Nicolás M. Sosa
  

 

LOS INFORMES GLOBALES

Un registro detallado y aún someramente comentado de todos aquellos capítulos que componen la problemática general del deterioro ecológico del planeta excedería los límites de este trabajo y lo engrosarían en exceso, amén de que presentaría una dudosa utilidad. La bibliografía disponible es inmensa y no hay más remedio que remitir a ella al estudioso interesado. Sin embargo, he juzgado necesario atender en este capítulo a los grandes informes globales que, desde los años setenta, se han elaborado en el mundo, en una y otra área de influencia de las grandes potencias, así como a los principales encuentros, conferencias y declaraciones de alcance universal, motivados, tanto éstos como aquéllos, por el reconocimiento insoslayable de la amenaza. Mi exposición tiene por objeto, más que proveer información, que puede obtenerse con relativa facilidad consultando los textos correspondientes, resaltar los criterios con los que gobernantes y científicos (fundamentalmente economistas) han abordado el problema; de este modo, el recorrido sobre sus trabajos incorpora un componente crítico que juzgo necesario como elemento previo a mi reflexión filosófico-moral posterior.

El abanico de textos a los que implícitamente vengo aludiendo responden a la necesidad de enfrentarse a las tres grandes amenazas que desde hace ya casi un cuarto de siglo se ciernen sobre nuestro mundo: la explosión demográfica, el deterioro del medio ambiente y la carrera armamentista, dotada esta última del agravante cualitativo que supone la tecnología nuclear. Tal vez a causa del título de uno de los primeros informes mundiales sobre estos temas —el elaborado por el equipo Meadows para el Club de Roma— la triple problemática ha venido discutiéndose bajo el rótulo común de “los límites del crecimiento”. Una denominación, por lo demás, acertada, puesto que expresa la creciente inquietud, aún entre los propios economistas, acerca de los métodos de medición del bienestar y acoge, como una de las claves de la polémica, la nada fácil cuestión de cómo configurar la nueva sociedad.

La eclosión de la conciencia ecológica

Fue en 1966 cuando Aurelio Peccei, director de una de las mayores empresas consultoras europeas para desarrollo económico e ingeniería, fundó el Club de Roma, formado por economistas, especialistas en planificación, biólogos, sociólogos, politólogos y empresarios, y se propuso auspiciar una serie de estudios globales sobre los problemas mundiales. Pero tal vez los años clave para la discusión y, sobre todo, para la generalización de una conciencia creciente en torno a la problemática que tratamos sean los del inicio de la década de los setenta. En efecto, en 1971 se publica el primer modelo de Jay W. Forrester (FORRESTER y otros, 1971), el “World-2”, relacionando los cinco sectores básicos (población, inversión de capital, espacio geográfico, recursos naturales, contaminación y producción de alimentos) de los que surge la dinámica de cambio en el sistema mundial, como variables en evolución y su previsible desarrollo, así como esa misma evolución una vez introducidas las políticas correctoras propuestas. Al año siguiente vio la luz el primero de los tres volúmenes que constituyeron el resultado de los trabajos del equipo dirigido por Dennis L. Meadows (MEADOWS, y otros, 1972) dentro del MIT (Massachussets Institute of Technology), también para el Club de Roma, y que sería continuado en 1973 con las trece monografías incluidas en el informe Hacia un equilibrio global: colección de estudios (MEADOWS, y otros, 1973) y con la presentación técnica del modelo “World-3”, que perfeccionaba el de Forrester y contenía una estimación más empírica de los parámetros. Fue también en 1972 cuando tuvo lugar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano en Estocolmo, con un eco incomparablemente mayor que la celebrada en 1949 en Nueva York, y de la que salió, no sólo la famosa Declaración (VARIOS, 1972) con sus 26 principios y más de un centenar de recomendaciones, sino también la creación del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), cuya sede se fijó desde entonces en Nairobi, la capital de Kenia.

1970, el año anterior a la aparición del primer informe del MIT dirigido por Forrester, había sido declarado Año Europeo para la Conservación de la Naturaleza, y la Conferencia de los gobiernos de Europa, reunida en Estrasburgo del 9 al 12 de febrero, hizo pública una declaración (VARIOS, 1970) en la que se afirmaba que la administración racional del ambiente debía tener absoluta prioridad en la política nacional de los países, formulando seis grandes principios rectores y señalando líneas de actuación a escala internacional, nacional y local.

Por lo que se refiere a España, hay que citar el importante libro de Ramón Tamames (TAMAMES, 1974. Ver nota 1), terciando en la polémica sobre los límites del crecimiento, trabajo que se había venido gestando desde 1969 (Cfr. TAMAMES, 1970), a través de sucesivas intervenciones del autor en diversas publicaciones periódicas; este libro fue reeditado en los años subsiguientes y enriquecido con nuevas aportaciones y, a partir de la segunda edición, incorporó a su título la expresión “Ecología y Desarrollo”, previa a su rótulo original “La polémica sobre los límites del crecimiento”, lo cual es indicativo del giro que el famoso debate iba tomando. En su honor hay que decir que ha colaborado no poco a la extensión de una conciencia ecológica en nuestro país, sobre todo en el ámbito de los cultivadores de la ciencia económica.

Los antecedentes

Por encontrar una fecha de referencia que nos permita hacernos con un marco temporal definido como espacio de gestación y desarrollo del problema señalaríamos el año 1798, con la publicación del conocido diagnóstico de Malthus sobre la población, ya que supuso la primera perturbación importante del optimismo de la economía clásica de Adam Smith. La tesis de Malthus, aún sólo referida al diverso tipo de crecimiento —exponencial y lineal, respectivamente— de la población y de la producción de alimentos, señalaba un primer punto de lo que luego sería una problemática más compleja. Esto supuso el arranque de la polémica sobre los límites del crecimiento en su fase moderna —ya que no faltan autores (SAUVY, 1973, 15-20) que encuentran sus orígenes en el diálogo platónico sobre la República— y, en ella confluyen, desde el trabajo de Smith a los Principios de Economía Política , de John Stuart-Mill, con la interesante anticipación que supuso su teoría del Estado estacionario, pasando por la ley de los rendimientos decrecientes de David Ricardo y por la crítica de Marx y Engels en el sentido de apuntar al modo de producción, más que al crecimiento poblacional, como causa principal de la miseria presente y prevista.

En opinión de Tamames (TAMAMES, 1974, 32 ; cito por la 5º ed., de 1985), con Mill se cierra una importante primera fase de la polémica, por lo que el economista español propone retomar el proceso teórico de tratamiento del problema en los años treinta, inmediatamente después de la Gran Depresión. Alvin Hansen recuperaba por entonces la tesis del estancamiento de Mill, mientras John Maynard Keynes abría la posibilidad del estímulo a la inversión y el empleo para albergar la esperanza en una “bienaventuranza económica”, si bien en un futuro —que Keynes cifraba en un siglo después— el hombre habría de enfrentarse a un problema fundamental de “estacionamiento” en cuanto al empleo de su vida y su libertad, una vez la ciencia le hubiese solucionado sus problemas inmediatos de subsistencia. Es digno de notar, de paso, cómo múltiples análisis contemporáneos de futuro, entre los que pueden citarse los de Fritjof Capra, Carl Rogers, David Spangler o Hazel Handerson (SKOLIMOWSKI, 1981, 12 y ss. de la versión castellana en Integral Edicions, Barcelona, 1984), se sitúan en esta línea optimista al considerar que está alumbrando un nuevo ser humano, capaz de vivir en un mundo transformado, no precisamente como fruto de un quebrantamiento, sino de un cambio de paradigma hacia un tipo de existencia plenamente creativa. En este mismo diseño de una sociedad con más ocio, con menos problemas económicos acuciantes, se situaba, en general, el trabajo de Joseph Schumpeter que, desde 1943, predecía la agudización del criticismo social, por obra del hostigamiento de los intelectuales hacia el sistema.

Pero la cuestión de los límites al crecimiento se hizo ya permanente en la secuencia temporal que va desde la Segunda Guerra Mundial a la etapa de “guerra fría” y en la que, de la tesis del “crecimiento sin límites” se ha llegado a las del “crecimiento cero”. De toda esta secuencia nos interesa escoger algunos libros más relevantes para nuestra preocupación específica, al tiempo de dejar solamente citados los trabajos más decantados hacia un desarrollismo a ultranza, como los de Walt Whitman Rostow, con un rígido esquematismo expansionista y una ignorancia total de la innegable limitación de los recursos; o los de Colin Clark, rozando ya la ciencia-ficción. (La obra de ROSTOW, Las etapas del crecimiento económico , es de 1952. Las de CLARK: Las condiciones del progreso económico , de 1940; y Abundancia y hambre se publicó ya en los años sesenta).

Un punto de crítica estimable, muestra de una toma de conciencia de los problemas ecológicos y de los defectos del sistema de crecimiento, lo constituyen los escritos de Alfred Sauvy (SAUVY, 1973 y 1974), de la primera escuela francesa, que, no obstante, recibe las críticas de Philippe d'Iribarne (D'IRIBARNE, 1973 y 1975); éste, a pesar de su ausencia de propuestas reales, exhibe el interesante criterio de no poner el énfasis en el crecimiento sin que sean corregidos los parámetros del bienestar.

 Uno de los libros de economía más leídos tal vez en todo el mundo —Economics , de Paul A. Samuelson, que vio la luz en 1945 y ha sido reeditado una docena de veces, siempre incorporando nuevas aportaciones— abunda en esta última idea: la falta de realismo del Producto Nacional Bruto (PNB) como medidor global del bienestar económico. Es sumamente interesante su concepto de Bienestar Económico Neto (BEN), como expresión de la resultante de deducir del PNB los costes sociales y perjuicios ocasionados en el medio ambiente para su obtención. De ahí que un autor como Samuelson, firme partidario del sistema de economía mixta, no dude en abogar por un reforzamiento del sector público, al menos en la concreta cuestión del fuerte deterioro ambiental ocasionado por la creencia optimista en la sociedad opulenta, que se desprende de las estadísticas del PNB. En el camino abierto por Samuelson se encuentran los trabajos de los ecólogos Ramsay y Anderson (RAMSAY / ANDERSON, 1974), que ponen el acento en el carácter mundial que tienen los problemas ecológicos y, por tanto, en la necesidad de una planificación que ostente el mismo alcance planetario.

Esta tendencia a enfocar los problemas ecológicos en un nivel supranacional va tomando cada vez más cuerpo, como lo demuestran los encuentros mundiales que ya por estas fechas empiezan a producirse. Dentro de esta línea, y hasta el punto de plantearse la necesidad de un “Gobierno Mundial de la Naturaleza” se sitúa el trabajo de Philippe Saint-Marc (SAINT-MARC, 1971), que tiene la novedad de no plantearse los límites al crecimiento como un problema en sí mismo, sino de considerarlo en función de la auténtica variable independiente: la naturaleza. Lo mismo cabe decir, en lo tocante al énfasis en el ámbito supranacional para el tratamiento del problema ecológico, de la carta escrita el 9 de febrero de 1972 por Sicco Mansholt al entonces presidente de la Comisión de la CEE, denunciando el hecho de que las cuestiones tratadas en el seno de las Comunidades Europeas como más acuciantes no eran las de alcance global más grave, conciencia a la que el autor llegaba después de la lectura del primer informe del MIT, al que hemos aludido más atrás. La “Carta Mansholt” fue un auténtico revulsivo que desató muchas críticas por cuanto, siendo un documento oficial, venía a concluir la incompatibilidad del modo de producción capitalista con la supervivencia de la propia humanidad en el planeta.

Aunque algo anterior a estos años de auge de la polémica, y precisamente por la radicalidad de sus planteamientos en fechas tempranas, es necesario aludir a Kenneth E. Boulding y su trabajo “The Economics for the Coming Spaceship Earth” (Recogido luego en BELL, 1970, 96-101. Ver nota 2), de 1966. En su breve texto, Boulding rebasa los estrictos planteamientos economicistas para preguntarse por el lugar del hombre en el gran sistema ecológico que es el mundo, postulando este tipo de cuestiones en un planeta —el “Navío Espacial Tierra”, en su terminología— que dispone de recursos limitados y de espacios también limitados para acoger el desecho de las actividades humanas. Empieza a aparecer aquí un discurso que se pregunta por la responsabilidad para con las generaciones futuras , en el que se manejan conceptos como “egoísmo” y “solidaridad”, entendida ésta como temporal y diacrónica, y no sólo de modo sincrónico y espacial. Citando un pasaje de Fred L. Polack en The Image of the Future, Boulding estima que una comunidad que pierde la identificación con los intereses de las futuras generaciones, pierde también capacidad para enfrentar los problemas del presente. Como veremos, esta cuestión de las responsabilidades hacia el futuro será tratada con bastante frecuencia en la discusión filosófica posterior.

La idea de Boulding del “Navío Espacial Tierra” será retomada por varios autores posteriores, como por ejemplo, Robert Heilbroner (HEILBRONER, 1972, 250 ss.), para tratar de hacer luz en la correcta comprensión de la crisis ecológica. De hecho, dice Heilbroner en su obra de 1970, hemos sobrepasado el punto límite de capacidad de la nave en cuanto al equilibrio entre recursos disponibles y desechos generados, lo cual pone en peligro la vida misma en el planeta. Ante diagnóstico tan catastrófico, el autor no duda en señalar la urgente necesidad de una reorientación de las preferencias , lo que supone poner en cuestión el modelo de crecimiento y desarrollo, pero no sólo ni específicamente el modelo capitalista, ya que los límites del crecimiento afectan igualmente al llamado socialismo real, en tanto que su concepción de la sociedad no difiere básicamente de la mantenida en occidente, al menos en lo tocante al objetivo de la superabundancia industrial y de la emulación tecnomilitar; la problemática ecológica sobrepasaría, pues, los límites del tradicional antagonismo capitalismo/socialismo. Tanto para Boulding como para Heilbroner, la estructura económica mundial es la misma.

Desde el momento en que nos acercamos a planteamientos más globales, que se preguntan por el lugar y papel del hombre en el mundo, que introducen conceptos morales como el de solidaridad y que hablan de replanteamientos que superan las dicotomías políticas tradicionales, se entra en consideraciones que no tardan en ser calificadas de “utópicas”. De 1970 en adelante, raro es el diagnóstico que no recibe el apelativo de “catastrofista” o la propuesta que no es considerada como una utopía imposible, aunque tales diagnósticos y propuestas vengan formulados por equipos de técnicos o por institutos de investigación. Así ocurre con la aportación que el agrónomo francés René Dumont hizo en 1973 a la polémica sobre los límites del crecimiento (DUMONT, 1973). Tres ideas quisiera resaltar de sus tesis y conclusiones:

a)   la asociación con la naturaleza, en lugar de su dominación;

b)   la imposibilidad de predecir el futuro, pero la conveniencia y necesidad de configurar el que queremos ;

c)   la preocupación por el ser más que por el tener, como propuesta que implica un profundo cambio en las aspiraciones.

En el mismo camino de la pregunta por los fines , más que por los medios técnicos del desarrollo, se inserta todo el trabajo de Roger Garaudy, que podemos seguir escalonadamente desde la obra que publicó tras su separación del partido comunista (GARAUDY, 1972), donde su idea de que el socialismo supone una concepción del hombre y de su plenitud —ya esbozada en un estudio anterior (GARAUDY, 1971)— le lleva a entender la verdadera alternativa como un “cambiar el mundo y la vida”, cambiar su sentido. A partir de 1970, el marxista francés, en la completa certeza de que la magnitud de la crisis exige soluciones que sobrepasan el concepto clásico de revolución, analizará los “límites y amenazas del crecimiento salvaje” para concluir en su “Proyecto Esperanza”, donde la prospectiva es entendida, no al modo positivista de simple previsión tecnológica de medios a emplear, sino, precisamente, como “reflexión sobre los fines” (GARAUDY, 1976, 120). Esta línea de trabajo será continuada unos años más tarde, en un escrito de tono profético (GARAUDY, 1979) que, no obstante, incluye un concreto proyecto político aplicado a su país. En este trabajo, Garaudy incorporará elementos que juzga valiosos de “las sabidurías de los tres mundos” (se recogen aspectos del budismo, hinduismo, taoísmo, judaísmo, cristianismo e islamismo), una tendencia que observamos en escritos de la presente década, orientados a buscar una fundamentación filosófica a la conciencia ecológica. La Llamada a los vivientes , obra a la que me estoy refiriendo, ya es bastante posterior a los trabajos del Club de Roma, pero me ha parecido importante recogerla por mostrar de un modo continuo el análisis de este autor, que incorpora en su elaboración las teorías del campo unificado ecología/economía y que aporta un buen análisis global del problema, a pesar de que su carácter de profeta solitario, así como el vaivén de sus concretos compromisos personales (cristiano, marxista, conversión al Islam, etc.) hayan colaborado a su relativo silenciamiento entre quienes se preocupan de esta temática. Por completar, hasta donde conozco, este trabajo continuado de Roger Garaudy, citaré su posterior obra, Aún es tiempo de vivir (GARAUDY, 1980), en el que vuelve a su discurso postulador del paso “del crecimiento ciego a la fe en el hombre”, y que incluye capítulos dedicados a lo que supone la opción de vivir con energía nuclear, a la salida de la crisis, a la servidumbre de la guerra, al problema educativo, a la dinámica Norte-Sur, etc., para abocar a un nuevo crecimiento cualitativamente distinto, en función de auténticas necesidades.

Creo que de la lectura del trabajo de Garaudy se extrae algo que, más tarde, Ander Egg escribirá de un modo sintético: la propuesta ecológica es a la vez totalmente práctica y completamente utópica (ANDER -EGG, 1982, 149). Por paradójico que parezca, tal vez sea la conjunción de ambos rasgos lo que la haga inviable.

Hemos de volver a la polémica sobre los límites del crecimiento, hilo conductor de este capítulo y, antes todavía de abordar los trabajos del Club de Roma, dentro de lo que he llamado “antecedentes”, he de aludir a los planteamientos elaborados por diversos colectivos americanos, tales como el “Council on Population and Environment” de Chicago; “The Sierra Club” de San Francisco; “Planned Parenthood World Population” de Nueva York; o “Zero Population Growth” de California. Todos los trabajos de estos colectivos se mueven en torno a la tesis del crecimiento cero en la expansión demográfica y de la necesaria redistribución internacional de la renta (Cfr. BELL, 1970 y HINRICHS, 1971).

Tal vez uno de los autores más conocidos de esta etapa, sobre todo por la polémica mantenida con Barry Commoner en 1971 y 1972, sea el biólogo de la Universidad de Stanford, Paul Ehrlich, autor de un libro fuertemente polémico sobre la “bomba demográfica” (EHRLICH, 1968), que vio la luz en 1968. De parecido impacto ha sido el trabajo sobre el mismo tema que, junto a Anne H. Erhlich, publicó en 1970 (EHRLICH / EHRLICH, 1970. Trad. cast. en Omega, Barcelona.). Las “revoluciones verdes” y parecidas propuestas, piensa Ehrlich, no harán, en todo caso, más que aplazar el problema. La solución está en el control de la expansión demográfica, cuyo límite puede ser elegido conscientemente o será impuesto por la naturaleza, como ocurre con toda curva exponencial en un medio finito. “Cada año, dice Ehrlich, la producción de alimentos es un poco menor con respecto al pujante crecimiento de la población” (EHRLICH, 1968, 17); en 1958 “la cigüeña superó al arado”, añade, en una gráfica cita (EHRLICH, 1968, 37), para indicar que los límites biológicos de la producción agrícola han sido alcanzados ya. La unilateralidad de la propuesta de Ehrlich se confronta con la más amplia de Barry Commoner, también biólogo de la Universidad Washington, que pone el acento en las tecnologías contaminadoras y en los modos de producción. De los rasgos fundamentales de esta polémica me he ocupado someramente en otro lugar (SOSA, 1985), pero tal vez a raíz de ella, las tesis de Ehrlich se han “ampliado” un tanto, en el sentido de sugerir también la reducción de los elementos integrantes de la opulencia occidental, así como de atisbar que las soluciones tendrán que venir de una síntesis entre “lo personal” y “lo político”, como parece indicar su trabajo de 1971 (EHRLICH, / HARRIMAN, 1971) sobre el “des-desarrollo”.

Una de las más claras exposiciones sobre los límites ecológicos y sociales al crecimiento, en estos primeros años setenta, la constituye el documento colectivo A blueprint for survival (GOLDSMITH, 1972), publicado por el grupo de científicos vinculados a la revista The Ecologist, bajo la dirección de Edward Goldsmith. El “Manifiesto” contó con la adhesión de treinta y siete personalidades del mundo de la ciencia, ya ocupadas anteriormente en investigaciones en torno al tema; a pesar de su alarmante aunque expresivo título, se trata de un texto muy pensado y elaborado que viene a reafirmar la tesis nuclear del pensamiento ecológico, a saber, que un aumento indefinido, del tipo que sea, no puede ser sostenido por unos recursos finitos . Sumamente interesante me parece, en contraposición a otras declaraciones colectivas que se producen por estos mismos años (ver nota 3), el hecho de que entre las cuatro condiciones a cuyo cumplimiento los autores del Manifiesto supeditan el mantenimiento de una sociedad que pueda dar óptimas satisfacciones a sus miembros, figure la de “un sistema social dentro del cual el individuo pueda disfrutar de las tres primeras condiciones (referidas éstas a la mínima perturbación de los procesos ecológicos; control y ahorro de materias primas y energía; y crecimiento cero de la población), en lugar de sentirse limitado por ellas” (GOLDSMITH, 1972, 31. Subrayado mío).

Es de notar, igualmente, cómo este Manifiesto, realizado en su totalidad por científicos, no duda en adentrarse en el terreno escatológico, para vincular la conciencia ecológica a la conciencia religiosa, tomando como lema uno de los mandamientos del obispo de Kingston: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios, invocando su nombre pero ignorando su ley natural” (GOLDSMITH, 1972, 80). Tengo para mí que en la “arribada del científico al puerto de la moral”, fenómeno que me ocupo en detectar a lo largo de este trabajo, es este uno de los casos en que la llamada a la conciencia individual, la demanda ética en una palabra, se presenta expresada en —y arropada por— un lenguaje religioso y de salvación.

No creo proceder a una interpretación forzada del recorrido sobre los trabajos a que me he referido en este apartado de “antecedentes”, si digo que, desde las tesis malthusianas hasta los últimos textos recogidos, se ha operado un importante desplazamiento desde los diagnósticos unilaterales y el señalamiento de causas sectoriales del problema, hacia una perspectiva enteramente globalizadora que apunta, sin más, y a pesar de las reticencias que este discurso aún provoca, al modelo de crecimiento y de desarrollo imperante hoy prácticamente en todo el mundo. Pero no menos importante —y, desde luego, prioritario para la intención de este trabajo— es la progresiva amplificación de las responsabilidades que se observa a través de la bibliografía analizada, a saber, la cada vez más insistente pregunta por los fines del progreso humano y por las necesidades auténticas de los hombres, pregunta y reflexión en la que se involucra, al menos en algunos trabajos aislados, al propio individuo moral.

Los años setenta, a cuyo inicio hemos llegado en nuestra revisión, son, en efecto, los años del “estallido de la conciencia ecológica”, como ha reconocido más de un autor. A lo largo de la década van a producirse los más importantes documentos, fruto de trabajos colectivos, auspiciados por una u otra de las grandes potencias mundiales, y van a celebrarse encuentros y conferencias de alcance internacional. Ciertamente, será una decena de años en los que va haciéndose común la idea de que lo que importa no es solamente la perturbación del medio por el ser humano, sino las causas profundas de esa perturbación , así como lo decisivo de su afrontamiento para la propia supervivencia. Y, tal vez a causa de los graves accidentes industriales que se producen en esos años, también va tomando cuerpo lo que Barry Commoner consideró como primera ley de la Ecología: que todo está relacionado con todo; y que, además, los disturbios ambientales pueden tener consecuencias nocivas muy lejos de donde, en principio, se producen. Pero también es cierto que, al menos en algunos de los esfuerzos colectivos aludidos, se ha dado un paso atrás en lo tocante a la necesaria perspectiva radical en el descubrimiento de las causas y en las propuestas de soluciones. Intentaré mostrarlo en el siguiente apartado, en el que abordo lo que pueden considerarse hitos fundamentales en el avance de una conciencia ecológica generalizada, aún cuando el tema de “los límites al crecimiento” continúe sirviéndonos de hilo conductor de la indagación.

El Club de Roma y los trabajos de los años setenta

La bibliografía sobre los informes elaborados para el Club de Roma es ya harto extensa, lo que, unido al específico tratamiento económico de las cuestiones, hace que renuncie a un análisis exhaustivo que, por otra parte, tampoco es mi papel. Al comienzo de este capítulo he aludido a la gestación de los trabajos del MIT y a sus objetivos. Entraré ahora en el señalamiento de algunos aspectos relevantes y en la valoración de los informes. Y uno de tales aspectos es el que se extrae de las conclusiones del World Dynamics , de Forrester, en el sentido de considerar que un equilibrio global es algo conceptualmente posible, pero las actuaciones necesarias para lograrlo, amén de su difícil aceptación, cuentan con plazos de tiempo cada vez más escasos. El “World-3”, del equipo Meadows, realizado sobre la base del modelo de Forrester, ha sido caracterizado como “la profecía del colapso”, toda vez que se centraba en el innegable agotamiento de los recursos no renovables. En esta denuncia va implícita la puesta en cuestión del principio de que “la naturaleza es sabia” —es decir: los desequilibrios conducirían a un nuevo equilibrio de manera “natural”—, ya que hoy los recursos de feedback negativo  de la naturaleza no son capaces de compensar el sistema acelerado de feedback positivo, introducido por el modelo de desarrollo, que constituye las relaciones de la civilización humana con la biosfera (ver nota 4). Si la esperanza no se pone en el reajuste “natural” sino en las posibilidades de la tecnología, el informe del MIT es igualmente taxativo: antes de proceder a la difusión de cualquier nueva tecnología hay que plantearse sus secuelas físicas y sociales, así como los plazos necesarios para su introducción.

A partir de aquí, el equipo Meadows introduce políticas correctoras en el modelo, como simulación para llegar al equilibrio, medidas que la crítica no tardó en considerar totalmente irreales, y entre las cuales estaba la controvertida del crecimiento cero de la población, nada menos que para el año 1975. No obstante, merece la pena reproducir las tres conclusiones del equipo, contenidas en las páginas 23 y 24 de The Limits to Growth:

1)      Si continúan sin cambios las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, de la industrialización, contaminación, producción de alimentos y agotamiento de recursos, los límites al crecimiento del planeta se alcanzarán dentro de los próximos cien años. El resultado más probable será un declive súbito e incontrolable tanto de la población como de la capacidad industrial.

2)      Es posible modificar estas tendencias de crecimiento y establecer unas normas de estabilidad ecológica y económica que puedan ser mantenidas por mucho tiempo de cara al futuro. El equilibrio global podría diseñarse de modo que las necesidades básicas materiales de cada habitante de la Tierra puedan ser satisfechas, y de forma que cada persona tenga iguales oportunidades de realizar su potencial humano individual.

3)      Si los pueblos de la Tierra se deciden por esta segunda alternativa y no por la primera, cuanto antes empiecen a trabajar en favor de ella, mayores serán sus posibilidades de éxito.

Dos años más tarde se publicó el segundo informe, elaborado por Mihailo Mesarovic y Eduard Pestel (MESAROVIC / PESTEL, 1977) que, como se ha indicado repetidamente, contiene una regionalización del mundo, a diferencia del informe anterior. Las diez regiones diferenciadas quedarían relacionadas en el modelo global mediante cinco variables básicas: individual, grupal, demoeconómica, tecnológica y medioambiental. Este modelo —el “World Integrated Model”—, preconizador del “crecimiento orgánico” (referido a la interdependencia entre las 'partes' del sistema), se centra mucho más que el primero en la crisis energética. Aquél había aparecido en un momento en que el problema principal era la contaminación del ambiente. Ahora, la crisis del petróleo desplazó la atención hacia el tema de los recursos energéticos , así como hacia la necesidad de reducir la distancia entre países industrializados y menos desarrollados, lo que alimentó la crítica sobre la jerarquía de importancia de los problemas afrontados por el Club de Roma, por parte de algunos científicos polacos como los recogidos en FURTADO / VARSAVSKY y otros, 1976, 177-185.

De las conclusiones del informe de Mesarovic y Pestel quiero resaltar una: la necesidad de revisar la jerarquía de valores , de manera que se desarrolle una auténtica conciencia mundial de cara a la utilización de los recursos naturales. Al final del informe se postula una actitud hacia la Naturaleza enraizada en la idea de armonía y no en la de dominación.

Aunque no han sido estos los únicos informes elaborados para el Club de Roma, sí fueron los de más impacto. Estos trabajos sirvieron para traer al primer plano de la discusión problemas cruciales que, sin embargo, nunca habían merecido la atención prioritaria de la generalidad de los economistas. Por otra parte, sólo a partir de ellos podemos disponer de un cúmulo apreciable de datos acerca de las tendencias generales del desarrollo a un nivel planetario. Y, ya en otro orden de consideraciones, no puede negarse a los informes comentados el valor de mostrar con claridad y amplia apoyatura empírica que el costo, en términos de depredación del mundo físico así como del estilo de vida generado por la sociedad industrial, es tan elevado que llega a poner en peligro la misma supervivencia de la especie humana. Añádase a esto un punto sumamente crítico: tal estilo de vida, para sostenerse, será siempre, además, privilegio de una minoría.

Sin embargo, las críticas no han venido solamente de parte del pensamiento conservador, que calificó de alarmistas las conclusiones de los informes, y siguió confiando en una vida indefinida de la humanidad, aunque ésta no tenga por fuerza que desarrollarse sólo en el planeta Tierra (BERRY, 1977, 35-38); o de la requisitoria contra el Club de Roma, escrita por Wilfred Beckerman (Cfr. FURTADO / VARSAVSKY, y Otros, 1976, 79), director del Departamento de Economía Política del University College de Londres y profesor en Oxford, basada en la convicción de que siempre se descubren nuevas reservas de recursos tradicionales y la tecnología aporta recursos totalmente nuevos o métodos inéditos para utilizar los antiguos (ver nota 5). Han sido igualmente profusas desde planteamientos y posturas más progresistas, e incluso de clara filiación marxista. Así, Pavitt no duda en apuntar la posibilidad de que la preocupación medioambiental sea propia de clases superiores y medias, molestas ante la generalización del crecimiento y el consumo, y portavoces de pretendidos intereses generales que no pasan de serlo de un grupo específico (Cfr. COLE / FREEMAN y Otros, 1973, 155). O el caso de los miembros del Instituto de Ciencias Económicas de la Universidad de Varsovia, cuando denuncian que los análisis de los informes han sido enfocados desde el punto de vista de las necesidades de los países desarrollados, con lo que el objetivo de Mesarovic y Pestel puede haber sido el de asegurar la expansión y conquista de nuevos mercados a los países altamente tecnificados. La simulación experimental de los informes dejaría de lado las razones políticas del mundo, la diferenciación política de los Estados y el papel de las grandes potencias, amén de ignorar por completo la dinámica de las fuerzas sociales y las relaciones de clase (FURTADO / VARSAVSKY y Otros, 1976, 183).

El tercer gran informe al Club de Roma se publicó en 1976 (TINBERGEN / DUTTON y Otros, 1976) bajo la dirección de Jan Tinbergen, un entusiasta de la planificación que ya había publicado al principio de la década estudios sobre el sistema de economía mixta y su progresiva socialización de cara al futuro. El 'tema' de este informe era el “Nuevo Orden Internacional”. Los problemas del agotamiento de recursos parecen haber quedado a un lado (ver nota 6), para ocupar el primer plano la abismal desigualdad entre países ricos y pobres. Todos aquellos problemas estudiados en los informes anteriores se convierten en el punto de partida para argumentar en pro de la necesidad de un nuevo orden. En el año 1974 se pueden reconocer, según los autores, algunas decisiones de alto rango internacional (“Plan de Acción” y “Carta de derechos y deberes económicos de los Estados”) que hacen avanzar hacia ese nuevo orden necesario, así como un cambio de actitud apreciable en el interés de los países industriales por los menos desarrollados.

La parte central del Informe, conteniendo una pretendida “arquitectura” de ese Nuevo Orden Internacional, concluye con una decena de desiderata encaminados a poner término a las desigualdades, lograr un crecimiento global del mundo y planificar de modo también global los recursos. Tal estrategia global, que se considera urgente por los autores del informe, y que éstos remitieron esperanzadamente a la Conferencia Norte-Sur que se inició en París en abril de 1976, no parece que pueda resistir un balance positivo diez años después. Por recoger una muestra muy puntual en favor de esta aseveración, citaré la entrevista concedida a la revista Fígaro Magazin por el entonces embajador de los Estados Unidos ante la ONU, Vernon Walters, publicada en versión castellana en la revista Nuestro Tiempo del 7 de abril de 1986, justo diez años después del inicio de aquella Conferencia. La citada personalidad decía que en el tema del subdesarrollo y del conflicto Norte-Sur estamos sucumbiendo a una especie de “chantaje emocional”, en el sentido de que no hay fundadas razones para afirmar que las cosas sean tan dramáticas. Esto hace pensar que, a pesar de concienzudos trabajos como el que ahora comentamos del equipo Tinbergen, sigue prevaleciendo la “interpretación oficial” de las economías del Norte acerca del problema, una de cuyas expresiones más divulgadas sea tal vez la de W.W. Rostow (ROSTOW, 1952; trad. cast. en el FCE., México). Cfr. también los cálculos de renta per cápita para el año 2000 en KAHN / WIENER, 1967a, y 1967b), considerando el subdesarrollo como una etapa transitoria y natural, por la que hay que pasar para llegar a la etapa final de “alto consumo en masa”. Según este esquema, no hay relación entre el subdesarrollo de unos países y la opulencia de otros; conclusión que, dicho sea de paso, procura tranquilidad de conciencia ante la situación del mundo subdesarrollado.

Aunque ello suponga detenernos por un momento en esta problemática central del informe Tinbergen, es preciso recordar la “otra” interpretación del conflicto, que se sitúa en el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los antiguos países coloniales comenzaron a obtener su independencia política, y el colonialismo tradicional fue sustituido por otro de índole económica, no menos dotado que el anterior de un carácter de dominio. Desde esta perspectiva, el subdesarrollo es la desarticulación de la estructura de un país a causa de una situación de dependencia múltiple, cuyos rasgos han sido sobradamente señalados (expoliación de recursos naturales por parte de compañías extranjeras; distorsión de la estructura económica mediante la imposición de un sistema de monocultivo, con la secuela de dependencia que esto comporta respecto del país o países importadores; relación desigual de intercambio, cuyo resultado es un déficit crónico en la balanza comercial y en la balanza de pagos; etc.). Como la salida a esta situación suele ser el crédito, solicitado a entidades financieras internacionales, el endeudamiento exterior deviene otra característica típica de la situación de dependencia que trato de describir. Este modo de contemplar el problema supone, contrariamente a la perspectiva anterior, entender el subdesarrollo de unos como consecuencia de la opulencia de otros.

No han contribuido, pienso, a un correcto entendimiento del problema todas las interpretaciones reduccionistas que han querido ver el conflicto Norte-Sur como un episodio más de la tensión Este-Oeste. Aquél es anterior, como lo prueba el hecho de la expansión imperialista europea tras el Tratado de Berlín, en 1885, y los conflictos armados entre los Estados Unidos y los países iberoamericanos sometidos al dominio de las compañías privadas norteamericanas desde finales del XIX. Otra cosa es que la implantación de la lógica de la bipolaridad y el exacerbamiento de la división del mundo en bloques antagónicos haya contribuido, y mucho, a la insolidaridad que supone la existencia misma de países subdesarrollados.

Por eso, aquellas recomendaciones del informe Tinbergen al Club de Roma apuntaban a un orden internacional diferente. Sin embargo, a juzgar por la historia de los diez años transcurridos desde su publicación, no es en modo alguno patente la voluntad política de luchar contra la pobreza en el mundo (o sea, de cambiar la estructura de la economía internacional) por parte de las potencias industriales, tanto de un bloque como de otro.

Pero lo que es preciso hacer notar, antes de abandonar este análisis de los principales trabajos del Club de Roma, es que, una vez más, el informe nos deja a las puertas de nuevas opciones y oportunidades y que, considerado el problema desde la perspectiva propuesta, nos aparece de nuevo el modo de vida de los países desarrollados como crucial para mantener las estructuras de dominación neocolonial que lo hacen posible. Añádase que lo que vengo llamando “modo de vida” es algo totalmente trasplantado a los demás países, proporcionándoles metas inalcanzables; y en el caso de considerar que no lo son, siempre tendríamos delante el cúmulo de problemas que habían dejado al descubierto los informes anteriores: el consumismo a ultranza, la ideología del crecimiento cuantitativo a costa del desequilibrio ecológico y del agotamiento de los recursos limitados, etc. Las transformaciones estructurales, por tanto, que implica la solución justa del conflicto Norte-Sur, reclaman la mutación del modelo de vida paradigmático de los países del Norte, un modelo de vida que, lo hemos venido viendo, resulta profundamente antiecológico por sus efectos y por la dinámica de necesidades que genera y sostiene.

Los Encuentros y Conferencias Mundiales

Como dice Ramón Tamames (TAMAMES, 1974, 172. Cito por la 5ª edición, de 1985), mucha gente no había oído hablar de preocupación por el medio ambiente hasta la Conferencia de Estocolmo , una reunión auspiciada por las Naciones Unidas, en la que participaron representantes de 113 países y a raíz de la cual la legislación ecológica asumió una dimensión internacional institucionalizada. La preparación de la Conferencia fue larga y costosa (Cfr. GALLEGO, 1972); de sus resultados nos ocuparemos enseguida. Pero no fue este el único acontecimiento de índole ecológica en la década de los setenta. Muy por el contrario, y aún con una menor significación mundial, en estos años se sucedieron los encuentros y reuniones. Así, la Conferencia Europea para la Conservación de la Naturaleza, ya citada, celebrada en Estrasburgo en febrero de 1970; la Conferencia sobre Alimentación, en Roma, en 1973, que rebasó fácilmente los temas estrictos de stocks de alimentos para dar entrada a problemas ecológicos globales al preguntarse por las causas del hambre en el mundo; la celebrada en Bucarest en 1974, declarado “Año Demográfico Mundial”, donde volvieron a considerarse los problemas de crecimiento de la población, ya tratados en 1954, en Roma y en 1965 en Belgrado, y que, a juicio de muchos tratadistas partidarios del crecimiento cero, resultó decepcionante; la de Vancouver, en 1975, sobre vivienda y hábitat; la de Mar del Plata en 1976, sobre el problema de las reservas de agua, amenazadas no sólo por la mayor demanda sino también por un uso inapropiado. Estos son sólo algunos de los encuentros más citados que, junto a otros muchos, muestran la creciente preocupación que los temas ecológicos fueron suscitando a lo largo de la década.

Pero, como decíamos, la Conferencia de Estocolmo sigue siendo la cita obligada cuando se habla de medioambientalismo en aquellos años. Desde 1949, fecha en que se celebró la reunión sobre problemas medioambientales en Lake Success (Nueva York), los temas ecológicos en las Naciones Unidas se trataron siempre en el seno de la UNESCO. A partir de Estocolmo, sin embargo, se creó el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), con sede en Nairobi; regido por un consejo de 58 miembros de diversos países del primero y tercer mundos y escasa representación del segundo, los temas que aborda el PNUMA son amplísimos y diversificados y no procede entrar en ellos. Sólo resaltar lo que supone de institucionalización, a nivel mundial, de la preocupación por el medio humano, con la consiguiente materialización en documentos y planes de acción que, a lo largo de estos últimos años, el “Programa” ha hecho públicos y ofrecido a los gobiernos del mundo.

Hemos aludido más de una vez a la “Declaración sobre el Medio Humano” surgida de la Conferencia de Estocolmo. Este documento, considerado como una auténtica “carta magna sobre ecología y desarrollo”, contiene, en los siete puntos de su preámbulo, un conjunto de presupuestos interesantes en orden a considerar el papel y lugar del hombre en el medio —natural y artificial— en el que vive. Considerados ambos como aspectos integrantes del “medio humano”, su protección y mejoramiento deviene cuestión fundamental de la que emanan deberes urgentes. En ese proceso, la innovación técnica y su capacidad transformadora es contemplada por el documento con optimismo, como fuente de beneficios, pero cuya aplicación ha producido deterioros que están empezando a ser irreversibles. El problema se enlaza con el tema del subdesarrollo y del crecimiento demográfico, ante todo lo cual el documento aboga por una reorientación de nuestros actos atendiendo a las consecuencias que puedan producir en el medio. Esta llamada se dirige a empresas e instituciones administrativas, así como a ciudadanos y comunidades. La responsabilidad, viene a decirse, es de todos.

Los 26 principios que contiene la “Declaración” comienzan con el reconocimiento del derecho a vivir en un medio con calidad de vida digna, y de la obligación de protegerlo y mejorarlo para las generaciones presentes y futuras, a lo que se insta en la redacción de los principios, atendiendo a capítulos específicos de problemas ecológicos. En otro lugar (SOSA, 1985, 20) he apuntado cómo a lo largo del documento no encontramos el menor atisbo de duda sobre el modelo de desarrollo y crecimiento, limitándose a expresar recomendaciones de carácter conservacionista que suponen la disminución del impacto sobre el medio y sólo eso. Cuando se habla de “desarrollo económico y social” (Principio 8º de la “Declaración”) no se cuestiona en absoluto su modelo.

Este resultado era algo esperado para muchos, a la vista de las grandes tensiones que precedieron a la celebración de la Conferencia. Ello explica también los encuentros paralelos que tuvieron lugar en Estocolmo en aquellos días, promovidos ya por hombres de empresa, reunidos en una “Conferencia Mundial de la Industria sobre el Medio Ambiente”, ya por científicos que habían ido mucho más allá en sus análisis, como el citado Barry Commoner, que convocó un “Environmental Forum” para abordar los problemas medioambientales sin las ataduras de las representaciones políticas, o la Asociación Dai-Dong, que congregó a biólogos, economistas y filósofos, en busca de una alternativa más libre que la que podía ofrecer la ONU.

Dentro de la misma línea conservacionista, pero con un contenido mucho más concreto respecto a objetivos, acciones y programas regionales, se mueve la Estrategia Mundial para la Conservación , elaborada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) con el concurso y apoyo de las entidades más importantes a nivel internacional relacionadas con temas ecológicos. El texto se publica ya en 1980 y después de señalar objetivos y enumerar los principales obstáculos para lograr la conservación (a mi juicio, la parte más crítica del documento), define sectorialmente los modos, requisitos y políticas necesarios para poder pensar en resultados efectivos. A partir de este documento, son varios los países que preparan estrategias nacionales más detalladas. Este nuevo impulso motivó la necesidad de un postrer encuentro internacional, dos años más tarde, en Nairobi, del que nos ocuparemos en el siguiente apartado.

Los años ochenta

Uno de los más importantes resultados, en cuanto a acciones decididas por parte de los gobiernos, de todo el movimiento registrado en estos años, tal vez sea el encargo que el presidente Carter hizo, en su discurso al Congreso de los Estados Unidos el 23 de mayo de 1977, al Council for Environmental Quality, en colaboración con otras muchas instituciones federales. En efecto, Carter pidió una investigación de un año de duración acerca de las previsibles transformaciones en la situación de la población, de los recursos naturales y del medio ambiente en los años que restaban hasta el final del siglo. Un estudio que, según declaró entonces, serviría de fundamento para la planificación a largo plazo de su gobierno. La investigación duró tres años y se publicó en 1980 bajo el título de The Global 2000. Report to the President of the U.S. (BARNEY, 1980).

Las previsiones del estudio son tan alarmantes como las de los primeros informes al Club de Roma y sólo esta constatación habla por sí misma respecto a la certeza sobre la gravedad del problema. A diferencia de aquéllos, Global 2000 trabaja, no con uno, sino son varios modelos del mundo, procedentes de las diversas agencias y ministerios de cuyos bancos de datos y de cuyos estudios monográficos se alimenta. Además esta investigación se realizó para servir, expresamente, como instrumento de planificación de un gobierno.

Trataré de recoger, del Informe, sólo aquellos puntos concretos que, a mi juicio, suponen importantes llamadas de atención o avances efectivos en el tratamiento de la cuestión, sobre otros informes anteriores (me valgo, para este punto del capítulo, de la reseña crítica aparecida en la revista Mientras Tanto , citada en la nota 6), dejando a un lado las diferencias de supuesto analítico, métodos y modelos descriptivos, no especialmente relevantes para mi cometido. Empezando por el tema de la población, valga decir solamente que, a pesar de quienes en la segunda mitad de los setenta apuntaban a un descenso de las tasas de crecimiento demográfico, el informe insiste en que, de mantenerse las tendencias sin que se estabilicen las tasas de natalidad, en el año 2030 se llegará a la desbordante cifra de los 10 mil millones de habitantes.

En el tema de la renta encontramos un importante reconocimiento por parte de los autores: el Producto Nacional Bruto es claramente una “medida insuficiente del bienestar”, algo que, aún si lentamente, va tomando cuerpo en los análisis más recientes de los economistas, sobre todo cuando se denuncia el cómputo positivo de los costes y secuelas del desarrollo tecnológico, en lugar de colocarlos en el capítulo de las deducciones (ver nota 7). Es realmente importante este extremo por cuanto, como se sabe, los costes de reparación de daños medioambientales son elevadísimos y, aún así, nunca se consigue regenerar totalmente lo dañado.

Si se tiene en cuenta uno de los principales defectos del informe, a saber, su falta de integración del cúmulo de datos que maneja (el supuesto de que no habrá alteraciones climáticas graves no es coherente con las consecuencias que el propio estudio prevé, en la sección dedicada al medio ambiente, provenientes de la concentración de dióxido de carbono, lluvias ácidas o destrucción de la capa de ozono; la previsión del aumento de los rendimientos en la agricultura no se compensa con el capítulo de problemas que el mismo informe señala: efectos de los pesticidas sobre depredadores naturales de los parásitos, precariedad de los monocultivos, etc.), hay que entender que sus resultados, aún si pesimistas, son todavía más halagüeños que los que se obtendrían si tales interconexiones fuesen realizadas.

Los críticos han señalado la modestia e incluso la honestidad científica de los autores de Global 2000 . Tales rasgos son apreciables en no pocos pasajes del informe; por ejemplo, cuando no duda en mantener grandes interrogantes a propósito de la seguridad y madurez tecnológica de la energía nuclear (lo que choca de plano con el discurso tranquilizador de los técnicos y empresarios implicados en la industria atómica), llamando la atención sobre las medidas ahorradoras de energía y sobre el desarrollo de energías alternativas (ver nota 8).

Merece la pena incluir aquí el listado de consecuencias que las tendencias estudiadas están produciendo y producirán en el medio ambiente: erosión del suelo; pérdida de materia nutritiva y solidificación de las tierras; salinización creciente de los suelos artificialmente regados y del agua utilizada para los regadíos; pérdida de terrenos de cultivo a causa del crecimiento de las ciudades; pérdida de cosechas por la contaminación del agua y del aire; extinción de las especies vegetales y animales: entre el 15 y el 20 por ciento hasta el año 2000 de las especies actualmente vivas, lo que representa una pérdida incalculable de recursos bióticos; escasez de agua por la demanda industrial y por la deforestación, que impide o disminuye la absorción del agua por la tierra, su almacenamiento y la regulación de sus flujos; empeoramiento de los recursos hídricos por la ya aludida salinización y por el uso de pesticidas de larga vida; destrucción de selvas tropicales; efectos sobre la atmósfera y el clima de la concentración de CO2 y las lluvias ácidas producidas por la asociación del dióxido nítrico y del ácido sulfúrico con el vapor de agua en la atmósfera; destrucción de la capa de ozono con sus efectos sobre la piel humana y los frutos.....

Tratándose, como queda dicho, de un documento elaborado por científicos, técnicos y organismos de la administración y destinado a la planificación por parte del gobierno de una de las dos grandes potencias mundiales, cobra una especial significación el párrafo final de la presentación del primer volumen:

Las pruebas con que contamos señalan sin lugar a dudas que el mundo —incluido este país— confrontará problemas enormes, apremiantes y complejos durante los próximos decenios. Se requieren cambios rápidos y enérgicos en las políticas de todos los países para conjurar o aminorar estos problemas, antes que adquieran proporciones incontrolables. Se necesita mucho tiempo para que las medidas sean eficaces. Si se aplazan las decisiones y se permite que los problemas empeoren, las posibilidades de actuar con eficacia se verán notablemente reducidas (BARNEY,1980, 51. La cita, en traducción ligeramente modificada por mí, corresponde a la edición castellana de Tecnos, Madrid, 1982).

Desgraciadamente, las políticas nacionales no parecen haber emprendido el camino sugerido por el Informe, comenzando por el propio país que lo encargó ya que, como es sabido, al poco de ser entregado al presidente Carter, éste abandonó la Casa Blanca al ser derrotado en las elecciones por Ronald Reagan, quien no dio ninguna operatividad a las conclusiones; antes bien las ignoró totalmente en su programa de gobierno. Era la peor actitud que podía esperarse: la implícita negación de la crisis. Pero el panorama se agrava si se tiene en cuenta que, al poco tiempo, el presidente suprimió el Departamento de Energía creado por su antecesor, alegando que, en asuntos energéticos, era preferible dejar a los ciudadanos y empresas que actuaran en su propio interés económico, más que poner estas cuestiones en manos de las instituciones estatales. Un modo de actuación que se enmarca dentro de la más profunda problemática de la crisis legitimadora del Estado en la última etapa del desarrollo capitalista, toda vez que la “huída hacia adelante” que comporta la necesidad de incrementar las compensaciones materiales, explica, por un lado, el éxito de las doctrinas neoliberales de los últimos años; pero, por otro, agrava considerablemente los problemas de impacto en el medio ambiente para el mundo presente y futuro, tal y como lo dejara señalado el Global 2000.

A finales de 1983 apareció el “otro Informe 2000”, con el subtítulo “Un pronóstico soviético para nuestro futuro” (VARIOS, 1984), conteniendo el punto de vista del otro lado del mundo sobre “los límites del crecimiento”. Gracias a este trabajo, el mundo occidental pudo conocer el punto de vista soviético sobre la ecología y los problemas medioambientales, además de poder hacerse una idea, ya en temáticas específicas, acerca del tratamiento previsto para la Siberia que, con la selva amazónica, son las dos grandes reservas vírgenes que le restan a la Humanidad.

El capítulo de problemas resultantes del desarrollo industrial en la Unión Soviética en los últimos treinta años no es, en modo alguno, exiguo, y así lo reconoce el propio informe. Los rótulos de tales problemas no difieren de los de Occidente; sólo la ubicación geográfica y las tierras y mares concretos los hacen diferentes. No precisamos, pues, entrar en su detalle. Pero si hemos de creer al informe soviético en lo que se refiere a las medidas puestas en práctica para la preservación del medio, se advierte una progresiva concienciación a partir de los últimos años de la era Breznev, en el sentido de un mayor peso de ecólogos y ambientalistas en las decisiones de planificación, que se ha manifestado en una política ecológica preventiva apreciable. El informe manifiesta su acuerdo sustancial con los primeros trabajos del Club de Roma; sin embargo, las ideas ecologistas de Occidente, en relación a la necesidad de un replanteamiento del marco sociopolítico e ideológico, son consideradas como utópicas y románticas, manteniéndose una fe inquebrantable en las nuevas tecnologías, incluida la nuclear, como inseparables de la idea de progreso y desarrollo.

A diferencia del informe norteamericano, la energía “alternativa” en la URSS parece ser la nuclear y para nada se considera el problema de los residuos ni la posibilidad de accidentes. He aquí uno de los grandes silencios del informe soviético. El otro lo constituye la situación actual del lago Baikal, el más antiguo de la Tierra, con unas reservas de agua potable que se calculan en un quinto de las mundiales. Al menos dos “ingenios”, que sepamos, han puesto el lago al borde de la catástrofe ecológica: el vertido de los polígonos industriales —entre los que figura un complejo de fabricación de celulosa— construidos en Ulan-Ude en la década de los cincuenta, y el trazado del ferrocarril transiberiano con la amenaza de instalaciones industriales a lo largo de la vía. Ambos peligros fueron conjurados por las presiones de los científicos y escritores que desarrollaron una campaña en favor de la supervivencia biológica del lago.

No puede negarse que, de parte de un sistema como el de la URSS, la planificación unitaria posibilita mucho más el tratamiento adecuado de los problemas ambientales. Una economía planificada, sin entrar ahora en otras consideraciones, ha de reunir condiciones objetivas que evitan la génesis de muchos conflictos ecológicos. Si se piensa en la ausencia de especulación sobre el suelo, cabe esperar que la planificación de ciudades pueda hacerse con criterios urbanísticos ecológicos; y un menor parque automovilístico produce, obviamente, una menor contaminación atmosférica por monóxido de carbono.

Sin embargo, cuando los criterios de esa planificación no difieren demasiado de los que rigen en los países del culto al desarrollo ilimitado, es decir, cuando no hay garantía —y en un sistema como el soviético, ciertamente, no la hay— de que los criterios de gobierno representan aspiraciones y deseos de las comunidades de hombres gobernados, entonces, aquellas condiciones objetivas han malogrado su potencialidad. Y la imposición del desarrollo industrial desde arriba, desarrollo que en la Unión Soviética tiene prioridad absoluta sobre cualquier otra actividad, así como el mimetismo respecto a los criterios occidentales de valoración general en el intercambio de productos (política de crecimiento acelerado del PNB, por ejemplo), o la predominancia del complejo militar y su peso dentro del Estado, hacen que, desde el punto de vista ecológico, no se puedan establecer diferencias sustanciales entre uno y otro modelo. No hace falta recurrir al consabido argumento de la falta de oposición organizada. Basta y sobra pensar que el modelo soviético, en su afán por igualar al capitalismo y luego superarlo en cuanto a bienes materiales y bienestar social, marcha ciegamente —en una espiral competitiva— hacia las mismas cotas de deterioro ecológico que el llamado mundo libre.

Todo lo más, y a la vista del 2000 soviético, podríamos decir que la URSS afronta los problemas ecológicos con criterio ambientalista, pero está incapacitada para combatir las causas profundas que los generan. La posición ambientalista olvida que la situación de la biosfera no es ya la de “alerta” de hace veinte o veinticinco años, sino que hoy los ecosistemas se encuentran en estado de “enfermedad grave” como dejan muy claro los informes globales que hemos analizado en este capítulo. Como se dijo más atrás, el sistema de feedback positivo (donde la acción sobre el medio se multiplica y acrecienta, con daño final irreversible) impuesto por las tendencias de nuestra dinámica civilizatoria, no es ya compensable por los recursos de feedback negativo de la naturaleza (donde la acción dispone de un mecanismo de regulación que equilibra el conjunto y lo hace estable).

Por ello me parece ineludible la tantas veces postulada reestructuración de las necesidades y la revisión de las jerarquías de valor imperantes, como único y auténtico camino para enfrentar el problema ecológico. Creo haber mostrado, en el recorrido por los principales trabajos contemplados en este capítulo, que no pocos estudios han apuntado tímidamente a una salida de este tipo. Cuando en 1982, al final de la “década ecológica” de los setenta, los países miembros del PNUMA se reunieron en Nairobi, elaboraron una Declaración, a modo de solemne decálogo que no ofrece, precisamente, un panorama alentador. Tal vez nunca como entonces apareció tan claramente la interconexión de los problemas específicamente “ecológicos” o “medioambientales” y los que derivan del contexto internacional de guerra fría, así como del consumo y de la planificación del despilfarro. La situación, en 1982, era peor que la que había diez años antes, cuando se celebró la Conferencia de Estocolmo. El Plan de Acción 1982-1992 elaborado en Nairobi estableció muy claramente las tendencias, los problemas y las prioridades. Pero su carácter no vinculante y la falta de un verdadero poder mundial ecológico es algo de lo que eran muy conscientes las organizaciones ambientalistas no gubernamentales que asistieron a Nairobi. Tal sentimiento queda patente en el Mensaje de Apoyo a la Vida (reproducido en TAMAMES, 1974, 275-284 de la edición utilizada, de 1985.) que redactaron al final de la reunión. Registro este documento como el último de las “grandes declaraciones”. En su párrafo final leemos: “No sólo tenemos el deber de la esperanza sino que todos tenemos el deber de la acción”. Tal vez por eso, a la vista del fracaso de la esperanza en las políticas y en las instituciones, la década de los ochenta sea la de la ética ecológica , es decir, la del desplazamiento de la reflexión al terreno de la conciencia moral y de la búsqueda de fundamentación de unos “deberes ecológicos” reconocidos por todos.

El examen de este esfuerzo teórico de fundamentación será el objeto de las páginas que siguen.

NOTAS

(1) Tamames, junto a Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, son los economistas españoles que más se han preocupado de la implicación de su disciplina con los problemas ecológicos. El libro de Tamames me sirve de esquema de desarrollo para esta parte de mi trabajo.

(2) Recojo aquí esta idea de Boulding en el intento confesado de rastrear nociones que hacen progresar la polémica hacia planteamientos liberados de un estricto economicismo. No albergo, sin embargo, la misma valoración positiva acerca de su “radicalismo realista”, preconizado en su posterior obra, Ecodynamics (BOULDING, 1978) ni, en general, sobre el aparato conceptual y metodológico desplegado en ella. En este sentido, comparto plenamente la crítica de Manuel Sacristán a esta obra tardía del economista norteamericano (Cfr. SACRISTAN, 1981).

(3) Me refiero, sobre todo, a la Declaración sobre el Medio Humano, resultado de la Conferencia de las Naciones Unidas en Estocolmo, en 1972, cuyos 26 principios generales, como ya he tenido ocasión de señalar “no cuestionan en absoluto el modelo imperante de desarrollo y sólo se muestran radicales en la propuesta de eliminación de las armas nucleares. (SOSA, 1985, 20).

(4) Creo que Ferrater Mora se acerca de algún modo a esta confianza en la “sabiduría” de la naturaleza cuando postula la noción de “equilibrio dinámico” para aceptar la posibilidad de que efectos indeseables del desarrollo industrial sean, tal vez, beneficiosos en cualquier otro sentido. (Cfr. la ponencia “El medio ambiente”, enviada por el autor a la IV Semana de Etica celebrada en Barcelona, del 25 al 28 de febrero de 1986, inédita, que yo sepa, hasta el momento).

(5) Este autor, al considerar las recomendaciones del Club de Roma como totalmente injustificadas, llega a preguntarse: “Además, después de todo, ¿por qué es tan deseable la conservación indefinida de la especie humana? (...) Es un absurdo total decir que los hombres que aún no nacieron estarán mejor naciendo”. Una afirmación que, según como se lea, puede suponer un reto interesante para la reflexión acerca del mundo y de nuestra presencia en él, o el modo más cínico de dar la espalda al problema.

(6) No ha faltado quien achaca este cambio de orientación al descontento que los dos primeros informes habían provocado en ambientes empresariales y universitarios, añadiendo que el subrayado de la diferencia entre países ricos y pobres acabó permitiendo que se reavivaran los alegatos en favor de un mayor crecimiento económico para reducir la distancia (Así opina A. Domenech, en una reseña publicada en la revista Mientras Tanto 12 (1982) 107).

(7) Hazel Handerson, autora, por otra parte, de trabajos prospectivos (Creating Alternatives Futures , 1978), se ha caracterizado por sus análisis críticos sobre el PNB y formó parte del equipo de colaboradores del Global 2000.

(8) Además del problema, hasta ahora irresoluble, del almacenamiento de residuos radiactivos, el informe no silencia la posibilidad de accidentes, cuyo efecto es cualitativamente distinto que el de otros accidentes industriales. En marzo de 1979 se había producido en Harrisbourgh (Three Mille Island) el más grave accidente de la historia del uso civil de la energía nuclear. Hoy contamos con otro que ha batido aquel récord: el de Chernobil, cerca de Kiev, en abril de 1986.

 

 

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Nicolás M. Sosa. Ética ecológica. Necesidad, posibilidad, justificación y debate. Madrid: Universidad Libertarias, 1990 [Primera edición digital de Ética ecológica, a cargo de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001].

  

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.
 

 

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