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Antonio Heredia Soriano

Nicolás Salmerón, filósofo

 

1. Introducción

¿Qué fue Salmerón ante todo: un político republicano, un pedagogo director de un acreditado Colegio de Madrid (“El Internacional”), un catedrático de Metafísica de la Universidad Central, un padre de familia numerosa, un abogado defensor de causas célebres, un orador de verbo claro y brillante, un amante de la amistad cordial y sincera, un parlamentario temible por su vigorosa dialéctica, un hombre bueno en el sentido llano de la palabra...? Todo eso fue desde luego Nicolás Salmerón y Alonso... Nadie puede negarlo por poco que haya recorrido la biografía de esta persona singular injustamente olvidada, cuando no menospreciada. Pero todo eso, todo lo que fue en el curso de su larga existencia —también hay que decirlo para comprender el modo de su instalación en la vida y señalar la base desde la que hay que entenderla—, todo eso lo fue al modo de un verdadero filósofo; todo eso lo fue en tanto que filósofo.

Fue la filosofía, en efecto, la que, a falta de una creencia religiosa positiva, aunque no en absoluto de espíritu religioso, sostuvo todo lo que llegó a ser Salmerón a lo largo de su vida. Si no estuviese ahí la película de su actuación pública para confirmarlo, bien objetivada en los archivos y hemerotecas, queda su testimonio personal reiteradamente expuesto en trabajos de diversa índole y en numerosos discursos políticos. Y proclamado de forma especial aquí mismo en Almería hace cien años, alcanzada ya la tercera edad, casi en los umbrales de la vejez, en una especie de confesión íntima y confiada a sus paisanos. Dijo en el Círculo Literario de esta ciudad en septiembre de 1902 que la filosofía (no otra actividad, empleo, oficio o dignidad) había sido para él como una vocación que desde mozo tuvo como religiosa; que en ella laboró con un trabajo modesto, según él mismo lo calificó, pero perseverante; que no lo alejaron de ella “ni las recias contrariedades, ni las más apremiantes necesidades de la vida, ni aun los seductores estímulos de la conveniencia” (1902: 1).

Más aún, recapitulando el sentido de su trayectoria vital, Salmerón declaró que tuvo a la filosofía nada menos que como su resultante biográfica más significativa. “Todas las demás cosas que en los accidentes de la vida política se me han podido ofrecer al paso –dijo—, jamás las he considerado como serios motivos de seducción para mi espíritu… Os voy a hablar de filosofía: eso es lo que profeso —recalcó—, eso es lo que yo puedo ofrecer como fruto más preciado, y eso es, en suma, aquello con lo cual, cuando me toque la hora de declinar mi cuerpo a la madre tierra, yo podré pedir a las gentes un recuerdo, si no eterno, porque no hay nada eterno en lo humano, al menos, respetuoso” (1902: 1).

Fue por tanto la filosofía, según propia confesión, el amor de su vida, o como con bella expresión dijo: su “Dulcinea mental”. Por todo ello es lícito pensar que, sobre su enorme significación política[1], Salmerón fue ante todo y sobre todo un filósofo. Y no sólo porque a sí mismo se tuviera como tal, o dejara traslucir su espíritu y lenguaje filosóficos en casi todo lo que hablaba o escribía. Salmerón fue percibido también desde muy joven como filósofo por la sociedad que le rodeó. En primer lugar por sus maestros, en vanguardia de los cuales está don Julián Sanz del Río, quien desde que lo conoció lo vinculó estrechamente, apenas cumplido 20 años, a la afirmación, desarrollo y difusión de su propia obra filosófica. Otro maestro suyo, Fernando de Castro, entusiasmado por el esplendor, la fuerza y fondo de su inicio como orador parlamentario en octubre de 1871, le hizo un significativo regalo, según dejó escrito, “como memoria que ha de ser desde hoy del primer discurso del filósofo que ha tomado asiento en el Congreso Español” (Salmerón 1871: 3; el énfasis nuestro). Después por sus amigos más íntimos, sabedores de que su primera y constante afición era el estudio de la filosofía y la enseñanza de ella en la cátedra[2]. Y en último término por los políticos en general, muchos de los cuales se lo reprocharon como defecto.

¡Menuda chufla tuvo que soportar a veces por ese lado! Por sólo ceñirnos al Congreso de los Diputados, cuántas veces tuvo que oír en aquella tribuna desde los mismos comienzos de su carrera parlamentaria, dirigidas a él en tono reprensor o de mofa, frases como la de ser un “visionario u hombre metafísico” o lo que dice “es metafísica” o son “abstracciones mentales” o “capítulos de filosofía sistemática”; o que “no se encuentra bien en la atmósfera de la realidad” y “frecuentemente de la realidad se sale” o que de hecho está “desterrado de la realidad”; o que usa el “lenguaje estridente del krausismo” y “parece que viene de la luna” y “vive siempre en superlativo”; o se denuncia la “propensión innata de su espíritu a remontarse a las alturas” o a “penetrar en la serena región de los ideales”; o que “fiel a su oficio, las ideas y los principios salen a borbotones de sus labios, aun sin quererlo”... Y todo dicho como acusándolo de irse por los cerros de Ubeda al tratar de los asuntos ordinarios de la res publica, o de escaparse con frecuencia no sé a qué séptimo cielo a propósito de todo tipo de cuestiones, incluso banales, o de estar más inclinado en el Parlamento a sentar cátedra de Derecho Constitucional que a hacer política práctica y negociar.... Pero él, erre que erre, siguió de principio a fin en sus trece abrazado a la filosofía en un esforzado intento por dignificar y dar profundidad axiológica a la política. ¿Pero qué fue la filosofía para Salmerón?

 

2. La filosofía como ciencia primera y fundamental

Desde muy joven, siguiendo los pasos de Sanz del Río y de la mejor tradición occidental, enseñó Salmerón que la filosofía no es un saber utilitario dirigido a atender y cubrir las necesidades primarias de la vida como comer, vestirse, calzarse, cobijarse, curarse, moverse por el espacio rugoso de la tierra, reunirse en sociedad para defenderse y ayudarse mutuamente... Ante esas urgencias perentorias lo que el hombre hizo primeramente no fue filosofar sino inventar las artes o ciencias (agricultura, comercio, guerra, industria, política, curandería) que le han permitido sobrevivir y asentarse sobre los territorios más variados del Planeta. Tampoco tuvo que acudir a la filosofía para barruntar las ideas generales de bien, verdad, justicia, belleza..., o incluso la idea de Dios. Por tanto, nos dice Salmerón, ni para lo necesario imprescindible en la esfera de lo útil ni para lo deleitoso estético ni para rendir culto a la divinidad, tuvo el hombre que filosofar. Impulsado instintivamente por su naturaleza racional, le ha bastado aplicar sus facultades innatas y la fuerza de su trabajo para cubrir toda la gama de sus necesidades elementales de orden material y espiritual. Del fondo de cada una de ellas han brotado, en larguísimo proceso evolutivo, todas las formas de relación del hombre con la Naturaleza, el mismo Hombre y Dios. Llevado de una primigenia y natural disposición, el hombre las ha satisfecho en toda su complejidad, antes de ser filósofo, por los más diversos campos de conocimiento y actividad, desde la industria a la Religión.

¿Y la filosofía? También ella tiene un origen natural o, como decía Salmerón, biológico (Salmerón 1858). No es un lujo ni mera ocupación o pasatiempo de minorías privilegiadas. La filosofía responde a una necesidad real básica de la especie humana; es un producto necesario al que ésta ha llegado como fruto de su evolución y progreso histórico. Y como a toda necesidad natural le corresponde un órgano para satisfacerla, la necesidad filosófica (la más nueva de las necesidades humanas) activó la facultad específica de la reflexión o vuelta del hombre sobre sí mismo. En el momento en que eso ocurrió nació la filosofía. Quiere ello decir que desde ese instante (siglos de preparación en la historia de la humanidad, pero concentrado en el tiempo socrático) el hombre no se contentó ya con hacer o vivir a la intemperie de la experiencia sensible exterior, rutinaria y cerrada sobre sí misma; ni se contentó con ver las grandes ideas de su vida espiritual reflejadas como en espejo rayado o en la penumbra de los instintos brutos; tampoco se conformó con los símbolos, metáforas o mitos que encendían sus sentimientos, llenaban su fantasía de imágenes o le hablaban misteriosamente de Dios...

Llegó un momento en que sintió la necesidad de ver con mayor claridad en el todo de su existencia o en el conjunto de las relaciones en que ésta se desenvuelve desde lo sensible a lo divino. Necesitó entonces, llevado como por innato impulso vital —dice Salmerón—, “penetrar en otro mundo de más encanto, que le eleva sobre la Naturaleza y le acerca a Dios”; necesitó, en una palabra, volver sobre sí mismo para ver cómo ha obrado el “prodigio” de su vida (desde la industria a la religión) y leer en la intimidad de su conciencia, clarificada por el foco mismo de luz divina que la ilumina, los principios y leyes que explican su sentido y el de toda la realidad natural y espiritual. Cuando eso ocurrió, movido por el afán natural de más y mejor saber y obedeciendo a un instinto racional, el hombre empírico, entregado hasta entonces a los sentidos y a la imaginación, reflexionó y se convirtió en filósofo (1902: 4). Este camino hacia la filosofía, pensaba Salmerón, fue gradual y se hacía más reflexivo conforme la razón adelantaba y se conocía a sí misma mejor.

Por la filosofía el hombre comenzó a emanciparse lentamente de la inmediatez de lo sensible, de la incertidumbre de la opinión y de los límites que imponen las imágenes al conocimiento real de las cosas; en contrapartida, por ella se introdujo como premioso y a hurtadillas, tímidamente, en un mundo que le permitió a la larga saber con certeza el fundamento, la razón de ser de toda existencia y realidad. Por eso, dice Salmerón, la filosofía es “un grado y estado del pensamiento superior al estado simple e inmediato, en que reflejando el espíritu sobre sí mismo, pregunta y razona sobre las leyes permanentes del objeto de su reflexión”. Ella es dentro de la historia de la humanidad —continúa diciendo— “como el superior desenvolvimiento del espíritu. Sin ella las demás esferas de la vida serían partes dislocadas de un cuerpo, cuyo estado anormal produciría la enfermedad y la muerte” (1902: 4). Así pues, la filosofía fue para Salmerón la herramienta (siempre necesitada de reforma y mejoramiento) con la que el hombre concluye sobre la tierra su afán de vivir humanamente; el instrumento con el que remata su dominio sobre la naturaleza y reafirma su autonomía relativa, no ya sobre sí mismo sino sobre la misma divinidad. Es el producto último, el más exquisito y rentable de la inventiva humana, pues por ella el hombre tomó conciencia de sí como hombre, de las cosas como mundo y de Dios como Dios, reconociéndose a la vez distinto y ligado a todo ello. En una palabra, la filosofía fue para él ante todo, como lo fue también para San Agustín, reflexión o vuelta sobre sí mismo, porque en el interior del hombre, con más propiedad que en la naturaleza exterior, hay una luz que “no se descompone por el espacio y es tan pura como en el foco de su irradiación” (1902: 4). Palabras que recuerdan la teoría agustiniana de la iluminación o aquellas otras tan conocidas del obispo de Hipona: Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas (San Agutín: De vera religione, 39,72).

Hay pues, en Salmerón, sobre todo en su juventud, aparte la impronta de un realismo racional o racionalismo armónico, que le permite definir la filosofía como “un organismo de conocimientos verdaderos y ciertos sobre las leyes permanentes de los seres, de la vida y del mismo conocer”, o también “la ciencia de las ideas de lo verdadero, de lo bueno, de lo justo, de lo bello; de todas, en fin, las determinaciones de la esencia que constituyen el organismo de la vida en el Universo, y el sistema de las ideas en la región del pensamiento”... (1858: 8), hay en Salmerón, decimos, una raíz agustiniana digna de tenerse en cuenta para comprender al menos su primera singladura filosófica, pues no en balde el mundo interior humano, la experiencia íntima, el universo de la conciencia personal, fue para ambos el lugar privilegiado del trabajo filosófico.

Pero la filosofía, que comienza en lo que el hombre ve y observa en sí mismo desde la atalaya luminosa de su conciencia bien preparada por un método austero y disciplinado, y que tiene su germen, como dice Salmerón, en la razón común, no se ocupa sólo del yo ni se queda en ese nivel primario y espontáneo. Ese es el punto de partida y piedra de toque de las indagaciones posteriores. El filósofo se afana, según Salmerón, por elevarse “a la síntesis del pensamiento y la existencia en su expresión real que el Universo revela y ve la razón en la evidencia del supremo principio de la ciencia y de la vida” (1858: 5). Es decir, la filosofía, que parte de la percepción pura Yo, se extiende y se alza sobre todas las esferas de la inteligencia y de la realidad, desde el hombre hasta Dios. Ningún conocimiento o ser escapa a su mirada, pero no los contiene ni analiza en su complejidad y concreción empíricas, sino en los principios y leyes que los justifican y les dan la plenitud de su sentido. Sólo lo permanente, lo esencial, lo sustantivo de los seres bajo el principio supremo de realidad y ciencia, son el objeto de la filosofía; ella abraza todas las ciencias particulares en su relación esencial. Por eso dice Salmerón que “la filosofía contiene los conocimientos más elevados” (1858: 7). Por eso es la ciencia primera y fundamental: porque da fe de la primera y última razón de todo conocimiento y realidad, del principio Dios como clave de bóveda de la ciencia. En la fijación de este principio consiste, según Salmerón, “la suprema empresa de la filosofía” (1858: 10). En ello le va su valor como saber estricto y primordial, porque, como decía el propio Salmerón en su juventud: “Sin Dios la ciencia es imposible” (1858: 10). Sin El no podría darse explicación conclusiva y categórica de la experiencia humana, y por tanto las raíces de nuestro saber y actuar quedarían al capricho de los accidentes de toda clase. En esto, como en tantos otros aspectos de su pensamiento, Don Nicolás fue deudor de la más clásica tradición filosófica de Occidente.

Pero, ojo, el Dios al que aquí se refiere Salmerón es el Dios de los filósofos, el Dios aristotélico, el motor inmóvil, el primer principio del sistema, el Dios dentro de los límites de la razón y de la ciencia. No puede decirse por tanto que Salmerón fuera agnóstico o ateo, pero tampoco creyente, porque la fe religiosa, a la vista del concepto predominante que de ella se tenía en su tiempo como afirmación intelectual o acto de conocimiento en las verdades que no se ven, justificada así principalmente como cosa casi exclusiva de la razón científica, pero desbordando sus límites, fue tenida precisamente por eso por él como medio inmaduro de acceso a Dios. De ahí que la recluyera en el ámbito de lo incomprensible y de lo absurdo, o que la tuviera como propiedad eminente del sentimiento y de la fantasía, facultades que debían ser purificadas y llevadas a su madurez por la razón y la filosofía. Hizo ver ciertamente la necesidad instrumental que tenía la fe respecto de esta última para ser aclarada y humanizada; no trató por tanto de separarlas, pero subordinó de tal manera la fe a la razón que aquélla, no ya como conocimiento sino como experiencia religiosa de Dios, quedó desnaturalizada; la subsumió tanto en la razón, que la redujo a filosofía. Huyendo del fideísmo y de la ignava fides, o del credo quia absurdum, se echó en brazos del racionalismo. Y si bien acertó a vislumbrar claros (entonces muy difíciles de ver) en aquel bosque de fuertes contrastes propios de su época, no consiguió salvaguardar el tenso equilibrio de mutua y relativa autonomía que para la genuina identidad de la razón y de la fe convenía mantener.

Pensó que sólo podía haber un único camino de acceso a Dios, el que partiera del hombre a través de la razón o filosofía; ignoró la existencia, incluso la posibilidad de otro camino que partiera del mismo Dios, el de la fe o religión. Le pareció una incoherencia (como también en su tiempo se lo pareció a Agustín y Tomás de Aquino) separar ambos caminos, pero debido a su racionalismo identificó el Dios de los filósofos (el Dios que se busca dentro de los límites de la razón) con el Dios vivo de la historia (el Dios que se entrega además por otros caminos), confusión en que no cayeron ni Tomás ni Agustín. En una palabra, pensó que el acceso legítimo a Dios sólo podía hacerse por vía exclusivamente filosófica. Las demás vías fueron tenidas por él como de aproximación; a veces incluso de desviación, como en los casos de la mística, el panteísmo o la idolatría. Huellas de Dios, decía, las hay ciertamente en el sentimiento, en la fantasía, en la voluntad, pero Dios en plenitud, en su unidad suprema y personalidad infinita, como principio absoluto de todo ser y conocer, sólo se revela a la razón por medio de la filosofía[3]. Es el sentido religioso-laico, de raigambre racionalista, que siempre atribuyó a ésta y la necesidad de que todas las ciencias se construyan sobre su base, pues que la filosofía las abraza a todas en su relación esencial y les da el fundamento de su cientificidad: Dios como primer principio y justificación del sistema de verdades accesibles a la razón. Sin su presupuesto sólo cabría la opción del escepticismo; esto es, el fracaso del hombre como ser buscador y necesitado de sentido.

Nada tiene pues de extraño que colocara a la filosofía, como ya lo había hecho Aristóteles, en el más alto pedestal de los conocimientos humanos; y que hiciera de ella un elogio tan encendido como el que hizo al final de uno de sus primeros trabajos de juventud, en 1858: “No hay ciencia sin principios, y estos tienen su fuente en aquélla; de aquí que todas las ciencias, especialmente hoy, tiendan a construirse sobra una base filosófica, y que el desenvolvimiento, el brillo y los adelantos de las ciencias correspondan en general al progreso, dirección e influencia de la filosofía... ¿De dónde puede venir el progreso sino de la ciencia que proclama los derechos de la razón para regular la vida y la libertad del pensamiento como condición de la certidumbre; que estudia la Naturaleza de los seres y penetra sus destinos, que se eleva en fin a todo lo que es divino para esparcirlo en el Mundo haciéndolo fructificar en el espíritu y en el corazón de los hombres? Sólo podemos realizar nuestra esencia, cumplir nuestro bien fundando nuestra personalidad sobre la base de la ciencia primera, luz suprema del espíritu que todo hombre debe reflejar en su vida” (1858: 12).

Fue lo que intentó reflejar Salmerón sin desmayo en su conducta pública y privada. Sólo que cambiando el racionalismo especulativo y espiritualista de juventud, cuya línea general ha quedado someramente expuesta en los párrafos que anteceden, por otro tipo de racionalismo en consonancia con la mentalidad positiva de la segunda mitad del siglo XIX. A partir sobre todo del exilio de 1876, pero con claros indicios en tiempo anterior, Salmerón comenzó a evolucionar hacia un tipo de filosofía acorde con el método y resultados de las ciencias empíricas en detrimento de la mera reflexión subjetiva. Lejos del romanticismo de primera hora, decía en 1878 algo que es hoy ya aceptado por lo general: que no basta al filósofo la especulación ni encerrarse en su interior, “necesita conocer a lo menos los capitales resultados de la observación y la experimentación en las ciencias naturales” (1878: XII-XIII); y en 1890 reitera que “la luz y claridad que se ha de buscar para el conocimiento es la de las cosas mismas, no las proyecciones e imágenes puramente subjetivas”(1890: 338). Sin embargo, este giro de mayor aprecio por lo objetivo, no supuso decaimiento en su fervor filosófico, ni mucho menos entrega al puro y duro positivismo. Siempre creyó “injustificado, y en rigor imposible, investigar el criterio de la Verdad fuera de la Filosofía” (1876: LVII)[4]. En lo que le quedó de vida y en evolución permanente, pero sin abandonar nunca la matriz originaria esencial de su racionalismo armónico, sólo trató de mejor enlazar la especulación y la experiencia; de reajustar el punto de anclaje y el método de la investigación filosófica.

Si en la primera etapa puso el punto de partida de la filosofía en el espíritu; si se empeñó en sacar del sujeto toda la obra filosófica mediante la especulación y sistematización de los datos de la conciencia, en la segunda valoró sobre todo el mundo exterior y objetivo de las cosas, calificado por él como “la fuente viva del conocer” (1878: 338). Ese giro a favor del método experimental y de las ciencias de la naturaleza, que le llevó a decir, en 1902, que “en la hora presente no puede cultivarse la filosofía sino sobre la base de la ciencia” (1902), no lo arrastró —ya lo hemos dicho— al rígido cientificismo ni al positivismo estricto, pues procuró alejarse de “las ideas puras” de su juventud tanto como de la cuadrícula estrecha de “lo sensible puro”. Si a las primeras las llamó “abstractas”, lo último lo tuvo como inexistente (1858: XXX)[5]. Incluso a la hora de presentar a un positivista tan radical como el norteamericano Draper, que creía absolutamente incompatibles la religión y la ciencia, lo criticó poniendo de manifiesto que la fe es una realidad en el espíritu del hombre, al modo de energía interior animadora de la vida[6]. Otra muestra del equilibrio que intentó guardar entre su anterior idealismo y la nueva mentalidad positiva es su pensamiento último de que “es todo el ser del hombre, en su unidad metafísica y en su concreción física, que son inseparables, quien conoce y piensa” (1878: XXIX).

Ningún texto ilustra mejor la autocomprensión que tuvo el propio Salmerón de su evolución filosófica y el punto en que situaba su nueva posición, que la réplica que dio en mayo de 1895 en el Congreso de los Diputados a otro filósofo parlamentario (Antonio López Muñoz), que le había echado en cara cierta inconsecuencia intelectual por defender ideas incompatibles con su antigua adscripción al krausismo. “No vaya el Sr. López Muñoz a acusarme de que yo haya abandonado aquellos altares en los cuales profesara con toda la devoción de mi alma determinadas doctrinas. Claro está que, en la forma como se elabora esta cultura mental, estamos pasando todos, querámoslo o no, por aquellas evoluciones que determinan e imponen el proceso mismo de la elaboración de la ciencia en medio de la sociedad en que vivimos; y si yo tengo de algo de que dolerme, no es de que se haya producido en mi espíritu una determinada evolución, sino de que no se haya producido en tiempo oportuno para que yo hubiera podido poner por base de mi trabajo profesional lo que he venido tardíamente a estimar que era la condición indispensable para que se determinara con carácter positivo la ciencia que profeso. Yo he sentido —sigue diciendo Salmerón en su confesión autobiográfica— las amarguras y las angustias de un íntimo dolor, cuando he llegado a convencerme de esto y de que podía ponerse en cuestión la existencia y la realidad de la metafísica, presentándoseme el problema de si yo profesaba una ciencia que no tuviera más realidad que las meras abstractas concepciones encarnadas en la fantasía, necesidad al cabo, de concepción poética más o menos levantada, o si podía llegar a revestir el carácter de ciencia positiva elaborada sobre la firme, inconmovible roca de las bases que constituyen la ciencia. Precisamente cuando he llegado a reconocer esto, tardíamente para mí, me he sentido con mayor ansiedad y anhelo de exponer ante todos, ante mis discípulos los primeros, la indeclinable necesidad que había de capacitarse para cultivar la ciencia que yo profeso, y de poner por base de ella el conocimiento de las ciencias físicas y de la forma en que las fuerzas se determinan…” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 24-V-1895, nº 127, p. 3885)

Es la etapa de su racionalismo empírico y criticista, que durará ya con matices hasta el final de su vida y que se dejó notar principalmente en la elaboración de un pensamiento ético-político de carácter eminentemente civil y secularizado, y en la propuesta de un cambio radical en la forma y método de enseñar filosofía en España (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del días 22 y 24-V-1895, nº 127). En todo caso, la filosofía fue para Salmerón en ambas etapas de su vida intelectual la ciencia primera y fundamental, no sólo ni principalmente por su potencia especulativa como investigadora de los primeros principios y las primeras causas, sino por la eficacia y profundidad ética de su contenido; por ser el medio común y más proporcionado con la naturaleza racional de buscar el sentido y la unidad de la total experiencia humana. En última instancia, la filosofía fue para él, según sus propias palabras “obra moral y religiosa: moral, en cuanto el sujeto trabaja sin género alguno de interés extracientífico, sino por el perfeccionamiento de la ciencia; lo segundo, en lo que sirve para afirmar la comunión esencial de los hombres con la realidad” (1858: 339). Ciencia primera y fundamental en el orden del pensamiento (aspiración a la verdad por la verdad) y de la vida (aspiración al bien por el bien): eso fue en definitiva la filosofía para Nicolás Salmerón. Una utopía laica, sin duda; una locura para bienpensantes. El mismo fue consciente de ello, pero justificó su propuesta con palabras de su maestro Sanz del Río, diciendo que “el filósofo es un loco pacífico, en paz consigo y con todos; mas su locura de hoy para el mundo, es la razón de este mundo mañana” (1874: 71).

 

3. La filosofía como “ars vitae

Los últimos párrafos ponen de manifiesto algo que Salmerón tuvo siempre muy claro: que la filosofía no es propiedad de una clase privilegiada para uso exclusivo de ella, ni debe encerrarse en la región nebulosa, abstracta, de la especulación sin tocar tierra; ni existe sólo para sí misma, o para autocomplacerse el hombre-filósofo en su sabiduría, quedándose en la soledad de su pensamiento o reflexión. La filosofía ha de servir, decía Salmerón, “para enseñar al hombre la ciencia misma de la vida” (1902). Este pensamiento, de profunda raigambre senequista, expresado aquí en Almería pocos años antes de morir, fue constante a lo largo de su existencia y constituye una de las claves para comprender el sentido final de su filosofar y de su actuación pública; y también, cómo no, el estilo doctrinal y didáctico que imprimió a la mayor parte de sus discursos y escritos. Como filósofo y político Salmerón quiso ser ante todo un pedagogo social: más amigo de los hombres que de las ideas, más preocupado por transformar el medio social y humano que le rodeaba que por teorizar. La especulación fue siempre para él medio y no fin. En una palabra, Salmerón deseó siempre llevar a la práctica lo que su mente concebía. “Separada la filosofía de la vida —dejó escrito siendo todavía casi un adolescente— sería lo que la luz sin espacio, o la sustancia sin accidente, vana abstracción sin realidad en su indagación y ni aplicación en sus principios” (1881: 5). Saber filosofar para humanizar, para regular la vida conforme a los valores ideales de verdad, bien, justicia, libertad, igualdad…, que la filosofía justifica y analiza: he ahí, en palabras suyas, la “sagrada misión” de la ciencia primera y fundamental, su “sentido divino”, su finalidad más auténtica.

No debe pues quedarse la filosofía en pasiva contemplación de las ideas; y aunque por su método, reconoce de buena gana Salmerón, “propenda a las elevaciones ideales, a concepciones que trascienden de este modesto planeta y de las terrenas relaciones de la vida presente, tiene aquí su punto de partida, y aquí convierte su atención al fin para ver de modelar esta vivienda nuestra por el plan de la universal que contempla en la razón” (1858: 67). Es la fuerza moral y reformadora del ideal puro que emerge de la verdadera filosofía como de su fuente teórica. Y como lo que hay dentro y fuera de nosotros nunca corresponde exactamente con lo que debe ser, por nuestra imperfección y la visión del ideal que se nos impone, la filosofía, que tiende de suyo a la utopía en cuanto expresión auténtica del ideal, es en sí misma fuerza reformadora de la vida por vía de ilustración y moralidad. “La Filosofía sirve, decía Salmerón, para enseñar al hombre la ciencia misma de la vida, la verdad fundamental que podemos considerar como el ideal supremo con la plenitud del carácter divino. Por eso el hombre debe ‘hacer a sabiendas’ mediante la Ciencia, y aprendiendo a realizarla y a encarnarla” (1902: 2).

De la segunda navegación filosófica de nuestro autor; de aquélla que se inicia a raíz de su exilio en 1876, va a surgir el intento de elaborar una ética civil, así llamada por él mismo en los años finales del siglo XIX. Y reconocerá que esa ética, que habrá de elaborarse sobre la base universal de la común naturaleza humana, más allá o más acá de las creencias religiosas, está llamada a ser el fruto más útil y jugoso de la filosofía. Una ética exigente, no mínima, válida para todos y a todos exigible; una ética de valores y virtudes cívicas capaz de hacer “hombres honrados de cuerpo entero” (Salmerón 1902), y que ha de comenzar por practicar el filósofo en su vida. No es suficiente la especulación, advirtió siempre Salmerón, el mero saber, para ser filósofo cabal: el filósofo ha de probar también en el hecho de su vida la virtualidad de su pensamiento. Será cada vez más la piedra de toque de la verdad que dice descubrir: la coherencia entre el pensamiento y la vida. Saber filosofar por tanto para saber vivir individual y colectivamente conforme a la dignidad de la naturaleza humana. Porque en ella coincidimos todos, deberá ser la base sobre la que se elabore la llamada ética civil.

Esta ética, independiente de la religión[7], podrá ser exigida por el Estado a todos los ciudadanos, sea cualquiera la fe religiosa que profesen. Decía a este respecto Salmerón en 1895 que “el Estado puede y debe consentir y amparar que comulguen en el estado social creyentes y no creyentes; pero el Estado no puede consentir en la vida social súbditos morales y súbditos inmorales” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 22-V-1895, nº 126, p. 3847). Por exigencia de la propia constitución social. Porque todos, cristianos y no cristianos, ateos y creyentes, somos hombres y en cuanto tales pertenecemos por derecho natural a la sociedad civil, y debemos comportarnos de acuerdo con los valores éticos que de ello se derivan, si es que ha de subsistir la sociedad para mejora de la especie humana[8]. Y como la filosofía fue para Salmerón la ciencia primera y fundamental en el orden del pensamiento y de la vida, es a ella a la que le corresponde principalmente desde el punto de vista humano elaborar, por su visión de totalidad, esa ética civil, que no viene a ser otra cosa que medicina del alma individual y social. Filosofar para humanizar; para contribuir al ennoblecimiento y mejora de la sociedad. La filosofía como fuerza cultural de liberación y regeneración humanas, la filosofía como forma de vida: es el significado más profundo de filosofía en la mente de Nicolás Salmerón.

Y así como para Aristóteles, que no conoció la Revelación, desde una perspectiva puramente racional, fue la filosofía “la más divina de las ciencias”, porque trata de Dios como “causa y principio de todas las cosas” (Aristóteles, Met. I 2,983 a.), así también para Salmerón, que aunque conoció la Revelación dejó de creer en ella, fue también la filosofía “de suyo sustancialmente religiosa, y por ser religiosa, divina” (1902). No ya porque trata de elevarse a los primeros principios y leyes de todo ser y conocer, sino porque encierra un sentido profundamente humano, y en cuanto tal, divino: emancipa del error, ennoblece al hombre y dignifica la vida…; es decir, la filosofía concebida como instrumento de transformación. Y como todo hombre, por impulso innato de su naturaleza, está llamado a perfeccionarse; a ser y crear verdad, bondad, belleza, justicia, libertad, igualdad…; a trabajar por el “común interés del todo social humano”, la filosofía fue para Salmerón en última instancia, como lo fue también para Séneca, además de patrimonio de la cultura popular, ruta hacia el descubrimiento y ejercicio de lo mejor de sí mismo. Por eso dijo con atrevida frase que la filosofía se debe devotamente a concebir y realizar “la idea superior de la vida, que hace del hombre su propio Dios” (1902). Interpretada la frase en el conjunto de su obra escrita y oral, la filosofía se dirigiría como a su fin supremo a descubrir y realizar “a sabiendas” el valor divino de lo humano que todos llevamos dentro, nuestro mejor yo como seres de una misma y universal comunidad de naturaleza. ¿Convenció Salmerón con su propuesta filosófica o quedó atrapado en las redes de su radical racionalismo humanista? La contestación no es fácil. Su momento histórico tampoco lo fue, y su obra y pensamiento están todavía a la espera de un estudio serio y profundo a la altura de nuestro tiempo. Pero lograra o no convencer, en esa propuesta filosófica se encerraba —creemos— su intención más profunda y constante. Y aunque sólo fuera por dar que pensar, su obra no habría sido inútil, sobre todo teniendo en cuenta la altura moral de su testimonio y compromiso vital, y el esfuerzo intelectual que hizo por elaborar y enseñar una filosofía, si radicalmente secularizada en medio de una sociedad sociológicamente cristiana, no exenta, como él mismo confesó, de sentido divino (Salmerón 1902)[9].

 

4. El “lugar” de Salmerón en la filosofía española

A decir verdad, la significación filosófica de Salmerón, a pesar de los meritorios ensayos realizados, no ha sido aún estudiada a fondo. La razón de ello estriba sin duda en dos hechos de muy diferente carácter, positivo uno, negativo otro: primero, en el predominio de su significación política, que es el aspecto de su vida al que más atención han prestado los historiadores (no en balde fue en este campo figura estelar desde muy joven hasta su muerte y donde se cuentan por centenares sus discursos); segundo, en la escasez de escritos propiamente filosóficos, sobre todo en la segunda parte de su carrera. Y es claro que mientras no se recoja la obra total, la escrita y la oral, lo publicado y lo inédito, y se aplique a ella con todo rigor el método histórico-filosófico, no sabremos con precisión el “lugar” que como filósofo de su tiempo le corresponde ocupar en nuestra historia. Todavía es pronto para señalarle en ella un lugar preciso y bien fundado. Sin duda lo tiene, y al parecer alto, pero hay que esperar a que los historiadores de la filosofía hagan su labor.

Como filósofo Salmerón es conocido sobre todo por haber sido durante cuarenta años, de 1869 a 1908, catedrático de Metafísica en la Universidad Complutense de Madrid, llamada entonces Universidad Central. Sin embargo, su dedicación a la filosofía digamos profesional no ha sido homogénea. En un sentido fue más amplia que los límites cronológicos señalados, pues su producción como tal se inicia tempranamente en 1858, a raíz de unos ejercicios escritos para obtener el grado de Licenciado en Filosofía y Letras; su carrera docente en filosofía arranca también de tiempo anterior en el Instituto de San Isidro de Madrid, en 1860. Pero en otro sentido fue más estrecha, en cuanto que a partir de 1878 apenas dio a la estampa algo relacionado expresa y directamente con la filosofía propiamente dicha; y su dedicación a la enseñanza, aunque ejemplar por su vocación y elevación, no fue todo lo asidua que cabría esperar de un hombre que consideró siempre su cátedra de Metafísica como su “oficio” más genuino. Según esto, desde el punto de vista de su rendimiento docente e investigador, podemos dividir su trayectoria de filósofo en dos grandes etapas. La primera, comprendida entre 1858 y 1878, la más fértil filosóficamente hablando, y la que se inicia a partir de esta última fecha hasta su muerte. Esta segunda etapa, debido a su dedicación a la política, su actividad filosófica, desplegada sobre todo por vía oral (discursos y conferencias), se redujo a aplicar a lo social inmediato los principios ya adquiridos o evolucionados, quedando en un segundo plano, o por lo menos más oculto, la investigación filosófica sistemática y expresa. De esta fase se encuentran acá y allá frases sueltas, alguna que otra idea, insinuaciones, sugerencias…, pero no un trabajo filosófico propiamente dicho[10]. De ahí la dificultad en que nos encontramos para trazar con base sólida y jugoso contenido el último pensamiento filosófico de Salmerón. Dificultad que ha podido ser el origen de no haber ocupado en nuestras historias de la filosofía el puesto relevante que de su primera etapa se esperaba.

Así lo reconoció el periodista León Vega, al presentar en 1911 un libro-homenaje dedicado a nuestro autor. Haciendo ver las dificultades que había tenido en reunir sus escritos filosóficos, dijo a este respecto: “Faltan elementos originales para presentar a Salmerón como filósofo, toda vez que sus discípulos, pendientes de aquellos labios de donde brotaba, en cláusulas macizas de contenido ideológico, la doctrina, no se sentían con fuerzas para recogerla en la inflexible forma escrita. ¡Lástima grande que por ello sea perdida para la posteridad gran parte de una gigantesca labor de más de treinta años, y de que no le sea dable beber en la fuente original lo que conocerá sólo por la interpretación y los comentarios que de aquélla hagan los afortunados oyentes! Para nosotros semejante dificultad es más dolorosa, porque nos priva de ofrecer al lector en este libro todo el pensar filosófico de Salmerón; pues los trabajos de esta índole que hemos coleccionado corresponden sólo a la primera fase de aquella poderosa inteligencia que, siempre en busca de la verdad, evolucionó desde el “racionalismo armónico” de Krause —aceptado más bien como norma de conducta— hacia un sentido crítico-empírico-idealista” (Homenaje: IV).

De la primera fase (1858-1878), la más rica desde el punto de vista filosófico, contamos hoy incluso con más obras que las conocidas en 1911 por León Vega, pues hay que añadir ahora los manuscritos de índole filosófica que se han conservado inéditos en los archivos oficiales o en su propia casa. Lo publicado durante esa fase, junto con los inéditos, forman un conjunto o corpus documental abundante y sólido, lo que permite estudiar su pensamiento con detalle y conocer no ya su filiación filosófica originaria (el racionalismo armónico o realismo racional de raíz krausista) sino el modo peculiar de su inserción en dicha escuela, profundizando en lo que vio ya en fecha muy temprana Luis Vidart (184). Sin embargo, los últimos treinta años (1878-1908), más de la mitad de su vida productiva, son los que presentan mayor dificultad de ser estudiados por las razones apuntadas más arriba: la escasez de fuentes específicas. Se cuenta a este respecto con unos breves apuntes de clase tomados por algunos de sus alumnos (publicados unos, inéditos otros) y con las notas incompletas de una conferencia que vio la luz en El Radical de Almería en 1902. Aparte contamos con numerosos discursos políticos, cuya atenta lectura ayuda a descubrir la trama filosófica de su pensamiento, pero que al no ser ensayos de formal investigación o exposición pensados para la imprenta, tienen el aire de la urgencia oratoria, dejando a veces oscura la argumentación o incompletos su fondo y contenido. No obstante, dada la escasez de obras específicas, realzan más la importancia de estos discursos en orden a conocer y estudiar a Salmerón como filósofo. Téngase en cuenta en todo caso, que tomados sus escritos y discursos indistintamente y comprendiendo las dos fases señaladas, abarcan el íntegro arco filosófico de su época, tocando temas que van desde el análisis de la conciencia como punto de partida de la filosofía a las reflexiones de última hora sobre el capital y el trabajo, pasando por la estética, la filosofía de la historia y del lenguaje, la metafísica como filosofía primera y la antropología filosófica, la filosofía de la educación, la filosofía jurídica, moral y política, la filosofía natural, la filosofía de la religión, la historia de la filosofía…

Esto quiere decir que, a pesar de la escasez de fuentes específicas de última hora, hay base documental suficiente para que Salmerón pueda ser estudiado como filósofo y ocupar un puesto de mayor relevancia que hasta aquí en una Historia de la Filosofía Española. Eso mismo parece estar exigido por testimonios de filósofos e intelectuales contemporáneos, que hablan de la influencia que sobre ellos ejerció Don Nicolás. El caso más reconocido y de mayor trascendencia es el de Urbano González Serrano (1848-1904), catedrático de Psicología, Lógica y Etica en el Instituto de San Isidro de Madrid, autor de una importante e influyente obra filosófica, y uno de los introductores de la moderna psicología y de la sociología en España. Su obra y pensamiento llamó también la atención de algunos miembros de la Generación del 98, entre ellos Unamuno y Azorín. Pero no sólo está González Serrano como figura discipular más cercana, otros muchos, entre los que hay historiadores, pedagogos, sociólogos, periodistas, novelistas, filósofos, científicos, economistas, biólogos…, se reconocen deudores e incluso discípulos de Salmerón, al que llaman reiteradamente “maestro”. El mismo José Ortega y Gasset, sucesor de Salmerón en la cátedra de Metafísica, y que sonoramente había querido distanciarse tempranamente de la famosa generación del 98, no se recata de descubrir, con motivo de la muerte de Gumersindo de Azcárate, sus profundas afinidades axiológicas con los hombres de la generación de 1868, uno de cuyos miembros más sobresalientes fue Salmerón, al que menciona expresamente junto con Azcárate, Cánovas y Giner. Escribe a este respecto que “nada acaso indica mejor cuál será el futuro español, como notar el hecho de que los hombres con el escudo blanco [se refiere Ortega a sí mismo y a los jóvenes de su generación] sentíamos mayor afinidad con los hombres de 1869 que con los restauradores. Y no era, ciertamente, su República lo que nos atraía, eran su sentido moral de la vida, su anhelo de saber y de meditar” (Ortega 11-12).

Podríamos decir pues que a través de González Serrano y de otros discípulos y oyentes de su cátedra de Metafísica (Carreras), la sombra filosófica de Salmerón se alarga hacia adelante. Y aunque es un punto aún por estudiar, queda ahí una rica e interesante veta de investigación que, junto con el análisis de su obra personal, oral y escrita, publicada e inédita, habrá de darnos al cabo su verdadera dimensión como filósofo y profesor de filosofía. Y si es cierto, como dijo recargando las tintas un buen conocedor de su pensamiento, su fraternal amigo Francisco Giner de los Ríos, que la filosofía del almeriense es “la más potente obra que en su tipo  -la construcción ideal- ha visto entre nosotros el siglo XIX” (Homenaje IX), es claro que aunque no todos compartan la valoración de Giner (Unamuno 87-88; Baroja 8), Salmerón está llamado a ocupar un digno puesto en la historia de la filosofía española. Sólo se requiere aventar, con el trabajo serio, paciente, del historiador, las ingratas cenizas del olvido, para que surja bajo ellas, como las ascuas de un gran fuego, el pensamiento vivo de un filósofo que durante tantos años dio que pensar.

 

Bibliografía citada

  • Araquistain, Luis. El pensamiento español contemporáneo. 2ª ed. Prólogo de Luis Jiménez de Asúa. Buenos Aires: Losada, 1968.

  • Baroja, Pío. Cuentos. Prólogo de Julio Caro Baroja. Madrid: Alianza, 1984.

  • Carreras Artau, Tomás. La Catedra den Salmerón. L’Home. La Doctrina. Els Deixebles. Barcelona: Tipografia “L’Avenç”, s.a. [1908].

  • Homenaje a la buena memoria de Don Nicolás Salmerón y Alonso. Madrid: Imp. de Gaceta Administrativa, 1991.

  • Ortega y Gasset, José. “Don Gumersindo de Azcárate ha muerto”, en Obras completas. Tomo III. Madrid: Revista de Occidente, 1966.

  • Salmerón y Alonso, Nicolás. Generación biológica de la Filosofía. Discurso leído al recibir la investidura de Licenciado en la Facultad de Filosofía y Letras. Madrid, diciembre de 1858 (Archivo Histórico de la Universidad Complutense. Expediente Académico de Nicolás Salmerón: 687/255).

  • ______.“Carta de Fernando de Castro a Salmerón el 3-XI-1871”, en Obras de D. Nicolás Salmerón. Tomo I: Discursos parlamentarios. Prólogo de Gumersindo de Azcárate. Madrid: Gras y Cª, 1881.

  • ______. “La Filosofía y la cultura popular”, Revista de Andalucía, I, no. 2 (1874): 71.

  • ______. “Prólogo” al libro de Juan Guillermo Draper: Historia de los conflictos entre la Religión y la Ciencia. Traducción directa del inglés por Augusto T. Arcimis. Madrid: Imp. de Aribau y Cª, 1876.

  • ______. Salmerón, Nicolás: “Prólogo” al libro de Hermenegildo Giner: Filosofía y Arte. Madrid: Imp. de M. Minuesa de los Ríos, 1878.

  • ______. Obras de D. Nicolás Salmerón. Tomo I: Discursos parlamentarios. Prólogo de Gumersindo de Azcárate. Madrid: Gras y Cª, 1881.

  • ______. “Sobre la enseñanza de la Filosofía”, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid, XIV, no. 331 (30-XI-1890): 338.

  • ______. “Discurso pronunciado en el Círculo Literario de Almería, la noche del 26 de septiembre de 1902”, El Radical, Almería no. 15 (27-IX-1902): 1 y ss.

  • Unamuno, Miguel de / Luis de Zuluetra. “Carta a Luis de Zulueta de 15-I-1915”, en Cartas (1903-1933). Recopilación, prólogo y notas de Carmen de Zulueta. Madrid: Aguilar, 1972.

  • Vidart, Luis. La filosofía española. Indicaciones bibliográficas. Madrid: Imp. Europea, 1866.

 

Notas

[1] Araquistain, Luis: El pensamiento español contemporáneo. Prólogo de Luis Jiménez de Asúa. Buenos Aires: Losada, 1968, 2ª ed. Araquistain llegó a decir que “la política absorbió lo mejor de su vida“ (p. 35).

[2] Recordaba Gumersindo de Azcárate en la sesión necrológica que dedicó el Congreso en honor de Salmerón que éste, debido a sus muchas ocupaciones como profesor, abogado y parlamentario, podía haber dejado su cátedra de Metafísica, y así se lo sugirió él mismo alguna vez. “Pero eso, jamás, jamás. ¡Dejar Salmerón su cátedra! Y es que —decía Azcárate— por encima de todo lo que valía como orador, como político, lo característico en él era el maestro” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 12-X-1908, nº 1, p. 6).- La misma idea expresó al día siguiente en el Senado otro antiguo amigo de Salmerón, Rafael María de Labra: “Su sitio era la Cátedra —dijo—; y la investigación de la verdad, la posesión de la verdad, la difusión de las ideas, eran en él, no sólo un amor, sino una preocupación, la preocupación constante que llenaba toda su vida, siendo su Cátedra el amor de los amores. Todo lo posponía ante esta idea” (Homenaje a la buena memoria de Don Nicolás Salmerón y Alonso. Madrid: Imp. de Gaceta Administrativa, 1991, p. XXIII).- Entre otros testimonios que pueden citarse, léase el de Miguel Moya: Oradores políticos (perfiles). Madrid: Sáenz de Jubera, 1890, p. 170.

[3] “Por la religión el espíritu queda absorto ante la infinidad de Dios; y por la filosofía se emancipa de esta contemplación pasiva… En esta obra total tienen su armonía suprema la religión y la filosofía; siendo aquélla (hasta hoy) la unión del hombre con Dios por medio del sentimiento o la conciencia, en lo que es la primera evolución histórica; y ésta, la unión por medio del conocimiento, en que nos distinguimos de Dios…, conservando nuestra propia personalidad (contra místicos y panteístas) (1858: pp. 4, 6). “Adoramos aún al Dios del sentimiento y de la fantasía —escribe casi al final de este trabajo de juventud—, no al Dios de la razón y de la ciencia. No queremos nosotros arrancar a la fe el sentimiento, el amor, la adoración al arte; pero queremos, sí, que la razón los armonice; que reconozcamos lo que es y no nos prosternemos ante ídolos…; todo lo bueno, lo verdadero, lo bello que se revela al sentimiento, a la fantasía, a la voluntad, es divino, pero no Dios que lo comprende todo (la Naturaleza, el Espíritu y la unión de estos dos en la Humanidad) y que se revela sólo a la razón en su unidad suprema y personalidad infinita” (1858: 11).

[4] “Limitar a lo fenomenal —escribía Salmerón— la esfera de lo inteligible y considerar el conocimiento como meramente relativo, es mutilar al problema del Conocer y decapitar el Principio de la Verdad” (1876: LIV).

[5] La misma idea expresó más adelante cuando dijo que “una Filosofía sólo especulativa, como puramente experimental, es una abstracción” (1958: 339).

[6] “Llevado del sentido positivista que profesa —escribe Salmerón en referencia a Draper—, a la par que mutila la Ciencia, fijando como único criterio la observación de la Naturaleza, relega en absoluto la fe como si no tuviera lugar en el espíritu del hombre, y no fuera hasta necesaria para prestar animación en la vida” (1878: LIII).

[7] “La moral está por encima de todo lo que puede dividir en relación a las confesiones de ideas religiosas. Creyentes o no creyentes debemos ser morales” (Salmerón 1902: 2). Unos años antes decía Salmerón en el Congreso: “Lo que se exige es esto: hacer entender a todo hombre, creyente o no creyente, que hay una moral que no depende de la fe; que la moral que depende de la fe será la moral impuesta por un dogma. Pero hay otra moral que surge del fondo de nuestra conciencia, que se impone a todos los hombres sin excepción de confesiones religiosas y a la cual todos ellos deben estar sometidos” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 22-V-1895, nº 126, p. 3846).

[8] “Es obligado buscar una base inquebrantable —escribía Salmerón en 1878— para que la moralidad resista a la ruina de la creencia” (1878: XXXIII).

[9] Para una correcta interpretación de la “religiosidad” de Salmerón y de la reiterada presencia de “lo divino” en su pensamiento, al menos en la segunda etapa de su biografía intelectual, es preciso tener en cuenta el racionalismo humanista radical del que él mismo se hace eco. En 1895 afirmaba: “Habré sólo de decir que por religioso me tengo con aquella religión que se cifra en este principio fundamental: en el reconocimiento de que hay una solidaridad en el cosmos, y de que en el proceso interno de esa solidaridad se va determinando, se va produciendo aquella constitución orgánica en la cual llega el mundo a tener conciencia de sí propio y puede integrar el proceso de la realidad por la creación y por la difusión de las ideas; y estimándome en este respecto ligado a todos los seres del cosmos en el propio lugar y en la jerarquía que la realidad les presta, me considero ligado por la solidaridad de la especie, y en esta solidaridad de la especie estimo que es un proceso relativamente inferior a aquel que impone y determina la realidad misma, el de la relación de la caridad y el de la relación de la comunión de los creyentes. Estimo que por encima de eso y al propio tiempo se afirma la solidaridad humana en que debemos comulgar todos los hombres…” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 22-V-1895, nº 126, p. 3848).- Más adelante, en 1902, aquí mismo en Almería, dijo: “La Filosofía no es en sí misma, por el fin que persigue, tampoco obra de impiedad. Es obra que destruye las pequeñas, las estrechas, las reducidas comuniones de secta; pero que va cada vez más ensanchando el ideal de la vida; que no rechaza la idea de una Iglesia bajo la cual pueda cobijarse la Humanidad entera; de una confesión en que la razón sea la llamada a regir la existencia y hable al hombre de un Dios investigado, no de un Dios extraño a la vida misma y de antemano reconocido. Que no hay más Dios que el que se halle encarnado, el que llevemos dentro de nuestra propia conciencia” (1902).

[10] Quizá pueda hallarse una explicación de este fenómeno en la conciencia que tuvo el propio Salmerón -él mismo lo confesó- de una cierta falta de preparación básica según lo exigía la nueva mentalidad positiva en el orden filosófico. En este sentido es interesante la declaración que hizo en el Congreso de los Diputados relativa a su dedicación a la Metafísica: “Yo he sido un triste, un tristísimo ejemplo, porque he devorado días y años de amargura en el cultivo de una ciencia a la que he dedicado todos mis amores, que no se extinguirán mientras aliente, por haberme encontrado en condiciones de profesar esta enseñanza, con una mínima cultura de aquella que pudiera ser tan necesaria para que mis explicaciones pudieran tener valor positivo en la profesión de esta ciencia por parte de aquellos que la habían de aprender” (Diario de las Sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Sesión del día 22-V-1895, nº 126, p. 3839). Léase también lo que dice a este respecto de sí mismo y de sus discípulos en el mismo discurso, pág. 3835.

Antonio Heredia Soriano
Universidad de Salamanca
Escrito en 2002
Actualizado: febrero de 2005

 

© José Luis Gómez-Martínez
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