Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"Rodolfo Rivarola ante la condición humana"

Carlos Pérez Zavala
y Osvaldo Prieto

 

Datos biográficos

La galería de intelectuales argentinos de finales del siglo XIX y principios del XX, presenta a la figura de Rodolfo Rivarola entre las más destacadas. Su vasta —y dispersa— producción, reconocida en su momento aunque poco analizada o estudiada en nuestros tiempos, señala uno de los hitos en nuestra historia de las ideas. Significativos fueron los procesos políticos y sociales en el contexto de los cuales transcurrió su larga vida (1857-1942) y que marcaron sus reflexiones vinculadas a escritos políticos, filosóficos y educativos.

Fue el último hombre de la Generación del Ochenta (tal como lo puntualiza uno de los tratadistas de su pensamiento político, Ancarola 1975) y crítico del mismo positivismo imperante en la mayor parte de su vida, a pesar de adherir a esta corriente de pensamiento en algunas facetas de sus reflexiones. Podríamos decir que el Rivarola joven fue en la práctica un hombre del positivismo, corriente de pensamiento que fue matizando en los escritos de su madurez. Tal vez sus reflexiones, antes que reflejar componentes contradictorios, sean producto de una transición; principalmente en lo que respecta a las primeras décadas del siglo XX, etapa en la cual adhiere a ciertos principios kantianos.

El mismo se reconocía discípulo de José Manuel Estrada (1842-1894). En su libro: El maestro José Manuel Estrada, sostenía Rivarola que del primero venía a él su vocación por la democracia y la libertad. Ambos proporcionaron significativos aportes a los estudios políticos en nuestro país.

Queremos puntualizar que nunca Rivarola llegó a sistematizar un pensamiento alternativo; en gran medida fue un hombre, si bien crítico, funcional al proyecto de país de la Generación del Ochenta.

Nuestra perspectiva analítica es crítica como también valorativa respecto a algunos aspectos de su pensamiento político y filosófico; nos diferenciamos de los escritores que se ocuparon de su vida y obra (es el caso del Gerardo Ancarola y de Leopoldo Velazco-1944) quienes valoraron su pensamiento sin detenerse, ya que el caso lo justifica, en ciertas visiones críticas a las proyecciones del mismo. Decimos, en este sentido, (y en nuestro rescate) que partimos de una estrategia orientada a

abandonar la historia necrófila o aséptica —de personajes, sucesos y entelequias— para acceder a un miraje normativo, entendiendo que las expresiones y piezas intelectuales no son entes cerrados en sí mismos sino objetivaciones que van resignificándose conforme a los tiempos (Biagini, Hugo, en Prieto, O. 2002:525).

La de Rodolfo Rivarola fue una inteligencia abarcadora. Su enorme erudición le permitió desarrollar los más variados temas. Pero hay algunas líneas que recorren toda su obra: la preocupación por el hombre en su vida privada y pública, la libertad, la virtud, la educación.

Nacido en Rosario, provincia de Santa Fe, terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Central de Buenos Aires con el título de bachiller (1876), del cual era director José M. Estrada. Años más tarde estudia en la Facultad de Derecho graduándose de abogado (1882), posteriormente de Doctor en Jurisprudencia. Luego de haber sido nombrado juez (en la provincia de Corrientes) regresa a la provincia de Buenos Aires ejerciendo el mismo cargo; después se desempeñó como secretario de la Corte en la ciudad de La Plata, posteriormente en la Fiscalía de la Cámara (1889-1893). Por esta época decide terminar con su carrera judicial (Ancarola señala que ello ocurrió en el contexto de un episodio político en el cual Rivarola defendió la libertad de prensa) para luego dedicarse a la docencia y a la investigación. En estas actividades, a nivel universitario, tuvo significativa presencia; fue profesor de Derecho Civil en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (1894-1901), de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad (1896-1921) y también docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cual llegó a ser Rector (Presidente, 1918-1920) sucediendo en el cargo a su fundador, Joaquín V. González.

La producción de textos en forma de libros, folletos, conferencias publicadas, artículos (de carácter político, educativo y filosófico, de proyecciones nacionales e internacionales), es sustanciosa en Rivarola, como se podrá notar en las fuentes que consignamos al final del presente artículo.

Ideas filosóficas

Como antecedente de la superación del positivismo en Argentina, germinó un desarrollo autónomo de la filosofía, vinculado con la fundación de la Facultad. de Filosofía y Letras de Buenos Aires, en 1896, “que nació positivista, pero cuyo destino sería servir de base al movimiento renovador” (Torchia Estrada 1961: 233).

Los primeros profesores de la flamante Facultad fueron de orientación positivista (Piñero, Matienzo, Bunge, Ingenieros...) Rivarola fue Profesor en la Facultad desde sus inicios, enseñando psicología, como antesala de la filosofía, pero sin apartarse de los modelos naturalistas. El primer indicio de reacción se registra cuando pasa en 1904 a la cátedra de Ética y Metafísica:

La significación de Rivarola en este sentido reside en la difusión que dio al pensamiento kantiano. La vuelta a Kant fue una de las vías de salida al cerco positivista (Torchia Estrada 1961: 240).

Era “un Kant a la defensiva”, como ha señalado Luis Juan Guerrero; las armas venían de Francia, especialmente de Fouillée, comprometido en una lucha contra el “amoralismo”. Pero, como consta en sus cursos de la época, a la par de Kant, enseñó también Spencer. Hay que buscar en Rivarola más una orientación que una doctrina filosófica. Pero ya era mucho afirmar en ese clima el valor de la filosofía (Torchia Estrada 1961: 242).

No fue Rivarola estrictamente un filósofo. No creó una doctrina filosófica original. No se dedicó estrictamente a meditar los grandes problemas del orden especulativo. (Guerrero 1945: XI).

Este juicio coincide con el de Torchia Estrada quien afirma: “Rivarola, que inicia la renovación, casi no elaboró ideas filosóficas propias” (Torchia Estrada 1961: 240).

A nuestro juicio, no es tan decisiva en un filósofo (ni tan fácil) la originalidad, pero en Rivarola se advierte que su formación filosófica es el producto de lecturas de una mente despierta más que el resultado de una investigación ordenada. Se echa de menos un tratamiento profundo de los mismos problemas, si bien ellos han sido brillantemente avizorados por nuestro autor.

Su mérito consistió en haber introducido, dentro de la modalidad imperante del positivismo: “un sentido de ponderación y crítica, que faltaba. [...] en una época de escasa densidad especulativa y en un ambiente saturado de rápidos progresos técnicos” (Guerrero 1945: XI). Se mostró cauto frente a la uniformidad de los métodos científicos. Aún “la vía fecunda y profundamente científica de la experimentación conducía, a su juicio a frecuentes errores” (Guerrero 1945: XII).

Su espíritu crítico se manifiesta cuando sostiene que tenemos muchas ideas o juicios adquiridos sin examen (Rivarola 1916: 8). Si uno pone todo su esfuerzo en no apartarse del dogma, será un espíritu religioso, pero “no apto para las investigaciones filosóficas” (1916: 9).

Consideraba, por otro lado, que los prejuicios irreligiosos son ellos mismos un fanatismo. Recomendaba, siguiendo a Spencer, la independencia, la tolerancia, la serenidad. Advertía que la facilidad de argumentar, como la que tenían los escolásticos, no era sinónimo de la aplicación a la verdad (1916:10). Estaba empezando a ver con claridad la necesidad de exigir a los investigadores cultura filosófica “que habilita para la crítica” (1910: 417). Comenzaba a plasmar su síntesis entre el mundo filosófico que declinaba y el que se avecinaba:

Para obrar bien es necesario pensar bien. Para pensar es necesario disponer de ideas generales que habremos alcanzado y confirmado o rectificado en la observación particular y directa de las cosas y hechos, de la conducta de los demás y de la propia, de los fenómenos de la naturaleza y de los fenómenos sociales, todo lo cual va comprendido en el concepto universal de experiencia. (Rivarola “Fundamento constitucional de la instrucción pública” ( 1941: 71).

Filosofía y ciencia

La Psicología, en Rivarola, debía ser vista como una introducción a los estudios filosóficos y pedagógicos. La Psicología debía ocupar “el pórtico del vasto edificio de la Filosofía, que tiene su coronamiento en la Ciencia de la Educación, después de atravesar sucesivamente la lógica, la ética, la Metafísica y la Sociología” (Guerrero 1945: XII). En Universidad social (1915) definía a la filosofía al modo positivista como una síntesis de las ciencias, y en otra parte, como una función de la inteligencia elaboradora de conceptos, como ya señalamos. Rivarola consideraba que:

Todo puede ser analíticamente y críticamente estudiado como desde fuera de la historia, desde afuera del arte, o de la humanidad, o del misterio [...] Lo más íntimo del sentimiento, de la razón o de la voluntad, debe ser contemplado, descripto o descompuesto como el mineral o el vegetal” (1915: 196).

Estas dos últimas frases constituyen, a nuestro juicio, concesiones demasiado grandes al espíritu de la época. Es difícil comprender la historia fuera de la historia o el arte fuera del arte o contemplar a la humanidad como al mineral o al vegetal. Se los puede mirar científicamente, pero ya sin vida. Sin embargo, conociendo la mentalidad del autor, podemos interpretar que para él las dos miradas son conciliables, la mirada desde dentro, la humanística y la mirada desde fuera, la científica.

Se habla hoy, dice Rivarola, de una “verdad científica” o se condena una teoría “filosófica” en nombre de la ciencia, como se hablaba en otros tiempos en nombre de una verdad revelada: “El positivismo negó todo conocimiento absoluto” (1910: 416). Pero el mismo positivismo absolutizó el determinismo y la causalidad. Con estas palabras se volvía Rivarola contra el dogmatismo de la ciencia, quería abrirle espacios a la filosofía, sin perder el aprecio y el respeto por la ciencia. Se muestra una constante en él, el deseo de conciliación:

La experiencia metodizada, clasificada y ordenada, es la ciencia [...] Aquella y ésta se encuentran en la interdependencia o sea interacción...que se manifiestan así en la naturaleza física, universal, como en el orden íntimo de las ideas, de la acción y de la naturaleza individual (1941: 71).

Su idea de realizar una síntesis entre ciencia de la naturaleza y ciencias del espíritu se expresa con claridad cuando escribe: “El conocimiento no será completo cuando sólo haya alcanzado la perfección de las ciencias de la naturaleza” y no lo será cuando sólo haya logrado el último progreso ‘en la ciencia del espíritu’” (1934: 54). Rivarola se manejaba con un concepto muy abarcativo de filosofía:

La filosofía comprende: en primer lugar toda corriente de pensamiento explicativo de la existencia universal y de sus leyes; segundo, la investigación hacia el mismo fin, a partir del conocimiento particular de los fenómenos, por inducción o síntesis parciales; tercero, el examen de la inteligencia; cuarto, la formación de conceptos sintéticos (1915:194).

En la mente del autor, la filosofía no se distingue de la ciencia o de las ciencias, tal como las entienden los positivistas: “En la acepción comprensiva de los aspectos que acabo de enumerar, la filosofía no se distingue de la ciencia [...] según la pretensión de la corriente positivista”, y agrega: “Las ciencias particulares son procedimientos o métodos de la filosofía para llegar a la verdad”. Está convencido de que “todas la ciencias constituyen en conjunto la filosofía” (1915: 194).

La oposición entre filosofía y ciencia es una ilusión análoga a la oposición entre síntesis y análisis, sostiene Rivarola. Las ciencias particulares examinan aspectos en vista de la totalidad del problema; son sólo “un método de la filosofía” (1915: 95).

En las últimas citas notamos las ambigüedades y contradicciones en el pensamiento de Rivarola al establecer la relación entre filosofía y ciencia: en algunos momentos quería abrirle camino a la filosofía independizándola de la ciencia y en otros no la distinguía de la misma. En nuestro concepto, el filósofo puede mirar todo lo que lo rodea y puede apoyarse en la ciencia, pero no necesita que las ciencias sean un método de la filosofía. Sin oponerse a la ciencia, ella es distinta de la ciencia.

Él sostenía que los filósofos cambiaron de método (análisis) y organizaron las ciencias particulares, pero éstas se declararon independientes de la filosofía. A decir verdad las ciencias se organizaron, en un momento dado, sin la filosofía, los filósofos no organizaron las ciencias particulares. Conviene hacer algunas precisiones sobre la idea de filosofía, que hoy, puesta en crisis la intangibilidad de la ciencia, comienza a ser más clara. La concepción rivaroliana de la filosofía, como síntesis de las ciencias, muestra todavía una sujeción a la mentalidad positivista. A favor del autor juegan la recuperación del sentido crítico, el antidogmatismo, la defensa del libre albedrío, el valor del sujeto.

La filosofía, pensamos, no es una síntesis de las ciencias ni la espuma de la última ola científica, es de un orden distinto, es la mirada del hombre, que piensa y siente, hacia todo su entorno, actual o histórico, con un lenguaje, un método y una trayectoria cultural propia y no se confunde ni con la ciencia ni con la literatura.

Razón crítica y positivismo

Frente al positivismo que funda toda ciencia en la realidad objetiva de cuanto se revela por la percepción, reaparece con vigor en Rivarola la influencia de la filosofía de Kant, que propone el examen crítico de la razón como cuestión previa a todo conocimiento (Rivarola 1907:36). Este método crítico es útil para todas las ciencias así sean las biológicas o las exactas o las sociales y es también útil en cuanto que inclina a una sana desconfianza de todo juicio formulado como “definitivo”, de todo sectarismo científico o filosófico, de todo dogmatismo. Aquí Rivarola distingue con claridad el objeto de las ciencias: lo que es, del objeto de las ciencias morales: lo que debe ser.

No acepta Rivarola el determinismo, defiende una forma mitigada del libre albedrío, ya que hay otros móviles, el honor, la felicidad, el sentido de la solidaridad, que acompañan a la razón. Pero a la vez, la conducta será tanto más moral cuanto más sea guiada por la razón (Torchia Estrada 1961: 242-243). Los deterministas argumentan en contra del libre albedrío diciendo que las teorías morales son ineficientes, que no inciden en la conducta humana. Rivarola responde acertadamente que una fórmula puede convertirse en convicción.

Teorías morales o conceptos filosóficos que aciertan en una perfecta correspondencia con las necesidades, los sentimientos o el pensamiento de la época en que aparecen, llegan a determinar las más grandes revoluciones (Rivarola 1907: 40).

Insiste, como lo hacía curiosamente Ingenieros, en el valor del ideal:

Todo el trabajo de una ciencia de la moral gira alrededor de la determinación del ideal y podemos atribuir la ineficacia de todos los ensayos que dejan subsistente la crisis moral contemporánea, a que tales teorías son substancialmente insuficientes, o por falta de métodos o de antecedentes bastantes para construir la ciencia de la ética (1907: 40).

Propone unir los elementos que provienen de la deducción, como los axiomas, con los elementos que provienen de la inducción, como la verificación empírica. Así, por ejemplo, la fórmula axiomática “no hagas al prójimo lo que no quieras que te hagan a ti” puede ser sometida a la verificación y a la crítica de la posibilidad de realizarse.

Desde Kant la filosofía no es construcción de teorías imaginarias sino análisis y crítica del conocimiento, que controla el valor de la experiencia. El análisis de la razón y la comprobación de algunos hechos de la ciencia han podido desterrar muchos “absolutos” y mostrar la relatividad de los conocimientos, señala Rivarola (1941: 416).

Por eso repito que la filosofía no es la explicación misma o el sistema, sino la aplicación de la inteligencia a la explicación, comenzando por la crítica de sí misma, la gran cuestión puesta por Kant (Rivarola 1910: 142-143).

Rivarola formulaba, en su Cátedra, la recuperación, como disciplina rectora, de la Filosofía. No podía llegar por el camino de la ciencia bloqueado por el Incognoscible de Spencer—, proponía el camino de la Ética. Ella era el único tablón para evitar el naufragio de la vida especulativa en el siglo de la ciencia (Guerrero 1945: XII). Sostiene Rivarola que el problema de la moral implica el de la metafísica y que el problema del conocimiento del mundo externo concluye en posturas metafísicas, como la escéptica, la realista, la idealista (Rivarola 1907:42). En Kant, en Rivarola y en Korn, sucesor de Rivarola, lo que es, lo que debe ser y lo que es conocido o puede ser conocido han quedado recíprocamente implicados.

Moral y realidad social

La concepción de la moral en Rivarola, con fuerte influencia kantiana, no es ajena tampoco a la vinculación con las teorías evolutivas de su época:

Si concibo la moralidad en general como el hecho que se produce gradualmente, que se incorpora al organismo individual y social con sujeción a leyes biológicas, la moralidad de una acción será su conformidad con la evolución del organismo social (Rivarola 1907:57).

Y agrega el autor, deudor del biologismo de su época:

Para juzgar de la bondad de una acción, no diré que es buena por su conformidad con el bien en sí; trataré de conocer las leyes vitales del organismo social, y diré que es buena por su conformidad con las necesidades de la existencia social (Rivarola 1907:58).

Notamos que su esfuerzo por combinar postulados de las ciencias naturales con las exigencias de la filosofía crítica, lo lleva a veces a expresiones ambiguas y no siempre convincentes. Sostiene que los que admiten una moral absoluta y los que sólo reconocen una moral relativa, pueden hallar fórmulas de acuerdo y llegar a generalizaciones muy semejantes (Rivarola 1907: 58). En Rivarola, la fórmula de Kant “obra de modo que la máxima de tu acción pueda valer al mismo tiempo como principio de legislación universal” puede tener su equivalente a esta otra: “obra de modo que si todos obraran como tú, fuera siempre posible la vida en sociedad” (Rivarola 1907:58).

La idea fundamental en la ética de Rivarola es el respeto por la vida humana. Recuerda que a lo largo de la historia se registran fines que obran como ideologías que no respetan la vida y que apelan a medios contrarios a la dignidad de la persona. Así: “bajo el imperio de una moral cristiana en pleno apogeo, la guerra es el oficio común de los mejores cristianos”. En esas épocas se hacía todo, y lo dice con ironía, “para la mayor gloria de Dios y para la más grande confraternidad entre todos los hombres (Rivarola 1907: 53). Transcurren los siglos y “los más altos descubrimientos...se aplican a la invención de los medios más poderosos para destruir las mayores masas humanas en el menor tiempo posible” (1907: 55).

En política hoy ocurre lo mismo: el fin puede ser el bienestar para todos, pero un grupo lo ve en un programa y otro en otro, un grupo cree en la legalidad, otro no, a veces se ponen las formas legales al servicio de fines deshonestos (Rivarola 1907: 55). ¿Fue Rivarola un visionario o es que la Humanidad no cambia demasiado?

Un buen consejo suyo: divisar en lontananza el fin supremo, no hay que dejar de mirar “el terreno en que se anda”. Hay que ajustarse a la moralidad de cada paso independientemente del fin a que uno se dirija (Rivarola 1907: 64).

El Pensamiento Político

Consideramos al pensamiento político rivaroliano de significativa influencia en nuestro devenir intelectual; pensamiento que profundizó en problemáticas identificables aun en nuestras encrucijadas políticas actuales, las cuales él avizoró en su época. Más allá de diferenciarnos, como autores, de las bases axiológicas de su pensamiento, señalaremos algunos tópicos que consideramos centrales. Aunque su labor aparece dispersa, no es difícil agrupar en ella elementos comunes. Sus ideas políticas se enmarcan ideológicamente en la Alianza liberal-conservadora argentina, de cara al Centenario. En lo relativo específicamente al campo de la ciencia política, se pronunciaba, desde su positivismo matizado, por la necesidad de profundizar el carácter meramente experimental que debería perseguir la misma. Esto lo tomaba de Estrada sosteniendo:

Una de la ideas más frecuentes y más fecundas repetidas por Estrada es la de no ser la política sino una ciencia experimental. La sola idea de que todo cuanto pueda corresponder a la política como ciencia, no será verdad sino cuando el resultado de una aplicación lo diga (1913:76).

Esta concepción (esbozo de sistematización de los estudios vinculados a la ciencia política argentina) se ve atenuada cuando incorpora elementos filosóficos como el valor del concepto y la función de los “universales”, según señalaremos luego. Rivarola consideraba a la política como una actividad vinculada necesariamente a la ética, la moral y la virtud.

La política, actividad orientada al bien común y al logro de la felicidad como fin, resulta una parte de la ética; en esto seguía preceptos aristotélicos los cuales solía citar con frecuencia. La virtud era otra de las condiciones necesarias para el desarrollo de un sistema democrático; recordamos que su primer libro sobre ciencia política llevaba como título La virtud y la democracia (1901). Promovió constantemente la sistematización de los estudios al respecto; fue miembro fundador de la Revista de Ciencia Política en 1910 (hecho poco conocido y considerado en el historial de la ciencia política argentina). Por esos años fue invitado a la provincia de Tucumán por personalidades que promovieron la fundación de la Universidad Nacional; allí pronuncia un discurso sosteniendo:

mientras no existe aún en las universidades argentinas ninguna cátedra permanente establecida con esa denominación (ciencia política), la Universidad de Tucumán podría tener por primera tal vez en el mundo la Facultad de Ciencias Políticas (1910: 282).

Las ideas sobre la democracia, la república, los partidos políticos y la moral, sobre el Estado y sobre el panorama internacional atraviesan sus escritos políticos. Se pronunciaba decididamente como demócrata y republicano; si bien con ciertos rasgos cercanos a una marcada perspectiva conservadora. Asociaba a la democracia con el gobierno de los mejores (eje de sus ideas de la virtud al respecto) y con la educación como medio; es por ello que manifestó, polémicamente, serias vacilaciones al encarar el tema del “sufragio universal”. Creía necesario el sufragio universal en lo relativo a la depuración del sistema; también dejaba entrever, implícitamente, una suerte de “ventaja” del voto calificado. Algunos de sus comentarios son ilustrativos al respecto:

Son ciertamente las “clases educadas” las que mueven, mejor dicho, las que íntegramente deberían mover la vida política (1928; prólogo).

Tal vez sus razonamientos referidos a la relación entre filosofía y política le llevaban a conclusiones de carácter conservador; si reflexionamos sobre sus escritos acerca de esta temática notaremos algo de ello; desde ya, no concebía la política sin basamentos filosóficos:

Sólo por la filosofía puede concebirse el pasado y guiarse la acción hacia el futuro. Mas es preciso, antes de todo, en cual sentido uso el término filosofía. Todas las definiciones de la misma conducen a considerarla como una función de la inteligencia elaboradora de conceptos [...] Pensar las cosas es apenas referir a ellas una forma mental dentro de la cual cabrá el recordarlas, o la cual serviría para individualizarlas: esa forma mental que no es la cosa misma ni su imagen, es el concepto [...] Pensar con adjetivos no es, en general, pensar la realidad de las cosas. Estas últimas no tienen adjetivos [...] cuidado con las gentes que piensan con adjetivos (1917:54-56).

Partió siempre de la concepción de la política en nuestro país en tanto medio para implementar la misma Constitución Nacional como fin último. La política era “el esfuerzo constante de los ciudadanos, para que sean realizados los fines declarados, morales o económicos, dentro de la Constitución” (Rivarola 1939: 478, en Ancarola, 1975:42). La misma Constitución era el programa en el cual se plasmaba (desde una perspectiva política tomada de sus lecturas de Aristóteles) el “justo medio”; así lo expresaba:

Dos ideas me parecen dominar en todo juicio sobre la constitución. La primera, que ella más que un código es un programa de acción; la segunda, que la virtud que le da fuerza es la exclusión de todo lo radical [...] Su poder está en la templanza, la moderación y el equilibrio del justo medio. Una vez se yergue altiva la condenación: en el artículo 29 que fulmina con el dictado de traidores a la patria, a los que otorguen o acepten facultades extraordinarias, la suma del orden público y la sumisiones y supremacías (Rivarola 1928: 153).

Ciertos parangones actuales presentan parte de sus reflexiones en un país como Argentina donde la Constitución se ha vuelto un estorbo para los sectores dirigentes; los poderes otorgados, en los últimos tiempos al Poder Ejecutivo son expresamente prohibidos por el artículo al que se refiere Rivarola.

Es oportuno destacar también sus reflexiones en torno a la necesidad de concebir la Constitución en función de nuestros requerimientos sociales y alejarla de interpretaciones cercanas a clásicas imitaciones; ilustra lo dicho cuando se refiere a una de las disputas entre Sarmiento y Alberdi. Cita a Alberdi en la ocasión en que éste replica un comentario de Sarmiento acerca de la interpretación de nuestra Constitución a través de la jurisprudencia norteamericana. Toma partido por Alberdi sosteniendo que él mismo expresaba admirablemente:

Las fuentes naturales de comento son: 1°, la historia del país; 2°, sus antecedentes políticos; 3°, los motivos y discusiones del legislador; 4°, los trabajos preparatorios de los publicistas; 5°, la legislación comparada o autoridad de los textos extranjeros y sus comentarios (1928:142).

Parte de esta perspectiva se vincula en Rivarola con sus insistencias en el método experimental. Se hacía necesario conocer profundamente a los pueblos para construir políticas e instituciones acordes, se pronunciaba en contra de lo que denominaba “fantasías políticas”.

Ya hemos señalado las necesarias relaciones entre moral y política para nuestro autor, a lo cual agregamos las influencias de una concepción aristotélica, la del “justo medio” y de la centralidad de la “virtud” (cita también a Montesquieu cuando trata el problema) como otras de las guías para la construcción de una democracia “verdadera”; democracia no sólo como forma de gobierno sino también en tanto estilo de vida. Los partidos políticos debían cumplir una función insoslayable. Partía del presupuesto de que son ellos necesarios para realizar la forma representativa, ya que sin la presencia de los mismos los peligros de totalitarismos o regímenes autocráticos eran inevitables. Ante los desvíos cercanos a la corrupción y vicios que él señalaba, expresaba que la fuerza de los partidos políticos dependerá de

la conducta moral que sepan inspirarle sus directores y de la convicción con que hayan formulado y expliquen su programa [...] estos dos elementos de su acción definen la doble función del partido político: educar en la conducta cívica; instruir en los fines y ventajas de la constitución o en las de su reforma (1939: 449).

La orientación central de los partidos debería ser la de formar al ciudadano y al elector. Insistía en la organicidad de los mismos, de allí sus elogios al socialismo de su época, es claro que sin compartir las ideas del mismo. Avanzaba sobre una de sus preocupaciones centrales recién señalada: los avatares a los que estaban expuestos los sistemas, sus vicios y los peligros de terminar en regímenes autoritarios. Las siguientes transcripciones, seleccionadas de textos anteriores y posteriores al golpe militar de 1930, resumen parte de su pensamiento al respecto:

Cuando se habla de programa de partidos se debe atender ante todo a que respondan a una realidad espiritual. Damos este nombre a las ideas o a las pasiones, a las simpatías o antipatías, al bien que se anhela para el propio país y al peligro del cual se quiere salvarlo; al interés privado o a la concepción mas definitiva o vaga del interés general. Los hombre se unen por comunidad de pensamiento o de sentimientos, de intereses económicos o creencias morales [...] Nada será más contradictorio con la depuración del voto, elemento esencial en la forma representativa, que reprimir al autor inmediato de la corrupción, y olvidar al autor mediato; la dirección del partido [...] Muchos desencantados del sistema representativo, antes de pensar en reparar sus vicios, preferirían suprimirlos, sin advertir las malas consecuencias de su supresión (1939:450-1928:147-1908:75).

En base a estas ideas es que Rivarola alertaba, a principios del siglo pasado, respecto a las desviaciones que lesionarían nuestra Constitución; es por ello que sostenía que “ninguna forma política reclama una moralidad tan severa como la forma democrática”. A Rivarola le preocupaban sobremanera los peligros provocados por los desvíos de los propios sectores dirigentes, peligro principal en relación a la crisis de representación en el contexto de los desenvolvimientos de los estados modernos y republicanos. A esta temática le dedica especial atención. Proyecta un esquema de organización legislativa que él consideraba el más apropiado, en el cual estuvieran representados los distintos sectores de la sociedad, entendida ésta como todas las expresiones morales y materiales que debían articularse en la representación nacional:

La instrucción y la educación públicas, la justicia, el culto, la agricultura, la ganadería la industria, el comercio, las relaciones de obreros y patrones, la milicia, la marina [...] todo debe ser asunto de los directamente interesados en tales intereses (1928: 211).

La sociedad era clasificada en sectores, mientras que la visión de pueblo era más una concepción homogénea de la nación en su pensamiento; desde esta lógica, sostenía:

En repetidas ocasiones, he opinado que nuestro Congreso Nacional podría componerse de un Senado que representara la sociedad, en los órganos que la constituyen, mientras la Cámara de Diputados representaría las provincias proporcionalmente a su población (1928: 165-211).

De esta manera, Rivarola propiciaba una representación cuasi- directa de la sociedad emanada de los mismos centros en los cuales viven y dan vida al país; Continuaba con otro de sus razonamientos polémicos, a la vez que se prevenía de posibles críticas:

Buscar esta representación en la homogeneidad indefinida del pueblo, de la colectividad electoral por sufragio universal, que debe existir para otro objeto, es una ilusión que alguna vez se desvanecerá de los ojos de quienes miran hoy estas cosas con criterios de un siglo atrás [...] No hay qué hablar ni de representación corporativa o sindicalista o profesional, ni de fascismo o sovietismo, al tratar esta delicada e importante cuestión. No hay porqué buscar modelos que copiar o nombres doctrinarios para su clasificación (1928: 30-211).

Paralelamente a estas reflexiones (desde perspectivas discutibles y polémicas en nuestros tiempos como en los tiempos vividos por nuestro autor) se visualiza en Rivarola la necesidad de un sistema centralizado, al criticar él mismo lo que definía, para la experiencia Argentina, como “falso federalismo”, en cuyo contexto el gobierno nacional se despreocupa de los problemas de las provincias, a la vez que en ellas se conformaban oligarquías regionales y con ello inequidades y corrupción de todo tipo. Este tema es recurrente en su pensamiento, motivo de fuertes críticas y denuncias, ya que en su vida experimentó estas realidades en todos los procesos políticos que vivió. Propiciaba un régimen unitario como forma de construir un país sin imitaciones de otras experiencias (pensaba especialmente en la influencia norteamericana en nuestra cultura política). “Una sola justicia, una sola ley y un solo gobierno para toda la nación”, sentenciaba. Desarrolló estas ideas en dos obras: Partidos políticos. Unitario y Federal (1905) y en Del régimen Federativo al Unitario (1908). Ancarola señala que el haber sostenido la necesidad de cambiar el régimen federal impidió a Rivarola ocupar un lugar en la Corte Suprema de Justicia de la Nación; el presidente Victorino de la Plaza esgrimió este argumento para excluirlo, al ser propuesto para el cargo por Saavedra Lamas (Ancarola 1975:105).

Anteriormente señalábamos la relación entre educación y política en su pensamiento; sostenía que la educación misma era un problema político. Al inaugurar, como miembro fundador, el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, pronunció un discurso titulado “El problema político de la educación”. Donde expresaba inicialmente: “Me propongo presentar aquí el problema trascendental del estado, el de la educación como asunto referente al estado mismo; en otros términos, la educación como problema de política” (1915: 21). Luego afirmaba en ese discurso, con expresiones que ilustran su pensamiento polémico y a la vez sus preocupaciones vinculadas al funcionamiento del sistema representativo:

Parece indiscutible en ciencia política, que la forma republicana de gobierno, implica un gobierno según la opinión; pero esta opinión debe ser ella misma capaz de existir por propia autoridad consciente y deliberada. No puede entregarse el destino de un pueblo, al solo instinto de las masas ineducadas o impasibles o indiferentes (1915: 34). [...] si queremos la paz interna, el bienestar común, la realización del orden para igual seguridad de todos y el afianzamiento de la justicia en sus múltiples manifestaciones, gobierno, partidos políticos, administración, prensa y tribuna tienen por esencial y fundamental deber, la ocupación y la preocupación de educar (1928: 191).

Lo dichos nos lleva a centralizar su pensamiento (respecto a esta problemática) en la reflexión que hace sobre la fórmula sarmientina: Gobernar es Educar; revierte este aforismo diciendo: Educar es Gobernar (1910: 284). A la enseñanza superior le asignaba un rol central; siempre reflexionó en torno a la relación permanente que debe tener la universidad con la sociedad. Sus posturas políticas dentro de la universidad, debemos señalar, no se correspondieron con los postulados de los reformistas de 1918, siendo él presidente de la Universidad Nacional de la Plata en pleno proceso reformista.

Una lectura del pensamiento político de Rivarola desde la actualidad nos genera dos cuestiones; una referida a las críticas fundadas que podemos esgrimir en torno a sus reflexiones centrales sobre la modalidad que debía adquirir el sistema republicano.; es claro que, en este aspecto, y al calor de su época, fue un hombre de transición. La otra, y la que más nos interesa, se refiere a los peligros que él avizoraba en el funcionamiento del sistema representativo a que hemos hecho referencia; este es uno de los principales motivos de nuestro rescate de su pensamiento teniendo en cuenta la vigencia de sus reflexiones.

 

Bibliografía de Rodolfo Rivarola

  • Escritos filosóficos, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1945.

  • Selección de Escritos Pedagógicos, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1941.

  • Filosofía dispersa y amable, Selección de Olga Tarnassi de Rivarola, Roldán, Buenos Aires, 1934

  • La virtud y la democracia, Imprenta Siglo XX, San Isidro, Buenos Aires, 1901 (folleto).

  • Partidos políticos. Unitario y federal. Ensayo de política, Buenos Aires, Lajouane, 1905.

  • Del régimen federativo al unitario, Buenos Aires, Peuser, 1908.

  • El maestro José Manuel Estrada, Buenos Aires, Coni Hnos., 1913.

  • Enciclopedia de la constitución Argentina, , Buenos Aires, 1939.

  • La constitución Argentina y sus principios de ética política. , Buenos Aires, ERACP, 1928.

  • “La historia ante la Filosofía y la Política” 1917, en Los maestros, Rodolfo Rivarola, páginas escogidas, Universidad Nacional de la Plata, 1959

 

Bibliografía sobre Rivarola

  • Ancarola, Gerardo Las ideas políticas de Rodolfo Rivarola, Buenos Aires, MARYMAR, 1975.

  • Biagini, Hugo, en Prieto Osvaldo, La recepción del arielismo en Río Cuarto, V Encuentro del Corredor de las Ideas, Universidad Nacional de Río Cuarto. 2002

  • Guerrero, Luis Juan “Palabras preliminares” en Rivarola, R. Escritos filosóficos, (edición citada), 1945.

  • Torchia Estrada , Juan Carlos La filosofía en Argentina. Unión Panamericana. Washington. 1961

  • Velazco, Leopoldo, La vida y la obra del maestro Dr. Rodolfo Rivarola, Buenos Aires, Imprenta López, 1944.

Carlos Pérez Zavala
y Osvaldo Prieto
actualizado, julio 2004

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

PROYECTO ENSAYO HISPÁNICO
Home / Inicio   |    Repertorio    |    Antología    |    Crítica    |    Cursos