Mario de la Cueva

 

Mario de la Cueva ante la condición humana*

 

Luz María Zarza Delgado

Mario de la Cueva y de la Rosa nació en la ciudad de México el 11 de julio de 1901, falleciendo en la misma ciudad el 6 de marzo de 1981. Fue Licenciado en Derecho por la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Dedicó su vida principalmente a la docencia y a la investigación, desarrollando su actividad académica en México pues fue rector de la UNAM de 1940 a 1942; sin embargo, ha sido considerado el jurista nacional de mayor renombre internacional, sobre todo en el área del derecho del trabajo. Realizó también importantes aportaciones en disciplinas como el derecho constitucional y la teoría del Estado.

Recibió múltiples distinciones, lo mismo en México que en otros países. Destacan la de profesor honorario de la Universidad Autónoma del El Salvador, Medalla de Instrucción Pública de Venezuela, perteneció a la Orden do Mérito Judiciario do Trabalho de Brasil, Doctor honoris causa y Profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México y Premio Nacional 1978 de Ciencias y Artes en Historia, Ciencias Sociales y Filosofía.

Entre sus obras más importantes están El derecho mexicano del trabajo, El nuevo derecho mexicano del trabajo, La síntesis del derecho del trabajo, La idea del Estado, La idea de la soberanía, el estudio preliminar a La soberanía de Herman Heller, la Constitución de 5 de febrero de 1857, la Constitución política y Teoría de la Constitución. Realizó traducciones del alemán al español de gran valor tales como La soberanía de Herman Heller, La filosofía del derecho del mundo occidental de Alfred Verdross, Calicles de Adolf Menzel y El derecho constitucional alemán en la mitad del siglo XIX y su desenvolvimiento hasta nuestros días de Herbert Krûger, entre otras.

Sus alumnos han dejado innumerables testimonios de los rasgos y virtudes del maestro Mario de la Cueva. Él mismo fue alumno brillante desde muy temprana edad, mostrando un gran amor por el saber, lo que le permitió combinar el aprendizaje y la enseñanza hasta el final de su vida. Lo caracterizó el rigor de su razonamiento y el trabajo metódico, sin impedirle esto comunicar con claridad su pensamiento, siempre crítico y original, ya que era ajeno a la imitación extralógica y a la improvisación. A pesar del reconocimiento internacional que logró, señalan quienes lo trataron, que siempre conservó la sencillez, aceptando el valor, las cualidades y el punto de vista de los demás.

Con esta primera información pudiéramos imaginarnos a un hombre frío, poco afecto a diversiones o entretenimiento; sin embargo, se ha dicho que Mario de la Cueva era un gran gourmet y conversador sensacional, hospitalario, generoso, discreto, que disfrutaba enormemente de los viajes, de las sesiones de dominó en su casa-biblioteca o de un partido de fútbol. Contrasta también que ante quienes reconocieron en él cierta pasión, hubo quien detectó también soledad y angustia.

Coinciden todos aquellos que han escrito al respecto en resaltar su vida universitaria, señalando incluso que fue la única que decidió tener. Participó de manera importante en la administración de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la cual fungió como Rector, Secretario General, Director de la Facultad de Derecho y Coordinador de Humanidades, entre otros, fomentando siempre la difusión de la cultura, principalmente mediante una valiosa labor editorial.

Más de cuarenta años compartió las aulas con los jóvenes, provocando reflexiones, despertando dudas, generando posibles respuestas. Afirmaba que la labor del maestro no consiste en que sus alumnos sigan su pensamiento, sino en crear rebeldes, preocupándose no sólo en su formación intelectual, sino también en su formación ética.

Tuvo además de enorme cariño a sus alumnos, un gran respeto, ya que nunca quiso presentarse ante ellos disminuido por la pérdida de sus facultades, esto lo llevó a decidir dejar la cátedra a los 66 años de edad, lo cual nos habla de congruencia, lucidez y valor, mismos que conservó aún en su lecho de muerte.

Mario de la Cueva logró dar vida a su pensamiento social, diversos actos dan muestra de ello. Recién egresado de la Licenciatura en Derecho, visitaba la Cárcel Belem para prestar servicios de defensa a reos pobres. En 1968, ya con 67 años de edad y retirado, consternado e indignado participó en la marcha de protesta que encabezó el Rector Barros Sierra.

“A los estudiantes y al pueblo de México caídos en la lucha por la libertad y la justicia el 2 de octubre de 1968 en la tumba de las tres culturas y el 10 de junio de 1971 en las calles de San Cosme”, reza la dedicatoria de su libro La idea del Estado.

Asimismo, asumió un compromiso permanente con los sin-tierra-y-sin-riqueza que se fue transformado en profunda solidaridad, trabajando arduamente para ver plasmadas sus ideas en disposiciones constitucionales, en la Ley Federal del Trabajo de 1970 y en múltiples reformas legales.

El maestro De la Cueva mostró una actitud optimista, tenía confianza absoluta en la juventud universitaria, creía firmemente que la Universidad solucionaría sus conflictos, estaba seguro que México superaría la injusticia, la desigualdad y la corrupción e incluso, pensaba que esta dignidad alcanzaría a todas las sociedades humanas.

Sin embargo, al ver que el progreso social que esperaba no llegaba, tuvo etapas de desánimo y desencanto, llegando incluso a referirse a la Carta Magna mexicana en los siguientes términos: “Es llegado el tiempo de afirmar que la Constitución, la primera y más adelantada de la segunda década del siglo, se ha convertido en el correr de los años en el baluarte de la burguesía; y lo que es aún más grave: ha devenido en labios de los poseedores del poder, en estatuto inmutable, cerrado a la historia y a las nuevas exigencias de los pueblos” (Carpizo, 1982: 149).

Mario de la Cueva consideraba que todas las concepciones religiosas eran bellas y simples fantasías, inaceptables para los seres que van a contribuir a la grandeza de los pueblos y de la humanidad, tienen valor en cuanto que contribuyen a la formación de la conciencia humana desde un punto de vista exclusivamente moral. Distingue entre iglesias y el sentimiento religioso, con base en el pensamiento de Marx, de quien recoge: “la creencia en una divinidad es una enajenación total de la conciencia, que se pone al servicio de ese ser fantástico que ha creado y se olvida de sí misma y de la humanidad; una conciencia enajenada, que busca una eternidad personal ilusoria con sacrificio de su existencia auténtica” (De la Cueva, 1975: 395), augurando que las iglesias, como organizaciones sociales de poder, no podrían subsistir en la sociedad futura.

Con respecto al Estado, Mario de la Cueva se sumó también al pensamiento marxista, mismo que no adoptó en sus primeros estudios, sino que nos parece que llega a él en ese afán de encontrar una vía para que la justicia social sea una realidad. De esta forma, a los tres principios de la concepción de la naturaleza como una realidad material de la que formamos parte los humanos; la división de la sociedad con poseedores de la tierra y de la riqueza y en hombres sin-tierra-y-sin-riqueza; y la lucha de clases como un hecho histórico y presente, él agrega otro, consistente en que los poseedores de la tierra y de la riqueza afirman, en formas diversas, su derecho de propiedad. La unión de estos elementos es la base del Estado: “una estructura de poder destinada a asegurar el ejercicio libre del derecho de propiedad (Ibíd.: 413).

Afirmando posteriormente, basado en Engels que el estado del mundo occidental presenta esta misma estructura, mediante ejércitos y cárceles o a través de un ordenamiento jurídico que otorgue un grado más o menos importante de libertad, compatible con la estabilidad del sistema. En cambio, en un mundo socialista el Estado es sustituido por la dictadura del proletariado.

El maestro de la Cueva llega a esta radical postura después de haber intentado precisar fórmulas eficaces para que en el Estado se realicen la justicia y la solidaridad, estando convencido de que mientras exista el Estado debe intervenir en la vida económica en representación de los intereses de la comunidad.

De la Universidad, el Estado debería estar lo más lejos posible, consideraba, y lo que más temía era su burocratización que provocara que las instituciones de enseñanza se convirtiesen en una lucha entre autoridades, empleados y profesores, olvidándose del alumno, protagonista de la educación. Realizó siempre una apasionada defensa de la autonomía, de la dignidad y del decoro de la Universidad, afirmando que ésta debía ser una comunidad cultural de hombres libres en la que se busque y enseñe la verdad. Los universitarios deben usar los conocimientos adquiridos en beneficio del hombre, de la familia, de la Patria y de la humanidad, resolviendo los grandes problemas e interrogantes del siglo, repetía a sus alumnos.

De lo hasta ahora expuesto, se desprenden ya valores en su pensamiento, llegando incluso a afirmarse que Mario de la Cueva era en sí, un puñado de valores. Fue apasionado de la justicia, pero sobre todo de su plena e inmediata vigencia, lo que lo llevó a trabajar una idea de justicia nueva al servicio de la vida que se formalizara en leyes, instituciones y prácticas del derecho. Cuestionó incluso, los conceptos tradicionales del clásico derecho civil porque sacrificaban la justicia real por las formas.

Señaló que los valores de la civilización son la tolerancia, la imaginación, la convivencia, la creación, el amor, pero ninguno de ellos era posible sin una base en la justicia. Cuando dedicó a Javier Dueñas García las obras completas de Rubén Darío, Mario de la Cueva escribió: “No olvides que la justicia es el más bello poema de la vida social.”

Confirmaba también que la vocación del jurista es la justicia, agregando que la justicia, que es el valor más alto en el universo, no puede existir ahí donde impere la necesidad.

Habló también de la justicia del derecho, justificándolo así “porque la justicia humana es inasequible en los sistemas que proporcionan la explotación del hombre por el hombre” (De la Cueva, 1985; T. I: XVIII).

Finalmente, ante la indignación que le provocaba la explotación del hombre por el hombre y la desigual distribución de la riqueza sostuvo la idea de la justicia social como motor de una historia nueva.

Asimismo, creía en la libertad, en la dignidad de la persona, la paz, la democracia, la verdad y la igualdad.

Concibió a la seguridad social como una idea ética, según la cual, los valores humanos, que son los valores éticos, privan sobre los valores de la economía, que son de naturaleza material.

Mario de la Cueva propugnó por un humanismo social frente a un capitalismo liberal anacrónico. Un humanismo social que lo llevó a hablar de una democracia humanista plena de justicia social y de liberalismo humanista (pensamiento de la libertad compatible con la naturaleza y la dignidad de la persona). Concebía al hombre como destinatario final y sujeto último de la sociedad, del Estado y del derecho, quienes le debían garantizar una vida digna. Fue forjador de una idea de solidaridad social en la que el trabajo no es un artículo de comercio.

Concibe a la política como un trato entre iguales, no de humillación del débil por el fuerte. Afirmaba que hay que enseñar la política y la teoría del Estado, vinculándolos con todos los fenómenos de la vida social e intelectual de la época.

Con base en los principios de igualdad y libertad, fuente de la democracia, el hombre está destinado a gobernarse y a crear su derecho y sus autoridades.

Incluso, consideró que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano había logrado la supresión del feudalismo y el reconocimiento de una democracia individualista.

Sobre esta idea sostuvo “el único gobernante es el pueblo, titular de la soberanía, una, indivisible e inalienable y, consecuentemente, de la potestad de expedir su constitución y designar a los funcionarios que deberán encargarse de ejecutar su voluntad constituyente. La simple diferenciación entre gobernantes y gobernados contradice la idea democrática y la doctrina de la soberanía, y por otra parte, abate la dignidad humana, que no tolera más gobernantes que el orden jurídico (De la Cueva, 1975: 170).

Mario de la Cueva fue un importante jurista, basó sus investigaciones y tesis en una concepción social del derecho. En este sentido, sistematizó la ciencia del derecho del trabajo, en donde además sostuvo que el trabajador no puede estar expuesto a un despido arbitrario. A De la Cueva se debe la existencia legal de la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas, creó un sistema más eficaz para la fijación de los salarios mínimos y de los salarios mínimos profesionales, reivindicó el derecho a la reinstalación obligatoria en caso de despido injustificado. La Ley Federal del Trabajo que comenzó su vigencia el primero de mayo de 1970, “era su Ley” (De la Cueva, 1982: IX).

Estaba convencido de que la ley debe ser en definitiva, el producto de la voluntad del pueblo, es una fuerza ética.

Concibió al derecho como el medio para que los hombres, a través de la razón, combatieran los grandes riesgos de la humanidad en el siglo XX.

Asimismo, el derecho es el medio para la transformación social, para el advenimiento del estado de derecho, de un estado de derecho social, el único humano de los estados, promotor y resuelto.

Superó la idea del derecho como una mera forma de convivencia, concibiéndolo como una fuerza activa al servicio de la vida, un instrumento de la comunidad para garantizar a los hombres la satisfacción de las necesidades de orden material y espiritual que impone la dignidad de la persona humana.

En caso de quebrantamiento del orden jurídico y de que prevalezca la voluntad arbitraria de los gobernantes, sostuvo que el pueblo tiene un derecho inalienable a la resistencia.

Mario de la Cueva criticó la escuela alemana de la teoría pura del derecho “porque no permitía abordar los temas fundamentales del derecho, como son la justificación social y ética del poder... o si un orden jurídico determinado satisfacía, siquiera en sus aspectos mínimos, los requerimientos de la dignidad humana” (De la Cueva, 1975: 172). Comprobando así, una vez más, el carácter social, ético y humanista que da al derecho.

De igual forma, postula la transformación de los métodos de estudio de nuestra ciencia del derecho, a fin de librarla de la adaptación de ideas o instituciones extranjeras o de un exagerado formalismo, mediante el estudio de la historia nacional. Pensó y llevó a cabo estudios jurídicos integrales, gracias a sus conocimientos de historia y filosofía.

Sobre la misión fundamental del abogado, afirmó convencido que no consiste sólo en aplicar la ley, sino en velar porque se aplique en beneficio de los oprimidos.

A pesar de que Mario de la Cueva es reconocido principalmente como laboralista, sus tratados sobre teoría del Estado han sido considerados como importante aportación a la filosofía política y se afirma que lo que más le apasionaba era el derecho constitucional, cuyas obras son también fundamentales. Considero que una vez más, congruente y ordenado en su pensamiento, su preocupación por lograr una auténtica justicia para los más desprotegidos a través del derecho (derecho laboral), lo llevó a revisar la idea del Estado y a su estructura jurídica (teoría del Estado y derecho constitucional). Sin embargo, coincidiría con Carlos Fuentes, en que Mario de la Cueva también fue internacionalista (Carpizo, 1982: 125). Su vocación de hombre universal lo llevó a la vida internacional. Insistimos en que su pensamiento, debido al estudio y razonamiento permanentes, se mantuvo en permanente evolución.

De esta forma, conservó su rechazo hacia el capitalismo, pero ya tampoco el socialismo le convencía, incluso se manifestó en contra de la estatización de las actividades productivas. Empieza así, a pensar en una organización superior, sustentada en un concepto universal de justicia, justicia vital, “o sea el derecho a conducir una existencia que corresponda a la dignidad de la persona humana” (De la Cueva, 1943; T. III: 98), porque es derecho humano. Desarrolla de manera interesantísima cómo el derecho interno se universaliza y señala que es urgente la acción internacional, pero no sólo para resolver conflictos entre legislaciones, sino para lograr una legislación internacional. Manifiesta su preocupación de que los Estados imperialistas que dominen a otros hagan imposible el derecho internacional. Reconoce la influencia de la Conferencia Internacional del Trabajo en las legislaciones internas e incluso en sus apuntes del curso de derecho constitucional, elaborados por alumnos de la Generación 62 de abogados, se plasma la idea de una “República Suprema con un Derecho Universal” que substituiría al derecho internacional.1

En sus estudios sobre la soberanía en donde una vez más Mario de la Cueva nos sorprende con sus visionarios comentarios, ya que analiza el dilema: soberanía de los estados o derecho internacional (Heller, 1965: 55), con base en una idea de justicia internacional que pareciera haber sido escrito el día de hoy ante un escenario en el que impera la globalización.

El maestro fue además un atento observador de la política internacional, denunciando acremente casos como “el golpe asesino de las fuerzas castrenses de Chile” (De la Cueva, 1975: 168).

Internacionaliza también a la seguridad social, convencido de que “la seguridad exterior es sinónimo de paz universal entre los pueblos y ésta abrirá el camino a la seguridad social de los hombres de cada nación” (De la Cueva, 1972: 10), reconociendo esa “fuerza expansiva” que universaliza estos conceptos, pero además, con preocupación condiciona la efectividad de la seguridad social a la paz internacional y la independencia económica de los pueblos. Agrega que no se necesita ninguna ideología determinada para explicar la creciente universalización, internacionalización del derecho del trabajo, ya que es suficiente con partir del hombre.

Finalmente, el maestro de la Cueva tenia fe y confianza en la perfectibilidad del hombre y en que es dueño de su destino. Para ello, consideró que debemos ser vigilantes de nuestros propios actos; adquirir poder no a través de intentar disciplinar a otros, sino a uno mismo; a través de un esfuerzo constante de superación y de una revisión personal permanente. Creía profundamente en el estudio, al analfabetismo aproxima a los hombres a la vida de los animales, ya que les impide asomarse a los libros que son el primero y uno de los mejores alimentos del espíritu y porque ha sido y continúa siendo en muchos de nuestros pueblos, la razón que impide una democracia verdadera, afirmaba.

Su formación de jurista se asienta en el conocimiento de la filosofía, pero una filosofía que olvide al hombre abstracto para dirigirse al hombre real. Sostenía que “la filosofía es la esencia misma del pensar” (De la Cueva, 1975: 394).

En un acto de la más elemental honestidad he de reconocer que cuando inicié este sencillo estudio no imaginé la gran riqueza histórica académica y humana que iba a encontrar en la obra de Mario de la Cueva. Nos ha legado tareas importantes cuando señala que la Constitución mexicana ha sido un ideal que los hombres tenemos el deber de realizar algún día; cuando dice que “Son ya muchos los siglos, desde la era de las culturas autóctonas, de la colonia y del siglo XIX a nuestros días, de servidumbre y de miseria de los hombres sin-tierra-y-sin-riqueza. La historia ha confrontado muchas crisis: la nuestra es la crisis de la vida, una crisis de un ansia de vivir como seres humanos, en la paz de todos los pueblos y en su esfuerzo de proporciones gigantes, generoso y noble, para asegurar al hombre el puesto y la condición que le pertenecen” (De la Cueva, 1972: 26). O cuando de manera optimista expresaba: “La crisis del presente no puede ser perpetua, a pesar de los augurios, creemos que la humanidad encontrará pronto su destino. México lo está encontrando: nuestra nación se fortifica y el espíritu del mexicano se manifiesta, con intensidad creciente, en una vida cultural, social y económica de la más alta importancia. Pero México necesita conocerse y para ello debe analizar su ser” (López Aparicio, 1952: XV).

En ese análisis de nuestro ser como nación es que me imagino en el grupo de los alumnos del chato de la Cueva, del jurista, del luchador, del humanista, que después del curso nos recibe en Nicolás San Juan 3412 para continuar aprendiendo del hombre.

Afortunadamente, Mario de la Cueva no ha muerto del todo y nos espera en su obra para ayudarnos a estar completamente vivos a través del razonamiento y, como él lo esperaba, de la superación de su pensamiento.

Bibliografía

Directa

  • De la Cueva, M. (1936). Derecho obrero (industrial). Versiones taquigráficas de los cursos de derecho sustentados en la Facultad Nacional de Jurisprudencia. México.

  • ________. (1943). “La naturaleza del Derecho Internacional del Trabajo”. Derecho del trabajo. T. III. Buenos Aires.

  • ________. (1957). “Reflexiones en torno al liberalismo mexicano”. Cuadernos Americanos. Año XVI, Vol. XCV, No. 5. México.

  • ________. (1964). Apuntes del curso de derecho constitucional. Facultad de Derecho de la UNAM. Apuntes mecanografiados tomados y editados por Javier Gordillo Domínguez y alumnos de la Generación 62 de abogados. México.

  • ________. (1965a). La jurisdicción del trabajo en el derecho mexicano. CEDAM. Pavoda, Italia.

  • ________. (1965b). Síntesis del derecho del trabajo. Instituto de Derecho Comparado de la UNAM. México.

  • ________. (1966). La estabilidad en el empleo. Facultad de Derecho de la UNAM. México.

  • ________. (1972). La seguridad social y la gente del campo. UNAM. México.

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  • ________. (1981). La idea de la soberanía. Coordinación de Humanidades de la UNAM. México.

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  • ________. (1991). “Las facultades extraordinarias del Poder Ejecutivo”, Revista Jurídica Jalisciense. Año 1. No. 1. México.

  • De la Cueva, Mario, et al., (1954). Plan de Ayutla; conmemoración de su primer centenario. Facultad de Derecho de la UNAM. México.

  • ________. (1965). Panorama do Direito de Trábalo. Traducción de Carlos Alberto Gómez Chiarelli. Libraría Sulina Editorie. Porto Alegre.

  • ________. (1977). Cuatro estudios sobre derecho del trabajo. S/E. Guadalajara, México.

Indirecta

  • Álvarez del Castillo, E. (1982). Reformas a la Ley Federal del Trabajo en 1979. Miguel Ángel Porrúa. Prólogo de Mario de la Cueva. México.

  • Barajas Montes de Oca, S. et al. (1981). Libro en Homenaje al Maestro Mario de la Cueva. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. México.

  • Carpizo, J. et al. (1982). Testimonios sobre Mario de la Cueva. Porrúa. México.

  • Heller, H. 1965). La soberanía, contribución a la teoría del derecho estatal y del derecho internacional. UNAM. Traducción y estudio preliminar de Mario de la Cueva.

  • León Portilla, M. et al. (1985). Estudios de historia de la filosofía en México. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Prólogo de Mario de la Cueva. México.

  • López Aparicio, A. (1952). El movimiento obrero en México; antecedentes, desarrollo y tendencias. Jus. Prólogo de Mario de la Cueva. México.

  • Remolina, F. (1974). Declaraciones de derechos sociales. Ediciones V Congreso Iberoamericano de Derecho del Trabajo, de la Seguridad Social. Prólogo de Mario de la Cueva. México.

  • Sánchez, V. (1956). Los derechos del hombre en la Revolución Francesa. UNAM. Prólogo de Mario de la Cueva. México.

  • Trueba Barrera, J. (1963). El juicio de amparo en materia de trabajo. Porrúa, Prólogo de Mario de la Cueva. México.

 *La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 171-184.

 

Notas

1 Al maestro Mario de la Cueva no le agradaba que se elaborarán apuntes sobre sus cursos, decía que no se podía confiar el aprendizaje a lo que llamó “conocimientos marginales”, proporcionando mejor bibliografía de consulta; sin embargo lo señalamos con esta reserva.

2 Dirección de la casa-biblioteca de Mario de la Cueva.

Luz María Zarza Delgado
Universidad Autónoma del Estado de México
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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