Teoría, Crítica e Historia

Pensamiento ecológico

Gloria Comesaña Santalices

"Reconciliarse con Gaia en un mundo dominado por la razón tecnológica"

RESUMEN: Aunque construir el mundo humano implica violencia, hemos de reducir la depredación de la naturaleza y los riesgos de la industrialización y consumo masivos que amenazan con destruir totalmente nuestro soporte biótico. La necesidad de reconciliarnos con Gaia es imperativa, y para ello debemos construir una ética ecológica basándonos en el reconocimiento de nuestra responsabilidad como seres en los cuales la totalidad del cosmos toma conciencia de sí mismo y asume la obligación de administrar la realidad que nos rodea. La educación ambiental es aquí fundamental. Una filósofa, Hannah Arendt y una teóloga ecofeminista, Rosemary Radford Ruether, serán nuestras guías.

Desde tiempos inmemoriales los seres que hemos llegado a llamarnos humanos, hemos luchado, con mayor o menor conciencia de ello, para sobrevivir en el planeta. Y esta lucha ha sido en innumerables ocasiones devastadora para la naturaleza. Hemos construido lo que Hannah Arendt llama un mundo común, fruto del trabajo de nuestras manos y mentes, y en esta construcción del mundo, necesaria para que los autodenominados humanos pudiésemos sobrevivir con menores dificultades, hemos depredado el planeta de una manera inmisericorde en todos sus aspectos, pues como Arendt señala, para construir aquello que es el artificio mundano, tenemos que hacer violencia a algún ser o elemento del mundo natural. En efecto, al fabricar, con lo cual añadimos algo al artificio mundano[1], producimos una reificación que le otorga solidez a los materiales trabajados, los cuales son ya extraídos por las manos humanas de su nicho natural, y ello siempre mediante la violencia, como hemos dicho. Así nos lo dice Arendt:

“El material ya es un producto de las manos humanas que lo han sacado de su lugar natural, ya matando un proceso de vida, como el caso del árbol que debemos destruir para que nos proporcione madera, o bien interrumpiendo uno de los procesos más lentos de la naturaleza, como el caso del hierro, piedra o mármol, arrancados de las entrañas de la tierra. Este elemento de violación y de violencia está presente en toda fabricación, y el homo faber, creador del artificio humano, siempre ha sido un destructor de la naturaleza.”[2]

A esto opone la autora la actividad del laborante, de la labor, que ella diferencia del trabajo y del trabajador u homo faber, llamándole animal laborans y señalando que éste último, “con su cuerpo y la ayuda de animales domesticados nutre la vida (y) puede ser señor y dueño de todas las criaturas vivientes pero sigue siendo el siervo de la naturaleza y de la Tierra; sólo el homo faber se comporta como señor y amo de toda la tierra.”[3] De modo que para construir el mundo humano, el homo faber destruye inevitablemente parte de la Naturaleza creada por Dios/a. Es interesante leer al respecto la cita que la autora coloca en colofón de esta afirmación. En ella señala que la noción del hombre como señor de la Tierra es característica de la Época Moderna, mientras que en el medioevo se interpretaba la creatividad humana a imagen de la de Dios, que crea ex nihilo, mientras que el homo faber lo hace a partir de la materia ya creada previamente por Dios. En todo caso, señala,

“Ambas están en contradicción con el espíritu de la Biblia. Según el Antiguo Testamento, el hombre es el dueño de todas las criaturas vivas (Gen., 1), que fueron creadas para ayudarle (II.19). Pero en ninguna parte figura que se le haya hecho señor y amo de la Tierra; por el contrario, fue puesto en el jardín del Edén para servirlo y conservarlo (II.15). Resulta interesante observar que Lutero, rechazando conscientemente el compromiso escolástico con la antigüedad griega y latina, intenta eliminar del trabajo y de la labor humana todos los elementos de producción y fabricación. Según él la labor humana es únicamente “búsqueda” de los tesoros que Dios ha puesto en la Tierra. Siguiendo el Antiguo Testamento acentúa la total dependencia del hombre con respecto a la Tierra, no su dominio”.[4]

El desarrollo tecnológico, que según nuestra autora implica la sustitución de útiles e instrumentos por maquinaria, tiene principalmente tres etapas en la Época Moderna. En la primera de ellas, la invención de la máquina de vapor que condujo a la revolución industrial, seguía caracterizándose por la imitación de los procesos naturales y por el empleo de fuerzas naturales para objetivos humanos. El uso de la electricidad caracterizó fundamentalmente a la segunda etapa. A partir de aquí se empieza a desencadenar procesos naturales propios que nunca se hubieran dado sin la intervención humana, implicando ello que, en lugar de proteger el artificio mundano de las fuerzas elementales de la naturaleza, lo que se hace es dirigir esas mismas fuerzas, con todo su poder, hacia el propio mundo, lo cual, evidentemente, puede también revertirse contra él.

La automatización representa aquí la última y más reciente etapa, y de lo que se trata ahora es de “manejar en la vida cotidiana de nuestra Tierra energías y fuerzas que sólo se dan en el universo.”[5] Arendt se inquieta aquí por el hecho de que ahora lo que la tecnología está haciendo al canalizar hacia la naturaleza de la Tierra, las fuerzas universales del cosmos, puede llegar a alterar o transformar lo que hasta ahora hemos conocido como naturaleza, lo cual además, puede evidentemente acabar completamente con toda vida en la Tierra, y ¿quien sabe si con el planeta mismo? Explícitamente nuestra autora incrimina aquí a la energía nuclear y todo el potencial destructivo que de ella se deriva, del cual ya hemos tenido pruebas suficientes.

La pregunta que nos acucia de inmediato es la siguiente: ¿no hay según esto una forma armoniosa y equilibrada en que pueda darse la relación ser humano- naturaleza? ¿Para sobrevivir hemos de destruir siempre algo? Es posible que la ciencia ecológica pueda ayudarnos a encontrar una respuesta. En este sentido comenzaremos por acoger la definición de ecología que encontramos en el libro Gaia y Dios, de la teóloga ecofeminista norteamericana Rosemary Radford Ruether, que afirma:

“La ecología es la ciencia biológica de las comunidades bióticas que demuestra la leyes por las que la naturaleza, sin ayuda del hombre, ha generado y conservado la vida. Por añadidura, su estudio también sugiere pautas para que el hombre aprenda a vivir como miembro defensor, y no destructor de esas comunidades bióticas. Así a diferencia de las ciencias físicas y biológicas modernas que pretenden ser sólo descriptivas, la ecología postula que se le devuelva a la ciencia su papel clásico de normadora y preceptora”.[6]

La autora que estamos mencionando nos indica que la ética ecológica, que es lo que necesitamos para responder a nuestras preguntas, debería derivarse de la descripción del comportamiento de la naturaleza. No debemos pensar que la ética resulta de una derivación de verdades superiores, sino que nuestra conciencia, que forma parte del proceso evolutivo, está capacitada, no sólo para reorganizar los patrones naturales, sino también obligada por el sistema ecológico natural, a responder a sus necesidades dentro del marco trazado por el mismo sistema de la naturaleza, una de cuyas lecciones básicas es que todo está interrelacionado. Esta constatación de la interrelación de todos los seres, es la respuesta a muchos de nuestros interrogantes éticos e inclusive espirituales. No sólo estamos emparentados con todos los seres de la Tierra, sino con las estrellas y galaxias, pues de la explosión de las estrellas proceden todas las cosas que nos rodean y también nosotr@s mism@s. Todos los elementos que nos conforman han pasado millares de veces a través de otros seres durante la larga historia del planeta.

Pero no le resulta fácil a la arrogancia humana, alimentada a lo largo del tiempo por tantos ilustres textos, muchas veces mal leídos, o por comportamientos negativos y destructivos que se han convertido en una especie de “segunda naturaleza,” aceptar su parentesco con todas las cosas y seres existentes, desde los animales superiores hasta la más humilde planta, la bacteria, la roca, el suelo, la corriente de agua o el aire. Sin embargo, cada día se hace más urgente que entendamos que formamos parte de una totalidad cuyas partes están imbricadas estrechamente unas con otras, de modo que nadie ni ningún grupo puede salvarse solo, pues todo lo que se hace en cualquier parte del conjunto repercute en el resto. Debe estar claro para nosotros, que, tal como lo revela la historia de la Tierra, dependemos absolutamente de las plantas, que son las creadoras no sólo de la cadena alimenticia que sustenta a los animales, sino las responsables de que tengamos una atmósfera respirable. Aunadas al sol, las plantas son las creadoras de las condiciones de la vida en nuestro planeta. Por otra parte, la evolución conjunta del aire, el agua y el suelo, sustentan la vida, lo cual dentro del ciclo vital es tan importante como la interdependencia de plantas y animales.

Y no podemos dejar de referirnos a nuestra interdependencia con respecto a las cadenas alimenticias, y el ciclo de producción, consumo y descomposición. En la medida en que la energía que para su subsistencia absorben y aprovechan los distintos eslabones de la cadena alimenticia, es apenas una parte de lo que reciben, debería quedarnos claro que cada una de las etapas de dicha cadena alimenticia no debe superar un décimo de aquella de que depende si queremos conservar una relación sustentable.

Es por ello que el aspecto demasiado carnívoro de la dieta occidental debe corregirse, en la medida en que el apacentamiento excesivo de animales para el consumo, elimina grandes extensiones de tierra para la actividad agrícola, además de producir un exceso de contaminación en tierras y ríos, al no poder reciclar como es debido los residuos de los animales. Y eso sin hablar de la utilización, para alimentar al ganado, de productos que aprovecharían más bien a la dieta humana, sobre todo en los países más desfavorecidos. Todo ello, aunado al dolor y a las aberraciones que se hace sufrir a los animales para acelerar su crecimiento o para transformar partes de su cuerpo para satisfacción del consumidor. Un ejemplo terrible lo tenemos en los métodos utilizados en Francia para producir el “famoso” paté de foie gras. En este campo, el equilibrio con la naturaleza nos señala a gritos que debemos regresar a formas más sustentables de alimentación, consumiendo fundamentalmente plantas, que están en la primera etapa de la cadena alimenticia. Eso reduciría también muchas de las enfermedades que nos aquejan en occidente por el excesivo consumo de carne de res, fundamentalmente.

Otro aspecto muy importante de la cadena alimenticia es el de la descomposición, a través del cual y por intervención de insectos, hongos, bacterias etc. los nutrientes de los organismos muertos retornan a la tierra para hacer fértil el suelo y así recomenzar el ciclo. Esto implica también que no hay desperdicios, constituyendo un excelente ejemplo para los humanos en cuanto al manejo, hasta ahora desastroso, de sus desechos. Nos bastaría pues con copiar el sistema de la naturaleza para aprender a aprovechar y reciclar nuestros desperdicios, con lo cual habría menos polución por las basuras de todo tipo que contaminan extensas capas de la superficie terrestre. Y más grave aún si se trata de desechos tóxicos, resultantes muchas veces de esas energías cósmicas ahora manipuladas hacia la tierra sin pensar en las proporciones destructivas e inmanejables que pueden llegar a tomar.

Y ya es hora, en estas reflexiones que vamos hilvanando en nuestro pensar sobre lo que da título a nuestro trabajo, de determinar a qué le llamamos humano y qué es lo natural, la naturaleza. Lo humano nos parece ser más una aspiración que una realidad que pudiese ser definida de una vez por todas. Seria más bien un ideal, un ideal dotado de una serie de características que varían según l@s pensador@s y las épocas. Colocándonos en una perspectiva evolucionista al estilo teilhardiano, pensamos que es preciso asumir al ser humano como punto emergente y más elevado de dicha evolución, que no está aún culminada, de modo que lo humano debemos entenderlo preferiblemente como un ideal, como hemos dicho, o una utopía que hemos de seguir construyendo. Pero separándonos un poco de Teilhard, nosotros insistiremos en destacar que lo humano es parte del proceso total, que todo está unido y relacionado, y que quizás ahora, esos seres a los que llamamos humanos, estén orientando el proceso evolutivo por un camino equivocado…A ello podría oponérsenos que todo lo que hacemos es natural, porque el ser humano es también parte de la naturaleza, y que si de nuestra especie ha surgido eso que llamamos cultura y que parece oponerse a lo natural, en realidad lo cultural es también un aspecto de la natural evolución… Todo ello parecería bastante lógico, un buen razonamiento que obligaría a aceptar todo como está y a maniobrar dentro de estrechos márgenes para tratar de reorientar las cosas…es decir continuar con pequeños cambios por el mismo camino que llevamos.

Pero de lo que se trata es de entender que nuestro camino está errado porque hemos de redescubrir el orden interno de las cosas para derivar de allí una Ética que llamaremos ecológica, como dijimos antes, una Ética que nos permita reconciliarnos con el origen, con eso que llamaremos Gaia, la Tierra como planeta, que al igual que nosotr@s está enmarcada en una realidad más amplia que de momento no queremos denominar con una palabra reductora. ¿Mas, qué Ética puede aproximarnos a una reconciliación con Gaia en este mundo globalizado y tecnologizado en extremo, en el cual las tecnologías no están al servicio de la especie ni del planeta que la sustenta, sino que configuran un mundo cada vez más complejo, más causante de dolor, violencia, confusión y dispersión? Pues si bien se habla de la aldea global y de comercio mundial, o de intercambios culturales a todos los niveles, por otra parte la mayoría de las culturas se sienten amenazadas por la imposición de un modelo único, y tienden a encerrarse en sí mismas y a retornar, en aras de la defensa de su identidad, a modelos de vida que no siempre son beneficiosos para las mujeres y hombres de la especie, aunque por otra parte, esos modelos coexistan con la utilización de las más modernas tecnologías para apoyarlos. A ello debemos añadir, que dichas tecnologías, las más de las veces, destruyen nuestro soporte natural, contribuyendo a desbalancear el equilibrio, la autorregulación que Gaia ha ejercido siempre sobre sí misma, exponiéndonos a tremendos peligros, el menor de los cuales no es el cambio climático que ya se está manifestando por todas partes con consecuencias terribles.

Y junto a eso, se busca ponerse “al día” con formas de progreso que son precisamente las que, utilizadas en exceso, e indiscriminadamente, nos han llevado al borde del precipicio en el que nos encontramos. Con toda razón las naciones menos desarrolladas industrialmente y que aún no pueden proporcionar a su población los considerados “beneficios” de los que gozan l@s habitantes de las naciones “avanzadas”, buscan alcanzar los niveles de “progreso”, industrialización y comodidades de dichas naciones, contribuyendo así a complicar más el desequilibrio ya existente en Gaia, nuestra Madre Tierra. Con gran cinismo, muchos de los países “desarrollados” que se niegan a tomar las medidas urgentes y necesarias, mientras se resignan a que ciertos países emergentes económica y tecnológicamente hablando, se vuelvan depredadores también, pretenden hacer recaer el peso de la solución de los desequilibrios ecológicos que nos conducen a nuestra destrucción, sobre los países que se esfuerzan por lograr un nivel de “progreso” similar al alcanzado por ellos.

Muchos de los que desde el “primer mundo” se inquietan por la problemática ecológica, sin asumir el cambio radical que en sus países deben dar a sus estilos de vida, pretenden que en el “tercer” y el “cuarto” mundo, poblaciones enteras se mantengan al margen de avances tecnológicos y de modos de vida que sí asumen para ellos, y que no tengan acceso al desarrollo industrial, permaneciendo en la dependencia y en un subdesarrollo casi siempre inhumano, por insalubre, duro y sometido a los deseos y necesidades de los privilegiados. So pretexto de que las gentes del mundo industrializado no aceptarán cambiar ni un ápice de sus comodidades para proteger al planeta, exigen a más de la mitad de la humanidad que salven ell@s la humanidad y la Tierra, nuestra Madre Gaia, mientras ell@s continúan en su loca carrera de orgiástica destrucción. ¿Cómo puede aceptarse esta injusticia mayúscula? Pero también es verdad que no podemos seguir con la venda en los ojos, y enfrentarnos unos países a otros como si las consecuencias no fuesen a afectarnos a tod@s por igual. ¿Qué hacer entonces?

Como hemos escrito más arriba, “la ecología postula que se le devuelva a la ciencia su papel clásico de normadora y preceptora” en palabras de Rosemary Radford Ruether. ¿Qué puede significar esto? ¿En qué sentido se apunta aquí al logro de una Ética ecológica y qué quiere decir esto? Hablar de una Ética partiendo del plano ecológico, no puede significar caer en ilusiones románticas, esperando voluntariosamente en una transformación de la humanidad como consecuencia de una evolución indetenible, o suscribir a utopías muy hermosas pero sin asidero ninguno en la realidad. Esto sólo puede conducir a paliar los problemas con soluciones limitadas, o a calmar nuestras conciencias atormentadas por el desastre de violencia, caos y expoliación desenfrenada que nos rodea y a veces sumerge. La respuesta debe venir más bien a partir del reconocimiento de nuestra responsabilidad como seres en los cuales la totalidad del cosmos toma conciencia de sí mismo y asume la obligación de administrar la realidad que nos rodea guiándola en el sentido en el que apuntan las fuerzas motrices de la evolución y del proceso dentro del cual nos encontramos. Y es allí donde la ciencia, y cierta concepción de la misma, pueden orientarnos y ayudarnos a establecer pautas de desarrollo sustentable y armonioso, reconciliando a todos los seres. Pero aquí la responsabilidad nos incumbe a tod@s, nos agrade o no. Y para ello es preciso que las gentes de los países más avanzados se sometan a ciertas resctricciones, mientras que los países en ascenso deben desarrollar políticas idóneas para que, sin abandonar su lógico deseo de cierto tipo de desarrollo, éste se logre asumiendo lo que ya se conoce como errores graves en relación con la tierra, y buscando formas de avanzar que estén en paz con Gaia.

Si tomamos en cuenta, como hace la autora que acabamos de mencionar, tanto la necesidad de una nueva espiritualidad, de una nueva manera de situarnos frente a la naturaleza y frente al mundo de lo humano, que reconcilie lo que hasta ahora ha estado opuesto, y lo cotejamos con los avances en el campo de la energía subatómica, encontraremos la orientación que necesitamos para guiar nuestras reflexiones. La ciencia que se ocupa de lo infinitamente pequeño, nos hace ver que en el nivel más elemental lo que encontramos son campos de energía cuyos efectos aparecen y desaparecen. De modo que en el nivel subatómico la distinción entre materia y energía ya no es pertinente, pues la materia no es otra cosa que energía moviéndose en patrones definidos de interrelación. Estos patrones de energía, que son los que dan forma a la apariencia de los objetos que captamos como materiales, son la matriz que está en la base de todas las interconexiones que conforman nuestro universo.

“Esta matriz de energía danzante opera con una racionalidad, siguiendo patrones predecibles que resultan en un número fijo de posibilidades. Entonces se conjunta lo que tradicionalmente se ha llamado Dios, la mente o patrón racional que mantiene todas las cosas juntas, y lo que hemos llamado materia, la base de los objetos físicos. La desintegración de la diversidad en porciones infinitamente pequeñas, y el Uno, o totalidad unificante que conecta a todas las cosas, coinciden” [7]

Partiendo de tener esto último muy claro, es evidente que esta visión del universo puede llenarnos de esperanza en cuanto a la posibilidad de lograr la reconciliación que anhelamos, tanto con Gaia, como con el ente espiritual que somos, pues el espíritu es precisamente eso: energía en su más pura destilación… Y aquí es preciso dar un paso más y señalar que, más que vernos como seres privilegiados porque somos, hasta prueba de lo contrario, los únicos seres reflexivos en el universo, los mediadores entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, hemos de vernos como aquellos que tenemos en nuestras manos la responsabilidad única de llevar a buen puerto la barca de la evolución, pues somos, como dice nuestra autora, “la mente del universo, el lugar en que el universo adquiere conciencia de sí mismo”[8].

Sin embargo, hasta ahora, como hemos dicho antes, no parece que este privilegio de ser “el lugar en que el universo toma conciencia de sí mismo”, haya sido de mucho beneficio al planeta y a todos y cada uno de sus habitantes de todas las especies… ¿Qué necesitamos para funcionar realmente y avanzar en la dirección correcta? ¿Ser conciencias reflexivas es de por sí una garantía de avances evolutivos en el sentido adecuado? Lamentablemente no. Este privilegio se ha tornado las más de las veces en un peligro. Y aquí concordamos, y cómo no hacerlo, con nuestra teóloga, cuando nos dice que los varones de la clase dominante, durante los miles de años de historia de nuestra cultura, entiéndase, desde que vivimos en un mundo patriarcal, han desvirtuado este privilegio de la mente para dominar a la totalidad de las mujeres, y a la mayoría de los varones, y para colocarse en absoluta contradicción con lo que las leyes de la naturaleza nos invitan a respetar.

“Así, han negado la trama de relaciones que nos une y dentro de la cual estos varones son una parte absolutamente dependiente. La urgente tarea de la cultura ecológica es abrir la conciencia humana a la realidad de la Tierra, de modo que podamos utilizar nuestras mentes para comprender la trama de la vida y podamos vivir dentro de esa trama como sus sostenes, no como sus destructores.”[9]

La idea de nuestra autora, nos invita pues a basarnos en la ciencia considerada como ya hemos señalado, no sólo como descriptiva, sino como normadora y receptora. Esto para construir una ética ecológica que nos permita reconciliarnos con todo el complejo sistema micro y macro del cual formamos parte como el eslabón que debe guiar la marcha. Y ello, no estableciendo diferencias ni superioridades con respecto a los demás seres, sino insistiendo en nuestro parentesco con todo lo existente, parentesco a partir del cual, quedará claro que debemos no sólo aprender de ello, sino establecer en cada caso, con cada una de las especies existentes, el tipo de relación adecuada que el estudio de la ecología nos permite conocer y elegir como el que mantendrá el equilibrio.

Cuando hablamos de reconocerle un papel normador y preceptor a la ecología como ciencia y a las demás ciencias físicas y biológicas, ello no quiere decir sin embargo que consideremos a las ciencias a la manera clásica, como saberes basados en la exactitud y sujetos a propuestas de dominación dogmática, que constreñirían nuestra libertad de una forma casi dictatorial. Desde este punto de vista la cultura y el mundo del artificio mundano, para usar la terminología arendtiana, quedarían totalmente descalificados, e incluso incriminados como causantes, en gran medida, del desastre planetario. Pero sabemos que ningún extremo es bueno, de modo que se trata de entender la cultura, el mundo de lo humano en todos sus aspectos, como un producto más de la evolución, como el camino evolutivo de la mente humana y sus construcciones. Es precisamente en este plano de la cultura y del artificio mundano, con todo lo que ello implica, donde ahora debemos dar la batalla. Pues es a partir de nuestros saberes, científicos o no, como podremos evaluar la situación y hacer propuestas de desarrollo sustentable, propuestas éticas que tomen en cuenta todos los derechos de todos los seres, valiéndose de una lectura inteligente del comportamiento y funcionamiento de las diferentes comunidades bióticas o abióticas con las que estamos entrelazados.

A este nivel, es evidente que la formulación de una ética basada en la ecología y la inclusión de la educación ambiental en todos los ejes curriculares en forma transversal, pueden revelarse como eficaces instrumentos de combate contra la destrucción del planeta, aunados a las leyes de todo tipo a nivel nacional, regional o internacional y a la lucha por la consecución de tratados de cumplimiento posible y creíble, firmados por todos los países. Para ello precisamos incluir la política entre nuestros intereses y formas de lucha, evitando que ésta se burocratice y anquilose, como ya ha pasado muchas veces.

Para que nuestro propósito pueda tener canales de posible realización, es preciso que procedamos a examinar los fundamentos en que se basa nuestra perspectiva ética. Es evidente que lo que llamamos bien o mal, es un punto clave de toda esta problemática. Nuestra definición de lo que es bueno o malo, es un punto clave para enfrentar la proposición de una postura ética. Ante todo debemos reconocer que hablamos desde una tradición, la judeo-greco-cristiana, derivada ésta última de las dos primeras. Para los griegos, el problema del mal era de tipo metafísico, causado por el dualismo que implica el encierro de un espíritu eterno en un cuerpo mortal. Desde esta perspectiva, el cuerpo es el enemigo que debe ser controlado y dominado por la mente, debe ser mortificado y castigado en la medida en que impide la elevación espiritual de la persona. La solución a todo esto según esta postura se encuentra, trascendiendo esta vida perecedera, en un más allá en que sólo el espíritu ha de prevalecer, y por ello, todo lo relacionado con este tiempo finito, y con la vida biológico-material, es visto sólo como un tránsito, un camino hacia un supramundo de salvación, de modo que nada de este mundo y esta tierra tiene importancia real. Como puede apreciarse de inmediato, esta mentalidad no es en absoluto propicia a la constitución de una perspectiva ecológica que pudiese reconciliarnos con Gaia y con el resto del universo.

Desde la perspectiva hebrea, la causa del mal estriba en la desobediencia de los humanos a la voluntad divina, expresada en los mandamientos. Por lo general escogemos el camino del no cumplimiento, y por ende el del mal y la injusticia. Pero somos seres libres, y podemos escoger el camino correcto, teniendo en cuenta que aquí la solución no se encuentra pospuesta en otra vida o mundo trascendente, sino que debe darse en el seno de la historia humana. En ambas perspectivas, que se combinaron imbricadamente para producir nuestra cultura occidental cristiana, es el sentimiento de culpa y el de inseguridad con respecto a esta realidad material lo que se afirma, acrecentados estos sentimientos por los niveles de violencia, corrupción y monstruosidad a los que se ha llegado como consecuencia de los avances tecnológicos que aumentan el alcance de la maldad, tanto a nivel humano como en los daños ocasionados al planeta, que a su vez repercuten y pesan de una manera terrible sobre las vidas de las personas.[10]

Y una de las formas en que estos niveles de culpa e inseguridad se manifiestan, es en nuestra inveterada costumbre de considerar enemigos y culpables a quienes son otros diferentes a nosotros o nuestro grupo, encontrando siempre un chivo expiatorio a través del cual exorcizar, pero no resolver el problema. Estos otros a través de los cuales pretendemos expiar la maldad, han sido muy diversos a lo largo de la historia, cambiantes según las épocas y los pueblos, pero siempre, y en todos los casos, las mujeres en conjunto han sido los chivos expiatorios por excelencia, y por eso este mundo patriarcal es un mundo que no solo está en deuda con la Tierra, sino con las mujeres en su totalidad, que son quienes, entre los humanos, han sufrido más duramente y continúan sufriendo los rigores del desastre ecológico.

Hemos de partir entonces de una adecuada definición del mal, una definición como la que expusimos al comienzo, en la que el mal es la mala relación, la proliferación egoísta de un grupo biológico o humano específicamente en este caso, más allá de los márgenes que le corresponde, mientras que el bien sería aquella relación que respeta los límites y el equilibrio dentro del propio nicho biológico. Teniendo esos conceptos claros, podemos lograr propuestas éticas realizables y sensatas, amén de recuperadoras para el ecosistema y para nuestra relación con él y con los demás de nuestra especie.

Sin embargo, a pesar de que, como dice Radford Ruether, “La sabiduría de la naturaleza estriba en el desarrollo de límites interconstruidos a través de una diversidad de seres en mutua relación, de manera que ninguno excede su propio nicho”[11], los humanos no hemos tomado para nada en cuenta este modelo tan adecuado y simple en su elemental funcionamiento. A diferencia de todos los demás seres, y desequilibrando todo el sistema, los seres humanos hemos sobrepasado los límites existentes en el interior de otras especies, e incluso en el de la nuestra propia, al pasar, desde los tiempos de la agricultura, a los de la caza-recolecta y finalmente al modo industrial terriblemente agresivo para la naturaleza, de producir los alimentos. Pero no es sólo en este plano el desastre, que trae destrucción y sufrimiento a todo tipo de seres vivos, sino en el plano en general de un mundo industrializado y con pretensiones de cada vez mayor globalización, en el cual la lógica del producir-acumular-consumir es la única que funciona.

Todo ello nos ha conducido a vivir dentro de una sociedad humana dividida en dominadores y dominados, con una especial preponderancia de los varones en el grupo de los dominadores, donde constituyen la mayoría, pues incluso las escasas mujeres que puedan encontrarse en este grupo, son también sometidas a los dominantes varones. Pero ahora, cuando la capacidad de explotación de todo tipo de seres y objetos ha llegado a su punto culminante, se está haciendo cada vez más evidente la capacidad destructora de este modo de vida, que comienza ya a minar los cimientos de todo el sistema social y ecológico en que vivimos. Y como nadie quiere ceder ni un ápice de sus comodidades y sus riquezas y prefiere taparse ojos y oídos frente al colapso que se avecina, dicho colapso se acerca cada día más, a menos que algun@s hagamos algo de inmediato, y logremos que se nos unan cada vez más personas.

En este plano la educación para el respeto y puesta en práctica de una ética ambiental, es uno de los factores claves en el intento de detener el colapso y lograr una reconciliación con Gaia, la Tierra, que de paso nos conduzca a nuevas y más profundas formas de espiritualidad. Pero este rol fundamental de la Educación Ambiental, debe ir apuntalado por otra serie de medidas, de mayor o menor envergadura, demandando todas ellas planificación y seguimiento a largo plazo, y la capacidad de llegar a convencer e involucrar en cada caso a quienes están en cargos de toma de decisiones, pues si no hay una real voluntad política de promover el cambio a todos los niveles, pocas mejoras veremos en la situación ecológica del planeta, y de nosotros en él.

Entre esas medidas podemos señalar, sin pretender ser exhaustiv@s, las de carácter legal, imponiendo límites a la depredación que sufre la Tierra, al saqueo ecológico de grandes zonas para dedicarlas al turismo, a inversiones industriales o inmobiliarias, al pastoreo de grandes manadas de animales para el consumo humano, con lo cual las superficies dedicadas a cultivos vegetales para alimentación vegetariana disminuyen, pero además las zonas de pastoreo hacen desaparecer también grandes zonas boscosas, necesarias para el equilibrio ecológico, y los desechos de los animales, no siempre bien manejados, contaminan grandes zonas. A todo ello hay que añadir que es necesario evitar que desaparezcan zonas de bosque y vida salvaje que son necesarias a la autorregulación que Gaia ejerce sobre sí misma, pero que están desforestándose a gran velocidad con el fin de cultivar plantas para los biocombustibles o para el consumo humano manejado en forma industrial.

Es preciso lograr que las potencias que dominan el mundo, tanto en el aspecto político como en el económico, cambien de mentalidad con respecto al exceso de industrialización y al exceso de tecnologías no siempre necesarias ni justificables, que nos apartan de todo contacto con la realidad de Gaia y nos hacen vivir en un mundo totalmente artificial, tan dependiente de ellas, que al menor fallo de cierta envergadura todo podría colapsar rápidamente a nuestro alrededor…Debemos lograr que se firmen y cumplan tratados internacionales y que los organismos internacionales asuman realmente su rol y puedan obligar o convencer a todos de firmar y cumplir.

Todas las investigaciones sobre manipulaciones genéticas en animales y en plantas deben cesar, pues en poco tiempo casi no quedará ninguna especie original sobre la tierra, y no sabemos los daños que a largo plazo producirá en nosotros el consumo de transgénicos, y los grandes problemas que causan a la tierra y al equilibrio entre las tierras cultivables y los diferentes organismos que proliferan en ellas, equilibrio que los cultivos transgénicos fragilizan cada día más. Estos cambios deben ir acompañados por cambios en los estilos actuales de vida de l@s human@s, que se establecen preferentemente en grandes conglomerados donde el nivel de problematicidad social, ecológica y de todo tipo se duplica o triplica comparativamente a la vida mejor organizada en comunidades pequeñas o medianas, donde los problemas son más manejables.

Todo esto implica un cambio a veces casi radical en nuestro modo de estar en el mundo y de relacionarnos con los demás seres, hasta alcanzar niveles de equilibrio que destierren las formas de dominio y explotación que hasta ahora han caracterizado nuestra manera de convivir en y con el planeta, de modo que nos sintamos parte equiparable de él y no sus dueños o amos autorizados o señalados por Dios para dominarlo y explotarlo hasta agotar sus recursos. Esta perspectiva, apoyada en creencias religiosas y apuntalada por los avances científicos a veces de dudosa envergadura, ha sido vehiculada también por el triunfalismo de la industrialización creciente en el mundo desde los comienzos de la época moderna.

Es preciso pues que entre otras acciones a tomar, busquemos fuentes de energía no contaminantes como el petróleo o los combustibles fósiles. Algo se está haciendo en este campo con el desarrollo de la energía eólica, que sin embargo implica otro tipo de problemas en algunos casos, que es preciso resolver o minimizar, o la energía derivada de la fuerza controlada del agua (represas), que trae algunos problemas consigo, y que también deben ser resueltos de manera sensata. Desde este punto de vista de la contaminación por combustibles, se avanzaría mucho si los sistemas de transporte público se organizaran en forma eficiente y racional, de modo que fuese posible convencer a la mayoría de l@s ciudadan@s de utilizar lo menos posible los vehículos particulares. Esto implicaría menos consumo de combustibles, así como ayudaría grandemente en ese sentido el diseño de maquinarias más eficientes, que hiciesen más o el mismo trabajo con menos demanda de energía.

Los gastos de combustible en viviendas podrían también disminuir con el desarrollo de una arquitectura bioclimática al alcance de todos, aprovechando al máximo los recursos de materiales de construcción propios de cada región y construyendo de acuerdo al clima, como ciertamente se hacía en otros tiempos. En el campo de la agricultura, debemos abocarnos a buscar nuevos métodos de cultivo que no agoten la tierra, y métodos de pastoreo y crianza de animales que no agoten las tierras que podrían ser dedicadas al cultivo, pero que además sean respetuosos con los animales destinados al consumo humano. Allí hay toda una problemática de respeto a los derechos de los animales y de las demás especies, que ya está comenzando a ser tomada en serio, particularmente por la filosofía, empeñada en reflexionar sobre una más auténtica ética de la vida. No podemos seguir consumiendo carne en la forma en que lo hacemos, sobre todo en Occidente, aunque este es un problema que afecta de algún modo a todas las civilizaciones. Hemos de recordar como ya se dijo, que no debemos superar para nuestra alimentación el servirnos de más de un décimo de la escala biótica de la que nos alimentamos.

Otro grave problema es el de los desechos y su manejo, por lo que debemos tratar de acabar en lo posible con todas las formas de basura no reciclable, eliminando sobre todo los desechos tóxicos no naturales, entre ellos los desechos nucleares, los fluorocarbonos y otros restos de la actividad industrial o de consumo, pues la mayoría de ellos no pueden ser reciclados sin peligro. Esta lucha contra la sociedad productora de desechos, implica la búsqueda de productos fabricados que duren lo más posible y puedan ser utilizados muchas veces.

Aquí no podemos dejar de mencionar lo que señala James Lovelock en su último libro, La venganza de la Tierra[12], en el sentido de que los aerosoles pueden contribuir a demorar el aumento de la temperatura terrestre, parte del cambio climático en el cual él ve una de las mayores y casi irreversibles amenazas para nuestra supervivencia en Gaia. Por otra parte resulta interesante la defensa y justificación que hace de la energía nuclear como fuente limpia de energía, demostrando que el miedo que le tenemos a lo nuclear se debe a los efectos de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y a los ensayos nucleares y desarrollo de armas atómicas, que supuestamente han dejado de proliferar gracias a la firma de diversos tratados internacionales. Para él, los beneficios del uso de las centrales nucleares son mayores que sus peligros, para demostrar lo cual desarrolla toda una argumentación a primera vista convincente. Lo que en este sentido nos causa problemas y nos impide afiliarnos sin más a sus propuestas, es que, aunque compartimos su pesimismo, que nos parece muy realista, y sus afirmaciones acerca de la necesidad de dejar que Gaia se autorregule como lo hizo en el pasado, pero a la vez, salvar a la civilización que hemos construido, es que nos parecen propuestas muy ambiguas, pues no queda claro qué entiende por civilización exactamente, cómo quedan en esa propuesta los países en vías de desarrollo, y por qué asume sin problemas la supuesta inercia de la gente que se niega a cambiar sus estilos de vida. Con esto justifica aparentemente la necesidad de tener fuentes de energías limpias, la más limpia de las cuales, eficiente y segura sería la nuclear[13]

Regresando a nuestra enumeración de acciones a tomar, hemos de añadir que el poder de la toma de decisiones debe pasar a manos de las comunidades locales, que son las que se verán afectadas por dichas decisiones. Por otra parte eso implica que el poder deje de ser ejercido por las compañías transnacionales, a las que poco les importan, ni el planeta ni sus habitantes, y que en su carrera loca en pos del dinero, no ven ni oyen los mensajes de alarma que la propia Gaia nos envía.

Es preciso construir una sociedad sana, cambiando poco a poco pero sin desmayo lo existente. Una de las condiciones indispensables para lograr esto es la desaparición gradual del militarismo, del armamentismo y de la constante amenaza de guerras y violencia cuando algo funciona mal, o cuando se quiere imponer por la fuerza algo a la totalidad de un pueblo. Ciertamente los ejércitos siguen siendo necesarios, pero en la medida en que los conflictos se resuelvan de otra manera, mediante el diálogo, en las mesas de negociaciones en que al final acaban resolviéndose después de tantos inútiles derramamientos de sangre y del daño a la naturaleza en los lugares en guerra, los militares serán más bien fuerzas dedicadas al apoyo de la paz, con múltiples tareas en medio de los civiles[14].

Entre las propuestas para este cambio, no podemos dejar de mencionar la necesidad de acabar con las desigualdades sociales existentes, con la inequidad entre varones y mujeres particularmente, porque es la clave de todas las demás y la que se mantiene a través de las demás y las atraviesa en profundidad. Pero hemos de detallar aún más. Hemos de buscar la equidad entre hombres y mujeres, entre grupos humanos diversos, entre la especie humana y las otras especies, y finalmente entre las diferentes generaciones de seres vivientes: los que vivimos ahora y los que están por venir.

            Un punto álgido de toda esta “agenda” que mencionamos tiene que ver con el control de la población humana, pues también en este sentido puede decirse que hemos superado los límites de nuestro nicho ecológico como especie. Aquí hay que mencionar la apropiación que del cuerpo de las mujeres han hecho a lo largo de la historia los varones. Las mujeres deben ser consultadas sobre el manejo de su fecundidad y reconocidas como agentes morales de su propia capacidad reproductiva. Esto implica también acabar con el poder que el patriarcado se ha arrogado siempre en este campo, manejando las decisiones acerca de la reproducción, valorando más el nacimiento de un varón y reduciendo a las mujeres básicamente a la función procreadora. El nacimiento de una niña debe ser tan celebrado como el de un niño, y la participación de las mujeres en los asuntos sociales y políticos, debe ser a parte entera en equidad de condiciones con los varones, reconociendo que las mujeres adultas son seres autónomos, agentes culturales y económicos activos, y no sólo seres dependientes y por ello sometidas los varones, como lo quiere el mundo patriarcal.

Si volvemos a apoyarnos en las ideas de Rosemary Radford Ruether, para lograr todos estos cambios que se requieren, para salir de las relaciones patriarcales entre mujeres y varones, y transformar las relaciones con la Naturaleza, lo que hay que cambiar radicalmente según ella, y compartimos obviamente su idea, es el estilo de vida masculino, más que el femenino.

“(...) La liberación de las mujeres no puede ser considerada simplemente como su incorporación, aunque con muchos menos beneficios, a los enajenados estilos de vida masculinos, lo que significaría sumarlas llanamente a los patrones de vida enajenada creados por y para los hombres. De hecho, es imposible integrar completamente a las mujeres a esta vida alienada de los hombres, ya que el enajenado estilo de vida masculino sólo es posible a través de la explotación de las mujeres que permanecen atadas a su naturaleza.”[15]

Para concluir, hemos de señalar, que ese ser humano ya humanizado, o en vías de serlo, surgirá más fácilmente en el seno de las comunidades locales, a través de las instituciones locales sobre las cuales es más fácil ejercer la influencia sanadora de la Educación Ambiental: el hogar, la escuela, la iglesia, la granja, pueden ser los proyectos pilotos para una vida ecológica. De allí partirían redes organizativas que deberían extenderse constante y continuamente, tanto a nivel internacional como mundial, en una lucha por cambiar las actuales estructuras de poder. Aquí, evidentemente se requiere un cambio de conciencia que sea radical y comience por cada un@ de nosotr@s promoviendo además la transformación de nuestro entorno.

Para que esto pueda ser aún más factible, todas estas propuestas deben implicar una forma de espiritualidad fuerte, básica, pero liberada de todo dualismo como hemos dicho. Una espiritualidad que reúna a la vez las características del Dios del poder y de la ley, el de los mandamientos para proteger al más débil, pero ahora no formulados con atronadora voz desde cualesquiera alturas intimidantes, sino que hable a cada un@ en el interior de su conciencia y de su corazón; y las características de Gaia, que habla desde lo íntimo de la materia, y que, aunque acallada por tanto tiempo de cultura patriarcal depredadora, no cesa de llamarnos a la comunión con todo lo existente, en el mutuo respeto biofílico entre todos los seres que conforman nuestro nicho planetario. No debe olvidarseno obstante, en esta personificación sacralizada que hacemos de Gaia, que, aunque Radford Ruether no lo plantea así, Gaia que es nuestra Madre Tierra, así como nos protege y acoge nuestra vida en ella, puede castigarnos duramente, y de hecho lo hace, con catástrofes terribles de las cuales somos por lo general l@s únicos culpables. Esas dos voces, la de Dios y la de Gaia, han de confundirse en una sola, tomando de cada tradición religiosa los mejores aspectos de alianza y sacramentalidad. Al respecto, nos dice nuestra autora que

“Necesitamos ambas voces sagradas. No podemos depender sólo de la voluntad para rescatar selvas y especies en peligro de extinción, para poner límites a la explotación de animales y sancionar a los que abusan. Necesitamos sistemas organizados y normas para las relaciones ecológicas. De lo contrario, no sólo la mayoría de las personas no actuarían de acuerdo con lo requerido, sino que además no podrían hacerlo, ya que no tendrán los recursos para satisfacer sus necesidades diarias, excepto a través de un sistema que responda a las exigencias actuales. No obstante, sin la otra voz, nuestras leyes no tienen corazón, no tienen raíces en la compasión ni en el sentimiento de fraternidad, y por lo tanto fracasarían al intentar fomentar un deseo que motive una vida biofílica.”[16]

Será entonces bajo la forma de una espiritualidad fuerte y bien estructurada, basada así mismo en ciertos avances de algunas ciencias como la física cuántica, como lograremos organizar comunidades en las que podamos vivir a la vez celebrando la vida y luchando con firme resistencia contra todos los desequilibrios que nos impiden reconciliarnos plenamente con Gaia, nuestra Madre Tierra, que es el soporte real y espiritual de nuestra vida en este planeta y de toda vida sobre él. En este esfuerzo por reconciliarnos con Gaia, es preciso armarnos de fe y de amor, superando todo pesimismo fatalista pero también todo optimismo ilusorio y negador de la realidad. Debemos entender que la solución no estará nunca dada de una vez por todas, o pospuesta utópicamente para algún nuevo atardecer o milenio próximo. Nuestra vida es aquí y ahora, y en medio del cotidiano esfuerzo, debemos celebrar con alegría lo que ya tengamos y cada nuevo avance que se consiga. Sólo así podremos vislumbrar ya un mundo reconciliado, y estar segur@s de que estamos sembrando la mejor semilla y dejando el mejor camino, parcialmente andado ya, a nuestr@s hij@s y a l@s hij@s de nuestr@s hij@s, y más allá, donde ya nuestros ojos sólo pueden atisbar la infinita Luz que se esconde en medio del bosque sagrado.

 

Notas

[1] Que es ya la transformación que producimos en la naturaleza o lo que le añadimos.

[2] ARENDT,Hannah: La Condición Humana. Editorial Paidós, Barcelona, 1993. Pág.160.

[3] Ibidem. El paréntesis es nuestro.

[4] Ibid, pág. 192.

[5] Ibid, pág.168.

[6] RADFORD RUETHER, Rosemary: Gaia y Dios. Una Teología Ecofeminista para la recuperación de la Tierra. Editorial Documentación y Estudios de Mujeres, AC. (DEMAC), México, 1993. Pág. 58.

[7] Ibid, pág. 255.

[8] Ibid. Pág256.

[9] Ibidem.

[10] Basta para comprender a qué nos referimos, con pensar en todas las catástrofes naturales causadas por la intervención indiscriminada del ser humano en el planeta.

[11] RADFORD RUETHER, Rosemary: Gaia y Dios. Una Teología Ecofeminista para la recuperación de la Tierra. Opus Citat, pág. 262.

[12] LOVELOCK, James: La venganza de la Tierra. La Teoría de Gaia y el futuro de la humanidad. Editorial Planeta S.A. Barcelona, 2007.

[13] Todo esto por supuesto, a la espera de lograr el desarrollo tecnológico que permitiría obtener en gran escala la que según él es la más limpia y menos riesgosa de todas las energías, la de fusión, que tiene que ver con la fusión nuclear del hidrógeno. Ibid., páginas 134-137.

[14] Por ejemplo colaboración con las comunidades en el plano de la salud, el deporte, ciertos tipos de enseñanza de tecnologías para la paz, el apoyo ante catástrofes naturales,etc.

[15] RADFORD RUETHER, Rosemary: Gaia y Dios. Una Teología Ecofeminista para la recuperación de la Tierra. Opus Citat, pp.270-271

[16] Ibid. Pág. 260, 261.

Gloria Comesaña Santalices
Universidad del Zulia
Facultad de Humanidades y Educación
Doctorado en Ciencias Humanas
Cátedra Libre de la Mujer
gsantalices@cantv.net

[Fuente: Gloria Comesaña Santalices. "Reconciliarse con Gaia en un mundo dominado por la razón tecnológica". Utopía y Praxis Latinoamericana Año 15, No. 51 (Octubre-Diciembre, 2010): 127-140.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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