Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

MINUTA DE UN TESTAMENTO

Encontrándome en una edad en que la vida activa y útil acaba, no siendo lo que me resta sino como la espera del momento en que he de pasar a otra, que confío en Dios ha de ser mejor, hago este mi testamento, declarando revocados todos los que tengo hechos, por si la muerte llegaba antes de tiempo[1].

Y como pienso que todo hombre tiene el deber de terminar su vida en esta tierra haciendo un examen de conciencia de toda ella, para que sirva de enseñanza a sus hijos, deudos y amigos[2], y entiendo que un testamento no debe limitarse a hacer constar la distribución de bienes, sino que debe razonarse esta[3], y además dejar a los suyos, al lado de este caudal, el formado por el trabajo y la experiencia de la vida, en forma de reglas y consejos para la conducta de aquellos[4], me propongo no circunscribir el contenido de este documento solemne a lo que es costumbre generalmente seguida; antes bien he de trazar en él a grandes rasgos las principales vicisitudes de mi vida, decir el motivo del vario destino que pienso asignar a mis bienes, y dar a mis hijos la última prueba de amor, indicándoles lo que crea más conducente a fin de que continúen por la senda del honor, y cumplan todos sus deberes individuales y sociales.

  

I.
[Infancia y juventud del testador]

Nací el 17 de Abril de 1810 en... de padres cuyo origen, carácter y condiciones han ejercido un poderoso influjo sobre mi vida[5]. Era mi padre, nacido en la clase media, médico de profesión, y quizás por lo mismo partidario del movimiento científico y religioso con que se inauguró el siglo presente en nuestra patria. Bajo la inspiración de la filosofía francesa y de la Revolución de 1789 había abandonado en su fuero interno las creencias religiosas de sus padres y abrazado con entusiasmo y paladinamente las nuevas ideas políticas, sirviendo a éstas con desinterés y patriotismo, y sometiéndose respecto de aquellas a la hipocresía casi obligada que en cierto modo imponían los tiempos[6]. Este modo de ser de mi querido padre hizo, de un lado, que yo me interesara siempre con espíritu generoso en nuestras contiendas intestinas y que hasta participara de aquella tendencia utopista y soñadora del final del siglo XVIII; pero, de otro, dejó mi conciencia religiosa sin aquel vigor que engendra el razonamiento dirigido a afirmar la creencia recibida[7] o a sustituirla con otra nuevamente formada. Por fortuna, a falta de esta eterna base de toda moral, sirvióme de mucho el culto que él rendía a todo principio elevado y a toda idea grande, porque las máximas que oí de sus labios y vi practicadas en sus actos, fueron para mí como sagrados cánones de una moralidad, más de sentimiento que de razón, es verdad; pero que parecían a mi espíritu tan infalibles como seguro era el vínculo queme unía a aquel a quien debía la existencia.

Pertenecía mi madre queridísima a una familia distinguida, y conservaba aquellas buenas cualidades que aún se encuentran en nuestra nobleza, junto con algunas preocupaciones de que todavía no ha sabido desprenderse. Cumplidora escrupulosa de las prácticas y deberes religiosos, no cayó nunca en los extravíos y excesos del misticismo; firme en su fe y amante de su marido, más de una vez debió asaltar a su espíritu la duda y entablarse en él dolorosa contienda, al observar frente a frente los representantes de la Iglesia y el partido en que militaba el compañero de su vida[8]. Cristiana de veras, inspirábale la caridad, y por deber y por afecto se sentía atraída hacia los desgraciados y los pequeños; pero ciertas preocupaciones nobiliarias le impedían armonizar la igualdad del Evangelio coro la desigualdad de condiciones sociales que nos presenta la vida. Por esto yo, que he tenido desde muy niño tendencias a reconocer iguales a los hombres, he luchado con cierta repugnancia que me producía el obrar en consecuencia con este principio, y fue bastante tarde cuando llegué a comprender que a todos debía justicia, respeto, ayuda, consideración, pero que amistad, confianza, intimidad, sólo a los que las merecían[9].

Bajo la santa tutela de ambos recibí mi primera educación, aquella que es las más veces decisiva para el porvenir, porque son muy profundas las raíces que echan en el alma las enseñanzas que nacen de los principios que aprendemos de los labios y del ejemplo de aquellos a quienes amamos y reverenciamos con un amor y un respeto, los más parecidos a los que debemos al Ser Supremo.

Debí, casi por completo, mi educación religiosa a mi madre[10], y no tuvo, por tanto, hasta más tarde otro fundamento que la autoridad, ni otra fuente que el sentimiento. La sinceridad y el respeto con que aquella miraba todo cuanto a la religión se refería, por insignificante que fuera, por una parte, y por otra, el no haber oído nunca de labios de mi padre cosa alguna que arguyera dudas o menosprecio para la religión[11], antes bien las pocas veces que de ella hablaba era en un sentido piadoso, aunque con cierta vaguedad, cuya trascendencia no podía yo entonces sospechar, hicieron que yo mirara el cumplimiento de mis deberes en esta esfera con una seriedad, que he conservado en medio de las vicisitudes por que han pasado mis creencias religiosas; así como he tenido siempre, y tengo al presente, una profunda repugnancia a todo aquello que revela un escepticismo ligero y mundanal en esta materia. Me siento inclinado a respetar hasta aquellas prácticas religiosas que me parecen absurdas, pensando en el espíritu piadoso que puede animarlas.

La enseñanza moral la debí casi por completo al ejemplo. Cada hecho que presenciaba en el seno del hogar se me grababa mucho más en la conciencia que todo lo que, tomándolo del Catecismo, me hacían aprender en la escuela, o me obligaba a retener en la memoria mi buena madre. Los juicios que oía formular respecto de la conducta de esta o aquella persona, eran para mí sentencias sin apelación. Después he tenido necesidad de rectificar alguno, y me ha costado un trabajo ímprobo convencerme de que mis padres se habían equivocado. El hombre, a quien ellos habían apellidado malo, me parecía peor que los peores[12].

También en este orden quedó manca mi educación al modo que en lo tocante a Religión. Hoy conozco que para que el hombre salve su integridad moral en medio de las agitaciones de la vida presente[13], la razón ha de venir en ayuda del sentimiento, y la convicción en auxilio de la autoridad. Sin embargo, recordaré siempre una máxima, pues no tiene otro carácter, que oí de labios de mi padre, el cual me dijo en una ocasión: “Siempre que tengas dudas acerca de lo que debes hacer, figúrate que pesas todos los motivos en voz alta y delante de gente, y que te decides por uno u otro camino, sabiéndolo todos”[14].

Alcancé por desgracia los tiempos en que era regla admitida la brutal de que la letra con sangre entra[15], aunque tuve la inmensa fortuna de que no se me aplicara, no habiendo corrido por lo mismo el riesgo de salir de la escuela con el sentimiento de dignidad hollado y acaso el de venganza o malevolencia despierto. Pero en cambio me cogió de lleno otro sistema, que entonces era progresivo, y que sin serlo hoy, dura todavía: aquel que consiste en constituir el amor propio y la vanidad como aguijón único, o por lo menos principal, para estimular el gusto por el estudio en los jóvenes, el cual tantas rivalidades engendra entre quienes deben despertarse tan solo el cariño y la amistad, y que no deja ni siquiera sospechar la santidad del deber de educarse, ni el valor y pureza de los placeres de la inteligencia[16].

Ahora conozco cuánta mayor parte habría tocado en mi educación a mis padres, si, estando la cultura general más extendida y siendo otra la educación de la mujer, hubieran podido prescindir de confiarme por completo a la escuela, en vez de compartir con ella esta importante preparación para la vida[17]. ¡No habrían sido ellos para mí maestros fríos, distraídos e interesados! La escuela tiene sus ventajas, bien lo conozco; engendra relaciones de cariño y amistad que nunca se olvidan, e inician al hombre en la vida y trato social: pero en este primer período de la educación, no importa tanto el instruir como el despertar y desarrollar aquellas facultades llamadas por la voz de. Dios y de la naturaleza a dar mejores frutos, y frutos de que se ha de aprovechar a veces todo un pueblo. ¿Y quién puede sustituir en esto al interés de los padres, que estudian constantemente las inclinaciones de su hijo, las dirigen y desenvuelven, preparándole para que cumpla su destino en la tierra?

Este inconveniente era mayor en aquellos tiempos, en que no había, como hay hoy, una segunda enseñanza, que tiene por objeto procurar aquella cultura general necesaria para la vida y dar lugar a que la vocación del joven se muestre con ocasión de los varios estudios que aquella comprende[18]. En vez de esto, estudié las llamadas humanidades, de las que no saqué otro fruto positivo que el aprender a traducir latín.

De aquí que faltara un dato importante para resolver el gran problema de la carrera que yo debía seguir. Incurriendo en un error tradicional, mi padre me acostumbró desde niño a la idea de que había de ser yo también médico, y mi madre asentía, aunque quizás con cierta secreta repugnancia, por desear para su hijo otra carrera más brillante. Yo, como ni en mis estudios había tenido ocasión de orientarme en punto al carácter de las ciencias que sirven de base a las distintas profesiones y a la naturaleza de estas, y la falta de movimiento científico, de periódicos, revistas, asociaciones, etc., no me había permitido suplir aquel vacío, me fui haciendo a la idea de ser médico sin entusiasmo, pero sin repugnancia[19].


Notas

[1] La distinción, que esta frase implica, entre lo que podríamos llamar testamento definitivo y testamentos provisionales, está a nuestro juicio muy en su lugar. La muerte nunca debe coger desprevenido al hombre, y menos al que ha llegado a penetrar, por decirlo así, en las complejas relaciones de la vida, y por lo mismo ha de tener dictadas sus disposiciones, pensando en la posibilidad de que un accidente cualquiera ponga fin a su existencia. Pero otro es el carácter que ha de dar a su testamento, cuando se acerca el momento en que sin tristeza y con serena calma ha de pagar tributo a una ley de la naturaleza y a la voluntad de Dios. Entonces, cerrado el ciclo de su vida, vuelve la vista atrás echando una mirada imparcial sobre toda ella, dicta consejos a los suyos con la autoridad que tiene la voz de un moribundo, y distribuye sus bienes inspirándose en motivos desinteresados, y sin que perturben al espíritu intereses egoístas.

[2] ¡Qué provecho no sacaría la sociedad, si tuviera ocasión frecuente de oír estos sinceros exámenes de conciencia! No hay quien deje de escuchar con respeto revelaciones escritas poco antes de la muerte, destinadas a ver la luz después de ella, e inspiradas tan solo en motivos generosos e impersonales. El hombre, mientras vive; encubre las más veces su conducta con un velo que apenas si es dado descorrer a los más íntimos: sus malas obras aparecen atenuadas, aspirando a la disculpa; las buenas con exceso enaltecidas, pretendiendo la alabanza; y es que nos parece que de este modo nos allanamos el camino que hemos de recorrer en medio de la vida social. El moribundo, o el que refiere las vicisitudes de su existencia para que sean conocidas después de su muerte, no tiene que preocuparse de este interés relativo, sino que por el contrario, la primera exigencia, que su espíritu le impone naturalmente, es la sinceridad.

[3] Con esta frase, así como con otra que se encuentra más adelante, el testador ha querido al parecer condenar la doctrina, por desgracia harto traída a la práctica, que confunde la libertad de disponer de la propiedad, que el Estado debe garantizar, con la obligación que tiene el propietario de usar de esta facultad racionalmente. De este torcido sentido proceden los diferentes puntos de vista, ambos erróneos, de la escuela católica y la liberal en la tan debatida cuestión de la libertad para el bien y para el mal.

[4] No -hay padre alguno, sin exceptuar aquellos cuya cultura está por bajo de la de sus hijos, que no pueda dejar a estos la herencia, más valiosa que la de su riqueza, del fruto de su experiencia y conocimiento de la vida, diciéndoles en el testamento su última palabra en punto a los peligros que puedan correr y los escollos que deben evitar. Solo el recuerdo de una frase, de un consejo, que hemos oído de labios de nuestros padres, nos apartan a veces del camino de perdición. ¡Cuánto más laudable no sería ver aquel escrito en un documento tan solemne y respetable como es un testamento!

[5] Solemos fijarnos más en las condiciones y cualidades corporales que heredamos de nuestros padres que en las tendencias de carácter moral que se despiertan o desarrollan a consecuencia de la vida común e íntima que con ellos hacemos. El autor de este testamento, lejos de desconocer la importancia y trascendencia de este segundo género de influjo, comienza con razón por él la narración de su vida.

[6] Esta franqueza en las opiniones políticas y este disimulo en cuanto a las creencias religiosas, es un contraste que desgraciadamente ha existido, casi sin interrupción, hasta el presente en nuestra patria. El testador disculpa, aunque no en absoluto, la hipocresía casi obligada que en cierto modo imponían los tiempos; más adelante veremos que, al dictar consejos a sus hijos en esta delicada materia, no vacila en recomendarles que no sacrifiquen su sinceridad a ninguna de estas consideraciones sociales, que si son a veces motivos que toma en cuenta el hombre desinteresadamente, son otras pretextos con que se escudan el egoísmo y el miedo. Realmente, tiempo es ya de que desaparezca aquella constante hipocresía, que si en otras épocas pudo ser imposición incontrastable, hoy sería tan solo un vicio sin disculpa.

[7] Aquellos que se contentan con inspirar a sus hijos una fe, y esperan que éstos sean fieles a ella solo por el hecho de ser la de sus padres, desconocen las circunstancias del tiempo en que viven. Privados de toda clase de armas para defender su creencia, corren el riesgo de verse envueltos en las redes de los sofistas y de perder hasta lo más esencial de la enseñanza religiosa que les impusieran.

[8] Hecho que es más frecuente de lo que se piensa. Créese generalmente, que la mujer no para mientes en estos y otros asuntos importantes, que se consideran fuera de su alcance por lo incompleto de su educación; pero olvidamos que la mujer, y sobre todo la española, suple con una intuición poderosa la falta de preparación conveniente; y por esto no echamos de ver muchas amarguras que devora en silencio, y pensamos que su existencia corre tranquila y ajena a ciertas preocupaciones y problemas, cuando tal vez están produciendo tempestades en el fondo de su espíritu.

[9] La distinción que aquí se hace, está muy en su lugar. Aquellos a quienes es más antipática la idea de la igualdad, no dejan de rendir culto a este principio, sobre todo en nuestro país, donde nunca hubo barreras infranqueables entre las distintas clases sociales; y los más preocupados en sentido opuesto, tampoco dejan de hacer distinciones entre las personas. Una cosa es la desigualdad ante la ley, el derecho y la moral, y otra la desigualdad natural que producen la educación, la cultura y todos los demás elementos que son imprescindibles para que los hombres se estimen mutuamente y vivan en una intimidad, que no es posible sin cierta comunidad de ideas, de sentimientos y hasta de modales y forma de conducirse en sociedad.

[10] “La verdadera piedad es una mezcla de respeto y de amor. Hé aquí la parte del padre y la de la madre en la educación religiosa: a aquel toca hacer comprender lo que tiene de austero y de imponente la idea de Dios; a ésta lo que esta idea tiene de consolador y de dulce para el alma: el uno inspira la obediencia y el respeto; la otra, la confianza y la esperanza; en fin, empleando la frase de un escritor alemán, el padre enseña al hijo a conocer a Dios; la madre le enseña a orar.” P. Janet: La famille, pág. 135.

[11] Por desgracia es muy frecuente lo contrario; esto es, que mientras la madre se afana por inculcar en el corazón de sus hijos las creencias religiosas, el padre permanece mudo e indiferente sin interesarse en esta obra piadosa, que deja confiada a su mujer, cuando no la contraría por falta de delicadeza y discreción, envolviendo, en sus observaciones y censuras, principios sanos y corruptelas abusivas; como, por ejemplo, cuando se confunden ligeramente los dogmas y las prácticas de una Iglesia con los vicios de sus sacerdotes.

[12] Esta exactísima observación debe tenernos muy en guardia, para no pronunciar ligeramente delante de nuestros hijos estos fallos, que pueden herir la reputación de un hombre, y levantar entre éste y aquellos antipatías y repugnancias infundadas. Y debemos cuidar asimismo de no graduar la censura de los hechos malos por el daño que a nosotros nos produzcan, sino por lo que son en sí. De otro modo daremos lugar a que nuestros hijos juzguen más severamente a una persona mediana que a otra mala, solo porque aquella ha sido con nosotros peor que ésta.

[13] El testador alude, a nuestro juicio, tanto a las agitaciones que proceden de los sistemas científicos de moral, como a las que se observan en la vida, y que llegan a convertir en virtudes convencionales preocupaciones y errores que son verdaderos vicios.

[14] Hace bien el testador en dar solo carácter de máxima a estas palabras, que pone en labios de su padre, pues claro es que no constituyen un principio; pero nos holgaríamos de que se tomara como tina regla de conducta para la vida. Si el hombre no se guiara en ésta por otros motivos que por aquellos que pudieran ser declarados en alta voz y ante las gentes, no veríamos tantas transacciones con el mal que el individuo fragua en el silencio, estimando buenas, razones que no se atrevería, sin embargo, a hacer públicas.

[15] Por fortuna este principio absurdo de educación ya no es por nadie mantenido cuando se trata de la enseñanza en las escuelas; pero desgraciadamente muchos padres aún lo creen de necesaria aplicación en el hogar doméstico, y no pocos pueblos lo aplican todavía a los delincuentes.

[16] Este es un error muy extendido, que se mantiene en gran parte merced a la confusión entre el amor propio y la noble y digna emulación.

[17] De esto nos da un ejemplo, digno de ser imitado, Inglaterra, donde la que llamamos primera enseñanza la reciben los hijos de sus madres entre las clases ilustradas.

[18] De estos dos fines de la segunda enseñanza, sólo suele verse el primero y no el segundo, que es tanto o quizás más importante que aquel. No se necesita ojo muy perspicaz para descubrir si el joven tiene vocación para las ciencias del espíritu o para las de la naturaleza, para las especulativas o para las prácticas, para las filosóficas o para las históricas, etc., dato esencial e importantísimo para la determinación de la profesión a que debe consagrarse.

[19] Véase lo que dice más adelante el testador con motivo de la carrera dada a sus hijos, punto importante que con frecuencia deciden los padres por motivos tan pueriles como el que aquí se indica, o por otros más serios, pero menos dignos aún.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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