Edgar Montiel

 

"EL ENSAYO AMERICANO"
(Centauro de los géneros)

Es propio de las ideas fecundas crecer solas, ir más allá de la intención del que las concibe, y alcanzar a veces desarrollos inesperados. La verdadera creación consiste en esto: la criatura se arranca de su creador y empieza a vivir por cuenta propia.
Alfonso Reyes

I

Carlos Fuentes contó alguna vez que cuando niño solía sentarse en las piernas de Don Alfonso, muy formalito, para escucharle divagar sobre una variedad de tópicos, incluyendo libros y literatura. Fuentes tuvo suerte de iniciarse en la ardua y gozosa faena de amansar palabras con tan diestro institutor. Pero, en puridad, todas las nuevas generaciones de ensayistas latinoamericanos se han beneficiado de la robusta humanidad del escritor mexicano, para aprender de él esa sabia prosa que logra hondura y belleza, densidad y gracia.

Fue Alfonso Reyes quien definió al ensayo como el “centauro de los géneros”, donde, “hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera”. Con precaución lo ubicó dentro de la literatura ancilar, pues las bellas letras le prestan al ensayo sus atributos para tratar temas que no son necesariamente literarios. La imagen del centauro expresa bien la naturaleza compuesta del género, un territorio mudable donde se concilian ciencia y arte, la razón y la emoción, el arco abierto a la novedad, presto a congregar el rigor de los conceptos con el vuelo de las intuiciones.

Para Reyes hay que reclamar el blasón de pensador americano, merecido para quien supo proseguir la tradición del ensayo como género amable, expresando un saber agudo y alegre, modalidad que llevó a niveles de excelencia. Su escritura tiene un don musical, limpieza de imágenes y sutileza en los juicios. Su ensayística —que es como decir su poética— si bien se inscribe en la ancha tradición de Michel de Montaigne, de transmitir un saber con las armas de la hermosura (“quienquiera que busque el conocimiento, séale permitido pescarlo donde éste habite”), no comparte totalmente la divisa subjetiva del filósofo francés, que consideraba: “Estas son mis fantasías, por las cuales intento dar un conocimiento no de las cosas, sino de mí mismo” (Essais, 1580). Tampoco hay un tratamiento impersonal y distante que lo acercaría al tipo de ensayismo a la inglesa que practicó Francis Bacon. Es de Iberoamérica de donde proviene la estirpe estilística de Reyes: es el artista-ensayista capaz de unimismar en un solo discurso lo objetivo y lo subjetivo, el fondo y la forma, la armonía y el equilibrio como valores inmanentes de un texto. Una expresión elevada de la tradición clásica en América, que marca a nuestros ensayistas. Por eso no se puede caer con él en la vulgata de separar los contenidos de la hechura.

Sus tesis, la originalidad de sus ideas, supo exponerlas con claridad y astucia. No hay grandilocuencia en sus juicios. La escritura forma parte de la idea misma. Un punto de vista existe sólo cuando ha sido formulado; la forma como está expresada no es un simple ropaje sino el cristal transparente capaz o no de hacer lucir la esencia, la sustantividad de un razonamiento. Valioso mensaje para estos tiempos de tecnócratas y políticos que maltratan la prosa con giros herméticos, el buscar comunicar ideas y juicios con orden, sensibilidad y desenvoltura, con verdadera libertad.

Sobre esto escribía Pedro Henríquez Ureña al joven Reyes en 1914: “... tú realmente estás libre. Tu estilo no es hoy marcelinesco. Tú eres de las pocas personas que escriben el castellano con soltura inglesa o francesa; eres de los pocos que saben hacer ensayo y fantasía. ¿Por qué no quieres esa libertad? A ti te hizo mucho bien encontrarte con Caso y conmigo, ya experimentados, y dispuestos á oír tus ocurrencias habladas y a gustar de que las escribieras. Por eso has podido escribir lo que te parece, cosa que yo soy impotente para hacer”.

Esta libertad de expresión, que significa disfrutar y renovar los cánones del género, se inscribe en la rica tradición de los diletantes del ensayo en América. Es lo que caracteriza a ensayistas clásicos de la región como Germán Arciniegas, Ernesto Sábato, Luis Cardoza y Aragón, José Lezama Lima, Octavio Paz, José Carlos Mariátegui, Arturo Uslar Pietri, los hermanos Henríquez Ureña, Darcy Ribeiro, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa, que han hecho escuela.

Hay que ubicar al polígrafo mexicano en el escenario de su tiempo. En los años veinte entre los intelectuales latinoamericanos reinaba la versión literaria del pensador que, al decir de Ignacio Sotelo, era el escritor que “tras asimilar las corrientes contemporáneas del pensamiento europeo, especialmente francés, divaga sobre la situación del hombre en sociedad, sobre las posibilidades y defectos del mundo que le rodea, mezclando consideraciones generales con inquietudes nacidas de las luchas políticas cotidianas”. La prestancia de los llamados pensadores se vino a menos por el reproche, a veces pertinente, que les hacía el pragmatismo (de inspiración anglosajona) que desdeñaba los excesos retóricos de estos escritores. José María Vargas Vila fue un blanco perfecto para esta crítica.

Al respecto es ilustrativo ver en el número 26 de la Revista de América, que dirigían en París los peruanos Francisco y Ventura García Calderón, el contrapunto implícito que se produce entre Vargas Vila, ya entonces encumbrado, y el mozo Alfonso Reyes, que hace su primera aparición en París y en esta revista (Julio de 1914).

En respuesta a una pregunta sobre la eventual existencia de una literatura americana en prosa y en verso, Vargas Vila responde categórico: “No creo en la existencia de una literatura americana; países sin consistencia, en estado de formación, sometidos a influencias ambientales fluctuantes entre la civilización y la barbarie, no estamos aún en grado de dar esa flor de cultura mental que se llama una literatura; tenemos literatos eminentes, bastantes a honrar las más refinadas literaturas, pero no tenemos una literatura nuestra; tenemos grandes poetas, pero no tenemos aún una Poética que nos sea propia”. ¡Hermosa prosa como respuesta para dar un desacertado diagnóstico del mundo literario, y cuán poco visionario!

Por contraste, esta rotundidad no existe en el ensayo que Reyes le dedica en ese mismo número al poemario Serenidad de Amado Nervo. Es otro registro, un sentido afirmativo con otra modulación. Dice Reyes a su turno: “El poeta piensa que es víctima de su don verbal. Muy posible es que así suceda, hasta cierto punto. Si una de las notas del libro es la sinceridad, otra es la maestría de la palabra. No relumbrantes, no parnasianas. El libro está escrito a cien leguas de la rima rica, y el autor le ha torcido el cuello a la elocuencia. Está demasiado cerca de la realidad para quedarse en pulido renacentista. Su maestría de palabras viene de cierta depuración de las ideas, y tiene por caracteres dominantes la brevedad y la transparencia”.

II

Se puede observar en este episodio que hay diversas maneras de interpretar la circunstancia literaria, de apreciar el devenir de nuestra cultura. Como resultado de procesos socio‑culturales recientes, el ensayismo fue variando, mudándose, pero en este acelerado proceso —sobre todo por la entrada de un discurso tecnocrático plagado de neologismos— la escritura fue perdiendo ciertas prendas literarias y asumiendo otras, que dan tiesura y adustez a la expresión, volviéndola asertiva y a veces hermética. Lo que se trató de ganar en rigor gracias a un tratamiento conceptual se perdió en calidad de comunicación. Ocurrió y ocurre que toda esa literatura seudoespecializada, pretendidamente analítica, afeó la escritura, la banalizó, a contracorriente de la alcanzada por un estilo americano, expuesto, por ejemplo, por Octavio Paz, que llega a conciliar versatilidad conceptual, profundidad y emoción estética. Desde los años setenta se invadió el continente con ese ensayismo bárbaro que habla de “estructuras programadas irreversibles”, de “sistemas centralizados alternativos”, de “consensos mayoritarios” o de la “globalización que no nos afecta ni nos beneficia sino todo lo contrario ...”.

Al final no ganábamos gran cosa en densidad y rigor y perdíamos en inteligencia y libertad. Circunstancia propicia para que los novelistas con su alto vuelo imaginativo coparan la lectoría y dejaran en cierta orfandad al ensayismo que discurría en los ámbitos de las ciencias humanas y sociales. Nuestros novelistas, que son tan buenos ensayistas, se convirtieron en líderes de opinión.

Decíamos antes que hay que reclamar para Reyes la condición de pensador. Es necesario hoy volver a dar lustre a este distintivo que se inscribe en las mejores tradiciones intelectuales del continente, pues gracias a escritores como Reyes el ensayismo pudo mantener una línea de continuidad, un proceso de ahondamiento de ideas con esmero de escritura. El ensayo ha sido y es una necesidad de la expresión americana, un género escogido por su ductilidad, capaz de revelar la compleja trama de América, que corresponde a nuestro temperamento y sabe guardar los latidos de nuestro tiempo y nuestra circunstancia, al punto que Germán Arciniegas considera que en sí misma Nuestra América es un ensayo.

Cierta vanidad europea desestimó la función del pensador, sin percatarse que responde a un estilo de época y de lugar, a cierto tipo de historia e incluso a cierta necesidad editorial. Pensador es el nombre del filósofo de la cultura en América Latina. Es el ensayista que problematiza sobre la sociedad, el hombre, la cultura o las contingencias de la política, no necesariamente en “tratados” sino en condensados textos de revistas y periódicos. ¿Por qué “ningunear” el valor filosófico de un artículo de Fernando Savater, Jean François Revel o de un Sábato o un Octavie Paz? Al respecto es curioso ver la actitud de los editores de París o Roma: ellos quieren de América Latina la materia prima, la prodigalidad de la novela, el cuento y la poesía, pero no la materia elaborada, pensada, razonada con creatividad: los ensayos. Es como decir: “Ustedes dedíquense a crear macondos que nosotros inventaremos la teoría”.

Y así fue, América creó la novelística contemporánea más vigorosa y ellos crearon la floreciente industria de la sociología de la literatura, que llenó páginas y páginas con teorías sobre el “realismo mágico” y el “realismo maravilloso”. Y así fue en el pasado: América creó la novedad y otros la etiquetaron por nosotros...

III

La reflexión sobre el carácter y el sentido de la cultura latinoamericana estuvo muy presente en la obra de Reyes. Para nuestro fin, interesados en la filosofía de la cultura, rescatemos dos textos de singular clarividencia, que nos servirían mucho hoy que estamos enfrascados en la reflexión sobre la identidad. El primero, sus Notas sobre la inteligencia americana y el segundo Posición de América.

Las Notas son apuntes leídos en un conversatorio efectuado en 1936 en Buenos Aires sobre las “Relaciones actuales entre las culturas de Europa y la América Latina”, donde Reyes sustenta una tesis preñada de significación y profecía: “Hay choques de sangre, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, el ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, aún las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos”. Hoy en día que ya contamos con una literatura propia, reconocida internacionalmente como un valor de nuestra cultura (rectificando a Vargas Vila), se cumple parte de la profecía enunciada por Reyes: “La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia”.

Hoy se puede afirmar que la laboriosa entraña de América ha hecho bien su trabajo y ya tenemos esa “humanidad americana” —resuena a prédica bolivariana— y el protagonista es nada menos que la Inteligencia. Hay que sacar todas las consecuencias teóricas de esta tesis: Nuestra América es antes que nada una realidad cultural, y alguna vez será, si nos proponemos, una realidad institucional, económica, tecnológica, integrada en sus partes, tal como es aspiración de la comunidad iberoamericana de naciones. Vale la pena recordar que al concluir Reyes su intervención en Buenos Aires —que escuchaban con atención Jacques Maritain, Stephen Zweig, Emil Ludwig, Jules Romains, entre otros— pide “al tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocednos el derecho de la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros”.

Nadie que actúe en el terreno de las ideas puede ignorar esta prédica, la larga lucha de la Inteligencia —el pueblo pensante y creador— para alcanzar la mayoría de edad cultural de América, la génesis de nuestra madurez. Ester tesis, que el desarrollo de la cultura en Latinoamérica viene demostrando, pone de manifiesto un problema de flagrante actualidad en la región: el carácter defectivo de su Desarrollo.

El alto voltaje creativo que se expresa en la música, la pintura, el cine, la novela, la poesía, las ciencias sociales, en teorías como la de la teología y filosofía de la liberación, esta suerte de pujante subversión creadora no se traduce con el mismo ímpetu en el campo de la producción y el gobierno. La libertad creadora no ha llegado a derribar los muros de la Política y la Economía. Como si los creadores hubieran hecho con esmero su trabajo y los políticos no. ¿En qué sector social está entonces depositada la Inteligencia protagónica de América? Somos una potencia cultural pero estamos rezagados en términos económicos, políticos y tecnológicos. Es cierto que no se dispone de muchas reservas financieras, pero se cuenta con una inmensa reserva de talentos, que andan desperdigados en América. La creatividad se recoge del suelo.

¿Cómo traducir este temperamento creador en indicadores de bienestar, prosperidad, estabilidad, felicidad? ¿Cómo hacer pasar el genio Hacedor de las humanidades y las artes a la economía, la técnica y la política? Es el gran reto de hoy. El poeta peruano Juan Gonzalo Rose, que fue discípulo de Reyes en el Colegio de México, tenía razón cuando pedía a los dioses tutelares menos belleza y mas sabiduría:

Machu Picchu, dos veces
me senté en tu ladera
para mirar mi vida.
Y no por contemplarte,
porque necesitamos
 menos belleza, Padre,
y más sabiduría.

La sabiduría es la máxima aspiración a la que puede pretender el Hombre. Es esa capacidad sapiencial la que necesitan los dirigentes políticos de Nuestra América para adoptar sus decisiones. Es cierto, somos un pueblo esteticista, vital, naturalista —“lucianista” se decía en el pasado— al que no queremos para nada renunciar sino enriquecerlo con los dones de la sabiduría, ese atributo mayor de la inteligencia y la sensibilidad, con las que ya cuenta América.

La Política siempre ha sido una responsabilidad de los hombres superiores, desde la antigua China y Grecia. Como decía Lao Tse, “la sabiduría es del reino de la naturaleza, no del cielo”, con lo que quería decir que era el difícil arte de saber pensar y actuar en la realidad y la vida.

Posición de América es una conferencia impartida en el Tercer Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, efectuada en diciembre de 1942, en la cual Reyes hace penetrantes observaciones sobre el proceso cultural de nuestros países: hay un cosmopolitismo connatural en el hombre americano, forjado a lo largo de los siglos por asimilar patrones culturales externos y aunarlos con las expresiones raigales de su propia cultura: “Por síntesis entendemos la creación de un acervo patrimonial donde nada se pierde, y para lo cual los hábitos de la inteligencia americana nos parecen bien desarrollados (...) en la síntesis no vemos un compendio o resumen, una mera suma aritmética, como no lo es la del hidrógeno y el oxígeno al juntarse con el agua, sino una organización cualitativamente nueva, y dotada, como toda síntesis, de virtud trascendente. Otra vez, un nuevo punto de partida”.

Los siglos de proteica síntesis biológica y cultural han producido un acervo patrimonial propio, una realidad cultural y humana propias. Se ha alcanzado una nueva armonía, un nuevo punto de partida: el nacimiento del Hombre Americano, el surgimiento de una Cultura Americana, que en estos tiempos han mostrado su universalidad, su nobleza, su lugar en el mundo. La literatura ha sido el primer territorio libre de América. Tenemos hoy una cultura distinguible y reconocible en el mundo.

Estas contribuciones hacen de Alfonso Reyes un pensador, un filósofo de la cultura que con una ensayística enjundiosa comunica ideas—fuerzas, permitiendo aclarar una problemática que parecía inasible: da las claves para incursionar en la aventura hermenéutica de perfilar la identidad y tomar conciencia de los deberes pendientes de la Inteligencia americana:

porque necesitamos
menos belleza, Padre,
y más sabiduría.

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[Edgar Montiel. "El ensayo americano, centauro de los géneros". Se publicó originalmente como parte del libro de Montiel El humanismo americano. Filosofía de una comunidad de naciones. Perú: Fondo de Cultura Económica, 2000. págs. 169-177. Edición digital autorizada, Marzo 2002]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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