Laura Benítez Grobet

 

Valores e historia de la filosofía:
hacia un perfil de la labor filosófica de Laura Benítez

 

Alejandra Velásquez

Presentación

Hablar de la labor intelectual y profesional de Laura Benítez no es una tarea fácil. Es, en realidad, un empeño desmesurado el de plasmar en pocas líneas la amplitud de sus miras y la profundidad de sus alcances. Esto, porque la actividad de Laura Benítez no sólo se ha traducido en una profusa y original producción en la filosofía, también debe destacarse su enorme aptitud de líder natural que la ha llevado a formar varios grupos de investigación y a establecer fructíferos vínculos académicos con destacados filósofos mexicanos y extranjeros; así como a ocupar la presidencia de la Asociación Filosófica de México. Mención aparte merece la enorme dedicación que ha depositado en la formación tanto de jóvenes que se inician en la investigación filosófica, como de profesores de bachillerato y licenciatura, mediante los numerosos cursos que, en nuestro país y fuera de él, ha organizado e impartido. Por lo anterior, puede afirmarse que Laura Benítez no sólo escribe su filosofía, también la pone en intensa acción. Se trata, como varios de sus discípulos hemos coincidido, de la poseedora de una extraña magia, capaz de extraer de quienes la rodeamos, lo mejor de nosotros mismos; capaz de dar indelebles lecciones por medio de la rectitud de su actuar y la generosidad amorosa de sus enseñanzas.

La tarea que nos proponemos a continuación no es, pues, la de alumbrar esa vasta extensión de facetas. Nuestro propósito aquí es muy limitado; ya que para eludir el riesgo de decir poco de mucho, hemos decidido centrarnos en algunos aspectos de su aportación metodológica en el área de la historia de la filosofía en un enfoque que nos permite exponer el sentido de su filosofía. Ahora bien, ¿cuál podría ser un escueto perfil filosófico de Laura Benítez.

Laura Benítez Grobet, quien nació en la Ciudad de México en 1944, ha cultivado, principalmente, tres líneas de investigación: Filosofía moderna en los siglos XVII y XVIII, Filosofía en México durante el siglo XVII y Filosofía natural en los siglos XVII y XVIII. Esta labor de investigación se ha concretado, hasta el momento, en cuatro libros, una docena de ensayos en volúmenes colectivos y más de sesenta artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras, incluyendo artículos y reseñas para publicaciones antológicas y enciclopédicas con difusión internacional.

Como antes se anota, los resultados y productos de su intensa actividad de investigación se han plasmado tanto en los diversos cursos y asignaturas que ha impartido por más de treinta años en las aulas de la UNAM y de otras universidades del país y del exterior, como en la formación de grupos de investigación en las áreas de historia de la filosofía y de investigación para la enseñanza. Esta destacada trayectoria de investigación y docencia la ha hecho merecedora de numerosos reconocimientos, entre los cuales destacan el premio Norman Sverdlin a la mejor tesis doctoral de 1989 y el Premio Universidad Nacional en el área de docencia en humanidades, máximo galardón que otorga la UNAM a sus académicos.

La consideración de que la investigación y la docencia deben desarrollarse de manera paralela, prestándose así un indispensable servicio recíproco, forma parte de su firme convicción de que la tarea del intelectual y, especialmente, la del intelectual latinoamericano, debe ser la de coadyuvar al mejoramiento de la sociedad que lo rodea, fomentando, tanto el desarrollo de los valores para la convivencia, como de la actitud reflexiva y crítica que proviene de la educación filosófica.

En este sentido, su labor formativa se ha sustentado en una serie de consideraciones las cuales, a veces explícitamente y otras de modo implícito, refieren a la convicción antes enunciada; es decir, la de asumir que el saber de la filosofía posee siempre, para sus destinatarios, un efecto benéfico, toda vez que el discurso filosófico promueve y potencia naturalmente la racionalidad inherente al ser humano. En este sentido Laura Benítez suele afirmar que “la filosofía es siempre buena”.

Entre las consideraciones arriba enunciadas, mencionaré, en este escrito, las que atañen a: 1) La cultura filosófica, 2) la reflexión filosófica y 3) la actitud ante el estudio de la filosofía.

La cultura filosófica

Si nos preguntamos cuál es, realmente, la importancia de generar y transmitir, en nuestras sociedades, la cultura propia de la filosofía, podríamos encontrar, en Benítez, las siguientes sugerencias [Benítez, 2000]. La cultura filosófica:

  1. Posee un valor insustituible como fuente y modelo de argumentación teórica, así como para conocer el contexto en el que ésta se produce, condición para su cabal comprensión.

  2. Muestra la riqueza, la fecundidad creativa y la complejidad de las concepciones filosóficas en su carácter perenne.

  3. Nos precave, sobre todo, del riesgo de caer en la rigidez y limitación que supone el dogmatismo.

En efecto, la cultura filosófica, al proporcionar, señala Benítez: “... el contexto que genera una problemática, en torno a la cual se dan... distintas propuestas teóricas” [Benítez, 2000: 29] proporciona las condiciones básicas para conocer los pormenores de la argumentación filosófica, las diversas explicaciones, las controversias, en suma, las argumentaciones más finas y complejas que cobran su sentido pleno sólo inmersas en el ambiente teórico que las ha originado [Benítez, 2000: 29].

Por otra parte, al subrayar la vigencia de los grandes temas de la filosofía, agrega Benítez, “La cultura filosófica nos hace patente la peculiar radicalidad y generalidad de los problemas filosóficos, cómo aparecen y reaparecen bajo nuevas perspectivas con interesantes matices y cómo los más complejos no se presentan ni plenamente resueltos ni totalmente acabados” [Benítez, 2000: 30]. Pero, ante todo, además de proveernos de un contexto específico, y hacernos conscientes del carácter no perecedero de la filosofía, la cultura filosófica, enfatiza Benítez, “... nos sustrae de la... rigidez dogmática”, como un grave riesgo a evitar, a lo cual contribuye la diversidad de tendencias que pone de manifiesto la filosofía. Tal vez no sea exagerado reconocer este aspecto como el de mayor trascendencia que resulta de la cultura que nos aporta la filosofía; en efecto, los valores más indispensables de la convivencia humana han de surgir del respeto al disentimiento y al libre ejercicio de la reflexión. De este modo, el cultivo de la filosofía en nuestras latitudes, no constituye un lujo cultural, los valores que éste genera, lo hacen verdaderamente insustituible como un elemento central de nuestra educación.

La reflexión filosófica

Si, de acuerdo con L. Benítez, el discurso filosófico posee, de manera inherente, un efecto benéfico, es gracias a que coadyuva al “... esfuerzo de clarificación, ordenación y rigor que [aquel] exige...” [Benítez, 2000: 30]. Con esta convicción, Benítez ha subrayado que el peso formativo de la enseñanza filosófica ha de recaer en propiciar la experiencia del pensar concatenado, coherente y fundamentado. En palabras de Benítez:

 La carga formativa de la enseñanza filosófica está justo en el intento de promover en los jóvenes una experiencia reflexiva distinta. Lograr que encadenen su pensamiento, que sean consecuentes con lo que afirman, que no olviden los pasos de su propia reflexión, que se concentren en una temática dada, que no dejen los temas inconclusos y que fundamenten argumentativamente sus propuestas [Benítez, 2000: 30]

En suma, la mayor valía formativa de la filosofía radica en su papel como instrumento para potenciar y proyectar el pensar como una verdadera experiencia constructiva del intelecto, sustentada en la evidencia argumental.

En la obra filosófica de Laura Benítez, estas consideraciones no son solamente declaraciones y exhortos. El contexto que provee la cultura filosófica, antídoto contra el dogmatismo, así como el rigor de la reflexión que esta disciplina exige, son algunos aspectos básicos que Benítez ha tomando en cuenta para proponer una concepción metodológica aplicable al estudio de la historia de la filosofía, la cual posee un doble interés: ubicar los argumentos de la filosofía en su historia con precisión y en su complejidad, pero sin perder de vista el horizonte conceptual dentro del cual se originan. En efecto, la tarea del historiador de la filosofía ha de alcanzar la máxima visión, aquella que le permita captar amplios panoramas pero sin sacrificar el conocimiento de los detalles y matices de los argumentos que estudia. Apartándose de las conclusiones a que han arribado algunos pensadores en su reflexión a este respecto, Benítez no considera que el camino de la reconstrucción racional, es decir, aquella que atiende la estructura fina de los argumentos, sea irreconciliable con el de la reconstrucción histórica, la cual recoge vastas extensiones. Más aún, son partes indispensables de una misma labor. Laura Benítez señala lo anterior: “Mi opinión... es que se requieren mutuamente (las reconstrucciones racional e histórica) y que, en menor o en mayor grado, ambas perspectivas se tocan siempre al hacer historia de la filosofía. Queda, pues, por elucidar esta mayor o menor medida tratando de establecer en la confluencia de estos métodos, cuáles serían las proporciones más gratificantes y exitosas y por qué razones” [Benítez, 2000: 34]. Este aspecto metodológico de la obra de Benítez, nos coloca en el siguiente apartado de esta escueta semblanza.

La actitud ante el estudio de la historia de la filosofía

Si, como lo hemos mencionado, de acuerdo con Benítez, la tarea del historiador del pensamiento filosófico no puede soslayar la visión de amplios panoramas, ni la captura de los argumentos en sus detalles y matices, es porque, en opinión de esta filósofa mexicana, el saber filosófico, en su constitución, posee dos características irrenunciables; a saber: se trata de una reflexión metódica y que asume una u otra variante de la función crítica. Como reflexión metódica, debe descartarse del corpus filosófico toda expresión del pensamiento incapaz de proporcionar definiciones precisas, una argumentación consistente, un marco teórico que fundamente el enfoque y un régimen de coherencia dictado por los contenidos mismos de la disciplina filosófica que se propone, desarrolla o afina. En su función crítica, la filosofía no se encuentra separada de su constitución metódica, toda vez que la supresión de prejuicios, dogmas, etc., es, en efecto, la pars destruens que acompaña siempre, a la pars construens, es decir, aquella que señala los alcances y límites del conocimiento. Esta articulación entre el modo de hacer filosofía y los contenidos específicos de ese hacer, hace insoslayable el estudio del método del cual se ha servido un autor (escuela o tendencia), pues es, en efecto, parte inseparable de su contenido.

Dado que conocer una filosofía implica el conocimiento del método que la ha hecho posible, la pregunta de Benítez es ¿cómo podemos reconocer y caracterizar un método dado? Es sabido, sigue Benítez, que la identificación del criterio de verdad ha sido una pauta básica para reconocer un método; sin embargo, al historiador de la filosofía no le basta ese mero reconocimiento, requiere, además, comprender los supuestos, alcance y aplicabilidad del mismo si se asume que una parte central de su tarea, consiste en la explicación del cambio y de la permanencia en el desarrollo del saber filosófico. ¿Cómo, en efecto, entender los grandes cambios conceptuales, y cómo explicar los –en ocasiones muy prolongados– períodos de permanencia? La propuesta metodológica de Benítez se encamina a responder esta pregunta y, para ello, ha tomado como punto de partida, la delimitación de los amplios marcos teóricos que alojan los desarrollos peculiares del pensamiento filosófico en su historia, mismos que pueden exponerse con la ayuda de un esquema al que Benítez denomina vías reflexivas.

Mediante esta propuesta, Benítez concreta, de diversas maneras, la convicción que da sentido a su actividad filosófica. Por una parte, expresa su sensibilidad de avanzar colectivamente en el trabajo filosófico pues, si en buena medida éste es individual, tiene también una parte importante que puede compartirse. Los marcos teóricos de las vías reflexivas están concebidos, precisamente, para prestar un servicio al investigador de la historia de la filosofía; la demarcación de amplios panoramas, que se establecen de acuerdo a los supuestos o compromisos básicos de los autores en cuestión, apoyan al historiador de la filosofía por cuanto le ofrecen horizontes conceptuales dentro de los cuales es posible descubrir articulaciones o lazos que no son evidentes. Por otra parte, a través de esta propuesta Benítez subraya la responsabilidad intelectual que asume el filósofo pues, en la tarea de historiar el pensamiento, le es imposible dejar de asumir una particular perspectiva u óptica, a partir de la cual dota de sentido los contenidos que analiza. Benítez expresa lo anterior de la siguiente manera:

El problema de la historia de la filosofía, es darse cuenta de que, por su peculiar ubicación crítica, los contenidos filosóficos requieren, además del tratamiento historiográfico, de un enfoque filosófico que nos permita ordenarlos, analizar sus contenidos, apreciar su desarrollo, en una palabra, darle sentido al inmenso caudal filosófico [Benítez, 2000: 37].

En su propuesta, Benítez considera que un principio metodológico de gran fecundidad, en la tarea de organizar metodológicamente los diferentes contenidos del pensamiento filosófico, consiste en identificar la serie de supuestos o concepciones básicas y fundamentales asumidos por un autor, escuela o tendencia filosófica. Las concepciones básicas que comparten entre sí los autores, escuelas o tendencias, nos permiten localizar amplios “estilos del pensar” que aparecen en el panorama de las ideas. Es importante tener presente que esta manera de concebir metodológicamente el decurso del pensamiento, nos permite evitar inconvenientes, entre los que se encuentran:

1. La forzada adecuación entre períodos cronológicos y desarrollos filosóficos. Por ejemplo, considerar que la filosofía moderna corresponde estrictamente, de manera cronológica con la edad moderna. 2. La consideración de que toda propuesta filosófica es cancelada o superada por una propuesta posterior. 3. El prejuicio de que un único enfoque teórico puede agotar el tratamiento de complejos problemas filosóficos [Benítez, 2002].

La vía reflexiva es un amplio modelo teórico por el cual, a manera de una gran carretera, transitan varios autores, no necesariamente pertenecientes a los mismos períodos cronológicos. Como sucede en las redes carreteras, al lado de las grandes avenidas, predominantes, hay caminos secundarios, o aún veredas, que representan las tendencias no hegemónicas del pensamiento. Sin embargo, posteriormente, éstas podrían ensancharse y dar lugar a una ruta dominante que desplaza a la anterior que, a su vez, se podría haber convertido en una ruta secundaria. Benítez se sirve de esta analogía para ilustrar su postura ante el complejo tema de la continuidad y discontinuidad del pensamiento. En efecto, los “estilos del pensar” no desaparecen del todo, pues como antes se ha mencionado, expresan problemas perennes; sin embargo, algunos resultan hegemónicos durante largos períodos y se convierten, así, en la vía reflexiva dominante.

¿Cuáles son las vías reflexivas que admite Benítez? Las vías reflexivas más transitadas han sido cuatro:

 ... la vía de reflexión ontológica que predomina básicamente en las propuestas de la filosofía antigua y medieval. La vía de reflexión epistemológica que surge en el Renacimiento y se consolida durante la modernidad temprana. La vía de reflexión crítica que surge en la segunda mitad del siglo XVII, se consolida durante la Ilustración y de la cual pueden observarse todavía interesantes aplicaciones en el siglo XIX y, finalmente, la vía de reflexión meta metodológica que se origina a fines del siglo XIX y permea buena parte de las propuestas filosóficas del siglo XX [Benítez, 2002].

Por otra parte, la noción de vía reflexiva es un instrumento “flexible” para organizar el trabajo del historiador, en efecto, al permitirle reconocer los supuestos, compromisos y concepciones básicas de un “estilo del pensar”, puede aplicar la noción, por ejemplo, para distinguir dos períodos (o más) por los cuales ha atravesado un mismo autor (tendencia o escuela) encontrando que es posible reconocer en él más de una vía reflexiva.

En suma, la propuesta de las vías reflexivas, como pauta metodológica para organizar las concepciones que el historiador analiza, sólo pudo ser el resultado de un pensador maduro, con una amplia cultura filosófica, pero sobre todo, con un fuerte afán de alentar el trabajo intelectual de su entorno académico, como lo es Laura Benítez, quien ha generado esta herramienta que propicia, de manera efectiva, la investigación creativa e innovadora, que es, hoy por hoy, una de las metas a las que aspira la filosofía en México y la filosofía en Latinoamérica.

 

Bibliografía

Directa

  • Benítez, L. (1993). El mundo en René Descartes. México. UNAM.

  • ________. (2000). “Enseñar a filosofar. Una reflexión sobre perspectivas y marcos teóricos”, en La Enseñanza de la filosofía en debate. Ediciones Novedades Educativas. Buenos Aires, México.

  • ________. (2002). “Las vías reflexivas”, Simposio “Filosofía natural y filosofía moral”, efectuado en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM. El manuscrito se encuentra en proceso de publicación. México.

  • Benítez, L. y Robles, J. A. (Coords.). (1993). Percepción: colores. UNAM. México.

  • Benítez, L. y Rudoy, M. (Coords.). (1994). De la filantropía a las pasiones. Ensayos sobre la filosofía cartesiana. UNAM. México.

  • Benítez, L. Robles, J. A. y Saladino, A. (Coords.). (2005). Bernabé Navarro Barajas: Facetas y recuerdos. UNAM. México.

 

Alejandra Velásquez
Escuela Nacional Preparatoria y
Facultad de Filosofía y Letras/UNAM
Actualizado, noviembre 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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