Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

II
[Carrera y estudios]

A los diez y ocho años fui, pues, a estudiar medicina a la Universidad de.... Comencé trabajando por deber, digámoslo así, por corresponder a la bondad de mis padres, no hacer estériles sus sacrificios y darles este gusto. Luego, cuando se trataba de ciertas asignaturas, notaba que instintivamente me complacía más en su estudio que en el de otras, siendo aquellas las que tenían un carácter más teórico, éstas las que los tenían más bien práctico; y noté también que me sentía más atraído hacia aquellos profesores, consagrados tan sólo a la enseñanza, que no hacia los que a la par ejercían la profesión; y por lo mismo, cuando fantaseaba yo mi porvenir, deseaba ser científico, no médico[1].

El día que terminé mi carrera, al contrario de lo que sucedía al parecer a mis compañeros, estaba yo triste y preocupado. No sentía deseos de ejercer la profesión, ni me llevaba a ello la vocación, ni, después de hacer examen de conciencia me sentía con conocimientos bastantes al efecto[2]. Pero de otro lado, el mundo de la ciencia, que era el que me atraía, estaba cerrado por todas partes para mí, y al mismo tiempo consideraba como punto de honra el vivir por mí mismo y no ser gravoso a mis padres, cuando tenía veinticinco años y un título profesional[3]. Rendíme, pues, a lo que entonces me pareció una necesidad[4], y comencé a ejercer la profesión. Momentos de angustia pasé durante mucho tiempo, porque frecuentemente me asaltaban escrúpulos y dudaba de mi suficiencia, no bastando a acallarlos ni el estudio que hacía para cada caso, ni las observaciones de los médicos viejos, en quienes me parecía que la práctica había embotado algo, que importa a todo hombre mantener cada vez más delicado y vivo[5].

El único consuelo que encontraba, en medio de mis vacilaciones y temores, era el estudio, no sólo de aquellas ciencias que más me habían interesado durante la carrera, sino de las físicas y naturales con ellas relacionadas; porque además de encontrarme como en mi elemento en medio de este estudio desinteresado, los adelantos que en él hacía convertían en esperanzas lo que antes habían sido ensueños: el consagrarme a la ciencia y a la enseñanza[6]. Si yo llegaba a conseguir esto, habría encontrado a un tiempo la esfera de acción a que me llamaban mis inclinaciones y la tranquilidad de mi conciencia[7].

El estudio me produjo, de otra parte, una crisis dolorosa en verdad, pero inevitable y a la postre beneficiosa para mi espíritu. Durante mi carrera nunca se apoderó de éste el materialismo, las más veces envuelto en la enseñanza médica[8]. Repugnábalo yo por instinto, por educación, por mis convicciones religiosas, y hasta a causa de ciertos principios en que me había afirmado, no tanto estudiando como pensando y reflexionando, pues siempre venía a parar a esto; que el profesor que me enseñaba, conocía sin duda mejor que yo lo que en mi cuerpo pasaba; pero que en mi ser pasaban otras cosas que yo conocía mejor que él, o bien que yo sólo sabía[9].

Mas el estudio de las ciencias naturales influyó en mis creencias religiosas. Comenzó la crisis, dudando de la exactitud de la cosmogonía bíblica; y como el catolicismo es un sistema en que todo está enlazado y todo cae al suelo cuando no se cree en la inspiración divina de los libros sagrados, la primera duda que asaltó a mi espíritu me produjo como un estremecimiento general, porque vi de seguida que se trataba de lo que más importa al hombre en la vida[10]. Desde entonces compartía el tiempo que podía consagrar al estudio entre las ciencias, a cuya enseñanza aspiraba, y lo que puede llamarse filosofía y critica religiosa[11].

Al fin logré ver realizadas mis aspiraciones de ser profesor. En 18... obtuve la cátedra de Fisiología en la Universidad de... y me consagré con ardor a la propagación de la verdad, abandonando por completo el ejercicio de la profesión. En este punto estaba satisfecho y era feliz; sobre todo después de pasados los primeros años, en los que el amor propio y la vanidad tomaban en mis trabajos y en mi conducta una gran parte a que, según comprendí más tarde, no tenían derecho[12].

Quedábanme dos cuestiones que resolver: la religiosa y la de mi matrimonio, entre las cuales no dejaba de haber alguna relación.


Notas

[1] El estudio de la vocación de los jóvenes no debe terminar en el momento en que eligen una profesión, sino que así ellos como sus padres han de atender a la dirección que toma aquella entre las varias que son posibles dentro de una carrera. Así, por ejemplo, los que se consagran al estudio del Derecho pueden ser en su día magistrados, abogados, políticos, etc., cada una de cuyas profesiones pide disposiciones especiales.

[2] No es muy frecuente hoy este escrúpulo, y menos entre los que ejercen la medicina. Al contrario, asombra la serenidad con que jóvenes apenas salidos de las aulas se dedican a la práctica de su delicada profesión.

[3] ¡A cuántos ha obligado esta consideración a dividir, por decirlo así, su actividad, consagrando una mitad de su tiempo a aquello a que la vocación les llamaba; la otra mitad a procurarse medios de vida! Nadie dejará de estimar más progresivas las condiciones de los pueblos en que el hombre, que seriamente se consagra a la ocupación que cuadra a su modo de ser, encuentra a la par en ella los medios necesarios para vivir, que no aquellos otros donde se da el caso, por ejemplo, de que el hombre perito en Derecho se haga rico y poderoso si se dedica al foro, y se muera de hambre si se dedica al estudio y propagación de las ciencias jurídicas.

[4] Esta frase parece revelar cierta duda acerca de si él testador hizo bien o mal en someterse a lo que le pareció una necesidad. Con este motivo recordamos una crisis dolorosa que pasó un alma purísima que se encontró en un conflicto análogo al que aquí se refiere. Llevábale la vocación, y obligábale el deber, a consagrarse a la enseñanza; pero por circunstancias singulares la módica retribución a que tenía derecho no llegaba a sus manos; así que tenía que procurarse el sustento trabajando en otro orden de cosas muy distinto. Ahora bien; como esto le distraía naturalmente una parte del tiempo que él, no sólo deseaba, sino que creía obligado consagrar a la ciencia, vacilaba entre continuar dividiendo su atención entre ambas cosas o renunciar a la que le procuraba el pan de cada día, consagrándose por entero a la que conformaba con todas las exigencias de su espíritu y de su conciencia; duda angustiosa, que trazó en algunos elocuentes renglones, que tuvimos ocasión de ver poco después de bajar a la tumba nuestro amigo, y que respiraban tal unción religiosa, que nos pareció una verdadera y piadosa oración. Todos los argumentos y observaciones que surgían de la necesidad de vivir, de la imposición de las presentes circunstancias sociales, le parecían de escasa fuerza ante la consideración de que el hombre debe seguir su caminó, ir derecho a su fin, dejando todo lo demás a la Providencia. De aquí la duda dolorosa que asaltaba a su conciencia recta y piadosa: “¡Yo no creo en ti, Dios mío, decía, puesto que dudo de tu auxilio infalible, de tu intervención innegable en la vida!” Cuestión delicada la aquí propuesta, y en el testamento vislumbrada, que no pretendemos resolver de plano; pero séanos lícito protestar contra el sentido reinante, según el que cada cual camina tan sólo en busca del mayor provecho material, sin atender a sus facultades y vocación; y aun contra la excesiva facilidad con que se deja una esfera de actividad por otra, convenciéndose demasiado pronto de que es una imposición de las actuales condiciones de la vida de un pueblo.

[5] No tenemos por injusto el cargo que aquí hace el testador a sus comprofesores. Se comprende que el hábito engendre en el espíritu de los médicos aquel temple de alma y aquella serenidad, sin los que sería imposible el ejercicio de su profesión; pero no tienen disculpa la frialdad e indiferencia conque frecuentemente aparecen en medio de tristes y dolorosas escenas de familia, haciendo una distinción arbitraria entre lo que llaman sus deberes profesionales y sus deberes, de hombre; y menos aun, si cabe, que la consideración de las graves consecuencias de sus desaciertos no les aguijonee a trabajar constantemente en vez de aletargarse en una inacción criminal.

[6] Esto es lo que cuando menos debe hacer el que por circunstancias extraordinarias se ve obligado a separarse de su camino: no perderlo nunca de vista, y considerar como meramente provisional el apartamiento del mismo, formando siempre el firme propósito de volver a marchar por él tan pronto como sea posible.

[7] Parecerá a algunos extraño que esto se considere como asunto de conciencia. Sin embargo, nosotros creemos con el testador que lo es realmente, y no mera cuestión de gusto y de comodidad. Seguir el camino que la vocación nos señala es atender a la voz de Dios, que tiene señalado su puesto en la obra de la vida a todos, desde el más humilde obrero hasta el más profundo pensador. Por no atender a esto, se mira el trabajo como una pena a que se somete el hombre como a una dura necesidad.

[8] Hecho que ha tenido lugar en España a despecho de todas las restricciones legales, y que es una prueba manifiesta de la impotencia de estas.

[9] Estas palabras del testador nos traen a la memoria la notable distinción entre los hechos del cuerpo y los del espíritu hecha por el ilustre Jouffroy.

[10] Esta es la diferencia entre el orden religioso y el científico, sobre todo cuando somos miembros de una Iglesia que impone todo un código de dogmas y principios. La trasformación de nuestras ideas y convicciones es continua y lenta y raras veces reviste un carácter total y consiguientemente crítico para nuestro espíritu; mientras la de nuestras creencias, por lo general, o se mueve en una esfera limitada y estrecha, o pasa bruscamente de un estado a otro estado, rompiendo de golpe, por decirlo así, la tradición de nuestra conciencia, y dejándola por lo mismo huérfana por más o menos tiempo de guía en la vida. De aquí la impresión honda y dolorosa que produce el comienzo de la crísis religiosa de la conciencia a que alude el testador.

[11] En efecto: interesan por igual estos dos aspectos o estudios de la Religión. Sin la convicción, que sólo la filosofía puede dar, de la existencia de un Dios y de los fundamentos permanentes de aquella, el estudio de la historia no nos sacaría de la duda de si las manifestaciones religiosas, aunque hasta hoy constantes, están llamadas a desaparecer, como tantos piensan en nuestros días, o si, por el contrario, responden a un fin esencial y permanente de la vida que tiene su raíz y fundamento en la misma naturaleza humana. De aquí que la doctrina que proclama la incapacidad de la razón humana para llegar al conocimiento de Dios, y levanta luego sobre las ruinas que amontona la revelación directa y extraordinaria del Ser Supremo, incurra en un absurdo y en una contradicción, puesto que no es posible tener fe en la palabra de un ser ignoto, de un ser cuya existencia no nos es dado conocer.

[12] Véase lo que dice más adelante el testador al historiar su vida de profesor.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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