Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"Rodolfo José Puiggrós ante la condición humana"
 

Omar Acha

Rodolfo José Puiggrós nació en 1906, en la ciudad de Buenos Aires. Falleció en 1980 en La Habana, Cuba. Periodista e historiador, fue un intelectual politizado que recorrió diversas estaciones ideológicas durante el siglo XX argentino. Educado en el catolicismo, escritor inconformista con vetas anarquistas y decadentistas en los años veinte, en la década de 1930 milita en el comunismo local, hasta 1946, año en que es expulsado del Partido Comunista acusado de traicionar al marxismo por el naciente peronismo. Durante los años de compromiso comunista, Puiggrós había consolidado su producción historiográfica, instituyendo una de las obras historiadoras más sólidas desde José Ingenieros. Durante los dos gobiernos peronistas (1946-1955) Puiggrós y el grupo de militantes expulsados del PC junto a él mantuvieron una independencia organizativa, con la esperanza de desplazar a la dirección partidaria. El golpe de Estado de 1955 terminó con la disidencia comunista encabezada por Puiggrós, quien a pesar de algunos intentos de reorganización, se resignó gradual y lentamente a ser un intelectual adscripto al amplio campo del movimiento peronista. En 1961 se trasladó a México donde trabajó como periodista y profesor en la UNAM. En 1966, retornado a la Argentina, se integró al sector de publicistas de la izquierda nacional y en 1973, con el regreso del peronismo al poder, fue nombrado rector-interventor de la Universidad de Buenos Aires. Entretanto había publicado, revisado y extendido su obra principal del período poscomunista: la Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956). En el contexto del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha peronistas, Puiggrós optó por apoyar a la izquierda armada. En 1974 debió exiliarse en México, donde fue nuevamente periodista y profesor, pero continuó actuando políticamente, ahora adscripto a la organización Montoneros, donde militó los últimos años de su vida. Puiggrós se había convertido en una referencia intelectual entre la izquierda argentina, y era reconocido también por los sectores revolucionarios en toda América Latina. El gran tema de su vida fue cómo articular la voluntad nacional y popular con la revolución social.

Puiggrós y el comunismo

Hijo de un inmigrante catalán que había logrado una próspera posición social, entre 1925 y 1926 Puiggrós realizó una estadía en Inglaterra y Francia. En 1926 retornó a la Argentina, dispuesto a ser un escritor de izquierdas. Por entonces, el gobierno nacional estaba en manos del radicalismo, y en 1928 Hipólito Yrigoyen iniciaría su segundo mandato revalidado por una amplia victoria electoral.

Puiggrós comenzó a publicar sus artículos primeros en la revista socialista Claridad. ¿Cuáles eran las primeras convicciones que forjaron su voluntad de revolución? Un primer rasgo ideológico que aparecía era un entusiasmo por la idea romántica de “grande hombre”, que un Puiggrós apuntalado en Carlyle contraponía a un K. Marx, a quien sin embargo no atacaba (R. Del Plata -seudónimo-: 1927 [1]). Dos años más tarde enunciaba su admiración por los líderes de multitudes como principio histórico que estaba destinado a contradecir al marxismo, para el cual los individuos eran reducibles a fuerzas más fundamentales: “El comienzo y la terminación de los grandes ciclos históricos”, aseguraba, “son marcados por el nacimiento de esos hombres singulares y por la confianza ilimitada que las masas depositan en ello.” (R. del Plata -seudónimo-: 1929).

Precisamente en esos años se preguntaba si habría que creer en un hombre que promete el desarrollo económico o el que atrae con “la fuerza irresistible del temperamento”. Desde temprano la espera del caudillo atravesó su deseo de cambio social.

El denuesto del clericalismo aparecía en referencia a la campaña contrarrevolucionaria del catolicismo mexicano en los años ’20. Llamaba a éste un “rebaño negro, con ese celo que acostumbra poner al servicio de causas bajas” (R. Del Plata -seudónimo-: 1927 [2]). La denuncia del militarismo de Leopoldo Lugones, a su vez, contrariaba el conservatismo paterno que iba a recibir con alivio el golpe de Estado de J. F. Uriburu. Puiggrós no reprochaba a Lugones las loas al heroísmo, pues la figura del héroe de Carlyle era una inclinación muy suya. El error de Lugones era el de confundir al héroe dirigente de multitudes con el militar, que constituía su antítesis.

Puiggrós no fue indiferente al conflicto generacional que sus inclinaciones suscitaban en el núcleo familiar. Incluso la faena de la escritura en la que hacía sus primeras armas estaba condicionaba por el peso de la primogenitura burguesa. En las últimas semanas de su estadía en París, desde mayo de 1926 hasta diciembre del mismo año, ya en la ciudad de Buenos Aires, completó el primer libro que se publicó con el seudónimo de Rodolfo del Plata: La locura de Nirvo. Esa novela condensaba dos tendencias. La más patente era la rebelión antiburguesa, acuñada en un cóctel ideológico donde terciaban un vago nietzcheanismo, cierto bolchevismo y un anarquismo genérico como el que describía Salvadora Medina Onrubia en sus relatos contemporáneos. La otra veta del libro la componía la culpa de Nirvo por malograr las expectativas maternas y paternas (que no eran exactamente las mismas). Ambos aspectos revelaban las tensiones generacionales que acosaban al joven autor. El libro no fue bien recibido por la crítica. José Bianco publicó en Nosotros una reseña devastadora. Puiggrós no insistió con la actividad literaria.

En 1928 se afilió al Partido Comunista, pero no se ajustó a las exigencias de un partido leninista hasta 1931, cuando retornó a Buenos Aires tras unos años en la ciudad de Rosario, donde trabajó como periodista y militó por la Federación Agraria Argentina. En esos años fortaleció sus ideas antiimperialistas, en artículos enviados a la revista Nosotros, pero sobre todo en su publicación Brújula (1930-1931), donde los chacareros aparecían como la base social de una resistencia a los imperialismos que reposaba en un Estado fuerte.

En septiembre de 1930 el gobierno radical fue derribado por los militares. La Federación Agraria se congratuló por el hecho. Aunque Puiggrós no apoyaba al radicalismo, entendió que el golpe de Estado estaba conducido por elementos reaccionarios. Cuando la Federación Agraria se sumó a las simpatías por la fórmula de Agustín P. Justo para las elecciones presidenciales de 1931, Puiggrós se desengañó definitivamente de la radicalidad del movimiento chacarero. Entonces volvió a Buenos Aires y se zambulló en las actividades partidarias comunistas.

Fue secretario de la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE) que se fundó en 1935, y que tuvo importancia en el antifascismo local. En 1938 acometió su primera empresa historiográfica en el seno del PC: la revista Argumentos.

Argumentos surgió como una publicación de investigación y discusión política destinada a ofrecer los resultados más elevados en el conocimiento de la sociedad desde una perspectiva comunista. Su subtítulo era “revista mensual de estudios sociales”. El número uno fue publicado en noviembre de 1938 y el último aparecido, el décimo, en septiembre de 1939. La publicación intentó sostener un costo bajo (cinco pesos la suscripción anual y cincuenta centavos cada ejemplar) y llegó a distribuirse en Uruguay.

En “Nuestros propósitos”, la declaración programática aparecida en primer número, se señalaban los puntos de partida del proyecto. El primero, que urdía una trama con ciertos próceres de la historia nacional, calibraba la búsqueda identitaria: “Qué somos y adonde vamos se ha preguntado y, puestos los ojos en las entrañas sociales de la realidad nacional, ha procurado, al escrutarla, descubrir los secretos que yacen en ella. Moreno y Rivadavia, Alberdi y Sarmiento, Irigoyen y Juan B. Justo, han tratado, en los momentos cruciales de nuestra historia, de hallar los derroteros por dónde guiar a las muchedumbres hacia destinos propios”. El proyecto se reconocía entonces en una historiografía inspirada en la dirección de las multitudes gracias a la iluminación de las élites. Sin embargo la imaginación elitista de lo político pretendía resolver los “problemas básicos y esenciales” que definían el desierto y el latifundio. El desarrollo industrial debía emancipar al país de la ganadería y el monocultivo. De otro modo, temía Argumentos, el argentino estaría condenado a ser un pueblo débil disputado por las fuerzas imperialistas. Para ello proponía el abordaje con pertrecho marxista de la realidad nacional en los tres campos que más tarde serían apropiados por una retórica anticomunista: “ARGUMENTOS se da como programa el estudio de los problemas argentinos, teniendo como norte la libertad económica de la República y en consecuencia su total independencia política y un mayor progreso social”.

En resumen, se trataba de enfrentar a las taras feudales que aquejaban al país, a los imperialismos que lo sojuzgaban, partiendo de las enseñanzas de la tradición liberal enriquecida con un frente teórico que incluía a H. Yrigoyen y a J. B. Justo. Se suponía el rango de país semicolonial y se aspiraba a que una burguesía industrial progresista permitiera superar el tipo de estructura social imperante, con un capitalismo que desarrollara las fuerzas productivas y destruyera los rastros retardatarios en lo cultural y lo social. El razonamiento era manifiestamente economicista: la libertad económica tendría como "consecuencia" la independencia política y el progreso social. El marco nacional aparecía como evidente y naturalizado.

El antiimperialismo se apoyaba en un argumento historicista por el cual todo acontecimiento debía su esencia al tiempo y lugar concretos de su aparición, y no a una regularidad válida para toda condición y contexto. El interlocutor de estas posiciones era el revisionismo rosista, cuya crítica se realiza por lo menos en dos oportunidades (números 1 y 4), pero que sostiene el conjunto del discurso de Argumentos.

La revista cesó en 1939, en parte por dificultades económicas, en parte por la desconfianza de la cúpula del PC ante la relevancia que parecía adquirir Puiggrós. Aunque éste era miembro del Comité Central, nunca logró acceder al Comité Ejecutivo. Sin embargo, 1940 fue un año clave en su trayectoria intelectual porque publicó sus primeros libros historiográficos. Sobre todo apareció De la colonia a la revolución, el estudio que organizaría buena parte de la agenda historiadora de las izquierdas en la Argentina del resto del siglo.

Su tesis central decía que el capital comercial que emprendió la navegación en busca del camino a las Indias Orientales tendió el puente por el cual el feudalismo español se transplantó a América (Puiggrós: 1949). La naciente burguesía española había sido sometida en el campo de batalla, y a partir de entonces el poder real contuvo todo cambio progresivo (la valoración de la historia de España en nuestro autor se basaba en la recuperación de sus momentos progresistas, y no de una tradición homogénea distinguible). Los conquistadores españoles trasladaron sus deseos de señorío y de imposición de servidumbre. Los ingleses del Mayflower, en cambio, habrían portado los “gérmenes” del desarrollo capitalista (Puiggrós: 1949: 22).

Así las cosas, las consecuencias políticas del juicio histórico eran harto evidentes cuando agregaba que el estado de situación era básicamente el mismo de la actualidad. “La unidad social que se conoce con el nombre de República Argentina muestra aun hoy en su estructura los rasgos inconfundiblemente feudales que le imprimieron, hace cerca de cuatrocientos años, los conquistadores españoles” (Puiggrós: 1949: 23) -el subrayado es mío-. El feudalismo se habría trastocado en la combinación de latifundio y monopolio extranjero, los verdaderos enemigos de la nación. Ambos males, aclaraba, “representan, en las condiciones actuales, los obstáculos que los revolucionarios de 1810 debieron vencer para independizar la Nación y colocarla en el camino de su progreso” (Puiggrós: 1940: 41-42).

El programa de mayo fracasó porque no había una clase social que pudiera llevar adelante la revolución democrática esbozada por Moreno. Apelando al concepto acuñado por Stalin, se podría decir que con las relaciones sociales feudales no estaban dadas las condiciones para el nacimiento de una nación (Puiggrós: 1949: 213). Si la lucha durante las invasiones inglesas había consolidado las energías criollas y solidificado el sentimiento de la nacionalidad, sería idealista creer que entonces estaba constituida la nación. Las élites no pueden realizar el cambio histórico sin el apoyo de una clase revolucionaria, una transformación que los caudillos, ligados aun al pasado retrógrado, no querían ni podían lograr. Pero esto es incoherente con el leninismo, para el que una férrea organización de cuadros teóricamente firmes y disciplinados puede realizar una revolución siempre que sea necesaria. La vacilación de Puiggrós entre las élites ilustradas, los caudillos y las masas era incompatible con la imaginación organizativa del PC.

El concepto central que se articula con el de nación es el de progreso. En efecto, la consolidación de la nación equivale al desarrollo progresivo de su economía, con el surgimiento de clases igualmente pertenecientes a estadios históricos superiores. La destrucción de las economías regionales no se realizó por la implantación de un capitalismo moderno, que a Puiggrós le parecía beneficiosa a largo plazo, sino a través de la introducción de mercaderías extranjeras que no fomentaban nuevas y superiores relaciones sociales, ni aumentaban la productividad. La defensa del modo de vida anterior se convirtió en una bandera de lucha y resistencia, pero no alcanzaba a ofrecer una salida progresiva.

La comprensión del vínculo entre nación y progreso era también mejor establecida a través de la apelación a una elaboración staliniana. En efecto, Stalin había codificado en 1938, en su artículo “Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico”, una teoría de la historia que organizaba las sociedades en una secuencia predeterminada de modos de producción. Las ambivalencias del “modo de producción” en la obra de Marx eran ordenadas con un vigoroso determinismo económico que hacía del mismo el núcleo de toda la vida social. Con el agregado de la serie de los cinco modos, la teoría de la sociedad se trocaba en explicación del sentido de la historia. En conclusión, Stalin proveyó no solamente un concepto de nación que articulaba la “liberación nacional” con una aspiración al desarrollo de las fuerzas productivas, sino también de una visión unitaria de la realidad.

Puiggrós sostenía, bajo esta herencia, una filosofía de la historia detrás del esquema marxista de la sucesión de los modos de producción. Según aquella, el desarrollo del capitalismo se realizaba mundialmente, pero de una manera desigual. Las naciones eran los marcos en los cuales se declinaban las peripecias del desarrollo económico, implicando relaciones desiguales entre países más y menos capitalistas. Esta división del mundo se correspondía con el nivel de consolidación del estado nacional. Siguiendo la definición de Stalin, la formación de una nación no tenía su basamento en el lenguaje o las tradiciones, según era corriente en el romanticismo decimonónico que había impulsado el nacionalismo luego de la Revolución Francesa.

La condición para la formación de una nación implicaba al mismo tiempo su independencia de todo lazo colonial o imperialista. Las fronteras nacionales que definían cada Estado-nación eran consideradas -sin crítica alguna- como el espacio obvio del desarrollo de las relaciones sociales. La noción de imperialismo no enunciaba un sistema mundial gobernado por la búsqueda de beneficios económicos, sino una competencia por la dominación entre naciones desigualmente desarrolladas. A partir de entonces, el deslizamiento de la “liberación nacional” a la “contradicción principal” con el imperialismo, y de allí al nacionalismo, se realizaba como una consecuencia implacable.

La situación de colonia o semicolonia suponía una limitación para la nación, pues si ésta se definía por la posesión de un mercado nacional complejo y una potencia productiva que asegurara la autonomía relativa en el concierto de las naciones, la dependencia política o económica lesionaba a la nación en sí. La reivindicación nacionalista era abierta en el PC, no se consideraba necesariamente incompatible con el internacionalismo y el periódico Orientación afirmaba: "He ahí en qué sentido nosotros somos nacionalistas [...] Un nacionalismo que recoge lo más profundamente particular de nuestro pasado y que conviviendo fraternalmente con todos los otros pueblos en un mundo que es cada vez más internacional y único, aspira en primer lugar a la grandeza, a la prosperidad y a la felicidad del pueblo argentino y de esta manera, a contribuir a la paz y al progreso incesante de toda la humanidad [...] Lo nacional y lo internacional en la evolución histórica argentina" (Orientación, 24-5-39).

Frente a las representaciones de la formación de la nación argentina (la defendida de Mitre y la sostenida por la escuela constitucionalista, es decir, aquella de la preexistencia de la nación a 1853 y aquella contractualista), la perspectiva comunista que defendía Puiggrós se destacaba por proponer una versión muy distinta: la nacionalidad asoma su faz a través de un cierto grado de transformación económica. No habría nación antes de la consumación de la revolución democrático-burguesa.

En ese mismo año, 1940, aparecieron dos libritos: A 130 años de la revolución de Mayo y La herencia que Rosas dejó al país (desarrollado tres años más tarde y publicado como Rosas, el pequeño). En ellos se elaboraba la reivindicación jacobina de mayo de 1810 en el sentido “democrático-burgués” indicado y, en el segundo, se combatía al rosismo al subrayar su carácter reaccionario y feudal.

Pero la articulación entre el nacionalismo antiimperialista y las erráticas directivas del PC alineado con Moscú acosaba cada vez más agudamente a Puiggrós. Quizás cuando más dramáticamente se observen las torsiones del historiador en crisis sea entre 1941 y 1942, ese año que dista entre la publicación de Mariano Moreno y la revolución democrática argentina y su versión ampliada, Los caudillos de la revolución de mayo. En la primera obra, una comprensión elitista era la única alternativa a la inexistencia de una clase revolucionaria que realizara las “tareas” de la revolución democrática. Los caudillos, al enfrentarse ciegamente contra los intentos emancipatorios de Moreno y la juventud jacobina e ilustrada, llevaron la revolución a un punto muerto. Entonces, la disputa y la asociación entre la burguesía comercial y la clase terrateniente definirían los términos del fracaso de los proyectos de mayo de 1810. No existía un espacio para repensar la irrupción de las montoneras y de los caudillos.

Con el título de Los caudillos de la revolución de mayo, Puiggrós reformuló el juicio sobre las montoneras. La alteración del nombre del volumen es por demás significativa, tanto como para encerrar el sentido del cambio que estaba en ciernes. Si bien en el prólogo se reiteraban los basamentos previos, es decir, que la revolución democrático burguesa no puede completarse sin la participación activa y dirigente de la clase obrera y que la derrota de Rosas acompañada por la Constitución de 1853 reabría el cauce esbozado en 1810, la reivindicación de Artigas que el libro no ocultaba, cruzaba como un chicoteo la cadencia conocida del horizonte liberal-ilustrado de la versión de 1941.

El giro no fue total. El papel central de Moreno no fue eliminado, pero la urgencia de explicar la capacidad de movilización de Artigas debía conmover, en el nivel narrativo pero también explicativo, el ordenamiento del argumento. No había, subrayemos, una predilección desembozada por los caudillos, pues persistía la imposibilidad de construir un orden progresivo alternativo (el gran relato del progreso nunca moriría en Puiggrós). Fundamentalmente, la atención a las montoneras distanciaba la recuperación de los caudillos que podía verse en los trabajos de Emilio Ravignani, Diego Luis Molinari, José María Rosa y en general en el rosismo. Este reparo no evitó la hostilidad que el dirigente más influyente del PC, V. Codovilla, mostró hacia Los caudillos de la revolución de mayo.

La “revolución nacional”

La militancia sindical y barrial comunista mantenía una presencia importante en ciertos gremios y en algunas localidades, pero no lograra consolidar una inserción del Partido entre las masas. En 1943 las huestes comunistas habían sido fieramente perseguidas por el nuevo gobierno militar. Pero pronto se destacó en el gobierno castrense un coronel que proponía una alianza del movimiento obrero no comunista ni socialista y el Estado. El PC, entendiendo que se trataba de un ensayo de fascismo local, combatió al naciente poder del coronel Juan D. Perón como si se tratara de un episodio de la contienda mundial entre “democracia” y “fascismo”.

Un grupo de ferroviarios del barrio porteño de Constitución ofreció lucha en el seno del PC para modificar la política hacia Perón, pero no fueron escuchados. Luego de la victoria electoral de Perón en 1946, las contradicciones internas al PC se agudizaron y en el XI Congreso ocurrido en agosto de ese año, la expulsión de los ferroviarios estaba decidida. Puiggrós también fue exonerado, pues compartía las posiciones disidentes.

Entre 1947 y 1949 este sector de comunistas intentó forzar la realización de un Congreso Extraordinario para discutir la línea política de la cúpula del Partido. Al mismo tiempo, a través de su periódico Clase Obrera, comenzaron a desarrollar sus posiciones respecto a la “revolución nacional” peronista. Pero fracasaron en desplazar a la dirección del PC y nunca fueron realmente aceptados como izquierdistas críticos pero no hostiles al gobierno “popular”.

Una de las experiencias más significativas de la década peronista para Puiggrós fue la participación en el Instituto de Estudios Económicos y Sociales que dirigía el socialista simpatizante del peronismo Juan Unamuno. El IEES fue el antecedente del Partido Socialista de la Revolución Nacional, en el que el Movimiento Obrero Comunista (nombre que adoptó el grupo de comunistas ligados a Puiggrós en 1950) no creyó oportuno participar. La ideología del MOC, hasta su desgranamiento en 1955, fue el marxismo-leninismo-stalinismo.

La obra que condensó las reflexiones de Puiggrós en estos años fue publicada luego del derrocamiento de Perón por un golpe militar en 1955. La Historia crítica de los partidos políticos argentinos apareció en 1956. Con ella Puiggrós ingresaba en pleno en el horizonte bibliográfico de lo que se conoció contemporáneamente como la “izquierda nacional”. Fue una prolongada respuesta a su ruptura con el PC y al mismo tiempo una genealogía de las alternativas de la política contemporánea. Más que lo concretamente indicado en su título, se trata de un ajuste de cuentas con la historia de las izquierdas en la Argentina. Se inscribía así en un clima de época de autocrítica de una izquierda que tramitaba la expansión del nacionalpopulismo. Fue la narración de una profecía que contribuía a realizar: el peronismo era el vector ineludible de la revolución posible.

Numerosos de los rasgos de su concepción histórica previa persisten en la Historia crítica. Otros, en cambio, fueron abandonados. Por fin, nuevas modulaciones se perciben en la medida en que la causalidad histórica vigente en De la colonia a la revolución cedió paso a la lucha ideológica entre proyectos nacionales y proyectos cosmopolitas. La historia económica y social intentada en la etapa de militancia en el PC viró hacia una historia de las ideologías. Si antes la realidad histórica reconocía en la economía una base, en lo político una primera superestructura, y en el resto del sistema ideológico una segunda napa, mucho más mediada respecto al núcleo duro del tándem entre relaciones de producción y nación, ahora la necesidad de desarrollar las potencialidades nacionales reconocía la eficacia de lo político-ideológico en primer término. En este sentido, se trataba de una narración que yuxtaponía lo económico, lo social y lo ideológico, sin investigar sus conexiones raigales y las dinámicas de sus autonomías; no era, estrictamente, un libro marxista sino por sus declaraciones teóricas más generales. En buena medida esa nervadura teórica que lo distinguía de De la colonia a la revolución lo hizo, para sorpresa del propio Puiggrós, perfectamente legible para los sectores nacionalistas y peronistas.

Con la Historia crítica, Puiggrós se plegaba a la gran narrativa enunciada por el revisionismo histórico de los años 30: nación e imperialismo. La dicotomía entre dos líneas históricas ya estaba presente en el radicalismo. Su vertiente yrigoyenista era la más proclive a construir un relato de oposiciones nacional-populares vs. antinacionales-imperialistas. Dicha organización del campo ideológico rodeó la conformación de FORJA, aunque no prosperó como grand récit hasta la apropiación por parte del revisionismo durante la última fase de la primera década peronista. Las contribuciones historiográficas de Emilio Ravignani estaban demasiado ligadas a un liberalismo imaginario para cobijar un revisionismo coherente que sus preocupaciones archivísticas hacían posible. Incluso Ravignani estaba mejor pertrechado que sus adversarios derechistas (Vicente Sierra o Julio Irazusta) para acometer la tarea. Una contribución suya a la contrahistoria revisionista no solamente estaba prohibida por sus simpatías "alvearistas" para las que el rosismo era una calamidad. También su condición eminente entre las filas de la Nueva Escuela Histórica lo prevenía de acopiar una munición tan pesada en el arsenal revisionista que impugnaba el proyecto historiográfico con el que estaba identificado.

Ernesto Palacio en su Historia argentina de 1954 intentó articular narrativamente una transacción entre el pasado dividido y el devenir global de la historia nacional. Su fracaso era evidente en la medida en que no lograba inscribir al peronismo en la estructura temporal que ordenaba la totalidad histórica. Aunque en sus primeras versiones, los textos fundamentales de Puiggrós y de su competidor del trotskismo nacionalista, Jorge A. Ramos, no alcanzaran a interesar completamente al peronismo en el relato, no hacía falta más que compartir el lenguaje de la época para comprender que era el antagonismo destilado por dicho movimiento el que mordía la fibra más íntima de la historia.

La Historia crítica selló una ruptura con ciertas fuentes de autoridad anteriores. Ya no se citaba como reservorio de interpretaciones o datos a V. F. López, B. Mitre o su traductor de izquierda: J. Ingenieros. “No es posible ser, a la vez discípulo de Ingenieros y de Marx”, aseguraba Puiggrós (1986: I-20). Consumaba de tal manera el juicio sobre la narrativa ingenieriana de la que debía dar cuenta toda historiografía de izquierda hasta 1955.

Lo más original del herramental teórico residía en la consolidación de la distinción entre causas externas y causas internas (en De la colonia a la revolución, 1940, el distingo operaba con menos énfasis que en 1956, cuando se hizo testimonio de la nacionalización de su grilla historiográfica). Con tal elaboración Puiggrós instituía su lugar específico respecto al revisionismo de izquierdas, y marcaba diferencias sustanciales con los herederos radicalizados de los hermanos Irazusta. Para ellos los acontecimientos de la nación argentina o latinoamericana estarían básicamente determinados por las políticas exteriores.

Para Puiggrós la conquista española y el ingreso del capitalismo eran procesos decisivos, pero muy pronto el drama nacional adquirió una dialéctica donde lo fundamental se resolvía en el interior del espacio americano y luego argentino. En discrepancia con Ernesto Palacio, para quien la historia argentina no se distinguía de la española, oponía una autonomía de causas y del poder peninsular. Aun luego de 1880, es decir, inaugurada la época imperialista según la periodización sugerida por Lenin en 1915, las causas internas no dejaron de ser las críticas (Puiggrós: 1956: 74).

La diferenciación entre tipos de causas –creía- posibilitaba evadir al fatalismo revolucionario de la ultraizquierda y el conservatismo de la derecha. El “infantilismo izquierdista” y los rosistas erraban en su caracterización de la Argentina como una mera colonia británica, como si la penetración capitalista hubiera operado sin resistencias. Este planteo “mecánico” disolvería la contradicción permanente que existió entre la “causa interna” del desarrollo nacional y la “causa externa” de la intervención imperialista. Puiggrós sostenía que si las causas externas de la era del imperialismo obtenían su eficacia a través de las internas, con ello también se presentaban tendencias interiores que propendían al “autodesarrollo” y, por ende, a la liberación nacional (Puiggrós: 1956: 75).

El privilegio otorgado a las causas internas, la enseñanza mayor que extraía de la historia de las izquierdas en la Argentina, formaba parte del sentido común de los sectores políticos nacionalistas y peronistas. Sería después retomada como un instrumento de crítica entre los sectores de la izquierda juvenil peronista y la guerrilla trotskista.

La “base material” de toda la explicación, la definición que seguía actuando desde años atrás, era la condición de “semicolonia” que caracterizaba a la formación económico-social argentina. Esa situación condicionaba el tipo de desarrollo deseable y los programas políticos adecuados para neutralizar el estancamiento de las fuerzas productivas, típicas de la “deformación” o “pseudo-industrialización” impuesta por el imperialismo y sostenida (como causa interna) por las oligarquías y los sectores llamados antinacionales. Estas fuerzas frenarían lo que en el objetivismo del proceso histórico mencionado sería una “tendencia natural al desarrollo de la estructura socioeconómica” (Puiggrós: 1956: 42). Más aun, en oposición a la concepción marxiana de que las crisis son el estado “normal” del capitalismo, en Puiggrós la política económica promovida por los sectores ganaderos e importadores prefiere dilapidar los ingresos o depositarlos en bancos extranjeros “antes de tolerar un armónico e integral autodesarrollo económico que destruya privilegios derivados del atraso y de la dependencia del país” (Puiggrós: 1956: 19 -el subrayado es mío-).

La Historia crítica no se inscribe en el revisionismo rosista cuyos representantes, salvo excepciones, hacia 1955 se habían distanciado del gobierno peronista en su enfrentamiento con la iglesia católica (Palacio, Gálvez) o lo habían desdeñado desde el principio (J. Irazusta). Por el contrario, proponía construir, al mismo tiempo que lo hacían otros autores, una contrahistoria que se hiciera fuente de enseñanzas del movimiento popular prohibido. La demarcación más neta con el revisionismo conservador consistía en que para Puiggrós la figura de Rosas seguía siendo negativa, y no lo consagraba como un antecedente de Perón.

En la construcción de una línea nacional y popular siempre incomprendida por los partidos marxistas, Puiggrós acentuaba los rasgos progresivos de los gobiernos del líder radical, sin discutir el significado de medidas antiobreras draconianas como las adoptadas en la Semana Trágica y en los eventos de la Patagonia de comienzos de los años 20.

Saltando diestramente sobre la etapa que media entre la caída de Rosas y la crisis del roquismo, Puiggrós se abocaba muy pronto a relatar los acontecimientos de la "revolución del 90". Esto se debe a que la definición de semicolonia presentaba un ordenamiento de la economía y la política que hacía prescindible y aun superflua una investigación de la introducción profunda de las relaciones de producción capitalistas luego de 1853. La deformación que correspondía a la "colonización capitalista" eliminaba el análisis de las transformaciones tecnológicas, el desarrollo agrario, en fin, eliminaba la pertinencia de una historia económica rigurosa.

Sin embargo, la evolución económica de ese período no investigado modificaba las representaciones imperantes antes de 1945. Luego de la caída de Rosas se verificó un tipo de desarrollo capitalista que doblegó el carácter feudal de la economía. No se podía ya limitar el relato a encontrar las élites lúcidas y jacobinas (como en mayo de 1810), o bien historicistas y progresistas (como en 1837), sino que se imponía destacar agentes del cambio en caudillos populares, clases sociales modernas, y presiones imperialistas.

La historia de la Historia crítica se nacionalizaba al flexionar las causas externas a través de la internas. En esa deriva entre unas y otras la eficacia del mercado capitalista mundial se resolvía como “imperialismo”. Las alternativas de la narración se desentendían de una inserción en los condicionamientos mundiales, explicando los acontecimientos por la consecuencia o vacilación de las burguesías, pequeñas-buguesías u organizaciones políticas interiores a las fronteras. Así las cosas, las ondas de industrialización se entendían como proyectos concientes de la burguesía antes que como la articulación entre procesos mundiales y estrategias de obtención de beneficios locales.

El grueso de la obra era una extensa presentación de los “errores” y “traiciones” del Partido Socialista y del Partido Comunista, los cuales no comprendieron las tareas revolucionarias en un país semi-colonial pues estaban aprisionados por las causas externas: el PS por su admiración liberal de las naciones capitalistas avanzadas que servían como modelos de progreso (como el librecambismo que no practicaban), y el PC por adoptar los dictados de la Unión Soviética como la verdad absoluta y la base de una política carente de base real. Producto de una ruptura aun no completamente simbolizada, la figura de V. Codovilla resumía los males comunistas, y aun sirve como causa interna que permitía sostener una admiración por la URSS que Puiggrós nunca abandonaría.

La explicación externa de los desatinos de la izquierda, sin embargo, se resolvía a través del expediente de una más honda causa interna: su composición pequeño-burguesa. Derivada de la inmigración de los años bisagra entre los siglos XIX y XX, las formaciones organizadas de las izquierdas hallaban en su pertenencia social a un sector extraño a las tradiciones nacionales el origen de su incurable simulación ideológica.

La primera edición de la Historia crítica extendía el relato hasta el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Se comprende: estaba legalmente prohibido mencionar al “tirano prófugo”. Una década más tarde Puiggrós amplió la narración; en El peronismo, sus causas (1969), agregó una discusión sobre el movimiento liderado por Perón. También allí eran los errores de Codovilla y R. Ghioldi los que sostenían el relato, donde el peronismo era recortado de las incomprensiones y traiciones del comunismo oficial, antes que adoptado como un tema de investigación.

En 1958, instalado el gobierno de Arturo Frondizi, se modificaron las condiciones políticas y apareció El proletariado en la revolución nacional. El volumen es importante en la biografía de Puiggrós porque señaló la consolidación de una representación del peronismo pero, más importante aun, proveyó una imagen de su líder, que persistiría con la fuerza de la convicción. “Ningún gobernante argentino- aseguraba- experimentó tan profundamente la influencia de las masas, Perón fue el instrumento de las masas trabajadoras para realizar objetivos propios en una sociedad con su estructura arcaica estancada” (Puiggrós: 1958: 86 -el subrayado es mío-). Al contrario de los relatos del 17 de octubre difundidos por el gobierno peronista en su momento, Puiggrós, como otros autores nacionalistas-marxistas, invertían el sentido de la narración y acentuaban la actuación espontánea de las masas obreras.

La clave de la lectura residía en la afirmación de que Perón hace lo que el pueblo quiere, repitiendo un dicho difundido por el gobierno luego de que el envío de tropas a Corea fuera rechazado en una manifestación pública. Más aun: “Perón es, en realidad, una parte del proceso o, mejor dicho, un producto del proceso, un instrumento del proceso” (Puiggrós: 1958: 168). Nuestro autor criticaba la noción de bonapartismo, a la que califica de "dudosa exactitud histórica", y cita aprobatoriamente al propio líder cuando dijo que “es el movimiento obrero el que nos maneja a nosotros” (1958: 104).

 El objetivismo de cierto marxismo funcionaba aquí como explicación de un proceso infalible de desarrollo de las fuerzas productivas y aumento de la conciencia de las masas que llevaría a un fin necesario del capitalismo. Puiggrós no cejó de repetir que el capitalismo estaba en su etapa final, que su agonía estaba próxima a finalizar.

La industrialización en los países periféricos no podría hacerse, sostenía, sin implicar la socialización de las empresas. Por ejemplo, era imprescindible el desarrollo de la industria pesada y la explotación de minerales a través del Estado. Compartía en este criterio una no siempre dicha convicción de las izquierdas según la cual estatización se aproximaba a la socialización. Este crecimiento sería parte del proceso de liberación y las fuerzas armadas, defensoras de los intereses nacionales, incubarían en su seno tendencias proteccionistas y revolucionarias, abandonando sus orígenes liberales para abrazar el nacionalismo popular.

La enseñanza más importante que la Historia crítica de la década del 60 debía demostrar era doble. En primer lugar, que la militancia revolucionaria no se podía hacer desde una exterioridad radical del movimiento peronista pensado como un frente de fuerzas nacionales. En segundo lugar, que la identificación absoluta con el movimiento y su líder poseía límites infranqueables sin una alteración de los rasgos ideológicos burgueses o burocratizantes. El fracaso del régimen en perpetuarse en el poder se debió a las deficiencias de su programa político, es decir, a la falta de una teoría revolucionaria como guía de la voluntad de transformación. Era imprescindible un teórico marxista, o una élite diestra en el conocimiento de la realidad y en su comprensión teóricamente fundamentada, para que el líder -cuya supremacía no se cuestionaba- realizara las tareas que las masas exigían. Esta era exactamente la misma conclusión a la que arribaba Jorge Abelardo Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina. En ambos casos, desde luego, los autores aparecían como los portadores de la claridad política que faltaba al líder carismático y que la clase obrera por sí misma no podía desplegar.

Por motivos económicos, Puiggrós vivió en México entre 1961 y 1965. A principios de 1966 no le fue renovada la visa y tuvo que permanecer en la Argentina. Intentó por esos años estructurar un grupo ideológico y militante con el nombre de Club “Argentina 66” que promovió el “Nacionalismo Popular Revolucionario”, que sería la doctrina que necesitaba el peronismo que se mantenía entre el exilio del líder y el amor de las masas proletarias. Sin embargo, el proyecto fracasó pues el conductor tenía sus ideas propias, y la conflictividad social argentina se resolvía más allá de las querellas ideológicas de grupos independientes. En esos años Puiggrós reescribió y publicó por separado las partes que compusieron la Historia crítica (confrontar la bibliografía infra). Sus puntos de vista fundamentales no sufrieron alteraciones graves.

En 1973 el peronismo volvió al poder con la presidencia de Héctor J. Cámpora. Entonces Puiggrós, con el apoyo de la izquierda peronista y el movimiento estudiantil, fue nombrado rector interventor de la Universidad de Buenos Aires. Su gestión se extendió entre el 29 de mayo y el 2 de octubre de 1973. Puiggrós impulsó un conjunto muy extenso de medidas destinadas a incluir a la universidad en el proceso de “liberación nacional” reiniciado luego de 18 años de proscripción del peronismo.

El regreso de Perón al poder, cuatro meses después de la asunción de Cámpora, canceló su participación en las instituciones, pues ello implicaba el desplazamiento de toda la izquierda peronista a favor de los sectores verticalistas del movimiento. El clima era de extrema tensión, y luego de la muerte de Perón en julio de 1974 los grupos parapoliciales de la derecha peronista y las organizaciones armadas de la izquierda peronista y no peronista se enfrentaron abiertamente. A fines de septiembre de ese año Puiggrós tuvo que exiliarse en México.

Allí se integró a los sectores exiliados, encuadrándose en Montoneros, la organización armada en la que combatía su hijo Sergio, que sería asesinado por las Fuerzas Armadas en 1976. Puiggrós volvió a trabajar como periodista en El Día y como profesor en la UNAM, como en los años 60. Su tarea fundamental era, sin embargo, la que desempeñaba en el Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino (COSPA) que estuvo pronto identificado con la guerrilla peronista montonera. Con la afluencia de nuevos grupos de exiliados una vez ocurrido el golpe militar de 1976, surgieron diferencias entre las distintas vertientes políticas, e incluso en el seno de los sectores peronistas. La preocupación principal del último Puiggrós fue la denuncia de las atrocidades de la dictadura argentina y el apoyo a las luchas populares que se producían en América Latina, y especialmente en Centroamérica.

Puiggrós falleció en Cuba, en noviembre de 1980. Su salud estaba resentida por la diabetes y el dolor producido por la muerte prematura de su hijo. Se le tributaron numerosos homenajes en el exterior. Sus cenizas serían trasladadas a la Argentina en 1987.

Coda

El gran tema de toda la obra y actuación de Puiggrós fue la forja de un entronque entre la voluntad nacional-popular que cohesionara lo social y la revolución que instituyera un nuevo mundo. En el período comunista, el nacionalismo no estuvo ausente entre sus herramientas discursivas, pero estaba sitiado por la sujeción del Partido a las políticas más generales de la Comintern. Por otra parte, la debilidad de los partidos marxistas para construir hegemonía y realizar una “reforma moral” de la sociedad civil obstaculizaban la masificación del movimiento revolucionario. Frente a esa impotencia, se situó la imposibilidad de transformar una ideología nacional y popular como el peronismo en la antesala del socialismo.

Puiggrós supo en 1945 que la peronización de la clase obrera era el punto de partida de toda política revolucionaria. La comprensión historiográfica también debía recuperar los movimientos de masa que habían enfrentado al imperialismo, incluso si sus banderas no eran socialistas. Puiggrós comprendió en 1955 que fuera del movimiento peronista no era posible actuar eficazmente. No se adscribió totalmente al peronismo sino hasta 1972 en que decidió afiliarse. Nunca abandonó su marxismo, si bien cuando fue funcionario universitario tuvo que eludir una clasificación que lo debilitaba frente a las fuerzas derechistas hostiles. Tampoco fue un peronista tout court: más bien prefería llamarse un peronólogo.

Como historiador forjó algunas narraciones sumamente eficaces en los debates culturales y políticos entre 1940 y 1980. Con De la colonia a la revolución organizó el problema de la nación y el mercado, que vertebró las discusiones posteriores de la historiografía de izquierda; con la Historia crítica de los partidos políticos, estableció un relato de los fracasos de la izquierda “antinacional”. Gran polemista y revolucionario inclaudicable, se encontró varado entre la impotencia y la imposibilidad referidas. Pero eso no impidió que participara activamente en las luchas del conflictivo siglo XX argentino que le tocó vivir. Hacia el final de su vida proyectaba escribir un último libro, autobiográfico, que se titularía El hijo del inmigrante. En esa narración de la que quedaron sólo algunas pocas notas, recorrería décadas apasionadas, trágicas, e inolvidables.

 

Bibliografía de obras citadas

  • Abelardo Ramos, Jorge. Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Buenos Aires: Amerindia, 1957.

  • Palacio, E. Historia de la Argentina. Buenos Aires: Peña Lillo, 1975 [1ª. ed. 1954).

  • Puiggrós Rodolfo (seudónimo: R. del Plata). "Constantin Derchawin". Claridad 136 (1927).

  • ______. "Keyserling en idea y en persona". Nosotros 241(1929).

  • ______. "México y los curas". Claridad 147 (1927).

  • Puiggrós Rodolfo. Argumentos 1 (1938).

  • ______. De la colonia a la revolución. Buenos Aires: Partenón, 1949.

  • ______. A ciento treinta años de la revolución de Mayo. Buenos Aires: A.I.A.P.E, 1940.

  • ______. "Para Alberdi, el caudillismo era instrumento indispensable". Diario Crítica (25-8-41).

  • ______. Historia crítica de los partidos políticos argentinos. Buenos Aires: Hyspamérica, 1986.

  • ______. El peronismo: sus causas. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1969.

  • ______. El proletariado en la revolución nacional. Buenos Aires: Sudestada, 1968.

  • Sin firma. "Lo nacional y lo internacional en la evolución histórica argentina". Orientación (24-5-39).

 

Bibliografía del autor
(Sólo se indica la primera edición)

  • Puiggrós, Rodolfo. La locura de Nirvo. Buenos Aires: M. Gleizer, 1928

  • ______. A 130 años de la revolución de Mayo. Buenos Aires: A.I.A.P.E, 1940.

  • ______. De la colonia a la revolución. Buenos Aires: A.I.A.P.E, 1940.

  • ______. La herencia que Rosas dejó al país. Buenos Aires: Problemas, 1940.

  • ______. Mariano Moreno y la revolución democrática argentina. Buenos Aires: Problemas, 1941.

  • ______. El pensamiento de Mariano Moreno. Selección y prólogo. Buenos Aires: Lautaro, 1942.

  • ______. Los caudillos de la revolución de mayo. Buenos Aires: Problemas, 1942.

  • ______. Rosas el pequeño. Montevideo, Pueblos Unidos, 1943.

  • ______. Los utopistas. Selección e introducción. Buenos Aires: Futuro, 1945.

  • ______. Los enciclopedistas. Selección e introducción. Buenos Aires: Futuro, 1945.

  • ______. Historia económica del Río de la Plata. Buenos Aires: Futuro, 1945.

  • ______. La época de Mariano Moreno. Buenos Aires: Partenón, 1949.

  • ______. Historia crítica de los partidos políticos argentinos. Buenos Aires: Argumentos, 1956.

  • ______. Libre empresa o nacionalización de la industria de la carne. Buenos Aires: Argumentos, 1957, 2ª ed., 1973.

  • ______. El proletariado en la revolución nacional. Buenos Aires: Trafac, 1958.

  • ______. La España que conquistó al Nuevo Mundo. México, B. Costa-Amic, 1961.

  • ______. Los orígenes de la filosofía. México, B. Costa-Amic, 1962.

  • ______. Génesis y desarrollo del feudalismo. México, Trillas, 1965.

  • ______. Pueblo y oligarquía. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965.

  • ______. El yrigoyenismo. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965.

  • ______. Integración de América Latina. Factores ideológicos y políticos. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965.

  • ______. Juan XXIII y la tradición de la Iglesia. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1966.

  • ______. Las izquierdas y el problema nacional. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1967.

  • ______. Las corrientes filosóficas y el pensamiento político argentino. Buenos Aires: IPEAL, 1968.

  • ______. La democracia fraudulenta. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1968.

  • ______. El peronismo: sus causas. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1969.

  • ______. Argentina entre golpes. Buenos Aires: Carlos Pérez, 1969.

  • ______. América Latina en transición. Buenos Aires: Juárez Editor. 2 vols, 1969.

  • ______. A dónde vamos, argentinos. Buenos Aires: Corregidor, 1972.

  • ______. La Universidad del Pueblo. Buenos Aires: Ediciones de Crisis, 1974.

 

Bibliografía sobre el autor

  • Amaral, Samuel. “Peronismo y marxismo en los años fríos. Rodolfo Puiggrós y el Movimiento Obrero Comunista, 1947-1955”. Investigaciones y Ensayos. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia, 2000.

  • Kohan, Néstor. De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano. Buenos Aires: Biblos, 2000.

  • Plá, Alberto J. Ideología y método en la historiografía. Buenos Aires: Nueva Visión, 1972.

 

Omar Acha
Revisión Técnica: Adrián Celentano
Actualizado, julio 2005

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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