María Zambrano

 

La luz de la sangre
(recordando a María Zambrano)*

 

José Blanco Regueira

Desde el principio hasta el fin de su dilatado periplo, la deslumbrante obra de María Zambrano parece gravitar sobre ciertos puntos recurrentes: el logos y las entrañas, el éxtasis y el discurso, la poesía y la razón, los sueños y el tiempo. En cualquier caso se trata de pensar un desgarramiento, la condición de una naturaleza escindida. Se trata de dar voz a aquello que en el discurso de la filosofía occidental permanece mudo y a la vez desentrañable en apariencia, reducido al silencio por el estruendo de una razón imperial y violenta. Algo así como enmendar de raíz la injusticia de un logos imperial y reductivo para devolver sus derechos a la trepidación enmudecida de la vida, a la matriz sensible del pensamiento.

Interrumpir el soliloquio del pensar que va de Descartes a Hegel, y aún a Husserl, desenterrar el humus de lo denegado por todas las aún tiempo desvalidas y agresivas arquitecturas de la Razón, descender de nuevo a los ínferos, a los espacios de la experiencia sojuzgada, a las celdas subterráneas del devenir, para de ese descenso extraer el anuncio de otra aurora, de una gloria ignota aún por saberse: tal era el sueño de María Zambrano.

En De la aurora, un breve libro que rezuma belleza, puede leerse:

(Hablo) de un logos que se hiciera cargo de las entrañas, que llegase hasta ellas y fuese cauce de sentido para ellas; que hiciera ascender hasta la razón lo que trabaja y duele sin cesar, rescatando la pasividad y el trabajo, y hasta la humillación de lo que late sin ser oído, por no tener palabra. Un logos... que fuese -lo he dicho- voz de las entrañas, luz de la sangre (Zambrano, 1986a: 123).

Mas ¿en qué consiste para el logos eso de “hacerse cargo”? ¿Cómo pensar lo que ahí se anuncia como rescate de una pasividad? ¿Y cómo tratar con aquello que vibra o late en lo entrañable, privado de palabra, para confirmar la sordera del logos?

En este breve párrafo, el genio religioso de Zambrano pone en juego ni más ni menos que lo siguiente:

  • 1) Pensar consistiría en redimir, es decir en rescatar algo de su cautiverio, un poco al estilo de lo que se cuenta fue vocación primera de la orden mercedaria. Pensar sería entonces un acto de caridad.

  • 2) Lo rescatable en lo real sería precisamente aquel silente pálpito que le da vida, y al pensamiento se rehuye: un impensado tan carnal como oscuro, una sangre sin luz.

  • 3) El logos, hasta ahora al menos, sólo parece pensable por deficiencia. Su violencia fálica, imperial, daría testimonio de una impotencia auditiva, paralela y concomitante con su exacerbado culto de la visión.1

Reparemos a vuelapluma, improvisadamente, en cada uno de estos tres puntos:

1) La idea de rescate, tan cara al cristianismo, nos remite a un sistema comercial, de pagos y deudas. Una filosofía que alimenta como propósito el rescate de la pasividad y el sufrimiento, ha de exigirle necesariamente al logos un pago por ello, la devolución de algo debido en derecho y escamoteado previamente, sustraído por la razón misma. Empresa justiciera y vengativa, en este punto, del pensamiento zambraniano, empresa caritativa al par que judicial. Empresa caritativa y vengativa, si se me apura, ya que al rescate se accede por caridad y a la caridad se llega por rencor. La redención, rescate de lo perdido, es una operación esencialmente comercial y rencorosa. ¿Cabría entonces hablar aquí de un cierto resentimiento para con la Razón, tal vez perfectamente justificable, pero sólo dentro de un régimen de pagos y deudas que Zambrano asume sin exhibirlo más que en claroscuro? Ello no debe empero sorprendernos: recordemos que el mismo Heidegger, gran coetáneo suyo, nos invitaba a su vez a concebir el pensamiento como una acción de gracias. Uno y otra, en el apogeo de sus operaciones pensantes, reenviaban el pensamiento a la red de un comercio religioso: mas no de cualquier religión, sino de la religión de la deuda y del pago, que es precisamente la religión del perdón y de la gracia.

2) El segundo punto concierne a lo que podríamos llamar el fracaso del éxtasis. ¿No escribiera algún día la propia María Zambrano que “la filosofía es un éxtasis fracasado”?

Con ello hacía tal vez algo más que confirmar la sentencia premonitoria de Aristóteles, cuando nos advirtiera que de poseer los humanos intuición plenamente adecuada, todo logos estaría de sobra. El discurso es pues, tanto para Zambrano como para Aristóteles, un recurso compensatorio, un ser suplente. Se piensa para suplir, para tapar un hueco, para compensar un fracaso. Y aunque esa suplencia llegue a su modo a desbordar en luminosidad y potencia a lo que suple, aunque lo suplente aventaje a lo suplido, nunca por ello ha de borrar el estigma de su origen, que es ser simple compensación. Tal vez en la idea del Dios aristotélico pensado como acto puro o como pensamiento puramente actual, la precariedad del origen alcance a disiparse. Pero Zambrano se niega tal recurso, no podía ser de otro modo, ya que entre otros sucesos, entre Aristóteles y ella mediaban Hegel y Nietzsche.

Zambrano, como todo gran pensador del siglo XX, se veía obligada a pensar la finitud de la Razón. Al recurrir a la evocación de “las entrañas” estaba tal vez mucho más cerca de Merleau-Ponty que de Unamuno.

Su prosa delicada, tan rica en sutilezas, tan próxima a la música callada de lo que intentaba describir, estaba en las antípodas de los exabruptos ruidosos y cazurros del insigne vasco; más se avenía, en cierta forma, con el descubrimiento de aquel espesor silencioso, matriz callada de los signos, que Merleau-Ponty llamara “la carne del mundo”. Pero tampoco eso es exacto. La retórica de la sangre y las entrañas, la pasión por la metafísica de la luz, parece acercarnos mucho más a La agonía del cristianismo que a la fenomenología. Y tampoco es así. ¿Pues qué dice la expresión “luz de la sangre”?

¿Significa acaso que la sangre, las entrañas mudas, la sensibilidad sin voz y sin escucha, haya de ser alumbrada por la luz incorpórea que goza de sí misma allende el tiempo? ¿O bien significa que al pálpito mismo corresponde el alumbrarse, el darse luz y darse a la luz? ¿O aún que la luz, ya desangrada, sea empero hija de la sangre? ¿O que la sangre misma, sin saberlo, sea luz?

María Zambrano no lo sabía, y sufría en ese su sinsaber, y ni siquiera su pasión manifiesta por una religión y una filosofía de la luz llegó a sacarla nunca del atolladero en el que con tanto sufrimiento se había internado.

3) Pero tratemos de vérnoslas con el tercer punto. La pregunta es muy cruda y muy directa: ¿puede pensarse la violencia del logos como un efecto de impotencia derivado del culto apolíneo de la visión y por ende de la imagen?

Todo prueba que María Zambrano, aún cristiana, había leído bastante bien a Nietzsche. Hacia su obra profesaba una admiración sin disimulo, vecina de un terror religioso. Más de una vez se refirió a él llamándole “casi un Dios”. Sin embargo las referencias incidentales -esporádicas aunque reiteradas- no manifiestan cosa alguna sustancial. La determinante influencia de Nietzsche sobre Zambrano aparece sólo cuando -sin mencionarlo- se eleva al pensamiento del nihilismo. Pues ¿en qué consiste pensar el logos como violencia e impotencia, sino en pensar el imperio de la nada hecho razón? Y cuando en Claros del bosque el imperio apolíneo del eidos se va recusando a favor de la música del mundo, ¿no estaremos más cerca aún de Nietzsche-Dyonisos que de Heidegger?

No me cabe la menor duda de que al pensamiento contemporáneo le compete pensar una sola cosa: el nihilismo.

Pero esa “cosa” es a un tiempo tan clara y tan oscura, tan humana e inhumana, tan consuetudinaria y tan horrible, que es propio de nosotros el recular, trastabillantes y confundidos, ante el desafío de pensarla.

Tal vez así pueda leerse, no sin cierta desconsolada pesadumbre, lo que María Zambrano escribiera a Rafael Dieste el 7 de noviembre de 1945:

Hace ya años en la guerra, sentí que no eran “nuevos principios” ni “una Reforma de la Razón” como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que ha de salvarnos, sino algo que sea razón, pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética... es lo que vengo buscando (Moreno, 1993: 615).

Es otra vez la idea de salvación y de rescate. Es otra vez la esperanza y el consuelo. Es otra vez, aunque palidecida y exhausta, la idea de Boecio, la filosofía como bálsamo consolador. Sólo que ahora las heridas son tantas y tan grandes, y sobre todo tan envejecidas, que es de temer que ninguna “razón poética” las cure y que por tanto la “salvación” y los recursos lenitivos signifiquen tan sólo el epílogo vacuo y prescindible del sufrimiento.

Bibliografía

Directa

  • Zambrano, M. (1973) El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________. (1983). La vida plena. Antología. UNAM. México.

  • ________. (1986a). De la aurora. Taurus. Madrid.

  • ________. (1986b). Senderos: los intelctuales en el drama de España. La tumba de Antígona. Anthropos. Barcelona.

  • ________. (1993a). Claros del bosque. Seix Barral. serie Biblioteca de bolsillo. Barcelona.

  • ________. (1993b). La razón en la sombra. Antología. Siruela. Madrid

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 527-532.

 

Nota

1 Esta idea de clarísimas resonancias heideggerianas, aparece espléndidamente desplegada en María Zambrano, Claros del bosque, Barcelona, Seix Barral, serie Biblioteca de bolsillo, 1993.

José Blanco Regueira
Universidad Autónoma del Estado de México
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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