Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

III
[Matrimonio: crisis religiosa]

Estimo como la mayor dicha de mi vida y por la que más gratitud debo a Dios, el haber conocido a la que ha sido y es dulce y cariñosa compañera de mi vida, y con la que he realizado el consortium omnis vitae del jurisconsulto romano. Por sus cualidades personales, por su educación, por las condiciones morales de su familia[1], por todo, venía a llenar las exigencias, que no eran pocas, que yo había formulado siempre allá en mi interior cada vez que había pensado en contraer matrimonio. Sólo había una nube en aquel cielo de mi dicha, y por lo mismo que ésta habría sido completa sin aquella, me preocupaba y apuraba más el caso. Durante los años de nuestras relaciones amorosas, en proporción que la intimidad había ido creciendo, la confianza aumentaba, y al fin ni había entre nosotros secretos, ni cosa o asunto de uno, que no lo tomara como propio el otro; vicisitudes de la vida, esperanzas, ensueños, temores, todo nos lo comunicábamos... menos lo referente a Religión.

Había yo continuado mis estudios en este orden sin conseguir hasta entonces salir de dudas. En medio de la angustia que estas producen, me sostenían dos cosas: una, que nunca vacilé en punto a la existencia de Dios; otra, que nunca dejé de mirar con respeto y amor al Cristianismo. Creí siempre en Dios, no sólo por motivos de sentimiento y de educación, sino principalmente porque de la dualidad de cuerpo y espíritu, ninguno de los cuales fundamento y causa del otro, surgía para mi la necesidad de un ser que fundara a ambos[2]. Respeté y amé siempre el Cristianismo, porque encontraba que, cualquiera que fuera la parte traída a su doctrina por los tiempos, quedaba siempre en pié su moral pura, sublime y desinteresada. Así que en medio de mis dudas, yo creía en Dios, en la Religión y en Cristo, y estimando grave y delicado abandonar una fe sin previo y maduro juicio[3], continué practicando el culto, procurando dar una explicación racional a aquellos ritos que a primera vista me repugnaban, pues sin esto no se habría aquietado mi conciencia, y aun con ello más de una vez me mortificaba[4].

Al principio de nuestras relaciones yo no tenía que hacerme ninguna violencia. En el tiempo a que me refiero, en España nadie se ocupaba de Religión, fuera de aquello que iba mezclado con las cuestiones políticas; pero sin que dejaran por eso unos y otros de llamarse católicos, aunque con frecuencia no fuera verdad[5]. Además yo había contraído el hábito de no hablar con nadie de esta materia, principalmente porque apenas si era posible encontrarse sino con fanáticos o con volterianos; aquellos no me habían de oír a mí, ni yo quería oír a éstos; no esperaba encontrar en los primeros amor y caridad, no obstante creerse tan cristianos; ni en los últimos luz y ciencia, a pesar de creerse tan sabios[6].

Pero fue pasando el tiempo, y creciendo la intimidad entre nosotros, y como mi mujer suplía la escasa educación que se daba y aún se da hoy al sexo femenino en España, con una razón clarísima y una inteligencia verdaderamente asombrosa, sucedía a veces que, rodando la conversación, venía a recaer sobre puntos que se relacionaban con la Religión. Cuando estos eran de aquellos sobre los que yo no tenía una fe firme, procuraba con arte pasar a otros en que ambos creíamos, y cuando se trataba de dogmas o ritos qué podían tener una explicación racional, yo la daba, sintiendo una gran satisfacción cuando veníamos así a comulgar en unas mismas creencias; pero pena y hasta remordimiento al pensar que yo ocultaba a quien todo lo decía precisamente la crisis más grave de mi vida, la que más preocupaba a mi espíritu y más interesaba a mi conciencia. En medio de la vacilación que esto me producía, me decidieron a continuar callando dos cosas; una, la esperanza de que yo pudiera salir de esta crisis confirmándome en mi antigua fe[7], que era la de ella; otra, la circunstancia de seguir yo practicando el culto en medió de mis dudas, pues en otro caso, además de callar, habría tenido que ser hipócrita, lo cual me repugnaba en extremo. De todos modos, me disgustaba esta reserva, y me remordía la conciencia cuando en momentos de preocupación ella me preguntaba la causa, y yo evadía la contestación o no decía la verdad, porque la causa de aquella era la cuestión religiosa; y más aún me daba que pensar lo que habría de hacer más adelante, cuando ella fuera mi mujer, si la solución de la crisis por que pasaba mi conciencia venía a producir la sustitución de mi antigua fe por otra nueva. Sin embargo, con la esperanza de que tal caso no llegara y con el ansia de unirme para siempre con la que tanto amaba, callé y contraje matrimonio[8].

Había perdido ya a mis queridos e inolvidables padres, cuyo recuerdo vivirá siempre en mi memoria, porque, no por fórmula, sino como expresión de la verdad, había yo hecho poner sobre sus sepulcros aquel texto del Antiguo Testamento: pelle et carnibus vestisti me, ossibus et nervis compegisti me, etvisitatio tus custodibit spiritum meum. Por esto me sentía feliz al verme unido a la que tanto amaba, constituyendo así la familia que había de sustituir a la deshecha por la muerte, que no hay dicha posible fuera de esta sociedad íntima, santa y natural[9]. Tenía cátedra, home...: lo habría tenido todo, si no hubiera continuado aquella penosa crisis religiosa.

Durante los primeros años de nuestro matrimonio fue más llevadera mi situación en este punto, porque el estado de mi conciencia era próximamente igual al descrito con motivo de mi trato con la que fue y es mi mujer y mi conducta análoga. Sin embargo, como la intimidad entre nosotros era naturalmente mayor, el secreto de lo que en mí pasaba era más mortificante, y me preocupaba sobre todo lo que habría de hacer, si aquella crisis se resolvía algún día en cierto sentido, no sólo respecto de mi mujer, sino de nuestros hijos[10].

Con tres nos favoreció el cielo; todos a Dios gracias vivos para dicha de sus padres, que no tienen hoy otro gozo más puro ni más grande que verlos y contemplarlos. Cuando nació el primero, pensé en la grave responsabilidad que sobre mí había echado[11], y me propuse atender muy seriamente a la educación de mis hijos, estimándolo como un deber tan exigido como el que más.

Durante su infancia, su buena y virtuosa madre les inició en los deberes morales y religiosos, tomando yo a mi cargo, a la par que ayudar en aquéllos respecto a mi mujer, el completar y rectificar la enseñanza que se les daba en la escuela. Pero llegó el día en que los dos mayores comenzaron los estudios de la segunda enseñanza, y a la par que ellos se aproximaban a la edad en que el hombre se pide a sí mismo cuenta de lo que piensa, estimulándole a ello, sobre todo, el carácter crítico de la época presente, mis dudas religiosas iban caminando a una solución; y como no era ésta la que yo había deseado, el conflicto que tanto temiera se agravaba, pues que era imposible continuar como hasta entonces, a menos de engañar a la que me creía incapaz de falsía, y de ser ante ella y ante el mundo hipócrita; y además surgía la grave complicación de la educación de nuestros hijos.

Después de muchas vigilias y angustias, que más de una vez me costaron lágrimas de sangre, llegó un día en que, examinando serenamente mi conciencia, encontré que podía formular mi profesión de fe diciendo: creo en un Dios personal y providente, al que me considero íntimamente unido para la obra de la vida, que por esta consideración debe revestir el carácter de piadosa, y respecto del cual me reconozco dependiente y subordinado como ser finito; siendo esta intimidad y esta dependencia el doble fundamento[12] en que se asienta la Religión, la cual es a la vez forma de la vida toda, en cuanto nuestros actos han de llevarse a cabo en vista del destino universal y en acatamiento a las leyes y voluntad de Dios, y fin sustantivo y propio, teniendo en este sentido como manifestación exterior el culto, del cual es el elemento esencial y primordial la oración[13]; creo en la vida futura, y por tanto en la inmortalidad de nuestro ser, de nuestro espíritu con un cuerpo, habiendo de conservar siempre el hombre su individualidad esencial, no la pasajera y temporal, debida a las circunstancias de la vida terrena; y habiendo de encontrar todos, más pronto o más tarde, según sus merecimientos, un momento en el infinito tiempo en que se regeneren y salven; creo que la providencia de Dios alcanza, como su amor, a todos los pueblos y a todas las épocas[14], que en toda la historia se muestra igualmente, y que preside por tanto a todas las revelaciones religiosas verificadas en la conciencia humana a través de los siglos, en las que por lo mismo hay siempre un elemento divino y eterno al lado del temporal y transitorio; creo que la manifestación más alta y más divina de la vida religiosa hasta hoy es la cristiana, en cuanto ofrece al hombre coreo ideal eterno el Ser absoluto e infinito, como ideal práctico la vida santa de Jesús, como regla de conducta una moral pura y desinteresada, como ley social el amor y la caridad[15], como dogma el Sermón de la Montaña, como culto la Oración dominical[16].

Siendo esta mi creencia religiosa, yo podía continuar rezando el Padre-nuestro, que aprendiera de labios de mi inolvidable madre; pero no podía recitar aquel Credo que también ella me enseñara, pero que definitivamente no era, ya el mío. ¿Qué hacer entonces? Dos caminos se me presentaban: o seguir ocultando a mi mujer lo que en mi espíritu pasaba, o decírselo todo. Si hacía lo primero, además de lo mucho que me repugnaba semejante ocultación respecto de la persona con quien vivía, salvo en esto, en completa intimidad, me vería obligado a seguir practicando un culto que en muchos puntos no estaba conforme con mis convicciones, y recordaba aquellas palabras del inolvidable Aparici y Guijarro: “las circunstancias pueden obligar a un hombre al silencio; a mentir, jamás”[17]. Si hacía lo segundo, me horrorizaba al pensar el efecto que tan inesperada revelación podía producir en mi mujer. Si su fe quedaba inquebrantable, ¡qué pena y qué angustia no asaltarían a su espíritu al ver que no era aquella la fe de su marido! Si por acaso su creencia vacilaba, era posible que mi confesión fuera para, ella el comienzo de una crisis análoga a la que a mí me había preocupado durante años, pero más terrible y dolorosa por la diferencia del sexo y de la edad[18].

Mientras vacilaba, sin saber por qué solución optar, continué como antes, lo cual equivalía a tomar uno de dichos caminos; pero la conciencia me dijo muy pronto que no era posible seguir por él. Por más que yo procuraba prescindir de la forma de las ceremonias religiosas y atender tan sólo al sentido que pudiera esconderse en su fondo, siempre venía en último resultado a parar en que muchas de ellas respondían a dogmas y principios que no aceptaba mi espíritu, y que el tomar en ellas parte argüía una comunión[19] en ciertas ideas que en cuanto a mí no era verdad; y me parecía por lo mismo que aquella hipocresía causaría más pena a mi mujer, si la supiera, que la clara y explícita declaración de mi propia fe[20]. Decidí, pues, descargar mi conciencia de aquel peso, que se iba haciendo ya insoportable, tomándome, sin embargo, algunos días para pensar el plan según el que había de llevar a cabo aquel acto tan trascendental, como que acaso envolvía la felicidad de mi mujer, la de mis hijos y la mía.


Notas

[1] Circunstancia de que se prescinde con frecuencia, recogiendo más tarde el fruto de semejante laxitud. Aparte de que importa mucho al hombre tomar en cuenta la atmósfera moral en que se ha educado su mujer, cuando aquella no es la que fuera de desear, surgen de las complejas relaciones que engendra el matrimonio conflictos que son insolubles, faltando cierta comunidad de principios morales entre todos los llamados a resolverlos.

[2] Por esto el materialismo conduce naturalmente al ateismo; mientras que esta dualidad, no de esencia, sino de ser, como dicen los filósofos, que se da en nuestra naturaleza, lleva consigo la exigencia de otro que funde a ambos, ya que ninguno de ellos es razón y fundamento del otro.

[3] Contrasta esta discreción con la ligereza reinante, que es causa de que a veces una palabra suelta o una burla aparten a un individuo de una comunión religiosa, viniendo así la duda frívola y ligera a producir el efecto que sólo corresponde de derecho a la reflexión, seria, detenida y severa.

[4] Esta transición de una a otra creencia, parece la más racional, si atendemos a las leyes generales que presiden a las evoluciones de nuestro pensamiento; pero difícil tratándose de una Religión positiva, que llega a decir por boca de sus adeptos: o todo o nada. Así se explican bien las mortificaciones a que alude el testador.

[5] Desgraciadamente esto todavía sucede hoy.

[6] Tampoco en este punto han cambiado esencialmente, o por lo menos tanto cuanto es de desear, las condiciones de nuestra sociedad. El creyente mira al que no lo es como un apestado y vitando, sospechando o diciendo que probablemente se ha desligado de una creencia religiosa determinada, para vivir más a sus anchas; cuando tal vez se ha quedado con los deberes y las responsabilidades que aquella le imponía, y sin sus consuelos y esperanzas. En cambio todavía abundan los esprits forts que de la vida licenciosa de un cura o de las exageraciones de una beata, se elevan rápidamente a la negación de Dios, o a pronunciar, cuando de esto se trata, un ¡quién sabe! en tono misterioso, como si fuera fruto aquella duda de una continua y constante reflexión.

[7] Si en medio de las crisis religiosas por que pasa la conciencia del hombre, perdemos aquella completa imparcialidad que es deber nuestro mantener, es más bien porqué nos inclinamos del lado de la antigua fe, sobre todo cuando a ello conspiran, además del amor que se tiene siempre a las creencias que recibimos de nuestros padres y que durante muchos años han sido base de nuestra existencia, el medio social en que se vive por alcanzar aquellas reconocimiento casi universal. Por esto es irracional y hasta inhumano indicar siquiera, en un país como el nuestro, a un espíritu serio y juicioso que se ha apartado del catolicismo, que lo ha hecho así como por gusto, o comodidad, o moda, o por lo menos con ligereza. La historia referida en este testamento muestra la serie de conflictos y problemas, a cual más graves y delicados, que producen estas crisis, los cuales se habría ahorrado su autor permaneciendo en el seno de la Iglesia. No es extraño por lo mismo que se traduzca en el fondo del pensamiento del testador el deseo de que la crisis se resolviera en el sentido favorable a su antigua fe.

[8] Algunos encontrarán que fue debilidad el hacerlo; pero no habrá quien deje de disculparlo. El testador creía seguramente en conciencia que era esta unión de aquellas dispuestas por Dios, que no debían estorbar obstáculos creados por los hombres, y que él presentía habrían de ser removidos en su día con el auxilio de la Providencia.

[9] Esta necesidad de la vida de familia nunca se muestra tanto como cuando las circunstancias nos tienen por largo tiempo alejados de ella, o la disolución de aquella en que hemos nacido nos sorprende sin haber creado la propia, o las complejas relaciones de la existencia nos incapacitan para fundar esta. Es intento vano el pretender sustituirla con cosa alguna. Ni la amistad con todos sus consuelos y generosos auxilios, ni el estrecho parentesco con todo el cariño que engendra, ni el trato social con todos sus encantos y atractivos pueden hacer sus veces. “Nada de esto basta; no es suficiente encontrar fuera una mano amiga, una palabra simpática, corazones afectuosos; lo que principalmente nos abruma es la soledad del hogar doméstico, es su interior vacío y desierto, es la ausencia de un ser fiel con quien poder contar durante la enfermedad, en los días de alegría y de penas y en el momento supremo. Por esto se ve con frecuencia unirse el amigo con el amigo, el hermano con el hermano, y lo que es aún más tierno y delicado, el hermano con la hermana, el hijo con la madre. Pero estas imitaciones o desmembramientos de la familia no son toda la familia, no son la misma familia; no son más que un boceto o restos de ella.” Paul Janet: La Famille, pág. 29.

[10] Cuestión delicada, que en vano han tratado de resolver con los secos preceptos de la ley aquellos países en que son frecuentes los matrimonios entre individuos de distintas comuniones religiosas, aunque no es nuestro intento negar la necesidad de que sobre esto estatuya el legislador.

[11] Si el deber de los padres estuviera reducido a alimentar al hijo, encomendar su educación a manos mercenarias y darle una carrera, no sería tan grave esta responsabilidad; pero seguramente lo entendía de otro modo el autor de este testamento, como podemos juzgarlo por el contenido del mismo.

[12] De estos dos aspectos de la Religión, al segundo es al que atienden únicamente muchos que pasan y se creen personas piadosas, degenerando a veces este punto de vista parcial en un culto puramente externo, seco, desligado de la vida, que nada influye en ésta, ni a ella trasciende para nada, resultando así un ateismo práctico; que de poco sirve creer en Dios, si luego se vive como si en él no se creyera.

[13] Un escritor católico, el padre Layet, dice, hablando de la oración: "se da este nombre a la reflexión en el lenguaje de la piedad.” (El cuarto de hora de soledad). ¡En cuán pocos es esto la oración!

[14] Este modo de concebir la Providencia divina es ciertamente más piadoso y más conforme con la naturaleza de Dios que aquel otro en virtud del cual se supone que el pueblo hebreo primero y los cristianos después son los únicos favorecidos por una asistencia especial del Ser Supremo; como si la historia de todos los demás careciera de valor y merecimiento, y como si no se descubriera la intervención de la Providencia en otros hechos que en los del orden religioso. ¿La Filosofía de Grecia y el Derecho de Roma; por ejemplo, no son nada en la historia de la humanidad?

[15] La idea de humanidad es indudablemente una creación del Cristianismo. Puede ser éste en otros puntos de su doctrina trasformación y síntesis de principios traídos antes a la vida por la filosofía y la religión; pero aquella idea, con su sentido propio y trascendental, es obra suya. En todo individuo, por bajo que haya caído, reside siempre el fondo del hombre esencial; de aquí se deriva su permanente valor y dignidad, y en esto se funda el amor que debemos a todos, porque en todos debemos amar al hombre, o, como dijeron los cristianos, ya que nadie como Jesús ha realizado en la vida con tanta gloria y esplendor la naturaleza humana en su esencia y pureza, debemos amar en todos los hombres a Cristo.

[16] La profesión religiosa que aquí hace el testador es, en sus rasgos generales, la del llamado unitarismo y también cristianismo liberal, punto de conjunción en que han venido a encontrarse la filosofía y la religión positiva, el teísmo racionalista y el cristianismo protestante, y que cuenta numerosos adeptos en Suiza, Francia e Inglaterra, y más aún en los Estados norte-americanos, patria del ilustre Chaning y de Packer. Piénsese lo que quiera de esta tendencia, siempre resulta un progreso evidente, respecto de la época inmediatamente anterior, en cuanto de un lado se afirma la religión como fin a la par formal y sustantivo, y se reconoce el valor sustancial de las manifestaciones históricas de la vida religiosa, singularmente de la cristiana; y de otro, se prescinde del espíritu estrecho dogmático y se abren los moldes antiguos a las nuevas concepciones, haciendo entrar esta esfera de la existencia en las leyes generales que presiden al desarrollo de la humanidad.

[17] Palabras que debieran tener presentes los correligionarios del ilustre orador, cuando piden la consagración de unos principios de derecho que ponen al ciudadano en la precisión de escoger entre la expatriación o la mentira. Por lo demás, la frase de Aparici nos recuerda esta otra de Kant: “aunque todo lo que se diga debe ser verdadero, no por eso es un deber decir públicamente toda la verdad.”

[18] Muchos se han visto en una situación análoga, cuando no igual, a la que aquí se refiere. Comunicamos con entera libertad a las personas intimas y queridas todas nuestras ideas políticas, filosóficas, económicas, etc., e instintivamente nos detenemos y guardamos silencio si se trata de las creencias religiosas, cuando entre las suyas y las nuestras hay diferencias esenciales. La explicación de esto podemos encontrarla en lo que en otro lugar hemos dicho acerca del modo como se verifica la trasformación de nuestras ideas en esta esfera, a distinción de las otras.

[19] De aquí que la pena de excomunión sea la más natural en toda Iglesia, como lo es la expulsión, que impone en casos análogos toda sociedad, cualquiera que sea el orden a que pertenezca.

[20] Sin embargo, por una aberración inconcebible la sociedad con frecuencia absuelve en estos casos al hipócrita y condena al hombre sincero.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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