Nicolás M. Sosa
  

 

EL CONCEPTO DE ECOLOGÍA

Como es obvio, no se pretende, en este capítulo, proceder a una definición específica y pormenorizada de la ciencia ecológica, lo cual, ni es tarea nuestra, ni supondría avance alguno sobre los muchos trabajos de todo tipo —introducciones, tratados, ensayos— que ya existen, como puede comprobarse con una simple ojeada a la bibliografía disponible. El motivo es otro: intento partir de algunos textos fundamentales, sobradamente conocidos dentro y fuera de la comunidad científica, para resaltar el carácter peculiar de esta ciencia que convierto en “referencia científica” central para mi trabajo de reflexión filosófica. El discurso que sigue se nutre, principalmente, de los trabajos de ocho ecólogos suficientemente acreditados en el área de conocimiento en cuestión: Ph. Dreux, A.H. Hawley, E.J. Kormondy, R. Margalef, M.R. Miracle, E.P. Odum, G. Olivier y J. Terradas.

Es sorprendente cómo en estos y otros Tratados  de Ecología se pasa con frecuencia de definir conceptos como “nicho ecológico”, “ecosistema”, etc., a afirmaciones que rozan, cuando no tocan de lleno, presupuestos filosóficos sobre el hombre. Un libro dedicado a sentar las bases científicas de la ecología moderna, como el de Edward Kormondy (1975) cuyas páginas se ocupan del flujo de energía, de los ciclos biogeoquímicos o de la organización y dinámica de las comunidades ecológicas, nos sorprende en su último capítulo con afirmaciones como esta:

El hombre no tiene más privilegio al “dominio sobre la tierra” que cualquier otro ser; el medio ambiente no sólo sirve al hombre, sino también a otras especies. El ser humano más bien tiene una responsabilidad sobre el medio ambiente muy superior a la de las demás especies, si se puede hablar en tales términos. La responsabilidad del hombre es la de administrador y guardián, basada únicamente en su capacidad de conocimiento, reflexión y predicción. El hombre, en contraste con el resto de las especies, puede controlar voluntariamente su medio ambiente, su población, así como su comportamiento, herencia genética y evolución. El ejercicio de este control ha sido particularmente relajado con respecto a su población, en el consumo de recursos naturales renovables y en el manejo de los desechos, las consecuencias y los subproductos de ese consumo (KORMONDY, E.,1975, 237-8. Cito por la 5º edic., de 1985).

Y ya casi en su última página, el autor expresa la necesidad de que

el hombre reconsidere el lugar que ocupa en la naturaleza, revise sus actitudes hacia el medio ambiente en general y, como dijo Aldo Leopold, que desarrolle una nueva ética de la tierra. Las raíces de la crisis en la que el hombre se encuentra hoy atrapado están en la visión que el hombre occidental, en particular, ha tenido acerca de la tierra: la tierra como adversario que tiene que ser conquistado y puesto a su servicio a fin de ser explotado para sus propios fines como una posesión de dominio de derecho y, más importante aún, como una tierra de capacidad ilimitada. Estas consideraciones deben servir de base a una conciencia ecológica, a amar, respetar, admirar y comprender el ecosistema global del cual formamos parte, y a una ética  que asegure la supervivencia de la especie humana, con calidad, dignidad e integridad. De no ser así, su suerte está decidida. Será la de una colisión y un inexorable holocausto (KORMONDY, E., 1975, 276. Subrayados míos).

He seleccionado los textos que preceden porque son una buena muestra de lo que pretendo defender: la insoslayabilidad moral del problema, reconocida y señalada, no ya desde la reflexión ética y filosófica, sino desde la descripción y explicación científicas del mundo, en el área de las disciplinas biológicas. Me he ocupado de recoger una estimable cantidad de textos similares en las obras de los autores más atrás mencionados, algunas de las cuales se reputan tratados específicamente “técnicos” sobre la cuestión. Tal característica le conviene, como a pocos, al libro de Ramón Margalef quien, sin embargo, no repara en afirmar que el hombre es un problema “no sólo para sí, sino también para la biosfera en que le ha tocado vivir” (MARGALEF, 1981, 245), con lo que se aboga, en último término, por una conciliación entre la naturaleza y el desarrollo tecnológico, como lo expresará taxativamente el texto de Miracle (MIRACLE, 1982, 12), recordando aquel principio baconiano, releído hoy como principio ecológico básico: “No podemos mandar sobre la Naturaleza más que obedeciéndola” (Citado en MIRACLE, 1982), 63).

La llamada a considerar que la Naturaleza no es algo puesto a nuestro servicio y dilapidación, sino que se rige por unas reglas cuyo conocimiento es imprescindible para predecir los resultados de las acciones humanas, se hace insistente en todos estos textos científicos sobre los conceptos ecológicos. Y es que la Ecología, como dirá Amos H. Hawley, “no se ocupa simplemente de las meras agregaciones de individuos, sino de su organización e integración en una comunidad. La hipótesis distintiva de la Ecología es que la comunidad es el mecanismo adaptativo esencial “ (HAWLEY, 1982, 44. Subrayado mío). Este sesgo “comunitario”, que caracteriza cualquier planteamiento ecológico, elimina por principio toda suerte de “individualismo”. Si la Ecología es la moderna ciencia que se ocupa de las complejas relaciones de los organismos vivos con su medio (DREUX, 1975, 9)y en ese medio se incluyen también  los factores abióticos, ningún individuo de ninguna especie puede ser considerado de forma aislada. Antes bien, es ineludible contemplarlo como formando parte de una colectividad, constituida en primer término por los de su propia especie, pero atendiendo también a las interacciones de conjuntos poblacionales diferentes (interacciones que adoptan múltiples formas, desde el parasitismo hasta la depredación).

Cuando la Ecología contempla al homo sapiens como protagonista deviene “Ecología Humana”, ocupada en analizar la relación del hombre (la Humanidad) con su medio (la Biosfera). El hombre ha ocupado y sigue ocupando progresivamente ese medio en que vive —su medio ambiente— y tal ocupación cambia la faz de la Tierra y transforma la composición de la Biosfera, no sólo mediante una acción directa de modificación, sino también por la vía de los desechos que la civilización humana y sus modos de vida generan. El listado de componentes de esta acción modificadora “indirecta” podría condensarse así: desechos industriales contaminantes; detergentes y basuras de origen doméstico que, por su composición química, no pueden ser biodegradados por las bacterias; insecticidas y pesticidas que, aparte su toxicidad —que repercute en la propia alimentación humana—, acaban por no tener efecto en determinados insectos, debido a un proceso de resistencia; subproductos de la industria nuclear y lluvia ácida, graves por la larga duración de sus efectos, etc.

Todo ello trae como consecuencia que aquel “mecanismo adaptativo esencial” con el que definíamos la comunidad se desequilibra cuando el hombre pone en marcha una idea de progreso ilimitado en un medio que no lo es. Este será el leitmotif  del libro de Terradas, más encaminado a la divulgación —igual que el de Miracle— de los contenidos temáticos de la Ecología. Su afirmación de que el hombre “es mucho más faber  que sapiens en su interacción con los ecosistemas de los que depende” (TERRADAS, 1971, 100.  Cito por la 7ª edición, de 1982) adquiere una relevancia inusitada a la vista del deterioro ecológico de este fin de siglo. Responsabilidad cívica, conocimiento científico, innovación tecnológica y educación serán, de consuno, según el profesor catalán, los que provean el esfuerzo para encontrar salidas satisfactorias (TERRADAS, 1971, 189).

No tiene nada de extraño, pues, que Eugene Odum subtitule su tratado de Ecología con el rótulo definitorio de “el vínculo entre las ciencias naturales y las sociales” (ODUM, 1980); entenderlo así nos permitirá contemplar los problemas sociales, económicos, de desigualdad o de injusticia no del todo desligados de la propia administración del ecosistema . Algo que a otro nivel había intentado Jean Piaget, haciendo de la Biología el gozne epistémico entre ambos grupos de ciencias, con el fin de sentar las bases teóricas de un efectivo tratamiento interdisciplinario (PIAGET, 1976, 199-282); en éste, la Biología, la Teoría de Sistemas y la Cibernética formarán un ensamblaje que constituirá la base del replanteamiento epistemológico piagetiano.

Retomo la idea directriz de tales trabajos para reconocer en la Ecología la base teórica en la que hacer confluir —en diálogo y confrontación— los resultados parciales de otros sectores de investigación. Y lo hago porque, tal vez, de la necesidad y conveniencia de los tratamientos interdisciplinarios se ha hablado y escrito mucho más que lo que se ha hecho. Sin embargo, un trabajo como éste, que se genera en el reconocimiento de una real amenaza de colapso civilizatorio, no tiene más remedio que admitir que nunca como ahora fue tan urgente la necesidad de obtener una comprensión global del mundo y del hombre, mediante las diversas vías de las ciencias y del pensamiento filosófico. Fruto de un tratamiento así será, pues, la reconsideración del hombre y su lugar en el mundo, tal como lo expresaba Kormondy al final de su libro. Para la mayoría de los ecólogos, tal reconsideración es fundamental. Como muestra recojo aquí un texto de Philippe Dreux:

Desgraciadamente, vivimos todavía con conceptos procedentes del paleolítico y nuestra inteligencia no ha evolucionado suficientemente como para pensar en términos dignos de ella: la Humanidad y la Tierra en lugar de nuestra tribu y nuestro territorio. Hasta que esta cordura llegue a imponerse, y es de esperar que llegará bajo la presión de los acontecimientos, la Ecología debe ganar tiempo para la humanidad. Y ello se logrará estudiando los ecosistemas de nuestro planeta, la forma de utilizarlos mejor sin destruirlos, de aumentar la producción y de luchar contra la polución; es un trabajo enorme, útil e interesante, y es de esperar que cada uno tome conciencia de él.  (DREUX, 1975, 210).

He aquí una cita que expresa, como pocas, la doble dimensión del discurso y el hacer ecológico y ecologista acerca de la crisis. La propuesta contenida en su segunda parte supone una llamada a tomar conciencia y a colaborar en campos concretos amenazados por la acción humana esquilmadora del medio. Pero nótese que tal empresa no está planteada como la solución definitiva del problema, sino como algo transaccional y subsidiario, aún si necesario y preciso. Porque el tema de fondo, para el autor, es el que se enuncia en la primera parte de la cita: la pertenencia del ser humano a la gran casa de la “la Humanidad y la Tierra”, por encima de “la tribu y el territorio”. Si se prescinde de esta consideración, teóricamente más rica y profunda, del lugar del hombre en el mundo y de su relación con él, se ha desposeído al ecologismo y aún a la ciencia ecológica de sus presupuestos teóricos más fundamentales; y entonces se seguirá hablando de “parcialidad” en los planteamientos del movimiento ecologista, como no pocas veces ocurre, por ejemplo, desde posturas marxistas pretendidamente ortodoxas.

En este sentido, merece la pena detenerse un instante a considerar algunos textos, con frecuencia aireados, como los de Paccino (PACCINO, 1972) o Tibaldi (TIBALDI,1980) quienes, con un discurso que no dudaría en calificar de apocalíptico y muy cercano al género del panfleto, poco o ningún servicio rinden a una causa por la que dicen preocuparse. Dejando a un lado, de momento, la soflama, a mi juicio, inane, de sus escritos, he de decir que participo de una idea de base mantenida en ellos: la de que las soluciones a los problemas ecológicos no pueden consistir en remedios parciales que permitan la expoliación y la continuación de una forma abusiva de industrialización, en pro de una idea discutible de progreso y bienestar. Poco más podemos encontrar de común entre su concepción y la que aquí mantenemos. Así, no comparto en absoluto la idea de Paccino —por lo demás, harto extendida entre pensadores de similar filiación— de que la conciencia ecológica en el fondo no tiene nada que ver con el fin de la explotación del hombre y de la naturaleza (Cfr. el Prólogo a TIBALDI, 1980, 23).

No es nuevo este discurso “antiecológico” elaborado desde una pretendida profesión de fe en algo así como la “conciencia proletaria”. Lo que ya no es tan nuevo es que tan poco argumentados —y hasta deficientemente redactados— textos encuentren acogida en editoriales que, en otros momentos, han dado a la luz importantes escritos. Resulta reconfortante comprobar cómo otros autores que se reclaman herederos de la tradición marxista no incurren en tamaños despropósitos, como hacer de “la fábrica” y “el proletariado” los únicos puntos de referencia posibles cuando se plantea la necesidad de modificar el sistema de producción y desarrollo, es decir, el modo de vida de nuestras sociedades industrializadas. No es el momento de desarrollar hasta qué punto y en qué medida el ecologismo, negador en cierto modo del principio de productividad, puede hacerse compatible con la teoría marxista, dentro de la cual, el productivismo no parece que pueda ponerse en tela de juicio. Ello nos llevaría a cuestiones espinosas acerca de si hay que considerar heterodoxos a unos y ortodoxos a otros o, en definitiva, a preguntarse sobre quién o qué criterios han de decidir los márgenes de la ortodoxia. Lo cierto es que, aparte una buena selección de textos marxianos en los que no faltan sugerencias muy congruentes con los planteamientos ecologistas (en el propio El Capital, o en la Crítica del Programa de Gotha ), y admitiendo todas las posibilidades de diversificación en los escritos de Marx, como nos indica L. Kolakowski en su estudio sobre Las principales corrientes del marxismo , existen ya bastantes trabajos (por ejemplo: BAUER / PAUCKE, 1978; GORZ, 1973; HARICH, 1977; LEE, 1980 y 1982; MANSILLA, 1982; STRASSER, 1982; etc.)que aportarían claridad a una polémica, originada esta vez desde la práctica política de los partidos de filiación marxista en confrontación con el contenido de los nuevos movimientos sociales. Quede, de momento, para otra ocasión, la discusión de esta interesante temática. Me limitaré, por ahora, a rechazar la afirmación de que en los libros al uso que plantean los problemas ecológicos no hay “ni una sola palabra sobre relaciones sociales” (TIBALDI, 1980, 55); primero, porque es sencillamente falsa; y segundo, porque el concepto de Ecología al que quiero llegar, objeto fundamental de este capítulo, es, precisamente, el de Ecología Social, tal como han intentado definirlo autores como Murray Boockin o el propio Edgar Morin, en varios lugares de sus obras, donde la conciencia ecológica conlleva un replanteamiento no sólo de las relaciones del hombre con el medio natural y físico, sino con el medio humano, es decir, también  del hombre con el hombre.

La Ecología Social

La extensión y ampliación que el concepto de “Ecología” ha experimentado desde que, en 1868, Ernst Haeckel lo acuñara para definir la investigación de las interrelaciones entre las poblaciones y su medio, ha sido comentada y expuesta en bastantes lugares y no es preciso volver sobre ello. (Cfr., por ejemplo, TAMAMES, 1984, 51; SKOLIMOWSKY, 1981, pág. 85 de la versión castellana, en Integral Edicions; SOSA,  1985, 7-8). Partimos ya del hecho constatado de que el término “ecología” y la carga conceptual que conlleva se ha introducido hoy en áreas dispares del conocimiento (ver nota 1). Esta proliferación de la palabra “ecología” acarrea, a menudo, un vaciamiento de su contenido y, desde luego, un uso rayano en el tópico que no propicia para nada una adecuada comprensión de lo que es y lo que pretende. De todo el abanico de confusiones a que el concepto se presta y en el que, frecuentemente, se ve envuelto, me interesa sobre todo rescatarlo de la identificación a que muchos lo someten con una forma de ingeniería natural que podríamos denominar “ambientalismo”. Hay que decir, desde un principio, que, ni siquiera reduciendo el concepto de Ecología a su más estricta acepción como rama del conocimiento biológico, podría entenderse así. Para apoyar esta afirmación me remito sencillamente a los textos de los ecólogos, de los que se aporta una buena muestra en este mismo capítulo.

Pero cuando de ninguna manera puede operarse la identificación apuntada es en el momento en que entendemos al concepto operando dentro de la concepción más amplia que pretendemos adoptar aquí. Para establecer la diferencia de un modo suscinto diré que por “ambientalismo” podemos entender una perspectiva mecanicista e instrumental que concibe la naturaleza como un algo compuesto de “objetos” (animales, plantas, minerales) que deben administrarse del modo más aprovechable para el uso humano. En otras palabras, la naturaleza no pasa de ser, en esta concepción, un depósito de “recursos naturales” o “materias primas”; las ciudades devienen “recursos urbanos”; sus habitantes, “recursos humanos”. Con esta mentalidad, en el horizonte de un proyecto (mal llamado) “ecologista” no estaría el logro de un equilibrio, sino una mera tregua en el abuso de la utilización, la menor alteración posible del hábitat humano, compatible con la continuación del saqueo del entorno natural.

Con ello, no se pone en cuestión una premisa básica: la de que la humanidad debe dominar la naturaleza. Y, paralelamente, no se cuestiona para nada el distanciamiento entre humanidad y medio natural cuyo resultado vienen a ser los grandes desequilibrios registrados. El desplazamiento gradual desde el mundo natural al mundo social ha desdibujado sobremanera el hecho de que ambos son propios del hombre. Puesto que ambos interactúan recíprocamente mediante fases evolutivas complejas, se ha vuelto tan importante hablar de ecología social  como de ecología natural.

La ecología social, pues, aporta una crítica de la brecha entre humanidad y naturaleza; pero, en tanto atiende a los factores sociales y orgánicos que se interrelacionan para constituir la base de una comunidad ecológicamente equilibrada, se convierte también en una de las disciplinas más aptas para abordar la crítica del orden social. La imbricación del planteamiento y enfoque ecológicos en el análisis de lo social, lo político y lo económico es algo cada vez más generalizado. De ello dan muestras no pocos trabajos, convenientemente seleccionados en la base bibliográfica de datos a la que más atrás me he referido. Creo que este emplazamiento pone las bases para una aproximación más “reconstructiva” a los problemas que nacen de las aparentes contradicciones entre naturaleza y sociedad. Lo que se apunta aquí no es otra cosa que la necesidad de un cuerpo de conocimientos más comprehensivo que nos permita un análisis crítico más maduro de nuestra relación con el mundo natural.

En los mismos años en que Piaget publica Biología y Conocimiento, y F. Jacob su Lógica de lo viviente, Edgar Morin escribía en su Diario de California:

La Sociología ha desdibujado, borrado al hombre biológico... Han sido cortados todos los puentes entre bios y polis, y anthropos ha quedado dividido en dos.

A partir de esta convicción, la ciencia ecológica se convirtió para el pensador francés en la base de su visión interdisciplinaria, porque se presentaba como idónea para aunar el tratamiento de los problemas de la naturaleza, de las sociedades y de la humanidad. Para acabar de mostrar los componentes del concepto de Ecología Social que de aquí surge y que  está a la base de todo mi planteamiento, recurro, en lo que sigue, a los textos de Morin (ver nota 2). Lo fundamental en su trabajo es la identificación del problema ecológico como problema sociológico clave, y la introducción del concepto de ecosistema  en el medio social, por cuanto en éste se dan las relaciones de interdependencia que son características de la visión ecológica.

El concepto de Ecología Social supone entender que el entorno natural, los objetos-artefactos de la civilización y el conjunto de fenómenos de la sociedad constituyen, todos, un medio para los individuos, los grupos y las instituciones. Un medio, pues, que comprende a los otros medios: el medio natural, el medio técnico  y el medio social.

Una de las ideas básicas en esta concepción es el hecho constatado de que un sistema cualquiera, en tanto obedece a una programación menos rígida, más evolucionado está y, aunque parezca paradójico, más necesidad tiene, para desarrollarse y subsistir, de nutrirse del ecosistema al que pertenece en materia-energía y en informaciones cada vez más diversificadas. Lo dicho conviene a los llamados “sistemas abiertos” (mamíferos superiores, seres humanos, sociedades modernas). De aquí el principio, no menos paradójico, que rige tales sistemas abiertos: la independencia del sistema abierto es proporcional a su dependencia respecto del ecosistema . En la medida en que esto suponga reconocer, por ejemplo, que el individuo no puede desarrollarse ni desarrollar su autonomía más que a través de un gran número de dependencias técnicas, educacionales y culturales, no se presentan mayores problemas. Pero ello ocurre porque se toma al individuo como sistema de referencia y al medio social como ecosistema. Sin embargo, si no pueden estudiarse los sistemas abiertos como fenómenos cerrados, el “ecosistema social” no puede entenderse tampoco aislado ni cercado por barreras insalvables respecto al ecosistema natural.

Que así suceda se explica por la tendencia de todo sistema abierto auto-organizador a crear su propio determinismo interno, respondiendo de manera aleatoria al “determinismo” del ecosistema. Si se siguen con atención los trabajos de von Neumann acerca de la noción de complejidad e hipercomplejidad, o los de von Bertalanffy sobre la teoría de sistemas, se verá que las sociedades modernas, virtualmente hipercomplejas, tal vez no se desarrollan con arreglo a las previsiones autoequilibradoras contenidas en tales teorías, debido a que las tendencias dominantes (industrialización, urbanización...) se han hecho consustanciales al sistema y no permiten ya el equilibrio —entendidas las sociedades en el medio Tierra—, sino que más bien acentúan la divergencia, entre feedbacks negativos y positivos, como tendré ocasión de comentar en la tercera parte de este mismo trabajo, al pasar revista a los grandes informes mundiales sobre la crisis.

Visto desde el individuo, la autonomía y la libertad humanas no significan emancipación del medio social, sino complejo de dependencias incrementadas que, desde luego, no se expresan según el determinismo exterior y la causalidad unívoca. Hasta aquí llegan sociólogos y filósofos sociales no encadenados a la visión cartesiana del hombre y del mundo. Pero sólo hoy, a raíz de la constatación de perturbaciones graves, por mor de la repercusión del ecosistema social en el ecosistema natural, el propio pensamiento científico y técnico empieza a considerar la necesidad de incrementar la conciencia de nuestra dependencia ecosistémica; pero en términos, esta vez, de ecosistema global.

La década 1960-70 ha sido definitiva en orden a revelar que el desarrollo no estaba dominado, que la racionalidad técnica había olvidado la complejidad biológica y la hipercomplejidad psico-afectiva, que la expansión y el exacerbamiento de un determinado concepto de bienestar no sólo se desplegaba en insolidaridad con el medio sino que creaba nuevos ámbitos de anomia social. Ya no es posible atajar sectorialmente los subproductos del desarrollo, como pueden ser la polución o el ruido o el incremento de los desechos. Sencillamente, porque tal vez haya que mirarlos, no como subproductos, sino como consecuencias insoslayables de ese  tipo de desarrollo. Es imposible negar la degradación progresiva de las fuentes primarias de la vida y aún de la vida misma. Por tanto, no estamos ante unas consecuencias indeseables que hay que subsanar, sino ante un salto cualitativo en el devenir de nuestra civilización, frente al que las soluciones tecnológicas, y sólo tecnológicas, se revelan insuficientes.

Georges Friedmann, de cuyo trabajo es deudor el de Edgar Morin, es uno de los pioneros de la Ecología Social. En el camino abierto por él, pienso que la noción de ecosistema ofrece el marco adecuado para una investigación que pretenda dar razón del mundo actual y de nuestra crisis civilizatoria. Ecosistema, repito, entendido de modo global, dentro del cual interaccionan los ecosistemas parciales (geológicos, climáticos, vegetales, animales, humanos, sociales, económicos, tecnológicos, políticos) entre los que no hay barreras absolutas, sino interacciones e interdependencias. Es insuficiente la reducción a unidades elementales cuantificables; insuficiente y, hoy más que nunca, empobrecedor. Por el contrario, lo urgente es concebir la organización de las unidades complejas, no perder nunca el marco teórico del conjunto.

Aún si comprimidamente, este sería el apoyo conceptual para entender la Ecología en su sentido más radical y en su potencial más esclarecedor.

NOTAS

  • (1) Merecería la pena recordar, aun sólo para mencionarla, la línea de investigación en Didáctica, representada principalmente por Bronfenbrenner, Mace, Turvey y Shaw en los primeros ochenta y, sobre todo, por W. Doyle. Estos son algunos de los especialistas en Ciencias de la Educación que participan en la elaboración de un paradigma —el “paradigma ecológico”— que se ofrece como alternativa a los principales paradigmas existentes, asumiento la tarea de cubrir sus lagunas e insuficiencias. Como es sabido, los paradigmas o modelos que han orientado la investigación didáctica en los últimos cincuenta años son: el paradigma “presagio-producto” (Waller, años treinta); el “poceso-producto”, sobre la eficacia de los métodos y el análisis de la interacción (Lippit, White, Anderson, década de los cuarenta); y el paradigma “mediacional”, con la consideración de procesos intermedios y procedimientos cualitativos, bien centrado en el profesor (Shulman, Sharelson, Clark, años setenta), bien en el alumno (Olson, Brandsford , Galacher o Rofhkopf, también en los setenta).
    Es importante decir que las bases conceptuales de este paradigma incluyen la consideración del medio ecológico como un conjunto de estructuras físicas, sociales y psicológicas que caracterizan las relaciones e intercambios de las personas con la naturaleza, los objetos artificiales y los organismos que cohabitan en el entorno. (Cfr. PEREZ, A., Ponencia presentada al Primer Congreso Internacional de Didáctica, Murcia, 1982).
  • (2) Las ideas de E. Morin, de las que esta parte de mi trabajo es deudora, están contenidas en MORIN, 1977 y 1980; antes, en el artículo que publicó en el volumen colectivo de homenaje a Georges Friedmann ( MORIN, 1973).

 

 

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Nicolás M. Sosa. Ética ecológica. Necesidad, posibilidad, justificación y debate. Madrid: Universidad Libertarias, 1990 [Primera edición digital de Ética ecológica, a cargo de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001].

  

© José Luis Gómez-Martínez
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