Jorge Majfud

 

Crítica de la pasión pura


IX
El más allá próximo

73, PREVISOR. Al principio, las creturas de Gea tomaban de la naturaleza lo que tenían más a mano. Cuando la población creció y las praderas comenzaron el proceso que las olvidó en los desiertos de África y Medio Oriente, se hicieron sedentarios; entonces, de a poco, comenzaron a pensar en el futuro. Cultivaron y acumularon alimentos; construyeron diques, canales y pacientes murallas. Más tarde, por una inteligencia más desarrollada o por su cultura, la creatura levantó la mirada un poco más allá. Y entonces construyó templos, organizó y ordenó deberes más complejos, prohibiciones más sutiles y rigurosas. La creatura metafísica debió operar una doble renuncia al mundo. Entonces inventaron o descubrieron la existencia de los dioses con sus dos significados, uno sociológico y el otro metafísico: los dioses representaron la Ley y canalizaron las interrogantes sin respuestas.

74, SACRIFICIO. El ritual del sacrificio está en el origen de las sociedades agrícolas y de todas las religiones. Tanto Yahvé como los humanizados dioses del Olimpo exigieron este tributo en forma de bueyes y carneros inmolados; en Grecia dio origen a la tragoidía, que se refiere al sacrificio de un chivo (el futuro “bouc émissaire” o cabeza de turco) en honor de Dioniso. Los mayas y los aztecas fueron un poco más allá ofreciendo la vida de hombres y mujeres; y algo de la sangre genital de sus propios reyes. En la antigua Sumeria y en la no tanto Zimbabwe, era práctica común sacrificar periódicamente al miembro más valioso de la sociedad: se devolvía al rey a los planetas celestiales. Incluso en el origen védico del hinduismo, origen de las más famosas doctrinas de no-violencia, existió el sacrificio ritual. Nada de esto es extraño en Gea. El sacrificio de un animal valioso no solo canalizaba la violencia de las creaturas de una forma controlada; sobre todo posee un significado metafísico. —Era común entre los mitos, la idea de que la creación del mundo y de la vida habían sido producto de un sacrificio divino; el dolor y el fin de la inmortalidad, consecuencia de un delito original. La existencia no era otra cosa que el descenso en la imperfección, un estado muy por debajo de las aspiraciones de la creatura. Hay excepciones, claro: los griegos arcaicos y algunos sumerios, imaginaron un más allá gris y pantanoso; algo en todo caso peor que esta vida. Pero la regla general es otra, por lo menos para la creatura histórica. Los árabes y los alejandrinos creyeron que la vida eterna solo podía alcanzarse con dolor; y en el siglo XVI, la célebre Santa Teresa estuvo de acuerdo:

En la cruz está la gloria
Y el honor,
Y en el padecer dolor
Vida y consuelo,
Y el camino más seguro
Para el cielo.

Ni Oriente ni Occidente pudieron ya dejar de culpar a esta existencia por haber desplazado a otra más feliz. Porque, era evidente, la Paz y el Paraíso se habían escapado como un sueño.

75, TRIBUTO. El sacrificio del mejor novillo del rebaño nunca significó un autocastigo gratuito. Ya Lévi-Strauss demostró que el sistema del sacrificio era independiente del sistema de afinidades clánicas, lo que acompaña a estas reflexiones. En el totemismo, ninguna otra especie o fenómeno puede sustituir al epónimo: jamás se toma una bestia por otra. Pero en el caso del sacrificio ocurre lo contrario. Con nitidez, el antropólogo francés observó: “El principio fundamental es la sustitución. Una cosa puede sustituir a otra con tal de que persista la intención, que es la única que importa”. El sacrificio es un proceso irreversible de dar la buena voluntad de la creatura mortal y recibir la gracia divina. A través del rito mágico o religioso, se le indica al dios el camino que debe tomar cuando administra el destino de las creaturas, el cual debe tomar la forma de ruego y sumisión. “El sacrificio sería la conexión entre dos dominios separados”, y el esquema sería el siguiente: Creatura —Víctima —Sacrificio {carencia y respuesta} Divinidad. También de esta forma, reconociendo la persistencia del pensamiento mágico en el rito religioso, entendemos por qué la renuncia no se efectuaba con un simple abandono del bien (como sí son los casos del chivo expiatorio hebreo y del pharmakòs griego): la única puerta hacia el más allá es el dolor y la muerte. Y si además ese más allá es identificado con las alturas, no queda mejor correo que el holocausto, para enviar el alma con el humo. Ahora bien, la costumbre de sacrificar a un animal ha cambiado con el tiempo. Lo que una vez fue el desprendimiento absoluto de un cordero ofrecido a Dios, ha pasado a ser más relativo a la interioridad del creyente. En el siglo VII los islámicos advirtieron: “Dios no presta atención a su carne y a su sangre, sino a vuestro temor a Él”. Y para evitar el despilfarro de esas inmolaciones animales, se prescribió la distribución de las víctimas entre los más necesitados. Una vez más vemos que religión no es metafísica pura, sino una relación dialéctica entre los primeros cinco Mandamientos y los últimos.

76, LIMOSNAS. La prescripción de la limosna (uno de los cinco pilares del Islam y virtud según todas las religiones) tiene antes que un significado social un significado religioso: con la limosna las creaturas se desprenden de una parte para conservar el resto y, si es posible, ganarse la simpatía del Todopoderoso sin que Él y el propio donante se den cuenta de ello.

77, SEGURO. Como sus creaturas, los dioses griegos formaban una sociedad casi democrática. En la antigua Grecia, cada ciudad veneraba con preferencia a una diosa o a un dios. También una creatura podía mostrar su preferencia individual para con alguno de estos seres olímpicos y, por lo general, la elección dependía de su oficio. La relación entre los griegos y sus dioses era muy estrecha, casi material. En tiempos de Homero, los enfermos acudían a los santuarios para ser curados; e incluso podían interrogar a sus dioses a través del oráculo. En los ritos de sacrificio, cada griego ofrecía a sus dioses una parte de lo que deseaba conservar —el futuro siempre fue incierto. De esta forma, el griego se ganaba la gratitud del dios que debía proveerlo de aquello mismo en tiempos de escasez. Una especie de póliza de seguros, digamos metafísica. Esta misma relación material de la creatura con sus dioses, la encontramos en Sumeria. Allí el templo era el lugar donde se depositaba el exceso de producción, a la espera de tiempos peores.

78, PROMESAS. La institución de la renuncia es amplísima y posee versiones antiguas, como el sacrificio de un animal o de una mujer; y formas más en boga, como la limosna o la autoinmolación. Pero también posee modestas y hasta ridículas variaciones: si el santo invocado desde el polvo del sótano realiza la obtención del campeonato, el repentino creyente caminará cien metros de rodillas, se arrojará a un estanque con agua o saldrá travestido a la calle si no es travestí. Incluso el sacrificio se puede realizar con la exclusión del supuesto acreedor divino. Como en los actos públicos o en las inauguraciones oficiales donde se cortan cintas y se derrocha champagne, el rito está vaciado de significación trascendente y solo importa la forma que las creaturas heredan por costumbre.

79, CONCIENCIA. Tal vez el devenir no preocuparía tanto a las creaturas metafísicas si nunca hubiesen despertado a la conciencia. —Ya en el paleolítico se advierte la presencia de armas y herramientas en las tumbas. Inequívoco símbolo de que el espíritu del muerto seguía viviendo y que su nueva vida no era muy diferente a la anterior. Sin más interrogantes sobre el más allá, esta sociedad de espíritus comunes conformaba el marco metafísico suficiente para la mente primitiva. Ahora, si esta imagen la repetimos para el más allá del nacimiento, estaremos a un solo paso de la doctrina de las reencarnaciones, que es la única que se ha ocupado algo del resto de los animales y de la metafísica prenatal. Pero por lo general las religiones hacen hincapié en lo que está más allá de la muerte y no más allá del nacimiento, lo que muestra qué importancia ha tenido el temor al devenir sobre cualquier otro.

 

© Jorge Majfud. Crítica de la pasión pura (1998). La presente edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico, sigue el texto de la tercera edición (Buenos Aires: Editorial Argenta, 2000) y ha sido preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Diciembre de 2004.

 

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