Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"ANGÉLICA MENDOZA ANTE LA CONDICIÓN HUMANA"

Florencia Ferreira
U. N. Cuyo-CONICET

Vida y obra

Angélica Mendoza nació el 22 de noviembre de 1889 en Mendoza, donde se recibió de maestra y participó en la actividad gremial. En 1919 conoció a Rodolfo Ghioldi, quien la incorporó al Partido Comunista. En una huelga general el gobierno la detuvo, experiencia que volcó en su crónica novelada Cárcel de mujeres. En 1925 adhirió al Partido Comunista Obrero, dirigió su periódico La Chispa y en 1928 fue candidata a la Presidencia de la República por ese Partido. En 1929 renunció a la política e ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires para estudiar Filosofía (1938) y luego pedagogía en el Instituto de Ciencias de la Educación (1940). Viajó por varios países americanos y europeos y fue delegada al Congreso Anti-Imperialista en Amsterdam (1932).

Escribió en la Revista Claridad y, más tarde, su amistad con Victoria Ocampo la aproximó a la Revista Sur y a la Unión Panamericana. Definió su cambio político en la línea del pensamiento liberal y democrático. Fue Secretaria Internacional de la Comisión Interamericana de Mujeres y designada como la “mujer más sobresaliente de América Latina” por la General Federation of Women's Clubs (1940). Realizó traducciones de F. Hegel, R. Descartes, Malebranche y de L. Henry. Su vocación pedagógica la llevó al estudio de John Dewey, sobre quien escribió Líneas fundamentales de la filosofía de John Dewey.

Atraída por la cultura norteamericana, viajó a los Estados Unidos con una beca de Columbia University (Nueva York, 1940), donde se incorporó al núcleo de los estudios hispanoamericanos. Su tesis doctoral, Fuentes del pensamiento norteamericano, fue la primera tesis escrita en español que se aceptaba en el Departamento de Filosofía de esa Universidad. Enseñó en Sarah Lawrence y en Brooklyn College, entre otros, y trabajó con Nelson Rockefeller y en las Naciones Unidas, donde formó parte de un Proyecto de Educación Fundamental en México. Volvió al país del Norte, donde tuvo una intensa actividad intelectual y periodística, para escribir Panorama de las Ideas contemporáneas en los Estados Unidos.

En 1955 regresó a la Argentina, a Mendoza, y enseñó Filosofía, Sociología y Antropología Filosófica en la Universidad de Cuyo. Su vida peregrina terminó en esta ciudad el 5 de febrero de 1960. La identidad de Angélica Mendoza se evidenció en su trabajo de escritora, a través de la filosofía, historia, sociología, crónica, reflexión ensayística y crítica de textos. Pero más que todos sus méritos intelectuales y literarios, fue su personalidad la que le valió el recuerdo y el reconocimiento de cuantos la conocieron.

Temas de reflexión antropológica

Desde el comienzo de su actividad intelectual, Angélica Mendoza se interesó por el estudio de las ideas y el pensamiento filosófico, unido a una preocupación social y a su deseo de poner su inteligencia y conocimientos al servicio de un programa de solidaridad humanística. Luego de su primera etapa como militante en el Socialismo marxista y en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, se formó en el pensamiento filosófico de la Modernidad. Sus estudios y lecturas sobre Descartes y, muy especialmente, Hegel —de quien tradujo Filosofía del Derecho (Buenos Aires: Claridad, 1938)— la definieron dentro de un racionalismo que superó el carácter abstracto de sus principios para proyectarse en una filosofía de la vida.

En estas circunstancias fue decisivo el descubrimiento del pensamiento de John Dewey, quien también partía de un racionalismo filosófico, pero cobraba un sentido práctico y utilitario que facilitaba la apertura a la vida social que en ella iba predominado con más fuerza:

La investigación o búsqueda filosófica es una actitud vital del hombre quien no ha tenido más remedio que adoptarla para poder subsistir a lo largo de su experiencia natural e histórica. Esa actitud vital de investigar revela la ansiedad del hombre y el carácter problemático de su existencia. Esa situación de incertidumbre forma un basamento permanente de la investigación y no se detiene sino cuando se produce una situación unificada de pensamiento y acción. El sentido profundo de la filosofía está en que es una investigación de la investigación y sus resultados representan al mundo de lo verificable. El proceso de esa investigación se concreta en las proposiciones científicas y matemáticas. ... Para su pensamiento la experiencia no es nada más, en última instancia, que la historia de la tierra y la filosofía tiene la tarea de abarcar y recoger esa experiencia y prolongarla fecundamente (1962: 54-72).

Sin abandonar su adhesión a la gnoseología racionalista, completó su formación teórica con el sentido práctico del pensamiento norteamericano y, especialmente, el del mencionado Dewey. Su fundamento en la filosofía moderna afirmó su confianza en la capacidad de la razón para el conocimiento de la realidad, pero el utilitarismo la proyectó a una afirmación filantrópica, entendida como una vocación transformadora de la vida social:

América aún puede aprender mucho [...] porque su existencia histórica se desenvuelve todavía bajo el primado de la acción y ante la perspectiva de un futuro [...] Hay pues, en Dewey los fundamentos para una antropología filosófica cuyo centro activo es el individuo, en tanto naturalidad y creación social. La categoría espiritual no se da como opuesta a la vida, sino en la esfera vital [...] En Dewey el hombre es unitario, carece de antítesis; y si bien el espíritu es un elemento auténticamente humano y no animal, se da en el curso de la vida, depende y se halla inserto en el proceso vital. El pensamiento sólo es una derivación de las formas del trabajo humano; es subjetivo y personal. El espíritu, entonces, no es supratemporal; reconoce un categoría temporal, casi diríamos histórica, inserta en una especialidad (Mendoza: 1940: 3-19).

Su sentido humanístico rehuyó todo determinismo en el orden de las ideas y en el desarrollo progresista de la sociedad, pues Angélica Mendoza tuvo siempre confianza en la capacidad de la inteligencia humana para determinarse libremente a favor de la educación y de la transformación de la vida individual y colectiva. Encontró que la idea educativa de Dewey descansaba en la realidad de una sociedad democrática y en la participación responsable de todos los miembros del grupo social. La escuela debía ser un grupo social en miniatura en el cual el estudio y el crecimiento eran incidentes de una experiencia común:

Un verdadero sistema de educación, vale decir de “formación y estructuración” de un individuo debe estar basado en la conexión vida-experiencia, lo que significa una dirección consciente y querida del fin educativo dentro de una filosofía de la experiencia, cuyos criterios de valor son los dos principios: el de continuidad y el de interacción. Tal pretensión valora el hacer educativo más allá de una mera práctica, concediéndole una tensión hacia valores supraindividuales, esto es, humanos. La acción de los maduros en los inmaduros ha de realizarse en forma viva, actual, de contacto y comunicación. Así el proceso de crecimiento supera al individuo y lo enlaza en el desarrollo de la comunidad, en donde han de cumplirse las aspiraciones fraguadas en el experiencia (En: Ferreira de Cassone: 1996:81).

Estas circunstancias explican su vocación pedagógica que, si bien se basó al principio en la filosofía de Dewey y en el pensamiento político y social norteamericano, se enriqueció con aportes de la filosofía contemporánea. Como todo pensamiento de su tiempo, el de Angélica Mendoza fue conmovido por la corriente ética de la filosofía alemana representada, por ejemplo, por Max Scheler, cuyas obras traducidas en España tuvieron una influencia importante en la Argentina, al igual que las obras de la misma corriente que se publicaron gracias a la acción de Ortega y Gasset y la editorial de la Revista de Occidente.

Fue decisiva la influencia de uno de sus maestros, Francisco Romero, a través de quien tomó contacto con la corriente renovadora que éste encabezaba en la Argentina siguiendo las huellas de Alejandro Korn y Coriolano Alberini. Se puede decir que en la filosofía de Angélica Mendoza está presente el concepto de “libertad creadora” que orienta la filosofía de Korn.

Desde el punto de vista de las grandes corrientes de pensamiento, la autora estuvo inmersa en el positivismo y compartió su creencia en la capacidad de la ciencia para conocer y transformar el mundo. No fue un positivismo dogmático, sino una de las maneras y, sin duda la más consolidada en ese tiempo, de aceptar la preeminencia del conocimiento científico. Su formación filosófica le permitió enriquecer su positivismo gnoseológico con un optimismo moral que rechazaba todo escepticismo e imponía el progreso basado en la capacidad perfectiva de la vida humana:

El Hombre no toma las cosas como están sino que construye, domestica, planta, cruza, fertiliza, labora, cambia y cuida. Trabaja su mundo y proyecta su destino, tal como el hombre concebido en la filosofía cartesiana y cuya resonancia histórica colma todo el pensamiento moderno (En: Ferreira de Cassone: 1996:69).

Profesó un fuerte optimismo con respecto a las posibilidades humanas de progreso individual y colectivo y, a medida que incorporó nuevas relaciones y viajes y conoció otros países —muy especialmente los Estados Unidos de América—, consolidó su optimismo con ejemplos históricos, como el que ofrecía el crecimiento de ese país con su formidable marcha hacia el Pacífico, la conquista de nuevos territorios y el ensanche del crecimiento económico y cultural, que resultó en la potencia de nuestro tiempo.

Sus dos libros principales versan sobre los Estados Unidos: Fuentes del pensamiento de los Estados Unidos (México: El Colegio de México, 1950) y Panorama de las ideas contemporáneas en Estados Unidos (México: Fondo de Cultura Económica, 1958). En ellos estudia en profundidad los procesos históricos y políticos, junto al impulso religioso protestante que se encuentra en la base del desarrollo norteamericano.

Ajena a todo escepticismo filosófico y aunque mantuvo una posición equidistante y agnóstica en materia de convicciones religiosas, se consolidó su fe en la capacidad de la inteligencia humana para conocer la realidad a través de las ciencias y la filosofía:

La investigación misma —insistimos— es un proceso continuo en cada uno de los campos donde se pone en marcha. En la investigación científica, el criterio de lo que se considera establecido, esto es, que es conocimiento, queda asentado de tal modo que puede ser utilizado como un recurso en la investigación posterior. En ese proceso ininterrumpido las conclusiones no pueden tener el carácter de permanentes, pues la creencia final, por más establecida que esté, se halla expuesta a los resultados de las investigaciones futuras (En: Ferreira de Cassone: 1996: 94).

El sentido social de la filosofía de Angélica Mendoza se reforzó con Victoria Ocampo y el grupo de Sur. La base teórica que había forjado en la Facultad de Filosofía y Letras, se enriqueció con la visión americanista que aquel núcleo le aportó, sumada a la militancia feminista inspirada por la directora de Sur, quien le presentó este tema como esencial para su filosofía de la vida y la acción.

En la Argentina surgió una incipiente corriente feminista, impulsada por movimientos europeos y norteamericanos que pujaban por conceder a la mujer un mayor predominio en la vida social. La política argentina de entonces no le había otorgado a la mujer una función adecuada a sus posibilidades. Pero en los partidos políticos, sobre todo en el Socialismo y Comunismo, ya se habían destacado varias personalidades como Alicia Moreau de Justo, las hermanas Mariana y Sonia Chertkoff, Cora Ratto de Sadosky y la misma Angélica Mendoza que, como vimos, había sido candidata a Presidente de la República por el Partido Comunista Obrero.

Victoria Ocampo y su revista no compartían esta posición política. Angélica Mendoza, que ya no sostenía que la clase social era más determinante que el género en el progreso social, aceptó el liberalismo democrático de la cultura de Sur, acorde con el ejemplo que ofrecía desde los Estados Unidos Eleanor Roosevelt.

En este contexto Angélica Mendoza enriqueció su feminismo con la preocupación americanista y viajó por varios países iberoamericanos estudiando la problemática de la mujer de acuerdo con las circunstancias de su tiempo. La eficacia de su acción le ganó un importante reconocimiento: que la Asociación de Mujeres Interamericanas la designara como Mujer Sobresaliente del año:

En 1940 me interesé mucho en las relaciones internacionales y particularmente en el problema de la comprensión y la amistad interamericana. Al mismo tiempo, estaba interesada en el tema de la situación de la mujer, en mi país y en el conteniente americano, porque estaba convencida que uno de los males de nuestra sociedad latinoamericana era el de la condición subordinada de la mujer y su peso de desigualdad social. La Unión Panamericana había iniciado, entonces, una campaña continental por el mejoramiento del estado social, político y legal de la mujer. Una oficina de la Comisión Interamericana de Mujeres fue abierta en Buenos Aires y fui nombrada Secretaría Internacional. [...] Fue en este período de mi vida, y a causa de mis actividades interamericanas, que me interesé vivamente por los Estados Unidos. Pero, a pesar de un conocimiento de su literatura y de su historia, mucho había que me era desconocido. En 1941, fui elegida por la Federación General de Club de Mujeres de los Estados Unidos como “la más sobresaliente mujer de Latinoamérica” y fui honrada con una beca para estudiar en la Universidad de Columbia (En: Ferreira de Cassone: 1996: 39-42).

Su feminismo fue uno de los elementos integrantes de su concepción cultural y filosófica. Nunca lo abandonó, y cuando años más tarde regresó a Mendoza con una personalidad muy distinta del radicalismo de su juventud, insistió en exponer los principios y características de una participación cada vez mayor de la mujer en el progreso social. No era un feminismo dogmático ni principista, sino una insistencia matizada y realista de la importancia creciente de la mujer en el mundo contemporáneo.

Angélica Mendoza no profesó ninguna religión positiva. No hubo en ella una preocupación explícita por la existencia de Dios o por los temas específicamente religiosos. Pero cuando trabó conocimiento con las ideas norteamericanas y, sobre todo, cuando adquirió la experiencia de la historia de los Estados Unidos, donde la religión protestante había sido decisiva, se interesó vivamente por todo lo que se refería al protestantismo, a sus diversas corrientes y por la influencia de la religión en la historia, la filosofía, la política y el derecho. También valorizó en grado sumo, la vocación utópica de construcción de un futuro siempre perfectible que estaba presente en muchos aspectos de estas convicciones religiosas.

Asimismo, le interesó el utopismo de algunos librepensadores norteamericanos, desde Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, Stephen Hopkins, George Wythe, Ehtan Allen a Abner Kneeland, junto a Orestes A. Brownson, que recibía la influencia de reformadores ingleses como Robert Owen, su hijo Robert Dale Owen y Francis Wrights. Sin duda, recobraba el impulso inicial utópico que había vivido en su primera formación socialista y comunista. La religión, entonces, adquirió una perspectiva distinta y se le revelaron las posibilidades que ofrecía para una reorganización de la vida social y colectiva, es decir, más allá de una consideración personal o subjetiva.

Desde sus primeros momentos, Angélica Mendoza tuvo conciencia de la existencia del Estado como la forma moderna de la organización social. Desde el punto de vista del Socialismo, mantuvo una posición crítica, pero no llegó a la negación anarquista ni a la propuesta de una abolición del Estado en función de una organización política que prescindiera del orden estatal.

Prueba evidente de la importancia que concedía a la organización del Estado, fue su participación en los grupos políticos que aspiraban a conquistar el gobierno y su candidatura a Presidente de la República. Creía que el Estado burgués debía ser reformado para abrirse a formas socialistas que representaran la superación del dominio que las clases dominantes ejercían sobre el resto de la sociedad. Fue revolucionaria, pero para cambiar la forma del Estado, todo ello de acuerdo con los principios de su socialismo juvenil reforzado más adelante por las convicciones derivadas de su lectura de la filosofía hegeliana:

La realidad de nuestras naciones americanas desde el Río Grande al Cabo de Hornos, en la circunstancia que vivimos, aparece en un ámbito caótico de dictaduras, gobiernos militares y con una masa de civiles quienes o llenan las cárceles y sufren persecución o bien permanecen estáticos y satisfechos con el nuevo orden de cosas. [...] Esas dictaduras y apatía ciudadanas desenmascaran la existencia ficticia de las democracias y disimulan la baja condición de las masas, cuyos derechos políticos casi nunca han sido gozados en libertad. De ahí la casi completa ausencia del ejercicio de la voluntad popular y el desarrollo de la demagogia como método de gobierno para mantener a la población bajo el señuelo de mejoras económicas y sociales, que para ser realizadas exigen el control permanente y regular las opiniones y la entrega total de la masa a la voluntad del grupo que maneja el país. Dicha demagogia no configura ni permite configurar una real conciencia de pueblo, pues las masas son manejadas y mantenidas en plena minoría de edad cívica. Esa situación de incapacidad ética se agrava al elaborar y difundir desde arriba ideologías que substituyen a un verdadero pensamiento político, y cuyos materiales han sido tomados de ciertas corrientes destructivas que surgieron en Europa en vísperas de la desagregación final. Es decir que a cambio de ciertas mejoras pasajeras se empeña el futuro de toda la comunidad nacional. A pesar de que dichos fenómenos se desarrollan y necesitan desarrollarse dentro del ámbito vivo de la nación, ésta no es tenida en cuenta como organismo vivo y consciente. Un hecho de enorme importancia social, como lo es la concesión del voto a la mujer, sin que ella haya convivido con la práctica de la democracia ni con el real ejercicio de la ciudadanía de parte de los hombres, tiene ciertas notas sombrías para el porvenir de nuestra América si bien, a la larga, los factores imponderables que desatan las luchas sociales pueden convertir a la contribución de la mujer —aunque sea emocional— en un hecho positivo” (En: Ferreira de Cassone: 1996: 269).

Cuando advirtió que el camino elegido en la militancia partidaria carecía de posibilidades de realización, se retiró definitivamente de la política y se consagró a la vida intelectual, pero sin renegar de su aceptación del Estado como institución organizadora de la vida colectiva. Su inicial actitud revolucionaria fue cediendo a las circunstancias concretas de la vida argentina de su tiempo y aunque mantuvo una permanente aspiración a la justicia y a la igualdad, buscó una relación con la sociedad basada en la inteligencia y no en la práctica de la militancia partidaria:

Es verdad que por entonces mi fe absoluta en la ciencia y en el poder del hombre para resolver los problemas fundamentales de la humanidad, se estaba debilitando. Como joven que ha crecido entre guerras y revoluciones y que era tan ansiosa y curiosa como para investigar, en la vida real, la naturaleza y el alcance de la infelicidad humana, yo estaba bajo la tensión y la presión de una complicada experiencia del mundo. Aún así, proseguí mi línea original de pensamiento y comencé a escribir ensayos sobre temas filosóficos y sociales” (En: Ferreira de Cassone: 1996: 40).

Angélica Mendoza sostuvo que los valores teóricos debían inspirar la formación del hombre y de la mujer, lo cual equivalía al descubrimiento de la importancia de la educación como factor transformador. Es decir, pedagogía y educación pasaron a ser dos disciplinas que la autora cultivó en función de este nuevo programa de transformación social. Su formación profesional la había preparado para esta vocación desde su tarea de maestra en la Provincia de Mendoza, cuando formó un Sindicato de Maestros que reclamaba mejoras laborales pero muy especialmente una reforma social progresista.

En la Facultad de Filosofía y Letras y junto a su formación específicamente filosófica, se interesó por las disciplinas pedagógicas que en ese momento se enseñaban en la Facultad y que tenían un desarrollo muy notable, tanto por obra de los profesores Adolfo Cassani y Luis Juan Guerrero, como por la importancia que el tema educativo siempre había tenido en la Argentina en razón de la tradición fundada por Domingo Faustino Sarmiento. En esta misma línea hay que colocar su asistencia a los cursos pedagógicos y educativos, a la lectura y traducción de las obras del moderno pensamiento pedagógico y a sus contactos con el grupo de maestros y profesores interesados en la educación norteamericana.

La etapa norteamericana representó una íntima fusión de su vocación intelectual y pedagógica. La formación que adquirió en Columbia University la puso al día con los temas pedagógicos y filosóficos y, sobre todo, con la proyección que éstos tenían sobre la vida política de su tiempo:

Estoy pronta para cualquier programa a favor del buen entendimiento entre los dos mundos culturales que existen en el continente americano y de una mejor comprensión de sus instituciones y sistema de valores. Al mismo tiempo, pienso que para conservar mi enseñanza viva y con significación debo estar en estrecho contacto con cualquier nueva corriente en el pensamiento humano que pueda mejorar a la mayoría en un mundo perturbado (En: Ferreira de Cassone: 1996: 42).

Cuando viajó a ese país ya había estallado la Segunda Guerra Mundial. En el gobierno de Franklin D. Roosevelt, por la influencia decisiva de intelectuales que impulsaban el movimiento progresista, se estaba produciendo una revolución de hondos alcances en la vida norteamericana. Aquí aparece la influencia de la personalidad de Eleanor Roosevelt, que tuvo un fuerte impacto en el movimiento feminista argentino y norteamericano y cuya acción tuvo enorme importancia para definir muchos principios políticos y sociales de su tiempo.

Papel de la educación

Filosofía, educación, feminismo y americanismo fueron la base de su personalidad:

Cuando, en 1929, entré en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, estaba yo buscando una guía para enfrentar los problemas de la vida y del mundo. La verdad era mi más alta ambición y la justicia, mi más profunda demanda. El primer año, cuando entré en contacto con la historia del pensamiento humano, me di cuenta de inmediato que mi vocación era el estudio y el conocimiento del desarrollo de la conducta humana enderezada a una mejor comprensión del destino y de la condición del hombre (En: Ferreira de Cassone: 1996: 39).

En efecto, en esos años se produjo el cambio en la perspectiva personal de Angélica Mendoza: descubrió que a través de la educación con un sentido progresista y social, era posible lograr las transformaciones con que siempre había soñado; pero éstas ya no llegarían por medio de la revolución, sino por medio de una educación integral, abarcadora de pueblo y de razas. Es decir que ahí se forjó la visión intelectual y política que mantendría el resto de su vida.

En Angélica Mendoza la concepción del mundo y de la vida implicó una visión abierta, donde no había lugar para ningún tipo de exclusión o discriminación de carácter racista. Dentro de la tradición argentina y por su propia índole de criolla con fuertes rasgos de sus antepasados mestizos —le decían “India Brava”—, nunca se planteó el problema del racismo, o sea la discriminación y la postergación por el color de la piel o la pervivencia de rasgos culturales indígenas. Su problema inicial no fue la raza sino la lucha contra la pobreza, la injusticia y la desigualdad. Tampoco vinculó las características raciales con la postergación social, la cual para ella tenía que ver con la falta de educación y la imposibilidad de participar en la vida de la república democrática.

En Estados Unidos tuvo la primera evidencia de la fuerza de la exclusión racista y de todos los problemas que el racismo ha planteado en la vida norteamericana. Hay que recordar que en esos momentos tanto en Columbia University como en muchas Universidades de Nueva York, se había producido la concurrencia de un grupo notable de iberoamericanos que habían llegado con los mismos propósitos de Angélica Mendoza y, en muchos casos, como refugiados de países donde los gobiernos dictatoriales impedían la libre actividad política democrática. En estos grupos el rechazo del racismo era unánime y recogían las advertencias que en su momento habían hecho personalidades, como la de José Martí. Esto representaba un acicate para que abordaran de una manera u otra una perspectiva americana de abierta y total igualdad racial.

En el caso particular de la autora, el descubrimiento de todo lo que implicaba la raza y la cultura negra se constituyó en una de las características principales del pensamiento que elaboró en los Estados Unidos. De ahí sus numerosos ensayos y escritos en torno a fenómenos de la cultura negra, tales como la música de jazz. Fue deslumbrada por el fenómeno cultural de los negros norteamericanos y de todo lo que este despertar implicaba como renovación de un aspecto parcial, pero no menos importante, de la personalidad de los Estados Unidos. Con posterioridad, y gracias a sus vinculaciones con los organismos norteamericanos que se ocupaban de temas de educación y sociedad en Iberoamérica, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus ideas. Primero con una beca de la UNESCO que le permitió residir entre los indios tarascos de México para llevar a cabo el Proyecto de Educación Fundamental de Pátzcuaro y, más tarde, en Bolivia para estudiar la escuela indigenal de Huarizata:

He aquí por qué los objetivos de la Educación Fundamental —que el Centro de Pátzcuaro intenta lograr— se convierten en requerimientos para una posible vida auténtica y responsable en los países de nuestra América. De ahí la importancia capital de su utilización por países que aún están bajo el dominio de dictaduras y gobiernos de fuerza. Porque la Educación Fundamental se transforma en arma de doble filo y es destructiva, si acaso su aplicación sirve para asegurar ideológicamente y ganar la voluntad virgen de las grandes masas indias y campesinas. Sin embargo, el potencial positivo que carga en sus objetivos puede permitir la creación de una conciencia de pueblo, aún bajo la acción organizada de un Estado centralizado, si acaso quienes la ejercen son maestros de verdad y conocen el camino por recorrer (En: Ferreira de Cassone: 1996: 272).

Aplicó entonces una de las disciplinas que cultivó con más ahínco y personalidad: la educación fundamental, es decir, una pedagogía que completaba los elementos primeros de la alfabetización y la instrucción con una educación que tenía en cuenta la higiene, alimentación y la salud en el marco real de la región donde vivían estas comunidades:

Los objetivos de la Educación Fundamental —decía— se organizan de acuerdo a una filosofía social y política, la cual tiende a formar ciudadanos responsables que se integren con la vida de la comunidad. América Latina no podrá cabalmente realizar esa empresa educativa si trata de desestimar los requerimientos que ésta plantea, porque todo proyecto de Educación Fundamental replantea en nuestros países el trascendental problema de evaluar la realidad presente y de hacerse cargo de la estructuración del destino de América Latina (En: Ferreira de Cassone: 1996: 269).

Gracias a esas experiencias americanas pudo ampliar su comprensión del fenómeno de las razas indígenas, y se fortaleció su convicción de que la reforma social en nuestros países debía tener muy en cuenta las peculiaridades de las culturas indígenas. Compresión y simpatía que coronaron su convicción, cada vez más profunda, en contra de cualquier tipo de discriminación racial en América y en el mundo. Su visión universal de la unidad de género humano la impulsó, pues, a una filosofía abierta a la universalidad de los problemas sociales dentro de una perspectiva democrática.

Su humanismo integrador le permitió proyectarse sobre toda la humanidad sin ningún tipo de reduccionismo sectario. Para ella, la humanidad formaba un todo que iba desde la familia hasta la sociedad política universal, dentro de la cual se incluían todos los géneros y las razas, en una amplia consideración basada en el respeto irrestricto a los derechos humanos.

Angélica Mendoza siempre tuvo la percepción de la existencia de valores objetivos sobre los cuales debía organizar su vida intelectual y social. El tema de los valores, muy frecuentado en la filosofía alemana de su tiempo, adquirió un fuerte relieve a la luz de su interés en el pensamiento norteamericano, por medio del cual clarificó la afirmación de valores intelectuales y utilitarios, siempre a favor de una actitud que concedía importancia subordinante a la ética individual y social:

Una vez, en un corrillo de candidatos al doctorado oí una expresión que me dejó perpleja: “¿Sabe usted que el pensamiento que aquí se imparte es operacional?”. Proviniendo yo de un mundo cultural en el cual aún eran comunes términos universales y absolutos, con valores trasminados de trascendencia, la palabra “operacional” me produjo una impresión deprimente. Corrieron los años y los afanes por aprehender el sentido y la complejidad de la cultura “americana”; se ahondó mi experiencia en la vida de una comunidad moderna, protestante y capitalista, en la cual la técnica ha ejercido un impacto profundo e imborrable históricamente. Identificado mi pensamiento con la lengua inglesa-americana y sus giros valorativos, ahincada en el conocer del pensamiento científico llegué al secreto que siempre ocultan las lenguas y me di cuenta que en mi labor de investigación y reconstrucción de mi experiencia yo estaba también utilizando métodos y procesos “operacionales” para la obtención de la verdad. Había ingresado pues al orbe del pragmatismo y del instrumentalismo, sin mayor esfuerzo, simplemente viviéndolo (En: Ferreira de Cassone: 1996: 87).

En su pensamiento no había afirmaciones absolutas de carácter metafísico, pero en su filosofía social había un profundo optimismo en la capacidad del hombre y la sociedad para lograr transformaciones progresistas superadoras de todo quietismo pesimista. Aquí reaparece el mencionado principio filosófico de Korn de la libertad creadora, al cual debemos sumar el de una crítica pesimista de la situación del hombre y de la sociedad americanas, pero imbuida de una fe en la posibilidad de construir un nuevo humanismo afirmativo:

La filosofía de una sociedad adquisitiva se plasmaba en las leyes y en las normas éticas y la desigualdad de la riqueza se justificaba con la antigua suposición puritana de que Dios favorecía a sus elegidos. Oleadas de inmigrantes se habían volcado en los barrios bajos de sus metrópolis y en las cuencas mineras. En los cuales resonaban las voces de una Babel moderna. La ley natural todavía dominaba en el orbe del trabajo y las leyes mantenían el principio de que ninguno de los estados del país, al regular el status de las corporaciones de la gran industria podía fijar su tasa impositiva a un nivel tan bajo como que llegara a despojarlas de una justa compensación a su capital. Herbert Spencer y los economistas clásicos habían sentado las bases a beneficio de las riquezas de las corporaciones. Más que nunca la justificación de la desigualdad se la proyectaba a la trascendencia y en la llamada naturaleza humana. A la vez surgían doctrinas que explicaban la presencia y la necesidad de las élites cultas, cuyo desprecio, sin embargo, a los “Mr. Babbits” del dinero era inmenso (En: Ferreira de Cassone: 1996: 83).

Luego de su experiencia en el país del Norte, comprobó ciertos beneficios del capitalismo y lo que éste había significado para aquélla nación. Escribe en un artículo para La Prensa de Buenos Aires —titulado “Estados Unidos y su épica”— :

Estados Unidos se destaca por ser la única nación del mundo cuyo sistema social es auténticamente moderno y capitalista. La realización social, económica y política de ese mundo ha exigido a su pueblo mucha voluntad de acción y gran capacidad para sobreponerse a todo tipo de dificultades. No es posible admitir que semejante despliegue de coraje y energía humana se haya hecho simplemente por el móvil de la ganancia pecuniaria; sólo aspiraciones muy queridas y esperanzas bien arraigadas deben haber movilizado esa actividad, especialmente en el nacimiento de la nación (Mendoza: 1958).

Sin embargo, advertía que los problemas de la justicia social de la América Ibera eran muy distintos y habían proporcionado

[...] material explosivo a las demagogias, las cuales los han utilizado como arma social y destructiva. Sin embargo, como las demagogias no poseen el sentido económico apropiado son incapaces de lograr la posterior reconstrucción con una forma nueva y más justa de convivencia. Elevar simplemente los salarios no significa elevar la condición humana pues deja subsistente otros hechos más profundos: desigualdad social, autoritarismo, sentido de castas, inseguridad económica, ausencia de justicia, violación de los derechos humanos, economía atrasada, aislamiento rural, métodos y técnicas inadecuados de trabajo, burocracia poderosa y venal, unicato político y destrucción de las formas organizadas de oposición, nivelación de las conciencias, destrucción de los valores culturales independientes, terrorismo policial y, en consecuencia, envilecimiento cotidiano de las masas. Además, aumentar la capacidad adquisitiva del individuo sin permitirle el uso y ejercicio de la libertad y el derecho a una existencia digna, significa aumentar la incapacidad de una masa de individuos bien vestidos y bien comidos, cuya digestión impide el desarrollo de su conciencia cívica y de su patriotismo. Ese tipo de demagogia basada especialmente en la satisfacción de necesidades elementales, proporciona un falaz sentimiento de felicidad con la fácil satisfacción del consumo de productos inútiles y frívolos que tales sistemas fabrican por falta de una economía bien organizada. El bienestar que se ofrece es una substitución de la real existencia ciudadana; viene a ser el reverso de la conciencia mistificada en la cual vive la masa (En: Ferreira de Cassone: 1996: 270).

Concepciones sobre el arte y la literatura

Aunque ninguno de sus estudios estuvo consagrado en forma específica a la literatura, ya sea crítica o de creación, en sus libros, artículos, notas o ensayos se advierten los rasgos de un estilo personal de buena estirpe literaria que prueba su gusto seguro y su capacidad para expresar sus ideas en forma original y personal:

El amor está implícito en la total actitud; es el subsuelo vivo de toda actividad y devoción que aún permanezca libre de racionalizaciones. Es la ocupación por excelencia, múltiple en sus direcciones, inestable en su duración y estética en sus motivaciones, aparte de cierto sesgo social y sentimiento de prestigio personal (En: Ferreira de Cassone: 1996: 240).

Su maduración cultural hizo que su vocación docente se completara con una visión antropológica y social con un objetivo preciso: la sociedad americana. Fue en el sentido más cabal una auténtica maestra de América y gustaba que se reconociera en su personalidad estos rasgos que la emparentaban con la mencionada tradición sarmientina. Este objetivo explica la riqueza de sus observaciones sobre la condición humana en América y su comprensión de los rasgos que distinguían al hombre americano para el cual pedía una pedagogía práctica, basada en el conocimiento directo del campo en el cual estaba inserta la acción del hombre en toda su variedad de hábitos, rasgos, costumbres y cualidades.

La pedagogía de Angélica Mendoza, sobre todo en sus años finales, se enriqueció con sus estudios sociológicos. Cuando regresó a Mendoza (1955) y ocupó las cátedras en la Universidad Nacional de Cuyo con posterioridad a la llamada “Revolución Libertadora”, advirtió que la sociología estaba limitada a los enfoques teóricos y a la exposición de teorías y doctrinas, más que a los estudios experimentales basados en el trabajo de campo:

Llegó a Mendoza con toda esa experiencia, con ese amazonas de ideas y aquí, la sociedad mendocina, muy pacata, muy conservadora, recordaba a la agitadora de los maestros y la veía como a la Rosa Luxemburgo de esa época [...] Y aquí innovó, trajo la práctica del trabajo de campo, la apertura a una bibliografía universal y no había tema que no quisiera discutir y sobre lo que no ilustrara a sus alumnos (Zuleta Álvarez, 1997).

Preconizó entonces una sociología fundada en los datos empíricos de la realidad captados a través de investigaciones personales que ella misma llevó a cabo en Mendoza, con la colaboración de estudiantes y graduados universitarios:

Lucha por conocer siempre algo más de ese singular fenómeno conocido como hombre en sociedad, para que tal conocimiento sirviera de base positiva a las aspiraciones humanas de cambio y de perfeccionamiento. Tal como con frecuencia lo sintetizaba en la cátedra: “es inútil querer cambiar algo apasionadamente, si primero no se lo conoce desapasionadamente”. De allí su decisión de dedicarse a las ciencias humanas y sociales [...] No sólo enseña: entusiasma. No sólo expone magistralmente: genera debates. No sólo explica teorías: fomenta experiencias. Pone en tela de juicio ideas y conceptos. Obliga a pensar. Exige atenta observación de la realidad social. Sus (casi radicalizados) empirismo sociológico y relativismo cultural fueron blanco de serios ataques [...] Hasta el enojo nos estaría exigiendo —como nos lo exigía entonces— ser objetivos en el análisis de los hechos (Triviño: 1970).

Sus estudios sociológicos y antropológicos aprovecharon las obras y experiencias de la sociología norteamericana, que sirvió como paradigma de los estudios que preconizó para Mendoza y la Argentina. No alcanzó a desarrollar en plenitud esta última vocación sociológica, que estaba fuertemente relacionada con aquella vocación docente, pero emprendió estudios y llevó a cabo trabajos renovadores que causaron un fuerte impacto en la nueva Universidad argentina:

Nos impulsó a la realización de investigaciones puramente empíricas y descriptivas (en Villas Miserias, Patronato de Menores, Cárcel Penitenciaria, etc.), casi por completo ajenas a consideraciones teóricas [...] Fue una “vacuna” contra una cierta abundancia de teorizaciones con escasa o sin clara base concreta [...] En la cátedra puso énfasis en el “relativismo cultural”, aporte valioso de la Antropología a los estudios sociológicos (Triviño: 1997).

En Columbia University, lo mismo que en otros centros de actividad política y cultural de la vida norteamericana, se produjo la conjunción, como hemos dicho, de notables intelectuales y escritores de varios países de Europa y de América. Bajo la dirección de Federico de Onís y a través de la Revista Hispánica Moderna, se manifestaron autores y temas que le ofrecieron una gama amplia y variada de problemas de América, que hasta entonces sólo había conocido de manera indirecta.

Países como Cuba, México, y Venezuela, por ejemplo, le ofrecieron un panorama muy atractivo de experiencias antropológicas, sociales y literarias. México en especial, se convirtió en el centro de un cúmulo de informaciones y temas que ocuparon un lugar preponderante en la atención de Angélica Mendoza. Su residencia entre los indios tarascos y otros elementos de juicio le permitieron escribir un hermoso y sugestivo ensayo, “México al pendiente”, es decir, México en espera, porque consideraba que era un núcleo germinal para la realización plena de la cultura americana:

La exigencia de una libertad real como requisito previo para el progreso político de América Latina está planteada desde las luchas por la Independencia, pero sólo en los últimos cincuenta años ha sido reclamada y reconocida por las masas. Desde luego, la Revolución Mexicana es el hecho cuya dinámica ha sacudido a las masas de América Latina con la certidumbre de poder repetirlo y la posibilidad de ganarlo a fin de asegurar los beneficios de la libertad. La exigencia por una libertad real nos lleva directamente, además, a una revisión de nuestra tradición jurídica dominante cuyas raíces plantadas en América no han dado frutos positivos respecto a la responsabilidad del individuo y al derecho del ciudadano. El falseamiento de la ley, su mal uso por los de arriba y la impotencia de los de abajo para reforzar su validez escrita en la realidad, ha creado esa historia sangrienta de guerras civiles, revoluciones y asonadas que forman nuestro patrimonio político. La lucha por la libertad de pensamiento todavía se desenvuelve en un plano individual y, a veces, requiere un esfuerzo titánico para llevarla a cabo cuando no el sacrificio de toda una existencia. En nuestros países, a pesar de la tradición heroica individualista, las masas permanecen ajenas y acobardadas cuando se trata de decidirse entre un gobierno de fuerza y la existencia de una prensa libre (En: Ferreira de Cassone: 1996: 270).

También la impresionaron vivamente los paisajes, los monumentos y los testimonios arqueológicos e históricos que conoció en Estados Unidos y que motivaran ensayos de belleza literaria y notable sensibilidad estética. Es decir que América dejó de ser una referencia libresca y teórica para convertirse en una realidad viva que Angélica Mendoza incorporó a su visión humanística. América no solamente era una notable e incitante realidad cultural, sino que ofrecía esta singularidad a una visión mayor y universal de la cultura. No obstante, era muy crítica respecto a la conciencia de poseer un destino propio, porque nuestra América había vivido de prestado tanto en ideologías como en imágenes. Un siglo y medio de liberación, decía, le hizo escuchar el grito de guerra de caudillos junto a los ecos del pensamiento iluminista, del romanticismo político y de la praxis positivista:

Nuestra América no ha querido mirar hacia atrás y ha intentado olvidar al hombre real que vive, trabaja y pulula en nuestros países. Porque la cultura ha sido, quehacer de élites, extrañadas de nuestra propia condición. El hombre común, el indio y el campesino, no han hecho historia sino en las guerras de la independencia y las insurrecciones; siendo el hombre real de América ha vivido como huésped indeseable.[...] América Latina debe comenzar a pertenecerse a sí misma. No vuelta a Europa sino recogida en sí misma. Porque aún no ha tenido tiempo de conocerse y de reflejar su pensamiento, porque aún no ha dirimido su contienda con la salvaje naturaleza en la cual vive inmersa; porque todavía no ha terminado de modelar su rostro y expresar su propia imagen con lenguaje propio. Todavía vive en el mundo imaginífico del mito y la metáfora. Las abstracciones del pensamiento madurado del mundo le son muy difíciles de absorber y realizar. Ajena a exigencias extrañas nuestra América debe forjar su destino a solas, admitiendo su realidad humana y social, aceptando su condición, y confiando a su masa humana —con algo de indio y español, con algo de negro y europeo—, la tarea de elaborar su propia y auténtica cultura ahincada en la singularidad de la existencia. Pero debe abrir las puertas al mundo, al Oeste y al Este, al Sur y al Norte, para recibir el aporte que le conceda la dimensión universal y su cultura pueda ocupar un rango en el devenir de la Historia Universal. [...] El hombre de nuestra América tiene espacio para arriba y para los cuatro puntos cardinales; para descubrir, transformar y recrear su medio. Aún tiene esperanza y futuro imprevisto; su apetencia de ideales y valores está virgen y vacía, porque apenas si ha pisado el umbral de su historia (En: Ferreira de Cassone: 1996: 272).

El americanismo de Angélica Mendoza superaba cualquier expresión estrecha y limitada de la singularidad antropológica y arquitectónica; la visión universal siempre estuvo presente en su perspectiva intelectual. América propia y valiosa pero, por ello mismo, con capacidad para universalizar una fisonomía propia.

 

Palabras finales

Cuando se considera la biografía de Angélica Mendoza, las diversas etapas de su vida y de su formación intelectual y política, y se tiene en cuenta que desde el socialismo juvenil hasta el liberalismo democrático de sus últimos días atravesó con un fuerte protagonismo personal unos de los momentos más complejos y conflictivos de la cultura contemporánea, es sorprendente que en ninguno de ellos eligiera la formulación clara y rotunda de sus diversas convicciones personales, políticas y sociales.

A pesar de que durante su juventud socialista se consagró a las posiciones revolucionarias, en sus textos no se encuentran declaraciones de las razones personales que la animaron en su carrera política. Algo podría traslucirse en su novela de juventud —Cárcel de mujeres (obra de la que renegó en sus años posteriores)— sobre algunas reflexiones en razón de que en este libro se relataba la horrible experiencia de su propia prisión en la Cárcel del Buen Pastor de Mendoza cuando se desempeñaba como gremialista en la huelga de maestros.

En ninguno de sus escritos posteriores y, desde luego, en ninguno de los textos que corresponden a los años cuarenta, cuando estaba consagrada a la pedagogía, filosofía y feminismo, se encuentran confesiones personales, pues su mayor esfuerzo intelectual estaba en la exposición de las teorías que entonces defendía.

Sobre su experiencia en los Estados Unidos y su posterior relación con las culturas indígenas no existen textos autobiográficos o de justificación personal. Una excepción notable es su “Autobiografía intelectual”, escrita en ocasión de la presentación a los organismos norteamericanos que auspiciaban becas y auxilios profesionales, ocasiones en las cuales se suele solicitar a quien aspira a estos beneficios una exposición personal de sus antecedentes, estudios y propósitos.

En los trabajos de mayor envergadura escritos en su madurez, tales como los mencionados Fuentes del pensamiento de los Estados Unidos y Panorama de las ideas contemporáneas en Estados Unidos, Angélica Mendoza asume con todo rigor su función de historiadora de las ideas políticas y sociales y, aunque manifiesta su admiración por diversos capítulos de la historia norteamericana, tampoco deja traslucir impresiones personales o juicios que perturben la exposición de los hechos que considera.

Asimismo, en ninguno de sus artículos o ensayos escritos y publicados a partir de la experiencia norteamericana se advierte esta nota personal, a pesar de que su estilo vivaz, su agilidad literaria y sus excelentes virtudes de estilo hubieran permitido que se transparentaran juicios personales en uno u otro sentido. Sí, en cambio, está presente el reconocimiento generoso a sus maestros, a los cuales agradeció todo lo que habían hecho a favor de su formación intelectual y personal.

Angélica Mendoza fue una escritora de extraordinarias condiciones. Tenía un estilo directo en un castellano impecable de pura raigambre americana, es decir, sin recursos estilísticos ajenos a lo mejor de la prosa que se escribía entonces, con fuerza descriptiva, capacidad para captar situaciones singulares y una facilidad sorprendente para expresar sus ideas y sentimientos de una manera vívida y exacta.

Algunos de los estudios que dedicó a figuras como Enrique Hudson o a costumbres y paisajes americanos, pueden figurar entre las mejores páginas de la literatura iberoamericana de su tiempo, virtudes que sin duda apreció y valoró Victoria Ocampo cuando la incorporó al elenco de escritores de Sur. Pero los méritos literarios de Angélica Mendoza adquieren su sentido más profundo cuando se los considera como el medio con que se expresó su vigorosa y original personalidad, su voluntad de servir a la sociedad argentina y americana proyectadas al mejoramiento del hombre y la mujer y la humanidad.

 

Bibliografía de obras citadas

  • Mendoza, Angélica. “John Dewey a los 100 años de su nacimiento (1859-1959)”. Revista Interamericana de Bibliografía.XII. 1-2 (1962): 54 -72. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 82-102.

  • ______. “Líneas fundamentales de la filosofía de John Dewey”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 67-82

  • ______. “Autobiografía Intelectual” (1954). En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 39-42.

  • ______. “Epitome”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 269-273.

  • ______. “Estados Unidos y su épica”. La Prensa. Buenos Aires: 13 abril 1958. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. p. 170.

  • ______. “Imagen de México”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 230-240.

  • Triviño, Luis. “Angélica Mendoza: A una década de su desaparición”. El Diario, Mendoza, Jueves 5 de febrero de 1970.

  • Zuleta Álvarez, Enrique. “Angélica Mendoza era la libertad caminando”. Los Andes, Mendoza, 16 noviembre 1997.

 

Bibliografía de la autora

Libros

  • Cárcel de mujeres. Impresiones recogidas en el Asilo del Buen Pastor. Buenos Aires: Claridad, 1933.

  • Fuentes del pensamiento de los Estados Unidos. México: El Colegio de México, 1950.

  • Panorama de las ideas contemporáneas en Estados Unidos. México: Fondo de Cultura Económica, 1958.

 

Traducción

  • Guillermo Federico Hegel. Líneas fundamentales de la filosofía del derecho. Introducción de Carlos Marx. Traducción especial para Claridad por la Doctora Angélica Mendoza de Montero. Buenos Aires: Editorial Claridad, 1937. (Traducción de la versión italiana de Francisco Messineo).

 

Artículos y folletos

  • “Mis alumnos: Diego”. Sarmiento 3 (1917).

  • “Conversando con mis alumnos de 4º grado”. Sarmiento 5 (1917).

  • “Cómo debiéramos tratar a los niños”. Sarmiento 7 y 8 (1917).

  • “Una carta”. Sarmiento 10 (1917).

  • “Tres valores revolucionarios”. Claridad XIV 297 (1936). Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 49-54.

  • “Apuntes para una antropología cartesiana. La vida, el destino y la condición del hombre en Descartes”. Claridad XVI 322 (1938). Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 59-67.

  • “La Bisoja”. Claridad, XVII, Nº 326-27, Tomo II, Junio-Julio 1938. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 133-145.

  • “Ensayo acerca de los valores en el cartesianismo”. La Plata: Universidad Nacional de La Plata, 1938. También publicado en: “Antropología cartesiana”. Los Andes, Mendoza, 30 diciembre 1939; Revista Instrucción pública 85-86 (1940): 23-26; Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 48-59.

  • “La expresión lírica del negro en América. La poesía afro-cubana”. Los Andes, 4 enero 1940. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 155-159.

  • “La angustia del hombre y las respuestas éticas”. Los Andes, Mendoza, 9 julio 1940. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 67-73.

  • “La experiencia de Huarizata”. SUR, IX 71 (1940) pp. 51-59. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 185-191.

  • “Raquel Camaña”. Los Andes, 15 septiembre 1940. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 161-168.

  • “Nuestra filosofía se renueva”. Los Andes, 3 noviembre 1940. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003.pp. 75-82.

  • “Líneas fundamentales de la filosofía de John Dewey”. Buenos Aires: Instituto Cultural Argentino-Norteamericano, 1940, pp. 3-19. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 67-82.

  • “Vida universitaria argentina. La mística de la Facultad. La obra del Dr. Coriolano Alberini”. Los Andes, 25 diciembre 1940. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 83-91.

  • “Guillermo Enrique Hudson (1841-1922)”. Revista Hispánica Moderna X.3-4 (1944): 193-222. También publicada en Guillermo Enrique Hudson. Hispanic Institute: 1946. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 191-226.

  • “Puritanismo y romanticismo en Emerson”. Cuadernos Americanos VI. XXXI. 1 (1948): 117-142. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 126-144.

  • “Libre pensamiento y humanitarismo en los Estados Unidos”. Cuadernos Americanos VIII- XI- VI. 4 (1949): 119-148. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 144-167.

  • “El secreto de Puebla”. Americas 4.9 (1952): 10-15. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 249-255.

  • “Un experimento educativo que puede transformar nuestra América”. Cuadernos Americanos XIII. 2 (1954): 108-128. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 255-268.

  • “Notas sobre la filosofía de Francisco Romero”. Revista Cubana de Filosofía II. 9 (1954): 41-47. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 102-109.

  • “Eternidad de las artes Andinas”. Americas 6.7 (1954): 16-20. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003. pp. 177-186.

  • “Autobiografía Intelectual” (1954). Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 39-42.

  • “¿Una crisis de la modernidad?”. Cuadernos Americanos. XVI. 2 (1957): 101-113. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 109-121.

  • “Estados Unidos y su épica”. La Prensa. Buenos Aires, 13 abril 1958. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 167-172.

  • “Currículum Vitae”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 43-47.

  • “América Latina en la filosofía”. La Prensa. Buenos Aires, 1º de noviembre 1959. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 121-125.

  • “A América diante da filosofía”. Revista Brasileira de Filosofía X (1960): 531-535.

  • “John Dewey a los 100 años de su nacimiento (1859-1959)”. Revista Interamericana de Bibliografía. Washington, XII, 1-2 (enero-junio 1962): 54-72. Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 82-102.

  • “New York; Variaciones sobre un tema”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 173-175.

  • “Jazz”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 175-178.

  • “Canadá”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 178-181.

  • “Las iglesias de Quito”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 226-229.

  • “Imagen de México”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 230-240.

  • “México al pendiente”. En Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida en la tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, 1996. pp. 240-249.

 

Bibliografía sobre la autora

  • Brown, Josefina. “La tensión marxismo-feminismo en un discurso de Angélica Mendoza”. En Arpini, Adriana. Otros Discursos. Estudios de Historia de las Ideas Latinoamericanas. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, U.N.Cuyo, 2003. pp. 175-198.

  • Ferreira de Cassone, Florencia. “Angélica Mendoza una experiencia femenina entre la Argentina y los Estados Unidos”. Revista Interamericana de Bibliografía XLIII. 2 (1993).

  • ______. Angélica Mendoza. Una vida en la Tormenta. Mendoza: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, U. N. Cuyo, 1996.

  • ______. “Angélica Mendoza. Inteligencia y política”. Desmemoria 11 (1996): 99-107.

  • ______. Angélica Mendoza. Escritos Escogidos. Buenos Aires: Catálogos, 2003.

  • ______. “El testimonio Autobiográfico en Angélica Mendoza”. La Memoria. Conflicto y Perspectiva de una Objeto Múltiple 4-5 (2003): 467-478.

  • Roig, Arturo. Breve Historia Intelectual de Mendoza. Mendoza: Ediciones del Terruño, 1966.

  • Torchia Estrada, Juan Carlos. “Angélica Mendoza en los Estados Unidos: Un testimonio epistolar”. Cuyo. Anuario de Filosofía

  • Argentina y Americana XVI (1999): 30-31.

  • Tristán, Flora. “Emancipación Femenina en América”. Cl. XVIII. 337. 3º Etapa.1 (1939): 30-31.

  • Triviño, Luis. “Angélica Mendoza a una década de su desaparición”. El Diario, Mendoza, 5 de febrero 1970.

  • Zuleta Álvarez, Enrique. “Evocación de sus ex alumnos”. 1961, inédito.

  • ______. “Angélica Mendoza era la libertad caminando”. Los Andes, Mendoza, 16 noviembre 1997.

 

Florencia Ferreira
U. N. Cuyo-CONICET
Actualizado, octubre de 2004

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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