Teoría, Crítica e Historia

Filosofía, teología, literatura:
aportes cubanos
 

Pedro Pablo Rodríguez

3.1
"Valoración de las tradiciones filosóficas cubanas
desde un punto de vista marxista:
El Marxismo y la cultura cubana. Apuntes al vuelo" *

1

La entrada del pensamiento marxista en la cultura cubana ocurrió a mediados de la tercera década de este siglo, justamente en la época en que comenzaba el estancamiento de la estructura azucarera dependiente de la sociedad necolonial.

La estructura del enclave azucarero controlado por el capital estadounidense, sobre el cual se sostenía la economía cubana, junto a la Enmienda Platt que recortaba la soberanía del estado nacional, determinaron que ese estancamiento repercutiera de modo casi inmediato sobre las débiles capas medias y la clase obrera, para las que la lucha por la sobrevivencia pasaba entonces por el cuestionamiento y el enfrentamiento a la dominación extranjera.

Eso explica el rápido auge del antiimperialismo en aquellos años, la búsqueda de respuestas a los problemas nacionales en las tradiciones del proceso de liberación del siglo anterior, sustancialmente en el ideario de José Martí, y la temprana y vertiginosa asunción del marxismo por una parte significativa de la juventud intelectual de la época, metida de lleno en el combate político.

Si en el decurso del enfrentamiento a la represiva tiranía machadista, parte de aquella nueva intelectualidad hizo del marxismo su ideología y su militancia en el primer Partido Comunista, quienes también, fuera de este partido, mantuvieron una postura antiimperialista y hasta quienes llegaron a plantearse inclusive el socialismo como meta deseable para la sociedad insular, partieron de una asimilación consciente de la cultura marxista.

El reflujo revolucionario luego de 1935, la consiguiente crisis y fracturación de la izquierda cubana, profundizada por la alianza electoral del partido marxista con el entonces coronel Batista para la consulta de 1940, y la cooptación posterior por el sistema dependiente relativamente estabilizado de muchos de los líderes políticos y de algunas cabezas surgidos durante aquel proceso, no significaron, sin embargo, que el marxismo desapareciera o pasara a una esquina oscura de la cultura cubana.

Los años 40 fueron sin dudas un momento de importante presencia del marxismo y de los marxistas. Desaparecidos Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y Pablo de la Torriente Brau, el marxismo se hizo sentir como corriente de pensamiento en la cátedra universitaria, en la cultura artística y literaria, en la prensa y, por supuesto, en la política.

Raúl Roa, Carlos Rafael Rodríguez, Mirta y Sergio Aguirre, José Luciano Franco, José Antonio Portuondo, Julio Le Riverend, Raúl Cepero Bonilla, Ángel Augier, Emilio Roig de Leuchsenring, Juan Marinello, Alfonso Bernal del Riesgo, Jacinto Torras, por sólo citar algunos entre los más destacados, se encargaron de ocupar lugar significativo en esos espacios, y fueron entregando desde entonces una sostenida, polémica y batalladora obra de reflexión sobre el país, su pasado, su presente y su futuro.

Puede afirmarse, incluso, que la preocupación por los problemas nacionales más acuciosamente inmediatos superó en mucho el interés por el propio trabajo teórico marxista. Si bien algunas de las personalidades relacionadas fueron destacadas estudiosas de los textos teóricos marxistas, no puede afirmarse que, salvo contadísimas excepciones, hubiera una producción teórica sostenida y de altos vuelos, más allá de la obra de divulgación, casi absolutamente desempeñada por el primer partido marxista. En consecuencia, la cultura y el pensamiento cubanos fueron asuntos que llamaron la atención de todas esa figuras, algunas de las cuales han sido, sin dudas, figuras señeras en disciplinas como la historiografía, los estudios económicos, la crítica literaria y la estética.

El cincuentenario de la república —efemérides transcurrida bajo el espíritu de la frustración nacional y con la inauguración de una nueva tiranía, que conmovió los cimientos del equilibrio sostenido con la liberal y socializante Constitución de 1940—, mostró la presencia de una ya madura corriente marxista dentro de la cultura nacional, que para entonces compartía el escenario del pensamiento cubano, en debate creador, con la línea de impronta católica nucleada en torno a la revista Orígenes, con los seguidores de la tradición liberal venida del siglo XIX unida al positivismo, y con un grupo de tendencia desarrollista que se hacía sentir con fuerza en la vida social. Si a estas corrientes sumamos la tendencia psicoanalítica impulsada por un grupo de jóvenes psicólogos y la presencia de un pequeño grupo de exponentes del existencialismo muy ligado con la fenomenología, tenemos un esquema apresurado que puede ayudarnos a entender el mundo cultural, de ideas, en que se movió y con quien debatieron en muchos casos los exponentes de la corriente marxista durante los cuarenta y los cincuenta.

Un último aspecto por considerar es que esa corriente nunca se vio a sí misma ni siquiera actuó, por consiguiente, en la práctica social con sentido unitario, como una escuela de pensamiento o algo parecido. Influyeron mucho en sus expositores las luchas políticas de entonces —en las que todos estuvieron casi siempre sumergidos a fondo—, las divisiones y el enfrentamiento entre las fuerzas de izquierda, y la sistemática pretensión del partido marxista de considerarse el único y calificado portavoz de esa filiación y su consiguiente descalificación de quienes no se contasen entre su militancia.

2

Las personalidades marxistas de entonces, no entregaron, sin embargo, una producción extensa acerca del pensamiento filosófico cubano ni publicaron una obra sustantiva acerca de la cultura cubana precedente, excepto quienes se preocuparon del asunto como tema historiográfico, , como sí hicieron algunos origenistas y los liberales y positivistas.

Para los marxistas, empeñados en sustentar la identidad cubana y en fundamentar la necesidad de transformaciones en ella que llevasen al fin de la dependencia de Estados Unidos y hasta a un derrocamiento del sistema capitalista, se trató de asumir la cultura cubana precedente como una herencia requerida de ser sometida a crítica y no a su aceptación indiscriminada, especialmente las ideas y los proyectos desarrollados desde la Ilustración hasta los finales del siglo XIX. Y muchos de ellos apreciaron la importancia de incorporar las expresiones culturales surgidas de los sectores más explotados de la nación durante sus años formativos, así como los proyectos de marcado carácter popular y liberador, sobre todo el ideario martiano.

A guisa de ejemplo y sin pretender en modo alguno establecer exactitudes, sólo quiero recordar La república de Martí, de Emilio Roig, los ensayos de madurez acerca de Martí escritos por Marinello, y la biografía de Maceo en tres tomos por José Luciano Franco, quien también de hecho develó la personalidad radicalmente abolicionista e independentista de José Antonio Aponte.

Quizás esos elementos señalados arriba expliquen el por qué de la preferencia entre la mayoría de esas personalidades del ensayo y el artículo en las publicaciones periódicas sobre la monografía o el libro. Con la excepción de nuevo de los historiadores (Roig, Franco y Le Riverend ya tenían libros contentivos de extensas y enjundiosas investigaciones publicados en 1959), en los demás, en la mayoría de los casos, probablemente no hubo tiempo para el intenso trabajo de gabinete y la escritura de obras extensas, y se vieron urgidos en su trabajo intelectual por la práctica social y política que los llevaba a tomar la pluma para la denuncia y la polémica.

No puede desconocerse, sin embargo, que las claves metodológicas para la apropiación creadora por el marxismo de las tradiciones del pensamiento cubano quedaron claramente explicitadas desde aquellos años. Carlos Rafael Rodríguez, en "El marxismo y la historia de Cuba" y en sus trabajos sobre Varela, Mestre, Luz y Varona; y Raúl Roa en más de uno de sus textos dedicados a las personalidades de nuestra cultura, se encargaron de hacerlo con lucidez y brillantez.

3

El triunfo de la Revolución en 1959 abrió, incuestionablemente, las puertas anchas al pensamiento marxista. Su acentuado carácter antiimperialista y su acción de rescate de la nación, se basaron en buena medida en los conocimientos aportados por ese pensamiento en Cuba; la adopción del socialismo como sistema económico-social y del marxismo como su ideología de sustentación, sellaron en definitiva la hegemonía de esta corriente en la mentalidad cubana.

El proceso fue —como son todos los procesos en la historia del pensamiento— complejo y bien contradictorio. Si, por una parte, la gran mayoría de las personalidades marxistas se pusieron al servicio de la Revolución y le aportaron su concepción del mundo, su visión de los problemas del país y fundamentaron intelectualmente el quehacer antiimperialista y el rápido camino por el socialismo como culminación necesaria de aquel; también, por otro lado, la propia dinámica desatada luego de 1959 introdujo nuevos elementos.

La intensidad de la lucha de clases, la vertiginosa eliminación de la burguesía cubana, y la salida de Cuba de buena parte de su intelectualidad orgánica, y el agudo enfrentamiento directo con el gobierno de Estados Unidos —que aún subsiste—, transformaron de modo radical y en poco tiempo la vida del país, así como las trayectorias de vida de la intelectualidad que permaneció en Cuba al igual que las funciones y el carácter de la intelectualidad y del pensamiento.

El marxismo pasó casi de un día para el otro de cumplir el rol crítico de la dominación estadounidense y del capitalismo dependiente, a convertirse en el paradigma para el proyecto económico-social que se pretendía erigir y, posteriormente, en la ideología que lo ha sustentado hasta el presente. Puede decirse, por tanto, que la corriente marxista después de 1959 no es inteligible en sus momentos, características, planteos y especificidades, si se deja al margen de la propia historia de la Revolución, de sus vicisitudes, logros y dificultades.

Para una comprensión inicial del asunto, puede establecerse un esquema de periodización por etapas.

Un primer momento abarcó los años sesenta, hasta el fracaso de la zafra de los diez millones en 1970. Fue la época heroica y romántica en que la revolución cubana fue parte destacadísima indudablemente de un proceso mundial de crisis del capitalismo y de sus ideas: el triunfo de varios procesos revolucionarios en América Latina parecía al alcance de la mano; el socialismo formaba un sistema de gran peso económico y militar liderado por la superpotencia soviética, la cual apoyó a Cuba frente a Estados Unidos; el nuevo sistema parecía básicamente alcanzable en la Isla para las generaciones actuantes entonces y la dirección revolucionaria cubana se empeñó tenazmente en no quedar aislada en el Continente y prestó decidido apoyo a la lucha armada antiimperialista, a la misma vez que elaboró un proyecto para alcanzar la sustentabilidad económica mediante una economía azucarera de altos volúmenes productivos y eficiencia que asentara un desarrollo propio con la vinculación al sistema económico del campo socialista.

A los marxistas de antaño se sumó una generación joven que aprendió y aprehendió esa teoría e ideología en medio del combate antiimperialista, y para la cual el marxismo se prestigiaba porque daba respuesta a las necesidades de la práctica revolucionaria cubana.

Ese conocimiento se basó en lo sabido hasta entonces y en una doble influencia venida de la Unión Soviética. Por una parte, la divulgación y la vulgarización del marxismo para amplios sectores del pueblo revolucionario se efectuó a través de los manuales de la tradición estalinista, que habían servido habitualmente en parte para la formación marxista del antiguo partido marxista cubano. Por otro lado, la renovación universal del pensamiento marxista durante los sesenta tras el deshielo de la desestalinización en la URSS, hizo llegar a Cuba también el intento de renovación que se producía en el pensamiento tanto de Europa oriental como occidental, y la asimilación de los más diversos pensadores y políticos de la historia del pensamiento marxista y socialista.

Junto a los llamados tres clásicos, se leyó y se estudió desde Kautsky y Labriola hasta la Luxemburgo, Gramsci y Luckács, desde Stalin y Trotsky hasta Mao y Ho Chi Minh, desde Meliujin hasta Althusser y los entonces jóvenes Perry Anderson y Robin Blackburn.

Sin dudas, hubo una gran apertura, y hubo un sistemático trabajo teórico que aportó una sólida, amplia y diversa cultura marxista, que permeó a buena parte de la intelectualidad cubana formada en aquellos años.

Fue característica del pensamiento marxista su sentido polémico. Abierto a la indagación sobre el propio sistema socio-económico, como evidenció la gran polémica de esos años, en buena medida impulsada desde Cuba, sobre todo por los escritos de Che Guevara, en torno a los mecanismos económicos y morales para la construcción del nuevo régimen socialista. El propio Fidel Castro, en más de una ocasión expresó similar interés por que se asumiese la teoría marxista con tal sentido abierto y polemizador. Y, de igual manera, el peso de su liderazgo y su carisma se hizo sentir a través de reiterados planteos a basar la acción de la dirigencia revolucioniara cubana en las tradiciones del patriotismo y las luchas de liberación, y en el conocimiento y el reconocimiento de la originalidad, la autoctonía, las especificidades y la identidad de la nación y de su psicología social.

Quizás sus palabras paradigmáticas fueron las pronunciadas el 10 de octubre de 1968, y su más conocido postulado sea el de que la Revolución cubana es martiana y marxista-leninista.

Por tanto, desde las más altas esferas de la política se impulsó la asunción del marxismo con afán creador y buscando su imbricación con las tradiciones y proyectos revolucionarios del país.

Durante los sesenta, pues, la intelectualidad marxista prer-revolucionaria continuó promoviendo el conocimiento y la asimilación de la tradición cultural nacional, en lo que se fue sumando a ella crecientemente la joven intelectualidad marxista en formación, cuyos frutos se evidenciaron sobre todo a través de publicaciones como El Caimán Barbudo y Pensamiento Crítico. Estos jóvenes examinaron, con voluntad de incorporación, desde la tradición filosófica cubana de Varela y Luz y Caballero hasta el ideario martiano y los aportes y reflexiones de los revolucionarios del 30, incluyendo a los propios marxistas, a la vez que estudiaron las ideas marxistas de entonces y se preocuparon por acceder al mundo del pensamiento social contemporáneo de este siglo.

Puede decirse, sin temor a errar, que en esa década se abrió, por cierto, con más de una óptica y una perspectiva diferente, el estudio sistemático del pensamiento filosófico insular, tratando de entenderlo per se, a partir de sus condicionamientos histórico-sociales y de sus propios requerimientos intelectuales, y no como una mera y pobre extensión de lo ocurrido en Europa y Estados Unidos, como habían hecho casi siempre el pensamiento y la historiografía liberal y positivista de este siglo.

Sin embargo, el fin de la guerrilla boliviana y de la aspiración a insertar la Revolución Cubana en un contexto transformador socialista a escala continental, y el fracaso de la zafra de los diez millones en 1970, marcaron un viraje del socialismo cubano, una de cuyas repercusiones más significativas se produjo en el pensamiento marxista. La entrada de Cuba en el CAME y la intensificación de las relaciones económicas con el campo socialista, se tradujo en una validación de muchas de las características del modelo socialista soviético, en el que la teoría marxista cumplía la función de ideología "oficial", sustentadora del régimen político, más que la función crítica del conocimiento transformador de la realidad.

En la enseñanza universitaria se estableció el esquema soviético del marxismo, como un conjunto de verdades que fundamentaban el camino ineluctable y ascendente de la sociedad universal hacia el socialismo, junto a la aceptación única de la comprensión de esta teoría como un sistema filosófico cerrado, formado por dos cuerpos: el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Los manuales sustituyeron el estudio de El capital, se desconoció la historia del pensamiento marxista y de los diferentes marxistas, y tendió a primar la comprensión de la Revolución cubana —y aun de la propia historia insular— como un ejemplo que validaba las "leyes generales de la historia". En consecuencia, decayó el interés por el estudio de la cultura nacional, aunque la dirigencia política continuó su adscripción a sus fuentes patrióticas, en especial a Martí, y los intelectuales marxistas ya formados continuaron evidenciando en su producción escrita su interés por aquella.

La historiografía fue quizás la disciplina en que sus exponentes tendieron a mantener una clara y constante estrategia de atención a lo nacional y a sus especificidades. A la producción de Juan Pérez de la Riva y de Manuel Moreno Fraginals durante los sesenta, se fue sumando la de una notable pléyade de historiadores entre los que descuella Jorge Ibarra por su visión de conjunto, continuada hasta el presente, del desenvolvimiento de la identidad y de la nación. Y la filosofía y la sociología, cuyo estudio se suspendió durante un tiempo por considerarse innecesario, fueron quizás las disciplinas más afectadas.

La desolación teórica y creadora del marxismo hegemónico en la cátedra y en los medios masivos de comunicación durante los setenta y parte de los ochenta, afectó sobre todo a la nueva generación intelectual, cuyas apetencias críticas quedaban insatisfechas y cuya asimilación de la cultura nacional fue más bien pobre.

Aquí es, pues, donde estuvo el problema peor: la no asimilación del marxismo como una teoría social, más que como una disciplina filosófica, a la que se subordinan las ciencias sociales diversas; la ausencia de un aprendizaje a fondo de los "clásicos" y de sus continuadores; la descalificación de las teorías, escuelas y disciplinas sociales contemporáneas por tratarse del pensamiento burgués que no aporta nada frente al marxismo. En definitiva, se perdía la comprensión de Marx de lo social como conjunto y el papel crítico, transformador —hasta para el propio marxismo—, de su teoría.

Por tanto, ha de evaluarse con cuidado cuanto permitieron durante esos años los bolsones de atención a la cultura y al pensamiento nacionales para su conocimiento, para mantener la identidad nacional e, incluso, para sostener en el presente el deseo de una sociedad de equidad y solidaridad.

Nadie se atrevió jamás, por ejemplo, a desechar abiertamente a José Martí en nombre del marxismo hegemónico a la soviética, por llamarlo de algún modo. Tal cosa tenía, además, implicaciones políticas. Pero el hecho cierto es que se impulsó la tendencia a calificarlo o a validarlo desde el marxismo y no desde sus peculiares y específicas circunstancias y dado el carácter de su proyecto. Y el campo intelectual específico de los estudios martianos fue escenario del debate, quizás uno de los fundamentales, entre ese marxismo hegemónico y el que pudiéramos llamar creador, con claro predominio de este último.

La crisis del socialismo a partir de 1989 ha afectado no sólo la lectura del marxismo a la soviética, sino que también ha afectado a la propia teoría de Marx y de sus continuadores más lúcidos. En Cuba viene ocurriendo también porque, además, desde los ochenta han ido ganando espacios diversas teorías sociales que, afines o no al marxismo, , se han regado por el mundo para intentar ocupar su lugar y para examinar nuevos problemas desde ángulos y perspectivas no contemplados antes por el conocimiento.

Al mismo, tiempo, sin embargo, hay un verdadero florecer del pensamiento crítico y creador, sostenido en medida aún altamente significativa por intelectuales marxistas que afrontan los problemas nacionales y mundiales de este fin de siglo, y que están escribiendo una sistemática y voluminosa obra ensayística, monográfica, de estudios y libros, en los que se destacan los análisis y evaluaciones del pensamiento cubano. Ya no se trata sólo de reconocerle y asumirle como herencia y tradición, sino que hay un verdadero estudio que entrega resultados coherentes y sistematizados acerca de esa temática.

Está ocurriendo, pues, la curiosa situación, que, ante las dificultades de un país obligado a reinsertarse en condiciones desfavorables en el mercado mundial, y bloqueado en todos sentidos por la única superpotencia, el marxismo no sólo está superando aceleradamente los esquemas soviéticos sino que se está convirtiendo en la cabeza hegemónica de la crítica dentro del mundo de las ideas.

De algún modo, estamos asistiendo a una obra sustantiva de maduración intelectual de las generaciones formadas dentro de la Revolución. Como siempre sucede, esta es una tendencia que hoy predomina, lo cual no quiere decir que se desenvuelva bajo todas las condiciones favorables ni que a la larga se mantenga hegemónica. De la evolución general de la sociedad cubana, y de su capacidad para dar respuesta a los retos que esta afronta, depende en medida decisiva que esa corriente marxista perdure y que amplíe su condición creadora. Lo que sí creo es ya incuestionable es que ella ha ofrecido y está ofreciendo cada vez con mayor rigor y profundidad una asimilación y una visión de la cultura y el pensamiento nacionales. Y eso es ya fenómeno bien patente de la vida intelectual cubana contemporánea, con el cual tendrán que contar y debatir las generaciones venideras.

*Como el lector podrá constatar este no es un trabajo erudito, ni siquiera pretende parecer un artículo informador. Tampoco, mucho menos, quiero con él agotar un tema al que ahora sólo me asomo por vez primera. Son ideas en germen, con una organización inicial, para animar al debate y la reflexión, la mía en primer término. Por eso he preferido no dar más que algunos nombres como ejemplo, sin afán discriminador ni evaluativo. Obviamente, pues, no estamos ante un texto acabado, sino ante uno que apenas comienza.

 

 

[Filosofía, teología, literatura: Aportes cubanos en los últimos 50 años. Edición de Raúl Fornet Betancourt. Aachen: Wissenschaftsverlag Mainz (Concordia Serie Monografías, tomo 25), 1999.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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