Nicolás M. Sosa
  

 

LOS DIAGNÓSTICOS SOBRE LA CRISIS

Esta parte de mi trabajo y la que le sigue son, en cierto modo, complementarias, y responden al mismo objetivo: analizar un conjunto de textos relevantes que, procediendo de áreas de conocimiento diversas, abocan, tarde o temprano, a la cuestión de la concepción del hombre en el mundo y al problema moral de la responsabilidad hacia el medio natural. La relevancia la he establecido, a la hora de la selección, atendiendo, en el capítulo siguiente, a los documentos mundiales globales más conocidos a lo largo de los últimos diez años, con las excepciones que especifico en su lugar; en el presente capítulo, el criterio ha sido el de la mayor divulgación —en el mismo espacio de tiempo— de libros que recorrieron el mundo y nutrieron, cuando no, incluso, despertaron, las inquietudes ecológicas de toda una generación, ya sea mediante su directa lectura, ya a través de la difusión de sus contenidos, a cargo de las muchas revistas que, a lo largo de este tiempo, han visto la luz y han pasado de mano en mano por grupos y movimientos colectivos.

He de contentarme, no obstante, con el señalamiento somero de algunas ideas que considero más interesantes para mi trabajo, en un recorrido rapidísimo por algunos de estos textos.

No cabe duda de que el origen del movimiento ecologista hay que buscarlo en las denuncias que no pocos científicos, sobre todo biólogos, han ido haciendo públicas sobre el rápido agravamiento de la situación planetaria. Ello ha servido, no tanto para tomar la ciencia ecológica como referencia teórica absoluta, cuanto para considerar como un dato de extrema relevancia —de cara a repensar la actuación humana en el medio— el resultado de la investigación ecológica durante más de un siglo. Por la temprana fecha en que aparece —1960— hay que citar aquí el libro de la bióloga Rachel L. Carson, Silent Spring , que contribuyó no poco a la divulgación de la problemática ambiental. De él dijo el sociólogo A. Schnaiberg que poseía el mérito de exponer las características de la infraestructura social, económica y científica que ha permitido la degradación ecológica. Pero lo verdaderamente significativo es que veinte años después, cuando la obra se traduce al castellano (CARSON, 1980), su diagnóstico permanece rigurosamente vigente.

Esta característica es predicable, por lo general, del casi centenar de libros examinados bajo este epígrafe de “Los diagnósticos sobre la crisis”. Salvo aquellos que operan con datos concretos de curvas demográficas y con cuantificaciones sectoriales, los discursos, algunos de ellos escritos al inicio de los setenta, mantienen una rigurosa —y, por lo mismo, preocupante— actualidad.

Desde el omnicomprensivo libro de Isaac Assimov (ASSIMOV, 1980) hasta la narrativa de Delibes (DELIBES, 1979), creo que la selección de textos examinados, de entre los que componen esta parte de mi base de datos, provee de un cumplido y exhaustivo diagnóstico de nuestro tiempo. De la prolija exposición del primero, uno saca la conclusión de que serían únicamente las “catástrofes de quinta clase” las que realmente nos amenazan; o sea, las que se originan, en una palabra, en el uso y abuso de las tecnologías avanzadas, con claro riesgo de destrucción de la civilización “aunque la humanidad sobreviva”. De la desesperanzada inquietud del segundo, dando forma expositiva a una preocupación ya manifestada en su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua en 1975, uno se reafirma en la idea de que la salida, si la hay, pasa por la reconsideración de aspiraciones y necesidades; éstas, sometidas a revisión, habrían de ser las que marquen la pauta al progreso.

Escrito a partir de numerosas entrevistas con hombres de ciencia y del análisis de múltiples informes, el apretado texto de Jonathan Schell (SCHELL, 1982) arranca de las previsiones acerca de los efectos de una explosión nuclear en algún punto neurálgico del planeta, para concluir —tras un detallado repaso a lo que sabemos sobre la Tierra y a lo que podemos razonablemente esperar— en la elección que el ser humano ha de hacer. Una elección que el autor se guarda mucho de dejar en manos de los científicos, quienes “no pueden predecir cuáles son sus descubrimientos, y tampoco pueden cancelarlos una vez realizados (SCHELL, 1982, 109); antes al contrario, la elección compete a los ciudadanos del mundo, cuyas responsabilidades se han ampliado de manera inconmensurable en nuestro tiempo. “En el mundo pre-nuclear —dice Schell— los hombres éramos socios para la protección de las artes, las instituciones, las costumbres y todas las “perfecciones” de la vida; ahora también somos socios para la protección de la misma vida” (SCHELL, 1982, 126). El problema para él es la autoaniquilación, la destrucción de la humanidad, perspectiva ante la cual no encuentra otro resorte que el de la obligación moral, ya que no hay planteamiento ético que pueda justificar su extinción.

No considera el autor, en este previsible “destino de la Tierra”, la destrucción progresiva y callada que supone el agotamiento y deterioro de las fuentes de la vida; esta vertiente sí será integrada en el discurso de Carlos París (PARIS, 1984a) que, aún centrando la crítica en la “civilización nuclear”, considera vinculados a ésta el fenómeno de la explotación, el consumo, la imbricación entre información y poder, y la implantación de la razón gestora frente a toda suerte de razón utópica. Por eso abogará por una “ética de las decisiones radicales” (PARIS, 1984b), que relativiza aquella referencia última a “la humanidad” que encontrábamos en Schell; en efecto, dirá París, “la Naturaleza, antes que se piense en protegerla para el hombre, debe ser protegida contra el hombre” (PARIS, 1984a, 310).

Los textos que recorro en este capítulo constituyen esa literatura denostada por los tecnólogos de estricta observancia, por cuanto —se dice— aprovechan los puntos negros del progreso para dibujar un panorama ennegrecido que no nos deja otra salida que la vuelta a las cavernas; y ello, a pesar de que los autores de que me ocupo lo dejan claramente expresado: “No se trata de volver a etapas anteriores de civilización, sino de reconducir la nuestra” (1HDEZ. DEL AGUILA, 1985, 217. Subrayado mío). No todos son discursos “globales” sobre el problema. La mayoría están elaborados a partir de una firme apoyatura en los resultados de la investigación científica. El libro de Ander Egg (ANDER-EGG, 1979), por ejemplo, está lleno de datos acerca de la degradación de los suelos o de la contaminación del agua, lo mismo que la compilación de trabajos realizada por M. Strong (STRONG, 1975), que reúne colaboraciones de Bárbara Ward, René Dubos, Gunnar Myrdal y Aurelio Peccei; o la extensa obra de J. Dorst (DORST, 1972).

Unos y otros vienen a coincidir, a la vista del estudio concienzudo y sectorial de la situación, en que el hombre, al volverse amo de su destino, parece haber perdido el norte; su “reconciliación con la Naturaleza”, exigencia que da título a alguna de estas obras (ASHBY, E., 1981), aparece invariablemente requerida al final de los discursos.

El análisis no permite practicar escisiones entre el deterioro “natural” y todo lo demás que afecta a la vida humana. Más bien, salvarse de la catástrofe ecológica supone pasar de la conciencia de la crisis a la puesta en cuestión del propio modelo de vida (ANDER-EGG, 1979, 147 ss.); pero por “modo de vida” no se entiende, unilateralmente, el comportamiento humano para con la Naturaleza, sino la organización social de la vida humana considerada toda ella en su conjunto. En esto, el texto de Hernández del Águila será taxativo: “La degradación del medio natural y la degradación del medio social son dos manifestaciones de un mismo problema” (HDEZ. DEL AGUILA, 1985. Parte III. Subrayado mío). Y el libro que recoge el debate celebrado en la Universidad de Louvain-la-Neuve en febrero de 1980 no deja lugar a dudas: “Todo cuanto decimos sobre la ecología únicamente alcanza su sentido en el contexto de un movimiento más amplio y profundo, que pretende hacer una transformación radical de la sociedad, y para el que la cuestión del poder no se puede poner entre paréntesis” (CASTORIADIS, / COHN-BENDIT, 1982, 99). Una problemática que será abordada por Hans Magnus Enszerberger con estimable serenidad y moderación, y que le permite pensar en la posibilidad de afrontar el problema ecológico con conceptos marxistas y afirmar que “una determinación social general del problema ecológico debería empezar por afrontar la cuestión del modo de producción” (ENSZERBERGER, 1974, 82).

Del conjunto de escritos seleccionados, quisiera destacar dos, por el impacto que han tenido en la génesis y desarrollo del movimiento ecologista: el de Barry Commoner (COMMONER, 1978) y el de E.F. Schumacher (SCHUMACHER, 1978). El texto de Commoner, cuya edición original se produjo en 1971, es un auténtico esfuerzo por descubrir el trasfondo de “la crisis del medio ambiente”, y, en su época, fue uno de los análisis más lúcidos acerca del problema. El capítulo inicial, dedicado a la ecosfera, como medio en el que la civilización humana ha realizado su obra, se ha convertido desde entonces en una “biblia” del ecologismo; en él aparecen enumeradas y explicadas sus célebres cuatro “leyes de la Ecología” que, en su sencilla formulación, condensan, sin embargo, un amplísimo abanico de implicaciones. Ello hace que, a mi juicio, sea este uno de los textos que mejor y de modo más completo abordan el problema ecológico, por cuanto en él aparecen conexionados, sin ningún forzamiento, los deterioros del aire, el agua o la tierra con el uso de la tecnología —concebida como el eslabón principal entre la sociedad y el ecosistema— y los problemas de las relaciones entre los hombres en las sociedades avanzadas, en las que aquéllos son cada vez menos dueños de sus propias vidas y de sus destinos.

La pregunta de Commoner —”¿qué actos humanos han roto el círculo vital y por qué?”— va encontrando respuesta a lo largo de los sucesivos capítulos, hasta concluir en su diagnóstico sobre la supervivencia: “Si queremos sobrevivir y conservar nuestra herencia natural y nuestra propia humanidad, debemos descubrir, al fin, la manera de resolver por medios sociales los males sociales que amenazan ambas cosas” (COMMONER, 1978, 207. Subrayados míos). En la convicción —que intenta hacer patente a lo largo del libro— de que la lógica de la ecología arroja considerable luz sobre muchos de los males que afligen al mundo y a sus habitantes , el autor considera que nuestras alternativas han quedado reducidas a dos: “o una organización racional y social del uso y distribución de los recursos de la Tierra, o una nueva barbarie” (COMMONER, 1978, 245).

Lo sorprendente es que, tratándose de uno de los análisis más críticos y profundos de la crisis ecológica, del que todos los que se han hecho con posterioridad son, de un modo u otro, deudores, su final está cargado de optimismo. Para Commoner, el círculo vital, roto por los seres humanos, ha de cerrarse; pero esta operación, piensa, es, en cierto modo, fácil y posible, pues el rompimiento no ha sido provocado por ninguna necesidad biológica (eso sí haría difícil la solución), sino por la organización social que los hombres han inventado para “conquistar” la Naturaleza.

El cambio social que Barry Commoner estima imprescindible, “sólo puede forjarse en el taller de una acción social racional, informada y colectiva “ (COMMONER, 1978, 249. Subrayados míos.). Estas palabras, que cierran el volumen, lo dicen absolutamente todo. Después de un análisis como este, y habida cuenta la enorme difusión que ha conocido, resulta difícil explicar que aún perviva y prolifere tanta parcialidad y estrechez en la concepción de “lo ecológico” y de la crisis medioambiental, reiteradamente señaladas y discutidas en este mismo trabajo.

Merecía la pena detenernos en la obra de Commoner por cuanto las tesis mantenidas en ella constituyen un sustento fundamental para mi propia concepción de lo que llamamos ética ecológica . No obstante, ello me obliga a pasar más rápidamente por encima del otro importante trabajo aludido: el de E. F. Schumacher, elaborado éste dentro del área de la economía. En efecto, es enormemente clarificadora la exposición que el autor dedica a mostrar la interacción del problema ecológico con el económico, mostración que incluye una crítica a la naturaleza “fragmentaria” de los juicios de la economía que, entre otras cosas, se basan en una definición de “coste” que excluye, por principio, el tipo de “bien libre” que supone el medio ambiente. (SCHUMACHER, 1978, 44-45. Cito por la edición de Orbis, Barcelona, de 1983).

Pero Schumacher no se queda dentro de las consideraciones económicas, sino que trata de abordar la concepción filosófica que subyace al problema. Su diagnóstico es que sufrimos una “enfermedad metafísica” que consiste en no sentirnos parte de la naturaleza, sino “como una fuerza externa destinada a dominarla y conquistarla” (SCHUMACHER, 1978, 14). Por tanto, la curación ha de ser de la misma índole: clarificar nuestras convicciones y concepciones centrales; ver el problema en su totalidad y tratar de desarrollar un nuevo estilo de vida (nuevo concepto de producción, consumo, etc.); procurar una revolución en la tecnología que invierta las tendencias destructivas. Lejos del discurso catastrofista y de la añoranza idílica de “lo natural”, Schumacher escribe tajantemente:

El hombre no puede vivir sin ciencia ni tecnología, como tampoco puede vivir en contra de la naturaleza. Lo que necesita una muy cuidadosa consideración, sin embargo, es la dirección de la investigación científica. No podemos dejar esto en manos de los científicos solamente... (SCHUMACHER, 1978, 148. Subrayado del autor).

He tenido ocasión de escuchar, de labios de algún “tecnócrata”, en el curso de algún debate público, descalificaciones de la obra de Schumacher, en el sentido de que este autor vendría a postular algo así como una existencia bucólica, agraria y pastoril, inmersa en un romanticismo ingenuo y trasnochado. Me temo que quien así se expresaba —eximio cultivador de la tecnología nuclear en nuestro país— sólo leyó, de Schumacher, el título de su libro: Lo pequeño es hermoso . Y de ahí sacó todo lo demás. En la medida en que he podido comprobar que tal cosa ocurre con harta frecuencia respecto a los escritos ecologistas, y por un deber de justicia con nuestro autor, me he sentido obligado a resaltar la última cita que he extraído de su libro.

La brevedad a la que es conveniente plegarse hace que renuncie a traer a estas páginas otros textos que, aún tratando de temas muy específicos, encierran y postulan todo un modo de entender el mundo y la vida. Ya que el último autor considerado ha sido E. F. Schumacher, finalizaré este apartado con dos breves citas tomadas del volumen colectivo que Laing, Lovins, Illich, Capra y otros escribieron en honor del profesor comentado. La primera, de A. Lovins, contiene una idea que subvierte el discurso habitual sobre las necesidades energéticas: “La cantidad de energía que empleamos para lograr nuestras metas sociales se considera la medida de nuestro fracaso, no de nuestro éxito” (LAING / LOVINS y Otros, 1981, 61). La segunda, de Ivan Illich, denuncia una absorción preocupante para la mera existencia del ámbito de lo público y para la posibilidad misma del discurso ético contemporáneo: “Es de máxima importancia señalar que la mentalidad económica, el intento de medir o de verificar operacionalmente los valores, ha colonizado y luego monopolizado totalmente la política y la ética”. Estas se han transformado en “criadas de la economía” (LAING / LOVINS y Otros, 1981, 107).

El diagnóstico, pues, es unánime, aún si expresado mediante varias y diversas formulaciones. El hombre ha explotado la naturaleza, sirviéndose de ella, persuadido de que ésta era inagotable y de que su acción, en realidad, la mejoraba, lejos de destruirla. Pero tanto la propia especie humana como sus necesidades y su poder de transformación del medio se han multiplicado en tales proporciones en los dos últimos siglos, que se han modificado sustancialmente inmensas regiones del planeta, poblándolas, agotándolas y cubriéndolas con desechos de la actividad industrial. El problema es que todo esto se ha hecho de espaldas a las leyes de equilibrio de la propia naturaleza, y ello ha acarreado perjuicios irreversibles a escala mundial. Por eso, la ciencia ecológica, encargada de estudiar esas leyes y esos equilibrios ecosistémicos, no puede desarrollarse recluída en una descripción aséptica de las situaciones. Así parecen entenderlo todos o la inmensa mayoría de los ecólogos. El libro de Philippe Dreux (DREUX, 1975; especialmente, 205-211) es de los más claros en orden a reivindicar este carácter amplio de la Ecología —cuestión a la que hemos atendido en el capítulo anterior— sobre otras ciencias biológicas, así como en lo que se refiere a la necesidad de una toma de conciencia por parte de todos, más allá de la comunidad de los científicos.

 

 

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Nicolás M. Sosa. Ética ecológica. Necesidad, posibilidad, justificación y debate. Madrid: Universidad Libertarias, 1990 [Primera edición digital de Ética ecológica, a cargo de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001].

  

© José Luis Gómez-Martínez
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