Jorge Majfud

 

Crítica de la pasión pura


II
La escritura

9, MEMORIA. Está bien, con la escritura nació la historia; pero no lo digamos por su simple significación historiográfica. La invención de la escritura (3.500 a. C.) no solo posibilitó el registro de datos; también provocó una revolución metafísica, difícil de igualar por cualquier otro invento: el tiempo mitológico fue reemplazado por otro “histórico”, y con ello todo un mundo se derrumbó para dejar paso a otro. —No es cierto de que con la escritura comenzó el registro de las acciones humanas. Mucho antes las creaturas conservaban su pasado en un tipo de memoria colectiva, transmitida de forma oral. Para su conservación, este tipo de memoria implicaba una perpetua repetición y en este tránsito los registros sufrían modificaciones. Sabemos que estos cambios no eran arbitrarios y que se producían en beneficio de cierto arquetipo: el mito. Como lo mostró el rumano Mircea Elide, las culturas arcaicas no soportaban la historia; la anulaban traduciendo los hechos reales en arquetipos mediante la repetición. Incluso en nuestro tiempo, un acontecimiento concreto no persiste dos siglos en la memoria colectiva sin perder su particularidad histórica, tiempo que deberíamos reducir a unos pocos años si consideramos los grandes ídolos populares del siglo XX. La mentalidad arcaica solo conserva lo general y echa al olvido los datos particulares. Esa costumbre de la mente humana está aún entre nosotros. En su Historia de la eternidad, J. L. Borges, libre de las supersticiones de la modernidad, olvidando o contradiciendo el existencialismo de la época, observó: “Lo genérico puede ser más intenso que lo concreto”. Acababa de analizar el platonismo y recordaba: “De chico, veraneando en el norte de la provincia, la llanura redonda y los hombres que mateaban en la cocina me interesaron, pero mi felicidad fue terrible cuando supe que ese redondel era pampa y esos varones gauchos”. —Así como en diferentes culturas encontramos las mismas pirámides, también encontramos el relato de la Creación como las diferentes versiones de una misma historia. La memoria oral, imprecisa y fugaz, recurría al arquetipo, a la estructura “natural” de las primeras culturas. La invención de la escritura supuso un largo proceso y sus consecuencias no fueron tan inmediatas como las que provocó Edison con cualquiera de sus juguetes. Los antiguos mitos y, sobre todo, la conducta mitológica de la mente arcaica se conservaron en las novedosas tablas de arcilla de Sumeria y en los papiros de Egipto. Pero desde entonces el tiempo dejó de ser circular e impreciso. Los hechos individuales comenzaron a ser ordenados según su orden de precedencia. Los semidioses e intelectuales del Nilo ampliaron y elevaron la antigua obsesión de conservar el cuerpo de sus muertos: mejor, comenzaron a conservar sus memorias; hazañas, desdichas, historias familiares e historias del imperio. Más al oriente, Sargón y Hammurabi se sumergieron en las profundidades del tiempo, pero ya no dejaron de ser hombres concretos, los autores de leyes y victorias en el campo de batalla. El olvido ya no era posible y ellos, que no querían ser olvidados como sus vecinos hindúes, se ocuparon en anotar hechos, fechas y nombres.

10, IMPRECISIONES. Cuando Hegel describió el espíritu indiano (hedonista, sensual y onírico), lo que hizo fue describir las propias fantasías europeas sobre aquel país exótico de donde provenían los más intensos aromas, no el espíritu hindú. Pero advirtió una característica significativa: los hindúes carecían de las preocupaciones historiográficas de otras naciones. Con frecuencia los describe como desproporcionados mentirosos. “Los indios —escribió— no pueden comprender nada semejante a lo que el Antiguo Testamento refiere de los patriarcas. La inverosimilitud, la imposibilidad no existen para ellos”. Luego recuerda que, según la memoria hindú, existieron reyes que gobernaron miles de años. Cuenta, por ejemplo, que el reinado de Wikramâdiya fue un momento glorioso en la historia de India. Pero también se supo que hubo ocho o nueve reyes con este mismo nombre en un periodo de 1500 años. Inverosímil, se lo atribuye a un defecto de la numeración decimal que toma fracciones por números enteros. Señor, a cualquier pueblo se le puede atribuir este desliz matemático, menos a los inventores del cero. Bueno, pero Hegel hizo otras observaciones importantes: los hindúes, que alcanzaron gran fama en literatura, álgebra, geometría, astronomía y gramática, descuidaron por completo la historia. La mayor parte de lo que se conocía de la historia india en tiempos de Hegel había sido escrita por extranjeros. —Este desinterés por la historia de los hindúes se explica por su propia concepción del tiempo: profundamente mitológico, circular como el samsara. Porque en India, aún hoy, la realidad más concreta está vista a través de la doctrina de los ciclos cósmicos que lleva a las almas a transmigrar y al Universo a regenerarse eternamente, incluyendo en la misma rueda a las creaturas, a los dioses y a las piedras. “El hombre indio —observó Spengler— lo olvida todo. En cambio, el egipcio no podía olvidar nada. No ha habido nunca un arte indio del retrato, de la biografía in nuce. La plástica egipcia, en cambio, no conoció otro tema”. Hay que agregar otros ejemplos: la escultura idealista de la Grecia clásica y la escultura retratística de Roma. El primero, un pueblo mitológico; el otro, obsesivamente histórico. —El sánscrito es una de las lenguas más antiguas de Gea. En su uso y perfección maduró una poderosísima cultura, la india, mucho antes de la aparición del sánscrito escrito. El pueblo hebreo, en cambio, está marcado por la escritura, y ello se debe a que se formó y maduró (no antes del 1250 a. C.) sobre una poderosa tradición escrita; tanto si consideramos la tradición egipcia en Moisés como la civilización sumeria en Abraham.

11, REVOLUCION. En tiempos de Homero, Grecia aún estaba inmersa en una cultura mitológica. Es decir que aquellos griegos no reconocían el pasado concreto ni el futuro diferente. Por ello, hasta el noveno siglo antes de Cristo, no dejaron inscripciones ni grandes obras como en Egipto y en Sumeria. Solo poco después de que Homero completase su famosa recopilación mítico-poética apareció en Grecia la escritura alfabética, traficada por los marineros de Fenicia. La Ilíada y la Odisea no fueron indiferentes a este arribo. No son pocos los que han visto en estos poemas épicos la espontaneidad del verso oral y la complejidad de la escritura. Poco después (si consideramos que entonces cuatrocientos años no eran esa inmensidad de tiempo histórico que es en nuestro tiempo), se produjo en Grecia una revolución no solo cultural: nació un nuevo espíritu que luego los europeos llamaron occidental. Tal vez sea Platón el representante más carismático de este cambio que va de una cultura oral a otra escrita. Casi todos conocen sus ataques a los poetas y su proselitismo en favor de los filósofos como educadores de Grecia. Pero entre Platón y Homero están los “primeros filósofos”; Zenón es un adelanto de Sócrates, y si no fuese anterior diría que es su caricatura; Sócrates mismo no fue un filósofo escritor, pero participó en la nueva cultura en mayor medida que Parménides, que sí dejó pensamiento escrito. Sócrates liquidó toda simplificación arquetípica; porque la dialéctica busca lo nuevo, la verdad aún desconocida por quien la usa. Por el contrario, el mito no es un camino hacia una verdad aún incompleta; es la expresión de esa verdad oculta. Para sostener que una flecha lanzada por el aire no se mueve, como lo hicieron Parménides y Zenón, es necesario estar dispuesto a contradecir toda nuestra intuición de la realidad. Diferente, el mito solo puede sostener aquello que es intuible. La intuición podrá mostrarnos, sin intermedios, un caballo con alas tirando por los cielos un carro de fuego. Pero nunca podrá lanzar una flecha que no se mueve.

12, IRRETORNABLE. Con la escritura comienza a incubarse el germen de una espiritualidad histórica y dialéctica. El dios bíblico es un dios histórico, más allá de que participe de elementos mitológicos. Yahvé se diferencia de los dioses arcaicos por lo que tiene de histórico, no por compartir mitos antiguos con los infieles. Desde el Génesis o desde la creación del mundo, dejó en claro que el tiempo es lineal, con un principio y un final; no redondo como una rueda hindú. Por el contrario, los dioses orientales son víctimas de la rueda que los contiene y los hace girar, eternamente. La jerarquía de los dioses hindúes es defectuosa o está atenuada por una especie de triunvirato o colegiado parlamentarista. Pero, sobre todo, están sometidos a una especie de Supernaturaleza que los desmerece. Creaturas y dioses se disuelven en el remolino de los ciclos, porque ni siquiera el Brahman es definitivo. La memoria insobornable del signo sobre el papel hace casi imposible la confusión del pasado con el presente. Si cada acontecimiento es único y cada uno tiene un antes y un después, entonces el tiempo perdido es irrecuperable. No es una rueda sino el trazo terrible de un dios —y conduce hacia alguna parte.

13, EVENTO. Para la mente mitológica todo era circular y el deber de las creaturas era conservar ese Orden. No podía haber nada nuevo en el mundo y si lo había no podía haber mundo. Lo único nuevo en los Ciclos es el fin de los Ciclos. Pero como el tiempo es los Ciclos (no los contiene), lo nuevo y el Fin están en todas partes y en ninguna. Diferentes, los pueblos históricos están formados en el hábito de la escritura. La escritura fija un pasado concreto y de esta percepción nace la conciencia de la novedad. Lo nuevo es lo que no está escrito. El tiempo lineal está hecho de novedades y de obsesiones de novedades. El pueblo romano fue un pueblo histórico por excelencia, según Eliade, y vivió obsesionado con el “fin de Roma”. Para la mente histórica, el Fin no es la única novedad que puede ser en el mundo, paro es la única inevitable. En el Occidente cristiano, el Fin solo puede ser remediado con un presente eterno; no por la repetición Oriental. Porque nunca nada se repite y lo que está escrito será leído una sola vez.

 

© Jorge Majfud. Crítica de la pasión pura (1998). La presente edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico, sigue el texto de la tercera edición (Buenos Aires: Editorial Argenta, 2000) y ha sido preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Diciembre de 2004.

 

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