Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"Andrés Terzaga ante la condición humana"

 

Carlos Pérez Zavala

Se cuenta que el mar, uno por uno y en virtud de una ley, saca todos los granos de arena a la playa para que tomen el sol. Las razas hacen lo mismo con las divinas arenas del alma. Siglo por siglo, año por año, grano por grano, las van revelando a los ansiosos ojos de los hombres. Sobre la playa del tiempo, cuando el hermano Caín sea un ángel, no habrá aguas que oculten los infinitos, milagrosos granos de arena que hoy reposan en el fondo de nosotros.

Datos biográficos: el personaje y su medio

Las palabras del epígrafe nos revelan que nos hallamos ante un espíritu inquieto, profundo, no convencional: Andrés Terzaga; librepensador, teósofo, orientalista, pesimista radical. Nos proponemos rescatar esta personalidad que florece en el primer tercio del siglo veinte en el sur de Córdoba y reflejar, a la vez, una faceta del ambiente intelectual de Río Cuarto durante esa época.

Omar Isaguirre, escritor riocuartense, dijo de Andrés Terzaga:

por su actividad ante la vida y su devoción por la palabra representa al poeta sin serlo, pero sus líneas, de vibrante prosa fragmentaria estuvieron asidas a la suprema ley del ritmo y a los dictados de la razón, abrevó en la belleza, en lo natural y en el drama de la incomprensión, sustentada en intensas lecturas desde Gibrián a Nietzsche; por momentos lo desbordó el pesimismo [...] sus reflexiones filosóficas, con emotivas incrustaciones poéticas, configuran breves manifiestos, intuitivos y humanistas, sobre la verdad y lo justo. Místico a veces, influido por concepciones orientales en otras, conmovían sus cartas por los dramáticos alegatos que le sugerían la vida y la muerte (Isaguirre; 1982).

Leopoldo Durán se refiere a

una voz clara, serena y armoniosa, pronúnciase ahora entre las voces más armoniosas, más serenas y más claras de América. Esa voz se manifiesta desde un recogido lugar de provincia, y es la expresión de un espíritu solitario y meditativo, maduro de graves y amables pensamientos. De ahí que, leyendo las prosas fragmentarias de Andrés Terzaga...hallemos en cada oración la síntesis luminosa de un proceso mental certero y penetrante.

Elevaba su pensamiento a las Alturas pero no practicaba ningún culto religioso; rechazaba los dogmas y los ritos. Estudió, sin embargo, con morosa atención las grandes figuras de los fundadores de religiones y resumió sus vigilias en un paralelo que las define...Nunca actuó en política ni ocupó cargo alguno público o privado, ni dependió directamente de nadie (Durán: 1957: prólogo).

Manuel Gálvez, hablando de los colaboradores de Ideas, recuerda que en su mayoría provenían de las provincias:

Leuman y yo somos santafesinos...Mario Bravo es tucumano, Alfredo López Prieto era de Río Cuarto. Alberto Gerchunoff había pasado su infancia en una colonia israelita de Entre Ríos. En la provincias residían otros muchachos escritores vinculados a nuestro grupo, como Andrés Terzaga, en Río Cuarto, que pasó algunos meses en Buenos Aires, huésped en la pieza de su coterráneo, Alfredo López Prieto; Leopoldo Velazco, también en Río Cuarto (Galvez: 1944: 40).

Hijo de Andrés Terzaga y Amelia Ramallo, nuestro autor nació en Río Cuarto el 4 de agosto de 1882. Antigua familia de españoles, los Terzaga se instalaron primeramente en Villa Nueva en la primera mitad del siglo XIV. Ya en Río Cuarto, su padre se dedicó a la política y a regentear una farmacia, centro de caracterizadas reuniones en las que se intercambiaban inquietudes literarias y se apoyaban iniciativas encaminadas al bien público, al arte, al teatro.

Estudió como alumno interno en el Instituto Nicolás Avellaneda, de la Capital Federal, concluyendo sus estudios secundarios en 1901. Después de realizar el servicio militar regresó a su pueblo natal. Sólo salió de allí en sus esporádicos viajes a Buenos Aires y a Córdoba, ciudad donde falleció el 21 de noviembre de 1931.

Su primera esposa fue Ermelinda San Millán. De ese matrimonio nacieron tres hijos, entre ellos el futuro escritor e historiador, Alfredo Terzaga. Ermelinda falleció joven en un sanatorio de Buenos Aires en 1924. Su segundo matrimonio ocurrió en 1925, uniéndose a Manuela Cabral, de la cual nacieron dos hijos, Emilio, que sería catedrático en España, y Daniel.

Manuela Cabral, su segunda esposa, era una persona muy inteligente, de gran sensibilidad y firme carácter, que supo captar la fibra de su marido. Las cartas de Manuela a sus amigos ayudan a penetrar en lo hondo de la personalidad del escritor:

Como había vivido –fatalmente– se fue para siempre nuestro Andrés. Todas las lágrimas me son pocas para llorar ese gran corazón, esa lúcida cabeza , esa vida de `niño grande´ atormentada siempre por los porqué superiores de la existencia y las minucias diarias de la vida. Sin embargo, sus últimos momentos fueron una aceptación gozosa y hasta ansiosa de la muerte [...] El se fue casi tranquilamente. Entró en la Paz total y definitiva a las 17 horas y media. Entró en la muerte con la serenidad y seguridad a que jamás pudo asirse en la vida. [...] fue su sepelio toda una apoteosis al hombre bueno que cargó en la vida un corazón tan grande como su cerebro lúcido. Río Cuarto lo quiso mucho (Terzaga: 1944: apéndice).

En Terzaga, como ocurrió con los románticos, se entrelazaban el amor, el misterio, la vida, la muerte... En cuanto a su fisonomía, Durán lo muestra

alto, erguido, recto, cierta vez sus manazas me levantaron en vilo y cargándome a sus espaldas avanzó por un corredor del sanatorio donde yo convalecía de un grave mal. Tenía cabellos negros y ondeados: frente combada y alta, con surcos: ojos oscuros que apuraban la inquisición sin quevedos; nariz aguileña que venteaba oasis en desiertos; labio inferior habitualmente con rictus amargo; mentón prominente; tez blanca sonrosada y rostro rasurado. Su semblante varonil de acentuados rasgos expresaba con transparencia sus emociones. Era bueno y cordial bajo la caparazón ríspida de hombre a la defensiva que las contrariedades de la vida le hacían adoptar. Lo vimos vestido siempre de riguroso negro. El tétrico atavío le daba un aspecto curialesco, negación de la realidad de su persona (Terzaga: 1944: nota preliminar).

El Río Cuarto de la segunda década del siglo, del primer mandato de Yrigoyen y de la Reforma Universitaria, tenía una destacada vida cultural y social. El primer periódico fue La Voz de Río Cuarto, que apareció en 1875. En 1912 salió a la calle El Pueblo. En la segunda década del siglo se publicaban en Río Cuarto La Revista, El Ideal, Río Cuarto Ilustrado, Ariel, El Fígaro (revistas) y el diario Justicia. Hubo muchas publicaciones menores sostenidas por instituciones educativas o por líricos y espíritus cultos, como La Alborada (1923) Iris (1925) y Juvenilia (1930) y revistas estudiantiles como Logos (1923) y Alma argentina (1923).

Los conservatorios de música datan de la primera década del siglo. En el arte musical no se puede olvidar la obra de Alesio Ianaccone, forjador de grandes valores locales. En cuanto a pintura, la figura más prominente es la de Herminio Malvino, quien llega a Río Cuarto en 1904 y a quien José León Pagano considera un precursor de la pintura en Córdoba. El teatro municipal fue inaugurado oficialmente en 1909, con la presentación de un elenco italiano dirigido por Pablo Giacometti presentado “La morte civile”.

En 1911 ya existían en Río Cuarto sociedades masónicas como “La estrella de Río Cuarto”, de rito escocés, con templo propio; “Víctor Hugo 2th”, del rito azul en sueño; y “Lautaro”, del rito confederado, en sueño. Hay, además, un “Centro de librepensadores”, con local propio. La Reforma universitaria de Córdoba de 1918 tuvo ecos profundos en Río Cuarto, sobre todo en los centros de estudiantes secundarios que la apoyaron fervorosamente.

Desde el punto de vista del valor documental, la Biblioteca del Convento de San Francisco siempre fue la más importante, pero desde su fundación, el 10 de abril de 1905, la Biblioteca Pública del Centro de la Juventud, antecedente inmediato de la actual Biblioteca Pública “Mariano Moreno”, difundió la cultura en la ciudad y prestó grandes servicios a los estudiantes. En 1919, a instancia de los socialistas, se inauguró la Biblioteca “Luz y Progreso”.

En 1923 tiene lugar la primera huelga general declarada por los gremios obreros de Río Cuarto, en protesta por el asesinato del dirigente Kurt Wilkens. En ese año, en agosto, se constituye el Centro de Estudios Teosóficos, siendo Andrés Terzaga uno de sus fundadores. El 16 de mayo de 1926, a raíz de la conferencia ofrecida por la feminista italiana Condesa Pagani de Paci, se constituye la Sociedad de Cultura femenina “para contribuir a la dignificación de la mujer”.

No podemos extendernos aquí sobre las actividades de otros grupos como el del partido radical, el socialismo o sobre las pintorescas querellas entre conservadores y liberales, clericales y anticlericales, patriarcalistas y antipatriarcalistas, hedonistas y pesimistas, todo bien documentado por la prensa de la época.

 No faltaban, en Río Cuarto, manifestaciones culturales y los índices de apertura ideológica no resultaban un dato menor. Filloy, el gran escritor y promotor del boxeo como deporte (pasión de Andrés Terzaga), ya trabajaba y escribía en esta ciudad. Cuando Terzaga se queja de la soledad que sufre en este lugar “horrible”, ¿se trata de un problema suyo o de la sociedad en que vive? Los defectos de la sociedad riocuartense, el afán de lucro, por ejemplo, eran comunes a la sociedad argentina tensionada entre la Argentina criolla y la Argentina aluvional. La idea de que la protesta de Andrés desborda los límites de su ciudad, aunque se desquita primeramente con el entorno, se confirma cuando, en 1917, experimenta:

una rebelión y un asco indecibles ante la estupidez y el odio fresquito de derechas e izquierdas. Nadie sabe conciliar; nadie, desde el punto equidistante, sabe darle a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Entretanto, canallas y bellacos, sórdidos e imbéciles, vivos y simuladores sibaritas y hambrientos, rapaces y mendigos se reparten el mundo: este pequeño `que nos lleva encima como un atorrante lleva sus piojos`. No hay dónde asirse, ni iluminar claro que testimonie luz legítima, ni cosa valedera por la cual romperse el alma. El genio lleva encima la roca de Sísifo ante la vasta carcajada del semicírculo de cretinos; y cualquier bandido caradura o analfabeto del espíritu se constituyen en directores de naciones o pilotos de la juventud. Quedan, no obstante, el recurso de la protesta, de la puteada a tiempo, de la defensa solitaria, de la voluntad individual contra la que nada pueden la imbecilidad o la fuerza. ¡Y el último recurso: morir, morir, morir...! (Terzaga: 1944)

Además, el hombre que escribió “estoy solo en medio de la canalla” es el mismo que dice “Siempre estoy enfermo y de un humor sombrío, como consecuencia, acaso, de lo primero; aunque eso del humor sombrío podría también justificarse por lo de los ojos muy abiertos” (1944: 67; 73).

Ese sentimiento de desterrado era común en la época. El se sentía lejos de Buenos Aires y muchos argentinos “tan lejos” de Paris. Faltaba conciencia de la centralidad del sujeto propio, que está cerca de todo. A veces faltaban los estímulos que dan los diálogos con almas similares y los medios que hoy tenemos de comunicación y de información. La soledad de Terzaga tenía mucho que ver con su actitud personal ante la vida, pero no era atribuible al nivel cultural de la ciudad. Por lo contrario, la presencia de los movimientos heterodoxos sólo se explica por un apreciable florecimiento del pensamiento, del arte y de la preocupación social y política.

El heterodoxo y sus creencias

La razón cabe toda entera en la imaginación, como una provincia en un territorio.

De la misma manera, la una no es más que parte de la otra. Razonar no es sino imaginar con método, trazar rectas y ángulos y recovecos en la imaginación.

Razonar es bordar en esa tela, hacerse una casa en ese espacio.

De la primera nace la lógica: arma no siempre noble, moneda con la cual tratamos en el mundo de comprar la verdad... o de obscurecerla. De la segunda nace el celeste y terrible ensueño: ala y garra de espíritus, sabiduría de sabidurías, lobo de corazones. Y existe entre una y otra la diferencia que va de una peinado jardín a una selva virgen (Terzaga: 1916: 10).

¿Te llama el arte o la belleza? ¿Deseas producirla para consuelo u enseñanza, para domesticar la bestia brava que vive en el fondo de tu instinto? ¿Deseas para tu arte o tu belleza las virtudes del agua y del pan? [...] Pues vuelca en la palabra el ritmo de tu sangre, tu heroica intención de amor; refleja en ella el azul estrellado de tu pensamiento sin anhelar la gloria. – esa gloria que aquí en la tierra no va nunca más allá del mármol de su estatua...(Terzaga: 1916: 21).

En Terzaga no hay sistema. Ha leído a Nietzsche, a Schopenhauer, a Voltaire, pero también a los pitagóricos; se ha nutrido de la sabiduría de los grandes maestros de Oriente y ha bebido en fuentes árabes como la obra de Kahlil Gibrián, sobre el cual observa: “Ese espíritu tiene la estatura del cielo, del silencio, del mar, de la vida, de la muerte. No conozco, en veinte años consecutivos de lecturas y meditaciones, cosa más grande. Toda la inteligencia, todo el dolor, toda la tristeza, toda la duda y toda la fe de los hombres están en él. No he visto, tampoco, claridad más clara, ni he sondado, tampoco, más honda hondura de pensamiento. Hay en Kahlil Gibrán la muestra única, en letras humanas, de la capacidad de síntesis del genio. La fatalidad de pensar, hermanada a la de vivir y esperar, aparecen en el árabe estupendo concretas y reales: como puñales de hierro que hieren y llamas que devoran. ¡Qué poesía, Dios mío! “El loco” me ha quemado –hasta la médula– en dos hornos: uno de gloria y otro de infierno” (Terzaga: 1916: 23).

En agosto de 1924, se define a sí mismo: “el Terzaga de alma cuasi eslava, contradictoria, atormentada, pasiva, asiática, budista, que siempre he sido” (1916: 14).

Su orientalismo es patente cuando dice de La Revista de Occidente: “No hay ignorancia que no sea suspicaz; y la mía ...ha olfateado más de una cosa viejísima en las páginas “nuevas” de esa revista. Esa revista vuelve hacia Oriente mucho más de lo que parece, e ideas contenidas ya en los Vedas, y en su cuerpo principal –los Upanishads– están canalizadas, sistematizadas, occidentalizadas, trajeadas de ‘nuevo’. Sí...pero...” (Terzaga: 1916: 54:55).

Terzaga se inscribe entre los bohemios, como Emilio Becher y Edmundo Monteavaro, cuyo centro de reunión era el Café de los Inmortales. En Río Cuarto se reunían en el Centro de librepensadores, que Terzaga había contribuido a formar. Su sincretismo es claro en algunos escritos. Uno de ellos, breve, se titula “Y los tres no son más que uno”:

Hablando de Jesús, recuerda que, según los cuatro evangelios, no hay profeta sin honra sino en su tierra. Ya lo veis: no pudo ser más horrible su lucha de tres años. En cambio Buddha fue honrado en su tierra, en su casa y entre sus parientes. Pero hubo de luchar cuarenta y cinco años! Mahoma también fue profeta en su tierra, en su casa y entre sus parientes. Y... hubo de luchar veinte años!

Resume sus convicciones: Jesús. Su copa está en nuestros corazones. Buddha. Y la suya en nuestras mentes. Mahoma. Y la suya en nuestros cuerpos. Y los tres no son más que uno. (Terzaga: 1916: 106).

Un Himno a la vida:

Cerca ya de los cincuenta se empeña la lucha: defenderse de los recuerdos y soltarse a la vida para tomarla en la integridad de su azul y de su sol. Sin eso que llaman fe, y sin lo otro que llaman esperanza, vivir. La invitación a la vida es infinita, y su llamado inmediato, sin lecciones, sin deberes, sin recetas, sin mayores cosas ni casos de conciencia. Muy respetable el señor Buddha; muy respetable el señor Mahoma; muy respetable el señor Jesús...¡Pero que me dejen pasar! ¿Que me voy a morir y es menester un asidero póstumo? Que venga la muerte sin asidero ninguno, como fin necesario y natural de mi zarandeada existencia. Ella será mi premio: descansaré. Ni el señor Buddha, ni el señor Mahoma, ni el señor Jesús podrán hacer que sea de otra manera. A bailar, pues, el bello y trágico baile de la vida. (La música la pongo yo. Cada cual le pone a la vida su propia música). Ya lo ve Vd., mi querido e inolvidable Leopoldo, como, oliendo a miedo, me doy cuerda para vivir, logrando, para equilibrio de mi ánimo, hacer de mis zigs- zags otras tantas verticales. ¡La vida! ¡Qué bella que es! No hay estupidez que logre afearla. No hay maldad que pueda hacerla aborrecible hasta el extremo de no desearla. ¡Viva la vida, Leopoldo!...Terzaga. Octubre de 1931.(Terzaga: 1916: 92).

Esa carta fue redactada un mes antes de la muerte de su autor.

El 11 de octubre de 1929 les había escrito a los Durán: “Madre Catalina, Leopoldo, Carlos: no me olviden, que siempre me hará bien, como un envío al corazón, el recuerdo de todos Vds. ¿Mi vida? La de siempre: amar, aborrecer, holgazanear, vagar, putear, vivir. Viva la vida, viva el combate, viva el dolor” (Terzaga: 1916: 87; 89).

Aunque en las citas anteriores aparecen rasgos teosóficos, hemos preferido ubicarlas dentro de una tendencia sincretista. Su adhesión a la teosofía muestra perfiles más profundos, más interiores y nunca prestó una adhesión externa que supusiera un acatamiento disciplinado a una organización, eso no estaba en su temperamento.

Terzaga adhería interiormente a la teosofía, admitiendo los principios esenciales de la doctrina esotérica, según la cual “el espíritu es la sola realidad y la materia su expresión interior, cambiante, efímera”. La gnosis, o mística racional de todos los tiempos, es el arte de encontrar a Dios en sí, desarrollando las profundidades ocultas, las facultades latentes de la conciencia.

En sus Cartas, Terzaga habla del consuelo que significaron para él, luego de la muerte de su primera esposa, algunas obras teosóficas como “Luz en el sendero”, “Por las puertas de oro” y otras:

Sí, amigo mío, aún hay obras consoladoras y sanas que leer en esta época. De mí sé decirle que me he refugiado en la casa de la esperanza. He creído y sigo creyendo, por ejemplo, en la profundidad de un Emerson, o en la santidad de un Tolstoi. Hoy, más que nunca se habla mucho de arte y de belleza, pero...¿Dónde está la salud del alma? ¿Quién y qué cosa nos darán a beber el agua única de que estamos terriblemente sedientos? ¡Benditos los libros como ese de Schuré, que nos traen un poco de luz y nos enseñan a morir!...

En una suerte de pesimismo radical Terzaga solía decir: “Soy contradictorio, vehemente, abúlico, desorientado, inútil para la lucha por la vida, lleno de exabruptos, herido desde niño en el alma por no sé qué mal misterioso, doloroso, vago, sin nombre...” ¡Inútil para la lucha por la vida! Ese era en gran parte su drama, acaso de vinculaciones karmánicas. No pudo ganarse la vida con la pluma, no tenía habilidades manuales o comerciales.

Se le escuchó decir: “¡Paradoja soy ¡ Estremecida, enturbiada, sangrienta, viva paradoja”. Julio Carri Pérez escribe en el diario El Pueblo el 31 de marzo de 1917:

Tiene robusto el talento y rico el corazón, sabe pensar y sabe sentir pero le falta el optimismo decisivo que endereza la voluntad e inflama el entusiasmo...¡Lástima que un artista y pensador del coturno de Terzaga, no tenga una visión más amable y alentadora de la vida!...Tal vez de tanto sondear el misterio sin encontrar las soluciones definitivas, Terzaga ha cedido a la presión del pesimismo...Mas no es el pesimismo conturbador y sombrío con que se inficionaba Schopenhauer...Es más bien un pesimismo doloroso, acerbo, superior a su voluntad. De todos modos, su literatura resulta generosa y cordial...Por ahí nos deja una impresión de punzante incertidumbre, de amargura y de duda, pero siempre es comprendida. Ya dijo Rodó, con soberana eficacia, que sólo la máscara o la estatua tienen una expresión inmutable.

Terzaga escribía en 1918: “No tengo sino un solo respeto sin dudas: Nuestro Señor Jesucristo”. Y en 1921:

Leo mucho, batallo lo que puedo y no creo en nada [...] a no ser en Dios y en Lenin y agrega: a estas coincidencias explica, aunque con un poco de complejidad, la Teosofía... Como lo que menos tengo es de lógico, y sí mucho de intuitivo, creyente y aún crédulo, acato la coincidencia sin meterme allá en las sombras de nuestras mentes o nuestras almas, a indagar en tal caso el de dos más dos igual a cuatro. Creyente, crédulo, intuitivo, así he vivido, así, vivo, así viviré. Y así he de morir...(López: 1955)

Un año más tarde le escribía a Montagne “No soy católico, aunque mi aspiración sea profundamente cristiana. Siento el Cristo, pero no siento la Iglesia, no pertenezco a ninguna, ortodoxa o heterodoxa. Jesús está, para mí, en los cuatro Evangelios. Jesús y el Cristo” (López: 1955).

El Jueves Santo de 1923 le escribe al mismo amigo: “Por supuesto que la divina semana nos ofrece meditaciones fuera de toda ortodoxia. Pero no importa: ortodoxos o heterodoxos vivimos todos para El. Ni la justicia, ni la verdad, ni la belleza pueden existir fuera de sus palabras y de sus actos. Y morirse es testificarlo. Este acto último, absolutamente involuntario, es la puerta secreta que se nos abre a su absoluta sabiduría. Todo lo demás carece de importancia, inclusive eso que amamos tanto y que tan orgullosamente llamamos nuestro dolor” (López: 1955).

Andrés Terzaga, un heterodoxo de las primeras décadas del siglo XX, representa el signo de una rica, aunque embrionaria vida cultural en una pequeña ciudad de la pampa argentina.

 

Bibliografía del autor

  • Líneas. Buenos Aires: Ediciones Mínimas. Cuadernos mensuales de Ciencias y Letras, 1916.

  • Cartas a un amigo. Nota preliminar de Leopoldo Durán. Buenos Aires: Leopoldo Durán, 1944.

  • Exordios. Buenos Aires: Leopoldo Durán, 1954.

  • Correspondencia. Buenos Aires: Leopoldo Durán, 1957.

  • Revista La Nota “Lineas” en pp. 688, 910, 1427. Buenos Aires, 1916.

  • Revista El Ideal 1, 6 , 7, 8, 9, 13, Río Cuarto 1920.

  • Diario El Pueblo 31 de marzo de 1917.

 

 Bibliografía sobre el autor

  • Gálvez, Manuel. Recuerdos de la vida literaria. Amigos y maestros de mi juventud. Buenos Aires: Kraft, 1944.

  • Isaguirre, Omar. La Calle. Páginas dedicadas a Andrés Terzaga. 1 de agosto de 1982.

  • López, Andrés. Revista del Viajante. Río Cuarto: 1955.

  • Martínez Cuitiño, Vicente. El Café de los Inmortales. Buenos Aires: Kraft, 1949.

 

Carlos Pérez Zavala
Revisión Técnica: Adrián Celentano
Actualizado, julio 2005

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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