Teoría, Crítica e Historia

José Luis Gómez-Martínez

Teoría del ensayo

 

La unidad del ensayo no es externa sino
interna, no es mecánica sino orgánica.

19. FORMA Y CLASIFICACIÓN DEL ENSAYO

Una vez consideradas en las secciones precedentes las características más importantes del ensayo, nos quedan ahora por examinar dos aspectos que proporcionarán, dentro de la brevedad que aquí nos proponemos, cierta visión totalizadora al estudio del ensayo como género literario. Me refiero a los aspectos, más bien formales, de título, extensión, forma y clasificación del ensayo, que trataremos seguidamente; y a la relación del ensayo con los demás géneros literarios, que se estudiará en la próxima sección.

Título del ensayo

Juzgado el ensayo como obra literaria, debemos igualmente tener presente que la relación del título con el resto del ensayo es también una relación puramente literaria. En un tratado filosófico, crítico o histórico, por ejemplo, el título tiene necesariamente que corresponder al contenido y de hecho así sucede; el título tiene en estos casos únicamente un valor informativo, y tanto mejor será, cuanto con más exactitud identifique el contenido de la obra que encabeza. En el ensayo, su función es literaria; por lo tanto, aun cuando en muchos casos el título, en efecto, da una indicación, más o menos exacta, del contenido, no siempre sucede así, ni un título es mejor o más apropiado porque así lo señale. Montaigne, que en esto como en tantos otros aspectos del ensayo, fue consciente del valor estético de tales recursos estilísticos, señala: "Los títulos de mis ensayos no siempre abarcan la materia; a menudo ellos la indican únicamente por alguna señal... Hay obras en Plutarco donde él se olvida del tema, donde el propósito de su argumento se encuentra sólo incidentalmente, sofocado en materia extraña: Ved las salidas en 'el demonio de Sócrates'; ¡Oh Dios, qué escapadas tan gallardas, qué variaciones de belleza, y tanto más cuanto más casuales y accidentales se nos presentan! Es el lector descuidado el que pierde mi tema, no yo" (973). Y así sucede, en efecto, en la obra de Montaigne, uno de cuyos ejemplos más notables, como hemos señalado ya varias veces a lo largo de este estudio, es el de "Los coches", en el que se establece un marcado contraste entre lo trivial del título, a cuyo tema se dedica sólo una atención muy marginal, y lo profundas y variadas de las reflexiones que en él se incluyen. En el ensayo "Sobre la fisonomía", cuyo título se refiere a la fealdad física de Sócrates, apenas se trata el tema hasta el final, si bien el ensayo comienza con un elogio de su carácter. En fin, dentro de la literatura hispánica bástenos con recordar el ensayo de Unamuno "Mi religión", exaltación de su "yo"; o la meditación mexicana de Alfonso Reyes en "Discurso por Virgilio"; o el sentido panteísta del autor único en "La flor de Coleridge", de Borges. El título del ensayo, pues, al igual que en los demás géneros literarios, es un recurso estilístico que el autor emplea consciente de sus efectos artísticos.

Forma del ensayo

Si bien para que el estudio de la forma del ensayo pueda tener sentido, debe hacerse en su relación con los demás géneros literarios, parece conveniente aquí considerarla en su aspecto más general, y, en definitiva, preguntarnos si tiene el ensayo una forma característica. Con frecuencia se ha dicho que el ensayo es en prosa lo que el soneto en poesía; pero esta comparación, sin duda muy sugestiva, tiene únicamente valor, y quizás más que nada simbólico, en lo que a la voluntad de estilo se refiere; es decir, la brevedad del ensayo hace que en él se acumulen los recursos estilísticos en un intento de perfección estética. Por lo demás, nada más opuesto a la libertad formal del ensayo, que las estrictas reglas que gobiernan al soneto.

En el ensayo no existe regla, por esencial que nos parezca, que en alguna circunstancia, sea ésta excepcional si se quiere, no pueda ser suprimida. La forma del ensayo es orgánica, no mecánica. Por ello, sólo debemos hablar, al tratar este aspecto, de la forma artística del ensayo, y aquí tienen aplicación las características ya estudiadas. No obstante, del mismo modo que al tratar de caracterizar la novela no decimos que la forma dialogal sea una de sus características, si bien reconocemos que hay numerosas novelas dialogadas, así también podemos afirmar que la forma por excelencia del ensayo es la prosa, y que tanto el verso como el diálogo dramático, si no se oponen a la esencia del ensayo, sí presentan a veces invencibles inconvenientes a la realización de éste.

Extensión del ensayo

Cuando al tratar de una obra literaria prestamos excesiva atención a su presentación externa, corremos el peligro de olvidar, en el proceso, el verdadero carácter de la creación literaria, donde la forma es siempre accidental. En el ensayo, quizás más que en ningún otro género, ha dado pie el aspecto de su extensión a las más dispares especulaciones. Se ha tratado incluso de buscarle un mínimo de páginas, sin las cuales no puede haber ensayo, y un máximo que no puede ser sobrepasado sin que se desvirtúe. Claro está que tales intentos, preocupados sólo por un prurito de clasificación mediante fáciles referencias externas, olvidan la esencia misma del género ensayístico. Partamos en nuestras reflexiones de la siguiente afirmación de Essie Chamberlain: "Una característica corriente en el ensayo es su brevedad. El ensayista proporciona un conciso tratamiento de su tema" (XXIII); hasta aquí la experiencia nos permite estar de acuerdo con lo dicho. Sin embargo, Chamberlain dice a continuación, al comparar los ensayos actuales con los de épocas pasadas, "hoy, como el cuento, el ensayo es relativamente breve. Algunas veces es sólo un fragmento" (XXIII). De este modo, de lo que comenzó siendo una observación correcta de un aspecto formal del ensayo, se pasó a juzgar, contando tan sólo con esta medida externa, la característica esencial de su unidad. Además, ¿cómo explicar la contradicción implícita en tal afirmación? O es un ensayo, o sea, una totalidad, o es un fragmento, de ensayo si se quiere, pero de ningún modo puede ser ambas cosas al mismo tiempo. La unidad del ensayo, lo hemos dicho ya varias veces, no es externa sino interna, no es mecánica sino orgánica; la unidad del ensayo que debemos buscar es la unidad literaria, la unidad artística. Y ésta es independiente del número de páginas.

Se ha dicho con frecuencia que la extensión del ensayo debe limitarse sólo a aquello que puede ser leído de una sola sentada. Aun cuando esta afirmación es comúnmente repetida por aquellos críticos que de algún modo tratan el aspecto teórico del ensayo, si se analiza detenidamente, se hace forzoso reconocer que, fuera de un contexto particular, carece de valor concreto. En efecto, si el ensayo se destina a la generalidad de los cultos, contará entre su público al lector ocasional para quien diez o veinte páginas es todo lo que su poder de concentración le permite leer de una sola sentada; pero igualmente contará con el lector asiduo, cuyo poder de concentración fácilmente llegará a las cien páginas. En realidad son muy pocos los ensayos que alcanzan tal extensión. Pero si el número de páginas es más reducido, no se debe a presiones exteriores de unos posibles lectores, sino al carácter mismo del ensayo, cuyo propósito no es el de proporcionar soluciones a problemas concretos, sino el de sugerirlas; o de manera más simple todavía, el de reflexionar sobre nuevos posibles ángulos de observar un mismo problema. Esto incita al ensayista a usar con predilección de dos recursos estilísticos: brevedad en la exposición y profundidad en el pensamiento. Por otra parte, al no querer limitarse en la exposición de sus pensamientos a un estricto método, que al reducir su libertad de creación y poner énfasis en una estructura externa podría convertir su obra en un tratado, prefiere el ensayista, por ello mismo, al hablar sobre un tema de un modo prolongado, hacerlo mediante diversas calas, en sí independientes, aun cuando traten un mismo asunto. De este modo, ciertos ensayos que aparecen en forma de libro con cien, doscientas o más páginas, divididas en secciones o capítulos, si se analizan, no son uno sino varios ensayos sobre un mismo tema y agrupados en un libro. Sírvanos como ejemplo a este propósito los libros de Ortega y Gasset, España invertebrada y La rebelión de las masas, cuyas diversas secciones, que poseen sin duda unidad artística, fueron originalmente publicadas en el diario El Sol, y leídas y juzgadas como ensayos independientes, que sólo con posterioridad se ampliaron y recogieron en libro.

Clasificación de los ensayos

En este aspecto, el ensayo, al igual que los otros géneros literarios, no ha podido librarse de los más variados intentos de clasificación. Y del mismo modo que la agrupación de las obras literarias en géneros, es algo externo e independiente de la creación artística misma, así también las clasificaciones del ensayo propuestas poseen únicamente valor editorial y, cuando más, valor didáctico en cuanto a la ordenación de los ensayos en un libro o a la presentación de los mismos al lector no iniciado. Si aceptamos esta interpretación de las clasificaciones, éstas sólo serán provechosas cuando proporcionen al lector una guía en la aproximación al ensayo. En la práctica, no obstante, al erguirse ellas mismas como fin, más bien aportan confusión al concepto de ensayo. Sírvanos como ejemplo la que nos proponen Angel del Río y José Benardete en su ya clásico libro, El concepto contemporáneo de España. Antología de ensayos. Ellos reconocen tres grandes grupos: a) "El ensayo puro", b) "El ensayo poético-descriptivo", y c) "El ensayo crítico-erudito". Al analizarlo, sin embargo, observamos que en estas tres grandes clasificaciones incluyen todos los escritos en prosa excepto aquellos decididamente ficticios. Sólo bajo la primera clasificación, "El ensayo puro", podríamos incluir lo que nosotros aquí hemos denominado ensayo. Lo que del Río y Benardete denominan "El ensayo poético-descriptivo", correspondería a la prosa poética —que ya no es ensayo— como lo prueba el ejemplo de Platero y yo, que ellos mismos señalan. La tercera categoría, "El ensayo crítico-erudito", según del Río y Benardete "se diferencia del ensayo propiamente dicho en su extensión —es casi siempre un libro— y en la importancia de su parte expositiva. Es obra de universitarios e investigadores y se da en casi todas las disciplinas" (31). A este grupo pertenecen los tratados, que tampoco son ensayos. Pero de estas diferencias específicas con otras formas de escritos hablaremos en la próxima sección.

Por lo general, las clasificaciones de ensayos, que suponen ya un discurso depositario del texto literario, se han establecido a partir de dos aproximaciones distintas: a) aquellas que prestan atención a un aspecto predominante en el contenido, y que por ello mismo agrupan a los ensayos en históricos, crítico-literarios, filosóficos, sociológicos, etc.; b) aquellas otras que se fijan en el modo como el ensayista trata su tema, por lo que clasifican a los ensayos en informativos, críticos, irónicos, confesionales, etc. Podríamos concluir señalando que las clasificaciones, útiles desde un punto de vista pedagógico, varían con cada época, y que todas ellas se hacen insuficientes cuando se enfrentan con la complejidad de la obra de un ensayista.
 

 

© José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayoSegunda edición. México: UNAM, 1992 (Esta versión digital sigue, con modificaciones menores, el texto de la segunda edición española de Teoría del ensayo).  Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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