Eduardo Nicol

 

Eduardo Nicol y la conciencia del ser*

 

Guadalupe Olivares Larraguibel

Esta cosa suprema, este absoluto que ha buscado siempre
la filosofía, que es el ser, es objeto de experiencia universal
inmediata. Esto es lo que quiere decir que el ser está a la vista.
E. Nicol

Eduardo Nicol: una presencia admirable

Durante los 30 años que tuve el privilegio de frecuentar al Dr. Nicol, primero en los cursos de presocráticos y metafísica, y más tarde en el seminario de metafísica al que pertenecí por 10 años, nunca lo escuché hablar de su exilio.

Nicol murió el 6 de mayo de 1990, y en 1998 se publicó una entrevista hecha por Xavier Rubert de Ventós, en el año de 1982. Ahora sé que el Dr. Nicol junto con miles y miles de personas, “en caravana, de uniforme y con armas” cruzaron la frontera por Agullana para más tarde ingresar al campo de concentración de Argelérs-sur-Mer en Francia, donde fungió como intérprete ante las autoridades del campo, para ayudar a los compañeros que no hablaban francés.

Salió de Séte el 23 de mayo de 1939, a bordo del “Sinaia” y llegó a Veracruz el 13 de junio. Estaba en México, solo, sin un centavo y sin trabajo, pero con la posibilidad de realizar su obra en completa libertad. Al respecto de esta situación Nicol explica:

Estábamos derrotados, pero no humillados; hay cosas que ayudan a mantener la integridad de la persona ante las adversidades. A diferencia de lo que ocurre hoy, tratamos de retener las causas de la desdicha y prescindir de sus efectos. Hoy la gente se encuentra más interesada en lo que ocurrió en aquel momento lejano sin preocuparse de las causas (De Ventos, 1998: 19).

Nosotros hacemos lo contrario, pero tratamos de no hablar de ninguna de las dos cosas. Las causas porque provocarían rencores, los efectos porque deben superarse con una actividad positiva.

Dicha actitud positiva la mantuvo siempre y la practicó en su magisterio y en el contacto personal con cada uno de nosotros, en la unidad de su pensamiento y su persona, en una continuidad en la transmisión de las ideas, formando una tradición de estudio de los griegos y de la metafísica como ciencia del ser, dentro de la Facultad de Filosofía y Letras donde privaba el positivismo lógico y el marxismo. Nicol, dedicado al estudio de las cuestiones más fundamentales, con un método sistemático, escribió 18 libros, 82 ensayos y 119 artículos. Nació el 13 de diciembre de 1907 en Barcelona, y con esto quiero señalar que siempre había escrito en catalán y lo hace por primera vez en español cuando viene a México. Sobre este hecho Nicol confiesa:

Me he hallado en una situación vital compleja, viviendo tres exilios a la vez. Para empezar, el exilio manifiesto de vivir en una tierra distinta de la tierra donde uno ha nacido y se ha educado. Después está el exilio de la lengua: yo no había escrito ni una sola línea en castellano durante mis años de Barcelona… Finalmente, se halla la cuestión del exilio intelectual o cultural, que no está determinado por mi presencia en México, sino que es el mismo que, en menor grado, habría encontrado en España (Ibíd.: 21).

Desarraigo causado por la guerra cuando iniciaba su carrera docente. El discurso de Nicol es austero, riguroso e incluso hermético. Él lo denominará científico. La suya es una filosofía discreta, mesurada, alejada del alboroto y del estrépito publicitario.

Con Nicol entendimos que el ser nos es mucho menos extraño de lo que han pensado los filósofos. De hecho, el ser está por todos partes, se nos da cuando lo vemos, cara a cara, cuando lo decimos, lo expresamos; con Nicol comprendimos que la razón no tiene atribuciones para imponerse al ser, sino que debe estar constantemente sometida a él. Nicol lo explica así:

Los racionalistas, tradicionalmente ─y la cosa viene de muy lejos, empieza con Parménides─ han intentado una jugada ilegítima: puesto que la realidad es racional, las creaciones de la razón humana deben coincidir necesariamente con la realidad. Entonces resulta que la razón se impone al ser, en lugar de ser al revés, el ser [es] quien se impone a la razón… La razón no tiene atribuciones para imponerse al ser, sino que debe estar constantemente sometida a él (Ibíd.: 22-23).

Sostener estas ideas en los años cuarenta, cincuenta y sesenta era una herejía, Nicol siempre fue un revolucionario, un contestatario y, naturalmente, el revolucionario no comparte, por definición, las ideas dominantes de su ambiente. Nicol realizó una revolución en las filosofías de la tradición occidental, llevó a cabo una renovación radical, transformadora.

Las múltiples conexiones del ser

Las concepciones del mundo se fundan en la naturaleza del universo, universo insondable, inabarcable que se refleja de manera plural en la relación que el espíritu tiene con él, la manera como lo percibimos y asimilamos desde nuestra finita y transitoria humanidad.

Las concepciones de la poesía, la ciencia y la filosofía nos ofrecen no la luz pura de la verdad, sino la luz de la verdad fraccionada en rayos de color.

El filósofo busca un saber de valor universal y a través de tal valor formular una idea acerca del misterio de la vida, y hallar las respuestas dentro de las circunstancias específicas de nuestra situación espacio-temporal.

Es principio y tarea máxima de la filosofía elevar a conciencia de sí mismo el pensamiento objetivo de las ciencias empíricas.

En los fenómenos, en el acontecer de nuestra cotidianidad que tenemos a la vista, en los inicios del 2000, asistimos a una hora triste para el hombre, donde el mundo atemorizado vacila en umbrales oscuros, en este tiempo que se desquicia sin sentido, sin más ámbito compartido que la común desesperación.

Ahora se le requiere a la filosofía. Los filósofos no pueden estar desocupados, su denuncia, su contribución es fundamental; sus aportaciones representan la función primordial del quehacer filosófico, del cual se ocupan desde Sócrates, en un esfuerzo de orientación del género humano. Nos hallamos entre el rechazo de los valores tradicionales y “una apoteosis de las relaciones de seducción… La vida sin imperativo categórico, la vida kit, mueble que uno monta o arma, modulada en función de las motivaciones individuales, la vida flexible en la era de las combinaciones, de las opciones, de las fórmulas independientes que una oferta infinita hace posibles; así opera la seducción” (Lipovetsky, 1992: 17-19).

¿Quién se ha salvado de ese maremoto? Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc., han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y, en distintos grados, ya nadie cree en ellos; en ellos ya nadie invierte nada.

¿Quién cree en la familia cuando los índices de divorcio no cesan de aumentar, y en México tenemos cuatro y medio millones de madres solteras; cuando los viejos son expulsados a los asilos; cuando los padres quieren permanecer “jóvenes” y reclaman la ayuda de los psicólogos; cuando las parejas se vuelven “libres”; cuando el aborto, la contracepción, la esterilización son legalizadas? ¿Quién cree aún en las virtudes del esfuerzo, de la conciencia profesional, de la autoridad, de las sanciones? (Ibíd.: 35) ¿Qué es lo que todavía nos puede sorprender o escandalizar cuando escuchamos decir a jóvenes criminales japoneses, entrevistados recientemente: “no logré desahogar toda mi ira y mi violencia cuando ya se había muerto”.

En esta era del vacío “¿cómo impedir que muramos de realidad?”. Resignarnos al vacío y a la violencia sólo habrá de agravar nuestra situación. Es preciso hacer frente a lo que nos pasa. Este vacío sólo puede llenarse con conciencia, con sentido. Lo que importa ─advierte Nicol─ es eso que a uno le pasa por dentro cuando no sabe, pero sabe preguntar.

La consciencia y el sentido último son accesibles a todo hombre en cuanto sabemos que, a pesar del caos, hay un orden en el universo del cual también formamos parte. Darse cuenta, reflexionar (re: dos, flexión: luz, vuelta de la conciencia sobre sí misma) meditar: es el cometido. Actuar en nuestra cotidianidad con acciones contemplativas, percibirnos y percibir nuestro entorno con una inteligencia acompañada de cierto sentimiento de admiración y quietud; la consciencia encarnada en el ser humano: “La reflexión, sobre el camino es ella misma un camino: el que toma el filósofo, para saber de sí mismo, y el que ha de tomar cualquier hombre para no caminar sin reflexión entre las necesidades y las posibilidades” (Nicol, 1980: 211).

Nuestras posibilidades son disponernos a lograr vislumbrar cierta distancia contemplativa, al inicio garantizándonos algún tiempo y espacio; asimilar de manera serena nuestra humanidad en nuestro universo. Reconocer que entre nosotros y el sol no hay diferencia, entre nosotros y la vía láctea no hay diferencia, estamos contenidos en esas entidades; sus moléculas son las mías, sus átomos son los mismos que los nuestros, aunque sepamos que la convivencia humana ―señala Nicol― sea proclive a la discordia.

Si, como asegura Juliana González “el hombre es un ser incompleto en su ser mismo: es un ‘medio ser’ o un ser a medias, menguado, carente, ontológicamente menguado. Sólo que es precisamente esta merma o esta deficiencia originaria la que promueve y explica el carácter amoroso, radicalmente expresivo, del ser-hombre” (González, 1981: 250).

Podemos, además, cultivar un ritmo que alterne compromiso y perspectiva, acción y reposo, aunque a veces estemos tan ocupados que apenas hacemos otra cosa que no sea trabajar. “Hoy suele decirse que el pensamiento está en crisis por causa de la predominancia avasalladora de la acción. Pero esto no es así. No se trata de dos adversarios. La praxis no es incompatible con el pensamiento, sino cuando ella misma está en crisis… la acción ha de ser reflexiva” (Nicol, 1990: 397).

Estas acciones contemplativas, en el sentido de mirar en silencio, de poner atención, abrir la inteligencia con cierto sentimiento de admiración, nos permitirán entrar en sintonía con mi ser y con el ser del otro, con los otros que solicitan nuestra atención con mayor sensibilidad. Hallarnos demasiado cerca del horror del mundo puede hacer que no escuchemos con nitidez lo que de verdad se nos demanda en filosofía, en la docencia, en la comunidad y cuya posibilidad se encuentra en nuestras manos hacer: ejercitarnos en posibles distancias contemplativas, que podamos oír mejor lo que se nos reclama. Hoy en día, como en días de Sócrates ─advierte Nicol─ habría que demostrar que hay en el hombre algo más de lo que importa la idea de su ser como animal político (Ibíd.: 4).

La contemplación, la consciencia, ese punto de quietud en medio de nuestro aceleramiento que puede aplastar todo propósito y sentido.

“Este principio, claramente, no podía surgir de la propia actividad; ni siquiera de la actividad ya regulada política o legalmente. Tuvo que surgir de la filosofía. La filosofía es la madre del orden racional en la comunidad” (Nicol, 1989: 5), y ahora en la era del vacío, portadora también de consciencia y de contemplación como la otra cara de la moneda; mientras más cara más cruz.

Abrir un espacio indispensable en nuestra agitación e ignorancia; si no está en nuestras manos cambiar lo inevitable, las horas oscuras de los últimos años; ¿qué sí está en nuestras manos? Tener un intervalo indispensable en medio de nuestras muy ocupadas vidas, para esas necesarias y a menudo menos preciadas actividades de la persona humana total, nuestra consciencia, el autoconocimiento íntimo que nos hará más sensibles y responsables en nuestras interacciones con la humanidad al vivenciar mi dignidad y la dignidad del otro, al respetarlo a través de la epojé; la suspensión del juicio, el reposo mental.

Esta revelación de la eminencia de la filosofía se debe a Sócrates en dos sentidos: a su pensamiento y a su muerte. Que se debe a su pensamiento es cosa clara. Se debe además a su muerte porque ésta fue un acto filosófico. En ese acto Sócrates demostró la superioridad moral de la moral sobre la ley..., ¿cómo pudo ser condenado a muerte legalmente el más justo de los hombres? (Nicol, 1989: 20)

Esta posibilidad de un crimen según derecho revelaba la existencia de un problema desconocido: ¿ha sido la “ley”, “la legalidad” con lo que se ha justificado y avalado las invasiones violentas de los últimos años?

Si no es la ley ¿cuál es el principio superior que regula inapelablemente la existencia individual y la convivencia humana? Porque la ley no puede ser justa. ¿Qué es la justicia? Desde Sócrates existen en el mundo occidental dos principios: el derecho y la moral, los cuales, en la praxis, no siempre concuerdan, y esa discordancia ha producido numerosos y hondos conflictos en la historia.

La contemplación, y la consciencia no son algo opcional dentro de una larga lista de cosas que se pueden hacer, sino que son el aliento de nuestra disposición de sentido de vida, no individual, sino de la convivencia humana, sin ellos nos arriesgamos a perder contacto con nuestro interior, con los demás que corresponden a nuestro habitar en el mundo como proyecto de coexistencia. Nuestro ser sólo es posible por ser con los otros, por la dependencia y el lazo con los sentimientos de grupo: “El otro no es un ser ajeno, en el sentido ontológicamente extraño al propio: con dos partes disímiles no puede recomponerse una unidad” (Nicol, 1974: 17).

Lo que Nicol nos propone es un cambio ontológico: “Lo que importa en la vida es el destino que los hombres dan a su verdad… Se necesita un nuevo Sócrates. Tal vez así se lograría que lo condenaran a muerte, y esa muerte de actualidad sería como un renacimiento de la antigüedad, y transmitiría a los hombres de mañana la lección socrática: que la hombría se aprende” (Ibíd.: 6).

El hombre como un ser que no es completo y que debe hacerse a sí mismo en la experiencia irrepetible de la vida, que ofrece en cada caso un sentido que debe ser reconocido y realizado.

Hacernos. Realizarnos implica una renovación en nuestra forma de ver el mundo cuya consecuencia sea instaurar una vida más digna, más humana: la filosofía está para acompañar al hombre y reforzar su ánimo en las empresas mundanas, todos pueden sentir la presencia amable de una acción contemplativa: la presencia amable afirma Nicol al hablar de la filosofía de un pensamiento que lleva la paz y el amor, como divisas de su tarea. Hay que seguir pensando como si la filosofía tuviese un porvenir seguro; con la ilusión de que tal vez en ese porvenir haya unos hombres que, echando su mirada hacia atrás reconozcan con respeto, y hasta con cierta ternura, que hubo en esta época mal hadada siquiera algunos que permanecieron fieles: los que amaron la sapiencia; los verdaderos filósofos. 1

Esta adquisición de una forma de ser, esta experiencia vivida, también con empatía, con conocimiento intuitivo del otro, puede implementarse a través de la poesía, pues, “sin poesía no habría filosofía” (Nicol, 1990: 397). Estas palabras del Dr. Nicol las he implantado en las aulas: pido a los alumnos que al inicio y término de cada clase se lea una poesía corta, me valgo del quehacer poético para afinar la recepción y la atención, porque el poeta, dice Heidegger, mantiene en pie su asombro frente al mundo, mantiene una auténtica relación con el ser.

Un ejemplo de esto es el siguiente pasaje del maestro vietnamita Tich Nat Hanh:

...tomemos una hoja de papel y si eres poeta, podrás ver con claridad que hay una nube flotando en esta hoja de papel. Sin una nube no puede haber lluvia; sin lluvia, los árboles no crecen; y sin árboles no podemos hacer papel. La nube es esencial para que el papel exista. Si la nube no está aquí, la hoja de papel tampoco puede estarlo. Así que podemos decir que la nube y el papel inter-son. “Inter-ser” es una palabra que no está aún en el diccionario, pero que si combinamos el prefijo “inter” con el verbo “ser”, entonces tenemos un nuevo verbo: inter-ser. Sin una nube no podemos tener papel, así que podemos decir que la nube y la hoja de papel inter-son.

Si vemos en la hoja de papel más profundamente, podremos mirar la luz del sol en ella y si la luz del sol no está, el bosque no puede crecer. De hecho, nada puede crecer. Así que sabemos que la luz del sol está también en este papel. El papel y la luz del sol inter-son, y si seguimos viendo distinguiremos al leñador que corta el árbol llevándolo a la fábrica para ser transformado en papel. Él no podría existir sin su pan diariamente y por lo tanto el trigo, que se convierte en su pan, está también en esta hoja de papel. La madre y el padre del leñador están en ella también…

Viendo todavía más profundamente podemos observar que nosotros estamos también… porque cuando vemos una hoja de papel, la hoja de papel es parte de nuestra percepción. Tu mente está aquí y la mía también. Así que podríamos decir que todo está aquí en esta hoja de papel. No podrías señalar algo que no esté aquí ―el tiempo, el espacio, la tierra, la lluvia, los minerales en el suelo, la luz del sol, la nube, el río, el calor. Todo coexiste con esta hoja de papel. Por eso creo que la palabra “inter-ser debería estar en el diccionario. “Ser” es inter-ser. No puedes existir sólo por ti mismo. Tienes que inter-ser con cada cosa. Esta hoja de papel es porque todo lo demás es (Hanh, 1988: 3).

Los saberes se están haciendo, y eso los emparenta íntimamente, nos plantean opciones, preguntas; seguramente para inducirnos a voltear y ver, a reconocer la presencia del ser, el que está a la vista, el ser que vive dentro de nuestro corazón, que es el mismo ser del universo, que es el mismo en todos nosotros.

La consciencia como una característica del ser aparece, ahora, en primera plana.

La consciencia y el ser

La investigación sobre la consciencia ha llevado a un vasto y creciente número de publicaciones hecha por filósofos occidentales y orientales, físicos, psicólogos, neurofisiólogos, biólogos, etc., tales como el Dr. José Luis Díaz en México, Abraham Maslow, David Bohm, Fritjot Capra, Richard Lovelock, Dana Zohar, Ken Wilber, Joseph Campbell, y otros.

El significado de este término es el de una relación del alma consigo misma, de una relación intrínseca al hombre “interior”, por la cual se puede conocer de modo inmediato y privilegiado el percatarse y la autoconsciencia.

El estado de reflexión, dice José Luis Díaz, por medio del cual la consciencia es capaz de observar sus contenidos, se basa en la acción voluntaria y el proceso de introspección (De la Fuente, 1998: 345)

Estas investigaciones tienden un puente en una brecha muy importante. La investigación experimental, la más reciente, se aboca a sistemas de percepción y memoria, debido en parte a que son accesibles a la metodología científica, y a que la mayoría de los científicos equiparan consciencia con percepción.

Sin embargo, Fritjof Capra en su libro más reciente, La red de la vida explica que como humanos, no sólo nos damos cuenta de nuestro entorno, sino que también no damos cuenta de nosotros mismos y de nuestro mundo interno. En otras palabras, nos damos cuenta de que nos damos cuenta. No sólo sabemos, sino también sabemos que sabemos. Es a esta facultad especial de darse cuenta de sí mismo a la que me refiero cuando uso el término consciencia (Ibíd.: 278).

Capra lo ejemplifica de la siguiente manera: si nos sentamos en un cuarto completamente oscuro en donde no podamos ver nada, podremos ver, no obstante, una cosa, y ese es nuestro propio ser. Sentado en un cuarto oscuro, aquello que se sabe “yo estoy aquí”, eso es conocimiento. Ese conocimiento tiene que unirse a la luz física mediante la cual vemos. El ojo por sí mismo no puede ver nada; debe haber luz, un cerebro y la intención de ver la cosa a la cual estamos mirando. Podemos estar mirando una cosa y no verla. También podemos ver una cosa y no entenderla. Ambas, ver y entender, se vuelven posibles con consciencia.

La palabra consciencia ─cum scientia─ contiene etimológicamente la idea de unidad. La actividad esencial de la consciencia es en efecto lograr la unidad en lo diverso.

En la experiencia ordinaria de cada quien, el curso incesante de la diversidad de fenómenos se reduce objetivamente a una cadena de excitaciones visuales, auditivas, olfativas, viscerales, cinestésicas, etc. En algún sentido, la unidad del mundo descansa sobre mí.

Si la consciencia ─como dice Spinoza─ es la fuente de muchas ilusiones, es también el paso obligado de todas las desmistificaciones.

Hay la misma distancia entre ser y deber ser que entre ignorar y saber que uno ignora.

Bibliografía

Directa

  • Nicol, E. (1974). Metafísica de la expresión. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________ (1980). La reforma de la filosofía. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________ (1987).“La filosofía en el siglo XX”. Texto de la conferencia pronunciada en el IV Congreso Nacional de Filosofía. Toluca. Estado de México.

  • ________ (1989). “Sócrates: que la hombría se aprende”. La Gaceta de FCE. 221. México. ________ (1990). “Crisis de la eduacación y filosofía” (conferencia de 1985). en Ideas de vario linaje. UNAM. México.

Indirecta

  • Anthropos (1998). N° extra 3, Barcelona.

  • De la Fuente, J. R. (1998). Biología de la mente. Fondo de Cultura Económica. México.

  • González, J. (1981). La metafísica dialéctica de E. Nicol. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México.

  • González, J. y Lizbeth (1990). El ser y la expresión. Homenaje a Eduardo Nicol. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México.

  • Hanh, T. N. (1988). El corazón del entendimiento. Universidad de Berkeley.

  • Lipovetsky, G. (1992) La era del vacío. Ensayos. Anagrama. Barcelona.

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 347-358.

 

Nota

1 Eduardo Nicol “La filosofía en el siglo XX”, Texto de la conferencia pronunciada en el IV Congreso Nacional de Filosofía”, 23 de noviembre de 1987, Toluca, Estado de México.

Guadalupe Olivares Larraguibel
Universidad Autónoma Metropolitana/Iztapalapa
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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