Teoría, Crítica e Historia

Filosofía, teología, literatura:
aportes cubanos
 

Ignacio Delgado González

 

3.3 Valoración de las tradiciones filosóficas cubanas fuera de Cuba

La recuperación del pasado filosófico cubano, integrado por una pléyade de insignes pensadores —José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona, José Martí, etc.— a quienes con justicia y por unanimidad se considera los fundadores del pensamiento propiamente cubano y los creadores de la conciencia nacional cubana, es un hecho palpable si se analiza, al menos parcialmente, como es mi caso al emprender este estudio, la producción bibliográfica de diversos autores cubanos tanto dentro como fuera de Cuba durante las cuatro últimas décadas del siglo que termina.

Este interés por repensar las enseñanzas contenidas en las obras de nuestros grandes pensadores se explica, no sólo por el valor intrínseco de sus aportaciones en los diversos campos de la ciencia y de la filosofía, sino principalmente por la rica herencia legada a todos los cubanos a través de un magisterio fundamentalmente humanista y ético que sembró ideas y sentimientos de libertad, justicia y fraternidad como los pilares de la vida social y política de aquella joven república que empezó su singladura en los albores del siglo XX.

Según se podrá comprobar en las páginas siguientes, el estudio de las tradiciones filosóficas cubanas por parte de intelectuales cubanos residentes fuera de Cuba (lo mismo que sucede en el caso de los autores que residen dentro de la isla) no se puede restringir a los investigadores ya consagrados —y algunos tristemente desaparecidos— que desarrollaron una actividad filosófica importante en Cuba durante los años anteriores a la revolución y que con posterioridad ampliaron dicho trabajo viviendo ya fuera de Cuba, sino que afecta también a estudiosos más jóvenes que se han formado filosófica y académicamente en el exterior de Cuba y que siendo y sintiéndose cubanos han descubierto y estimado positivamente el valor y el alcance de ese pensamiento fundacional cubano, el cual de esta manera constituye un punto de encuentro radical de todos los cubanos independientemente de cuál sea su orientación filosófica preferente.

Por esto pienso que si, en la obra de nuestros grandes filósofos están las raíces de Cuba como nación libre y soberana, su pensamiento establece una fecunda plataforma para el diálogo sincero y el encuentro de todos los cubanos. En ellos redescubrimos aquellas ideas, actitudes y valores humanistas —libertad, tolerancia, respeto, amor— que son necesarios y útiles para construir un ideario básico y abierto que sirva para emprender en el futuro la regeneración nacional y la reconciliación de todos los cubanos. Con este propósito recorreré a continuación las aportaciones más significativas de los autores cubanos del exterior en el estudio de nuestros clásicos de la filosofía, con el convencimiento de que quedarán fuera otros trabajos valiosos que se escapen a mi conocimiento de los mismos.

1) Roberto Agramonte (1904-1995).

En mi estudio acerca de la filosofía cubana previa a la revolución, incluido en esta misma obra, me he referido a la importante tarea desarrollada por R. Agramonte con la "Biblioteca de Autores Cubanos" en la que editó entre otras las obras de F. Varela y de J. de la Luz y Caballero, además de sus propios ensayos sobre José Agustín Caballero, Félix Varela, Enrique José Varona, José de la Luz y José Martí. Él mismo ha declarado que toda esa producción, que hace balance del aporte cubano al sistema de ideas universales, ha sido consignada por él a las futuras generaciones de estudiantes hispanoamericanos y cubanos, quienes sabrán enriquecerla y relacionarla con las producciones filosóficas del resto del mundo occidental.

En su libro acerca del Padre Caballero1 presenta a éste como el símbolo vivo de la etapa de gestación de la conciencia cubana y en especial de nuestra conciencia filosófica, pues fue él quien incitó al estudio de la filosofía cartesiana, newtoniana y condillaciana (filosofía libre) que suplantara la escolástica dominante, la cual era el prototipo de la mentalidad y educación coloniales, como el requisito para abrir cauces nuevos y avanzados a nuestro pensamiento.

Con anterioridad Agramonte se había ocupado de la figura de Félix Varela2, el "sabio presbítero" del Seminario de La Habana, a quien califica como "mentor egregio" y "reformador de la inteligencia cubana", cuyo rasgo intelectual más eminente es su vocación mentora y su más eximio título patrio ser "el que primero que todo nos enseñó a pensar". Agramonte supo captar el fondo humanista y cristiano de Varela que impulsó el desarrollo de su teoría ética y social y le abrazó finalmente a la causa de la emancipación política de su pueblo, por la que el "santo cubano" (como le llama Martí) sufrió en carne propia la persecución del régimen colonial y el destierro hasta su muerte en San Agustín de la Florida.

Le cabe también a Agramonte el honor de haber editado las "Obras Completas" de José de la Luz y Caballero en 13 volúmenes publicados en la citada Biblioteca de Autores Cubanos (1945), que se inició con la edición crítica que él mismo preparó de los "Aforismos y apuntaciones" de Luz. Por otra parte, en su ensayo "Don José de la Luz y la filosofía como ciencia de la realidad" (Universidad de La Habana, 1946) y en otros escritos acerca del gran maestro de Cuba subraya el protagonismo de éste en la llamada "Polémica Filosófica" que tuvo lugar en La Habana en los años 1838-1840 (editada por Agramonte en la citada Biblioteca, 1949), durante la cual Luz impugnó la filosofía ecléctica de Cousin frente a la tesis contraria de los hermanos González del Valle, impugnación que había sido expuesta también en el curso impartido por Luz en el Convento de San Francisco. Cuenta Agramonte cómo en la carta que le dirigió el filósofo francés E. Brehier después de haber leído la "Impugnación a Cousin" de Luz y Caballero que él mismo le remitió, el autor francés interpreta la posición lucista como un espiritualismo de amplia base empírica (fundado en la experiencia directa e inmediata que el hombre tiene del espíritu) similar al representado por Bergson. Y en su estudio preliminar al volumen "Elencos y discursos académicos" de Luz y Caballero (Biblioteca de Autores Cubanos, 1950) así como en su obra "Martí y su concepción del mundo" (Universidad de Puerto Rico, 1971) de la que me ocuparé más adelante, ha destacado Agramonte la identificación entre Luz y Martí, puesta de manifiesto en su común afán por el conocimiento de lo trascendente y en muchas ideas compartidas por ambos acerca de la filosofía de la vida y del universo.

Ha subrayado también la ingente labor educadora del "Sócrates cubano" (como llamó a Luz el pensador cubano Antonio Bachiller y Morales y lo repitió Martí) desarrollada principalmente en su colegio del Salvador, sobre todo a través de sus "sabatinas" (pláticas de los sábados) para inculcar a los jóvenes la práctica de los valores, trabajo prioritario que le restó tiempo para escribir y transmitir sus extensos y hondos dominios del saber. He observado también que Agramonte fue un enamorado de los Aforismos del "gran iluminador" que él mismo ordenó y publicó en 1945, donde se encuentra una variada y apetitosa síntesis de la filosofía lucista, los cuales constituyen una bella expresión de su fina observación de la realidad humana y de su profunda vivencia de los grandes valores morales y cívicos que con tanto ahínco sembró en la juventud cubana.

Agramonte estuvo siempre muy satisfecho de su libro acerca de Enrique José Varona3, a quien se honró de haber sucedido en la cátedra de Ciencias Filosóficas de la Universidad de La Habana, considerándolo el continuador ideológico de la obra de Martí (a quien Varona sustituyó en la dirección del periódico Patria en Nueva York por decisión expresa del propio Martí) y, por consiguiente, el legatario de la generación nueva de cubanos en la República, a quienes transmitió el espíritu independentista y revolucionario del Apóstol. Agramonte supo ponderar con entusiasmo la categoría filosófica del "patriarca cubano" e ilustre camagüeyano, cuyas "Conferencias Filosóficas" (1880) marcaron época en la historia de nuestra cultura y cuya filosofía positivista-evolucionista fue celebrada por T. Ribot y por la Revue Philosophique. Como indica el título de su libro el autor se centra en el análisis de la etapa varoniana caracterizada por el escepticismo pesimista manifestado sobre todo en los artículos compilados en el volumen Con el eslabón (1927); Agramonte interpreta dicho escepticismo en términos positivos, calificándolo de "escepticismo creador", coincidiendo con Henríquez Ureña que conceptuó a Varona como "escéptico activo" dado que en medio de su pesimismo nunca perdió su convicción en la fuerza salvadora de la acción. Veinte años después de publicado su libro, Agramonte confirmó de nuevo la fuerza creativa del escepticismo varoniano que no fue consecuencia lógica de sus posiciones filosóficas sino efecto provocado por su desilusión ante la realidad cubana de principios de siglo: "En el escepticismo de Varona se rezuman las lágrimas tácitas que lloran por el ideal no convertido en realidad concreta, en medio de aquella su apremiante ansia de mejoramiento nacional. Pero la veracidad y honradez neta de Varona hicieron fecundo su escepticismo; y cuando el escepticismo es creador —cuando es contra el mal, contra la injusticia, contra la ignorancia y contra el desenfreno— es la forma de vida más pura del homo theoreticus. Tal fue la forma mentis aeterna de Varona"4. Reconoce así mismo Agramonte el fondo humanista de Varona, en cuya "mente profundizadora" tanto el positivismo que le permitió caminar a pie entre las realidades de la vida y de la sociedad como el evolucionismo spenceriano que inspiró su sentido de utopía y de perfección se tamizaron decantándose un humanismo edificante y civilizador.

Me interesa por encima de las consideraciones anteriores detenerme en el comentario acerca de la que para mí ha sido la obra más importante de R. Agramonte: su majestuoso libro de más de ochocientas páginas titulado "Martí y su concepción del mundo", publicado en la Universidad de Puerto Rico en 1971. Este libro puede ser considerado a mi juicio como el estudio más completo y sistemático que se ha realizado hasta la fecha acerca del pensamiento martiano.

En primer lugar, este trabajo es una demostración incuestionable (como ya reconoció Rubén Darío) de que, aunque Martí ha pasado a la historia por su valía literaria y por su ejemplaridad patriótica, fue también un hondo pensador, un filósofo auténtico. Para Agramonte se trata de un "filósofo-Apóstol" según este retrato preliminar: "Al presentar en este estudio a Martí, a más de Apóstol, como filósofo, se ha de ver que su vida constituye una lección suprema para los filósofos, la lección de la acción; y para los hombres de acción ha de percatarse de que, a más de la acción, poseyó una filosofía integral que guió a ésta" (p.9). En efecto, la lectura de este trabajo prueba que Martí trató de manera original los problemas fundamentales de la filosofía y que construyó una verdadera y rica filosofía de la vida y del hombre, de la moral y de la sociedad, a la que han acudido durante más de un siglo los hijos de América convirtiéndola en "saber de salvación" (p. 772). Sin duda Agramonte supo analizar y organizar sistemáticamente lo mejor de este saber martiano, "intentando establecer la filiación de sus ideas siempre originales, siempre vivenciales, y la comparación con otros filósofos y sociólogos" (p. 11) y profundizando en lo esencial de su concepción del mundo, de la vida y de la sociedad, y especialmente en su doctrina de la persona y de la libertad, sin la que ningún pueblo digno puede pervivir.

Es imposible compendiar en unas pocas líneas el contenido de una investigación científica que ocupa ochocientas páginas; tan sólo llamaré la atención de algunos aspectos relevantes con indicación también de la temática expuesta en los diferentes capítulos. Después de hacer el retrato del alma de Martí y definirlo como "genio prometeico" (Cap.I), analiza el autor los conceptos metafísicos fundamentales y los principios cardinales de la filosofía martiana: los conceptos de esencialidad, fundamentalidad y realidad; la contraposición entre el reino de lo racional y lo no-racional; el trascendentalismo (identificación con Emerson); los principios de unidad de contrarios, de compensación universal, de identidad, de analogía, de armonía universal, etc. (Caps. II y III).

Según acredita Agramonte con apoyo en los correspondientes textos del autor, Martí concibe la filosofía enraizada en la vida y defiende un método filosófico basado en la generalización y en el estudio de la totalidad de las cosas. El autor dedica un capítulo entero a dar cuenta del vasto conocimiento martiano acerca de la historia de la filosofía, desde Sócrates hasta Emerson; se ocupa extensamente de sus juicios sobre el idealismo, positivismo, evolucionismo, krausismo, trascendentalismo, etc.; subraya también las corrientes y autores que determinaron la trayectoria filosófica de nuestro Apóstol. A través de doscientas páginas (Caps. V y VI) se centra en el estudio de su filosofía de la vida, de los problemas de la existencia y de la dimensión trascendente del hombre. Agramonte sitúa a Martí entre los grandes filósofos de la vida, al lado de Dilthey, Nietzsche, etc. Hace ver que dicha filosofía brota de su propia experiencia, breve en el tiempo, pero profunda y rica en fuertes acontecimientos; Martí abordó la vida desde múltiples perspectivas: la vida como problema, como misterio, como proceso fluente, como misión, como combate, etc. Al hilo de numerosísimos textos martianos, el autor reconstruye el proyectado y anunciado libro "El concepto de la vida" que Martí no llegó a redactar y cuyo núcleo habría sido la cuestión de la autenticidad de la existencia humana, planteada también por otros filósofos (Carlyle, Nietzsche). Analiza la doctrina martiana de la angustia, de la agonía existencial, de la muerte en cuanto meta de la obra cumplida, de la vida eterna pensada y esperada por el Apóstol, de su vivencia del Dios autor de la naturaleza, de su identificación con la figura de Jesús, de su visión crítica del catolicismo colonial y opresor de los pueblos de América, etc.

En los capítulos VII y VIII expone con hondura la filosofía martiana acerca del espíritu, del alma, de la razón, de la verdad, del amor y del dolor, nacida toda ella de su experiencia personal y de su trato con los hombres. En el capítulo IX desarrolla su concepción ética: reflexiones acerca de la conciencia moral, del libre albedrío, de la autenticidad, etc. Aquí nos presenta al pensador comprometido con la justicia y con los valores morales que elevan la dignidad humana hasta su plenitud.

Por último, con notable acierto el autor de este magistral estudio sabe entroncar la figura cimera de Martí en la dirección humanista y ética de los Varela, Luz y Varona, presentándolo con acierto como la síntesis y culminación de todos ellos. Agramonte ha trazado con veracidad, rigor y entusiasmo el retrato del filósofo-Apóstol que se inmoló por la libertad, la justicia y la fraternidad de todos sus hermanos de Cuba y de América.

No puedo silenciar el hecho de que en 1991 la Universidad de Puerto Rico publicó otra monumental obra de R. Agramonte, titulada "Las doctrinas educativas y políticas de Martí", un volumen que supera las seiscientas páginas, en el cual el maestro cubano culmina brillantemente su ardua e incansable investigación martiana, con el estudio más amplio y profundo que se haya realizado hasta la fecha acerca de la interesante y aún vigente concepción martiana de la educación, de la cultura y de la enseñanza, desarrollada en la primera parte del libro, que se completa en la segunda con el análisis de la teoría y de la acción políticas del Apóstol. El espacio de que dispongo no me permite adentrarme con rigor en el contenido de esta importantísima investigación que nos ha legado Agramonte pocos años antes de morir en Puerto Rico, la cual sella con broche de oro una vida entregada al estudio de la cultura y del pensamiento cubanos. Considero de justicia que se produzca, cuando las circunstancias lo aconsejen, el reconocimiento oficial y público del pueblo cubano a la extensa y encomiable obra de tan ejemplar y egregio hijo.

2) Jorge Mañach (1898-1961)

El nombre de este distinguido ensayista cubano ha ido siempre vinculado al de José Martí desde que publicó la más notable y completa biografía martiana en 1933 con el título de "Martí, el Apóstol"5. Valiéndose del testimonio oral de familiares y amigos de Martí y sobre todo de la propia obra escrita del autor, supo Mañach trazar con rigor histórico y sobrio estilo la estatura real y humana del más grande de todos los cubanos. Acertó plenamente al combinar el análisis de la personalidad psicológica, literaria y moral de Martí con su profunda y atinada visión política de la situación cubana y con su vocación patriótica comprometida en la lucha por la independencia de Cuba y de toda Latinoamérica. En esta biografía no se silenció la actitud antiimperialista de Martí junto a su hondo conocimiento del pueblo norteamericano y se subrayaron también los verdaderos ideales de la república por Martí soñada: una república abierta a todos y en la que todos los cubanos, sin distinción de raza ni de clase social, vieran reconocidos sus derechos según criterios de justicia y de igualdad.

Pero en esta ocasión me incumbe ocuparme de otro extraordinario libro de Mañach que se publicó doce años después de su muerte, en San Juan de Puerto Rico, titulado El espíritu de Martí, con el estudio preliminar de su alumna y amiga Anita Arroyo6. Esta obra póstuma de Mañach es la recapitulación de las lecciones magistrales que pronunció durante 1951 en la Cátedra Martiana de la Universidad de La Habana y que constituyeron un rico y lúcido análisis de la personalidad humana y ética de su biografiado. "Quien había explorado —escribe Anita Arroyo— con rigurosa precisión crítica la vida de Martí en una biografía mesurada, ahonda ahora en la entrañable complejidad de su alto espíritu...Si su primera obra había sido una trayectoria horizontal a lo largo de la existencia en el tiempo de su biografiado, redescubriendo su figura a una nueva luz que le restituyó sus verdaderos perfiles humanos, la segunda es un buceo vertical para explorar a fondo la personalidad y los resortes psicológicos de un ser excepcional en quien se sintetizan los más altos valores del espíritu" (p.8).

Según Mañach en Martí confluyen el hombre de palabras (poeta), el hombre de pensamiento (mentor) y el hombre de acción (héroe) como distintas manifestaciones de una dimensión aún más profunda —la del puro hombre José Martí— sin que sea posible prescindir de ninguna si se pretende penetrar hasta el hondón de su ser. Esta visión total de Martí es lo que expresa el concepto de espíritu empleado por el autor ya en el mismo título del libro, según se desprende de sus palabras: "Lo más grande en Martí no es el escritor, no es el pensador, no es el actor histórico...Es la personalidad total, la obra total, el total sentido lo que más cuenta en él...La grandeza de Martí es su espíritu" (p.47).

La tesis central que preside el trabajo de Mañach es la integralidad del espíritu martiano, mediante la integración de las tres grandes vertientes del alma humana —sentimiento, inteligencia y voluntad— a través de un proceso ascendente en que Martí va alcanzando la posesión de su propia vida. Este carácter integral de su espíritu consiste, por tanto, en una fuerte cohesión y hasta fusión del sentir, del pensar y del querer.

El autor presenta la proyección histórica de Martí a lo largo de tres etapas: 1) la niñez y adolescencia en Cuba, donde germina la semilla de su vocación; 2) la juventud (España) y la primera crisis en la que surge la flor, florece su vocación; y 3) madurez en el exilio (sobre todo la dilatada etapa de Estados Unidos), en la que cuaja el fruto de la consagración martiana.

En el cap. II estudia Mañach la dimensión del hombre natural indagando por las vías genética (sus padres), biográfica (su tierra, su ambiente) y confesional (su propio testimonio) las raíces de la vocación martiana hacia los grandes valores éticos al servicio de la liberación de Cuba. La pasión es el estilo psicológico que define su espíritu, su trayectoria espiritual está marcada por tres pasiones fundamentales: pasión del amor, pasión del deber y pasión del sacrificio.

Efectivamente la vida de Martí recorrió siempre lo que él mismo llamó un "cauce amoroso": amor filial, amor a la mujer, amor paternal, amor al prójimo, amor a la patria, amor universal. El amor, elevado metafísicamente a la categoría de principio de unidad, es la clave explicativa de su temperamento, de su pensamiento, de su acción política, que Mañach resume en estos términos: "Martí es un hombre en clave de amor" (p. 44). Impulsado por la pasión del amor se consolida en el joven Martí una conciencia moral que le hace optar por la entrega y el sacrificio en aras de su Patria.

Mañach observa con acierto cómo la vida de Martí fue una constante escuela de sufrimiento (él mismo acuñó la expresión "saber sufrir"), el cual no quebrantó su espíritu sino que lo fortaleció y le enseñó a "ser verdaderamente hombre" (p. 79). La pasión del sacrificio junto con la del amor alimentó tanto su vida íntima como su actividad pública, de manera que le hizo capaz de armonizar paradójicamente su vocación revolucionaria (levantamiento en armas) con una acción política dirigida y presidida por el amor y nunca por el odio. Y es que el carácter moral de su personalidad juvenil, fundado en los valores éticos fundamentales, se desarrolla a juicio del autor como una expansión natural de su espíritu.

En cuanto a la pasión del deber la interpreta este autor acertadamente como el substrato de la sensibilidad moral y la columna vertebral del pensamiento ético martiano. Dicha pasión fue creciendo en Martí hasta alcanzar la integración de su conducta con su sentimiento y con su conciencia. Mañach plantea la crisis que sufre Martí, después de sus años en España y durante su peregrinaje por México, Guatemala y Venezuela, como un conflicto de deberes que le conduce a su propia jerarquía de valores. Su espíritu tendía a los valores absolutos (los del interés general) frente a los valores relativos (los inmediatos que miran a la familia y al bienestar personal); de ahí la crisis al tener que renunciar al deber con su Patria (valor absoluto) y marchar a México en apoyo de su familia (valor relativo); alivió su frustración con el amor romántico a distintas mujeres y con el ejercicio de su pluma en defensa de causas justas y de los marginados en los países que recorrió. Esta etapa fue el compás de espera y la preparación para su compromiso histórico con Cuba, que constituiría la etapa definitiva de su vida en la cual "se sacrificarán ya todos los amores, y todos los deberes, que no se sitúen a ese alto nivel ideal, el nivel de la Patria" (p. 117).

Este nuevo período, descrito por Mañach en el capítulo titulado "El camino de la consagración", se caracteriza porque el espíritu martiano lo subordina todo al que considera como valor absoluto, es decir, la liberación de Cuba y la creación de una república donde cupieran todos los cubanos. Ahora la pasión íntima se eleva a pasión patria, los sentimientos de amor y de deber rebasan lo personal y cortejan el sacrificio final en un proceso de abnegación creciente y heroica; su sensibilidad alcanza en este tiempo el cenit creador y su pensamiento la esfera de lo universal; la emoción y reflexión impulsan y dirigen su voluntad, transformando la pasión en acción como expresión de un espíritu integrado y consagrado a los más altos ideales que otorgan la máxima fecundidad a su vida. Aunque Mañach destaca, sirviéndose de los conceptos martianos de "ala" y "raíz", el equilibrio personal de su héroe, quien por una parte se nutre de raíz (lo real, lo natural, lo terreno) y, al mismo tiempo, se eleva (ala) hacia lo trascendente y eterno, sin embargo insiste en acentuar la vocación martiana a lo absoluto, pues "lo que esencialmente había en él no era una vocación patriótica, sino una vocación heroica" (p. 156), la cual se canaliza históricamente en ese "trabajo de salvación" (expresión martiana) de su Patria, insertado en una vocación más ambiciosa de realizaciones absolutas. Es innegable su pasión por la independencia de Cuba, pero ella no era sino exigencia de su consagración a algo que estaba más allá de tan extraordinario acontecimiento: la pasión por el decoro del hombre, que le hizo proclamar solemnemente aquello de "yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre". Hay que agradecer a Mañach el haber sabido captar en profundidad este fondo esencialmente humanista de nuestro Apóstol.

En los últimos capítulos del libro, dedicados al estudio de la sensibilidad y de la cultura martianas, aparece la integración de todos sus movimientos psíquicos (sentir, pensar y querer) y la estrecha coordinación entre la pasión del poeta, el pensamiento del ensayista y la acción creadora y redentora del orador. Y al estudiar la vertiente estética de su sensibilidad a través de las sucesivas etapas formativas, descubre este magnífico análisis la integración de la trayectoria vital y cultural del artista en el proceso de formación de su excelso espíritu creador.

Este importante trabajo de Jorge Mañach, complemento indispensable y enriquecedor de su biografía de Martí, ha señalado un camino repleto de apreciaciones y de atractivas sugerencias que no podrán esquivar quienes se interesen por un conocimiento riguroso y profundo acerca de la personalidad polifacética y la original obra de nuestro Apóstol.

3) Humberto Piñera (1911)

Este filósofo cubano desarrolló una notable actividad en la Universidad de La Habana y en la Sociedad Cubana de Filosofía durante la década de los cincuenta, época en que publicó diversos trabajos sobre filosofía cubana y sobre autores como E. J. Varona y R. Montoro, ya reseñados en otro capítulo de esta obra. En su etapa fuera de Cuba desempeñó la docencia en la New York University y publicó nuevos trabajos de filosofía. Del asunto que ahora nos ocupa me interesa comentar su libro Idea, sentimiento y sensibilidad de José Martí7.

En esta extensa obra (cerca de quinientas páginas) Piñera nos presenta la persona y la personalidad de Martí en función de la obra escrita por éste, que ha sido objeto de una prolongada meditación del autor y sobre la que ha realizado una laboriosa hermenéutica que pretende desvelar el fondo metafísico del pensamiento martiano y los significados de su "sempiterno discurrir por las interminables galerías del Espíritu" (p.17). Nos presenta al Martí meditador, al hombre en quien concurren la idea, el sentimiento y la sensibilidad; a partir de la tesis de que en el hombre no todo es la idea, sino que la raíz de la persona es el sentimiento que la trasciende al reino del Espíritu y de los valores, demuestra el autor que en Martí las ideas se hicieron sentimiento y vida; él fue pensador-Apóstol, sentidor, veedor, no sólo de lo material, sino sobre todo de la inobjetivable objetividad del mundo de la vida espiritual. Intuyo un vestigio existencialista en la hermenéutica martiana de Piñera, quien se apoya a menudo en consideraciones de filósofos vitalistas y existenciales para acceder a la palabra original "del más grande de todos los cubanos" (p.24), palabra amasada en el silencio de su intimidad y convertida en verdad y servicio a los demás —"pensar es servir"—, tal como se expone en el capítulo primero de esta obra.

En el siguiente capítulo el autor bucea en la personalidad de Martí atendiendo al análisis de los estados de ánimo y al testimonio de la propia autoconciencia de Martí para reconstruir su modo íntimo de pensar y de sentir. Subraya la transformación del hombre individual en hombre colectivo, consagrado en cuerpo y alma a la causa de la independencia de Cuba, que renuncia a su vida particular en pro de su obra apostólica de servicio y amor a su pueblo. En el capítulo tercero traza el desarrollo de la personalidad de Martí a partir de los hechos y experiencias por él vividas, cuyas etapas según Piñera van desde la desolación juvenil, transformada mediante la reflexión durante la serena tristeza de su madurez, hasta alcanzar el relieve histórico de la personalidad universal de quien primero fue Maestro y por último Apóstol. En otro capítulo profundiza a través de los textos martianos en cuatro virtudes fundamentales que adornan la conducta del Apóstol: humildad, abnegación, entereza y austeridad. El libro estudia además los hondos sentimientos martianos del amor, dolor, y deber, en coincidencia con lo significado por Mañach y por otros autores: su amor a los hombres y a la patria vertebran su biografía; su apasionado compromiso con la verdad y con el bien le infringen graves sufrimientos; pero el sentimiento más profundo de su poderoso espíritu fue el deber, que hizo de él un ser en estado de perpetua obligación hacia todo lo demás (naturaleza, ideas, valores, hombres, Dios).

Piñera dedica el capítulo séptimo a cuatro cuestiones importantes de la filosofía martiana: vida, muerte, alma y Dios. Aquí hace una introducción histórica acerca de la filosofía de la vida, con especial referencia a los filósofos de los siglos XIX y XX: Dilthey, Nietzsche, Bergson, Scheler, Ortega y Gasset, Heidegger, Merleau-Ponty, etc. Después subraya que Martí concibe la vida siempre e incuestionablemente como vida espiritual, cuya actividad posee un carácter axiológico, puesto que el valor es el fundamento de la vida y lo que le otorga su dignidad y constituye la integridad de la persona a través de valores como la libertad, la justicia, la belleza, la verdad, la bondad, etc. Esto convierte la vida para Martí en un perpetuo esfuerzo —la vida se hace— que no puede ser un placer, sino todo lo contrario: dolor, fatiga, cansancio, ya que vivir es desvivirse (este aspecto es acentuado por Piñera desde sus propias preferencias existencialistas). En el resto de las cuestiones indicadas realiza también el autor la correspondiente introducción histórica. En el tema de Dios enfatiza la posición martiana de que sin Dios no se explica nada ni dentro ni fuera del mundo; para Martí Dios es la expresión suprema de la realidad, es por antonomasia el Creador que lo rige todo con su omnipotencia; pero su Dios es también el Cristo del amor, el Redentor cuya sangre se derramó por la salvación de todos los hombres sin distinción entre ellos.

Me interesa subrayar el contenido de los tres últimos capítulos de este libro en los que el autor estudia cuestiones trascendentales de la obra martiana.

En el capítulo titulado "Sentimiento y dolor del destierro" pasa revista a la larga lista de cubanos, ilustres y humildes, que padecieron el destierro por razón de su actividad para liberar a su Patria del poder colonial represivo y vejatorio. Entre ellos sobresale Martí, alma tan sensible, quien experimentó en lo más íntimo de sí mismo el sentimiento dolido del destierro y reflexionó acerca de lo que pesa el tiempo en el obligado alejamiento de la tierra nativa. Trata Martí del efecto contraproducente del destierro: la falta de raíces en la tradición e historia propias nos hace vulnerables a las influencias extrañas que nos apartan de lo original y autóctono; sin embargo, él concede más fuerza a la capacidad de preservar lo propio que a la absorción por la cultura extraña. Otra idea martiana significativa es la no consideración del destierro como un período para estar en una actitud estática, sino como un tiempo aprovechable para luchar por la libertad de la Patria.

En el capítulo en que Piñera analiza el problema de la libertad hace un planteamiento histórico de esta cuestión a partir de los filósofos griegos; expone la doctrina de Kant, Hegel, Kierkegaard, Bergson, Jaspers, Sartre, Camus, Witehead, Heidegger, etc. Aborda también el proceso histórico de la libertad política en el mundo occidental, cuestión que interesó muchísimo a Martí: aquí estudia el inicio de la democracia en Grecia y en Roma y sobre todo el fenómeno de la Revolución Francesa de 1789 con su repercusión en Europa y América. El autor subraya en este punto el hecho de que la libertad constituye para nuestro Apóstol la esencia de la vida y de la personalidad humana, porque quien carece de libertad no es enteramente hombre y quien priva de ella a un semejante carece de dignidad, pues la muerte de la libertad equivale a la muerte moral del ser humano.

El autor profundiza esta cuestión de la libertad tal como es tratada en los textos martianos. Aparece la libertad como la natural atmósfera del hombre y como fuerza espontánea de su ser: la libertad es hacer y no hecho, proceso y no resultado; nunca se alcanza totalmente la libertad, siempre aparecerá en el horizonte una porción de libertad que habrá que conquistar. Se observa también la íntima relación de la libertad con la inteligencia: la libertad es la condición indispensable para el espíritu creador; Martí fue un apasionado de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión.

Pero Martí no sólo afirmó y defendió la libertad personal, sino también y fundamentalmente la libertad colectiva, la libertad de los pueblos: en forma alguna se podría pensar que el hombre es libre si usa de su libertad para negarla a otro; él vio siempre a la libertad como lo opuesto al egoísmo y al aprovechamiento de unos hombres sobre otros. "La fundamental preocupación de Martí —escribe Piñera— con respecto a la libertad es política, porque indudablemente, si esta última existe y opera con la eficacia con que debe hacerlo, las demás libertades lo harán igualmente, ya que de estar regida una sociedad por normas del más estricto derecho, el ciudadano se ve respaldado por todo cuanto le corresponde como persona" (p.396). Martí estuvo siempre muy atento a la falta de libertad dondequiera que fuese y de modo muy especial en el continente americano; para él la dignidad de los pueblos estriba en saber defender su libertad y a la vez respetar la de los demás pueblos. Sin ninguna duda la libertad de Cuba condensa y expresa toda la obra de pensamiento y acción del Apóstol: su obsesión permanente fue que Cuba alcanzara su liberación y no estuviera jamás sometida a ninguna tiranía ni a imperio alguno; para él libertad y Patria fueron cuestiones indisociables y primordiales, por ambas vivió y murió, pagando el precio más alto, el de su propia sangre vertida por la libertad de su Patria.

El tema de la Patria (expuesto en el capítulo final de esta obra de Piñera) fue centro de atención de profundas y precisas reflexiones martianas. El autor expone primeramente el desarrollo del sentimiento de patria en Cuba tal como se manifiesta en Félix de Arrate, Arango y Parreño, José Mª Heredia, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte y otros. En el sentir del Apóstol la Patria no es una entidad abstracta, sino el pueblo real. Su sentimiento de amor a la patria se traduce en acción que antepone al interés individual el servicio a la causa de la dignidad y libertad de un pueblo. Es lo que hizo Martí todos los días de su breve y dramática existencia: ofrendarla a su Patria.

En esta extensa y compleja obra se encuentran análisis y consideraciones, basados tanto en un profundo conocimiento de la obra martiana como en el dominio de la historia de la filosofía contemporánea, que requerirían un estudio más detallado y preciso para deslindar y calibrar mejor la doctrina propiamente dicha del Apóstol de lo que es la interpretación, en líneas generales valiosa y enriquecedora, realizada por Humberto Piñera.

4) Raúl Fornet Betancourt (1946)

El profesor Raúl Fornet-Betancourt, director del Departamento de América Latina del Missionswissenschaftliches Institut Missio de Aachen (Alemania) y director de la Revista Internacional de Filosofía "Concordia", es un filósofo cubano que ha desarrollado su trabajo docente en Universidades alemanas y también en España y en Latinoamérica; se ha especializado en los problemas de la filosofía latinoamericana, con atención preferente al movimiento de la filosofía de la liberación. Su reflexión durante los últimos años se ha centrado en un programa de Filosofía Intercultural como vía para comprender y para proyectar la filosofía latinoamericana, el cual se ha concretizado en una serie de encuentros entre destacados filósofos alemanes y latinoamericanos, cuyo resultado son cinco volúmenes ya publicados cuyo núcleo temático es la confrontación entre la ética discursiva y la ética de la liberación.

En referencia al tema que nos ocupa me interesa considerar los trabajos que Fornet ha dedicado en el transcurso de varios años a diversos aspectos filosóficos y sociales del pensamiento martiano [entre ellos la entrada sobre Martí en el Proyecto Ensayo Hispánico].

En el primero de estos trabajos8 la tesis defendida por R. Fornet-Betancourt consiste en que Martí, a pesar de estar siempre del lado de los oprimidos que demandaban justicia y libertad y pese a la radicalidad de sus ideas sociales y políticas, no puede ser adscrito ideológicamente al marxismo. El análisis de varios textos fundamentales realizado por el autor demuestra que estas ideas martianas se fundamentan en el humanismo y en una concepción moral que rechaza la violencia como solución de los conflictos sociales, que deben ser resueltos por las vías del diálogo y de la fraternidad, lo cual pienso que es coherente con el fondo cristiano de su pensamiento. Fornet acierta al defender que Martí no aceptó el principio marxista de la lucha de clases (por eso no comparte la interpretación hecha por algunos marxistas acerca de que Martí postergó por "razones estratégicas" el problema de la lucha de clases en Cuba) porque su ideal político fue siempre la creación de una república democrática y abierta a todos, cuya ley primera fuera el culto a la dignidad plena del hombre, razón por la cual la inevitable revolución para dar paso a dicha república debía de ser una revolución basada en el amor y no movida por el odio entre los hombres, una revolución impregnada de valores cívicos y populares y no presidida por el caudillismo y el militarismo propios de los generales en armas.

Sobre ese mismo humanismo martiano que convierte la dignidad de la naturaleza humana en la única fuente legítima de derechos se fundamenta también el planteamiento de Martí al ocuparse en sus textos del fenómeno racista en Cuba, apostando claramente por la defensa de la libertad y de la igualdad del negro, cuestión que ha sido afrontada de manera lúcida y precisa en otro estudio realizado por Fornet9. En el mismo se demuestra el rechazo abierto y fundado (tanto filosófica como políticamente) de Martí ante las posiciones racistas propagadas por la oligarquía cubana, la cual utilizaba al servicio de sus intereses económicos mediante el mantenimiento del sistema esclavista la tesis del peligro que suponía la raza negra para el futuro de Cuba. El trabajo deja patente que Martí combatió el racismo en nombre de la esencial e inalienable igualdad del ser humano; su defensa del negro se inscribe en su defensa de los derechos del hombre y su condena del racismo en el hecho de considerarlo como una injusticia contra la dignidad humana, lo cual lo convierte en un fenómeno inmoral e inhumano. Por otra parte, cuando el Apóstol pondera las cualidades de la raza negra —el amor de ésta a la libertad, su cultura, su carácter amable, etc.— para salir al paso de los falsos prejuicios del hombre blanco, lo que pretende es, según observa de modo certero el autor, revestir de naturalidad su opción política por la integración del negro en la comunidad cubana de hombres libres de la futura república, no sólo como reconocimiento de su derecho fundamental en cuanto ser humano, sino también de un derecho ratificado con su participación en la lucha por la independencia cubana.

En otro trabajo publicado por R. Fornet10 he encontrado un análisis de la interpretación martiana acerca de la "conquista" de América. El estudio investiga la idea nuclear de dicha visión, desarrollada a partir de la experiencia personal de quien percibió la conquista española en términos de trágico conflicto, cuya idea —a juicio de Fornet— no hace sino reflejar el destino histórico de quienes más sufrieron en dicho acontecimiento. La exposición del autor se centra en un texto martiano ("El hombre antiguo de América y sus artes primitivas") en el que Martí sintetiza su interpretación del hecho de la conquista como una desdicha histórica y un crimen natural, dado que la misma cortó toda posibilidad de desarrollo histórico y cultural propios en los pueblos de América. Desde esta sólida base textual Fornet puede precisar que para Martí la conquista no se convirtió en un encuentro de culturas (conforme con la interpretación hoy en boga desde sectores oficiales) sino que consistió en un ejercicio de invasión y de opresión del conquistador sobre los conquistados. Fue la suerte de estos últimos —según observa Fornet— el criterio utilizado por Martí para enjuiciar la conquista: la desdicha histórica del atropello de su cultura se concreta en la violencia de tener que vivir como "desarraigados" en su propio contorno natural. En su comentario concluye el autor que el conquistador fue incapaz de percibir al otro en su realidad distinta, es decir, que no se puede hablar de encuentro, sino de descubrimiento, o peor aún, de encubrimiento, pues en realidad se robó al hombre autóctono americano el espacio cultural donde se manifiesta su propia identidad humana.

Otro estudio posterior de este joven filósofo cubano trató los contenidos teológicos implícitos en el pensamiento de Martí11. Desde el contexto histórico del proceso independentista cubano en el que acontece y desde el cual se comprende la trayectoria intelectual y política de Martí, se abordan dos cuestiones necesariamente relacionadas entre sí: el concepto de Dios experimentado por el Apóstol cubano y su crítica de la razón teológica establecida en el régimen colonial. ¿Quién es el Dios de Martí? El descubrió desde la experiencia del presidio y del sufrimiento a un Dios que toma partido por la vida del maltratado, a un Dios vinculado a la liberación de los pobres y oprimidos. Lo más importante es que dicha experiencia de Dios implica el compromiso de rebelión profética contra el orden establecido (el orden colonial, injusto y opresor). En consecuencia Martí criticó y rechazó la teología de la Iglesia católica en América, divorciada de las aspiraciones de libertad del pueblo, en colaboración con un régimen político opresor que impedía la transformación de la realidad sociopolítica del continente, catolicismo que daba la espalda al Jesús defensor y liberador de los oprimidos. El análisis que ha hecho Fornet señala unas interesantes perspectivas de trabajo que la actual teología latinoamericana podría desarrollar en diálogo con los textos martianos y que contribuiría seguramente a vincularla más a las raíces autóctonas de nuestros pueblos.

En trabajos más recientes el profesor Fornet ha desarrollado diversos aspectos referidos a la filosofía de Martí que considero de interés conocer por lo que sugiero la lectura y un estudio más completo de los mismos especialmente por parte de los filósofos.

En el titulado "José Martí y la filosofía"12 presenta a Martí como un "transformador" de la filosofía que plantea un modelo nuevo de filosofar caracterizado por su intervención en el proceso real de las sociedades y de las culturas, es decir, que se trata de una filosofía creadora incardinada en la dialéctica histórica de la liberación del hombre. Para ello la filosofía necesita contextualizarse y es lo que hace Martí al proponer la creación de una filosofía americana que se ocupe con preferencia de los problemas de los países de Nuestra América, fundamentalmente de satisfacer sus demandas de justicia y de libertad. Fornet considera que este modelo martiano de filosofar está perfectamente representado en el ensayo "Nuestra América" que él califica como "manifiesto de la inculturación" puesto que ejemplifica, en cuanto modelo de pensamiento creativo, no una filosofía construida desde ideas y tradiciones extrañas o importadas, sino alimentada con la savia del propio suelo, es decir, un pensamiento inculturado que busca soluciones originales a los asuntos propios de América. Otra característica importante del filosofar martiano, oportunamente señalada por el autor, es su articulación como pensar que expresa los intereses de los marginados con la finalidad decidida de cancelar precisamente la situación histórica de la marginación, lo cual la convierte en una filosofía comprometida en la transformación real del mundo histórico y la define como filosofía práctica y ética.

Un complemento del anterior es el estudio referente a Martí considerado como un clarividente y constructivo crítico de la filosofía europea13. Dicha crítica está formulada por Martí desde la exigencia de que la filosofía sea una reflexión que contribuya a la liberación del hombre en todos sus niveles y también desde la acertada creencia de que la filosofía europea no es toda la filosofía. Después de atender a algunos aspectos concretos de la filosofía europea criticados por Martí, puntualiza Fornet que estamos ante una crítica "transformadora" de dicha filosofía, puesto que Martí la asume y la supera mediante alternativas que podrían renovarla, promoviendo la relativización de su pretendida universalidad y el desarrollo de una nueva filosofía pegada a la historia y con ambiciones éticas que contribuirían a una creciente humanización del hombre.

Es indudable el interés que suscita este conjunto de estudios martianos realizados por R. Fornet-Betancourt, que son ricos en sugerencias para futuras reflexiones de los estudiosos de Martí y que demuestran que el pensamiento de éste continúa vivo y constituye también en nuestro tiempo una base sólida para afrontar los problemas actuales en la realidad siempre palpitante de Latinoamérica.

5) Jorge Gracia (1942)

Este prestigioso filósofo medievalista, Profesor de la State University of New York, Buffalo (SUNY-Buffalo) y autor de un importante conjunto de trabajos acerca de cuestiones metafísicas, ha investigado también diferentes aspectos de la filosofía latinoamericana y dentro de este contexto nos interesa dar cuenta de su valiosa aportación al estudio de la antropología positivista del filósofo cubano E. J. Varona14.

Según J. Gracia la antropología de E. J. Varona (1849-1933) se reduce al estudio de los fenómenos psíquicos desde un análisis empírico que pretende tratar la condición ontológica del hombre (yo) en términos exclusivamente fenoménicos, de conformidad con la tradición empírico-positivista, que en su expresión más dura concibe la realidad del yo como un epifenómeno de lo físico, como algo sin entidad substancial, como mero haz de sucesivos e interrelacionados fenómenos que producen la ilusión de pertenecer a un "algo" que los sustenta. Sin embargo desde este fenomenalismo sostuvo Varona el dualismo (mente-cuerpo) de la experiencia humana entendido como un paralelismo entre fenómenos (mentales-corpóreos) correlativos y a la vez irreductibles entre sí.

Ya en su ensayo "La evolución psicológica" (1879) —en el cual se centra el estudio de Gracia— Varona rechaza la reducción radical de lo psíquico a lo fisiológico (Haeckel); y en sus trabajos más maduros —Conferencias Filosóficas: Psicología (1881-1883) y Curso de Psicología (1905)— se comprueba que Varona se aleja de tal reducción y termina en un paralelismo entre lo mental y lo fisiológico considerados como fenómenos irreductibles entre sí.

En el primero de estos ensayos Varona plantea la cuestión nuclear del problema del hombre: "¿Qué nos dice la evolución sobre la aparición y manifestaciones de la actividad psíquica en la naturaleza?"15.

Según la teoría haeckeliana la actividad psíquica no es sino una peculiaridad de cierta actividad fisiológica, sin embargo para Varona dicha actividad psíquica es sólo un grado mayor de diferenciación orgánica, acompañada de un grado mayor de coordinación interna, términos que expresan más una diferencia cuantitativa que cualitativa entre lo psíquico y lo no-psíquico. Pero, si para Varona no hay diferencia cualitativa ¿por qué no reduce lo psicológico a lo fisiológico, como hace Haeckel? —se pregunta Gracia. A su juicio la solución formulada por Varona luce ambigua: el fenómeno fisiológico necesita "acentuarse y determinarse" para convertirse en psicológico —sostiene Varona. Según Gracia esto no resuelve el problema. Lo cierto es que Varona reconoce que carece de base científica para formular una hipótesis dado que "la psicología contemporánea no ha resuelto aún de una manera satisfactoria el problema de la transformación de la corriente nerviosa, fenómeno objetivo, en percepción o ideación, fenómeno subjetivo, pero ha puesto fuera de duda que estos fenómenos están indisolublemente unidos, que son las dos fases de un solo y mismo fenómeno" ("La evolución psicológica", p. 201). Por esto Varona rechaza tanto la introspección como el examen fisiológico por separado en cuanto método único de la psicología; por el contrario, su tesis es la utilización de ambos métodos si se quiere llegar a una explicación correcta de lo psicológico.

Según el estudio de Gracia en el citado ensayo varoniano "se intenta explicar el problema psicosomático desde una perspectiva reductivista aunque se adopta metodológicamente una posición dualista. La razón detrás de esto —prosigue el autor— es que el contexto del ensayo es evolucionista y, por lo tanto, su propósito principal es poner en evidencia la continuidad entre el hombre y el animal. Lo sorprendente —concluye— es que aun aquí Varona no reduzca por completo el hombre a la naturaleza como era de esperarse, sino que mantenga cierta ambivalencia en su explicación"16. Según el autor dicha ambigüedad desaparecerá en textos posteriores donde Varona desde una actitud puramente fenomenalista postula un paralelismo psicosomático estricto basado en la irreductibilidad de los datos de la experiencia empírica. Queda claro que Varona rechaza tanto la reducción del fenómeno subjetivo al objetivo postulada por la psicología fisiológica como también la reducción del fenómeno objetivo al mental defendida por el espiritualismo. Para el positivista cubano el supuesto fundamental de la ciencia psicológica es la irreductibilidad fenomenal de la mente al cuerpo, de lo mental a lo objetivo.

Sin embargo, la conclusión del estudio de J. Gracia es que a pesar del énfasis en la irreductibilidad de lo psíquico a lo físico, la ambigüedad de Varona no lo libra totalmente de caer en la fosa del reductivismo positivista, ya que describe la unidad psíquica como unidad funcional que es producto de unos procesos similares a los orgánicos. En definitiva, que según este planteamiento el dualismo se sitúa del lado del fenómeno y no en la dimensión psíquica del hombre, que es un producto más de procesos fisiológicos, lo cual convierte al "yo" en una realidad funcional carente de substancialidad. Lo que sí reconoce el autor es que Varona mantiene insistentemente la distinción entre lo mental y lo físico, distinción que sería mal vista por una rama del positivismo a la que perteneció en América Latina el argentino José Ingenieros.

Probablemente alguien pensará que J. Gracia podría haber tratado otros aspectos de la antropología de Varona que, en estos estudios suyos, ha quedado reducida exclusivamente al problema de los fenómenos mentales y de la constitución científica de la psicología. Pero en realidad tal limitación encuentra su razón de ser en el mismo planteamiento positivista de Varona, quien al negar cualquier otro acceso distinto de la experiencia empírica en el conocimiento de la realidad, despoja a la antropología de toda fundamentación metafísica y reduce la realidad humana a la dimensión natural psicobiológica, lo cual impide una visión comprensiva e integral del hombre en cuanto ser espiritual, cultural, personal, libre, moral, trascendente, etc. Desde el reconocimiento de este corto alcance de una antropología positivista, lo que resulta factible es plantear de manera más explícita el problema referente al determinismo del comportamiento humano aceptado por Varona, lo cual compromete seriamente la existencia y realización de la libertad humana. Pero también en esta cuestión surge la ambigüedad del filósofo cubano al hacer suyas las tesis spencerianas de confianza absoluta en la ciencia y en el progreso social como instrumentos para producir en la sociedad y en los individuos grados mayores de libertad y de bienestar. Esto a mi juicio revela las dificultades vividas por Varona para poder conciliar sus posiciones filosóficas positivistas con las exigencias de emancipación social y política de su pueblo que él sin duda asumió responsablemente.

6) Ignacio Delgado (1945)

Terminaré este capítulo con unas referencias a mis propios trabajos acerca de algunos de los ya citados filósofos del siglo XIX que culminaron el proceso constituyente de nuestro pensamiento autóctono. En primer lugar haré una breve consideración del estudio acerca de los filósofos José del Perojo y Rafael Montoro17. A continuación me detendré en unas reflexiones de mi trabajo sobre José de la Luz y Caballero y sus Aforismos18. Por último me ocuparé también de mi modesta aportación al estudio del pensamiento de José Martí19.

Del neokantiano Perojo (1852-1908), nacido en Santiago de Cuba y residente casi toda su vida en España, aunque representó a su país en las Cortes como diputado del Partido Autonomista, mi estudio ha destacado su importante función modernizadora de la filosofía española, sobre todo mediante la creación de la "Revista Contemporánea" (1875) que él mismo dirigió hasta 1886; el núcleo de mi trabajo fue el análisis de sus conocidos "Ensayos sobre el movimiento intelectual en Alemania" que vieron la luz en las páginas de la "Revista Europea" y posteriormente en forma de libro se convirtió en su aportación filosófica más notable en defensa del neokantismo como filosofía novísima que intentaba la superación tanto del idealismo absoluto como del positivismo.

Mi estudio sobre Montoro (1852-1933), intelectual cultísimo, eminente orador y político liberal del Partido Autonomista, se ocupa de la actividad filosófica que él desarrolló en España durante el período 1867-1878, cuando tanto destacó en los debates del Ateneo de Madrid y en sus artículos de la "Revista Contemporánea", pero se centra de manera especial en sus trabajos de la "Revista Europea" que tienen un carácter más filosófico que aquéllos: con uno intervino en la célebre polémica sobre el krausismo, mostrándose bastante crítico con la figura de Krause, y en otro analiza el citado libro de su paisano y amigo Perojo, expresando sus reservas acerca del neokantismo y mostrando sus simpatías por el hegelianismo.

En mi trabajo sobre Luz y Caballero destaco su perfil de gran educador de la juventud cubana, a la que supo inculcar con su ejemplo y con su palabra un alto concepto de la verdad, el sentido de la justicia y la responsabilidad de trabajar por la libertad de su patria. Subrayo también su aportación a la renovación de los estudios filosóficos en Cuba, incorporando a la enseñanza las corrientes modernas del empirismo (Bacon y Locke) y del sensismo (Condillac) a pesar de lo cual no recaló en posiciones materialistas según la acusación de sus adversarios en la célebre "Polémica Filosófica" sobre el eclecticismo que él protagonizó en contra de esta corriente. Coincido con M. Vitier y otros analistas al entender que el pensador cubano se mantuvo dentro de los límites de un empirismo moderado que no le impidió formular los principios de una filosofía marcadamente axiológica y abierta a la trascendencia en consonancia con su fe cristiana.

Esto es lo que revelan sus sabios Aforismos, variada y profunda síntesis de su filosofía, reflejo de su gran sensibilidad y de su hondo espíritu de observación y de análisis de los más diversos aspectos de la vida, del saber, del hombre, de la sociedad, de la religión, etc., cuyas apreciaciones son resultado de un arduo y silencioso proceso reflexivo apoyado en una sólida formación humanista y cristiana.

Como muestra del sabroso contenido filosófico de los Aforismos aporto las siguientes consideraciones: 1) La Filosofía según Luz debe de ocuparse de los problemas radicales del hombre y está llamada a desarrollar una acción crítica y transformadora en el proceso de la historia; 2) En ellos aparecen dos profundas convicciones del pensador cubano: la necesidad de la religión para la humanidad y la identidad entre filosofía y religión, considerados dos torrentes que conducen al mismo seno de Dios; 3) La concepción educativa de los Aforismos posee plena vigencia en los tiempos actuales: no se entiende la educación como transmisión de conocimientos y preparación de profesionales (instrucción), sino en cuanto formación integral de hombres plenos y auténticos que encarnen en sus vidas los valores y las virtudes que los conviertan en agentes transformadores de la sociedad; 4) La preocupación lucista por los principios morales y los altos ideales ha quedado también reflejada con total claridad en estos textos: él luchó contra la tesis de la moral utilitaria en nombre y en defensa de una moral de ideales; defendió la subordinación de la política a la ética; combatió la esclavitud y todos los vicios del despotismo colonial; predicó la libertad, la fraternidad cristiana y la justicia a la que designó con bella metáfora "ese sol del mundo moral".

Finalmente deseo expresar mi convicción, coincidente con otros autores aquí anteriormente citados, de que Luz y Caballero, con su ejemplo y con su magisterio vivo contribuyó en gran medida a acelerar el proceso de Cuba hacia su independencia y su libertad, que otros supieron alcanzar con su sacrificio generoso.

Mis trabajos sobre José Martí se han centrado en dos grandes cuestiones que en esta ocasión sólo es posible indicar brevemente: en primer lugar, la visión martiana acerca de la realidad original de "nuestra América" y del hombre americano; en segundo lugar, su filosofía de la autenticidad y de la libertad como valores fundamentales de la vida humana20.

1) Martí fue sin duda uno de los grandes conocedores de la realidad latinoamericana. En importantes ensayos —"El presidio político en Cuba", "Guatemala", Nuestra América"— y en infinitud de artículos y de cartas manifiesta su nítida visión de los problemas esenciales de América y del hombre americano. Se trata de una reflexión contextualizada que nace de su experiencia vital, de su conocimiento y de su compromiso con la realidad latinoamericana.

El tema nuclear del análisis martiano fue el de la originalidad y autenticidad de nuestra América, es decir, de la América latina o española: una vez consumada la "interrupción del proceso natural" del continente americano, mediante la "ingerencia de una civilización devastadora" que superpone a estos pueblos formas culturales (políticas, económicas, religiosas) ajenas a su naturaleza, no hay otra salida, a juicio de Martí, para los pueblos americanos de su tiempo que la superación de esa etapa negativa y dramática, para lo que es imprescindible recuperar su originalidad, su cultura, su "alma propia", su libertad. La lectura de su ensayo "Los Códigos nuevos" (Guatemala, 1877) me ha sugerido distinguir tres momentos en el proceso histórico-dialéctico de la formación de la realidad americana: El momento originario, previo a la conquista española, viene constituido por lo que Martí llama la "obra natural" o "civilización americana", es decir, el momento del pueblo indígena y de su cultura propia. El segundo momento, el de la negación de la realidad original o de la interrupción del proceso natural de América, viene marcada por la conquista de los europeos, por la ingerencia de una civilización devastadora. Y finalmente se plantea el tercer momento, el de la superación de la contradicción, el momento en que el pueblo mestizo que deviene de la conquista devastadora, se supera y se transforma mediante el proceso de la reconquista de su libertad, es decir, mediante la lucha por la recuperación de su "alma propia", mediante la superación del extrañamiento o enajenación de su espíritu, mediante la identificación con las raíces de su ser originario. Para Martí lo importante es el momento histórico en que él vive, que no es otro que esa última y definitiva etapa, durante la cual los pueblos americanos están superando el período de la larga colonización dominadora y realizando la reconquista de su libertad y la recuperación de su alma propia.

Unos años más tarde, sobre todo en su ensayo "Nuestra América" (1891) y en otros escritos de dicha época, ratifica y profundiza en las ideas anteriores. El planteamiento central de este texto es que Latinoamérica debe abandonar la imitación, debe buscar su propia identidad y expresar su originalidad. Unos meses antes de morir (1895) Martí había llegado a la convicción de que América Latina estaba a punto de culminar su proceso de independencia y de autonomía cultural con carácter irreversible. Sin embargo, a pesar de su natural idealismo utópico, no pecaba Martí de un optimismo desorbitado, sino que percibía que la libertad e independencia de "nuestra América" se realizaba en función de la "otra América": la conciencia del peligro de Norteamérica para los países latinoamericanos fue una constante referencia en el pensamiento martiano.

Su análisis de la situación histórica del hombre americano le revela la realidad contradictoria en que éste ha vivido inmerso, que resulta finalmente superada mediante un proceso de afirmación de su autenticidad y de recuperación de su libertad. Es en "Nuestra América", al plantearse cuestiones radicales —¿Qué éramos los americanos?, ¿Cómo éramos?, ¿Cómo somos?—, donde expone con mayor rigor intelectual la génesis del "nuevo hombre americano": el hombre enmascarado y falso, que vive de espaldas a su propia realidad y dominado por formas culturales y políticas impuestas y extrañas, ha dado paso al hombre "natural", "mestizo", que examina críticamente esa civilización deformadora, cambia el dogma y la creencia por la crítica y el examen, recupera su naturaleza original interrumpida, empieza a crear un pensamiento propio, recobra su "alma propia" y comienza a ser él mismo, a ser auténtico y libre. Entiendo que este proceso de "naturalización" del hombre latinoamericano no tiene en Martí la intencionalidad de clausurarle en la inmediatez de su paisaje peculiar y de su cultura diferente, sino que el nuevo hombre americano desde la conciencia de su ser propio (afirmación de la identidad) puede proyectar su vida por los mismos caminos de autenticidad y libertad que cualquier otro ser humano, pues su destino está en ser plenamente hombre en igualdad total con todos los seres humanos del universo.

2) Este planteamiento explica la atención que el Apóstol concedió a las cuestiones de la autenticidad y de la libertad humanas, hasta el extremo de que constituirían el núcleo de su proyectado libro "El concepto de la vida" que no llegó a escribir; a pesar de no redactarlo, la defensa de la dignidad constitutiva del hombre le condujo a plantear en numerosos textos el tema de la existencia auténtica, en sintonía con autores como Carlyle, Emerson y Nietzsche.

Martí pretendía reivindicar la infalsificable naturaleza humana y la verdad como guía de la existencia frente a la inautenticidad y falsedad artificial de la vida generada por el mundo social de las convenciones. Para vivir en la autenticidad el hombre necesita ser libre (existe una implicación recíproca entre la autenticidad y la libertad), necesita pensar y vivir desde sí mismo y no compelido y dirigido por otros. Ésta es la que Martí llama libertad real y esencial, la libertad del espíritu, la que es condición para la libertad política y sin la que poco vale la libertad formal del derecho. El vio que el problema de los hombres de su tiempo lo produjo el hecho negativo de que vivieron de espaldas a esa exigencia de libertad, la cual es un valor tan excelso que ha de pagarse por ella un alto precio en trabajo y en sacrificio.

Otra idea que he procurado destacar en mis estudios es la dimensión política de la libertad: según Martí para que los pueblos alcancen su verdadera independencia no basta con el cambio de las formas externas, sino que se requiere un profundo cambio de espíritu capaz de ver y asumir que la vida política consiste en el reconocimiento del derecho de todos a participar libre y democráticamente en el ejercicio de la vida pública. El concibe además la libertad como un instrumento activo que genera condiciones de igualdad, justicia y solidaridad entre los hombres, con lo cual la libertad adquiere la categoría de un necesario valor humanizador y emancipador.

Pienso que el ideario filosófico-político martiano, cuyo objetivo primordial fue la defensa de la dignidad y de la libertad de los hombres, posee aún plena validez para proceder a una revisión crítica de los planteamientos socio-políticos practicados en los países latinoamericanos durante el siglo que acaba y para inspirar nuevas y esperanzadoras empresas de liberación en nuestro continente durante las próximas décadas. En muchos de estos países perduran todavía las que Martí llamó "formas coloniales" de gobierno (es decir, formas injustas, caciquiles y opresoras) que, aunque puedan estar revestidas de cierto tinte democrático, en realidad el poder se ejerce sólo en beneficio de unas minorías privilegiadas y sin una verdadera participación democrática de todas las clases o sectores activos y productivos de la población. Bastaría recordar que hace más de cien años Martí denunció la marginación de los indios y defendió su plena incorporación a la sociedad y, sin embargo, continúa el bochornoso espectáculo de amplias y determinadas poblaciones indígenas que sobreviven en medio de condiciones infrahumanas, sometidas a torturas, vejaciones, matanzas indiscriminadas y demás violaciones de los derechos humanos. A todo ello podríamos añadir la situación de marginación y de miseria, muy lejos de las más mínimas exigencias humanas de justicia y de promoción social, en que se hallan todavía muchos sectores de grandes núcleos urbanos que sufren el desempleo, las carencias sanitarias y educativas, la drogadicción, etc. No es posible silenciar tampoco el hecho de aquellos países latinoamericanos en los cuales la ausencia del pluralismo político y del respeto a los derechos civiles fundamentales les cierra como a los anteriores el acceso al desarrollo económico y social que los acerquen a las sociedades desarrolladas y libres del mundo. Este panorama justifica la vigencia del proyecto martiano y su utilidad en la tarea de confrontar críticamente (esta debe ser siempre la función del verdadero intelectual) la realidad y las situaciones históricas de cada época con aquellos ideales que la razón vislumbra y anticipa como horizonte utópico de una plena realización tanto personal como comunitaria conforme con la dignidad constitutiva de todo ser humano, criterio que se cumple perfectamente en el ideario de nuestro Apóstol.

Es indudable que éste fue también el mismo criterio que sirvió de guía y de impulso a estos próceres cubanos de quienes tratan los trabajos aquí comentados, cuyo insigne magisterio constituye una fuente inagotable de valores y de verdades para las futuras generaciones de cubanos.

Conclusión

Según nuestros datos y reflexiones salta a la vista que entre los grandes pensadores cubanos de nuestro siglo de oro (siglo XIX) la figura de Martí ha merecido la atención preferente de los filósofos cubanos que salieron de Cuba después de la revolución de 1959. Este hecho viene a corroborar que Martí no sólo fue un excelente escritor y un ejemplarizante político, sino además un pensador profundo que forjó y nos legó una concepción original y rigurosa del mundo y del hombre.

La última razón de tal preferencia por Martí sin duda radica en la coincidencia generalizada de que el pensamiento martiano en toda su amplitud representa y constituye la síntesis y culminación de la obra de los ilustres filósofos cubanos que le precedieron a él y fueron sus maestros.

Hay que reconocer que R. Agramonte ha sabido analizar y organizar sistemáticamente lo mejor de la filosofía martiana, nacida fundamentalmente de la propia experiencia de su creador y por eso mismo centrada principalmente en la temática de la existencia humana.

El gran ensayista J. Mañach ha sabido profundizar en la realidad más honda e íntima de la persona de Martí intentando acceder a la raíz de su ser en la que se fundan su pensamiento, su palabra y su acción, las tres manifestaciones esenciales e integradas de aquel espíritu extraordinario que germinó, floreció y maduró a través de su trayectoria vital, primero en Cuba y luego en el exilio. Según Mañach fue el de Martí un espíritu marcado por las tres grandes pasiones —amor, deber y sacrificio— que labraron su conciencia moral, enraizada en los más altos valores éticos, que culminaron en la entrega total a la liberación de su patria, lo cual según el autor es como un símbolo de la más ambiciosa y heroica vocación del Apóstol hacia lo absoluto.

En cuanto al profesor H. Piñera ha procurado calar en el fondo metafísico de Martí desde una perspectiva existencial en la cual el sentimiento y la vida prevalecen sobre las ideas. Desde los textos autobiográficos construye la personalidad del pensador cubano sobre los hondos sentimientos del amor, del dolor y sobre todo del deber, que hizo de Martí un ser en estado de "perpetua obligación" hacia los otros. Piñera, admirador de la filosofía de la existencia, subraya la filosofía de la vida contenida en los textos martianos donde prevalece el concepto de la "vida espiritual" y el carácter axiológico de la vida humana. Ha subrayado también el lugar muy especial que en la axiología martiana ocupa la libertad, esencia de la vida humana, sin la cual el individuo no se hace plenamente hombre ni los pueblos adquieren su verdadera dignidad. Dada la identificación martiana entre patria y libertad, ha concluído Piñera que la libertad de Cuba condensa y expresa toda la obra de pensamiento y de acción del Apóstol. En general todos los estudios aquí comentados coinciden en destacar la innata vocación de Martí al servicio de la lucha por la independencia y por la libertad de Cuba.

Los trabajos de R. Fornet han esclarecido aspectos puntuales de gran interés y siempre con referencias directas a los textos del pensador cubano. Fornet ha dejado demostrado que Martí no fue marxista; que su revolución era antiviolenta y que el fin de la misma era la creación de una república democrática y abierta a todos los cubanos; que combatió el racismo en nombre de la esencial igualdad de los seres humanos; que concibió la conquista de América como un ejercicio nefasto y repudiable de invasión y de opresión de los pueblos; que rechazó la teología oficial católica en América y se identificó con el Cristo liberador de los pobres y de los oprimidos; que Martí entendió la filosofía como un pensamiento inculturado en la realidad americana y transformador de las condiciones sociales y culturales de los pueblos latinoamericanos.

En cuanto a mis propios estudios acerca de Martí me parece que muestran su amplia y original visión de la realidad americana y de la trayectoria histórico-cultural del hombre americano. Analizan también su filosofía de la autenticidad y de la libertad que constituyen valores esenciales de la vida humana, la cual le sirvió de base para enjuiciar no sólo los desmanes de la conquista y de la colonización de América, sino también las políticas "coloniales" injustas y opresoras de los gobiernos en las repúblicas independientes americanas.

Ante el hecho de que muchas de las situaciones de marginación y de injusticia denunciadas por Martí existen todavía un siglo después en numerosos países de "nuestra América", pienso que su palabra y su proyecto filosófico-político de liberación continúan vigentes y pueden ser eficazmente aprovechados en la construcción de unas sociedades más justas y más libres en coherencia con lo que exige la dignidad de los hombres y de los pueblos. Proyectar la enseñanza martiana hacia la comprensión y la resolución de los importantes problemas del siglo XXI podría ser un buen punto de coincidencia de todos los filósofos cubanos interesados en la obra de Martí. Lo cual se podría extender a las enseñanzas de otros ilustres pensadores cubanos: Varela, Luz y Caballero, Saco, Varona y algunos más, que enriquecieron con su saber y con su magisterio las almas de sus conciudadanos.

Notas

  1. José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana, La Habana 1952. R. Agramonte publicó en 1944 la Philosophia electiva (1797) del P. Caballero en la "Biblioteca de Autores Cu-banos" que incluye un estudio preliminar de la misma.
  2. Ver su libro El Padre Varela, "El que primero que todo nos enseñó a pensar", La Habana 1937. Es importantísima la tarea del autor como editor de las Obras Completas del Pbro. Félix Varela en la Biblioteca de Autores Cubanos, Universidad de La Habana 1944-45.
  3. Varona, el filósofo del escepticismo creador, La Habana 1949.
  4. Martí y su concepción del mundo, Puerto Rico 1971, p. 770.
  5. Editado por Espasa-Calpe en 1933, fue reeditado en 1942 con leves retoques; en 1963 apareció la tercera edición con una nota del autor escrita un año antes de morir en Puerto Rico (mayo de 1961). En 1950 se editó en Nueva York con prólogo de Gabriela Mistral y reeditado en 1963 (Las Américas Publishing Co.).
  6. El espíritu de Martí, San Juan de Puerto Rico 1973.
  7. Este libro ha sido editado en Ediciones Universal, Miami (Florida) 1981.
  8. "Anotaciones sobre el pensamiento de José Martí y la posibilidad de interpretarlo desde un punto de vista marxista", en Cuadernos Salmantinos de Filosofía IV (1977) 223-249.
  9. "José Martí y el problema de la raza negra en Cuba", en Cuadernos Americanos 7 (1988) 124-139.
  10. "La Conquista: ¿una desdicha histórica? Una aproximación al problema desde José Martí", en Cuadernos Americanos 32 (1992) 186-195.
  11. "José Martí y la crítica a la razón teológica establecida en el contexto del movimiento independentista cubano a finales del siglo XIX", en Cuadernos Americanos 52 (1995) 81-103.
  12. Ver Ette,O. y Heydenreich, T. (Eds.), José Martí 1895-1995, Frankfurt/M. 1994, pp.43-55.
  13. "José Martí y su crítica de la filosofía europea", en Educaçäo e Filosofía 18 (1995) 127-133.
  14. "Medio siglo de antropología filosófica en la América Latina", en Cuyo, Anuario de Historia del Pensamiento Argentino IX (1973) 55-77; "Antropología Positivista en América Latina. Enrique José Varona y José Ingenieros", en Cuadernos Americanos 33 (1974) 93-107; Frondizi, R. - Gracia, J., El hombre y los valores en la filosofía latinoamericana del siglo XX, México 1975.
  15. "La evolución psicológica", en Estudios literarios y filosóficos, La Habana 1883, p.198. Este es el texto de Varona que R. Frondizi - J. Gracia han incluido en su antología El hombre y los valores en la filosofía latinoamericana del siglo XX, pp.46-53.
  16. Gracia, J. "Antropología Positivista en América Latina...", ed. cit., p. 97.
  17. "El pensador cubano Rafael Montoro y su presencia filosófica en España", en Actas del IV Se-minario de Historia de la Filosofía Española, Salamanca 1986, pp. 255-262; "Presencia en España del Neokantismo del siglo XIX a través de la 'Revista Europea'", en Naturaleza y Gracia, 1-2 (1988) 205-220.
  18. "Pensamiento del filósofo y pedagogo cubano José de la Luz y Caballero (1800-1862). Estudio de sus Aforismos", en Concordia 13 (1988) 57-74.
  19. Pueden verse entre otros mis siguientes trabajos: "La realidad americana en el pensamiento de José Martí: nuestra América", en Actas del VIII Seminario de Historia de la Filosofía Española e Ibe-roamericana, Salamanca 1994, pp.251-275; "El hombre americano en el pensamiento de José Martí", en Concordia 27 (1995) 47-58; José Martí y Nuestra América, Aachen 1996.
  20. Otros asuntos de los que me he ocupado en mi reciente libro "José Martí y Nuestra América" son: Martí como filósofo, su filosofía de la vida, el tema del dolor, su concepción de la religión, sus tesis sobre educación y enseñanza, su defensa de la libertad, de la independencia y de la democracia latinoamericanas, etc.

Bibliografía

  • Agramonte, R. Martí y su concepción del mundo. Puerto Rico: Editorial Universitaria, 1971.
  • Agramonte, R. Las doctrinas educativas y políticas de Martí. Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1991.
  • Delgado, I. "Pensamiento del filósofo y pedagogo cubano José de la Luz y Caballero (1800-1882)". Concordia 13 (1988) 57-74. [Estudio de sus Aforismos]
  • Delgado, I. José Martí y nuestra América. Aachen: Verlag Der Augustinus Buchhandlung, 1996.
  • Fornet-Betancourt, R. "Anotaciones sobre el pensamiento de José Martí y la posibilidad de interpretarlo desde un punto de vista marxista". Cuadernos Salmantinos de Filosofía, 4 (1977): 223-249.
  • Fornet-Betancourt, R. "La Conquista: ¿una desdicha histórica? Una aproximación al problema desde José Martí". Cuadernos Americanos 32 (1992): 186-195.
  • Frondizi, R. y Jorge Gracia. El hombre y los valores en la filosofía latinoamericana del siglo XX. México: F. C. E., 1975.
  • Gracia, J. "Antropología Positivista en América Latina. Enrique José Varona y José Ingenieros". Cuadernos Americanos 33 (1974): 93-107.
  • Mañach, Jorge. El espíritu de Martí. San Juan de Puerto Rico: Editorial San Juan, 1973.
  • Piñera, H. Panorama histórico de la filosofía cubana. Washington: Unión Panamericana, 1960.
  • Piñera, H. Idea, sentimiento y sensibilidad de José Martí. Miami: Ediciones Universal, 1981.

 

[Filosofía, teología, literatura: Aportes cubanos en los últimos 50 años. Edición de Raúl Fornet Betancourt. Aachen: Wissenschaftsverlag Mainz (Concordia Serie Monografías, tomo 25), 1999.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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