Nicolás M. Sosa
   

 

Unos, muchos, fueron declarando afinidades y cercanías,
incluso afectos. Pero cuando tuvieron que pasar a los hechos,
se esfumaron, disimularon o se refugiaron en las “buenas” formas.

Otros, pocos, apenas declararon nada.
Pero su gesto fue siempre el de la mano tendida
y el del respeto exquisito.

A estos últimos, mi libro.

INTRODUCCIÓN (*)

En la presentación de un libro aparecido no hace mucho en esta misma colección —Las causas perdidas—, su autor, Javier Sádaba, salía al paso del hipotético encasillamiento de su trabajo como “obra menor”, por parte de algunos cultivadores de la filosofía. Acostumbrado el autor de este libro que ahora ve la luz a que sus trabajos aparezcan en los repertorios al uso bajo el rótulo, no siempre benéfico, de “ética aplicada”, no puede menos de hacer suya la breve argumentación que Sádaba allí esbozaba, practicando la inversión, mediante el modus tollens , del tranquilizador dicho escolástico “quien puede lo más, puede lo menos”, para convertirlo en el de que “como no pueden lo menos, nunca podrán lo más”. Con ello despejo de un golpe todas las posibles reticencias de quienes —formando parte de la “comunidad” filosófico/moral/política de estos lares— aún no parecen tomarse en serio problemas como el que en este libro se tratan, y me desentiendo de cuantos, empecinadamente, siguen creyendo que los problemas de fundamentación en Etica han de discurrir alejados del devenir cercano y urgente de la realidad en la que vivimos.

Ciertamente, mantengo la convicción de que no están los tiempos para autocomplacernos en el más puro debate “intelectual” si por tal se entiende una suerte de cretino narcisismo de academia, que empieza y acaba ahí: en la academia. Suelo citar a P. Singer cuando, en el pórtico de su Practical Ethics , nos recuerda que un problema ético es importante cuando es tal que cualquier persona raciocinante deba enfrentarse con él. Y cuando este es el caso, el discurso del filósofo de la moral puede y debe contribuir a su potencial esclarecimiento. Dudo mucho que tal beneficio pudiera derivarse sólo de la voluntaria reclusión académica de las cuestiones en torno al “fundamento”, viniendo a resolverse, a la postre, tal debate, en las exégesis y comentarios más o menos geniales que seamos capaces de hacer sobre los últimos textos llegados de Centroeuropa.

En setiembre de 1974 se celebró en La Haya el “Primer Congreso Internacional de Ecología”, organizado por la International Association of Ecology . Asistieron 800 científicos de varios países, representando diversas disciplinas biológicas y una parte esencial del Congreso la constituyeron las discusiones sobre la gestión de los ecosistemas.

 En el Prefacio de la publicación de los trabajos, los editores afirmaban: “La ciencia de la Ecología todavía no está en situación de dar reglas exactas para cada problema de gestión, pero se sabe lo suficiente, sin embargo, para prevenir contra la explotación de los recursos naturales sin una evaluación profunda de las consecuencias “. Y expresaban una esperanza: “Que los resultados del Primer Congreso Internacional de Ecología pongan de relieve que el mantenimiento de recursos naturales vulnerables exige políticas a largo plazo con una fuerte base científica , y que olvidar las reglas ecológicas en favor de los beneficios inmediatos equivale al desastre” (Dobben, W./ Lowe-McConnell, R., 1980, 10-11. Subrayados míos).

De todas las ponencias y comunicaciones, tal vez fuera la de J.D. Ovington la que más insistió en la especial responsabilidad de los ecólogos, en orden a poner a la consideración de las gentes las razones científicas que apoyan la preservación de los ecosistemas, pero fue sobre todo en la discusión final donde se planteó la función crítica que debería desempeñar el ecólogo y la obligación de informar al público, de manera que éste adquiera un conocimiento y se forme una opinión adecuados sobre los problemas ecológicos, que pueda traducirse, de algún modo, en una presión sobre las decisiones de los políticos.

Me parece relevante este modo de asumir responsabilidades por parte del científico por cuanto, en principio, y según la conciencia más generalizada, aquéllas excederían el estricto ámbito de su investigación específica; un tema este al que he dedicado mi atención en otro lugar (Sosa, N.M., 1984), y que aquí viene a dejar patente que la problemática ecológica no se resuelve única y exclusivamente por la “ciencia ecológica”, sino, además, por la conciencia de los problemas y la asunción colectiva de responsabilidades. Esto, dicho en un congreso de científicos, cobra especial relevancia para el tema de mi investigación. Como veremos en el primer capítulo, dedicado al concepto de Ecología, esta “extensión” del trabajo del ecólogo se ha generalizado y los Tratados de Ecología no se limitan a la exposición aséptica de los conceptos ni a la descripción avalorativa de las situaciones.

Puede decirse que esa persistente llamada del científico a la conciencia moral ha sido uno de los puntos de partida principales de este trabajo, en cuanto supone recoger un reto, cual es el de qué puede decir la Filosofía Moral sobre el problema, utilizando su propia dinámica de razonamiento, encaminado a argumentar, fundamentar y encontrar criterios de validez.

El otro punto de partida lo ha constituido la consideración del problema mismo. La noción de crisis ecológica , no obstante, que es la que provoca toda la reflexión, ha de entenderse en su justo término: ni una ingenua toma de conciencia de la crisis, como si ésta fuera sólo un fenómeno de nuestro tiempo, ni una minimización de la crisis, asentada en la idea de que desde siempre el hombre ha incidido en el medio y ha provocado la destrucción de ecosistemas. Situar el problema en su sitio supone reconocer que estamos ante un fenómeno cualitativamente distinto, por cuanto la organización industrial, por decirlo abreviadamente, está socavando en este final de siglo equilibrios ecológicos globales , ya no sólo locales, que ponen en peligro la existencia misma de la humanidad. Es el planeta el que está afectado por el problema. La expoliación de la tierra no conoce, en este contexto, ideologías de Este u Oeste, porque los sistemas vigentes en ambos lados concurren en una dinámica de crecimiento y desarrollo esquilmadores de recursos que no se pueden renovar. R. Scorer, profesor de mecánica teórica en el Imperial College de Londres nos dirá que es el hombre, a quien califica de “idiota espabilado” en el título de su libro, el que se fía y enorgullece de su propia destreza, pero no se detiene a valorar sus consecuencias. Por lo que, en su opinión, como en la de tantos, nuestra época está pidiendo una nueva conciencia del lugar del hombre en el mundo (Cfr. Scorer, R., 1980).

Sería interminable entrar en la concreción de los capítulos de la crisis. Hablar de las casi dos millones de especies animales —el 15 por ciento de las especies existentes— que desaparecerán de aquí al año 2000, de la alarmante deforestación que asola el planeta, de la contaminación generalizada del medio físico o del deterioro de las formas de vida y de comunicación humanas resultaría hartamente reiterativo, ya que nada de lo que acontece ha quedado sin reseñar. Lo que sí es necesario recordar, una y otra vez, es que son los vínculos ecológicos, los lazos ecosistémicos globales los que están amenazados. Si enfrentamos uno cualquiera de los problemas ecológicos con un mínimo de rigor, saldrán inmediatamente consecuencias que afectan e implican a los demás. El problema, pues, es el de una cultura humana que depreda, antiecológicamente, su entorno vital. Formular así la cuestión supone el riesgo de ser inmediatamente descalificado como apocalíptico y catastrofista. He corrido ese riesgo convencido de una gravedad que había que exponer en toda su crudeza, pero con el aval de haber obtenido la información para el diagnóstico a partir de textos de científicos, eso sí, comprometidos, y no —sólo— de escritos destinados a la divulgación de la “conciencia ecologista”.

Robert Jungk comienza uno de sus últimos escritos sobre la amenaza nuclear (Jungk, R. (1984) 11; ver nota 1) con estas palabras: “En el curso de mi larga vida he tomado parte en numerosas manifestaciones contra la amenaza de la paz y de los derechos humanos”. Discúlpeseme la petulancia, que en modo alguno pretende un parangón con el director del primer Instituto para cuestiones de Futuro en Europa, en 1964, y autor de una decena de libros que han recorrido el mundo, pero se me hace indispensable manifestar la vinculación de mi modesto empeño teórico con el hecho de una conciencia práctica largamente mantenida y expresada en centenares de acciones, escritos, encuentros y proyectos; en definitiva, en una participación en las propias situaciones problemáticas, por mor de la misma exigencia —que yo entiendo como exigencia moral— que luego he pretendido tematizar y elaborar al nivel de la teoría. Diríase que he ido a buscar la “noción”, el “concepto” y las “razones”, desde una conciencia generada en la “práctica”; una práctica en la que he podido constatar la entrega de miles de personas, jóvenes y no tan jóvenes que, sin otro interés ideológico, político o económico, dedicaban horas y tiempos libres a documentarse y a planificar acciones que tenían como fin mostrar a sus semejantes que el problema ecológico revestía extrema gravedad y que era necesario de todo punto que se tomara conciencia de él.

De esta larga práctica surgió la necesidad —y la conveniencia— de obtener una información lo más precisa posible, no sólo de los datos científicos del problema, sino de las condiciones y circunstancias sociales que lo rodean. No me parecía, ni me parece, suficiente, abordar una reflexión filosófica sobre el tema atendiendo únicamente a esquemas teóricos o modelos ya existentes para, desde ellos, indagar luego si se adecúan o no a las preguntas que nos hacemos hoy motivados por la crisis, o si propician o no un discurso clarificador sobre las cuestiones que el mundo natural y humano tiene planteadas en el umbral del tercer milenio. Podría decirse que la mayoría de los discursos así elaborados se han construido sobre la base de unos pocos diagnósticos globales, en los que el filósofo apenas se ha preocupado de entrar con algún detalle.

Si esto es así, el trabajo de interpretación de la filosofía y, de modo muy particular, el trabajo de la filosofía moral, habría de suponer, hoy, un conocimiento previo, mucho más cercano del que habitualmente se tiene, acerca de los procesos transformadores del mundo natural y social, en el grado cualitativamente distinto en que hoy tienen lugar, así como de los análisis sectoriales que los científicos han elaborado sobre la crisis que el planeta arrastra desde los primeros setenta, sobre el profundo impacto de la acción humana en todos los ecosistemas y sobre las oportunidades y caminos posibles que tales eventos plantean a la civilización contemporánea. En consecuencia, he procurado conocer de cerca los planteamientos que la Ecología se hace hoy, muy particularmente en torno a la cuestión energética, estudiar la ampliación y enriquecimiento del propio concepto de Ecología y rastrear cuidadosamente la aparición —en los textos de casi todos los ecólogos que he podido consultar— del recurso al elemento moral como relevante, cuando no único, posible planteamiento de salida.

Respecto a la necesidad apuntada de poseer información específica sobre los problemas hasta donde sea posible, y sin que ello suponga demérito alguno para su trabajo, quisiera referirme, a modo de ejemplo, a dos filósofos contemporáneos españoles, para mostrar con cierto detalle esa necesidad: Jesús Mosterín y José Ferrater Mora. Los textos que pretendo considerar fueron publicados en la prensa diaria; no tienen, por tanto, el carácter de texto “filosófico” stricto sensu , pero no dejan de ser reflexiones hechas por filósofos —presentados y conocidos como tales— sobre acontecimientos puntuales, en las que se contiene un tratamiento global acerca de un uso científico-técnico contemporáneo; en el caso, el uso civil de la energía nuclear.

Ambos trabajos se escriben a propósito del, hasta ahora, más grave accidente de la historia del uso de la energía nuclear para fines pacíficos: la explosión en el cuarto reactor de la central nuclear de Chernobil, en la Unión Soviética, el 25 de abril de 1986. Ferrater Mora escribió al menos dos artículos en la prensa española ( “El peligro nuclear”, Diario 16, 2-V-86 y “Centrales nucleares”, El País, 13-V-86), y en el primero de ellos se le describía como “filósofo comprometido con la defensa ecológica”. El autor, en efecto, muestra un conocimiento nada despreciable acerca del funcionamiento de las centrales nucleares, así como de las implicaciones de ese funcionamiento. No en vano Ferrater se ha dedicado frecuentemente a temas medioambientales y, hasta donde he podido saber, prepara un libro sobre la cuestión. Por ello, resulta sorprendente que, para este autor, el a la energía nuclear podría estar justificado, según dice, en razón de que supondría una menor explotación y un menor despilfarro de los recursos naturales y, por tanto, “una mayor protección del medio ambiente”; ello, habiendo reconocido, unos párrrafos más atrás, la insalvable dificultad de saber a ciencia cierta el volumen de daño que la dispersión de radiactividad puede producir, de hecho, en el ambiente. Y, desde luego, no deja de parecer igualmente sorprendente que, postulando la necesidad de “allegar hechos, examinarlos, dar buenas razones”, no mencione, ni siquiera de pasada, ninguna implicación social ni concerniente a la calidad de la vida de las muchas que rodean al uso civil de la energía nuclear.

Adolece, a mi juicio, de mucha más desinformación, el trabajo de Mosterín (“Después de Chernobil”, El País, 4-VII-86), sobre todo cuando, pretendiendo entrar en un mayor número de detalles técnicos que los escritos anteriores, y aún postulando concretas formas de obtención de energía para el futuro, su artículo presenta ostensibles lagunas. Una reflexión filosófica sobre este tema, aún si contenida y comprimida en un artículo de prensa, no puede, creo, dar por supuestas las necesidades actuales de energía, sin poner para nada en cuestión las causas de esa creciente demanda y, a partir de ahí, empezar a hablar de seguridades y de víctimas. Pero es que al comentar las consecuencias de las actividades industriales y mineras, el autor entra en estimaciones cuantitativas en torno a muertes y catástrofes, silenciando por completo algo tan sabido como es el efecto a medio y largo plazo de la radiactividad que, aún en condiciones “normales”, es decir, en ausencia de siniestro, incrementa calladamente la contaminación ambiental, con incidencia probada en las cadenas tróficas animal y humana. Habiendo descendido a cuestiones tan específicas como recomendar, para el porvenir, el aprovechamiento de la energía solar y la obtenida por fusión del núcleo de deuterio, era de esperar que Mosterín tuviese conocimiento de cosas tales como los criterios radiológicos empleados en la industria atómica (Cfr. Carrillo, D. / Díaz de la Cruz, F., 1985), lo cual le hubiera mostrado que la estrategia de seguridad no es unívoca para todas las instalaciones existentes en el mundo; o de los más recientes estudios —occidentales— sobre probabilidad de accidentes en plantas nucleares (Cfr., por ejemplo, el trabajo de Carrillo, D. Energía Nuclear, marzo-abril 1983 y Patterson, W., “Nobody should feel complacent”, The Guardian , 11- V- 86). Esto, en cuanto a lo que podríamos considerar literatura “técnica”.

Pero habría que añadir, para terminar esta mostración de ejemplos, que sorprende nuevamente que ninguno de los dos filósofos mencionados pongan en cuestión, ni siquiera de modo hipotético, la información concreta que se dio, en los días inmediatamente posteriores al accidente comentado, sobre las características de la planta siniestrada, factor este que, sin duda, entra en el campo de lo que podríamos llamar “circunstancias sociológicas” del evento. Por aportar sólo una muestra que relativiza fundada y considerablemente toda aquella primera información, citaré el Herald International Tribune del 20 de mayo de 1986, que contenía un reportaje de Stuart Diamond, titulado “Chernobyl Unit, U.S. Plants share many features”, con textos en los que personas tan poco sospechosas como los técnicos de la Nuclear Regulatory Commission , máximo organismo norteamericano responsable de la seguridad nuclear, reconocían que la planta soviética reunía características de seguridad similares a las centrales nucleares estadounidenses y, en general, occidentales. Muy cerca de donde trabaja el profesor Mosterín está instalada la central nuclear de Vandellós 1 (Tarragona), que no goza precisamente de un especial edificio de contención, por ejemplo, como puede comprobarse examinando la documentación técnica de la propia central.

Todo esto no va en detrimento del trabajo de los profesores mencionados, a los que respeto. Solamente he pretendido poner de manifiesto que asuntos como el de la energía nuclear no pueden tratarse solamente desde sus específicas características técnicas (y aún así, es necesario que éstas se conozcan mejor), dejando fuera todas las implicaciones sociales y humanas que contiene. Sobre todo, si el que escribe es un filósofo.

La Filosofía Moral se ha planteado siempre como central el problema de las opciones y elecciones. El tema de la preferencia racional ha ocupado y ocupa la atención de filósofos morales procedentes de tradiciones bien diversas, que se han empeñado en diseñar las condiciones ideales para una tal preferencia. Creo que el problema del que me ocupo es un problema de elección y, aún, de elección colectiva. Pero encontrar los criterios para preferir y elegir es ardua tarea que pasa por muchos capítulos previos de revisión de presupuestos antropológicos de larga implantación. Esto constituiría el trabajo de fundamentación que me propongo y que conlleva, como elemento indispensable, una consideración de la ciencia y la técnica y de su dirección y sentido.

Uno de los autores que más ha influido en mi atención a los problemas que plantea la reflexión ética sobre la ciencia ha sido Paul Feyerabend quien, en el prólogo a la edición castellana de tres de sus ensayos (Feyerabend, P.,1984), no duda en declarar explícitamente que la cuestión de la supervivencia de la humanidad es “el problema más difícil y urgente que existe” y que, por tanto, “nos fuerza a considerar seriamente nuestras prioridades”. Al final, aboga por un conocimiento que sirva para resolver los dos problemas más urgentes y graves de hoy: “el problema de la supervivencia y el problema de la paz; por un lado, la paz entre los humanos y, por otro, la paz entre los humanos y todo el conjunto de la naturaleza”. No podía expresarse en menos palabras ni con más claridad el núcleo de una preocupación ecológica, entendida en su sentido más amplio y, a la vez, más radical. Amplio , porque hablar de “ecología” no supondría hablar de “medio ambiente sano” o de “derechos de los animales” de manera unilateral, sino de las relaciones del hombre con el medio del que forma parte y, en tanto elementos integrantes de ese medio, del hombre con los demás hombres. Radical , porque el planteamiento ecológico así concebido no se queda en una postura “ambientalista” o de conservación, sino que se adentra a cuestionar los modos de vida y de desarrollo que inciden de manera agresiva y destructiva en la dinámica y equilibrio de ese medio humano y natural.

Lo expuesto contiene el esbozo de las líneas por las que discurre este programa de investigación en ética ecológica , en el que llevo trabajando desde hace tres años, dedicando a ello mis cursos y programas de doctorado en la Universidad de Salamanca, y en un tratamiento interdisciplinar con áreas de conocimiento diversas, como la Biología, la Sociología y aún el Derecho. No puedo dejar de expresar aquí, a los alumnos que han seguido esos cursos de doctorado, mi total y sincero reconocimiento. Y ya que de agradecer se trata, quede aquí mi recuerdo para las buenas gentes del Noroeste salmantino que, en un momento realmente difícil de mi vida, colaboraron a convencerme, con su acogida cordial, de que mi trabajo y mi acción tenían un sentido.

Entiendo mi estudio como una contribución a la reflexión filosófico-moral sobre la Ecología y los problemas ecológicos de hoy. Tal contribución consiste, por el momento, en la construcción de una base de datos para la investigación en este campo, organizada en una veintena de familias temáticas específicas, en la que pienso haber recogido todo lo fundamental que se ha escrito acerca del problema. Situados ya dentro del presente trabajo, éste contiene una aproximación a la Ecología como ciencia y la adopción del paradigma ecológico como modelo interdisciplinar para enmarcar la crisis civilizatoria actual, lo que supone introducir la noción de ecosistema como base de la consideración conjunta de los problemas de la naturaleza y la sociedad, o sea, de la humanidad en su más amplio medio. De todo ello resulta el concepto de Ecología Social , utilizado hoy ampliamente por autores como Edgar Morin en sus trabajos de reelaboración epistemológica, y Murray Bookchin en sus escritos desde el Institute for Social Ecology , de Vermont, o desde el Ramapo College , de New Jersey, centrados expresamente en hacer de la “Ecología Social” la base para la crítica del orden social actual.

Procedo luego a una revisión de los más conocidos “diagnósticos” acerca de la crisis, mediante la selección de los textos que, sobre todo en los años setenta, recorrieron el mundo y desempeñaron el papel de biblias del movimiento ecologista de todos los países. En este mismo sentido, hago un recorrido por el ámbito institucional (gubernamental y no gubernamental) recogiendo el contenido de los grandes Informes y Declaraciones, que nos muestran, a través de los simposios y encuentros mundiales celebrados año tras año, cómo se han ido incorporando a la “taxonomía” de las recomendaciones y de la planificación los nuevos problemas ecológicos. Junto a este tipo de documentos, el estudio acoge también una serie de diagnósticos y manifiestos que, aún elaborados individualmente, tuvieron en su momento una amplia significación. Creo que con ello muestro el proceso de una decena larga de años durante los cuales la crisis ecológica va siendo asumida como problema principal, en un tratamiento sistemático que da cabida, según los momentos, a diferentes temas puntuales prioritarios.

Tanto en este recorrido como en la revisión de textos a que se hace referencia en el párrafo anterior, el hilo conductor de la indagación es la aparición progresiva de la idea de responsabilidad moral como elemento inexcusable en las conclusiones de cada trabajo.

Entendido lo que antecede como la constatación de una necesidad o de un desideratum , en el sentido de requerir de la reflexión ética un replanteamiento de sus presupuestos, el trabajo más propiamente filosófico se ha materializado en, al menos, dos direcciones:

  • Una, apenas iniciada, consistente en volver a los textos filosóficos de la historia del pensamiento para buscar tesis y presupuestos que pudieran sustanciar, no sólo inquietudes, sino deberes ecológicos.

  • Otra, que comienza a ser abundante, que opta por dejar en suspenso, cuando no negar, sin más, la capacidad de las tradiciones éticas modernas para sustanciar una ética ecológica, procediendo a resucitar el debate biologismo/antropocentrismo, la consideración del papel del hombre en el mundo, la extensión del concepto de responsabilidad moral al mundo no humano, etc. (véase nota 2)

 Al cabo, si la Etica se propone indagar sobre los fines de la actividad humana y, en su discurso, dudamos, pero dudamos razonadamente; y si la Moral se nos ofrece como un conjunto de pautas y valores elegibles, una Etica Ecológica , tal y como pretendo describirla aquí, podría, sencillamente, ayudarnos a esclarecer los términos de nuestras elecciones y opciones.

En mi investigación intento, mediante un examen de aquellas publicaciones y debates, sumamente dispersos y que tienen lugar, sobre todo, en el ámbito filosófico alemán y anglosajón, dar cuenta del “estado de la cuestión”, por cuanto entiendo que la reflexión ética de los próximos años no podrá prescindir de tales controversias. Nótese, a este respecto, que las propuestas que hoy recaban la mayor atención en el campo de la Filosofía Moral, como pueden ser las llamadas éticas “neocontractualistas” y “dialógicas”, empiezan a dar cabida a referencias a la cuestión ecológica, siquiera para mostrar la dificultad con la que, al parecer, se encuentran tales éticas para abordar conceptualmente el problema.

A manera de apéndice, mi trabajo incluye una referencia a la intervención del discurso teológico y religioso en el tema de la crisis ecológica.

Este es, a grandes rasgos, el contenido que se ofrece en estas páginas. Lo más lejano a una investigación concluida y cerrada. Por el contrario, ésta se continúa en varios frentes y constituye un amplio programa que espero poder seguir desarrollando. Del mismo modo que espero que las muchas horas que están detrás de este libro no hayan sido vanas.

NOTAS

(*) Aún  manteniendo su carácter de “Introducción”, esta parte del trabajo contiene, amén de las motivaciones que lo producen, una explicitación de su contenido, de manera que su sola lectura pueda dar una idea cabal de lo que pretende y aporta. (Las notas se recogen al final de cada capítulo y, en su caso, remiten a las “Referencias Bibliográficas” incluídas al final del libro).

(1) Jungk es también autor de un magnífico análisis sobre el “Estado Nuclear”, que subnomina como “progreso hacia la inhumanidad” (Cfr. Jungk, R., 1977).

(2) Aunque en algún momento refiero a la “conciencia ecológica” no hago de tal noción un tratamiento específico en este trabajo. Me he ocupado de ello en una ponencia presentada en agosto de 1986 al Curso “Conciencia ecológica y gestión ambiental”, organizado por la Universidad Libre de Verano en Poio (Pontevedra), luego publicada en Sosa, 1988. No es, ciertamente, la “conciencia”, un elemento que funcione como central en el tratamiento que en este libro hago; pero no dejo de reconocer que hoy, cuando se postula el abandono de la búsqueda de fundamentaciones, de todo atisbo de utopía y de las grandes palabras, y la ética parece volver a refugiarse en “lo individual”, juzgo muchísimo más lúcida y hasta más necesaria una ética de la conciencia y de la autorrealización del sujeto, como diría el profesor Cencillo, que una vergonzante ética de la presentabilidad . Sobre todo cuando tal ética del sujeto no supondría ninguna retirada a lo íntimo, sino más bien una “recuperación de la dimensión pública de lo privado”; sobre todo, en fin, si tal sujeto podemos entenderlo como autorrealizándose con los demás sujetos humanos y con toda la realidad en proceso , no sólo la realidad humana .

 

 

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Nicolás M. Sosa. Ética ecológica. Necesidad, posibilidad, justificación y debate. Madrid: Universidad Libertarias, 1990 [Primera edición digital de Ética ecológica, a cargo de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001].

  

© José Luis Gómez-Martínez
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