José Blanco Regueira

 

¿Humanismo en José Blanco Regueira?
una breve meditación sobre su pensamiento

 

Rubén Mendoza Valdés

 

Mas cuando el camino volvió a girar en torno a una roca el paisaje se transformó de repente y Zaratustra penetró en un reino de muerte. En él peñascos negros y rojos miraban rígidos hacia arriba: ni una brizna de hierba, ni un árbol, ni el canto de un pájaro. Era, en efecto, un valle que todos los animales evitaban, incluso los animales de rapiña; sólo una especie de serpientes feas, gordas, verdes, cuando se volvían viejas, venían  aquí para morir. Por esto los pastores llamaban a este valle: Muerte de la Serpiente.
Zaratustra se sumergió en un nuevo recuerdo, pues le parecía que él había estado ya una vez en aquel valle. Y muchas cosas pesadas oprimieron su ánimo: de modo que comenzó a caminar cada vez más lentamente, hasta que por fin se detuvo. Entonces, al abrir los ojos, vio algo que se hallaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de hombre, pero que apenas lo parecía, algo inexpresable. Y de repente se apoderó de Zaratustra una gran vergüenza por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta la raíz de sus blancos cabellos apartó la vista y levantó el pié para abandonar aquel triste lugar...
...”¡Qué pobre es el hombre!, pensaba en su corazón, ¡qué feo, qué resollante, qué lleno de secreta vergüenza!...”

Nietzsche, Así habló Zaratustra.

 

Inicio este texto hablando, brevemente, de la vida y obra del gran pensador que habremos de recordar: José Blanco Regueira (1947-2004). La tierra que lo vio nacer, al final, a la hora de la muerte, lo volvió a llamar. La tierra que de niño le sirvió para jugar, ahora lo hace suyo como fuente del fruto de la vida: La Coruña, España. En esa misma provincia, en Santiago de Compostela realiza sus primeros estudios profesionales en filosofía y letras; posteriormente obtiene los grados de maestro y doctor, en la Sorbona de París, este último en 1975, con la tesis: “Versión ontológica del Aparecer”, (La Version du Commencement Etude sur la position du commencement de la philosophie dans la versión ontologique de l’apparaitre), dirigida por Jean T. Desanti.

Así, muy joven aún, a los 27 años, emigra a México en 1975, en busca de una oportunidad para con-jugar su pensamiento en las aulas y en la investigación. Su llegada no fue  muy afortunada, la máxima casa de estudios de nuestro país no le ofreció más que una  recomendación para trabajar en provincia, en un pueblito que aspiraba a convertirse en ciudad: Toluca. Toca, de esta manera, en suerte, a la UAEM, y en particular a la Facultad de Humanidades, ubicada en aquel entonces en el alto y ya viejo edificio llamado Torre de Humanidades, (hoy Torre Académica), recibir al joven doctor en filosofía.

Augusto Isla, en un artículo reciente, nos refiere la figura de aquel joven extranjero en sus primeros días en México a mediados de los años setenta:

La primera imagen que conservo de José Blanco Regueira es la de un joven meditabundo acodado en la balaustrada del patio central de la Universidad Nicolaíta; fumaba gozosamente, indiferente a todo lo que allí ocurría: palabras y más palabras de filósofos. La espiral del humano ocultaba su rostro y, acaso también, su alma [Isla, 2004: 11]

Seguramente se refiere a aquel Primer Coloquio Nacional de Filosofía celebrado en Morelia, Michoacán, en agosto de 1975, al cual José Blanco asistió como ponente, con el quizá, primer artículo que halla publicado en México, y que posteriormente en 1977, formó parte del contenido del No. 1 de la revista Revisión Filosófica, de nuestra Facultad. Dicho trabajo fue titulado por Blanco, “La inscripción filosófica de ausencia”, en el cual deja entrever lo que será objeto de su pensamiento a lo largo del andar por los caminos pedregosos y laberínticos de la filosofía: la crítica a las estructuras y artificios de la metafísica (Historia que, los que fuimos sus alumnos, sabemos que conocía al pie de la letra, no siendo por ello un científico metafísico o simplemente un rumiante de la arqueología de dicho saber).

Desde 1975 hasta el mes de febrero de este año 2004, su labor como docente e investigador fue de lo más apremiante. En opinión de la mayoría de los que formamos parte de esta Facultad, Blanco fue la piedra angular de la Licenciatura en Filosofía, y tal vez, de toda la Facultad. Cuántas generaciones tuvimos la oportunidad de saborear con el pensamiento sus más profundas interpretaciones de los filósofos de la metafísica; cuántos más fuimos afortunados al tenerlo como asesor de tesis; cuántos más tuvimos la oportunidad de platicar en los pasillos con aquella persona tan agradable. Pero sobre todo, bastante agradecidos estamos, porque fuera de todo lo anterior, Blanco fue un humano en sentido estricto, un hombre humilde, sencillo, honesto, rebelde ante lo dogmático, crítico ante lo superfluo, coherente con su forma de pensar y ser, un ejemplo de lo que se llama vida estética; aún más, un ejemplo de hombre.

A lo largo de casi treinta años de vérselas con la filosofía, Blanco escribió una serie numerosa de libros y artículos; además de haber impartido algunos cursos monográficos y dictado una gran  cantidad de conferencias tanto en México, como en España y Francia. De entre sus libros destacan: Sobre la teoría kantiana de la imaginación trascendental (1981), Existencia y verdad (alrededor de Kierkegaard) (1983), Antología de ética (1984), Diferir y comenzar (1987), La odisea del liberto (1997), El estoicismo (traducción, 1998), La camisa de Mister Garland (novela, 1999), y Estulticia y terror (2002), quedando inédito un ensayo titulado: “La devoración filosófica”, entre otros que preparaba antes de su muerte.

Asimismo, su producción de artículos es numerosa. Algunos de éstos son: “La inscripción filosófica de ausencia” (UAEM, 1977), “El papel de la negatividad en la filosofía de Sartre” ((UAEM, 1980), “Ortodoxia y disparate” ((UAEM, 1981), “Hegel y el pensamiento finito” (UAEM, 1982), “Husserl y Bergson: esbozo de un debate imaginario” (UIA, 1989), “Bisagra de falacias” (La Colmena, 1994), “Merleau-Ponty o la agonía de la subjetividad (UIA, 1995),  Además, su ejercicio profesional lo completa una serie de conferencias tanto a nivel nacional como internacional; algunas de éstas son: “Letra, sangre y pensamiento”, “Breve meditación sobre el embrutecimiento” (2002), y la última, “La lidia del pensamiento”, dictada el 21 de noviembre de 2003, en la Facultad de Humanidades de la UAEM, meses antes de su muerte (13 de febrero de 2004). Se destaca, además, entre su obra,  una serie de artículos periodísticos, publicados en diarios nacionales, principalmente La Jornada; entre estos destaca “María Zambrano: exilio y ficción” (La Jornada, 30 de julio de 2000).

Después de este breve recorrido por su vida y su obra, cabe ahora preguntar ¿Cuál fue su línea de pensamiento? ¿Qué filósofo es guía de su reflexión filosófica? ¿Qué pensaba Blanco? José Blanco no tenía línea de pensamiento, no era seguidor ni discípulo de nadie; pensaba, y lo hacía a su manera; conocía sí, la historia del pensamiento filosófico, y cuando hablaba de algún filósofo en particular, lo conocía tan bien, que podíamos pensar que Blanco era fanático de ese pensador, pero no, porque el conocer no implicaba para él someterse ciegamente, más bien eso le permitía abordarlo, después de explicarlo, para someterlo a una lidia, donde la violencia daba por resultado una interpretación nueva y no dogmática, permitiéndole al pensar enfrentarse al devenir, liberándolo, al mismo tiempo, del estanco del pensamiento que se quiere hacer Verdad.

¿Qué significa el pensamiento de Blanco? ¿Qué dice del humanismo? Por principio, su pensamiento no comulgaba con el humanismo moderno. Más bien fue un crítico de éste. En el preámbulo de su obra Estulticia y terror, Blanco nos refiere el objetivo de ésta misma, el cual consiste en establecer, en lo imposible, una turbia luz en la relación entre la Estulticia y el Terror, cosa dice, que los sinvergüenza en su estado de bienestar, camuflajean u ocultan en el ejercicio del Terror, y no ante el Terror mismo; es decir, ahogados en la Estulticia, en el Embrutecimiento, velan el fondo de todas sus acciones por medio del arte de la Representación ingenua de una supuesta Realidad institucionalizada.

En un Estado de Estulticia, lo más humano es la vergüenza; eso significa asumir, con cierto pasmo y sin prepotencia, el Estado de Razón que nos lleva a la Estulticia por medio de la Representación de una Realidad camuflajeada. Avergonzarse significa sonrojarse ante los engendros de la Razón Oficial, añagazas fantasiosas que embrutecen, ya de antemano, la vida misma: Razón, Realidad y Verdad. La Razón crea la Realidad, donde posteriormente cree hallar la Verdad. De esta manera, toda Razón se institucionaliza en hechos a través del lenguaje: el hecho de que caigan gotas sobre mi cara es institucionalizado por la palabra “llueve”. Por ello, esta acción institucionalizadora de la Razón nos aleja del trasfondo de la vida, negándole su estado original: el Terror. Nombrar y juzgar (el coito de los conceptos) son la defensa violenta contra el Terror, contra la justicia del Terror.

Ya en el artículo de 1975, “La inscripción filosófica de ausencia”, nos refiere: Porque la ausencia deviene allí donde el decir asegura su verdad [Blanco Regueira, 1977: 17]. Muestra ésta del ocultamiento del terror a la ausencia. Eso significa que el decir o nombrar o enjuiciar, son por consiguiente un encubrimiento del Terror a la indiferencia, al sin-sentido eterno de lo dicho y pensado. En otra escrito nos refiere que hablar significa por principio, contraer una deuda impagable con lo real [Blanco Regueira, 2003: 15]. Con ello se insiste en la institucionalización que la Razón hace del lenguaje, mostrándose así, ésta, como amo y señor de un Reino sin reino, de una Realidad camuflajeada detrás de la cual no hay nada seguro. En ese sentido, nos refiere Blanco que, el lenguaje nos marca, no signa como parte de un rebaño al servicio de un pastor y amo, denominado Estado; al respecto nos dice: “Puesto como Razón, el Estado digiere, desecha y recicla lo nuestro, precisamente por medio de la promoción de un “nosotros” (La Sociedad, La Tradición, Lo Universal) que no es nadie, ni nada en absoluto significa [Blanco Regueira, 1994: 19].

Por ello, el hombre se hace hombre como tal, sólo cuando por principio es capaz de avergonzarse, reconociendo con humildad (humanismo), su estado de estulto frente al Terror; aceptando, a la vez, y de ante mano, que dicho reconocimiento no es una salvación, sino un nuevo fracaso en relación a su guerra contra el Terror. Así, un humanismo (no entendido en sentido metafísico, no el humanismo de la Espera, de la Felicidad, del Dios eterno, del Porvenir, del Progreso, de la Verdad, de la Persona, de la Sociedad), es producto del reconocimiento de la derrota del hombre ante el Terror bajo el Estado de Estulticia.

Ante la falta de fundamentos, la vida se torna abismal y agónica, y lo único que nos queda es el Terror, ante el cual vienen como dones humanos salvadores la certeza y la ciencia para liberarnos y prometernos la seguridad eterna, a cambio de convertirnos al Estado de Razón Oficial, falacia que aceptamos ante la incapacidad de vivir preñados de la presencia de la muerte. La vida es agonía y bajo el Estado de Razón se vuelve un suicidio interminable. La Razón es la Lógica del sobreviviente, de ese sujeto que se sujeta a la Realidad Oficial. El sujeto, amo del “yo”, engendro falaz del cartesianismo y de la filosofía moderna, no afirma la vida; no vive, sobrevive. Al respecto, Blanco escribe:

Ésa es quizá la pregunta que sigue separándonos insidiosamente de la vida a nosotros, los cadáveres presentes, los que ya hemos conseguido constituirnos en “amos y señores de la Naturaleza”, aquellos para los cuales, obedientes a un destino, eso de vivir se nos ha transformado en un sobrevivir, en un asumir una apuesta que sabemos perdida, en alzarnos en el vacío, mirando al ocaso, repitiendo un acto de fundación frustrada, perdidos en los escombros de lo erigido en vano [Blanco Regueira, 1997: 69].

Por otra parte, el hombre avergonzado, es necesario que en lo posible, descubra la sinvergüenzada del estulto que erige su verdad y su doctrina como lo más excelso de su yo, pavoneándose por los pasillos de la inteligencia y mostrando presumiblemente su capacidad de construir argumentos verdaderos, aunque sean simples panfletos del engaño ante el Terror. La Estulticia, como tal, está fundada en el miedo; por eso, la maldad es producto de la estupidez, surge de la inversión estulta del Devenir, la Vida y el Terror. De esta manera, el hombre, ante la negación del Devenir crea la Historia, ante la negación de la Vida se da a la tarea de sobrevivir, y ante la negación del Terror  engendra la mentira de la Verdad. Y aún más, creo, siguiendo a Blanco, del hombre en su sentido original, propiamente dicho, surge el Humanismo de la metafísica (con todo su ejercicio del Terror: la guillotina, la esclavitud, el racismo, la guerra, el capitalismo, la democracia, etc., pero sin contemplar el trasfondo del Terror mismo). Así, a partir de esta negación, la Medida, el Espacio, el Tiempo, el Concepto, la Lógica y la Ciencia, se convierten, por medio de la Representación, en imitaciones vacías del Terror. Son las armas del camuflaje de la Realidad Oficial, que dan seguridad al modo de vida embrutecido. En ese sentido, si preguntamos ¿Qué hay detrás de esos instrumentos de la metafísica? La respuesta es: Nada. Y aún así, ante el terror al vacío, horror vacui, el mismo hombre, quizás de manera originaria (en sentido heideggeriano), tiene un amor hacia el vacío, amor vacui.

Ahora bien, es necesario plantear la situación de la libertad ante el trasfondo del Terror. La libertad resulta ser un regalo incómodo para el liberto; es un regalo indeseable que en cierta medida no podemos rechazar, pero que, tarde o temprano, nos cobra cara la factura de su donación. El liberto es libre bajo el Estado de esclavitud. Resulta así, una libertad esclavizante, pues lo que esclaviza es el no poder deshacernos de ella, del mundo de la Razón que por medio de su Representación nos impone. Pero, ¿por qué deshacernos de ella? ¿No acaso es el ideal del hombre moderno? ¿No fue acuñada en la Ilustración como uno de los derechos más nobles que le pertenecen por naturaleza al hombre? ¿No es la libertad uno de los fundamentos del humanismo? Sí, efectivamente es esa libertad que como fuente de seguridad del hombre fue concebida para dignificar la situación cobarde del hombre y de la humanidad. Sin embargo, lo que no se consideró fue que la libertad pensada como un escudo o amuleto frente al miedo, libera al hombre del Terror, negándole con ello una posibilidad de vida más prendida al trasfondo de la existencia y permitiéndole así, vivir una pantomima de la ilusión al servicio de la Razón Oficial, convirtiéndose, por lo tanto, en un personaje más del teatro de la vida, y llevando así la existencia a la sujeción más excelsa del ser humano, al sometimiento de la vida a la Institución de la Razón, creando con ello un Estado de conciencia asfixiante y demoledor. De esta manera, la libertad resulta una suerte de esclavitud legalizada e institucionalizada. En ese sentido, Blanco nos dice:

El liberto, alegría del hombre moderno, es aquel que se ve forzado a hablar de la libertad a partir de la experiencia de un regalo incómodo. Poco importa la interpretación a la que sea capaz de someter semejante incomodidad: la libertad puede ser leída como el obsequio indeseable de un Dios o como lo que marca, frente al silencio de un ser-en-sí, nuestra contingente condición humana: en cualquier caso es algo transportable y que causa trabajo transportar. La libertad comunica con una obligación de transporte y de trabajo [Blanco Regueira, 1997: 12-13].

Resulta, entonces, que la libertad proviene de un uso “humanísimo” de la Razón, como efecto del embrutecimiento bajo el cual se halla la sociedad humana, en la cual, a manera de resultado, se nos presenta el hecho de la muy estulta democracia de los esclavos, sujeta a una libertad que determina lo que se debe hacer y cómo se debe vivir. Entendida de esta manera, la libertad, y con ella la dichosa democracia, hijas de la Razón Oficial, la vida se reduce entonces a dos cosas: trabajar y morir.

Preguntémonos ahora, ante este estado de embrutecimiento frente al Terror, ¿qué pasa con la conciencia? La respuesta es breve: como tal, es el velo de la Estulticia, cual máscara que encubre lo terrorífico de nuestra vacuidad y nuestra situación ante la muerte; oculta además el olor sudorífico y putrefacto de aquello que enmascara y que no deseamos oler porque nos parece ajeno, siendo precisamente el fruto de la acción de nuestras glándulas ante el insoportable cubrir de la máscara. De la misma manera que se encubre el decir en lo escrito a manera de verdad, así la conciencia consuela la identidad de la persona bajo la sombra inconsciente de la Estulticia. Por consiguiente, la Estulticia enmascara la vergüenza que queremos encubrir para no ver el gesto de nuestro rostro y no oler el hedor de nuestro esfuerzo ante el Terror.

La Ciencia, como portadora del virus del repugnante Lógos, la Razón omnipotente de toda representación, aparece como administradora de la institucionalización del significado de la Realidad. En ese tener, ésta se le aparece al estulto como Necesaria, reduciendo lo sublime y lo atroz a lo medible y cuantificable, al pensar cuantitativo (diría Heidegger). Al representar la realidad se quiere sustituir lo ausente, y una vez, supuestamente sustituido, ese representar se instituye, como tal, en una nueva Representación. En ese sentido, el juzgar se transforma en posibilidad de toda explicación, y toda explicación se vuelve Representación. Lo que es explicable es representable.

Por lo anterior, el Terror, no debe ser entendido como una práctica o una acción; éste va más allá del ejercicio que puede realizar un sujeto. Es la Realidad, sin realidad, el ser sin ser,  la nada del ser de la metafísica. Ante esta Realidad, el “yo” y el “nosotros”, surgen como Representación máxima opuesta al Terror (sólo temible, en sentido estricto, por la Estulticia). Por ello, cuando el Terror se piensa desde la enfermedad (en lo anormal, en lo patológico, en la sinrazón del delirio) se experimenta su más lejana Representación. Pero, si desde cualquier pathos se pudiese llegar a una concepción del Terror, por muy lejana que sea su Representación, el hombre dejaría de existir –dice Blanco. De ahí que: “existimos tan sólo en la medida en que nuestras pasiones nos protegen del Terror” [Blanco Regueira, 2002: 80]. ¡Benditas pasiones!

Por lo tanto, hemos de reconocer que el humanismo, primogénito de la metafísica, humanismo de la Razón y la Representación, más que un motivo para pensar es una posibilidad para perderse: Razonar es un modo de perderse mucho antes que un modo de afirmarse [Blanco Regueira, 2002: 90]. Un modo de perderse en el mundo de la Representación, enseñoreándola como la madre de las posibilidades de vida, como el camino hacia la felicidad, dicha suprema por la cual el hombre se empeña en ser mejor, para que al final, cual toro en el ruedo, se tope con el burladero después de un capotazo siniestro de vida y engaño. Faena desvergonzada, que muestra sus estragos ante los aplausos de un público conocedor del arte taurino de vivir. Imbéciles somos, luego necesitamos vivir en el escenario de la Representación [Blanco Regueira, 2002: 115], como risibles bufones que cumplen su papel institucionalizado en el Mundo Social.

Ante la Estulticia y el Terror, sólo dos caminos. Así, si negásemos el Estado de embrutecimiento ante el Mundo de la Representación; si nos quedásemos sin escenario y sin guión, solos ante el foro desnudo y sin público que aplauda y ovacione nuestra actuación, aparecería ante nosotros el teatro del Terror como un cascarón sin sentido, oscuro y mal oliente; entonces dos posibilidades tendría nuestra existencia: la locura o la muerte. Blanco dice al respecto: En la agonía pasaría entonces la Representación a experimentar su propio límite: agotamiento de la Representación que aún así cae dentro de su ámbito [Blanco Regueira, 2002: 195].

Concluiré esta exposición con algunas ideas entresacadas de la última conferencia que dicto José Blanco, precisamente en este foro de la Facultad de Humanidades que hoy lleva su nombre. El trabajo presentado, hace unos meses antes de su muerte, lo tituló: “La lidia del pensamiento”. En éste confirma lo que aquí se ha dicho, que la Verdad, tan venerada por la metafísica se instituyó para camuflajear las derrotas del pensamiento, y por tanto, para enmascarar lo que de vergonzoso hay en sus derrotas. Así, el pensamiento consiste en decir lo indecible, por ello está condenado a la Representación. Pensar es vivir peligrosamente; pensar no es juzgar sino jugar: jugarse la vida con aquello que no tiene Razón. Dice literalmente: “El pensamiento es violencia, lidia del pensar es lucha con lo sinrazón... La lidia del pensamiento es el arriesgado ardid en el cual se conjuga el pensamiento con la muerte”.1 Con-jugar, en ese sentido significa ganar o perder.

La invitación a la vergüenza, al sonrojo, significa, entonces, reconocer que no somos más que parte de una Representación, guión establecido por la Razón Oficial y puesta en escena en el mundo de la Realidad inventada para hacer guardia (guerra) al trasfondo del Terror.

 

Bibliografía

Directa

  • Blanco Regueira, J. (1977). “La inscripción filosófica de ausencia”, en Revisión Filosófica. N° 1. Facultad de Humanidades de la UAEM. Toluca.

  • ________. (1995).  “Merleau-Ponty o la agonía de la subjetividad”, en Revista de Filosofía,  N° 84., UIA, septiembre-diciembre de 1995. México.

  • ________. (1997). “Bisagra de falacias”, en La Colmena, N° 4. UAEM. Otoño de 1994. Toluca.

  • ________. (1997). La odisea del liberto. Instituto Mexiquense de Cultura. Toluca.

  • ________. (2002). Estulticia y terror. Instituto Mexiquense de Cultura. Toluca.

  • ________. (2003). “Breve meditación sobre el embrutecimiento”, en Rush González (coordinador), ¿Qué es eso de la filosofía? Razón o embrutecimiento. Recuento de las jornadas filosóficas durante el 2002. Facultad de Humanidades de la UAEM. Toluca.

Indirecta

  • Isla, A. (2002). “Ecos de una ciudad a la deriva (En recuerdo de José Blanco Regueira)”, en  La Colmena, N° 41. UAEM, enero-marzo de 2004. Toluca.


Nota

1 Palabras de la conferencia “La lidia del pensamiento” (Trabajo inédito).

 

Rubén Mendoza Valdés
Universidad Autónoma del Estado de México
Actualizado, noviembre 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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