Jorge Majfud

 

Crítica de la pasión pura


VII
La Conciencia de la especie

46, CONSERVACIÓN. Según los más antiguos fósiles, la vida en Gea surgió, por lo menos, hace 3500 millones de años. Durante gran parte de este tiempo, los habitantes de Gea fueron organismos unicelulares, semejantes a las bacterias. Como las bacterias actuales, aquellos organismos eran muy simples (en comparación con los animales superiores) por lo que no podríamos hablar que existía en ellos algo parecido al “instinto de conservación”. Sin embargo, estas misteriosas unidades celulares luchaban contra la muerte como lo hace ahora un tigre o Amnistía Internacional. Las bacterias actuales poseen un miembro casi insignificante que, por un movimiento de rotación, les permite acercarse a un medio favorable o huir de uno peligroso. Es decir que el impulso de conservación no es exclusivo de los animales superiores, dotados de una compleja red de neuronas. La lucha por la sobrevivencia es un dato informático que nació con la vida misma. La vida es una lucha a favor de sí misma; de otra forma nunca hubiese sido, o habría retornado inmediatamente a su origen mineral o inorgánico. —Los impulsos de conservación y destrucción forman parte de la naturaleza animal; pero la predominancia del impulso de conservación de la vida es siempre mayoritaria a su opuesto y ello se demuestra con nuestra propia existencia. Casi la totalidad de las creaturas en Gea se mueren sin quererlo. —La moral y las religiones, de formas diferentes, niegan la muerte. Una se resiste a la muerte física; la otra se resiste a la muerte verdadera. Las religiones, que en un principio son independientes de la moral, responden a un mismo impulso vital, casi siempre negándolo. Un ejemplo extremo y paradójico predica el budismo: en su intento de negar la muerte niega la vida también. Pero ya no sólo esta vida; la otra también. Por su parte, las morales son las expresiones culturales de ese impulso común de supervivencia y han existido, diversamente, antes y después de los preceptos religiosos. Los últimos Mandamientos mosaicos son anteriores y posteriores a Moisés y la base de casi todas las éticas que pululan por Gea. —Bueno, entre las creaturas existen muchas y diferentes definiciones de ética, lo que me resulta casi imposible precisar una definición consensuada. Pero la precisión y el consenso no han de ser las principales virtudes de este informe ni una característica de las creaturas de Gea. Yo, por lo menos, entiendo la ética como un código de deberes y conductas que, a diferencia de la moral, consiste en un discurso racional. O, por lo menos, pretende serlo. Ética y moral deben conformar, de esa forma, un solo cuerpo, jerárquico y coherente en su discurso interno. Los últimos cinco Mandamientos son los elementos apriorísticos de todo discurso ético, el cual procurará confirmarlo desde los niveles más bajos hasta los más complejos. Y es tal vez por esa misma complejidad del discurso que, con frecuencia, las creaturas llegan a éticas diferentes y hasta contradictorias. Y se matan por ello.

47, ANIMALES. Las prescripciones morales consisten en hacer inefectivas las leyes de Darwin entre las creaturas metafísicas. Lo que es bueno en el reino natural es malo entre los animales productores de cultura. Las guerras, el dominio del más fuerte y la supresión de los débiles son repudiadas cuando se practican entre los hombres y admiradas cuando los protagonistas son dos renos. En las reservas ecológicas de todo el mundo, las creaturas han reimpuesto la Ley de la selva. Para ello prescribieron que los animales se maten unos a otros, según la medida que los vencedores impongan. Y para que este antiguo e inocente mecanismo de conservación funcione, las creaturas humanas se declararon a sí mismas fuera de competencia, dado su alto profesionalismo en materia de poder y exterminio. Claro que el genocidio se sigue practicando entre las creaturas al mismo tiempo que se lo repudia. Pero ello sucede porque si bien son animales culturales no dejan de ser animales simplemente.

48, RESPUESTAS. Está claro que la mayor fuerza de la creatura metafísica reside en su propia debilidad. Por ella desarrolló no solo toda su cultura material, que la sobrepuso a las dificultades del medio; también toda su cultura ética y metafísica, que la sobrepuso a los conflictos sociales y a los conflictos existenciales consigo misma. Cuando una creatura se desplaza por Gea hacia un medio inhóspito, o éste viene hacia ella, no perece ni se adapta según las leyes de Darwin: se protege con ropas y modifica su entorno según las leyes de la inteligencia y la cultura. Con las religiones respondió a los enigmas existenciales; y con los preceptos morales organizó sociedades más vastas y más complejas que las primitivas hordas.

49, AUTORIDAD. A medida que el discurso ético asciende desde los Mandamientos básicos, aumenta su complejidad y la unanimidad se va diluyendo. Obviamente, las discusiones surgen por los corolarios y suelen ser discursos intelectuales, religiosos o políticos en procura de justificar un determinado código de conducta. Todos estamos de acuerdo en que robar y matar es malo, pero sobre la explotación del obrero y la pena de muerte existen discusiones. Muchas veces la conducta correcta a seguir no le resulta clara al individuo, por lo que recurre a una autoridad o líder, no siempre de forma inconsciente. La autoridad intelectual o el líder religioso se encargarán entonces de dictar la conducta “correcta”, no siempre a pedido del interesado. Si bien el axioma que prohibe el asesinato es universal, no es menos universal la costumbre de obviarlo en nombre de una determinada ética. Según una especie de revolucionario moderno matar es malo, pero cuando se lo hace como medio para alcanzar un fin más justo (muerte del burgués explotador) entonces es bueno. Para este tipo de racionalidad, existen crímenes éticos y crímenes inmorales.

50, EQUILIBRIO. La conciencia moral repudia el desequilibrio de las fuerzas. Por ello repudia el poder concentrado en grupos o individuos. Claro que la discusión surge cuando se trata de identificar esos grupos o individuos. Incluso, las dictaduras y los tiranos acaban por ser justificados por esta misma racionalidad, en estos casos paradójica. Salvo “inmoralistas” como Nietzsche, los moralistas siempre estarán de lado de los más débiles. La sensibilidad grupal no es diferente. Las discriminaciones, por ejemplo, son ferozmente repudiadas cuando provienen de grupos que tienen el poder. Las muy frecuentes expresiones racistas de un negro pobre en África nunca tienen el mismo efecto que las de un inglés o las de un americano blanco. A los primeros se los suele tomar con una sonrisa; a los segundos, con profundo o superficial desprecio. Por otra parte, recordemos cómo se acepta o se tolera el feminismo al tiempo que se repudia cualquier expresión machista.

51, ANTIRRACISMO. También la ética y la moral se basan en prejuicios. Lo que debemos esperar es que sean siempre prejuicios saludables. No matarás, no robarás, son prejuicios básicos porque no dependen de ningún discurso que los justifique. El antirracismo también. Una vez comenté a unos amigos las investigaciones de Charles Murray y Herrnstein sobre “ethnic differences in cognitive ability”, y otras estudios estadísticos hechos en Canadá que mostraban gráficas de coeficientes intelectuales claramente favorables a la raza blanca. De forma automática, mis amigos reaccionaron exaltados, insultando a Murray, Herrnstein, el racismo norteamericano y la Coca Cola. Reconozco que las conclusiones de aquellos profesores de Harvard me produjeron el mismo rechazo. Pero, ¿acaso era un rechazo científico? ¿Qué argumentos teníamos mis amigos y yo para refutar unas investigaciones que desconocíamos completamente? —Arthur Schopenhauer una vez escribió: “El que los negros hayan caído de preferencia y en grande en la esclavitud, es evidentemente una consecuencia de tener menos inteligencia que las demás razas humanas, lo cual no justifica, sin embargo, el hecho”. Bueno, nadie puede negarle inteligencia al filósofo alemán; pero tampoco imprecisión. Porque el hecho de que haya razas o pueblos que fueron más veces sometidos no significa que sean más o menos inteligentes. En cualquier caso significaría que tienen menos inteligencia esclavista. Eso sería como decir que los asaltantes de bancos son los intelectos más brillantes de una sociedad. Todo lo cual es posible, pero el razonamiento no deja de ser una imprecisión. Y a un filósofo profesional se le puede perdonar que se equivoque de cabo a rabo; menos que sea impreciso. En otros casos no es la precisión lo que falta: por ejemplo en el Diccionario de psiquiatría de Antoine Porot (tercera edición española, 1977). Allí se define una enfermedad como “psicopatología de los negros”, y se refiere a las incapacidades intelectuales de los indígenas de África. Después de enumerar diferentes síndromes, que yo imaginaba cualidades culturales (como el onirismo), “soma-psicosomáticos” (como la depresión, el alcoholismo) y económicos (como el parasitismo intestinal y la sífilis), el especialista recomienda la repatriación de los negros enfermos, no sin un número crecido de escoltas, dada su peligrosidad. —Ahora, supongamos que un día se demuestre que hay razas menos inteligentes (y que se defina exactamente lo que quiere decir eso de “inteligencia”, sin recaer en una explicación escolar o zoológica). En ese caso, las creaturas deberán estar mejor preparadas para la verdad. Esto quiere decir que debemos esperar que las razas se traten entre sí como si no estuviesen unas por encima de otras sino en la misma superficie redonda de Gea. Es decir, que no se traten como ahora se tratan suponiendo una inteligencia racial uniforme.

52, INTELIGENCIA. Durante los tiempos más salvajes, la fuerza física fue determinante en la selección de los padres, pero después de lograda las sociedades y la civilización el factor determinante del éxito pasó a ser la inteligencia. Desde el neolítico hasta no hace mucho, la descendencia numerosa era una aspiración de toda creatura en Gea porque, entre otros motivos, esa era la única forma de Previsión Social. Si consideramos la teoría evolucionista, estaremos de acuerdo que primero se reprodujeron los más fuertes y luego los más inteligentes. Esto también nos está sugiriendo algo más: los pueblos de culturas más antiguas deberían ser los pueblos más “inteligentes”; es decir, serían aquellos pueblos que han invertido más tiempo en la selección de sus miembros por su inteligencia y no por su fuerza. (Sabemos que la inteligencia es una característica heredable. Una creatura con un alto coeficiente intelectual generalmente es miembro de una familia con un promedio de inteligencia superior al resto.) Bien, pero no olvidemos que la inteligencia humana no nació al mismo tiempo que sus ciudades y sus culturas. El cerebro de la creatura viene desarrollándose desde hace cientos de miles de años, mientras la civilización y las culturas más antiguas no tienen más de diez mil años. Es decir, que en todo caso estuvimos más tiempo desarrollando la inteligencia salvaje que la inteligencia culta o civilizada. Por lo tanto deberemos pensar que, si bien la antigüedad de un pueblo puede reflejarse en la inteligencia promedio de sus miembros esta diferencia no ha de ser muy importante entre distintos pueblos o razas.

53, PENES. No son pocos los especialistas que han repetido la misma observación: en la autoestima del hombre, el pene y su inteligencia son los dos elementos más importantes. Yo estoy de acuerdo, y además sospecho que en el racismo blanco estos dos elementos juegan un papel especialmente importante: como no se sospecha la inferioridad sexual de los negros, se opta por insistir sobre sus deficiencias intelectuales. A veces, cuando veo en un informativo que en alguno de esos países ricos un blanco arrastró a un desconocido con su camioneta hasta desangrarlo, sólo porque era negro, no puedo evitar pensar que el impulso que provoca ese acto de ira es el mismo que mueve a un marido que descubre a su mujer con un amante en la cama.

54, CONCIENCIA. Un perro descubre un hueso del otro lado de un cerco metálico. Acto seguido comienza a escarbar debajo del cerco, pero pronto da con un impenetrable suelo de piedra. Su objetivo está cerca, pero la piedra le impide pasar por allí. Cansado, el perro decide bordear el cerco, alejándose en principio de su objetivo, hasta que descubre una entrada y finalmente logra tomar el hueso. —Esta es una definición simple de inteligencia. Ahora, lo que nos importa es su análisis. En seguida advertimos la existencia de una renuncia; y el proceso que la contiene se ordena así: Inteligencia—Renuncia—Conciencia. El perro que estuvimos observando aún no demuestra conciencia. Pero veamos que, sometido varios días después a una situación semejante, nuestro perro renuncia al primer intento de escarbar (auto-negación) y comienza a buscar una entrada. Es en este momento en que podemos comenzar a pensar en algún principio de conciencia. —El mero desarrollo de la inteligencia en la creatura metafísica no explicaría el surgimiento de la conciencia si no se recurre al intermedio de la renuncia. Es en la auto-negación que los procesos del mundo exterior comienzan a realizarse y madurar dentro del individuo. Y a esto yo le llamo conciencia.

55, RENUNCIA. La moral significa una renuncia del individuo en favor del grupo. La religión, una renuncia del mundo en favor del individuo. El acto que liga la moral a la metafísica religiosa es la renuncia.

56, CONCIENTE. El científico británico, James Lovelock, piensa que las cosas vivas tienen una particular capacidad para asociarse. Un órgano de un cuerpo animal, por ejemplo, alimentado artificialmente, puede vivir aislado; pero junto a otros conforman una unidad. “Las entidades transformadoras de energía que actúan en las células animales (las mitocondrias) y las células de las plantas (mitocondrias y cloroplastos), fueron otrora bacterias viviendo de modo independiente”. Y luego, Lovelock resume: “La vida es algo social”. —Pero no confundamos una sociedad de órganos con una sociedad de conciencias, aunque ambas signifiquen un mismo proceso. En el mundo animal existen sociedades de órganos que se confunden con sociedades de individuos. Por ejemplo, pensemos que los hormigueros y las abejas no son “sociedades” de individuos; son individuos, porque ambos funcionan como un organismo único. ¿Por qué, en ocasiones, las hormigas se transforman en un ejército criminal, para atacar, robar, asesinar y esclavizar a otro hormiguero, sin motivos aparentes? ¿Actúan realmente como un ejército de voluntades o como un único guerrero? (Los ejércitos humanos, ¿no poseen la voluntad artificiosa de actuar como un único individuo, donde se espera que una sola cabeza piense y el resto actúe sin hacerlo?) Entre las abejas, las obreras no tienen actividad sexual, pero la colmena y el hormiguero sí: la cabeza y el sexo en ambos es la reina. Matar a la reina es cortarle la cabeza al individuo, y es de la misma carencia de sexos individuales en la colmena de donde deriva su buena organización. De otra forma, existirían terribles y permanentes conflictos internos que los amenazarían como unidad. Conflictos como los que ha tenido que superar, aunque solo sea en parte, la creatura metafísica, exuberante animalito que se encuentra en celo durante todo el año y durante casi toda su vida. —Un pájaro que vuela al sur y una colmena son dos animales. Ni en un hormiguero ni en una colmena sus integrantes ejercitan algún tipo de renuncia. Una gorila que protege a su cría o a una cría ajena está moviéndose por un sentimiento positivo: el amor. En ello no hay ninguna renuncia. Diferentes, las sociedades de humanos no funcionan como un organismo; no son un cuerpo sino una conciencia. Cada integrante bien podría no renunciar a muchos de sus deseos, pero comúnmente lo hace en beneficio del grupo. Porque la moral radica en acciones negativas de la creatura en beneficio de un grupo o de la especie; no es un sentimiento original sino una conciencia. Y la conciencia, conjeturo, nació del conflicto psicológico provocado por la auto-negación, por la renuncia de la creatura a ciertos impulsos instintivos (pensemos en el más trascendente de los tabúes: el incesto). A ese consciente colectivo yo le llamo ética y moral.

57, SOCIOBIOLOGÍA. La teoría de la lucha salvaje por la sobrevivencia del más apto fue objetada por otras teorías que se habían formado en la observación de cierta cooperación entre los animales. El ruso Kropotkin, tal vez, fue uno de los primeros en observar la importancia de la cooperación entre los individuos de una misma especie para la defensa de un enemigo en común (Mutual Aid, 1906) Pero, ¿de qué tipo de asociación estamos hablando? Cuando un grupo de hienas se asocian para la caza, cada una da al grupo lo que el grupo le da a cada una, y el acto de dar-y-recibir se resuelve de forma inmediata. Un caso aún no resuelto es el de aquellos animales que emiten sonidos de alarma al advertir a un depredador, salvando a sus camaradas y perdiéndose a sí mismo. (“a chicken is an egg’s way of making other eggs”). Yo creo que para explicar este carácter humano de la víctima no es necesario recurrir al humanismo de los animales; basta con considerar solo el instinto. El surgimiento del instinto de cooperación entre los animales aún se puede explicar con la teoría de Darwin: los “cooperantes” sobrevivieron más veces que los “egoístas” en un régimen de dar-y-recibir de efecto inmediato, y así sus características se fueron transmitiendo con preferencia a las de aquellos que se quedaban solos. De esa forma, el animal que da la vida alertando a sus compañeros de un peligro cercano, no lo hace por altruismo (renuncia) sino porque no puede evitarlo, así como algunos peces no pueden evitar suicidarse en la costa para desovar y asegurar así la conservación de la especie. En algunos otros mamíferos superiores, como los chimpancés, se han observado que son capaces de entregar algo de su alimento en beneficio de otro integrante del grupo; pero esta “renuncia” significa siempre una inversión a corto plazo, cuando el donante no está afectivamente ligado al receptor; o es un acto instintivo de amor, cuando se trata de un familiar cercano o de una hembra a la que se está cortejando. Incluso, en situaciones especiales de cautiverio (y cuando el alimento no es escaso) se han observado que algunos monos dan algo de su comida sólo a aquellos compañeros que acostumbran devolver el favor en la misma cantidad. Pero, si bien la observación es por demás interesante, el entusiasmo suele pasar por alto otra observación más común: este comercio es casi inexistente en estado natural, donde se sigue cumpliendo con preferencia la ley del más fuerte y el “egoismo” es abrumadoramente superior al altruismo socialista. En los humanos, el egoísmo y el altruismo existen, pero la moral reprime a uno y prescribe el otro hasta convertirlo en la regla y no en la excepción, como en los chimpancés. Esto nos hace pensar que la máxima de Confucio y de tantos otros “no hagas a los demás lo que no quieres que los demás hagan contigo” es cientos de veces milenaria y forma parte de ese “Camino gnóstico-evolutivo”. En las creaturas metafísicas, la moral ha dilatado este tiempo de dar-y-recibir de forma ilimitada, hasta el extremo de imponerse y exigir la obligación de no esperar recompensa por la renuncia. “La mejor recompensa de una buena acción —dice un consejo popular— es la acción misma”. Esta idea es una fórmula ética, es decir, es una enseñanza que pretende confirmar una actitud favorable al grupo desde el nivel consciente (madurez) al nivel inconsciente (infancia). Es una renuncia y no es un instinto porque el individuo puede quebrantar la ley si se lo propone. (Aquí derivamos sobre el valor teológico de la libertad: de la elección anti-natural, de la renuncia a los instintos, depende la salvación o el caos). Y, sobre todo, porque para que funcione se la debe predicar. No es una observación; es un consejo. Es decir, que la cultura (ética) tomó de la naturaleza una excepción (la solidaridad democrática) y la contradijo convirtiéndola en regla. Por lo que sería absurdo decir que la moral es un producto de la naturaleza y no de la renuncia de esa naturaleza: aún las creaturas metafísicas estamos inclinadas a hacer aquello que el inconsciente prescribe y la conciencia (moral e individual) prohíbe. Y por lo común no lo hacemos. —Pero todavía queda una dimensión de terrible importancia. La etología más reciente ha demostrado que las relaciones entre animales no se basa exclusivamente en la fuerza y la competencia a muerte, como en el capitalismo, sino que incluye un repertorio de sentimientos muy semejante al de los humanos: clemencia, solidaridad, amistad. Pero aún así estas conductas responden a una razón de “simpatía” y no aún de renuncia, tal como la definimos en la creatura metafísica. Una responde a un impulso positivo y la otra a uno negativo. También la creatura metafísica responde por simpatía (rescate de un niño en peligro, etc.) pero no vemos los indicios para pensar que otro animal superior es capaz de renunciar a alguno de sus impulsos sin una coacción más o menos próxima y exterior (sacrificio ritual de ese mismo niño). La sociobiología estudia la moral desde la etología con excelentes observaciones sobre algunas especies de animales superiores y de ahí extrae sus conclusiones sobre la ética humana ya que, inevitablemente, subscribe al evolucionismo. Pero, aún recorriendo el camino de la evolución humana, olvida una dimensión importante para la ética y la moral: la metafísica; su relación con el sexo, la vida y la muerte. Y eso no se estudia observando los monos.

58, PROGRESO. El progreso material de la creatura no radica únicamente en su inteligencia. Muchos otros animales poseen algo de lo mismo y nada de progreso material o espiritual. El poder de la creatura fue posible porque pudo canalizar esa inteligencia construyendo una historia exterior: su cultura. Pero toda esa construcción, movida por instintos de poder, de amor y destrucción, nunca hubiese sido posible sin una conciencia colectiva, sin una sociedad de conciencias, sin algún tipo de moral; es decir, sin la renuncia de lo bajo en beneficio de lo alto. Porque la creatura metafísica es el único animal que renuncia; y la humanidad la única conciencia de Gea.

59, CASTIGOS. El control social, que en un principio estuvo ejercido por el jefe de la horda, rey o faraón, terminó por aceptar una naturaleza intangible y menos precaria, personificada en los dioses o en Dios. En un principio, todos los dioses premiaban o castigaban las acciones humanas allí mismo en Gea. Pero, ante los aparentes fracasos de las justicias divinas, los mismos dioses terminaron por aplazar sus fallos para el más allá. De esa forma los fallos se hicieron inapelables. Y, por lo tanto, más eficaces. De esa forma, la conservación de la vida (moral) y la negación de la muerte (religión) fueron unificadas en un solo cuerpo; Dios y la Conciencia de la especie se hicieron Uno.

60, INDEPENDIENTES. Si de la conducta de cada individuo (moral) dependía el bienestar y la felicidad del pueblo, también de ella debía depender su suerte en el más allá. Desde el antiguo Egipto a Sumeria, la vida en los Infiernos dependía de la vida en Gea. Pero moral y religión vienen juntas porque se juntaron. No porque sean una y la misma cosa. Para darse cuenta de eso basta con observar que las creaturas metafísicas suelen tener el primer componente y carecer del segundo. Y lo inverso también. No son pocas las doctrinas “inmoralistas” que cada tanto surgen en Gea y no por ello dejan de ser religiosas. Carpócrates, por ejemplo, en el siglo II enseñó una sabiduría o superstición muy semejante al budismo. La diferencia estaba en los medios y no en los fines. Según esta secta cristiana, el alma podía alcanzar el conocimiento y la liberación no por el ascetismo sino por la comisión de todos los actos inmorales que una creatura pudiese cometer. Para Carpócrates, como para el más lejano Heráclito, el bien y el mal eran meras cuestiones de opinión. —Por otra parte, recordemos que para el budismo es preferible realizar una acción buena a una mala, porque en el peor de los casos una creatura bondadosa recibe en premio un mejor renacimiento. Pero aún mejor que una acción buena o una mala es ninguna. Y en esta elección radica el mayor logro budista: el abandono definitivo del kamma y de la pesadillesca serie de renacimientos —la liberación. Bien, todas las religiones tienen implicaciones morales, pero el Sentido de cada una no nace ni se agota en esas medidas provisorias. Moral y religión se confunden en el pensamiento de Pedro Abelardo, pero sin perder su orden jerárquico. Cuando el monje medieval reflexiona sobre el pecado no condena el deseo (interior) sino el consentimiento a ejecutarlo (efecto exterior sobre el prójimo). Pero antes subraya el valor de agradar a Dios como la mayor virtud. Porque a esa altura de la edad Media aún se seguía poniendo la Primer tabla sobre la Segunda.

61, RACIONALIDAD. La ética es a los últimos Mandamientos como la teología es a los primeros. Ambos, ética y teología, son reflexiones que procuran confirmar, con cierta racionalidad, preceptos a priori incuestionables.

62, SOCIOS. Antes de Platón, los más sensatos consideraban una virtud hacer mal al enemigo. No se puede decir que esta idea haya sido suprimida en Gea, pero desde entonces ha sido célebremente refutada. Confucio y más tarde Jesús, pasaron de una ética de tribus aisladas a otra de tribus convivientes. La máxima confuciana de no abusar del otro salió de la aldea para universalizarse. O por lo menos eso se pretendía. El enigma de la vida y la muerte conducen a la aceptación de Dios; el impulso de vivir y convivir, a la aceptación del otro. El sacrificio intrascendente del otro no sólo afecta la estabilidad del grupo; también representa nuestro propio destino: la muerte. Doble razón entonces, ética y metafísica, para solidarizarnos con él. Porque el otro es nuestro socio, en la vida y en la muerte.

63, BARBARIE. Ante la amenaza del desorden, las prescripciones religiosas han sido diferentes: castigo a los culpables (Ley del Talión, doctrina de Lutero) o pasividad ante la injusticia (el desinterés del Buda, la otra mejilla de Cristo). Ambas actitudes o recomendaciones procuran evitar el regreso de la barbarie, el imperio de los sentidos; el orden darwiniano o el caos de las temibles creaturas.

64, EQUILIBRIO. Existen dos metas básicas en toda sociedad: seguridad y libertad. La moral limita, controla y potencia la libertad, porque en sus orígenes la libertad se opone a la seguridad. Es en la libertad incondicional donde se expresan culturalmente los instintos sexuales y de poder. Si la creatura renunciara a todo moriría, como un buen jainista; y si no renunciara a una parte también. Es decir, el problema sanitario de una sociedad se concentra en el equilibrio entre la renuncia y la libertad.

65, TRADUCCIONES. En los primeros tiempos bíblicos y coránicos, la relación fundamental que unía a las creaturas de Gea con Dios era el temor. Una creatura fiel, antes que nada, era una creatura temerosa del Padre. Y esa era su mayor virtud posible. Fue Cristo el que puso el acento en el amor. Y aquí hay que distinguir lo que es amor a Dios y lo que es amor al prójimo. Ambos amores son traducciones al positivo de la Primer tabla y de la Segunda. En el Nuevo Testamento se lee que una vez preguntado Jesús sobre cuál mandamiento era más importante, respondió (Mateo 22-37): “Ama al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más importante y el primero de los mandamientos. El segundo es parecido: dice, ama a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos son la base de toda la Ley de Moisés y de las enseñanzas de los profetas”. El antiguo Temor a Dios se traduce en Amor, y las prescripciones de no maltratar al prójimo se resumen en la obligación de amarlos. Si no me equivoco, fue San Agustín el que escribió: “todos los demás preceptos se resumen en la fórmula: amarás al prójimo como a ti mismo”, consejo ético que reconoce, indirectamente, que el egoísmo es más universal y más poderoso que el altruismo. —Sin traducción es el acto del bodhisattva que, habiendo alcanzado el nirvana, es capaz de renunciar a él para comunicárselo a los demás. Pero representa doblemente la conciencia de la especie. Pero representa doblemente la conciencia de la especie.

 

© Jorge Majfud. Crítica de la pasión pura (1998). La presente edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico, sigue el texto de la tercera edición (Buenos Aires: Editorial Argenta, 2000) y ha sido preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Diciembre de 2004.

 

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