Pablo Martínez del Río

 

Pablo Martínez del Río ante la condición humana*

 

Roberto Fernández Castro

De su vida

Pablo Martínez del Río nació en la ciudad de México el 10 de mayo de 1892 y murió el 26 de enero de 1963. Perteneció a una célebre familia que después de proporcionarle una esmerada educación privada de primeras letras, le permitió cursar los estudios medios en el colegio jesuítico de Stonyhurst en Inglaterra. Posteriormente ingresó a la Universidad de Oxford, donde comenzó a cultivar su interés por el pasado prehistórico a través de las ciencias antropológicas e históricas, adquiriendo una sólida formación en historia y cultura orientales, de la antigüedad griega y romana, así como de la geografía mundial. Todo ello, vale la pena apuntarlo, facilitado además por los viajes que realizó a través del territorio europeo y del buen dominio de la lengua inglesa que consiguió.

Sin embargo, con el fallecimiento de su padre en 1907 y el inicio de la lucha revolucionaria que estalló a partir de 1910, la de su familia fue una de las tantas fortunas que se destruyeron en el norte del país. La pérdida de la hacienda de Santa Catalina en Durango no sólo representó el comienzo de una situación económica difícil, ya sin el patrimonio logrado durante largos años, sino particularmente el origen de una ideología política fraguada en medio de la inevitable pero injusta hostilidad sufrida por los descendientes de las familias que habían sido más cercanas al régimen porfiriano.

No obstante, Martínez del Río emprendió su labor docente y de investigación, decididamente dirigida hacia el conocimiento de la prehistoria y la protohistoria, materias que impartiría desde 1939 con el establecimiento del Departamento de Antropología en la Escuela de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional y continuaría cuando aquel se transformó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia el año de 1942, siendo él su primer director. Además, impartió cursos de historia de México, historia antigua y medieval, protohistoria, prehistoria y arqueología antigua en la Escuela de Verano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, de la cual también fue director. Pero sin duda lo más significativo de su labor académico-administrativa fue la fundación del Instituto de Historia de la Universidad Nacional en 1945 en colaboración con Rafael García Granados.

Historia y cultura

La interdependencia que Pablo Martínez del Río reconocía entre la antropología cultural y la historia lo llevó no sólo a explicar su manera de comprender la vida humana, sino también a confesar su deprecio por los acontecimientos y los problemas de carácter político en los que los historiadores se encontraban generalmente ocupados, cuando esos eran, en el fondo, muchísimo menos trascendentales que los ofrecidos al culturólogo.

Lo que ha sucedido en particular con la historia de México, dice, es que se ha convertido en un campo de batalla entre los mexicanos, cuando debiera ser un vínculo de concordia y de unidad. Los historiadores se mantienen constantemente preocupados por fenómenos políticos a pesar de que éstos, como se comprueba cada vez más, sólo suelen ser resultado de procesos registrados dentro del campo de estudio de las disciplinas económicas y antropológicas.

No es casual que Martínez del Río rechace cualquier tipo de violencia, incluso aquella que se manifiesta en forma de ideas. La propagación de ideas de odio y de destrucción que, según él, se hallan tan de moda, son nocivas para el desarrollo de ese proceso de elevación espiritual y material de que se halla tan necesitado el pueblo mexicano. Y escribe: “con ese terrible puño cerrado a la usanza marxista jamás pudo escribirse un libro o dirigirse un arado; y es lícito preguntarse si... no convendría prescindir un poquito del autor del ‘Capital’ y hacer hincapié en todos aquellos sencillos preceptos que se nos procuraba inculcar allá cuando todavía intentábamos aprender el catecismo” (Martínez, 1938: 67)

Juzgar en perspectiva histórica tiene entonces como resultado percibir el caos y la confusión entronizados en definitiva sobre México, tal y como lo han estado casi siempre durante nuestra azarosa vida de país independiente, siempre a causa de los excesos. Sin embargo, el más tremendo de nuestros problemas, el más terrible de todos, es el problema moral. El creciente desquiciamiento ético, cada día más pavoroso y que no hace más que exacerbarse con filosofías como la marxista (Ibíd.: 64-66).

Acerca del conocimiento

Aunque Martínez del Río fue considerado sobre todo como un prehistoriador, este profesional al que se estimaba a mitad de camino entre el antropólogo y el historiador, pasando por el arqueólogo y el etnólogo, siempre tuvo muy claro que el trabajo de campo y el de gabinete eran inseparables.

Él mismo dirigió (e incluso financió por momentos) los trabajos de excavación que se realizaron en Santiago Tlatelolco a partir de 1944, contando con la ayuda de Antonieta Espejo, Robert Barlow, Rafael García Granados y William Bullock, entre otros. Después, a partir de 1953 colaboró en las exploraciones de la Cueva de la Candelaria en la región de La Laguna, como Director Honorario que era de la entonces ya creada Dirección de Prehistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero también porque el hallazgo se había realizado en tierras que le eran bien conocidas desde su niñez. En esta ocasión Pablo Martínez del Río se hizo cargo de la parte que llegó a ser, más que su especialidad, su método: la correlación entre las fuentes escritas y la arqueología.

Lo importante era acudir a cuantas ramas del conocimiento fuera necesario para poder establecer las concordancias o diferencias entre las fuentes escritas y la arqueología. La naturaleza de los temas y la necesidad de conducir su estudio por cauces científicos, sólo dejaba lugar a escritos en forma de descripciones lo más frías y desapasionadas posible, que tuvieran como principio el de la incertidumbre.

En parte, eso explica también la “sintaxis historiográfica” que organizó y estructuró Los orígenes americanos: partir de la reconstrucción del escenario geológico y geográfico para después permitir que los hombres americanos, los actores, entren en escena gracias a los testimonios proporcionados por su presencia física y el utillaje material (testimonio arqueológico), sus características morfológicas (testimonio somático), el panorama y las relaciones de sus lenguas (testimonio lingüístico), así como las consideraciones culturales y civilizatorias (testimonio etnológico).

En ese mismo orden, dichos testimonios podían ser clasificados en términos de posibilidad, probabilidad y certeza absoluta, incluso al interior de cada uno de ellos. Por ejemplo, en el estudio del pasado geológico inmediato de las Américas, Martínez del Río lamentaba que en el asunto de las glaciaciones muchos expertos tendieran a aceptar como plenamente comprobadas muchas cosas que en el fondo no lo estaban, y dice:

En realidad, y si intentáramos calificar, en términos de posibilidad, probabilidad y de certeza absoluta, a las diversas teorías que, a veces con carácter casi dogmático, se nos han venido presentando, hallaríamos que son contadísimas las que estrictamente merecerían ser admitidas dentro de esta última categoría. Lo que indiscutiblemente nos han ofrecido los peritos son unas excelentes “hipótesis de trabajo”, como suele llamárselas en Estados Unidos, muchas de ellas con amplísima cabida dentro de lo que podríamos calificar como “probable”, “muy probable” o “casi seguro”, pero nada más (Martínez, 1952: 97-98)

Naturalmente que mientras más próximos de la historia estaban este tipo de conocimientos, la base esencial para fijar “el acontecimiento” de los relatos se encontraban en la fuentes escritas. La escritura, decía entonces, que para la vida espiritual es tan importante como la agricultura para la vida material, es capaz de determinar no sólo la posibilidad de existencia de una verdadera literatura entre los pueblos, sino incluso un poderosísimo catalizador (cuando existe) o un verdadero freno (cuando se carece de ella) para el desarrollo y el progreso culturales.

Y es que para Martínez del Río la escritura era sencillamente el símbolo de ese otro símbolo que es el lenguaje. Después de la palabra hablada era ella la que mayor influencia había ejercido en los destinos humanos desde los tiempos en que el hombre, ya poseedor del arte de los cultivos, traspasara los umbrales de la verdadera civilización e insistía en la metáfora: lo que la agricultura (o el trabajo) es para el cuerpo lo es la escritura para el espíritu (Chávez, 1953: 9).

La condición humana prehistórica

Como autor, Pablo Martínez del Río no fue un escritor excesivamente prolífico, merecería un lugar en la historia literaria mexicana, del que hasta ahora ha carecido, porque parte de sus escritos juveniles se ubican dentro del campo de la ficción. Sin embargo, su obra más importante aborda un problema que no deja de antojarse para la ficción, pero que él quiso llevar hasta los más serios dominios de la ciencia. Los orígenes americanos, cuya primera edición es del año de 1936, quiso responder preguntas como: “¿Es el hombre originario de América? ¿Si no lo es, de dónde vino? ¿Cuándo vino? ¿Cómo vino? ¿A qué raza pertenecía? ¿En qué estado de civilización o de cultura se hallaba? ¿Hasta qué grado influyeron elementos de ultramar en la formación y en el desarrollo posterior de las culturas y civilizaciones americanas?” (Martínez, 1987)

La temática del libro, guiada por estos y otros cuestionamientos se prestaba de maravilla para ver al hombre en soledad, casi sin creaciones que pudieran acompañarlo y definirlo, como una más de las especies animales enfrentadas a la difícil tarea de sobrevivir en medio de una naturaleza poco hospitalaria. Los cambios en las condiciones climatéricas, como fueron las glaciaciones, tuvieron sus efectos sobre las diversas especies, tanto animales como vegetales. A todos ellos se les ofreció entonces sólo una de tres soluciones: adaptarse a las nuevas condiciones de vida, emigrar o morir.

Lo cierto es que la consecuencia de las glaciaciones (concebidas como «dolencias del planeta», y por duras o molestas que parezcan), fue la de fomentar en el hombre aptitudes de lucha y de adaptabilidad que han sido un factor poderosísimo en su marcha ascendente. El cambio térmico es casi seguro que se repita en cualquiera de sus dos extremos, por lo tanto, desaparecerán otra vez bajo el agua o el hielo muchas de las regiones hoy más densamente ocupadas por la humanidad. No obstante, el porvenir de la humanidad no ha de verse con inquietud, porque no hay motivo para suponer que no disponga el hombre de tiempo más que suficiente para irse adaptando a la nueva situación. ¿Es que acaso no han significado nada obras como la desecación del Zuyder Zee y construcciones como el Canal de Suez, los puentes de San Francisco, el Canal de Panamá, el telescopio de Mount Wilson, el supermicroscopio, el submarino, el automóvil, la locomotora, el aeroplano y la televisión? Por eso, dirá Martínez del Río, nuestra herencia es una herencia de lucha:

...pero la lucha contra la naturaleza (a diferencia de esas estúpidas luchas fratricidas que aún no logramos extirpar) es una lucha noble y limpia; lucha que de paso nos va capacitando cada vez más para ella misma y que, por tanto, sólo a los timoratos debe asustar. Elevemos, en consecuencia nuestros corazones y miremos, ecuánimes y confiados, hacia el porvenir. ¡Y entretanto metámonos tranquilos a la cama, ya que, entre la puesta y la salida del sol, no habrá de sobrevenir, de seguro, una nueva glaciación (Martínez, 1939: 27-28).

Aunque de manera lenta y con muchos obstáculos, la naturaleza humana tiende no sólo al progreso material sino también moral. El hombre es una especie confiable porque su tendencia es la de una marcha hacia grados cada vez más altos de humanitarismo que dependen del tiempo y, más que del espacio, de la cultura y de la raza. Esta última, una de las categorías de uso lamentable en la obra de Martínez de Río.

Según él, entre los defectos de los pueblos de estirpe hispana se encuentra, por ejemplo, el de justificar sus propias violencias elevándolas a la categoría de religión. De los anglo-sajones en cambio, Martínez del Río sostiene una opinión que hoy sólo podría ser tomada como ironía o como insulto precisamente hacia el humanitarismo. Ellos, dice, “comprenden que el apasionamiento, en cuestiones de Estado, siempre conduce a la peor solución: que la violencia lleva a la violencia, el odio al odio, la injusticia a la injusticia y así demás” (Martínez, 1938: 28).

El objetivismo de los valores

Al exponer todo lo anterior, Martínez del Río siempre estuvo persuadido de que sus asertos descansaban sobre sólida documentación científica difícil de refutar. Dirigir una investigación por los verdaderos cauces de la ciencia consistía en otorgar su justo valor a las cosas. Sin importar en ello que el investigador se pudiera valer de los métodos más modernos, prescindir de cualquier prejuicio personal, y aún acometer el estudio objetivo del pasado con los más legítimos anhelos de mejoramiento social.

La posición de Pablo Martínez del Río en el tema de las razas también se debió a que su generación se enfrentó a la dificultad del “excesivo fervor político” que en la historia de México tomaba la forma de dos grandes clichés. Uno, propio del elemento conservador, que tendía a exaltar todo lo español; y otro, “izquierdista”, que glorificaba lo indígena; con la circunstancia agregada de que este último había venido gozando desde hacía mucho tiempo del beneplácito gubernamental.

Para él era muy claro que tanto estos dos clichés, como el que pretendía vestirse de revisionismo frente a ellos, no eran, sustancialmente, más que otras tantas deformaciones de la verdad histórica, que ni siquiera ocupaba un lugar intermedio en todo eso, sino que ella se encontraba en un plano diferente, en el cual, dice, toma forma un cliché que no es ni infra-rojo ni ultra-violeta, sino casi infinitamente matizado, como el arcoiris.

Cabe aceptar incluso que para Martínez del Río un relativismo de raíz historicista es necesario para entender que, aquello que se acepta como verdadero en la evidencia de los sentidos, sólo llega hasta donde la razón de cada época lo permite. Y ese es un criterio aplicable también en el examen de las fuentes históricas escritas y los testimonios arqueológicos, donde no hay nada que pueda considerarse del todo claro y seguro.

Calificar entonces a Martínez del Río tan sólo como un científico que traduce las evidencias arqueológicas en datos utilizables para probar una teoría, cuando menos, es un error, porque si bien es cierto que con mucha frecuencia se encuentran en sus escritos referencias a la más absoluta objetividad y la imparcialidad, éstas sólo se deben al plano de la honestidad del historiador. En otro sentido, los hechos «innegables» o «comprobados» permanecen dentro de lo contrastable de manera racional.

La defensa del hacendado y la pequeña propiedad

Ideológicamente, bien puede reputarse a Pablo Martínez del Río como un escritor conservador de la primera mitad del siglo XX, pero resulta indispensable comprender en qué pueda consistir tal calificativo.

En este caso, su pequeño libro de El suplicio del hacendado y otros temas agrarios, aparecido en 1938 es muy esclarecedor. La intención del texto era hacer un poco de justicia al hacendado mexicano y a la vez consignar las impresiones que en él había dejado la solución que hasta entonces se había venido dando al problema, las cuales podían tener algún valor positivo, puesto que eran resultado de una larga y amarga experiencia personal.

Primero, Martínez de Río afirma que el verdadero hacendado es ya un producto del pasado. Así, quiere bañar sus páginas de «un melancólico perfume de elegía», porque supuestamente no tendrán resultados prácticos. Una contradicción cuando él cree que es tiempo de comenzar a hacerle un poco de justicia al hacendado que sufrió tanto durante su agonía.

A continuación, separa el mal sistema de haciendas de su propietarios, quienes no hubieron de ser forzosamente malos. En el tiempo que prevaleció dicho sistema nadie pensaba realmente en las llamadas responsabilidades sociales. Había incluso hacendados muy bien intencionados aunque sus esfuerzos resultaran algo platónicos en la práctica. Además ellos se habían comportado como se hubiese comportado cualquier otro ser humano en las mismas circunstancias, aunque se tratase del más ardiente de nuestros reformadores. Hasta un cierto espíritu medieval había llegado a privar en las haciendas, mismo que evocaba las relaciones afectuosas entre señor y vasallo.

A lo anterior, y también en descargo del hacendado había que agregar que la riqueza de una buena parte de ellos era más aparente que real, porque casi todos estaban endeudados. En cuanto al uso de la fuerza física contra los campesinos él sólo sabía de poquísimos casos y de carácter excepcional; algo que quedaba probado con el hecho elocuente de que la guerra al hacendado casi nunca se la habían hecho los mismos vecinos de la hacienda, quienes en muchos casos le habían permanecido fieles hasta el final, sino los campesinos de los pueblos cercanos que querían más tierras y encabezados por los pequeños comerciantes que querían más clientela. En cuanto al ausentismo ni siquiera había existido, y en todo caso no había ninguna obligación moral o material del dueño de una casa de vivir en ella.

Todo esto los estudiosos del porfiriato y de la revolución mexicana pueden valorarlo mejor, pero considerar “imparcialmente al reo” ¾como Martínez del Río llama irónicamente al hacendado¾ no es de verdad el asunto principal del libro. Sino eso que él llama “el suplicio”. Aunque los sabios sociólogos e historiadores, tanto mexicanos como extranjeros no lo creyeran, la existencia de tierras mal habidas entre los hacendados había sido la excepción y no la regla. En cambio, esos casos palidecían comparados con las incalificables infamias que posteriormente sufrieron los hacendados a manos de las comisiones agrarias.

Cierto que era necesaria la abolición de todos los abusos a que se prestaba el sistema de haciendas, pero la solución que se le dio fue monstruosamente injusta, “inconvenientísima y gravosísima para el país y todos los que en él vivimos”. El viejo latifundismo, del que tanto se quejan sobre todo los escritores de Estados Unidos ¾como si ellos hubieran sido los que más sufrieron¾, sólo ha sido sustituido por otros más nuevos, como el político-económico del Banco Ejidal, por ejemplo.

Pero no hay que olvidarse de las comisiones agrarias, que por lo general estuvieron constituidas, o bien por fanáticos llenos del más exaltado odio personal contra el hacendado (y casi más interesados en dañarlo a él que en beneficiar al campesino), o por logreros que perseguían fines más bastardos y que sólo se hallaban ahí por el botín: “Difícil imaginarse una pesadilla peor. ¡Qué injusticias, qué arbitrariedades, qué violaciones a las propias leyes y reglamentos agrarios, qué falta de la más elemental equidad! Esto (¡escuchadme bien, investigadores de las épocas venideras!) sí ha sido la regla, no la excepción” (Ibíd.: 23).

La solución que se había dado al problema había sido la de librar al erario de tener que pagarles a los hacendados el valor de sus tierras, pero esta aparente economía no había podido constituir peor negocio para la nación en general. Un régimen de garantías para la propiedad rústica, con expropiaciones a base del valor real y fraccionamientos forzosos en condiciones verdaderamente equitativas para todos en otros, hubiese traído como corolario un período de indiscutible bonanza para México, aumentando las entradas para los fiscos de los estados (que hoy se mueren de hambre) y el tesoro federal.

Por eso, dice Martínez del Río, fue un gravísimo error no resolver la mayor parte del problema mediante el sistema de fraccionamientos, que nunca les gustó a los líderes locales porque tiende a emancipar a los campesinos de su tutela, pero que le habrían costado mucho menos a la nación y que han dado magníficos resultados en los pocos sitios donde se han podido llevar a cabo. Lo que sucede es que con la solución de fraccionamientos, los líderes agrarios se ven privados de cabezas de ganado político, pues así, lo que se crea son hombres libres y no siervos de los diferentes comités y organismos agrarios.

En el fondo, la conquista del agro mexicano resultó pues un negocio ruinoso. La difícil situación económica que prevalece no hace más que comprobar el hecho evidente de que la decreciente producción agrícola ha obligado a que se importen grandes cantidades de productos agrícolas, provocando una demanda de divisas extranjeras que ha hecho presión sobre nuestra moneda y dado lugar a una nueva crisis en que es visible el descenso de nuestras reservas. Esto, cabe recordar, lo escribió Martínez del Río dos años después de que Lázaro Cárdenas creara el célebre ejido de La Laguna.

Sobre el particular de un Estado totalitario socialista no quiere extenderse, porque después de todo no queda claro que sea eso lo que se esté construyendo en el país, pero advierte que si a México le fue muy mal con el régimen de muchos latifundistas, no resulta muy claro lo que habría de ganar con el hecho de que la totalidad de su territorio pase a manos de uno sólo, y que ese sea el Estado.

En el menor de los casos, Martínez del Río calificó de “románticos” a los entusiastas que aludían vagamente al comunismo de los pueblos aborígenes de México, quienes llegaban a la conclusión de que por lo tanto ellos se habían encontrado muy por encima de los pueblos modernos. Pero tal supuesto comunismo de los pueblos antiguos de país, en realidad muy relativo, no constituía señal de adelanto, sino de algo diametralmente opuesto, de falta de cristalización de conceptos, algo que más bien tendía a que los colocáramos más bajos en la escala del proceso evolutivo respecto a sociedades saturadas de “capitalismo” como fueron Mesopotamia y Egipto (Martínez, 1939: 116-118).

El anacronismo evidente en esto es algo que no vale la pena discutir porque seguramente Martínez de Río lo tenía muy claro. Se podría preguntar en cambio si en esa escala de evolución o de valores al capitalismo le correspondía un mejor lugar que al comunismo del que él habla. Las impresiones de conjunto y las generalizaciones siempre las consideró peligrosas, pero sí es verdad que para él el comunismo, el socialismo, el marxismo o cualquier dictadura soviética sólo podían ser caracterizadas como el caos. Más que capitalista Pablo Martínez del Río era un liberal.

La ciencia y el arte

Hay algo más del capitalismo que le permite no perder las esperanzas. Confía él en encontrarse dentro una nueva era científica en que ya no se procura conseguir que los hechos concuerden con determinadas premisas tradicionales, sino más bien se busca que aquellos se expliquen por sí solos. Es cierto, tal vez Pablo Martínez del Río cayó en la ilusión de confundir ciencia con técnica, por eso el progreso del que habla sólo podía correr hacia la vida cómoda de la objetividad como inutilidad de lo útil.

En cambio, cuando Martínez del Río se ocupó del arte, colocó en un lugar preponderante la importancia que adquiría el factor subjetivo en esta esfera cultural. Evidentemente, educados dentro de la civilización occidental existía el peligro de dejarnos influir por los cánones de belleza que habían imperado en ella, pero en la época actual nos habíamos despojado ya de muchos prejuicios y complejos de superioridad, ampliando enormemente nuestra receptividad estética. Hoy ya nadie podía hablar de cánones de belleza, porque en lugar de haber un solo punto de vista del hombre de Occidente hacia las obras de arte del resto de las civilizaciones lo que se tenía eran tantos puntos de vista como hombres de occidente.

Esto no impide, sin embargo, el que Martínez del Río afirme que en la escultura egipcia, por ejemplo, aparte de una técnica superior, existió “muchísima más sabiduría y muchísima menos barbarie” que entre los pueblos del México prehispánico. Una barbarie no exenta de grandiosidad y aún de supremo refinamiento si se quería, y que además estaba actuando como poderoso excitante “sobre los paladares un tanto cansados de la época presente”, pero barbarie al fin y al cabo. En su frecuente falta de respeto por las proporcione humanas, no menos que en su incorrecta interpretación anatómica, el escultor maya se codeaba más bien con su hermano de Mesopotamia.

En esto hay una contradicción que se puede percibir muy fácil, pero si se tratara de un punto de vista superficial y superado no lo mencionaríamos siquiera. Pero es que de nueva cuenta surge aquí el prehistoriador que, al parecer, piensa que la naturaleza humana es muy semejante por doquiera, y que especialmente entre los pueblos menos cultos, el hombre siempre tiende a expresarse del mismo modo. Y sin embargo, de los tiempos prehistóricos y aún históricos hay inscripciones, grabados o tallados cuyos conceptos precisos no podemos determinar. Es más, posiblemente no nos las podría explicar ni el mismo autor, por la diferencia tan grande de mentalidades entre el indígena y el europeo. O sea que quizá tampoco hay que querer establecer una coherencia excesiva en ello.

El sitio de la civilización americana

No es posible terminar la presente consideración de la obra de Pablo Martínez del Río sin insistir en la que parece haber sido, en el fondo, la mayor preocupación de su obra: ¿Cuál era, fría y científicamente, el puesto que les correspondía a las antiguas civilizaciones de México, y por lo tanto de América, dentro del conjunto universal?

La primera colonización del hombre en América, hace unos 15 mil años, había sido seguida en distintas fechas por la infiltración de pequeños grupos asiáticos bastante diferenciados entre sí étnica y lingüísticamente, aunque con toda seguridad diversos tipos raciales y muchos idiomas sólo habían llegado a caracterizarse dentro de la propia América, mientras que un aumento notable de la población sólo se habría dado posteriormente con el descubrimiento de la agricultura. Es decir, aquellos elementos culturales que constituían propiamente la civilización habían tenido un origen independiente en el Nuevo Mundo, por más que se descubrieran conexiones o reminiscencias asiáticas.

A partir de ahí, un estudio comparativo que buscara analogías para las antiguas civilizaciones de México sólo podía encontrarlas con otras civilizaciones estáticas como las nacidas a orillas del Nilo el Tigris y el Eufrates. Es decir, civilizaciones con un desarrollo inicial de gran rapidez, seguido casi de inmediato por una especie de fijación de elementos que perduran durante un largo periodo de aparente estancamiento que, con el tiempo, da muestras del fatídico anquilosamiento.

La civilización occidental en cambio, de la que derivaba directamente la nuestra, parecía ser la única a la que los dioses le habían concedido el don de la juventud perpetua. Se comprende entonces que para Pablo Martínez del Río las civilizaciones prehispánicas eran sólo productos muertos del pasado, de ahí su metáfora de “vino nuevo para los odres viejos de la historia nacional” en su interpretación de la llegada de los hombres blancos o europeos en la época de la conquista, quienes se habían venido a mezclar con mujeres indígenas. Una circunstancia por otro lado importante por sus resultados en el orden psicológico y biológico, dice, por aquello que se puede calificar como la emotividad mexicana de estos días.

Salta a la vista entonces que la historia de la nación mexicana moderna arranca precisamente desde la conquista hispana, que fue cuando se inició el proceso de hibridización, por más que sea un hecho notable que, en la realidad, mientras más baja es la escala social de la población menos se advierten dichos efectos de la conquista. Lo que se antojaba como explicación de esto era que la conquista sólo hubiese afectado los dos últimos milenarios de la evolución cultural indígena, arrasando totalmente la superestructura pero dejando íncólumes los elementos básicos sobre los cuales se apoyaba.

Fuera de esta observación más bien de carácter sociológico es preciso insistir en que Pablo Martínez del Río sostuvo la diferenciación racial y cultural entre las dos Américas que tenían como frontera al norte de México. Por un lado la de estirpe hispana, probablemente de verdad en un plano inferior de cultura, y por otra, la estirpe anglosajona, cuyos individuos, fieles a su raza, pronto son llevados a destacar por su laboriosidad, su gran espíritu de mando y su notorio talento para lo práctico.

Eso no implica apresurarse a relegar la obra de Martínez del Río como una manifestación racista de antihispanismo. La suya es una interpretación que permite ver hasta qué punto desde el siglo XVI cristalizan los elementos psicológicos que hasta hoy caracterizan a los pueblos en cuestión, el hispano y el inglés, y que aún en nuestros días los impulsan a observar conductas muy parecidas a las que adoptaron en sus enfrentamientos de entonces. Pero es que entonces, como unas décadas antes había sido en la medicina, la categoría raza sirve para explicar muchas diferencias antropológicas. En cambio, creo que este sesgo en la obra del prehistoriador debería servir para hacer conciencia de nuestra responsabilidad histórica.

Bibliografía

Directa

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Indirecta

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  • Carrera Stampa, M. (1962). “Pablo Martínez del Río, Editor”. Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. México.

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  • Homenaje a Pablo Martínez del Río en el vigésimoquinto aniversario de la primera edición de Los orígenes americanos. (1961). Instituto Nacional de Antropología e Historia. México.

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  • Weckman Martínez, L. (1994). “Pablo Martínez del Río 1862-1963”. Josefina Zoraida Vázquez. 75 años de la Academia Mexicana de la Historia. Academia Mexicana de la Historia. México.

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 321-337.

Roberto Fernández Castro
Universidad Autónoma del Estado de México
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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