Arturo Casas

 

"BREVE PROPEDÉUTICA PARA EL ANÁLISIS DEL ENSAYO"

Arturo Casas
Universidade de Santiago de Compostela

La tradicional tríada de géneros teóricos o modos literarios (narrativa, lírica, drama), contemplada y adoptada como método de ordenación por tantos manuales teóricos e Historias literarias a partir de la notoriedad restrictiva promocionada por los románticos, debe complementarse con la atención a lo que en rigor podemos denominar archigénero ensayístico, dando al prefijo el mismo sentido en que lo emplea Gérard Genette en Introduction à l'architexte (1979). Es decir, el de comprender, en un sentido jerárquico, una serie abierta de formas genéricas empíricas e históricas. A tal propósito no estará de más recordar que el propio Genette, citando la posición de W. V. Ruttkowski, contempla la posibilidad de describir el archigénero o "instancia suprema" de lo didáctico.

Sobre la enunciación ensayística

El archigénero ensayístico está delimitado desde el punto de vista pragmático por una acción discursiva en la que domina la dimensión perlocucionaria asociada a la intencionalidad reflexivo-persuasiva connatural a los distintos géneros históricos susceptibles de ser agrupados bajo el marbete de ensayísticos. Ello, claro es, sin perjuicio de que los distintos núcleos dispositivos o estructurales de esos géneros puedan integrar todas y cada una de las variantes de actos de habla descritas por la semiótica pragmática, incluidos los expresivos y los comisivos; y, por otra parte, sin comprometer la variabilidad de estrategias autoriales que sirven a la intencionalidad citada (entre estas la de una traslación mayéutica al lector de la responsabilidad meditativa y/o argumentativa), ni tampoco la apertura epistemológica en la que suelen instalarse dinámicamente algunos de los géneros ensayísticos, entre ellos la forma ensayo (Adorno, 1958), el aforismo y algún otro, justificación última de la exigencia de una lectura activa y crítica, que en sí misma se convierte en otra de las condiciones pragmáticas de una parte de los géneros ensayísticos, aunque no, desde luego, del sector dominado por la intencionalidad didáctica o llanamente proselitista.

Ya en relación estricta a lo que consideramos ensayo, Arenas Cruz (1997) ha destacado con acierto la naturaleza exegemática y predominantemente monológica de su enunciación, pero al mismo tiempo subrayó la fuerte personalización del sujeto locutor (que alcanzaría a la materia tratada y a los referentes textuales introducidos) y la especificidad apelativo-dialogal que conforma su substrato, no sólo por el vector persuasivo sino además por la centralidad de una actitud comentativa o experiencial. En la enunciación ensayística se daría así una fusión sincrética entre los sujetos de la enunciación y del enunciado y el autor real, posición teórica matizable que aquí no entraremos a debatir. En el nivel del enunciado menciona Arenas Cruz otra clave identificadora interesante: la relevancia de un modo lingüístico de presentación expositivo-argumentativa, enfocado —aquí hay concordancia general entre los tratadistas— a una muy abierta variedad temática y semántico-referencial.

Entiendo que estos presupuestos deberán contrastarse con los aportados desde otras elaboraciones teóricas. Así, por ejemplo, con los propios de Walter Mignolo (1984), José Luis Gómez-Martínez (1992, con una amplia "Bibliografía sobre la dimensión teórica del ensayo", comentada) y Pedro Aullón de Haro (1992), o con los ya clásicos de Theodor W. Adorno (1958) y Georg Lukács (1975, orig. 1910), estos últimos muy atentos a la captación experiencial de la verdad —problema al que dan soluciones divergentes— y también a la definición del ensayo en cuanto forma crítica, cercanos por tanto a una dimensión hermenéutica en la que no falta la vivencia de la duda, la reacción frente a la tradición heredada o la contraposición a otra forma del conocimiento humano, la científica (recuérdese ahora la controvertida descripción orteguiana según la cual el ensayo es la ciencia sin prueba explícita).

Mignolo, por su parte, ha insistido en la necesidad de contar con el contexto de situación, concepto proveniente de la lingüística funcional anglosajona (M.A.K. Halliday, entre otros) para discernir las diferentes intencionalidades discursivas de cada una de las modalidades ensayísticas, atendiendo para ello la terna formada por campo (contexto general más intencionalidad), tema (como selección semántico-pragmática) y modo (función del texto en el acto comunicativo). Será oportuno, en fin, atender las justificaciones aducidas por Aullón de Haro (1992: 107) para, en el marco del sistema global de géneros en el que se sitúa, postular una lectura del ensayo como género no marcado y libre de toda clase de prescripciones temáticas y empírico-pragmáticas, hipótesis que sin duda proviene, estimo que por reacción excesiva, de la desatención de las poéticas anteriores al siglo XVIII y del descarte con el que la tríada canónica habría pretendido anular este género a partir de los románticos.

Junto a esos aspectos pragmáticos conviene no olvidarse de aquello que Manuel Alvar (1983) refirió como "turbada historia de la palabra ensayo", algo que importa no sólo desde el punto de vista lexicográfico y semántico, sino sobre todo por las claves ontoepistemológicas y empírico-sistémicas que introduce, las cuales contribuirán a aclarar la propia relación de parte a todo entre el ensayo y el archigénero ensayístico. Cuéntese aun con aquellas modalidades discursivas que se sitúan en el límite de lo ficcional y lo ensayístico, bien por establecer un sujeto de la enunciación figurado que incorpora un mundo ficcional y cumple incluso funciones de narrador, bien por deslizar la mediación de un editor que saca a luz pública determinados textos por él localizados, o bien a través de otros procedimientos que potencien en algún orden la concreción de una fábula o de una trama.

A este respecto, no querría obviar la fecunda relación entre el ensayo y los tres archigéneros canónicos. En particular, interesa considerar los vínculos con la ficción narrativa, tan fecundos a lo largo del siglo XX, singularmente en lo que hace a la novela, desde la praxis general de Thomas Mann, Miguel de Unamuno, Otero Pedrayo o Aldous Huxley hasta ejercicios concretos de narradores como Carlos Fuentes en Terra Nostra (1975) o José Saramago en Manual de pintura e caligrafía (1977).

Igualmente, debe prestarse atención a las diversas modulaciones de la razón que asiste al ensayo (vid. infra), entre otras, a la razón poética. La senda es muy ancha entre la Poesía filosófica de Friedrich Schiller y la obra ensayística de varios de los integrantes del grupo Hora de España, como María Zambrano (De la aurora, Claros del bosque...) o Rafael Dieste (La vieja piel del mundo, El alma y el espejo...); o entre los textos de Nietzsche y los de Hemsterhuys, clasificados estos por Friedrich Schlegel como poemas intelectuales. Cumple asimismo fijar la mirada en la razón dramática, que comprende ejercicios que van desde los diálogos platónicos a la sátira menipea y los diálogos renacentistas u otros posteriores, como los de Diderot o Wilde. Y, por supuesto, en la razón hermenéutica.

La tipología del ensayo y el sistema literario

Aceptada la premisa de que los géneros son y funcionan como referentes institucionalizados (Cabo Aseguinolaza, 1991), está claro que cualquier intento de descripción genológica habrá de hacerse sobre una delimitación histórico-sistémica predeterminada, a partir de la cual se verá la posibilidad de calcular vínculos y oposiciones entre las variantes genéricas. Dicho lo cual, se entiende mejor la intrascendencia del establecimiento de una partida de nacimiento única o universal para el ensayo.

Entre los textos epidícticos de los sofistas y la práctica de Montaigne y Bacon a finales del siglo XVI se abre un período amplísimo que conoció formas tan relevantes como el diálogo platónico y lucianesco, el texto doctrinal, las modalidades oratorias, el prólogo, la glosa crítica, la literatura paremiológica y gnómica, las doxografías, la miscelánea, la silva divulgativa, la (auto-)biografía o la epístola, todas ellas emparentadas en algún punto con el modelo textual al que actualmente referimos la voz ensayo. Se hace preciso entender el lugar o lugares de todas esas formas históricas sobre el mapa general sistémico que en cada caso corresponda. En tanto correlato, no sobraría la introducción de los datos precisos para esbozar el desarrollo del "género crítico", esto es, la aparición y asentamiento de un referente crítico-teórico suficientemente reconocido y oficializado relativo al ensayo. Tal metodología sería el mejor seguro para no perderse en la caduca polémica sobre una literariedad esencial del archigénero ensayístico, o en otras palabras sobre el carácter literario, extraliterario o híbrido del ensayo. Esto es algo que sólo tiene sentido razonar a la luz de los desarrollos histórico-sistémicos y de las disciplinas teóricas dominantes en cada una de las etapas.

Resulta claro, por ejemplo, que un prisma como el que corresponde a la Poética clásica —con su insistencia en el patrón mimético-ficcional— desestimará la condición artístico-literaria del ensayo y de sus variantes históricas; si bien esto empezaría a cuestionarse en cuanto la perspectiva correspondiera a la Retórica, tanto en su proyección elocutiva como en la argumentativa. Con todo, el punto de vista mayoritario en los usos académicos y curriculares actuales y en la realidad de nuestra cultura occidental y de su mercado es, no se dude, el primero de los dos que se acaban de introducir. Lo demuestra, por una parte, la renuencia a incorporar a los manuales de Historia literaria un apartado explícito centrado en el archigénero ensayístico que acompañe a los tres que se siguen viendo como naturales (narrativa, lírica y drama), y por otra la progresiva universalización de la polaridad textual de origen anglosajón entre ficción y no ficción (en esta última se subsumiría —de hecho se diluye— el ensayo).

La consolidación de la Estética y de la Hermenéutica en el siglo XVIII y la convergencia de estas disciplinas con el proyecto de la Ilustración y con la legitimación del espíritu crítico aseguraron la indispensabilidad del género ensayo como opción discursiva. Ese ambiente, incluso moral, activó la recuperación de la figura de Montaigne, primero en Francia y posteriormente en otros países. Pero no existen caminos que sólo lo sean de ida: algunas manifestaciones de las poéticas formalistas, desde su preocupación por la sistematicidad autotélica y la recurrencia expresiva, han vuelto a poner en tela de juicio la adscripción literaria del ensayo. Por cierto, no deja de ser curioso el hecho de que el principio de desautomatización, que como se sabe es uno de los ejes principales de la teoría literaria de los formalistas rusos y en general de la modernidad, haya interesado sobremanera a Adorno y a otros tratadistas justamente en sus aproximaciones a la delimitación del ensayo.

Una propuesta que hay que someter a discusión es la relativa a la conveniencia de diferenciar entre variantes ensayísticas: las poético-descriptivas y las crítico-eruditas, por ejemplo; o las didáctico-doctrinales y las estrictamente argumentativas (Gómez Martínez, Aullón de Haro y Arenas Cruz abordan en profundidad este asunto). Sería oportuno, de la misma manera, ocuparse de los vínculos entre esas clases textuales y la crítica literaria. Quizás en primer término tendríamos que cuestionar los diversos marbetes que desde la Teoría o la Historiografía literarias se vienen empleando para designar el marco archigenérico —prosa didáctica, géneros ensayísticos, géneros didáctico-ensayísticos, géneros argumentativos, géneros entimemáticos, argumentación...— y para ordenarlo o someterlo a clasificación interna (aquí habría que considerar, además de los géneros históricos ya mencionados, otros como el tratado, el artículo de opinión, el manifiesto o la colección de aforismos), o bien para identificar el ensayo en un sentido específico ubicando las variantes que se han citado en el espacio de lo que Gómez-Martínez (1992) designa como formas de expresión afines. Para poner en claro esta clase de asuntos se hacen precisos criterios que en lo fundamental son de índole pragmática y socioliteraria, con particular atención a la función social e ideológica que se atribuya a los grupos textuales definidos.
 

Razón, persuasión y técnicas argumentativas

Si bien no existe unanimidad en la consideración del ensayo como modalidad retórica demostrativa o persuasiva, lo cierto es que la presencia de algún modo de argumentación es consustancial al archigénero y suele comparecer en cada una de las partes en que se articula el discurso, ya incluso en el exordio. Ello tiene implicaciones que alcanzan la determinación inventiva o temática, pues esa selección se resuelve en el ensayo en cuanto hipótesis desarrollada o problematización que se sujeta a las estaciones del razonamiento y la persuasión. Parece inexcusable, pues, buscar el apoyo metodológico de la Retórica, tanto de la clásica como de una de las orientaciones de la neorretórica contemporánea, aquella que se ha centrado precisamente en la argumentación y que tiene como representantes más conspicuos a Chaim Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca.

Aristóteles clasificó las pruebas (písteis) en técnicas o artificiales (éntechnoi) y no técnicas o inartificiales (átechnoi), entendiendo que sólo las primeras, a su vez diferenciadas en persuasivas y demostrativas, eran de incumbencia para la Retórica. Las pruebas por persuasión son los lógoi, los éthe y los páthe, respectivamente caracterizados por provenir de la propia materia, de las características intelectuales y culturales del orador o del perfil emotivo del auditorio (las dos últimas clases entran ya en el marco de la psicagogía). Las pruebas demostrativas son comunes a cualquier materia y comprenden dos tipos de razonamiento, según domine un orden deductivo-probabilístico (preferible siempre para el estagirita) o inductivo. Tenemos así los entimemas (equivalentes en la Retórica a lo que en la Dialéctica son los silogismos) y los ejemplos. Por otra parte, conviene considerar las premisas de los entimemas, que son las mismas que pueden ser tomadas en cuenta en el ámbito dialéctico. Son los lugares (tópoi) comunes o generales y propios o específicos, que a su vez se clasifican en la Retórica de Aristóteles en función de las cinco categorías contempladas en su metafísica (accidente, género, propiedad, identidad y definición), pero que en la práctica latina se prefirió agrupar con arreglo a su orientación a la cantidad, a la cualidad, al orden, a la existencia, a la esencia o a la persona. Simultáneamente, se procedió a identificar las nociones y funcionalidades de topos o locus y argumentum. Es interesante, cuando se aborda la investigación sobre el marco de lo ensayístico, no desplazar el análisis del discurso argumentativo y en particular la localización de los argumenta, que acaso convenga clasificar sobre la polaridad de argumentos de persona (con los loci referidos a genus, sexus, aetas, fortuna, animi natura, ante acta et dicta...) y de cosa (a causa, a loco, a tempore, a modo, a facultate...), tal y como es atendida en la Instituto Oratoria de Quintiliano.

No obstante lo anterior, habría que otorgar preeminencia a la teoría de la argumentación de Perelman y Olbrechts-Tyteca, específicamente al estudio de la base de la argumentación y de las técnicas argumentativas. Para esto último es muy oportuna su distinción entre los procedimientos de asociación o conexión y los de disociación; los primeros solidarios y enlazados entre sí, mientras que los segundos se basan ya en algún tipo de ruptura o de separación entre los componentes de un todo. Interesa ver la clasificación de ambos. Los de disociación se organizan sobre el establecimiento de un par polarizado del tipo medio/fin, apariencia/realidad o particular/general. Los procedimientos de asociación pueden ser de tres tipos: casi lógicos (por apelación a estructuras lógicas —contradicción, identidad, transitividad— o a operaciones matemáticas —de inclusión, de frecuencia o de comparación), basados en la estructura de lo real (por enlaces de sucesión  —causalidad, por ejemplo, con argumentos como el pragmático, el de aprovechamiento, el de dirección y el de superación— o de coexistencia —relaciones simbólicas, loci a persona y otras) y fundamentadores de la estructura de lo real (por analogía —analogías propiamente dichas y metáforas— o por casos particulares —ejemplos, ilustraciones, modelos). En relación con la base de argumentación figuran los considerados objetos de acuerdo: los hechos (observables, supuestos, convenidos, posibles o probables), la verdad y las teorías, las presunciones (asociadas al concepto estadístico o cultural de normalidad), los valores (abstractos o concretos), las jerarquías de valores o axiologías y otra vez los loci (véase de nuevo Arenas Cruz, 1997).

La argumentación en cuanto acto de habla es otro aspecto importante, en este caso estudiado por Vicenzo Lo Cascio (1991), quien entiende que para que exista propiamente argumentación deben existir al menos dos frases que expresen respectivamente una tesis explícita o implícita y un argumento en su favor. En función de ello toda argumentación incluiría dos actos lingüísticos asociados, o, en otros términos, sería "un macroacto de habla dirigido a convencer", expresión en la que Lo Cascio (1991 trad. 1998: 51) señala una definición del concepto que nos ocupa. Su Grammatica dell'argomentare concede además gran relevancia a los aspectos de contextualización del acto argumentativo y al proceso en el que este se desarrolla. Importa considerar, asimismo, su propuesta tipológica, por la que se diferencian las diversas clases de argumentación analizadas: la formal, la no formal, la oculta, la cooperativa, la que contiene argumentos imprevistos, la encadenada y la libre.

Otro problema es el de la distribución de la superestructura argumentativa en el conjunto del texto ensayístico, considerado a estos efectos como un discurso retórico entre otros. Conviene atender la presencia y pertinencia de las técnicas argumentativas que se han destacado y el peso específico de las distintas bases argumentativas en las partes retóricas: exordio, narración, argumentación y epílogo. En paralelo a ello se sitúa el análisis microestructural o secuencial de la argumentación, o lo que es lo mismo, el que corresponde a las secuencias argumentativas del texto, que extenderíamos incluso a las secuencias explicativas. Una buena guía para atender estos aspectos es la constituida por el manual Les Textes, types et prototypes (1992) de Jean-Michel Adam.

Según sugeríamos al comienzo, un estudio sobre las modalidades ensayísticas tampoco debe ignorar la constelación de conceptos que tiene por eje una crítica de la razón. Junto a la de razón, son nociones controvertidas las de doctrina, dialogismo, verdad, ideología, interpretación o falacia. De esa nómina abierta, en el marco de la propedéutica que aquí constituimos, propongo que el estudioso se detenga en especial en los conceptos de razón, falacia e ideología. De nuevo recurriríamos al expediente de la distinción de modalidades, aquí encaminada a la posibilidad de alzar una fenomenología de las formas de pensar propiciadas por el ensayo. Podría verse, por ejemplo, la conveniencia de no homogeneizar ni uniformizar la razón, actitud que de suyo es uno de los atentados fundamentales que aquella ha sufrido a lo largo de la historia. Hablaríamos así de una razón analítica, de una razón dialéctica, de una razón histórica, de una razón práctica, de una razón dramática, de una razón hermenéutica y aun de una razón poética como sustratos de diferentes opciones discursivas conocidas por el ensayo. Perfilaríamos, en fin, los fallos, manipulaciones y tergiversaciones que en el discurso argumentativo se introducen de modo voluntario o involuntario, dando lugar a las falacias de pertinencia (ad hominem, ad populum, ad verecundiam, etc.), de insuficiencia, de ambigüedad, de sometimiento a hipótesis, de predicción vaga y otras, que cabe ordenar de acuerdo con los presupuestos de las reglas presentadas por Van Eemeren y Grootendorst (1987), bien esquematizadas por Lo Cascio (1991).

Ensayo e ideología

Desde una confianza declarada en el materialismo dialéctico, Bajtín y Medvedev escriben en 1928 que la peculiaridad de productos de la creatividad ideológica como las obras literarias descansa en el estrecho vínculo entre el material lingüístico de apoyo y una significación ideológica (distinta de lo que en la cultura burguesa pudieron representar nociones como sentido, conciencia o incluso conciencia transcendental). Buena parte de su esfuerzo metodológico se orientó precisamente a localizar las bases que demostrasen que lo idealmente significativo de cada producto ideológico tiene una plasmación objetiva en la palabra o en cualquier otro soporte material empleado por la diversidad de manifestaciones artísticas; pero también a constatar que "la significación no existe sino en la relación social de la comprensión, esto es, en la unión y en la coordinación recíproca de la colectividad ante un signo determinado" (1928 trad. 1994: 48).

Los trabajos de Michel Foucault sobre el discurso —por ejemplo, Les Mots et les choses (1966)— investigaron sobre todo su comprensión como un conjunto de enunciados dependientes de un mismo sistema de formación, asociado este a alguna forma de poder o de institución que simultáneamente sanciona qué es lo extradiscursivo. De ahí la desconfianza del filósofo galo hacia cualquier lingüística que opte por la fragmentación frástico-oracional o en general analítico-sintagmática sin tener en cuenta la formación discursiva global que acoge los enunciados. La concordancia de un sector de estas premisas con las que ordenan la semiótica cultural de Iuri Lotman y su comprensión de la semiosfera es una evidencia en la que no parece necesario abundar. Dominique Maingueneau (1990) y otros integrantes de la escuela francesa de Análisis del Discurso proponen desde presupuestos que toman de los propios Foucault y Bajtín, conceptos como interdiscurso y discurso social, que profundizan en la dimensión social e histórica de todo enunciado y en la definición necesariamente dialéctica del mismo.

En función de todo ello no parece que la noción de ideología, extraordinariamente controvertida en su aplicación al campo de los Estudios literarios, sea preterible en el análisis de las modalidades ensayísticas. Y esto aun contando con su polivalencia conceptual, contemplada entre otros por Terry Eagleton (1991), cuando señaló seis definiciones amplias, de algunas de las cuales —sobre todo de la cuarta y de la quinta— se localizan ya esbozos en la Deutsche Ideologie de Marx y Engels, un texto escrito en 1846. La ideología podría entenderse, y de hecho se entiende en la praxis social, como alguna de estas alternativas: 1) el proceso material genérico de producción de ideas, creencias o valores en el marco de la vida social; 2) esas ideas, creencias y valores como simbolización de las condiciones y experiencias de una determinada clase o grupo social; 3) la promoción y legitimación de los intereses de grupos sociales; 4) esa misma promoción/legitimación en cuanto discurso elaborado por un poder; 5) el conjunto ideas/creencias/valores como soporte interesado y falseador de una legitimación puesta al servicio de una clase o grupo dominante ("falsa conciencia"); y 6) esta misma estrategia cuando se presenta como constituyente estructural de una sociedad en cuanto totalidad. A estas seis descripciones —ninguna de las cuales sería inapropiada para una elucidación de la carga ideológica de las variantes ensayísticas— todavía podríamos sumar la proveniente de pensadores que entienden la ideología, al menos parcialmente (y reconozco el esquematismo de las reducciones que siguen), desde una teoría de la comunicación o desde un planteamiento sociológico, bien para ejercer una crítica de la misma (por ejemplo, por las dificultades que lo ideológico introduce en la acción comunicativa: Habermas), bien para primar desde una sociología del conocimiento una dimensión histórico-social asociada a a una determinada Weltanschauung (Mannheim) o bien para resaltar la pertenencia de la ideología al orden de una inconsciencia compartida (Althusser, Macherey).

Defiendo que, por su aplicabilidad y flexibilidad, la comprensión de la ideología desde presupuestos sociológicos ampliados en un sentido empírico-sistémico es la que más interesa a los Estudios literarios. Desde este punto de vista, la presentación que Carlos Reis ha dispuesto en su libro Para una semiótica de la ideología (1987: 11-24) me parece no sólo correcta sino además asumible. Es razonable compartir con Ferruccio Rossi-Landi (1972) y el propio Carlos Reis que la ideología actúa diseminada en muy diversas áreas de la actividad y la conducta humanas. Por esto mismo parece legítimo procurar una no vinculación estricta de la misma a determinada praxis artísticas, a sistemas políticos definidos o a orientaciones económicas bien delimitadas.

Consecuente con ello, el profesor portugués ha optado por una definición genérica, que toma de Guy Rocher y que carga las tintas en la dimensión sociológica antes destacada. Su ductilidad permite una proyección semiótica a posteriori, que como es evidente es la que a nosotros, estudiosos del ensayo, nos interesa mayormente. Así, una ideología sería para Reis un sistema organizado de ideas y de juicios orientado a la descripción, la explicación, la interpretación o la justificación de un grupo o de una colectividad determinados, que, inspirándose en sentido amplio en una cierta axiología, propone una orientación precisa de la acción histórica de tal grupo o colectividad. Sería ilustrativo observar de qué modo esa comprensión faculta una revisión de las relaciones que el fenómeno literario guarda con una historia de las mentalidades, o incluso con lo que Fernand Hallyn (1987: 252), en diálogo con Hayden White (1978), propugna como una poética de las ideas.

Dispositio y elocutio en el ensayo

Hemos tenido ocasión de constatar el rendimiento que las herramientas retóricas ofrecen para el estudio del ensayo. En lo que hace a la dispositio es importante también el apoyo de la lingüística del texto, de la teoría de la información y de las semióticas sintáctica y pragmática. Convendría estudiar, por una parte, la construcción interna y la ordenación estructural del ensayo; por otra, las operaciones y selecciones elocutivas que el autor pone al servicio de los propósitos por él asumidos, bien a fin de sustentar una determinada voluntad de estilo bien por considerar que de ese modo se refuerzan adecuadamente los designios argumentativos puestos en liza (otras veces, en fin, por una conjunción de ambas incitaciones).

En la tradición de las formas ensayístico-argumentativas, quizás con la excepción del subgrupo didáctico, ha imperado una cierta tendencia a apelar al libre fluir de la conciencia como base inventiva y, en consecuencia, a recalcar la ausencia de una organización textual prefijada. Esta reflexión es fácilmente localizable en Montaigne. También en Plutarco, Séneca y otros autores latinos, cuya práctica escritural suele señalarse como precedente del ensayo. Pero pervive incluso en Adorno y otros contemporáneos que desconfiaron de cualquier imposición de una construcción cerrada que coartase la libertad de pensamiento del ensayista. Modalidades como la epistolar o la prologuística han hecho bandera, en casos, de esa suerte de improvisación conversacional que entrega los mejores frutos del texto a una espontaneidad equiparada a sinceridad. Son luminosas a este respecto las confesiones que leemos en el "Prólogo" del Quijote referidas a su propia elaboración, mediadas siempre por el filtro irónico de quien, sin tregua, parodia: "Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría". No menos, claro está, la alternativa ofrecida por aquel amigo entendido y práctico.

Pero lo cierto es que en el texto ensayístico se pueden establecer dos niveles dispositivos que deben ser analizados. Uno es global, y deriva de la macroestructura lógico-argumentativa general del texto y de su superestructura formal en cuanto discurso (Van Dijk, 1980). El otro responde al orden sintáctico interno por el que se concatenan los sucesivos pasos del razonamiento en una dialéctica unidad/diversidad que parece consustancial a la mayor parte de las variantes del archigénero ensayístico.

En relación con el nivel macroestructural ha de ser objeto de estudio el orden externo del discurso ensayístico, con las dos posibilidades polares del ordo naturalis, el no marcado, y el ordo artificialis. La tipología macroestructural es sin embargo bastante más amplia de lo que permite entrever esa alternativa, resultando subsidiaria casi siempre de la propia tendencia tipológica del ensayo en cuanto texto. Así, los ensayos que incorporan alguna forma de ficcionalidad es claro que ampliarán la narratio, mientras que aquellos otros que exigen una gradación en la atención de lectura por sus específicos problemas conceptuales o metalingüísticos optarán por un desarrollo de exordium y argumentatio; y aun los habrá que por su tendencia fragmentaria (glosas, misceláneas, organización aforística...) se acerquen a la praxis de lo que pudiéramos ver como un ordo fortuito. Interesará en cualquier caso atender la macroestructura inventivo-semántica del ensayo y las macroproposiciones que la sostienen (Arenas Cruz, 1997).

En relación con el segundo nivel habrán de estudiarse los procedimientos de engarce y cohesión de los capítulos, epígrafes o segmentos del ensayo. Será atendida asimismo la funcionalidad de las digresiones, excursos u otras manifestaciones de la incidentalidad textual, como la posible presencia de sectores alegóricos, parabólicos o ejemplares. Todo ello podría organizarse a la luz de los procesos que la epistemología textual conoce como autorreguladores o productores de coherencia (conectores y marcadores discursivos, elementos elípticos y sustitutivos, recurrencia y cohesión léxica...), con vertientes que no sólo afectan al texto en sí sino además al enunciador y al enunciatario. Nos aproximaríamos de ese modo a una lectura morfosintáctica del ensayo, que sería lógico complementar, ya en un nivel sintáctico-semántico, con el análisis de las estructuras informativas de topicalización o tematización, en buena medida responsables últimas del ritmo expositivo, y de la progresión temática del texto (Daneš, 1974).

Los aspectos elocutivos del ensayo son acaso el mejor campo de comprobación de la variabilidad de hibridación entre un lenguaje denotativo y conceptualizador y un lenguaje connotativo marcado por ciertas especificidades en la dicción. Ese es el criterio de Aullón de Haro (1992), quien tiene en cuenta además el carácter imperfectivo del discurso ensayístico, equidistante entre dos formas descriptivas, las correspondientes a la ciencia y a la literatura. Podría observarse en este punto el rendimiento discursivo de las distintas virtudes retóricas (puritas, perspicuitas y ornatus), con especial atención a la compositio y al ritmo de la prosa. No creo que interesase desatender tampoco el problema del estilo y su habitual sujeción al designio de comunicabilidad que determina al archigénero ensayístico. Todo ello con atención a la propia fenomenología de ese espacio; consideradas, por tanto, variables como la del peso mayor o menor de la persuasión, la divulgación o la investigación de alguna forma de verdad. Finalmente, podría someterse a discusión y contraste la que es una de las hipótesis centrales de la teoría del ensayo en Theodor W. Adorno. Aquella que defiende que siendo el ensayo esencialmente lenguaje, su cometido se dirige a localizar otra relación del lenguaje con los conceptos. Una relación que califica de espiritual, crítica y radicalmente heterodoxa, diversa pues de cualquier otra forma discursiva, incluso en la utilización de las palabras y en el avance y cohesión textuales, razón última de su disponibilidad positiva hacia el equívoco —nunca utilizado por negligencia, se advierte— y a lo que el pensador francfortiano ha descrito como lógica musical.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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  • Reis, Carlos (1987): Para una semiótica de la ideología, traducción de Ángel Marcos de Dios, Madrid, Taurus.
  • Rossi-Landi, Ferruccio (1972). Semiotica e ideologia, Milán, Bompiani.
  • Van Dijk, Teun A. (1980): Macrostructures. An Interdisciplinary Study of Global Structures in Discourse, Interaction and Cognition, Hillsdale, Erlbaum.
  • Van Eemeren, Frans H., y Rob Grootendorst (1987): "Fallacies in Pragma-Dialectical Perspective", Argumentation 1 (3), 283-301.
  • White, Hayden (1978): Tropics of Discourse. Essays in Cultural Criticism. Baltimore: The Johns Hopkins University Press. La 2ª ed. es de 1992.

[Edición original, en lengua gallega: "Breve propedéutica para a análise do ensaio", en Rosario Álvarez y Dolores Vilavedra (eds.), Cinguidos por unha arela común. Homenaxe ó Profesor Xesús Alonso Montero, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 1999, t. II, 315-327]

  
© José Luis Gómez-Martínez
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