatuajes, los suicidios, el aumento desproporcionado de cánceres en poblaciones supuestamente felices. Me dirán que hay una juventud que estudia y trabaja, creativa y artista, que participa, es responsable y valiosa. ¿Y quién dijo que esta no padece también de malestar?

Convivimos entonces, de momento, -y esto vale también para Argentina- con un sujeto que no siempre incorporó la prohibición del incesto y que, además, es invitado a diario por las rutinas del mercadeo, la televisión y el internet a instalarse para siempre en su goce. Hay una voz implícita, voluntarista y omnipotente, que empuja a cada sujeto a "construirse" como individuo (sujeto autónomo) y no como persona. Es decir, sin historia. Claro que si la tal construcción queda a medio hacer por la falta de afecto, contención y trabajo digno, a quién le importa. Los tiempos se han acelerado tanto que ya parece que no hay reloj, todos corremos, el gran hipertexto, el panóptico.

El límite a ese goce no sólo lo pone la ley jurídica, lo fija familiarmente el padre (o quien ocupe el lugar del que organiza) y comunitariamente el maestro. No el padre de la horda, arbitrario y tiránico, que hace la ley a su gusto, sino un padre (o madre) capaz de transmitir los relatos, las leyendas de su tierra, los valores, y de proclamar un “no”, pese a que todos desesperen socialmente por un “sí”. Hablamos de una función organizadora en la familia y la escuela, no de un déspota, ni mucho menos de un padre denigrado, justamente porque es esta una función transmisora de la ética (o de la moral religiosa para los creyentes).

Jacques Lacan concluye que la ley del padre muerto -en el origen mítico- asegura la norma social (se refiere a la jurídica, Lacan era un gran conocer del Derecho y la Criminología, y de la Antropología a través de Levi-Strauss). La trasmisión de esa ley es lo que constituye la función del padre en la organización subjetiva y social a través de la metáfora paterna. Esta función es significante: el padre muerto en lo real es sustituido por el padre-metáfora y circula como padre-función y padre-organización de un discurso. (Para Lacan “discurso” se define en términos saussurianos, aunque ya a partir del Seminario 7, al hablar de las pulsiones, cita a Charles Sanders Peirce.) En definitiva, digamos que es tan obscena la figura (edípica) del padre, que esta no se redime con la ceguera de Edipo sino que hay una delegación para que las normas, como creaciones simbólicas, regulen la relación social. Expreso “creaciones simbólicas” porque eso son las leyes, una relación significativa entre valor, forma y existencia y no, mera forma. Una manera de mediar entre lo doméstico y lo público.

Así, una ley jurídica deslegitimada no hace a ninguna democracia republicana. Y peor, provoca una vuelta a la ortodoxia situacionista, pues infunde la sensación ilusa de que la asamblea popular reemplazará a la representación parlamentaria. ¿Cómo iba a serlo si gobernante y gobernado no pierden jamás su significante? La ley (justa) intenta desalentar todo aquello que propicie los excesos de la crueldad y la violencia que lleva cada ser humano desde su nacimiento. Cada sociedad y cada época han intentado con esa finalidad sus políticas públicas, algunas con mayor acierto que otras, y todo tiempo presente ha de ser siempre mejor porque nos movemos, intentamos hacerlo mejor. Para Hobbes el Estado media frente al odio, distribuye el goce, está para organizar lo que nos supera a cada uno, con lo cual no se está afirmando un ideal de nada. Porque a César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios: los controles institucionales deben ser constantes, y las transformaciones sociales alcanzar aun al Estado. Los gobiernos –la cara visible de ese Estado– cuanto más razonables y justos sean, evitarán considerar abstracciones inútiles y permitirán transformar las democracias del hoy en un real de res-pública, es decir en una cosa de todos. Pero eso va a suceder cuando nos demos cuenta de que no podemos sino delegar autoridad con nuestro voto bajo condición de no otorgar nunca un mandato “en blanco”. Gobierno y Estado son distintos.

 

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Las instituciones en las democracias: Antígona-entre-dos muertes

Antígona, la obra trágica de Sófocles, en la cual esta se debate entre-dos-muertes enseña acerca de la dikè, la justicia objetiva. Hay que remitirse asimismo a la interpretación de Lacan en “La ética del Psicoanálisis” (Seminario 7). La dinámica de la violencia en la tragedia tiene, estructuralmente, cuatro relatos concurrentes:

  • a) La comunidad se encuentra en crisis, y esto conlleva la violencia y la muerte;

  • b) al existir la acusación a un sujeto de cometer un crimen contra la naturaleza, se inicia el camino del desastre;

  • c) pero se realiza la expulsión violenta del incriminado y se efectúa la separación expiatoria;

  • d) con la expiación del sujeto a quien se incriminó y condenó la comunidad hace catarsis al eliminar al condenado y se re-establece la organización haciendo desaparecer la anomia.

Sin embargo, el carácter individual del sujeto expiatorio será asunto a realizar luego de las acusaciones e insistencias de Edipo contra Tiresias: (…) “Yo declaro que el hombre tras el cual vas ahora con tantas amenazas y pregones en torno a la muerte de Layo, presente está aquí mismo; forastero parece; se mostrará enseguida cual tebano legítimo, mas no podrá alegrarse de ello…Y se verá también que es el hermano y padre de los hijos que viven con él y que casó con la propia mujer que le parió”.

Veamos el mito de Antígona: Creonte, tío de Edipo, ha asumido el poder político de Tebas. El estado de crisis ha dado lugar al restablecimiento de la normalidad en la vida social, y este hecho se consolida con la muerte recíproca de los hijos de Edipo, Eteócles y Polinices (último vestigio del enfrentamiento de los dobles). Antígona no es la tragedia que muestra la dinámica de una violencia que conjura la crisis; al contrario, en tiempos de cierta estabilidad social, muestra la forma en que ésta puede desatarse de nuevo, cuando se realizan actos de venganza personales. Precisamente esto último es lo que hace Creonte:

“Antígona: -¿Sabes de alguna desgracia que Zeus no haya cumplido después de nacer nosotros dos?... ¿Te has enterado ya o no sabes los males inminentes que enemigos tramaron contra seres queridos?... ¿No ha juzgado Creonte digno de honores sepulcrales a uno de nuestros hermanos, y al otro tienes en cambio deshonrado?...

Creonte: -Dejadle allí, sin duelo, insepulto, dulce tesoro a merced de las aves que buscan donde cebarse…El que transgreda alguna de estas órdenes será reo de muerte, públicamente lapidado en la ciudad”.

 El carácter ilegítimo de ese edicto emitido por Creonte se deriva de que éste se empecina en no reconocer la estirpe sagrada que Polinices ostenta como descendiente de Edipo y como el último vástago violento que aún permanece. Ha de observarse también que las recriminaciones que hace Creonte, tanto a la mujer como a su condición, guardan relación con el hecho según el cual ni Antígona, ni su hermana Ismene, tienen el poder suficiente para disputarle el trono de Tebas a Creonte. Pero Antígona se propone transgredir el mandato de Creonte y oficia, por ello, el ritual fúnebre a su hermano dándole sepultura. Es que desde el comienzo hasta el fin de la tragedia de Antígona la voluntad colectiva se opone a las órdenes reales de Creonte. Por tal razón leemos que le dice Antígona a su hermana: “cuando me prendan nadie podrá llamarme traidora… Mucho más te aborreceré si callas, si no lo pregonas a todo el mundo.” Por su carácter ilegítimo, la venganza de Creonte desencadena otra vez la crisis, y a este rey arbitrario se le impone, en consecuencia, la necesidad de encontrar una nueva víctima propiciatoria: “…Si no encontráis –dice Creonte al Guardián- al que con sus propias manos hizo esta sepultura, si no aparece ante mis propios ojos, para vosotros no va a bastar con sólo el Hades”.

Antígona, que prefirió desobedecer la ley del padre de la horda, no la ley del nombre-del-padre, sino la regla unilateral del tirano, al darle sepultura a su hermano para que su cuerpo descansara en paz y no fuera devorado por los buitres, finalmente fue capturada y condenada a muerte por lapidación pública. A partir de este momento, aun cumplido el mandato de Creonte, la crisis tiende a agravarse: la captura de Antígona constituye un nuevo acto de violencia al no representar uno necesario de sacrificio eficaz; se anuncia de nuevo la llegada de la peste. Asimismo, la violencia vengadora de la comunidad termina por desplazarse hacia la propia Antígona y hacia la estirpe de Creonte. Común a los textos del linchamiento, ella vela por el real del chivo expiatorio en manos de la sociedad y propicia, así, el misterio del texto.

En su origen, es decir, en el de la humanidad toda, el Derecho surge con la prohibición del incesto y de cualquier forma de homicidio y de la obligación de brindar el debido tributo a los muertos con su sepultura, dar nombre, hacer circular la palabra allí donde tiránicamente fue prohibida. La violación de estos interdictos fundamentales para la sociedad inaugura períodos de crisis, los que son conjurables mediante la violencia que la sociedad ejerce sobre una víctima de legitimado recambio[1]. Asimismo, nos dice Lacan, Antígona estaba exhausta –como todo héroe- al fin del escenario de su enfrentamiento. Es este un destino marcado desde el comienzo que lleva a la tragedia. Por consiguiente, Sófocles era ya en su época un humanista. ¿Es ella acaso la que sirve al orden sagrado, o más bien la imagen de la caridad? Antígona no se involucra con la díkè, la justicia objetiva, se inmiscuye a tontas y a locas, hace lo que puede porque su hermano es un criminal para la ley de Creonte, pero a su juicio le corresponden los honores fúnebres porque luchó en la guerra. Antígona sufre el mismo impasse que Hamlet, termina por no poder “pasar la palabra” porque no hay una institución que medie entre ella y Creonte, hay un cierto fuera del lenguaje[2].

 

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El fundamento residual jurídico del Siglo XXI

La ley jurídica, vinculada a la del incesto, es una ley que impide que la sociedad tome venganza o requiera por sí misma la separación. El derecho penal, punitivo por excelencia, al establecer un elenco de sanciones privativas de la libertad y económicas contra el transgresor, organiza públicamente la venganza doméstica, evita el caos, y fija una distancia entre víctima y agresor. El chivo expiatorio se localiza en el transgresor, que no por ello debe sufrir desatención. Su libertad íntima, frente a la externa de circular, disponer de sus bienes, etcétera, que le fue denegada por sentencia firme al cumplir la pena, lo pone en situación, empero, de volver a hacer circular su palabra. Negándole este derecho, negamos al “reo” su naturaleza antropológica, y el rol social que comenzara Antígona nunca se habrá terminado de ejercitar con justicia. El juez tiene la incomodidad de nombrar, pero debe hacerlo para evitar ponernos en la situación de Antígona. “Nombrar” no implica reprimir arbitrariamente sino aplicar una ley interpretada razonable y justamente en cada caso. No hay que desatender al “reo” ni condenar fuera de la ley, la ley al tipificar la conducta disvaliosa pone un límite.

Las instituciones, asimismo, constituyen una mediación entre el drama privado del ciudadano y el intersubjetivo de la sociedad. La ley jurídica, así, debe proteger y sancionar. El juez nombra con una palabra que no había terminado de circular. He ahí esa incomodidad, la de tratar de ser justo, para lo cual él mismo debe violentarse olvidando su propia impresión de las cosas y hurgando en los textos legales y en la jurisprudencia para encontrar una solución justa (no perfecta, la aplicación de la ley no es automática, es hermenéutica). Sin embargo, como dice Jacques Alain Miller en “Los inclasificables de la clínica psicoanalítica”[3], no se pide ningún privilegio para el nombre-del-padre. Es que es este otro síntoma que permite, no obstante, abrochar el significante con el significado y articular significante y goce.

El nombre-del-padre, las instituciones, previenen la pulsión de muerte o intervienen en forma simbólica cuando esta no pudo evitarse. Sin embargo, (véase la dificultad de lo que se escribe) es el nombre-del-padre para el Psicoanálisis el peor de los síntomas. “Histéricos, no busquéis al amo”, dijo alguna vez Lacan. He aquí el drama del Siglo XXI: por un lado, el ciudadano clama por una autoridad lo menos desasosegada y vacilante posible; la quiere implacable, busca “seguridad” porque él mismo no la tiene y no la tendrá en ninguna parte del planeta. Pero es precisamente el extravío de la autoridad lo que se debe temer.

Y el problema de este extravío es que la cara visible de los Estados la constituyen los funcionarios del gobierno y que las administraciones que prestan servicio público a los ciudadanos y habitantes están organizadas burocráticamente. Entre 1963 y 1964 Crozier publicó un libro, que tituló "El fenómeno burocrático"[4], en el cual se encargó de cuestionar el viejo modelo de Weber, quien concebía a las organizaciones como verdaderas fábricas de (supuesta) racionalidad. Demostró Crozier en ese texto que, lejos de esa racionalidad impuesta por la producción en cadena, vgr. de la industria automotriz de Ford, no es la razón lo que predomina en las actuales pirámides funcionales sino las luchas internas por el poder en sus distintas variantes: al aprovecharse los órganos en esas organizaciones burocráticas de las supuestas lagunas reglamentarias, o recurriendo incluso a prácticas informales, se va tejiendo una trama beligerante entre empleados y funcionarios, que termina por distanciar a esas organizaciones del objetivo para el que fueron creadas, no sin irrogar un daño a veces irreparable en los administrados y ciudadanos. Obsérvese, incluso, que cuanto más exhaustivo y detallado es el elenco de obligaciones impuestas a un órgano inferior, éste actuará homeostáticamente aplicando la norma sin ningún razonamiento de sentido común, pues a quien ejecuta los estatutos o las normas no les queda otra que aceptar su vida rutinaria en la organización mientras que los altos funcionarios se valen de sus prerrogativas, al tiempo que los administrados quedan huérfanos por esto de una solución eficiente y razonable.

De hecho, como también lo estudia Crozier, los órganos inferiores ejecutan tan dócilmente los estatutos que la necesaria distracción hacia su singularidad subjetiva viene enseguida imponiendo el matiz de los ritos festivos (celebraciones de cumpleaños, prolongadas colaciones, etc.) mientras los administrados esperan en ventanilla. Kafka narró con maestría estos dramas y, últimamente, Bauman se encargó sociológicamente de estos [5] para desmontar el mito de la eficiencia burocrática en las sociedades que llama "líquidas".

Los Estados han dejado de ser los modernos nacionales en los que, en todo caso, la impronta del respeto a las constituciones y a la ley permitía a los sujetos asumir internamente la prohibición del incesto. Hoy la globalización impone el goce y, lamentablemente, hasta las organizaciones estatales están cuestionadas por los ciudadanos habida cuenta del distanciamiento de sus propios objetivos y fines.

¿Qué hacer? ¿Cómo recomponer el lazo social? Se comprenderá que el Derecho es insuficiente, si en lo doméstico no se realiza una operación interna de validación de la ley. El problema es cuál ley, debe tratarse de una ley razonable y justa.

El Psicoanálisis, en definitiva, está allí para escucharnos, proponernos lo que haya que mirar y, en su caso, para erigir a la ley jurídica como nombre-del-padre simbólico, es decir como símbolo cuando el goce no pudo distribuirse por una ley jurídica legítima. No se desea (y ningún político lo querría) que cada ciudadano se transforme en Antígona y resuelva conforme la ley del Talión. Tampoco instaurar la ley del padre de la horda esperando quedarse ciego como Edipo, o copiar el modelo de las sociedades disciplinares en las cuales el poder de policía aparece como la facultad más loable del gobernante, la cual incorpora al fin para sí cada ciudadano, como si vivir en democracia lo fuera con unos ciudadanos vigías y paranoicos.

Se trata, en todo caso, de ir recomponiendo el lazo social, tarea para la cual no bastan el diseño de políticas públicas y leyes adecuadas, pues en el mientras tanto, cada familia y cada persona necesita morigerar su malestar.

 

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Conclusiones

La encrucijada de las democracias de principios del Siglo XXI continúa y lo hará en un futuro, y Argentina no está exenta de ésta, aunque esté haciendo cambios necesarios. Ahora bien, lo primero a admitir debería ser el hecho de que la imposibilidad es la dimensión misma sobre cuya base se desempeñan las instituciones y el ser humano en sociedad. El sujeto se encuentra barrado por el lenguaje, es sujeto de su propio discurso. Pero, si antropológicamente hablando, la ley jurídica basa su necesidad en su propio incumplimiento, no por eso hay que olvidar aquellos dichos del Obispo de Canterbury: “no dejen de temer a Dios frente a sus súbditos los señores”, es decir no dejen de temer las representaciones políticas a sus representados, quienes reclamarán urgentes transformaciones.

Regresemos al Psicoanálisis: no se quiere ningún privilegio para el nombre-del-padre. Por ello, al ser este mismo otro síntoma, hay que implementar en la institucionalidad de las repúblicas revisión auténtica y control constante. Las instituciones y la representación política en las democracias deben transformarse en verdaderos servicios públicos, nunca en ejercicios del poder (Locke, Duverger).

La mala noticia es que para que esto suceda, somos nosotros en el uno-a-uno de la ciudadanía los que debemos evitar que el amo –diría Lacan– permanezca tranquilo en su posición de relacionamiento. Porque si el poder es cuestión de posición, habrá que renovar el compromiso democrático a diario de cuestionarlo y controlarlo. Un funcionario no puede ser un mero sujeto del ello, mucho menos debe serlo un representado. La época requiere, pues, de una autoridad sin pereza ni desasosiego, y lo que menos necesita ésta es de operaciones semióticas engañosas y reiteradas, cuyos resultados en el planeta últimamente están a la vista.

No se trata de optar entre sostener en el tiempo la crisis en la representación política o representar eternamente la crisis para avalar la (im)posibilidad de una democracia participativa ilusoria. Tampoco, de volver al ágora enteramente olvidando la larga experiencia de las democracias representativas. Dado que la relación entre sujeto y Estado es siempre problemática, digamos que las doctrinas jurídicas aportan el valor de los marcos teóricos, pero son insuficientes pues el pensamiento requiere su realización práctica en la política, y la política no puede prescindir de las personas. No reiteremos el drama de Sísifo, es decir la compulsión a la repetición del neurótico: el fracaso antes de comenzar. Hacerse responsable, he ahí la ética aún no asumida en la mayoría de las repúblicas democráticas de Occidente. Como se diría en alemán, hier liegt der Hund begraben, o lo que es lo mismo: el quid de la cuestión consiste en no virar hacia Antígona, pero tampoco a Edipo. Vale decir: ni ágora, ni anomias prolongadas, ni tiranías en ninguna de sus formas. Y, mucho menos, simulacros de simulacros. La democracia se hace al andar, el Derecho no es su único aliado.

Algunas naciones estamos reviendo y haciendo nuestro proceso. Otras, si eligen mirar hacia otro lado, repetirán el síntoma.

Buenos Aires, Abril de 2012.


Notas

[1] Sófocles, Antígona. Salvat Editores. Barcelona: 1969. Edipo Rey. Editorial Planeta. Barcelona: 1994.

[2] Lacan, Jacques. Seminario.Libro 7. Ediciones Paidós. Buenos Aires: 9ª reimpresión, 2005.

[3] Miller, Jacques A. Los inclasificablesde la clínica psicoanalítica. Paidós: Buenos Aires,

Instituto Clínico Buenos Aires de la EOL, 1999. ICBA. ISBN 978950 12880 18.

[4] Crozier, Michael. El fenómeno burocrático. Editorial Amorrortu. Buenos Aires: 1974.

[5] Bauman, Zygmunt.Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. Fondo de Cultura Económica: 2011.

 

Fuente: Paula Winkler "Antígona-entre-dos muertes: las instituciones y el fundamento residual jurídico del siglo XXI. Un diálogo entre el Derecho y el Psicoanálisis". II Encuentro Internacional de la Red interuniversitaria de Investigación en Psicoanálisis y Derecho, realizado por la Universidad de Fortaleza de la República Federativa de Brasil, la Universidad Católica de Santiago del Estero, La Universidad de Mar del Plata y la Universidad Kennedy el día 14 de abril de 2012.


© José Luis Gómez-Martínez
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