Jorge Majfud

 

Crítica de la pasión pura


V
Sexo y castigo

29, PUDOR. El poder está diversamente relacionado con el sexo. Dominar es monopolizar el objeto de deseo. Pero como el dominio es una pretensión universal, es inevitable el conflicto. Por ello, se debe ocultar el objeto de deseo o caer en el temido desorden. A los niños se les permite caminar desnudos por la calle, pero al resto de la humanidad se la condena por lo mismo. En casi todos los países se encarcela a los exhibicionistas y se penaliza el ejercicio de la cópula en lugares públicos. El ocultamiento del sexo es una práctica milenaria traducida en pudor. No conformes con ocultar el sexo, algunos excitados islámicos suprimen también la existencia corporal de sus mujeres y las castigan por mostrar los labios, los brazos o cualquier otra minúscula área del cuerpo que sea capaz de provocar el deseo en el macho. Porque el Caos es el mal y el Orden es de Dios.

30, CONDENA. En las primeras religiones, en los cultos a la diosa Madre y a la tierra fértil, en las sociedades agrícolas y en las primeras ciudades, en Babilonia, la castidad era considerada un pecado. Y la esterilidad una maldición. Luego esas consideraciones cambiaron; es obvio, fueron invertidas. ¿Cuándo y por qué el espíritu religioso comenzó a condenar el sexo con tanta furia?. ¿Por qué María era virgen si estaba casada? Todos los líderes espirituales fueron a su tiempo considerados hijos de madres vírgenes, desde Krishna hasta Confucio, desde Buda hasta Jesús. (Algunos blasfemos pretenden explicar este hecho considerando que solo un espíritu santo puede embarazar a una mujer sin penetrarla; y que éste era el recurrido argumento de las adúlteras. Pero veamos que hay otras historias, tan vulgares como ésta, que nunca ingresaron en la celebridad mitológica.) Las santas se suponen vírgenes, los santos deben ser castos, and so on. Ejemplos concretos sobran y algunos de ellos son caricaturescos. Algunos han atribuido la austeridad sexual del cristianismo a su reacción original contra la cultura pagana de Roma. Otros han apuntado motivos económicos para la imposición de medidas castradoras como el celibato. Por ejemplo, los sacerdotes solteros son más económicos, ya que una familia implicaría un presupuesto mayor para la Iglesia o, de lo contrario, la distracción del sacerdote en la producción civil. Por otro lado, por lo menos en tiempos más religiosos, los sacerdotes podían heredar bienes de sus familias pero al morir debían donarlos a las arcas del Papa, ya que no tenían descendencia. —Sin embargo, podemos decir que la austeridad cristiana es común a casi todas las religiones, si cometiésemos la imprecisión de llamar religión al tantra. El espíritu religioso antes que nada es renunciante, y pocas renuncias hay más valiosas y significativas que la renuncia al sexo. La renuncia al sexo posee un doble significado, uno religioso y el otro social: la renuncia del presente en favor del devenir, y la renuncia de la promiscuidad a favor del orden. Ambas suponen una victoria sobre los instintos más básicos. Un divorcio ya irreversible de la creatura con el resto del reino animal. Si el hombre primitivo renunció a una mujer en el sacrificio ritual porque era el símbolo preciado de la vida, el hombre religioso renunció a la mujer, símbolo despreciado de la vida precaria, como tributo a una cantidad mayor de lo que se renunciaba: la vida eterna. Pero como es una renuncia demasiado cara para una creatura que fue animal, el renunciante debe protegerse de la tentación. Unos se defienden de los demonios, otros se autoflajelan. Otros, como el monje Pedro Abelardo, recurren a una especie de alter ego: la razón. Con ella el escolástico justifica el condenable deseo hacia las mujeres. “Pongamos el caso de un religioso —escribió— atado con cadenas y obligado a yacer entre mujeres. La blandura del lecho y el contacto con las mujeres que le rodean lo arrastran a la delectación, no al consentimiento. ¿Se atrevería alguien de calificar de culpa esta delectación nacida de la naturaleza?” —La historia de las religiones enlista no solo ascetas y mártires voluntarios; también creaturas con la costumbre de arrancarse cosas: ojos, lenguas, testículos. Orígenes de Alejandría, por ejemplo, no conforme con el ascetismo que practicaba, se castró a sí mismo como forma de interpretar correctamente los Evangelios.

31, DESAFÍO. ¿Acaso es necesario ser ateo o blasfemo para reconocer el carácter neurótico de la renuncia religiosa? ¿No será que al hacerlo estamos dando un paso hacia una espiritualidad más auténtica? ¿No es ese paso el paso más importante en la evolución humana? ¿No es la evolución espiritual la única con algún sentido? ¿No es ese, acaso, el mayor objetivo de un Dios que aún se preocupa por sus creaturas?

32, OFRENDA. ¿Por qué los sacrificios eran realizados preferentemente con mujeres vírgenes? Está claro que no se las mataba porque se las despreciara, sino todo lo contrario. Las vírgenes son aquellas mujeres que aún no le han robado a la vida su cuota de placer. El progreso que lleva del sacrificio del mejor buey al sacrificio de una joven pura es el progreso de una neurosis colectiva. La economía de los dioses comienza a sufrir inflación y, como siempre, la solución es oprimir al pueblo con tributos más altos. Y lo más que podían ofrecer los hombres sin ofrecerlo todo era una de aquellas partes que simbolizaban lo más deseado: el placer del sexo. Como observó Bronislaw Malinowsky, en la memoria humana el testimonio de un caso positivo siempre hace sombra sobre el caso negativo. (Por lo menos en la mente supersticiosa, porque la ansiedad moderna refutó esta ley con las de Murphy.) Sin embargo, los frecuentes casos negativos de la ineficiencia mágica debieron conducir a un escepticismo solapado, el cual se refleja en la inflación de las ofrendas. Consumado el sacrificio, los dioses agradecidos debían responder con beneficios terrenales: buenas cosechas, caza abundante, lluvias —seguridad, sobrevivencia del grupo.

33, OSADÍA. En el placer excesivo no hay renuncia y por ello sólo el espíritu estético puede celebrarlo sin remordimientos. El sexo es la consumación del mayor deseo del hombre primitivo —y, en casos, del moderno también. Pero luego de obtenido y consumado se recae en la vida común, la cual es siempre menos placentera y, con frecuencia, dolorosa. Aún el más próspero agricultor estaba amenazado por un futuro temible e imprevisible: la mala cosecha, la vejez, las enfermedades y la insoslayable muerte. El exceso de placer era una osadía contra la realidad, siempre amenazante e imprevisible, frente a la cual se debía pagar tributos en “dolores”. El sacrificio de las vírgenes posee un inequívoco significado mágico-religioso: petición del bienestar en la tierra a través de un acto simbólico (mágico), pero a los dioses del cielo (religioso). ¿Y por qué mujeres y no hombres vírgenes? —Bueno, casi todas las culturas son las expresiones de los temores y deseos del macho, tierno y brutal tirano desde hace miles de años. De la misma forma que los enemigos vencidos servían para el ritual fatal, dentro de la misma comunidad las más vulnerables eran las mujeres. Por otra parte, la mujer genérica representa para el hombre el misterio de la vida, de la fertilidad para las sociedades agrícolas. Por lo que era simbólicamente más poderosa en el ritual. Si el sacrificio significaba renuncia, la mujer era la renuncia más valiosa. Por esta razón, la veneración del cuerpo femenino en el paleolítico y su posterior sacrificio posee una misma dirección y sentido. —Resumiendo: el sexo humano, o su represión, posee un doble significado, moral y metafísico, social y religioso. El pudor y los tabúes familiares procuran controlar su excesiva energía en beneficio del orden social. La abolición del placer procura la abolición del dolor en Gea y el logro de la verdadera felicidad, el placer eterno, más allá.

34, EXPERIMENTACIÓN. El fetichismo femenino de la televisión es la traducción comercial de esa relación flechada, asimétrica: el dominio del macho. Aunque ahora ya no se la condena; se la obliga a bailar, otra vez. Es el espíritu estético el que se expresa en el ejercicio de lo sensual. Su única “renuncia” consiste en no ir mucho más rápido que los cambios éticos que siempre se están operando, a su favor o a favor de su opuesto, el espíritu religioso. Así, se salva del caos para prolongar su ejercicio. Mientras tanto, el espíritu religioso, renunciante por naturaleza, lo condena. Y el mercado se sirve de él y de sus mujeres.

35, SENCIBILIDAD. En nuestra cultura occidental las relaciones sexuales están pseudoliberadas. El coito está rodeado de traumas, complejos, juicios y prejuicios, pudores y derechos rigurosos, reglas que lo regulan, lo protegen y lo castran. En culturas menos reprimidas, como las africanas, simplemente se lo practica.

 

© Jorge Majfud. Crítica de la pasión pura (1998). La presente edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico, sigue el texto de la tercera edición (Buenos Aires: Editorial Argenta, 2000) y ha sido preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Diciembre de 2004.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces