Manuel Sandoval Vallarta

 

Manuel Sandoval Vallarta
y la responsabilidad del hombre de ciencia*

 

Luz Fernanda Azuela

Cuando a Manuel Sandoval Vallarta se le preguntaba su opinión sobre el papel del científico en América Latina, generalmente contestaba abordando tres aspectos de la cuestión: la dinámica de la ciencia en el desarrollo integral de la humanidad; las relaciones entre la ciencia y la política, y la responsabilidad moral del hombre de ciencia.

También se refería con frecuencia al problema de la consolidación de la ciencia en la región –en México, en particular–, y solía disertar sobre las relaciones entre la investigación científica y sus posibles aplicaciones bélicas. Alrededor de estos temas –que eran objeto de inagotables debates tanto en el México post-revolucionario, como en el marco internacional- Manuel Sandoval Vallarta expresaría su posición sobre la condición humana.

La formación de un científico entre la
Revolución Mexicana y la Segunda Guerra Mundial

Manuel Sandoval Vallarta nació en el Distrito Federal el 11 de febrero de 1899, año en que Pierre y Marie Curie anunciaron el descubrimiento del radio. Cursó el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria entre 1912 y 1916, cuatrienio que culmina con la publicación de la Teoría General de la Relatividad de Einstein.

En México, el aire enrarecido de la contienda revolucionaria quedaría en la memoria de los jóvenes que coincidieron con Sandoval en la Preparatoria. Su generación vivió las tensiones que provocó el rompimiento con la cultura del fin de siglo: la severa critica al positivismo de “los ateneístas”;1 el nacionalismo a ultranza de la “generación de 1915”,2 el anhelo cosmopolita de “los contemporáneos”.3 La búsqueda, en fin, de una cultura propia que rescataría la identidad mexicana pero, al mismo tiempo, abrigaría las tendencias de la vanguardia del mundo.

Los idearios de estas colectividades estuvieron presentes en el pensamiento de Sandoval Vallarta, aunque sobre ellos rigió el ethos de la ciencia de su tiempo. Un código moral, que solía representarse mediante el arquetipo del hombre de ciencia: un individuo dedicado a la investigación; ajeno a las disputas metafísicas o a la discordia política; despegado del suelo, con la mirada en los secretos insondables de la naturaleza.

Sandoval había recibido este arquetipo de su mentor y profesor de matemáticas en la Preparatoria, Sotero Prieto, figura clave en la inspiración de varias vocaciones científicas mexicanas. Prieto le había trasmitido la visión pedagógica positivista que ubicaba el área físico-matemática como soporte de todos los saberes. Esta visión incluía una imagen romántica del hombre de ciencia, encarnada en sus profesores, tan entregados al servicio del conocimiento que dictaban clases durante la Revolución “en cuanto disminuía un poco la crisis y cesaba el peligro de muerte” (Sandoval, 1978: 566-571).

El arquetipo del científico aquel experimentaría su primera confrontación con la realidad cuando Sandoval salió de México para realizar sus estudios profesionales. Primero, en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) donde estudió física hasta obtener el doctorado (1917-1924) y advirtió la diferencia abismal entre los científicos de su nueva escuela y los de las instituciones mexicanas. Pero la diferencia se haría aún más profunda en Alemania, adonde viajó con una beca Guggenheim (1927-1929), y disfrutó de un ambiente científico maduro y floreciente, que contrastaba ya no con su país natal sino con el propio MIT.

Conviene aclarar al respecto, que el Tecnológico de Massachusetts de aquellos años, distaba mucho de alcanzar la posición de vanguardia en la investigación científica que ocupa en nuestros días, aunque ya contaba con algunos profesores de prestigio y estaba formando alumnos que luego engrosarían las filas de los premios Nobel de ciencias. De hecho, el científico mexicano perteneció a una generación brillante que contribuyó significativamente al crecimiento y celebridad del Instituto.

Sandoval recordaba especialmente al precursor de la cibernética Vannevar Bush,4 de quien fue alumno y luego ayudante en el laboratorio de Ingeniería Eléctrica, que aquel dirigía. Fue compañero de cursos Robert Oppenheimer6 -Premio Enrico Fermi 1963- y solía jactarse de la influencia que habría ejercido en el Nobel de Física Richard Feynman,7 su alumno de teoría electromagnética.

En Alemania vivió una experiencia extraordinaria, pues en las centenarias universidades que le acogieron se estaba transgrediendo la física newtoniana y se respiraba el aire vivificante de las revoluciones científicas. Sandoval tuvo el raro privilegio de conocer a los artífices de las teorías cuántica y relativista y de aprenderlas directamente de ellos. En Berlín y luego en Leipzig, cursó relatividad con Einstein, teoría electromagnética con Max Planck y tomó cursos con Schöroedinger, Von Laue y Heisenberg, entre otros.

Como puede advertirse en ambos listados de celebridades, una peculiaridad del científico mexicano fue el trato con los principales protagonistas de las revoluciones cuántica y relativista, así como su cercanía con los que fraguaron la bomba atómica. Aunque hay que admitir que de la participación de sus alumnos y colegas en aquella empresa, Sandoval no dijo mucho. En cambio, alardeaba de los notables que le dieron clase.

También hay que advertir que el científico mexicano no iba muy a la zaga de sus compañeros y alumnos distinguidos, pues desde sus años formativos en el MIT, comenzó a publicar en revistas de prestigio. A su primer artículo científico de teoría electromagnética, le siguieron otros vinculados con la mecánica cuántica y la teoría relativista. Sin embargo, sus contribuciones más originales a la física del siglo XX fueron los trabajos sobre radiación cósmica, con los que en 1933 “abrió una nueva ventana sobre el universo”. (Sandoval 1987: 49)

Al margen de sus éxitos científicos, que otros autores han explicado,5 durante su estancia en el MIT (1929-1946) Sandoval pudo atestiguar dos procesos que le dejaron una profunda huella: la transformación del Instituto en un centro de investigación científica de punta y el diseño e implementación de la política científica de Vannevar Bush en los años de la II Guerra. Ambas experiencias estuvieron presentes en el rumbo que pretendería imprimir a la ciencia mexicana a su regreso a México.

En efecto, Sandoval Vallarta fue contratado como profesor ayudante en el MIT en 1929 y poco a poco fue ascendiendo hasta alcanzar la plaza de profesor titular, una década más tarde. A lo largo de su carrera, gozó de las mieles del éxito académico y el reconocimiento internacional, pero también presenció el desplome del arquetipo del científico que había conocido en sus años juveniles. Pues justamente en estos años contemplaría el reclutamiento de los científicos para la guerra y peor aún, la participación directa de sus colegas físicos en la construcción de la bomba atómica.

Como es sabido, en 1940 Vannevar Bush fue nombrado jefe del National Defense Research Committee (NDRC), que coordinaba la investigación científica en conexión con la defensa nacional.6 Entre otras cosas, Bush estaba encargado de la búsqueda de uranio y del estudio de viabilidad de un proyecto atómico de carácter militar. Proyectos por los que se interesó el gobierno americano después de que Einstein enviara su famosa carta al presidente Roosevelt.7

Al concluir sus investigaciones, Bush escribió un informe optimista que culminó con el establecimiento del Manhattan Engineer District, el 13 de agosto de 1942, institución que se conocería popularmente como el Proyecto Manhattan, después de la guerra. Fue esta organización científica la que desarrolló e hizo estallar la bomba atómica, a los tres años de su fundación (Asimov, 1988: 590-591).

¿Qué tanto supo Sandoval del National Defense Research Committee o del Proyecto Manhattan? Es imposible saberlo. No obstante, es curioso observar la coincidencia entre la fecha de conformación del NDRC y el establecimiento de la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica (CICIC) en México, pues en ambos casos se trata de organismos rectores de política científica.

La actividad científica en México
en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría

En 1942 Sandoval Vallarta comenzó a multiplicar sus visitas a México y a hacerlas más largas. En ninguno de sus textos aparece una explicación sobre este asunto. Lo cierto es que se había casado con una mexicana y que en el país algunos de sus amigos rondaban los círculos del poder. En particular, Jaime Torres Bodet, con quien emprendería algunos proyectos de consideración, ocupaba un alto cargo en la administración de Ávila Camacho y pronto accedería a la cartera de Educación Pública (1943-1946).

Los datos son importantes porque durante el sexenio de Ávila Camacho (1940-1946) hubo una serie de iniciativas relacionadas con la investigación y el desarrollo en las que colaboraría Sandoval Vallarta. Considérese aquí que la Facultad de Ciencias se había fundado apenas en 1937 y el Instituto de Física en 1938. Sus fundadores eran egresados de una anticuada escuela de ciencias que se ubicaba a veces en la Facultad de Filosofía y Letras y a ratos en la de Ingeniería. De manera que la década de los cuarenta puede considerarse como el momento fundador de las ciencias físicas en la Universidad de México. Obviamente, la experiencia de Sandoval Vallarta sería fundamental para consolidar ambas dependencias.

En relación con el desarrollo de la física, cabe aludir al Seminario que impartía en sus vacaciones de verano:8 Considerado por muchos “el seminario de física más importante del país”, se trataba de un foro que lo mismo abrigaba la presentación de los avances de investigación de los jóvenes estudiantes, que las conferencias de grandes celebridades, que llegaban por invitación de Sandoval.

A través de tan importante experiencia, se fueron consolidando numerosas vocaciones científicas. Algunos de los asiduos como Carlos Graeff Fernández, Alberto Barajas y Nabor Carrillo, luego destacarían como investigadores a nivel nacional e internacional, al tiempo que ocupaban cargos de importancia en la Universidad.9

Sandoval, entretanto repartía su tiempo entre Cambridge y México. Circunstancia especialmente notable porque durante los años del proyecto Manhattan (1942-1945) el científico mexicano alcanzaría el nombramiento de profesor titular en Massachusetts y en México ocuparía los cargos más importantes dentro de la Universidad Nacional: Director del Instituto de Física (1944-1945), Coordinador de Ciencias (1945-1946) y miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM (1946). También en estos años presidió la Sección Físico-Matemática de la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica;10 fue electo miembro fundador del Colegio Nacional (1943)11 y dirigió el Instituto Politécnico Nacional (1944-1947). Y para coronar su prominencia, se le designó como representante de México ante la Comisión de Energía Atómica de las Naciones Unidas, en donde alcanzaría el puesto de Presidente en el año de 1946. Sin duda era miembro del grupo en el poder.

Su asombrosa ubicuidad merece al menos un comentario, pues la mera enunciación de los cargos que ocupó en México permite recelar de su capacidad para desempeñarse como profesor del MIT. Baste entonces presumir que habrían sido las responsabilidades que le exigía su propia patria, las que finalmente lo trajeron de vuelta a casa.

Una vez en México, Sandoval se volvió indispensable en los escaparates nacionales e internacionales, mientras mantenía una modesta posición de profesor e investigador en la Universidad Nacional, de la que no volvería a ser funcionario. En cambio lo fue del CICIC y sus sucedáneos;12 llegó a subsecretario de Educación Pública (1953-1958); representó a México en los organismos internacionales de energía nuclear y participó en la creación y dirección de las instituciones nucleares mexicanas. 13

Respecto a estas últimas, hay un claro parentesco con los proyectos que se desarrollaban en los Estados Unidos, que se explica a partir de los vínculos personales de Sandoval con sus artífices (Azuela, 1999). Pues una vez que estalló la bomba atómica, los científicos norteamericanos tuvieron que diseñar estrategias para continuar con la investigación nuclear y redirigirla hacia los usos pacíficos. Pero no era todo.

Considérese que el estallido de la bomba atómica había mostrado públicamente el poder de la ciencia. Un poder que a juicio de Sandoval Vallarta, “podía utilizarse para la paz o para la guerra", pero que sin lugar a dudas representaba la apertura a una nueva era. México tenía la oportunidad de incorporarse a “la era atómica” y así eliminar el atraso y la pobreza.14 Para ello era preciso que el Estado impulsara el avance de la ciencia en general y de los estudios relacionados con las aplicaciones energéticas del átomo en particular.

Entrevistado al día siguiente del bombardeo de Hiroshima, Sandoval caracterizó la energía atómica como "el más importante desarrollo tecnológico en la historia de la humanidad", cuya aplicación y desarrollo dependería de los hombres de ciencia. Enfatizó que los científicos debían “asumir un papel político y participar en la determinación de los usos del átomo" (Azuela, 1999: 87). Esta declaración resumió de alguna manera su compromiso en la vida científica y política de México, aunque luego matizaría su contundencia.

A partir de entonces, desde los organismos en los que se desempeñó, Sandoval promovería la formación de una masa crítica de personal calificado, como un primer paso indispensable para acceder al dominio de la energía nuclear. Pues a su juicio, sólo con sistema científico consolidado, se podría alcanzar la meta de aplicar el átomo a la generación eléctrica.

Obviamente, no todos estuvieron de acuerdo con esta perspectiva. El legítimo rechazo a las armas nucleares pronto alcanzaría proporciones desmesuradas, al punto de exigir la suspensión de todas las actividades científicas y tecnológicas “para salvar al mundo de la destrucción". La imagen pública de la ciencia se trastocaba irreversiblemente y los científicos encaraban un cuestionamiento social sin precedentes. El arquetipo del científico decimonónico se había derrumbado.

Como otros científicos de su época, Sandoval tuvo que explicarse y explicar al mundo su posición política. También había que salvaguardar la libertad de investigación y continuar promoviendo el apoyo a la actividad científica. Frente a quienes proponían una tregua en el desarrollo de las ciencias físicas, Sandoval terció apuntado el dedo hacia las ciencias humanas:

A su juicio, "los problemas de la humanidad provenían del deficiente desarrollo de las ciencias económicas y sociales, que aún no alcanzaban estadios similares a los de las ciencias físicas y matemáticas. El mundo debería prepararse desarrollando las ciencias sociales, para poder enfrentar los avances de las ciencias naturales" (Sandoval, 1978: 78).

Esta posición sobre la capacidad del conocimiento para dirigir el “progreso” de la humanidad, hoy podría parecer ingenua. Sin embargo, era muy común en la cultura de su tiempo: todo era cuestión de que las ciencias sociales y humanas dejaran atrás el estadio metafísico y alcanzaran el esplendor positivo. Los físicos se sentían autorizados a discutir las implicaciones éticas y políticas de la ciencia de su tiempo.

Con la postura pacifista que adoptaron durante la Guerra Fría, los promotores y artífices de la bomba atómica quisieron purgar la condena pública que encaraban. Algunos pasarían el resto de sus días promoviendo el desarme y relegarían la investigación básica (Oppenheimer); otros participarían en los debates sin abandonar sus preocupaciones científicas (Einstein). Sandoval dejó de hacer ciencia de punta.

 En efecto, cuando se estableció en México Sandoval Vallarta disminuyó notablemente su producción científica. En su currículo puede constatarse que más de la mitad de su obra original fue escrita durante sus años del MIT (alrededor de 50 artículos) y ya en su país le llevaría casi treinta años publicar 20 trabajos de física.15 Parecería como si la vida pública hubiera menguado su creatividad, aunque también es cierto que fue entonces cuando escribió sobre las cuestiones humanísticas16 que preocupaban a científicos y filósofos de todo el orbe.

El hombre de ciencia en un mundo en transición

El análisis del pensamiento de Manuel Sandoval Vallarta sobre el hombre de ciencia ante la condición humana, exige atender los aspectos que mencioné al principio: el papel de la ciencia en el desarrollo integral de la humanidad; las relaciones entre la ciencia y la política; y la responsabilidad moral del hombre de ciencia.

En lo que concierne al primer tema, Sandoval consideraba que había que integrar la ciencia a la cultura general, “en vez de encerrarla en compartimentos herméticos”. Esta vasta tarea, agregaba, tenía una función social de gran importancia, pues sólo la convivencia armónica entre la ciencia, el arte y las humanidades conseguirían “disipar la angustia característica de nuestra era”. Y argumentaba:

Ha habido quienes sin sentido de equilibrio pretenden resolver el problema a expensas del desarrollo de la ciencia, a la que enjuician como enemiga del hombre, o a costa de las humanidades que condenan como indignas de ser consagradas por la aplicación del talento, o a mengua de las artes, que desprecian como diversión sin trascendencia.

....En la medida en que se estrechan los vínculos entre los tres, nuestra existencia será más tranquila, más completa y más feliz, en la medida en que se alcance la apreciación de los conocimientos científicos, de la emoción estética que producen las manifestaciones artísticas, del respeto a la dignidad del hombre (Sandoval, 1960: 171).

El científico mexicano hacía un llamado a las instituciones educativas para atender este problema y concluía:

Lo que hace falta es el hombre de ciencia que sepa quién fue Napoleón y qué significación tuvo su larga lucha con Castlereagh; el humanista que se dé cuenta de qué cosa es un electrón y qué papel desempeña en la civilización moderna; el artista que no retrocede ante un manual de filosofía griega. En una palabra, lo que se requiere, en primer lugar es elevar el nivel general de la cultura (Ibíd.: 172)

En otro momento se refirió al alto valor moral que guía la investigación científica, la búsqueda de la verdad. Para Sandoval, esta elevada misión desarrollaba en los hombres de ciencia la virtud de la humildad, y advertía:

El investigador tiene que ser humilde como primera condición de su éxito; él sabe que tiene que acatar y reconocer la verdad donde quiera que la encuentre, despreciando prejuicios caros a su naturaleza humana y aun a posturas en que se juegue su propio bienestar (Sandoval, 1934: 11).

En el mismo texto, hablaba de la emotividad que acompaña el descubrimiento científico y del goce estético de la matemática. Decía que “aun privaba la idea de que en [la ciencia] todo era seco, frío, árido, sin ningún aspecto emotivo o humano” (Loc. cit). Denunciaba el anticientifismo que imperaba “en nuestro México, donde todavía era de ley discutir a la ciencia la carta de naturalización [de la ciencia]” (Sandoval, 1934: 9).

Esta última cuestión era particularmente delicada, pues se trataba de promover el desarrollo de las ciencias en el ambiente cultural post-revolucionario, cuya reacción contra el antiguo régimen había generado una ola de rechazo hacia todo “lo científico”.17 También era preciso dejar bien claro que para que la ciencia pudiera servir al bienestar público, como lo exigía el ideario de la Revolución, era preciso promover la investigación en ciencias básicas (“ciencia pura”, dixit).

Aquí Sandoval contendía en dos frentes: por un lado contra la tendencia pragmatista de los ideólogos de la Revolución que pretendían vincular todo conocimiento con su aplicación inmediata; por el otro, contra los pensadores que se les oponían desde el frente bergsoniano y esteticista. El lugar de la ciencia en México, advertía, “se pierde entre las nebulosidades de una filosofía literaria y los requisitos imprescindibles de una técnica que sólo mira a la satisfacción de las necesidades inmediatas” (Sandoval, 1960: 9).

Las controversias sobre la precedencia de la ciencia pura sobre la ciencia aplicada fueron corrientes en estos años y su discusión no se circunscribió a México, como es sabido. Se trataba de una de las cuestiones que habían salido a flote durante la Gran Guerra, dejando al descubierto las relaciones entre la ciencia y la política. Años después, Vannevar Bush había tratado el asunto en el informe de la National Defense Research Committee (NDRC), que mencioné. Refiriéndose al estado de la ciencia en los Estados Unidos, el documento decía:

Nuestra preeminencia en los campos de la tecnología y la investigación aplicada... no debe impedirnos ver la verdad de que América ha ocupado un lugar secundario por lo que respecta a la investigación pura, el descubrimiento de nuevo conocimiento fundamental y los principios científicos básicos... En la próxima generación, el progreso técnico y los descubrimientos científicos básicos serán inseparables; una nación que toma de prestado su conocimiento básico se verá inevitablemente lastrada en la carrera en pos de la innovación” (Mason, 1988: 86).

Para remediar esta situación, Bush sugería establecer una Fundación de Investigación Nacional que habría de entregarse exclusivamente a la investigación científica fundamental. De acuerdo con el historiador Stephen Mason, “la cuestión se discutió en el Congreso, y en 1950 se aprobó la Ley de la Fundación de Ciencia Nacional [National Science Foundation (NSF)], allegando fondos para la investigación básica” (Ibíd.: 87).

Siguiendo una argumentación equivalente, Sandoval Vallarta mantenía que los gobiernos de Latinoamérica tenían la obligación indeclinable de apoyar y promover el desarrollo científico de sus pueblos. Pues aquellas naciones que se abstuvieran de hacerlo, verían disminuida su capacidad de mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos y su posibilidad de acceder al desarrollo (Sandoval, 1978: 503).

Al abordar el punto de las relaciones entre la ciencia y la política en la región, opinaba que no debía recurrirse a los pretextos de la pobreza o el atraso. Argumentaba que todos los países poseían la potencialidad para realizar contribuciones significativas a la ciencia:

Lo que se necesita es un cerebro de primera clase imbuido en el deseo ardiente de explorar lo desconocido y en un absoluto respeto por la verdad, y de estos requisitos, ninguna nación, sin que importe su grandeza y poderío, puede jamás poseer el monopolio exclusivo (Ibíd.: 467).

De ahí que pugnara por la libertad de investigación y el libre flujo de los intercambios científicos, que la Guerra Fría amenazaba con coartar. Advertía que cuando los últimos se entorpecían, lo peor que podía ocurrir era que el progreso científico se volviera más lento, pero consideraba que éste nunca podría detenerse, debido al carácter universal de la ciencia.

Para defender sus puntos de vista recurría a ejemplos tomados de la historia de la ciencia: Lobachevsky en Kazan18 y Raman en Madrás19 probaban que el descubrimiento científico revolucionario podía ocurrir en el lugar más inopinado. En relación con el progreso ineludible de la ciencia, Sandoval recordaba una experiencia en las Naciones Unidas donde los equipos de físicos norteamericanos, británicos y soviéticos, habían alcanzado de manera independiente soluciones idénticas a un problema cuyo planteamiento y desarrollo se había conservado en riguroso secreto. Comentaba que “más allá de verificar que los físicos norteamericanos son tan competentes como sus colegas..., se demostró la futilidad de querer conservar secreto un resultado científico fundamental”. Y concluía:

La idea del secreto científico como medio de aumentar el poderío y el prestigio de una nación o de un grupo de naciones tendría sentido si una nación o un grupo de naciones tuviera el monopolio del talento científico del mundo. Pero la historia de la ciencia comprueba abundantemente que esta es una noción fútil y falsa, derivada de la soberbia humana. Algunos de los descubrimientos científicos más revolucionarios y más importantes del pasado han sido hechos, en efecto, por personas que trabajan lejos de los grandes centros científicos y en condiciones de aislamiento casi absoluto (Sandoval, 1978: 531-532).

Desde luego, el aspecto de las relaciones entre la ciencia y la política que acaparaba la atención pública eran las aplicaciones bélicas de la investigación científica. Se trataba de un asunto polémico que demandaría la atención de todos los hombres de ciencia de la época, porque de alguna manera se respiraba una atmósfera que les exigía pronunciarse sobre el tema de la responsabilidad moral del hombre de ciencia.

Sandoval elaboraría esta cuestión a lo largo de casi treinta años, comenzando prácticamente al día siguiente del estallido de la bomba, como señalé. En sus escritos dejó constancia de un largo proceso de maduración en el que se desvelan tanto sus inclinaciones filosóficas personales, como las los físicos de su generación.

Una aproximación común abordaba el problema a partir de la separación entre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas. Sandoval Vallarta decía a este respecto:

Ante todo es preciso establecer una distinción tan clara como sea posible entre quien trabaja movido por la curiosidad intelectual sin motivos ulteriores y quien labora conscientemente en la solución de problemas específicos movido por impulsos que pueden ir desde la codicia hasta el patriotismo. El primero no es responsable del uso que otros hagan de sus descubrimientos, ni los puede prever nunca. ¿Podría hacerse responsable a Hertz del uso de las ondas electromagnéticas para precipitar una hecatombe mundial? Evidentemente que no (Ibíd.: 532-533).

En este punto había que establecer claramente los objetivos de la investigación científica, que Sandoval acotaba como sigue:

La función primaria de la ciencia es el descubrimiento de la verdad objetiva. Esta definición... significa que todas las demás finalidades de la investigación científica, cualesquiera que sean, son secundarias. Nótese que los objetivos secundarios tienen que ver, no con la función fundamental de la ciencia, sino con el problema totalmente distinto de cómo y para qué debe emplearse la ciencia. Claramente no puede usarse en modo alguno, bueno, malo o indiferente, antes de que exista (Ibíd.: 528).

En consecuencia, afirmaba, el científico sólo tendría responsabilidad moral sobre el uso de sus investigaciones cuando dirigiera concientemente sus esfuerzos al diseño o construcción de un instrumento perjudicial para la humanidad. Pero si “otros” empleaban sus descubrimientos con este objetivo, el científico quedaba relevado de toda responsabilidad. Nuevamente, Sandoval Vallarta recurriría a la historia de la ciencia para apoyar sus argumentos. Decía que no existía un solo ejemplo “del hombre de ciencia que descubriera algo y pudiera prever inmediatamente que pudiera utilizarse en perjuicio de todos”.

La debilidad de sus razonamientos para relevar a sus colegas de su responsabilidad en la carrera armamentista, era bastante común en los discursos de otros científicos de su tiempo. También lo era el argumento que justificaba la participación de los científicos en la empresa bélica apuntando el dedo hacia los políticos. Sandoval Vallarta recurría también a él y se refería con disgusto al desmedido interés que había despertado la ciencia en los políticos a partir de la Guerra. Decía que ésta había provocado el derrumbe de “la torre de cristal” en donde se había desempeñado el hombre de ciencia hasta hacía poco.

Una vez hecha trizas, los hombres de ciencia habían tenido que encarar la dura realidad de la Guerra Fría y tomar una posición política. No obstante, consideraba que el desarrollo del armamentismo era responsabilidad exclusiva de “los grandes dirigentes contemporáneos” y temía una catástrofe mundial por su falta de conciencia ética.

Las consecuencias para el desarrollo científico en el mediano plazo y para el destino de la humanidad, concluía, eran poco prometedoras:

En tanto que la ciencia se use en apoyo principal del poderío militar y político no veo modo de evitar la intervención de la política en la ciencia... En el mejor de los casos retardará el desarrollo de la ciencia, en el peor puede destruir la ciencia y la civilización. Como un modesto hombre de ciencia debo en consecuencia contribuir con mi grano de arena para que llegue el día en que ya no sea necesario pensar en la ciencia como un instrumento del poderío político y bélico (Sandoval, 1978: 528).

En esto último Sandoval abrigaba falsas expectativas. En cambio, tuvo la razón de su lado cuando defendió el lugar que correspondía a la ciencia en la cultura mexicana de su tiempo. Jamás permitió que en aras de la utilidad, se segaran las vocaciones científicas que anhelaban indagar los secretos de la materia. En este sentido, habría que destacar su condición de pivote del movimiento científico mexicano: Sandoval Vallarta dio a conocer en México gran parte de la física contemporánea, y cercanos a él estuvieron el grupo de científicos que difundieron en el extranjero la física hecha en México.

A la manera de Alfonso Reyes y Carlos Chávez, su voz se elevó para proclamar la vocación cosmopolita de la cultura mexicana, que con ellos encarnaba. Sandoval Vallarta podría haber suscrito la afirmación del poeta Jorge Cuesta, cuando decía que el nacionalismo a ultranza, sólo era “el empequeñecimiento de la nacionalidad” (Aguilar, 2002: 344).

Bibliografía

Directa

  • Sandoval Vallarta, M. (1934). “Prólogo” a Agustín Aragón Leyva. La ciencia como drama. Ensayos de estética y de filosofía de la ciencia. El hecho mexicano. México.

  • ________. (1978). Obra científica. UNAM. México.

  • ________. (1987). Homenaje. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México.

Indirecta

  • Aguilar Rivera, J. A.(2002). “Siglo XX: El mundo de las ideas”. Gran Historia de México Ilustrada Siglo XX. Planeta/Conaculta. México.

  • Asimov, I. (1988). Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología. Alianza. México.

  • Azuela, L. F. y J. L. Talancón. (1999). Contracorriente. Historia de la energía nuclear en México. Plaza y Valdés/UNAM. México.

  • Mason, S. (1988). Historias de las ciencias. Alianza. México.

  • Memoria de El Colegio Nacional. (1960). El Colegio Nacional. México.

  • Moshinsky. M. (1983). “Manuel Sandoval Vallarta”. en Miguel León Portilla. Los fundadores de El Colegio Nacional vistos por sus colegas. El Colegio Nacional, México.

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 753-471.

 

Notas

1 Los miembros del Ateneo de la Juventud eran Alfonso Reyes, Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Enrique González Martínez, Julio Torri e Isidro Fabela, entre otros.

2 La llamada Generación de 1915 estaba integrada por Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gómez Morín, Alfonso Caso, Teófilo Olea y Leyva, Miguel Palacios Macedo, Alberto Vázquez del Mercado, Manuel Toussaint, Narciso Bassols, Antonio Castro Leal, Daniel Cossío Villegas.

3 Los Contemporáneos eran Carlos Pellicer, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Bernardo Ortiz de Montellano, Xavier Villaurrutia, Enrique González Rojo, José Gorostiza y Jaime Torres Bodet.

4 Vannevar Bush (1890-1974), científico y administrador estadounidense, creador de la primera computadora analógica y director del Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra.

6 Robert Oppenheimer (1904-1967), físico estadounidense y consejero de gobierno que dirigió el desarrollo de las primeras bombas atómicas.

7 Richard Feynman, (1918-1988), físico y premio Nobel estadounidense (1965), trabajó en las primeras etapas del proyecto Manhattan.

5 En Manuel Sandoval Vallarta. Homenaje, pueden consultarse varios artículos sobre su obra, en particular, véanse los de Ruth Gall y Marcos Moshinsky.

6 Un año más tarde ocurrió el bombardeo de Pearl Harbor.

7 En 1939 Einstein participó con otros físicos en la redacción de una carta dirigida al presidente Roosevelt en la que se pedía la creación de un programa de investigación sobre las reacciones en cadena. La carta, firmada sólo por Einstein, consiguió acelerar la fabricación de la bomba atómica.

8 El seminario de Sandoval Vallarta se llevó a cabo durante veinticinco años, todos los viernes a las 5:45 de la tarde “en punto”, ver Marcos Moshinsky, “Manuel Sandoval Vallarta” en Miguel León Portilla, 1983. Los fundadores de El Colegio Nacional vistos por sus colegas, México, El Colegio Nacional, 1983.

9 Nabor Carrillo fue nombrado rector de la UNAM en 1953. Graeff y Barajas fueron directores del Instituto de Física y la Facultad de Ciencias, respectivamente.

10 Durante su primer año de gobierno, 1941, Avila Camacho creó la Dirección General de Educación Superior y de la Investigación Científica dentro de la Secretaría de Educación Pública. Esta Dirección incluía un departamento que se ocupaba de la coordinación de la investigación científica. Un año después se separaron los asuntos de educación superior de las actividades científicas al crearse el CICIC.

11 El decreto de creación es de 1941. Los miembros fundadores fueron Mariano Azuela, Alfonso Caso, Antonio Caso, Carlos Chávez, Ezequiel A. Chávez, Ignacio Chávez, Enrique González Martínez, Isaac Ochoterena, Ezequiel Ordóñez, José Clemente Orozco, Alfonso Reyes, Diego Rivera, Manuel Sandoval Vallarta, Manuel Uribe Troncoso, José Vasconcelos.

12 En 1950 la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica se transformó en el Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC). De estos organismos antecedentes surgiría en los años setenta el actual Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).

13 En 1956 fue nombrado vocal de la recién fundada Comisión Nacional de Energía Nuclear y de 1972 a 1977 fue subdirector científico del Instituto Nacional de Energía Nuclear.

14 En estos años se hablaba de “la era atómica”, como signo de la época. Lejos estaba de considerarse como definitorias de la centuria la Guerra Fría o la informática.

15 Su currículo reporta un total de 96 artículos publicados de 1922 a 1973; 50 de ellos se escribieron de 1922 a 1946. Las cifras se denotan como aproximadas, porque se han encontrado otros trabajos que no registra el currículo.

16 De éstos temas trataron alrededor de 26 artículos.

17 Recuérdese que se llamaban “científicos” a los miembros del grupo político que apoyaba al derrocado dictador Porfirio Díaz.

18 Nikolai I. Lobachevski (1793-1856) matemático ruso, descubridor de la primera geometría no euclidiana.

19 Chandrasekhara Venkata Raman (1888-1970), físico hindú conocido por su investigación sobre la dispersión de la luz por las moléculas de un medio material. Obtuvo el Premio Nobel de Física en 1930.

Luz Fernanda Azuela
Instituto de Geografía/UNAM
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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