Teoría, Crítica e Historia

José Luis Gómez-Martínez

Teoría del ensayo

 

Der Essayist stellt keine fertigen Ergebnisse
vor uns hin, sondern entwickelt diese in einem
dialogischen Prozess, an dem er uns als
gleichberechtigte Partner teilnehmen lässt.

Klaus Günther Just

16. EL LECTOR DE ENSAYOS DEBE SER
MIEMBRO ACTIVO

Hemos señalado ya que una de las funciones primordiales del ensayo es la de sugerir al lector. Ello, sin embargo, presupone la existencia de un lector dispuesto a proyectar en su propio mundo interior lo que para él se inicia en el ensayo. Unamuno se expresa al particular en términos precisos: "Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos" (Mi religión, 14). El ensayista, en ocasiones, incluso elimina la posibilidad de una aceptación pasiva de las reflexiones desarrolladas; así Borges, cuando finaliza su ensayo "El sueño de Coleridge", con las siguientes palabras: "Ya escrito lo anterior, entreveo o creo entrever otra explicación" (226). Del mismo modo que una obra de teatro es algo incompleto hasta que no ha sido representada y su verdadero valor no lo tiene para el lector, sino para el público que presencia su representación, de manera semejante el ensayo necesita de un lector que lo medite; él es así el otro miembro preciso para que tenga lugar el diálogo que se propone el ensayista. Si ahora reflexionamos sobre este aspecto, comprenderemos por qué el ensayo es, ante todo, un fenómeno del siglo XX. Montaigne escribió sus ensayos a finales del siglo XVI y con frecuencia se repite en las historias de la literatura que su obra fue muy popular. Pero ¿qué sentido damos al término popular? Fue popular sólo en cuanto sus ensayos fueron leídos por la minoría culta. Las verdaderas obras populares en su época fueron las novelas pastoriles y de caballería. Y eran populares porque no sólo las leían los pocos que sabían hacerlo, sino porque eran leídas en voz alta y escuchadas con avidez por el pueblo. Esta es precisamente la diferencia que individualiza al ensayo; el ensayo no se escribe para ser leído en voz alta. Por ello, a pesar del prestigio que el género ensayístico adquirió durante el siglo XVIII, sólo en el siglo XX, y sobre todo en las últimas décadas, puede el ensayo ser leído e influir en el pueblo. No quiere esto decir que el ensayo sea lectura popular, pues el pensar siempre fue prerrogativa de una minoría, sino que al desaparecer la barrera del analfabetismo, no queda tampoco limitado a los miembros de una determinada clase social.

Así interpretado, el valor del ensayo depende en cada momento del lector y de las sugerencias que a éste sea capaz de suscitar. Y un ensayo será tanto mejor cuanto mayor y más variado número de personas reaccionen ante su lectura. El ensayista, por su parte, recuerda con frecuencia al lector su deber de ser un miembro activo en el diálogo que se trata de establecer. Con este propósito Ortega y Gasset señala: "Yo invito al lector preocupado de las cuestiones artísticas a que lea lo que sigue y lo medite algunos minutos" (Mocedades, 69); Unamuno, todavía más cercano a la esencia del ensayo, indica: "Examinar digo, y mejor diría dejar que examine el lector, presentándole indicaciones y puntos de vista para que saque de ellos consecuencias, sean las que fueren" (En torno, 51). Y es que Unamuno está "convencido de que lo que realmente se aprende se saca siempre de propio fondo" (El caballero, 36). De aquí se desprende que la lectura de ensayos sea una lectura lenta y llena de interrupciones, motivadas por las proyecciones que al lector le sugieren las ideas que se desarrollan en el texto. Por otra parte, y en ello reside su valor social, el lector que reacciona ante un ensayo y cuyas reflexiones le conducen a un nuevo entendimiento, se ve también impulsado a comunicarlo con aquellas personas cuya conversación frecuenta.

Recientemente, y paralelo al desarrollo de la técnica moderna, ha surgido otra clase de ensayo que no precisa de la palabra escrita. Me refiero al comentario radiofónico y en los últimos años al comentario televisado. En ambos casos podemos hablar de ensayos y con ello referirnos a las características aquí estudiadas. En un primer análisis parecería que esta nueva modalidad de ensayos contradice la anterior afirmación de que el ensayo no se escribió para ser leído en voz alta. Un estudio más profundo, sin embargo, nos pone de relieve las diferencias esenciales entre el ensayo escrito y aquel otro radiado o televisado, y nos reafirma más en la convicción de que el ensayo no es para ser escuchado sino leído.

Consideremos por un momento un ensayo de Ortega y Gasset, "Lo que más falta hace hoy", que precisamente pertenece a esta nueva modalidad, ya que fue escrito para ser leído por radio en 1935. Tanto el estilo como los propósitos de Ortega y Gasset al preparar este ensayo son semejantes al de los otros muchos que escribió. Él mismo señala casi al final de la lectura y dentro de lo mejor de su tradición ensayística: "Los minutos que me han sido concedidos para hablaros se van consumiendo y me encuentro con que no me quedan los bastantes para intentar yo mismo la respuesta. Tal no era lo que estaba en mi propósito, sino, mas bien, traeros la pregunta, despertar vuestra curiosidad por la gran cuestión y esperar que vosotros mismos, cada uno de vosotros, ensayara la solución del enigma" (Meditación, 62-63). No obstante, el ensayo mismo posee ciertas peculiaridades características de su modo de difusión: a) es breve, comparado con aquellos que se destinan a un lector; y a pesar de su brevedad —cinco páginas— viene a representar la extensión máxima de esta clase de ensayos; b) no posee digresiones del tema único que en él se desarrolla, y éste se presenta de un modo claro con un uso parco del lenguaje aforístico. Cuando leemos un ensayo, podemos en cualquier momento detener la lectura para proyectar una sugerencia, tomar unas notas o consultar un dato. El ensayo que escuchamos, por otra parte, no puede ser interrumpido, y si en un momento determinado nuestra atención se detiene en proyectar un pensamiento, perderemos el resto del ensayo; toda reflexión ha de quedar forzosamente para el final. De ahí la necesidad de que el ensayo radiado o televisado sea breve. Del mismo modo, en el ensayo escrito el lector, según la profundidad del tema o del valor sugestivo que para él tenga, puede volver a leer y releer un párrafo o una sección tantas veces como crea necesario; cuando escucha un ensayo esta posibilidad desaparece, por lo que éste ha de ser más ligero en su exposición y limitarse a un tema concreto del que sólo en raras ocasiones y brevemente puede separarse. Es decir, el ensayista debe ser consciente de que toda reflexión que pueda llegar a suscitar a través del ensayo tendrá que venir forzosamente después de que éste haya terminado; y como estas reflexiones son precisamente el resultado que el ensayista desea alcanzar, en el ensayo radiado o televisado se ve forzado a sacrificar su libertad y poner límites a la extensión y complejidad del mismo.
 

 

© José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayoSegunda edición. México: UNAM, 1992 (Esta versión digital sigue, con modificaciones menores, el texto de la segunda edición española de Teoría del ensayo).  Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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