Teoría, Crítica e Historia

Enrique José Varona

 

"Enrique José Varona ante la condición humana"

Pablo Guadarrama González.
 

Datos biográficos

Nace en Santa María de Puerto Príncipe (Camagüey), Cuba el 13 de abril de 1849. Dirige la Revista de Cuba, una de las de mayor prestigio intelectual de la época en el país. Se vincula a la dirección del Partido Autonomista. Entre 1880 y 1883 dicta y publica en La Habana sus célebres Conferencias filosóficas sobre Lógica, Psicología y Moral, En 1885 luego del fracaso de su gestión como diputado ante las Cortes de España, rompe con el autonomismo por desacuerdos respecto al tema de la abolición de la esclavitud y el tipo de leyes que debían regir en Cuba. A partir de 1886 dirige la Revista Cubana en la que publica numerosos trabajo de carácter filosófico, literario, político y de divulgación científica.

A solicitud de Martí en 1895 asume en New York la redacción del periódico Patria órgano del independentista Partido Revolucionario Cubano. Durante la intervención norteamericana en la guerra de Cuba contra España en 1898, desempeña el cargo de Secretario de Hacienda y posteriormente de Educación del gobierno norteamericano en la Isla.

Con el establecimiento de la República en 1902 se dedica integralmente a su labor como Catedrático de la Universidad de la Habana. Reedita sus conferencias filosóficas actualizándolas con los avances del pensamiento de inicio del siglo XX. Regresa a la política en 1906 y funda el Partido Conservador Nacional. Asume la vicepresidencia de la República durante el gobierno de Mario García Menocal entre 1913 y 1917. Frustrado por la realidad política y social del país y condicionado también por el estallido de la I Guerra Mundial, entra en un período de marcado carácter escéptico que se plasma en sus aforismos de Con el eslabón.

En 1923 preside en La Habana, a solicitud del líder estudiantil comunista Julio Antonio Mella, el acto de fundación de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). En los últimos años de su vida abandonó su anterior escepticismo político y se convirtió en el mentor optimista de la juventud cubana de los años veinte, especialmente apoyando el movimiento de la Reforma Universitaria y en la lucha revolucionaria que logra derrocar la dictadura de Gerardo Machado. Fallece el 19 de noviembre de 1933 en Cuba, donde desarrolló básicamente su labor.

Su obra filosófica y su prestigio como escritor, crítico literario, periodista, orador, han sido reconocidos tanto en Cuba como en otros países. Su labor pedagógica dejó una significativa huella en los planes de estudio y en la política educativa cubana de la primera mitad del siglo XX.

 

Concepciones de Enrique José Varona sobre la condición humana

Las reflexiones antropológicas de Varona se fueron modificando en dependencia de múltiples factores condicionantes del pensamiento cubano del siglo XIX . Tras la batida propiciada por Félix Varela a la escolástica y José de la Luz y Caballero al eclecticismo la filosofía especulativa e idealista intentó infructuosamente tomar alguna fuerza con el krausismo que encontraría fuerte oposición en Varona (Monal, 2002: 35) . En la primera etapa de su evolución intelectual, con marcada postura positivista sui generis (Guadarrama, 2001), fundamentalmente durante las dos últimas décadas del siglo XIX, se mantuvo bajo la influencia de Spencer y afloran tempranamente sus ideas filantrópicas y de estimulación de la solidaridad entre los hombres. Esta actitud se mantendrá en definitiva, de un modo u otro, a lo largo de toda su vida.

Sin embargo, a principios del siglo XX, y en especial durante el período de crisis existencial marcado por el estallido de la I Guerra Mundial y por su frustración ante la corrupta vida de la naciente república cubana --al abandonar en 1917 la vicepresidencia de la República hasta mediados de los años veinte--, aparecieron en él con mucha frecuencia manifestaciones de escepticismo, pesimismo y nihilismo en cuanto a la condición humana, en las que se aprecia la impronta de Nietzsche (Varona, 1903: 66) y hasta ciertas expresiones misantrópicas (Varona,1927). Tales ideas han conducido a algunos investigadores a considerarlo como un escéptico creador (Camacho, 1949).

Sólo en los últimos años de su vida parece recobrar su optimismo y confianza en la posibilidad del progreso y el perfeccionamiento humano, plasmada en su identificación con las luchas de la juventud y en las potencialidades del pueblo.

Desde el inicio de su labor intelectual había confiado en el enriquecimiento humano a través de la educación y otras instituciones de la sociedad. Consideraba que ya que no es posible la ciudad de Dios, al menos se debe tratar de lograr un ser inteligente y bueno (Varona, 1883: 262). Y para lograrlo había que estimular la sociabilidad y la solidaridad, pues “el hombre sólo es hombre en el trato de sus semejantes, por eso sus emociones más gratas o más dolorosas, las mejor definidas, las que dejan tras de sí una huella más duradera se deben a la comunicación social” (Varona, 1905: 468). Incluso consideraba que aunque las emociones tienen una base fisiológica ante todo dependen del factor social. Y en otro momento sostendría que “la ley de afinidad existe para los glóbulos hombres, como la ley de afinidad para los glóbulos sangre [...] el hombre es un ser incompleto, para sentirse completo necesita del hombre” (Varona, 1895a: 85). Pero ante todo éste necesita de los avances de la ciencia, la técnica, y otras conquistas de la modernidad, como la democracia, además de la sociabilidad. Varona puso todo su empeño a lo largo de su vida en la labor pedagógica (Varona,1961). Propugnaba:

“Que se haga descansar toda la obra de nuestra enseñanza sobre una base estrictamente científica, para que sea objetiva, experimental y práctica. Hacer que el adolescente adquiera sus conocimientos del mundo, del hombre y de la sociedad de un modo principalmente directo, y no de la manera refleja que dan los libros y las lecciones puramente verbales, es preparar a los hombres para la activa competencia a que obliga la multiplicidad de relaciones de la vida moderna no espíritus para la especulación fantástica”. (Varona, 1900: 9)

Y aspiraba a la democratización de la enseñanza para que llegara a todos los sectores sociales. “Monopolizar el saber --planteaba en 1919-- resulta tan perjudicial como monopolizar las utilidades” (Varona, 1919ª: 332). Su confianza en la posibilidad de un progresivo y solidario mejoramiento de la condición humana a través de la educación se observa al inaugurar el curso de la Universidad de la Habana en 1903, cuando sostenía:

“Desde la escuela a la universidad la necesidad, el propósito y el deber de los profesores se concentran en formar hombres. Hombres que se sientan capaces de actuar frente a la naturaleza, para sacar de ella las utilidades que le permiten vivir y desarrollarse, que se sientan solidarios de sus coasociados, para concurrir con ellos a la generosa empresa de hacer mejor, más bella y noble la condición humana” (Varona, 1918: 37).

La preocupación por el mejoramiento de la condición humana no sólo está presente en momentos como estos cuando lo expresa en sus propios términos sino a lo largo de toda su labor humanista y desalienadora (Guadarrama, 2002), que se corresponde con la estos significativos elementos de la trayectoria del pensamiento latinoamericano. Sin embargo, en 1921, en plena crisis de su valoración de la naturaleza humana sostenía algo muy contrario a sus anteriores opiniones al respecto:

“El hombre ha inventado la máquina de vapor, el telégrafo, el bombillo eléctrico, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, ha suprimido la distancia, ha suprimido el tiempo y el hombre es un estúpido. Enajena su libertad por vivir en sociedad y se queda sin libertad y sin sociedad. A no ser que llamemos asociación a la mutua explotación” (Varona, 1921: 8).

No obstante, durante ese período de arraigado escepticismo intentó analizar la condición humana con la mayor objetividad posible: “El hombre es imperfecto. Palabrería. El hombre es como es. Pudiera ser de otro modo. Eso quiere decir que puedes imaginártelo de otro modo; pero es como es. Pudiera estar colocado en otras circunstancias. Eso quiere decir que puedes idearlo en otro ambiente; pero las cosas son como son. No hay salida.” (Varona, 1924: 207).

Las ideas sobre la condición humana que prevalecen en este período de principios del siglo XX en Varona, en verdad, resultan muy desfavorables. Algunas de sus anteriores ideas críticas de la naturaleza humana, que habían aflorado esporádicamente en la nueva etapa, se incrementan como la siguiente: “La generalidad de los hombres son unos autómatas que se imitan unos a otros, lo mismo cuando obran que cuando piensan” (Varona, 1914: 129).

Recrudece sus críticas a la crueldad del hombre para con sus semejantes. Sostiene que la concepción del hombre bueno del pasado sólo existe en la fantasía del historiador. ( Varona, 1919b: 143). Considera que: “como el hombre es una fiera inteligente, es la peor de las fieras” (Varona, 1924: 203). Y no duda en denominarlo “gorila repulido”, “orgulloso antropoide reformado”. (Varona,1903: 228) Lo considera “ el desconcentrador, el destructor, el hombre” (Varona,1921: 32), “un monstruo” (Varona, 1923: 198), que “tiene la mentira” (Varona, 1919b: 359). Aun cuando son innegables estas manifestaciones de cuestionamiento de las virtudes humanas por parte de Varona en ese período de su vida, resulta erróneo extrapolarlas y considerar que fueron nota común a toda su concepción antropológica.

Varona insistió mucho en la necesidad de la sociabilidad humana. La importancia que le atribuye a los factores sociales en la determinación del hombre se demuestra cuando plantea que la formación del individuo por el grupo cambia en correspondencia con la extensión y cohesión del mismo, pero no por eso es menos real que cuando se reducía a la horda primitiva. “En este caso como en aquel caso, el individuo recibe de fuera la impresión que la modela y se encuentra al cabo, pensando, queriendo y obrando como su maestro anónimo e incógnito: la sociedad de su época”. (Varona, 1914: 115).

Para él “no es posible concebir al hombre fuera del estado de sociedad porque carecería de sentido” (Varona, 1914: 115). Esto implica que “sus estados subjetivos se modelan sobre sus impresiones objetivas del orden social”, aunque “no nos demos cuenta de esa dependencia, como no nos las damos generalmente de que respiramos” (Varona, 1914: 105). Es por eso que “aun este reducto de la individualidad la conciencia de un sabio, lo vemos forzado por la influencia de la colectividad. Se refugia en su pensamiento y encuentra allí mil huéspedes extraños; aquella idea que le parece más propia es quizá mero préstamo de un acreedor incógnito” (Varona, 1914: 127).

Las reflexiones antropológicas de Varona siempre tomaron en consideración la articulación entre los individuos, las personalidades y los pueblos. Varona no acepta que la historia universal sea simplemente la que realizan sólo los grandes hombres y se desconozcan los determinantes sectores populares que participan en el progreso social. (Varona, 1884: 73).

Se opuso a la exageración del papel del individuo en la historia. “Los hombres superiores son útiles --sostenía--, pero no indispensables. Los pueblos no deben esperar milenarios, ni Mesías deben saber que el trabajo continuado de los pequeños es el que realiza las obras colosales que luego se atribuyen a los grandes” (Varona, 1886: 87). A su juicio “los pueblos son los que labran su propio destino”( Varona, 1933: 131):

“En todo momento histórico hay algo siempre accidental que no conviene confundir con lo permanente. Lo accidental son los hombres que representan una situación. Lo permanente son las ideas que conforman un estado social. Desde luego que las ideas no son entelequias como decía la vieja escolástica, viven en el cerebro que las hospeda. No se puede prescindir de los hombres que las abrigan y realizan; pero se debe tener presente que todo hombre es efímero” (Varona, 1969: 10).

El determinismo varoniano no implicaba que el hombre no pudiese actuar con entera libertad. Desarrolla una comprensión dialéctica entre la necesidad y la libertad, como había sido propio de otras grandes personalidades latinoamericanas, entre ellas Bolívar y Martí, porque con acierto plantea que el hombre, en la medida en que aumenta sus conocimientos sobre la realidad, actúa con mayor libertad; por tal motivo le otorgaba tanta importancia a la educación. Según Varona, “el hombre no puede por tanto sustraerse al determinismo, pero sí puede en cierto modo educarlo y guiarlo que es aquí vencerlo. No es un autómata, más para no serlo se necesita cultivar tanto la inteligencia como el sentimiento: la educación es su verdadera redentora” (Varona, 1905: 410). En realidad, sí concibe al hombre actuando con libertad condicionado históricamente.

El determinismo varoniano no conduce al fatalismo, porque valora correctamente el papel del conocimiento en su función desmistificadora de la realidad. La necesidad es objetiva, pero el hombre no se somete a ella como dócil cordero, sino que la conoce y transforma en su praxis social, y Varona se percató de ello al plantear: “El hombre no es libre, pero se hace libre, Empieza por obedecer, acaba por escoger, pero no escoge por capricho, escoge determinándose” (Varona, 1905: 411). En sus análisis sobre la evolución de la moral arribó a la correcta conclusión según la cual una postura determinista absoluta significaba la negación del valor de la acción moral. El hecho de que el hombre por medio del conocimiento adquiriese grados de libertad, no significaba que se emancipase por entero de las exigencias de la necesidad. Por esa razón argumentaba:

“Enriqueciendo la conciencia con experiencia y preceptos, depurando los sentimientos escapa el hombre en la medida de lo posible al yugo de hierro de la determinación, acto reflejo, y su actividad despojada de un automatismo ciego, se espacia en tan diversas direcciones, por campos al parecer tan limitados, que se siente, que se cree libre” (Varona, 1914: 265)

Incluso en momentos de crisis de sus concepciones antropológicas, planteaba: “La sociedad nos pone una camisa de fuerza --Cierto. Pero quítatela y verás. Ni Polifemo con su ojo sano” (Varona, 1927: 3). Esto demuestra que en general confió en que el hombre puede actuar con libertad en la medida en que va conociendo las fuerzas naturales y sociales, así, de manera consciente puede intervenir en el desarrollo de los acontecimientos y al menos orientarlos de acuerdos con sus intereses.

Según él: “Ante la naturaleza el hombre se siente pequeño. Pero si va hacia ella con aliento y constancia logra penetrar sus secretos y dominarlos. Entonces sus manos realizan milagros y de nuevo Cristo da luz a los ciegos”(Varona, s.f: 432).

Aunque en determinados momentos de la evolución filosófica de Varona, especialmente en sus años de crisis, se observan ciertos rasgos de escepticismo, en lo fundamental de su obra se identificó mucho más en sentido general con el optimismo epistemológico. Consideró que el conocimiento humano avanza a cada instante y las teorías científicas se perfeccionan y se ajustan cada vez más a la realidad objetiva. Para él, “ El hombre busca la verdad, porque necesita ajustar sus acciones a sus conocimientos” (Varona, 1902: 7). Fue la confianza en el conocimiento científico lo que fundamentó su fe en el progreso de la humanidad y la confianza en que el hombre puede alcanzar la verdad como adecuada correspondencia del pensamiento con la realidad.

Su postura empirista mesurada descansa sobre la base de un optimismo epistemológico que se enfrenta a todo subjetivismo, idealismo y espíritu metafísico. Esa misma actitud es la que sirve de sostén a sus ideas evolucionistas y ateas confluyentes con el materialismo filosófico, aunque crítico de las trivializaciones de que este había sido objeto por parte de algunos de sus representantes. Ese optimismo epistemológico se puso de manifiesto cuando valoró los méritos de la teoría evolucionista y afirmó que “siempre ha sido la primera que ha dicho al hombre; para conocerte a ti mismo, para determinar el lugar que ocupas en la naturaleza, para descorrer el velo de los orígenes, te basta a ti propio, te bastan tus métodos, te basta tu ciencia” (Varona, 1883: 311).

El optimismo epistemológico de Varona se fundamentaba en el criterio de que la correspondencia de la acción humana con la búsqueda del “efecto ideado y previsto” sobre la base de una adecuada observación del mundo objetivo, conducía a la posesión de la verdad, la cual siempre, para que fuese tal, tendría que tener un carácter y contenido objetivo, pues con razón sostenía que “una verdad meramente subjetiva es una quimera” (Varona, 1902: 56). Aunque el filósofo cubano le otorgó merecida importancia a la fuente del conocimiento en la experiencia, no desdeñó en modo alguno el decisivo papel de la deducción lógica como camino imprescindible del conocimiento humano.

Las preferencias de Varona por el empirismo se justificaban por su identificación con el cientificismo propio del positivismo. En la misma medida que paulatinamente fue comprendiendo las limitaciones de esta postura filosófica, así también tomó mayor distancia del reduccionismo empirista e insistió en la necesidad de ir a un proceso de reconstrucción de algo tan esencial al saber filosófico como es el método, que permite el adecuado conocimiento del mundo si se aplican adecuadamente sus procedimientos, los cuales posibilitan que “el espíritu empiece su tarea frente a la naturaleza y la termine volviendo a la naturaleza” (Varona, 1902: 136-137).

No aceptó la contraposición del dualismo cartesiano entre actos reflejos y actos sicológicos. Tampoco se identificó con la teoría mecanicista del estímulo-reacción, referida únicamente a los planos inferiores del sistema nervioso, ni consideraba al individuo como un simple receptor pasivo de estímulos exteriores. En este sentido otorgaba mayor reconocimiento al papel del lado activo del sujeto en el proceso del conocimiento.

Criticó el sensualismo: “por desconocer la actividad verdadera del sujeto convirtiéndolo en una tabla rasa, llamado a repetir solamente los estímulos exteriores” (Varona, 1880: 156). Al criticar la concepción mecanicista del estímulo-reacción, cuya base teórica se encuentra en el determinismo mecanicista, no se enfrentó a la concepción determinista en general del mundo, sino que, por el contrario, se adhirió a ella.

Varona se negaba en principio a escindir en un abismo los procesos psíquicos y los fisiológicos, aunque se percataba de las limitaciones del conocimiento científico de su época para demostrar su postura monista y enfrentarse al dualismo y al idealismo filosófico. En todo momento Varona insistió en la fuente objetiva del conocimiento, y se enfrentó a todo subjetivismo que condujese a conclusiones erróneas sobre el contenido objetivo de la realidad que el hombre conoce. Por tal motivo sostenía: “parece que cuando nos entretenemos en dar libre curso a nuestra imaginación, tenemos fenómenos del todo independientes de un comienzo objetivo. No hay nada de eso” (Varona, 1905: 30). Este punto de partida es básico en su confluencia con el materialismo filosófico y en su postura crítica ante el idealismo y la metafísica (Guadarrama: 1987). Su optimismo epistemológico se expresa sintéticamente en estas palabras:

“Sólo tengo una fe, una fe tranquila, pero inquebrantable en la ciencia del hombre y en la bondad de los métodos que emplea. Un problema no resuelto no es un problema irresoluble. Esperemos [...] Nuestro intelecto busca la unidad; las fuerzas materiales son una; las mentales son una; esta dos ¿serán una sola?. Así lo creemos, ni lo sabemos [...] esperando el hermoso día en que la voz del genio perseverante diga otra vez sea la luz y la luz sea” (Varona, 1883: 192).

Se mantuvo atento al desarrollo de las investigaciones científicas de su época, como se manifiesta en los múltiples artículos que publicó para comentar estos avances, tanto en las ciencias naturales como en las sociales. Se percató del creciente papel que asumían las ciencias en el mundo moderno y, por tanto, la necesidad que tenían los pueblos emergentes de cultivarla para disfrutar de sus logros e intentar alcanzar el nivel de vida y desarrollo de los más avanzados. A su juicio, “la pesquisa de la ciencia ha de ser desinteresada; muy cierto; pero desinteresada no quiere decir indiferente. Ha de ser animarla y moverla el alto y claro propósito de que sus adquisiciones se encaminen al mejoramiento del hombre, al bien de la patria, al mejoramiento de la civilización; que es la manera que tienen los pueblos de contribuir con su cuota individual al progreso de la humanidad” (Varona, 1918a: 27). La búsqueda de diversas vías para el mejoramiento humano es algo constante en su pensamiento.

No compartió la tesis positivista, según la cual el desarrollo de las ciencias atentaría contra el contenido y el status del saber filosófico. Para él la filosofía tenía un objeto y una función que jamás podrían ser sustituidos por las ciencias, aun cuando no pudiese prescindir de los resultados de estas, del mismo modo que las ciencias no podrían desarrollarse plenamente al margen del desarrollo del pensamiento filosófico. La labor integradora de todo el saber humano y la pretensión de esclarecer los enigmas planteados por enfoques dicotómicos de la realidad que conducían al dualismo, constituían para el pensador cubano una labor eminentemente filosófica que la ciencia no podría nunca por sí sola resolver.

Estimulaba la investigación científica porque sabía que el hombre, utilizando ese insustituible instrumento, podía asegurarse una vida mejor, “el hombre necesita prever los cambios que se verifican en torno suyo y muchas veces necesita suscitarlos. Las relaciones de causa le permiten esa previsión y le dan ese poder [...] El fin de la ciencia es llegar al descubrimiento de las causas y las proporciones” (Varona, 1902: 132). Y en otro momento apuntaba: “las ciencias, cuyo objeto principal es el conocimiento de la naturaleza, para seguridad y provecho del hombre, han de poner su principal empeño en la determinación de las causas, y que las inducciones de causalidad sean el dominio propio del hombre científico” (Varona, 1880: 113).

Sus ideas sobre la ciencia estaban orientadas a ponerla en función de la transformación de la realidad social de su tiempo; por eso, aseguraba: “El trabajo no puede estar bien dirigido, ni ser productivo de un modo remunerador, si no lo guía y fecunda la ciencia. No trabajan del mismo modo y con igual éxito el hombre inculto y el civilizado” (Varona, 1961: 157). Y para Varona la cultura no debía ser exclusiva cuestión de élites, pues “La cultura superior es de incontestable importancia, pero florecerá siempre como planta exótica y como riesgo inminente de muerte donde no arraigue en una extensa y bien preparada y dirigida cultura popular”(Varona, 1883: 344). La ciencia la consideraba una poderosa arma contra el oscurantismo:

“En nuestra época, --aseguraba-- hastiada de las quimeras de lo sobrenatural, la pesquisa sincera de la verdad se sustituye a los antiguos ideales que ponían en un mundo trascendente la explicación de lo real, la norma de la vida y el fin de la humanidad. La ciencia escruta la naturaleza y penetra en su gran laboratorio, haciendo al hombre colaborador inteligente de sus ocultas obras. La ciencia estudia al hombre, aislado y en sociedad, lo analiza y descompone y le enseña a conocerse y regirse. Le da a la vez la voz de alerta para que se precava, le muestra la sanción ineludible que las leyes naturales saben imponer a sus transgresores y al mismo tiempo le enseña como puede fortificarse contra las causas de destrucción, llámese enfermedad, vicio o injusticia. Enseña al hombre físico que hay un componente de reglas, que constituyen la higiene, y lo ponen a salvo de terribles dolencias; enseñan al hombre social, que hay una higiene superior, que se llama la moral, que garantiza a las sociedades contra males más destructores que la peste” (Varona, 1888a IX).

Las ideas de Varona sobre la religión se caracterizan no sólo por su marcado anticlericalismo, y su refinada postura atea, a la cual llegó producto de la lectura de los clásicos de la literatura y la filosofía universal, así como mediante su sostenido contacto con los avances científicos de su época, en especial, la teoría evolucionista.

Sus ideas sobre el origen de la religión resultan impresionantes por su claridad y marcada intención de rigor científico. Rebuscó las raíces epistemológicas y sociológicas de la aparición de las ideas religiosas. Un elemento significativo en sus ideas sobre la religión es la tesis sobre la génesis social de las mismas y el vínculo existente entre ellas y los intereses de diferentes sectores y clases sociales. Según él: “ desde el fetichismo más grosero hasta el deísmo más depurado, todas las relaciones del hombre y sus dioses están vaciadas en el molde social” (Varona, 1914: 182).

Criticó a todas las religiones por igual, no tanto en lo que las diferencia, sino en lo que las identifica según él, esto es, imbuir el espíritu de sumisión y no permitirle al hombre que despliegue todas sus potencialidades, de ahí que se cuestionase “ El cristianismo ¿es la verdad? No, ni el mahometismo, ni el mosaísmo, ni el budismo. Pero resulta que en materia de religión, la verdad no tiene voz en el capítulo. Quien habla y dogmatiza y ordena con mero y mixto imperio es el sentimiento” (Varona, 1927: 355). Considera que “las grandes religiones, y las sectas que pululan en torno suyo, disputan furiosamente por los centímetros de absurdidad en más o menos, que cada uno contiene” (Varona, 1927: 146).

Para Varona “ la base de toda religión es pesimista” (Varona, 1927: 89). Y “La religión no es la verdad. Es el consuelo” (Varona, 1927: 11). Más allá de consideraciones ontológicas sobre la existencia o no de Dios, lo que le interesaba a Varona era enfatizar la vía desalienadora que posibiliten al hombre nuevos grados de emancipación en todos los planos y no solamente en el político o económico. Además de declarar abiertamente su ateísmo acentuaba el motivo social que le hacia desconfiar de que las ideas religiosas contribuyesen verdaderamente a la construcción de un pensamiento humanista y desalienador en nuestra América.

Varona siempre se consideró “evolucionista convencido” que consideraba al hombre como una especie de “animal perfeccionado” (Varona, 1883: 215). A su juicio todo análisis, tanto de la naturaleza como de la sociedad, debía ser sometido “al principio evolucionista, que ilumina todas las ciencias” (Varona, 1880: 16). Esta concepción, tenía, en primer lugar, el mérito de reconocer la existencia de leyes objetivas tanto en la naturaleza como en la sociedad, con independencia de la presunción de la existencia de algún tipo de voluntad sobrenatural.

La evolución en su condición de ley universal se expresaba en todo el desarrollo social y especial en la moral. Su preocupación primordial era convertir la ética en una verdadera ciencia que se debía estudiar desprejuiciadamente. La base de todo su análisis ético se asentaba en la idea de que “el hombre es moral porque es sociable” (Varona, 1888b: 9). Deducía la moralidad de la sociabilidad, la que consideraba como un producto natural inherente a todos los seres orgánicos en diverso grado; esto lo haría inicialmente aproximarse a algunas de las conclusiones de los etólogos al considerar la validez de la moral en el mundo animal.

Su intención básica era demostrar que la moral humana poseía una raíz natural y no dar posibilidad, de ese modo, a algún tipo de su supuesta génesis divina. En este aspecto ratificaba su postura materialista. Sin embargo, sus ideas al respecto no se mantuvieron inalterables. Posteriormente, en 1921, sostendría que “la moral es una cosa puramente humana. En el resto de la naturaleza no se encuentra. Ni debajo, ni encima del hombre. Varía con él, como él varía en el tiempo, varía en el espacio. Y sobre este cimiento inestable presumimos edificar el gran edificio de la sociedad” (Varona, 1927: 11).Ahora bien, en la mayor parte de su pensamiento ético se aprecia una visión naturalista y evolucionista de la moral, que toma en consideración factores biológicos como la herencia genética, el medio geográfico, las diferencias raciales, etc., para delimitar su evolución.

Consideraba que la mezcla de razas era un factor que podía contribuir al perfeccionamiento y desarrollo de la moralidad (Varona, 1888b: 21). Admitía un progreso en la moral de los pueblos, al considerar que la humanidad iba superando criterios que en un momento eran aceptados como válidos, y luego han sido enjuiciados críticamente. Pensaba que el hombre se ve obligado en alguna medida a subordinarse a los demás y que el desarrollo de su conciencia moral da lugar a que ejercite determinados sentimientos morales, los cuales resultan fortalecidos y ponen al individuo en mejores condiciones para vencer en la lucha por la existencia. Así, concebía el afianzamiento de los sentimientos morales como producto de un proceso de ejercitación que fortalece al hombre en su progreso social.

Varona le concedió mucha importancia al impacto social de los valores morales aunque el tema axiológico propiamente no haya sido objeto de su reflexión teórica, por lo que resulta difícil precisar la especificidad de sus criterios al respecto.

El pensador cubano, más que ningún otro positivista de aquella generación suya, confió en las posibilidades humanas y en su perfeccionamiento a través de la educación y de otros mecanismos sociales que traerían, a la larga, un mejoramiento notable de la moralidad. El énfasis otorgado por Varona a la enseñanza y a la búsqueda de nuevos métodos pedagógicos, basados en la experiencia y en la actividad práctica utilitaria, demuestra su inconmovible fe en el engrandecimiento del género humano. Pero para lograrlo sabía que era necesaria una transformación social, que al principio pensó era posible sin alterar las bases sobre las que se asentaba la sociedad capitalista, hasta que llegó a reconocer que los socialistas tenían alguna razón al criticar las injusticias que el capitalismo propiciaba, por lo que debía ser superado.

 Se identificó inicialmente con el reduccionismo propio del darwinismo social, que implicaba subordinar la complejidad de las leyes sociales a un nivel inferior del desarrollo de organización del mundo material, esto es, el mundo biológico. Esta concepción tenía la intención de concebir los fenómenos sociales por medio de un enfoque sistémico a través del cual la estructura y función de cada elemento que compone el complejo andamiaje social pudiese ser explicada con la misma objetividad con que se hace en el estudio de cualquier ser vivo.

Este criterio le condujo inicialmente a admitir la existencia de razas humanas superiores e inferiores, y hasta admitir la existencia de “caracteres morales de las razas” (Varona, 1888b: 133). Sin embargo, resulta muy significativo que Varona aunque admitía la existencia de razas superiores e inferiores no se dejase arrastrar por las consecuencias ideológicas de tipo racista (Meza, 1999: 12) que era común encontrar en algunos defensores de las ideas socialdarwinistas. Por el contrario, sus tesis melioristas y su confianza en el papel activo de la acción humana, y en especial de la acción política y educativa, le hicieron oponerse a la esclavitud de los negros, a su discriminación, así como a cualquier tipo de justificación biologizante de la explotación de algún pueblo, género o etnia.

Criticó la esclavitud por la degradación de la persona que esta produce: “El sentimiento y la noción suprema en la vida social se encarna en el respeto a la persona humana ¡Tengamos cuidado! Todavía entre nosotros, si buscamos bien, encontraremos en nuestras casas el látigo olvidado en algún rincón” (Varona, 1927: 63). Sostenía que la raza negra podría llegar a los niveles más altos de la vida política y económica del país si se le proporcionaban las vías educativas y sociales para ello. Según Varona, la superación del racismo era indispensable para el logro de la plena emancipación, no sólo del pueblo cubano, sino de todos los pueblos del mundo.

Atribuía a una falta de evolución en los pueblos el crimen, la prostitución de las capas y pueblos inferiores en la civilización (Varona, 1914: 164). Varona le otorgó mucha importancia al papel de la mujer y la familia en la sociedad. Concebía la necesidad de una educación diferenciada para ella de acuerdo a las funciones específicas que esta debía desarrollar. Reconocía al igual que otros intelectuales de su época el papel destacado de las mujeres en grandes ideas y transformaciones sociales de la vida moderna como la Revolución Francesa (Varona, 1882: 19). Confiaba en el incremento del papel de la mujer en el desarrollo científico y político de la sociedad, además de su insustituible función en el desarrollo de la familia:

“Pues ha de vivir y es lucha la vida, --sostenía-- dejadla tomar las mejores armas, las de la ciencia. Una educación muy sólida, porque la mujer es un ente moral cuyos sentimientos, deseos y pasiones tienen un influjo constante en la vida de las sociedades, que pueden alterar y trastornar, como pueden conservar y fortalecer; porque su papel es preponderante en el hogar, donde se templan los caracteres, de cuya pugna o concierto resulta luego la prosperidad o la ruina de los estados”[...] “Una educación muy sólida, porque la mujer es un miembro de la sociedad, y cuando por excepción vive sólo para sí, debe conocer los derechos que la guardan, como conoce los deberes que practica, y no hay razón para que la dejeís indefensa cuando se queda en el aislamiento. Puesto que es una persona jurídica, abridle los secretos de la ley, dejadle conocer la organización y el mecanismo del cuerpo social de que forma parte y a cuyo desarrollo contribuye” (Varona, 1961: 52).

Otro sector social que estuvo permanentemente valorado y estimulado en Varona fue la juventud. En 1917 sostenía:

“La esperanza del mundo, esa preciosa simiente de mejores destinos, está depositada en manos de nuestros mancebos. Que no contaminen su espíritu ferviente las miasmas deletéreas de nuestra desesperación. Que esperen a pesar de todo y contra todo; y que sepan realizar con generoso esfuerzo lo que les promete para el mañana el noble ardor que los espolea. Que sepan desnudarse de veras del hombre viejo, y que logren realizar, en hora más bonacible, la necesaria palingenesia de la humanidad” (Varona, 1917a: 37).

Y en otro momento apuntaba: “la juventud siembra; la edad madura cosecha; la vejez consume los rastrojos” (Varona, s.f: 66). La mayor confianza de Varona se plasmó al final de su vida cuando apoyó el movimiento estudiantil de la reforma universitaria y la lucha contra la dictadura de Machado (Vitier, 1937).

Inicialmente Varona no había prestado tanta atención en la existencia de la lucha de clases, como lo haría posteriormente en la etapa final de su vida; enfatiza mucho más en otras formas de lucha del hombre con la naturaleza, el medio geográfico y con el propio hombre, por lo que en un inicio puso de manifiesto una concepción multifactorial sobre el desarrollo social, hasta que llegó a reconocer el significado especial que para el mismo poseía el elemento económico. En los primeros años del siglo sostenía: “Cada individuo imita al otro que admira; cada clase a la que está encima [...] Mientras haya hombre y clases sociales --lo que va para largo-- se repetirá inflexiblemente el mismo fenómeno” (Varona, 1917b: 34).

La confianza de Varona en el avance de la ciencia, la tecnología, el arte y la literatura así como en el perfeccionamiento étnico y moral de los pueblos, se fundamentaba en su visión del progreso social. La teoría del progreso poseía una raigambre ilustrada y positivista, que en este último caso estaba articulada a las ideas de orden y evolución. La noción varoniana de progreso estaba indisolublemente ligada a su evolucionismo extendido al plano social. Su concepción del progreso descansaba en la filantrópica postura de la solidaridad social. En este plano su pensamiento se articulaba con lo mejor de la tradición humanista del pensamiento cubano y latinoamericano.

Consideraba que el progreso debía partir, ante todo, del trato altruista de cada individuo con sus semejantes. Tales concepciones eran muy comunes en esa época, no sólo entre los seguidores del “socialismo ético” de Bernstein, sino entre otros reformadores sociales que aspiraban honestamente a un perfeccionamiento de la sociedad evitando los métodos revolucionarios. En esta situación se encontraba Varona, quien generalmente se opuso a las transformaciones revolucionarias de la sociedad. No obstante estas consolidadas ideas hostiles a las vías revolucionarias para impulsar el progreso social Varona, ante la solicitud expresa de Martí, se incorporó a la lucha revolucionaria por la independencia de Cuba y desplegó una valiosa labor ideológica en su fundamentación.

Varona vio las revoluciones, en general, como obra de minorías, y como un triunfo de la irracionalidad en la historia, en la que se despliega una demencia general nociva al progreso social. La antítesis evolución-revolución estuvo muy presente en el pensamiento social de Varona, y aunque prefirió siempre las reformas y las vías evolutivas graduales, no dejó de reconocer que hay momentos en la historia como en la lucha por la independencia de Cuba en que se justifican los cambios revolucionarios y la utilización de la violencia y las guerras, pues “Cuando un pueblo no resuelve sus problemas, los resuelve con las armas” (Varona, 1896: 1).

Consideraba que “la guerra es una triste necesidad” (Varona, 1919: 3), por lo que se debe “reducir la guerra a los límites necesarios” (Varona, 1895b: 1), ya que según su opinión “para el hombre moderno y civilizado, el derecho cesa de ser tal cuando se le reclama por medio de la violencia” (Varona, 1919c: 224). Su pensamiento democrático y liberal era mucho más favorable a la solución de los conflictos por la vía pacífica, pero esto no impidió su comprensión de aquellas situaciones en que había que utilizar la violencia.

Inicialmente compartió las tesis spencerianas de la defensa del individuo frente al Estado, pero la lucha política le conduciría a cambiar de opiniones y a considerar que al menos en la situación cubana de inicio de la vida republicana, el Estado debía ser centralizado con energía por el poder ejecutivo. Para él la función del Estado no era tanto la organización de la sociedad, sino la constitución del derecho y la justicia (Varona, 1891: 142), especialmente la defensa de los derechos humanos de los ciudadanos.

Aceptó la maquiavélica opinión sobre la posibilidad de corrupción de los gobernantes, aunque en su caso estuvo muy lejos de evidenciarse esa tendencia, pues hasta sus últimos días vivió en la mayor austeridad. En 1922 recomendaba: “¿Y si tropezamos con el ave fénix, con el gobernante perfecto? Como el gobernante perfecto ha de ser un hombre, no demos ocasión a que el tiempo cercene y fatalmente ha de cercenarle sus perfecciones. Que sirva en su único período, de modelo y de estímulo” (Varona, 1922: 9).

La formación ideológica de Varona se orientó desde su juventud por la senda del liberalismo, que se identificaba con el establecimiento de una república bajo los principios que la democracia burguesa que había se había consagrado en el siglo XIX, época en la que predominaba el capitalismo premonopolista. Sin embargo, ya en esa época se percataba de los males sociales que aquejaban a aquella sociedad.

Y entre esas clases sociales condenadas estaban los trabajadores, a quienes Varona, admiraba y trataba de que se encontraran soluciones que mejoraran su difícil situación. Al concluir la I Guerra Mundial, el pensador cubano planteaba al respecto que “el problema obrero del mundo, que es inmediato después de los grandes problemas relacionados con la paz, el más grave de los que han de presentarse en el futuro inmediato. No es posible que creamos que no ha cambiado nada en el mundo. La situación hoy de la parte civil de la humanidad es muy distinta a la que precedió a la guerra actual. Ocurrían antes choques de gobiernos; el de hoy es de pueblos contra pueblos, y el gran auxilio en la empresa magna ha sido precisamente el de las capas que se han dado cuenta de su verdadera importancia como factor social” (Varona, 1918b: 1).

Su postura política, en sentido general, lo distanciaba de las ideas socialistas como lo expresó en múltiples ocasiones a fines del siglo XIX. Pero esto no impidió que a partir de la segunda década del siglo XX se percatara paulatinamente de las justas demandas de la clase obrera por mejorar sus condiciones de vida. Y por eso, se percató de la envergadura que tomaría la lucha entre las clases fundamentales de la sociedad capitalista. “La lucha que ahora empieza de veras –sostenía en la segunda década del siglo XX--, la lucha entre el propietario y el proletario, dejará pequeñitas cuantas ha presenciado la humanidad con espanto” (Varona, 1927: 94).

Su antiimperialismo descansó en un análisis sociológico y económico del fenómeno, que expresaba una actitud identificada con el sentir del pueblo cubano frente a la amenaza constante de los gobiernos ingerencistas de los Estados Unidos de América.

Varona sabía muy bien que el conflicto entre las dos Américas no era simplemente económico, político o militar, era también un problema de desarrollo cultural. Exaltó el extraordinario valor de la cultura latinoamericana. Se dio a la tarea de promover el reconocimiento de los valores de la cultura latinoamericana en múltiples espacios intelectuales norteamericanos y europeos. A la vez su labor intelectual fue altamente valorada y reconocida en numerosos espacios intelectuales de América y Europa, no sólo por su condición de pensador original y auténtico, sino también en su condición de escritor.

Gran parte de la obra varoniana está dedicada a temas sobre arte y la literatura. No sólo cultivó la poesía, el aforismo y el ensayo con magistralidad, sino que dedicó numerosos trabajos al análisis como crítico literario y artístico. Incursionó en múltiples temas de la literatura iberoamericana, europea y norteamericana. Su labor periodística en este terreno le abrió espacios en muchas revistas y otras publicaciones nacionales y extranjeras. Al comentar una obra sobre “El romanticismo en España” considera a su autor:

“El tipo cabal del hombre de letras, por vocación y dedicación; el hombre que se da al arte literario como el pintor verdadero a la Pintura, el músico a la Música. Ve la obra literaria y gusta de ella y la juzga como artista, por la obra en sí, por el valor expresivo y emocional que atesora. Gracias a eso sostenido por ese amor y el concepto de la dignidad profesional que inspira, nos da estudios completos desde el punto de vista de la información, sinceros, y cuando el caso lo demanda, vivificados por el calor de la emoción hondamente sentida” (Varona, 1949: 86).

En otro momento analizando la importancia social del arte sostenía:

“Son las sociedades organismos que cuanto más coherentes, mejor resisten a las fuerzas circunstantes y adversas, y ya veis que poderoso medio de provocar y mantener la cohesión entre los hombres, es una rica producción artística. Los que aprenden a sentir del mismo modo, aprenden a la par a amarse, porque no hay comunión que aproxime y unifique más que la del sentimiento. Dondequiera que halléis unas mismas obras igualmente estimadas, estudiadas y enaltecidas, no miréis si hay divisiones ficticias, si hay fronteras que separen, allí hay hombre cuyos pensamientos se comunican, allí hay un pueblo”(Varona,1949:154).

Varona apreció en alto grado la dimensión intelectual de algunos de sus contemporáneos como José Martí, José Ingenieros, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, José Carlos Mariátegui, etc. Del mismo modo que estos expresaron su admiración por el pensador cubano y sostuvieron intercambio epistolar con él. También Baldomero Sanín Cano, German Arciniegas, Cesar Zumeta, Gabriela Mistral, Alfonso Reyes y otras destacadas personalidades de la cultura iberoamericana le expresaron directamente su alta estimación por el valor de la integridad de su obra.

Si desacertado resulta pensar que hubo un significativo cambio ideológico en la postura de Varona, también erróneo sería desconocer que se produjo una radicalización de su pensamiento durante los últimos años de su vida. Eso no significó que se observase un giro radical en su orientación ideológica, pero sí el reconocimiento de que los pilares del democratismo liberal sobre los cuales había cimentado sus ideas sociopolíticas se habían quebrado y aparecía una nueva opción de construcción social.

A un filósofo de la talla intelectual de Varona no se le podían escapar las agudas contradicciones de la sociedad contemporánea, y que los socialistas, -aunque no compartiese sus ideas-, parecían proponer encontrarle alguna solución. Por tal motivo reflexionaba: “ En la vida social aunque el egoísmo suele hacernos olvidadizos, todos somos solidarios. Y yo, que no soy socialista, he dicho y muchas veces, que el gran problema de la hora actual es el socialismo, con las soluciones que cree presentar a todos los problemas del día. Y repito que, seamos socialistas o no, a todos nos toca ver el modo de preparar ese porvenir más o menos inmediato de modo que sea el resultado de conciertos sociales y no de colisiones. Todos los factores de la vida colectiva tienen derecho a ser atendidos. El mal está en haberse creído que unos podían pesar siempre sobre otros y vencer su fuerza de resistencia. Hagamos porque esta fuerza de resistencia procure equilibrar y no destruir a la otra en su reacción” (Varona, 1918b: 1).

Por fortuna, nuevos brotes de optimismo aparecieron en sus últimos años cuando cifró sus esperanzas en la juventud y en las nuevas fuerzas sociales que derrocaron revolucionariamente la dictadura de Gerardo Machado. De nuevo el viejo filósofo recuperó la confianza en el perfeccionamiento humano que su humanismo desalienador desde temprano había cultivado.

Varona no fue un filósofo que se dejó atar por una postura ideológica cerrada o una corriente filosófica en particular. Simpatizó la mayor parte de su vida con el positivismo sui géneris, que se manifestó en América Latina, pero también supo dejarlo a un lado y superarlo cuando comprendió sus limitaciones. Fue lo suficientemente capaz para analizar los problemas filosóficos y sociológicos con el mayor nivel de originalidad y autenticidad que sus circunstancias históricas se lo permitieron. Su incansable avidez autodidacta por la lectura de los clásicos de la filosofía mundial, así como la realidad cubana y latinoamericana, sus estancias en España y Estados Unidos, le sirvieron de fuente directa de información y objeto permanente de análisis para enfoques con óptica propia. Su pensamiento no quedó encartonado en anaqueles académicos. Supo ganarse el merecido prestigio en el ámbito intelectual iberoamericano (Entralgo,1965) especialmente en la vida filosófica, literaria y periodística de su época, y a la vez trascender en la praxis pedagógica y política.

Sus ideas filosóficas, en general y en especial sus reflexiones sobre la condición humana, forman parte de lo mejor de la tradición del pensamiento filosófico latinoamericano que trascendió a inicios del siglo XX, por su profundo sentido humanista y desalienador.

 

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  • Vitier, Medardo. Varona, maestro de juventudes. La Habana: Editorial Trópico, 1937.

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital iniciada en febrero de 2003, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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