Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"El humanismo en los ensayos de Aníbal Ponce:
alcances y limitaciones
"
 

Adriana Arpini

Aníbal Norberto Ponce (Buenos Aires, 1898 – México, 1938) transitó la etapa de formación en un ambiente intelectual en que predominaban las ideas del positivismo y el liberalismo. Fue médico de profesión, especializado en psicología. En 1918 conoció a José Ingenieros, fue su colaborador en la Revista de Filosofía[1] y lo sucedió en la dirección de la misma después de su muerte. Desarrolló una intensa actividad intelectual, testimoniando fuerte compromiso ideológico-político. Ocupó la cátedra de psicología en el Instituto Nacional del Profesorado. En 1923 entró en Renovación y produjo el “Boletín mensual de ideas, libros y revistas de América Latina”, cuya declaración inicial –firmada por Gabriel Moreau, Julio Barreda Lynch (José Ingenieros) y Luís Campos Aguirre (el propio Aníbal Ponce)– expresaba el propósito de vincular las generaciones nuevas del continente a fin de alcanzar progresivamente ideales de unión, solidaridad y federación continental. Estuvo junto a Ingenieros, Alfredo Palacios y Manuel Ugarte en la fundación de la Unión Latino Americana (1925). Intervino, también, en la fundación del Colegio Libre de Estudios Superiores (1930), en cuya publicación, Cursos y conferencias, se divulgaron varios de sus trabajos. Se interesó en el estudio de los textos de Marx y Engels, en particular el Manifiesto Comunista. Tras su visita la Unión Soviética (1935), adhirió a los principios del materialismo histórico como herramientas interpretativas de los procesos sociales. Fundó la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE) que editó el mensuario Unidad. Estas actividades le valieron la exoneración de sus cargos en 1936. Se auto-exilió en México, donde dictó cursos de psicología, ética, sociología y dialéctica en distintas universidades, al mismo tiempo que participó de la vida política de ese país. Allí murió a causa de un accidente automovilístico.

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Es posible diferenciar dos momentos en la producción de Aníbal Ponce, sin que ello signifique un corte tajante entre ambos. Por una parte, los escritos producidos hasta 1932, en los cuales adhiere a los principios liberales de la generación del 80, aunque se advierte una progresiva incorporación de motivos socialistas, manteniendo la perspectiva positivista como filtro de sus interpretaciones y valoraciones –vg. José Ingenieros. Su vida y su obra (1926), La vejez de Sarmiento. Amadeo Jacques, Nicolás Avellaneda, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López, Miguel Cané (1927)–. Cierto solapamiento entre posiciones ideológicas disímiles –liberalismo y socialismo– se advierte en discursos pronunciados a partir de 1928 –vg. “Examen de conciencia” (1928), “Los deberes de la inteligencia” (1930)– y el texto de 1932 Sarmiento constructor de la nueva Argentina. Ello revela la existencia de una matriz positivista común, que se mantiene en aquellos discursos en los que se hace evidente la adopción del materialismo dialéctico como herramienta de análisis histórico. En efecto, discursos pronunciados en ese mismo año: “Conciencia de clase”, “De Franklin, burgués de ayer a Kreuger, burgués de hoy”, incluso el “Elogio del Manifiesto Comunista”, pronunciado en enero de 1933, ponen de manifiesto la plena incorporación del materialismo histórico. Los textos producidos por nuestro autor con posterioridad a 1932, en particular Humanismo burgués y humanismo proletario (ciclo de conferencias pronunciadas en el Colegio Libre de Estudios Superiores en 1935) y Educación y lucha de clases (1937), pueden caracterizarse por instrumentar esa perspectiva de análisis. Una lectura detenida de algunos de estos textos nos permitirá apreciar la comprensión ponceana del humanismo, sus alcances y limitaciones.

“Examen de conciencia”[2] es una conferencia pronunciada en la Universidad de La Plata el 19 de mayo de 1928, por invitación de la Federación Universitaria, con motivo del aniversario de la fecha patria. En ella Ponce propone llevar adelante una meditación acerca de “los problemas de la nacionalidad en cuanto son solidarios con los destinos de la familia humana”. En apretada síntesis repasa desde la historia precolombina hasta la generación de la Reforma Universitaria de 1918. A lo largo del discurso se consideran distintos momentos de la historia nacional, estableciendo relaciones dicotómicas que replican a la instaurada por Sarmiento entre “barbarie” y “civilización”. Así, de un lado aparece la figura del indio que, con sus costumbres salvajes no representa más que “el pasado precolombino, nebuloso y remoto”, completamente extraño a la nacionalidad en formación. Menciona también a España, “la más atrasada de las naciones de Europa”, con ella “los vicios del mundo feudal atravesaron el mar sin las virtudes que en su hora lo justificaron”. En contraposición, Ponce afirma que la Revolución fue impulsada en América por “exiguas minorías directoras”, cuyo espíritu “reflejó límpidamente el pensamiento de la nueva era”; las ideas civilizadas llegaron de la mano del extranjero, en particular desde Francia “madre fecunda de humanidades”. Según Ponce:

No se trataba, pues, de una guerra civil con aspiraciones al separatismo; era la posición clara y terminante de dos culturas, de dos mentalidades, de sos filosofías. No era un triunfo militar sobre España lo que la revolución perseguía, y después que los ejércitos fueron vencidos, aún se continuaba luchando contra sus ideas, contra sus instituciones, contra sus costumbres. Cada derrota de la revolución siguió siendo así una victoria de España, y el más doloroso de los fracasos argentinos –la tiranía de Rosas–, fue un triunfo tan ruidoso del feudalismo español que aparecieron en el Río de la Plata, con el poder absoluto y la Compañía de Jesús, las corridas de toros y los autos de fe (Obras, 364).

Otra divergencia está representada por las figuras del gaucho y el inmigrante. El primero, “mestizo de india y español –es decir doblemente mestizo en razón de la impurezas africanas de la sangre paterna”, representa la servidumbre feudal y la prolongación de los hábitos de la colonia; “frente a la sociedad «civil» por la cual se venía luchando desde Vértiz a Rivadavia, la barbarie gaucha echó las bases de una sociedad «militar»: el caudillo y la tiranía” (Obras, 365). La ola inmigratoria posterior a la caída de Rosas y a la constitución nacional, representaron un renacer de la Revolución. Mientras el gaucho representaba la “patria vieja”, el extranjero nos daba el ferrocarril, el telégrafo, el alumbrado, el libro, la máquina, la higiene.

También el idioma es motivo de disconformidad. Ponce entiende que la lengua heredada de España es, por la rigidez de su forma, un obstáculo grave para afianzar nuestra personalidad, “por razones históricas poderosas –dice–, los argentinos estamos obligados ... a expresar nuestro nivel y nuestra hora con las formas envejecidas de un idioma en retardo”, pese a ello y en sentido opuesto afirma que “nuestra originalidad reside en la elección de las palabras, en la agilidad de los giros, en lo nervioso de la sintaxis, en la riqueza de nuestras expresiones” (Obras, 369).

En síntesis, frente a la sociedad feudal, que por distintos medios se ha prolongado, es necesario retomar y concretar el itinerario de la Revolución de Mayo, que Ponce inscribe en la línea sucesoria del renacimiento, de la Revolución Francesa y de la revolución socialista del 48. También la Revolución Rusa es colocada en esta línea, enfrentada “al horror de la Guerra europea y el desquicio moral de la humanidad civilizada”. “Los ideales de la Revolución Rusa son, de esta manera los mismos ideales de la Revolución de Mayo en su sentido integral”, es decir, en el mismo sentido en que Marx afirmaba que el comunismo deriva de la Enciclopedia. Asimismo, la Reforma universitaria iniciada en el 18, una vez que supere sus vaguedades y ocupe “un puesto de combate en las izquierdas de la política mundial”, será un corolario de la herencia revolucionaria y una decisión esperanzada en el Mañana (Obras, 373-375).

Se puede corroborar que en este discurso ponceano se organiza sobre una dicotomía categorial y axiológica según la cual quedan agrupados por el lado de la “barbarie”, con signo valorativo negativo, los siguientes ítems: el indio, la sociedad feudal colonial, el gaucho, el período de la historia nacional dominado por la figura de Juan Manuel de Rosas, el formalismo del idioma español. Por el lado de la “civilización” y con valoración positiva pueden señalarse: los ideales puestos en marcha por la Revolución de Mayo, la constitución nacional y la organización del país bajo parámetros modernizadores liberales, la inmigración, ciertos giros, expresiones y formas sintácticas que dinamizan el uso de la lengua española. Además, la relación entre uno y otro polo conceptual valorativo se articula en una secuencia temporal. Mientras que todo lo referente a la “barbarie” pertenece al pasado, el presente, si bien manifiesta signos de superación de la barbarie, no es más que un tránsito hacia un mañana en que la realización plena de la civilización coincidirá con el triunfo del proletariado. Tal triunfo es anunciado como un corolario del desarrollo de la civilización, pero sin que medie un cuestionamiento de la dicotomía de base entre “barbarie” y “civilización”.

El análisis acerca de la decadencia de la burguesía es abordado en el texto “De Franklin, burgués de ayer, a Kreuger, burgués de hoy”[3]. El suicidio de este último constituye, según Ponce, un testimonio de la derrota de la burguesía y es motivo para reflexionar acerca del proceso que trastocó las virtudes del yanqui en las infamias del sueco. Ello implica reconocer la plurivocidad de la categoría “burgués”. En efecto, entre las características del “burgués de ayer” se encuentran su afición al cálculo, pero también la frugalidad, la honestidad, el ahorro y una concepción de la felicidad como sabio empleo de la riqueza, compatible con el cultivo de la amistad, el patriotismo y los sentimientos humanitarios, incluido el amor. Todas estas propiedades han desaparecido en el “burgués de hoy”, junto con la tabla de valores que las respaldaban. La razón de esta desolación se encuentra en que la Revolución Industrial del siglo XVIII trajo, junto con el desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas, un afán ilimitado de competencia y una alteración en la manera de lograr el triunfo. Éste empezó a ser entendido sólo en su aspecto negativo como necesidad de sobrepasar, de aplastar a alguien. Todo ello anticipa el derrumbe sin grandeza de una clase que en la perspectiva ponceana, ha sobrevivido a su misión histórica.

Cuando la máquina –dice Ponce– empezó a lanzar por hora la misma cantidad de mercancías que en otros tiempos exigía la labor de un año, las ideas, los sentimientos y el carácter debieron cambiar al mismo tiempo ... Al término de una vida siempre en acecho, sacrificando todo al interés de los números, he ahí lo que el gran empresario encuentra cada vez que vuelve los ojos hacia adentro: el desierto resquemante de la soledad ... Toda aspiración a la ganancia por moderada que sea, toda apropiación indebida del fruto del trabajo ajeno, lleva implícita los gérmenes que el capitalismo de hoy ha elevado a un desarrollo monstruoso ... Mientras la apropiación capitalista se mantenga, la anarquía y la guerra no encontrarán jamás remedio ... Después de haber contemplado la desaparición del hombre antiguo y del hombre feudal, el burgués de hoy no se resigna a reconocer que él es también, a su manera, una etapa transitoria (Obras, 411-419).

Si bien Ponce reconoce las contradicciones que se presentan en el decurso histórico, por ejemplo cuando señala que la máquina puede tanto estar al servicio de la liberación del hombre como facilitar una mayor sumisión, de acuerdo con el modo de organización social de la producción; sin embargo queda preso de un prejuicio, que consiste en identificar racionalidad y progreso, sin diferenciar suficientemente entre formas de racionalidad, instrumental y práctica, que pueden resultar contradictorias entre sí. Así, su mirada es la de quien se coloca en el punto de llegada de una historia cuyas etapas se suceden lógicamente, de modo que es posible prever el momento siguiente. Las situaciones que contradicen la secuencia lógica no son pensadas como marcas de especificidad y/o diversidad en el decurso histórico, sino como momento que se ha prolongado más allá de lo que corresponde a su función histórica y que está destinado a desaparecer, dado el único sentido posible de la historia.

Humanismo Burgués y humanismo proletario. De Erasmo a Romain Rolland fue publicado por primera vez en México en 1938, sus páginas corresponden al curso dictado por Ponce en el Colegio Libre de Estudios Superiores en 1935, ante la proximidad del cuarto centenario de la muerte de Erasmo. Se trata de una reflexión sobre los problemas que planteó el humanismo burgués y que ha retomado y resuelto el humanismo proletario. La figura de Erasmo sintetiza los rasgos del humanista del renacimiento, que están a la base del humanismo burgués. Ellos son el culto a los libros, el odio a la guerra como el peor de los crímenes, una forma satírica de referirse a la Iglesia, la defensa del ideal de fraternización de los grandes espíritus. Puede apreciarse un lúcido análisis del significado del humanismo, que pone de manifiesto las condiciones sociales en que se produce ese movimiento filosófico. En este sentido el texto puede ser leído como un intento de caracterización de la función social del intelectual. Ponce no acepta la versión corriente de que el Humanismo constituye un corriente de pensamiento caracterizado por un retorno al estudio de los textos antiguos, ignorados durante la Edad Media. Señala que tal afirmación es por lo menos superficial, por cuanto desconoce que en esa época muchos de los textos griegos y latinos se conocían y eran motivo de cuidadosos estudios; pero sobre todo ella elude la consideración de un conflicto más profundo, relacionado con el modo en que cada uno –medievales y humanistas– se acercaron a esos textos en función de intereses y aspiraciones diferentes, a los que subyace un desplazamiento en el equilibrio de las clases dentro de la sociedad. Dice Ponce:

El interés por lo inmediato y terrenal ha substituido a la fe en la inmortalidad del individuo, y el consuelo de un Paraíso para después de la muerte empalidece frente a la confianza en el progreso indefinido y en el concepto humano de la gloria. ... Y si Colón y Copérnico avanzan como dos gigantes en el umbral de la “época de los descubrimientos”, otro descendiente de tejedores, Jacobo Fugger, va a demostrar lo que vale en manos de la burguesía ese torrente de oro que Colón ha volcado en Europa (Ponce, Humanismo, 42).

Racionalistas en su concepción del mundo, indiferentes frente a las diversas religiones, pacifistas porque así lo exigía el interés de sus caravanas y de sus navíos, los banqueros del siglo XV y XVI crearon la atmósfera en que el humanismo nació y lo apoyaron después con sus fortunas y sus honores. Porque, subrayémoslo una vez más: sobre el plano de la cultura, el humanismo fue una derrota del feudalismo católico frente a la burguesía comerciante. Entre los mercaderes nació el culto a la Antigüedad, y ellos, los mercaderes, fueron quiénes lo impusieron a los prelados y los príncipes... (Ponce, Humanismo, 45)

El humanismo es considerado por Ponce como una forma de racionalidad que acompaña y justifica el despliegue de la burguesía en su etapa de emergencia histórica y, en este sentido, contribuye a la derrota del feudalismo. Sin embargo, su influencia social tiene un límite, no puede avanzar más allá de lo que la burguesía puede permitir. En efecto, para crecer la burguesía necesita ejércitos de obreros libres dispuestos a vender su fuerza de trabajo y convertirse en trabajadores asalariados. Los humanistas, en cuanto ideólogos de la burguesía y “pedagogos de los hijos de banqueros”, no sólo no se interesan por los trabajadores, sino que “aconsejan para el pueblo la enseñanza de las supersticiones”, contribuyendo a mantener su ignorancia y prolongar su mansedumbre. El Humanismo, que en un principio fue instrumento de lucha contra los privilegios del orden feudal y de la Iglesia, se convirtió en un instrumento para estabilizar los privilegios de la burguesía “... y por eso (porque enseñó como nadie a desinteresarse de la acción y a aceptar el orden constituido) el humanismo, transformado en «humanidades» pasó a ser desde entonces hasta hoy, el ideal educativo de las clases gobernantes” (Ponce, Humanismo, 78). “Cuando a la cultura se la disfruta como a un privilegio –concluye Ponce–, la cultura envilece tanto como el oro” (Ponce, Humanismo, 72).

Ahora bien, junto a la máquina, que tritura al obrero, surgieron también las primeras condiciones objetivas del humanismo proletario. El desenlace de esta contradicción da lugar a las premisas básicas del nuevo humanismo. De manera semejante a lo planteado en la conferencia sobre Franklin y Kreuger, este texto establece un contraste entre el humanismo burgués de ayer y la las posiciones adoptadas por la burguesía en el siglo XX. En sus manos –sostiene Ponce– el humanismo está en trance de morir. Sólo el proletariado, capaz de echar por tierra la explotación burguesa, podría construir “sobre la base de una nueva economía, las premisas necesarias que asegurasen a las grandes masas el acceso a una vida embellecida por la dignidad y la cultura” (Ponce, Humanismo, 38). Nuevas marcas semánticas aparecen en el planteo dicotómico de Ponce: la burguesía en decadencia por el lado de la “barbarie” de ayer y la emergencia del proletariado por el lado de la “civilización” de mañana. Como ya quedó señalado Ponce concibe el progreso histórico sobre un único eje temporal, de modo que su análisis pierde de vista la especificidad y diversidad de los procesos socio-históricos como los acaecidos en América Latina, cuya complejidad se pone a foco si se considera que la implantación del modo de producción capitalista en esta parte del mundo estuvo y está atravesada por las problemáticas del subdesarrollo económico, la dependencia política y la dominación cultural.

A propósito de la descripción de las actividades que los hombres y mujeres de la “Rusia Nueva” desarrollan en las fábricas, las granjas, los laboratorios y las escuelas, Ponce resalta el verbo “construir” (Ponce, Humanismo, 132 y ss.). La misma idea está presente en el texto de 1932 Sarmiento constructor de la nueva Argentina. En ese texto el concepto de construcción funciona como articulación entre momentos históricos diferentes. Alude por una parte al fin de una época –la colonia– y enfatiza, por otra parte, el comienzo de una nueva etapa –la república–, que se anuncia como posible en la voluntad transformadora de los sujetos, representados en este caso por Sarmiento. Es decir que el proceso constructivo muestra dos caras, por un lado, se critican los elementos del pasado que obstaculizan la tarea de levantar un nuevo edificio; por otro lado, se señalan los factores que contribuyen a la edificación. Cabe señalar que la noción de “construcción” es congruente con la idea ilustrada de progreso y con el concepto de evolución por etapas presente en el positivismo. De la misma manera se aplica, ahora, la idea de construcción a las transformaciones en la técnica, la industria, la cultura y a la misma vida de los hombres, que –según Ponce– han dejado de ser esclavos para transformarse en dueños completos de sus propias fuerzas y factores conscientes de la evolución. También en este caso hay un pasado caracterizado por el modo capitalista de producción que debe ser removido para dar paso a la nueva sociedad. “Al socializar... los instrumentos de producción... el proletariado por vez primera en el mundo comienza a trazar la historia del hombre con plena conciencia de lo que quiere y lo que hace... y por vez primera, también, adquieren validez universal los grandes valores que hasta entonces sólo enmascaraban los intereses de las clases dominantes” (Ponce, Humanismo, 139). El proletariado es, por tanto, el sujeto social que abre el camino al “humanismo pleno”.

¿Cómo no vamos a poder nosotros [contemporáneos del Renacimiento verdadero] –se pregunta Ponce–, ante el espectáculo prodigioso de millones de seres liberados, y de otros millones resueltos ya a liberarse, salir al encuentro de la Historia para decir tan alto como la voz lo permita que estamos viviendo con lucidez absoluta este momento, el más dramático de la vida del hombre, y que tan seguros nos sentimos del porvenir inevitable –cualquiera sea la suerte personal que el destino nos reserve– que ya podemos desatar al viento la infinita alegría de vivir ahora? (Ponce, Humanismo, 142)

La implementación del materialismo histórico como criterio de análisis no estuvo acompañada en el caso de Ponce por un replanteo de la oposición teórica y axiológica entre las categorías de “barbarie” y “civilización” con las que encara la interpretación de la sociedad y la cultura en sus primeros escritos. La oposición entre “humanismo burgués” y “humanismo proletario” puede ser considerada como una resemantización de aquella dicotomía mediante la incorporación de la terminología marxista. Esta acumulación de marcas semánticas sin proceder a un cuestionamiento de la dicotomía desde la perspectiva superadora, puede verse como una limitación en la concepción ponceana del humanismo. Asimismo, la implementación del materialismo dialéctico en la interpretación de los procesos histórico-culturales es congruente con las ideas de evolución y progreso que forman parte de la cosmovisión positivista. Ello favorece una visión de la historia como proceso evolutivo racionalmente ordenado, donde incluso los conflictos del presente tienen sentido en función de su futura eliminación dentro de un desarrollo progresivo predecible.

Por otra parte, cabe destacar una problemática recurrente y promisoria en la producción ponceana: la reflexión acerca de la figura del intelectual y de su función en la sociedad. Tanto en el texto sobre el humanismo como en la biografía de José Ingenieros[4] y especialmente en la conferencia sobre “Los deberes de la inteligencia”[5] dibuja la imagen del intelectual que, inmerso en las contradicciones de su propia época, es capaz de conjugar disciplina, laboriosidad, esfuerzo en la conquista de su propia personalidad interior, a través del amor y la valentía en la tarea de servir a la verdad. Se trata de ese trabajo cotidiano y siempre renovado de problematizar lo dado, lo sabido, lo aceptado como forma de poder, lo tenido por verdadero. Trabajo del pensamiento al cuidado amoroso de la verdad, que conmueve –transgrede– las propias seguridades y es, por ello, conquista de sí, de la propia autonomía, y al mismo tiempo es compromiso con los demás. El drama es que la inteligencia resulta siempre un arma de dos filos, pues aun cuando se acerca sinceramente a la verdad, se recela de las consecuencias sociales de su pensamiento. Por eso la batalla por la autonomía es “una guerra de todos los días, de todas las horas”. Se trata de una autonomía que no es sinónimo de aislamiento o indiferencia, sino condición de posibilidad del compromiso con los hombres concretos, búsqueda de una sabiduría práctica que permita aliviar los sufrimientos y corregir las injusticias. Trabajo del pensamiento que pone en juego no sólo conocimientos, sino también valoraciones, y que es experimentado como una transformación interior liberadora de antiguas servidumbres.

 

Bibliografía del autor:

  • Ponce, Aníbal, Obras. Compilación y prólogo de Juan Marinello. La Habana, Casa de las Américas, Colección Nuestra América, 1975, (361–377). Hacemos las citas por esta edición.

  • Ponce, Aníbal, (1974), Obras Completas. Cuatro tomos, Revisadas y anotadas por Héctor P. Agosti, Buenos Aires, Editorial Cartago.

  • Ponce, Aníbal, (2001), Humanismo burgués y humanismo proletario. De Erasmo a Romain Rolland. Madrid, Miño y Dávila Editores.

 

Obras sobre el autor:

  • Agosti, Héctor P., (1974), Aníbal Ponce. Memoria y presencia, Buenos Aires, Cartago.

  • Arpini, Adriana, (2006), “Aníbal Ponce: el trabajo del pensamiento”, en Araucaria. Revista iberoamericana de filosofía, política y humanidades, año 8, Nº 16, Segundo semestre, p. 226 – 247. Arpini, Adriana, (2006), Orígenes y construcción de la Argentina moderna. Ensayos biográficos de Aníbal Ponce. En: Clara Alicia Jalif de Bertranou (Compiladora), Argentina en el espejo. Sujeto, nación y existencia en el medio siglo (1900 – 1950), Mendoza, EDIUNC, (405 – 432).

  • Arpini, A. y Olalla, M., (2006), “Humanismo y cultura. El pensamiento marxista de Aníbal Ponce y Héctor Agosti”, en: Hugo Biagini y Arturo Andrés Roig (Directores), Pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX. Tomo II: Obrerismo, vanguardia, justicia social (1930 – 1960), Buenos Aires, Biblos, (21 – 50).

  • Marinello, Juan, (1975), “Pensamiento e invención de Aníbal Ponce”, en: Aníbal Ponce, Obras, Compilación y Prólogo de Juan Marinello. La Habana, Casa de las Américas, Colección Nuestra América.

  • Terán, Oscar, (1986), “Aníbal Ponce o el marxismo sin nación”, en: En busca de la ideología argentina, Buenos Aires, Catálogos.

  • Troise, Emilio, (1969), Aníbal Ponce. Introducción al estudio de sus obras fundamentales, Buenos Aires, Sílaba.

  • Yunque, Álvaro, (1958), Aníbal Ponce o Los deberes de la inteligencia, Buenos Aires, Futuro.

 

Notas

[1] La Revista de Filosofía, considerada como la primera revista propiamente filosófica del país, se publicó en Buenos Aires entre 1915 y 1929, puede ser considerada como una expresión tardía del positivismo biologista, fenómeno cultural de inusitada duración en Argentina. (Cfr. Revista de Filosofía. Cultura – Ciencia – Educación. José Ingenieros y Aníbal Ponce directores, 1915 – 1929. Prólogo y selección de textos de Luis Alejandro Rossi. Bernal, Universidad de Quilmes, 1999, y Hugo Biagini et. al., La Revista de Filosofía , Buenos Aires, Academia Nacional de Ciencias, 1983)

[2] Ponce, Aníbal, “Examen de conciencia”, en: El viento en el mundo. Conferencias a los estudiantes y los obreros. Buenos Aires, Ediciones Juan Cristóbal, 1933, (3 – 21). Incluido también en: Ponce, Aníbal, Obras. Compilación y prólogo de Juan Marinello. La Habana, Casa de las Américas, Colección Nuestra América, 1975, (361–377). Hacemos las citas por esta edición.

[3] Ponce, Aníbal, “De Franklin, burgués de ayer, a Kreuger, burgués de hoy”, en: El viento en el mundo. Ed. Cit. (55–70). Incluido también en: Ponce, Aníbal, Obras. Ed. Cit. (407–419). Hacemos las citas por esta edición.

[4] Ponce, A. “José Ingenieros, su vida y su obra”, en: Obras Completas, Cuatro tomos, Revisadas y anotadas por Héctor P. Agosti, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1974, vol. I.

[5] Ponce, A., “Los deberes de la inteligencia”, en: El viento en el mundo. Conferencias a los estudiantes y los obreros. Buenos Aires, Ediciones Juan Cristóbal, 1933. Incluida también en Obras Completas, vol III, p. 169-176.

Adriana Arpini
Actualizado, Marzo 2008

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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