Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

IV
[Solución de la crisis religiosa]

Favorecióme para esto el que de antiguo, en la previsión de que tal caso llegara, había yo procurado despertar en el espíritu de mi mujer ciertos sentimientos y desarraigar de él ciertas preocupaciones[1]. Cuando en mis lecturas de los filósofos y escritores paganos, protestantes o racionalistas, tropezaba con un pasaje, que contenía alguna idea grande, bella o moral, se lo leía, y de este modo fue perdiendo la opinión equivocada, pero tan frecuente entre los católicos, especialmente entre los españoles, de que dentro de su religión todo es bien, luz y verdad; fuera de ella todo mal, error y tinieblas[2]; y fue aprendiendo a reconocer que fuera del catolicismo han vivido y viven grandes caracteres y hombres virtuosos, dignos, no sólo de respeto, sino también del amor que exige la razón y predica el Cristianismo. Procuré principalmente poner ante su vista la historia de aquellos espíritus que habían atravesado una crisis religiosa, análoga a la que durante tantos años me había atormentado, despertando en ella la simpatía hacia sus dolores y sus angustias, para que, lamentando sus errores, hiciera justicia a la sinceridad de almas generosas, que eran ciertamente más dignas de respeto y aplauso que tantos como por pereza, por miedo o por mundanales conveniencias, desatienden el deber de razonar su fe para afirmarse en ella o abrazar otra nueva, y continúan practicando un culto por costumbre o por hipocresía. Por último, yo había puesto un especial cuidado en hacer patente ante sus ojos el abismo que separa al hombre irreligioso por frivolidad, al volteriano vulgar, al escéptico ligero y mundanal, del pensador sincero y piadoso, que respeta todas las manifestaciones del espíritu religioso, que se aparta de una comunión por exigírselo imperiosamente la conciencia, y que en medio de las vicisitudes de su creencia conserva vivos en su alma; los eternos fundamentos de la Religión[3]. Todo esto constituía una excelente preparación para llevar a cabo mi delicado propósito.

Dióme motivo para abordar la cuestión, una polémica entre dos periódicos acerca de la apostasía de un sacerdote[4]. El que pretendía ser eco fiel del catolicismo, la presentaba como el hecho más indigno y repugnante de que es capaz el hombre: era renegar de Dios. El otro contestaba que esto era cierto cuando un hombre abandonaba su religión por razones livianas o egoístas, pero no cuando lo hacía por motivos puros, dignos y desinteresados, y porque en su conciencia una fe había sustituido a otra fe. Mi mujer creía que estaba en lo cierto el primero de estos periódicos, y la consecuencia con respecto a mi situación era tan triste, que no pudo menos de notar la profunda impresión que en mi había producido, según supe después. Yo entonces, con calor y hondamente afectado, le dije: “No, vida mía, eso ni es racional, ni cristiano; muchos mahometanos y judíos, al convertirse al Cristianismo; muchos protestantes ilustres, al convertirse al catolicismo, han oído que sus antiguos correligionarios les gritaban, !apóstata! ¡apóstata! La Iglesia que recibe en su seno a un nuevo adepto, se regocija y le llama convertido; la Iglesia que lo pierde, le condena y le llama apóstata. Si el que muda de religión lo hace de buena fe y oyendo la voz de su conciencia, su hecho es una conversión; si de mala y haciendo traición a su creencia, su acto es una apostasía; aquella, feliz o desdichada, es siempre digna y respetable; ésta, desdichada o feliz, es siempre indigna y vituperable. De otro modo lo lógico sería que cada cual permaneciera en la religión en que ha nacido; y si tiene la fortuna, de sospechar o vislumbrar otra más progresiva, más perfecta y más santa, ahogar esta voz imperiosa y seguir practicando el culto; y si esa voz se levanta y puede más que el deseo, y la creencia antigua muere y otra nueva nace en el corazón, seguir, seguir siempre la mismo; continuar adorando con el cuerpo lo que antes se adoraba con el alma, haciendo por rutina lo que antes se hiciera por exigencia del espíritu, convirtiendo la oración, hasta entonces conversación mística con Dios, en movimiento mecánico del organismo, utilizando las ceremonias santas y augustas, que antes simbolizaban misterios divinos y la comunión con los fieles de una Iglesia, como medios para engañarla los hombres, a la sociedad, a todos... menos a Dios. Esto, en una palabra, equivale a decir: sé sincero, y te llamarán apóstata; sé hipócrita, y te llamarán hombre de honor. ¿No te parece esto un absurdo, una aberración?”[5].

Mi mujer, que me había escuchado con aquel interés que pone el que quiere penetrar algo que se esconde detrás de lo que se dice, y con aquella preocupación y ansiedad que hacen que en tales momentos nos parezca que en nuestro rededor todo duerme, el mundo y la naturaleza, para que no perdamos ni una sola sílaba de lo que se nos dice, replicó:

–Queridísimo de mi alma, nunca te he oído hablar con tanto calor, ni tan conmovido. Hay en tu voz, en tu entonación, en tu fisonomía, algo que no he visto otras veces, aun cuando defendieras ideas o creencias que te son muy caras. Me parecía, al oírte, que hablabas como si temieras que el dictado de apóstata pudiera caer sobre alguna persona para ti muy querida[6].

–Sí, esa es la verdad, repuse yo. Conozco un hombre que sintió vacilar su fe; que, no pudiendo vivir en la duda, trabajó día tras día y año tras año, para afirmar aquella o formar otra nueva; que, al cabo de sentir muchas tempestades en el espíritu y el corazón, encontró alimento para sus aspiraciones religiosas, tranquilidad para su conciencia; y que hoy, al mismo tiempo que eleva su oración a Dios y le da gracias por haberle vuelto la paz del alma, mira con espanto al mundo, porque teme que en nombre de ese mismo Dios y de aquel que dijo: paz a todos los hombres de buena voluntad, la sociedad le acuse, le vitupere y lo persiga llamándole apóstata[7]; y teme otra cosa más horrible; teme que por ello corran peligro lo que es centro de su vida y embeleso de su existencia, la simpatía de amigos queridos[8], el cariño de sus hijos adorados... el amor de su mujer idolatrada.

Debí pronunciar estas últimas palabras con tal acento, y tanto debió retratarse en mi fisonomía lo que en mi interior pasaba, que mi mujer, que había ido palideciendo según yo hablaba, comprendió que la sospecha que había cruzado por su espíritu, era una triste realidad. Entonces, estrechando mis manos entre las suyas, me dijo con una expresión de cariño inexplicable:

--¡Oh! no, si esos amigos, esos hijos y esa mujer son cristianos, no pueden dejar de amarle.

Me sería imposible describir el efecto que en mí hicieron estas palabras. No sólo vi en ella que quedaba a salvo lo que, a perderlo, me habría cansado en el alma el frío de la muerte, sino que comprendí instantáneamente que, teniendo esta poderosa palanca, todo lo que yo ansiaba era posible. El amor del Cristianismo, amortiguado, cuando no muerto, en tantas almas católicas, resplandecía en el espíritu de mi mujer, reflejando la vivísima luz del Sermón de la Montaña y de la Parábola del Samaritano.

Después de algunos momentos de efusión, que es inútil y difícil describir, y de verter también lágrimas, que con ellas se inaugura nuestra vida en la tierra y cada una de las crisis que durante ella determinan otros tantos renacimientos, yo procuré explicar a mi mujer la terrible pesadumbre que por espacio de tantos años había llevado sobre mí con el secreto de mis dudas primero, y de mis nuevas creencias después; y cómo había resuelto abrir ante sus ojos, como antes lo hiciera ante los de Dios, mi conciencia religiosa, única cosa que había permanecido oculta hasta entonces para la dulce compañera de mi vida. Hícela a seguida la historia de todo mi pensamiento, verdadera confesión general, que no tengo para qué decir cómo fue por ella escuchada; pero sí las distintas impresiones que, según iba, yo notando, producía en su espíritu. Revelábase la tristeza de éste siempre que yo exponía mis dudas respecto de algún dogma fundamental del catolicismo; parecía que volvía la esperanza a su seno, cuando hablaba de Dios y de la Providencia, de la inmortalidad del alma, de la moral cristiana y de la santa obra de Jesús; y no disimulaba su asentimiento, cuando yo hacía una crítica severa de la hipocresía reinante y mostraba cómo la repugnancia a incurrir en este vicio[9] había sido una de las principales razones que me habían movido a decirle lo que por tanto tiempo había tenido callado y oculto.

Los dos peligros que yo temía aparecieron. Cuando mi mujer se sentía firme en su fe, asaltábale la duda de mi destino futuro y ultramundano; cuando se sentía atraída del deseo de que tuviéramos ambos la misma, quería discutir, y pedíame la razón de mis nuevas creencias. Para evitar las angustias de la primera duda, yo traté de explicarle cómo racionalmente era absurdo el creer que se condenara un hombre que había vivido rigiéndose por una severa moral y adorando a Dios segura su conciencia recta y sincera le mandaban, y cómo dentro del catolicismo[10] habían entendido ciertos padres de la Iglesia y ciertos teólogos el nulla redemptio, diciendo alguno de aquellos que Dios mandaba un ángel para salvar en el momento de la muerte al que, fiel observador de la moral, moría fuera de la comunión católica; y alguno de éstos, que eran cristianos todos los que escuchaban la voz piadosa de su conciencia, así que aun antes de Cristo, había ya cristianos[11]; desenvolvía el recto sentido de la doctrina del error vencible y del error invencible; y le recordaba, pues antes se lo había leído, que el ilustre Lacordaire decía que la filosofía que admite la existencia de Dios, la espiritualidad y la inmortalidad del alma, y el principio moral con el sentimiento del deber, era una filosofía cristiana[12].

Pero el con estas consideraciones desvanecía su angustioso temor en cuanto a mi destino, por otro lado Grecia su deseo de saber el motivo de mi conversión, ya que si el abismo que me separaba era más aparente que real, era este un nuevo motivo para hacerlo desaparecer; y en verdad que en este punto era mucho más difícil mi situación que respecto del otro. Una de las causas de la repugnancia que he tenido siempre a hablar de Religión, sobre todo con los jóvenes y con las mujeres, es el temor de que mis palabras sirvan para hacer vacilar su fe, y aun matarla, sin que otra; la sustituya[13]. Creo que todo hombre tiene el deber de meditar y reflexionar sobre su creencia con espíritu sereno y ánimo varonil; pero entiendo que hay ciertas cosas que, o no deben tocarse, o deben tratarse de frente y por la raíz. Por esto, en tantos años como llevo de enseñanza, he expuesto las teorías científicas que en conciencia creía verdaderas, sin que me detuviera la consideración de que estuvieran disconformes con este o aquel dogma; pero jamás hice constar tal contradicción, para que viniera en daño de aquel, ni me propuse por este medio indirecto quebrantar las creencias de mis alumnos; sólo aludía a la Religión cuando tenía ocasión de confirmar alguno de aquellos principios en que comulgan todos los hombres piadosos.

Por esto mismo hice comprender a mi mujer que tenía el deber de moderar su impaciencia, muy natural por otra parte, para proceder con discreción suma en cuestión tan delicada y compleja; que las enseñanzas que en está materia se alcanzan, no son de aquellas que uno puede fácilmente trasmitir a otro, porque van arraigando en el alma y viviendo de la sangre del espíritu, mediante los esfuerzos y las vicisitudes de todos los momentos, llegando así a constituir algo individual y personal; y que por estas mismas razones, no debía en tal materia buscar en mi opinión y en mis convicciones aquella autoridad que en otras me concedía, movida por su cariño. Ella creyó ver en estas observaciones mías algo así como si yo pensara que la mujer no tiene ni el derecho ni el deber de reflexionar sobre su Religión. Anticipéme a deshacer este error, diciéndole que no creía tal cosa, y que mi propósito no era otro sino el de que comprendiera, que así la confirmación en una fe como el paso a otra distinta es obra de años, no de un momento[14].

Sirvióme de mucho para tranquilizarla respecto de nuestra vida ulterior, a la que creía ella que iba a faltar en adelante una de sus firmísimas bases, la siguiente consideración: que no ofrecía ni siquiera duda, que era más posible la vida común e íntima, propia del matrimonio, entre dos que profesaran distinta creencia religiosa y una misma moral, que no entre quienes, perteneciendo a la misma comunión, tenían y practicaban distinta moral[15]; y no sólo esto, sino que era preferible la conformidad real, viva y sincera en ciertos y determinados puntos religiosos, a la completa, pero fría y aparente, que no tiene otro fundamento que actos exteriores[16]. Ahora bien: estos casos, por desgracia, son harto frecuentes en España, y en medio de la angustia de aquel día mi mujer podía felicitarse de poder pensar que su marido tenía la misma moral y en lo esencial la misma Religión. Contribuyó también no poco al mismo resultado un ejemplo práctico, que yo tuve buen cuidado de poner ante sus ojos. Manteníamos hacía ya mucho tiempo relaciones muy íntimas y cariñosas con una familia, de cuyo hogar estábamos cada vez más encantados, porque en él se respiraba una felicidad, una paz y un amor, que más de una vez habíamos celebrado y gozado mi mujer y yo. Pues bien: el jefe de aquella familia, católico de nacimiento, había dejado de serlo más tarde; su esposa, tipo excepcional de virtud y de bondad, no había abandonado el protestantismo, que era la Religión en que naciera; y de dos hijos que tenían, mientras que el uno era católico, el otro era racionalista, si bien teísta y sin renunciar al titulo de cristiano. Este ejemplo no podía menos de influir en el ánimo de mi mujer; pues de un lado, repugnaba creer que hubiera de condenarse su excelente y virtuosa amiga, y de otro veía prácticamente que la diversidad de creencias religiosas no era obstáculo a que reinara en aquella casa una paz y una dicha sólo comparables a las que habían reinado en la nuestra, y que Dios ha querido que continúen sin interrupción[17].

Durante esta conversación parecía que estábamos como olvidados de nuestros hijos; sólo hablando de Dios puede suceder esto a un padre, y sobre todo a una madre. De repente, y como si en el espíritu de mi mujer se hubiera desencadenado otra tormenta cuando apenas acababa de aplacarse la primera, al modo que el sol se oscurece tras una nube, pasa esta y otra la oculta de nuevo, me dijo: ¿y nuestros hijos?... No me cogió de sorpresa la pregunta, ni tuve que meditar mucho la respuesta: ¡había pensado tanto y tantas veces en esto! Si, como antes he dicho, me ha parecido siempre tan delicado todo cuanto se relaciona con las creencias religiosas de los jóvenes; si por esto mismo me he conducido con mis discípulos con toda la discreción de que yo era capaz, ¿cómo era posible que en mis meditaciones sobre estas cuestiones dejara de ocupar un lugar preferente la educación religiosa de mis hijos? Después de muchas dudas y vacilaciones había yo venido a parar a esto. Mis hijos habían nacido y vivido en el catolicismo; su madre les había imbuido en los dogmas y las máximas de esta Religión y las prácticas de su culto; yo, sin contradecirlas nunca, había procurado constantemente mostrar ante sus ojos el fondo esencial del Cristianismo, oculto para muchos bajo la pesada costra de errores y preocupaciones, que algún día ha de romperse, para que se difunda por el mundo aquel espíritu divino, no como la lava del volcán que se abre paso a través de la corteza terrestre para arrasar y destruir cuanto encuentra, sino como la luz del sol que desvanece y ahuyenta las nubes para dar calor y vida a nuestro globo[18]. Es decir, mis hijos eran, a diferencia de tantos católicos, católicos y cristianos; si pues su madre era católica y yo cristiano, la cuestión no era insoluble. Además, yo creía, como creo ahora, que los principios fundamentales del Cristianismo son los mismos para todas las sectas, los cuales, cuando tienen verdaderas raíces en la conciencia, determinan una vida igual, cuyo fondo común afirman todos al emplear los términos: civilización cristiana, vida cristiana, etc.; y que al lado de esto las diferencias dogmáticas y litúrgicas, debidas en gran parte a circunstancias históricas, tienen escasa importancia. Aquel fondo comunes como el amor igual que los hijos de un mismo padre profesan a éste; estas diferencias son los diversos modos como manifiestan su cariño según su sexo, su edad, su carácter, etc.[19]. Yo no hubiera podido consentir sin profunda repugnancia, que mis hijos hubiesen continuado profesando su Religión, si ésta hubiera sido el catolicismo al uso, estrecho, frío, formulario, dogmático más que moral, despertador del odio y de la guerra, no del amor y de la paz, litúrgico y ritualista más que vivificador y práctico[20]. Pero por dicha era todo lo contrario” era verdaderamente cristiano. Así que yo pude, exponiendo estas mismas razones, tranquilizar a mi mujer, diciéndole que nuestros hijos continuarían como hasta entonces; pero procurando convencerla de que cuando llegaran a cierta edad, era en nosotros un deber el no tratar de imponerles trabas a la libre investigación de la verdad en este orden. Repugnóla esto al principio, porque, decía ella, era peligrosa abandonarlos a sus propias fuerzas en materia tan delicada, y que no sería posible por su parte el cruzarse de brazos ante las vicisitudes por que pasara la conciencia religiosa de sus hijos. Pero yo le hice notar que no eran mis deseos que presenciáramos con una indiferencia que sería impía, la suerte de aquellos; ¿ni cómo era posible de mi parte cuando daría la vida por ahorrar a mis hijos los dolores de una crisis cómo la que yo había pasado? El consejo, la ayuda, la enseñanza, todo esto les debíamos lo mismo ahora que antes y que después; pero el modo y el carácter de nuestra intervención tenía que ir caminando lentamente de la imposición que pide la infancia a la independencia que exige la edad viril[21].

Dos dificultades ocurrieron aun a mi mujer. ¿Qué decir a nuestros hijos cuando, notaran que su padre no se asociaba, cómo antes, a determinados actos públicos del culto? ¿Cómo continuar la práctica de ciertas costumbres piadosas que constantemente habíamos observado en el seno de nuestro hogar?

La solución hubiera sido fácil en ambos casos si nosotros hubiéramos dado, como es costumbre[22], parte alguna a la mentira en la educación de nuestros hijos. Pero lejos de esto, habíamos puesto especial cuidado en despertar en ellos, con el ejemplo, antipatía hacía este feo vicio de nuestra sociedad; y no podíamos por lo mismo pensar en adoptar este camino, que por otra parte, era tan sencillo. Lo que importaba ante todo era que nunca creyeran que su padre era irreligioso y que a sabiendas dejaba de cumplir sus deberes en esta esfera. A este fin, nosotros no dejaríamos de reunirnos en familia[23], como teníamos de costumbre, para la oración y para la lectura del Evangelio o de libros piadosos[24]; pero yo me abstendría de asistir en aquellos casos en que se trataba de actos que eran completamente incompatibles con mis convicciones. Al establecer esta excepción, yo tenía presentes principalmente las novenas y el rosario. Bien sé que el catolicismo manda reverenciar y no adorar a los santos; pero la verdad es que, sin que la Iglesia procure evitarlo[25], la intercesión de éstos es comprendida de tal modo por los fieles, que el severo monoteísmo del Antiguo Testamento y del Nuevo ha degenerado de hecho en una especie de politeísmo semi-pagano; y en cuanto al rosario, lo he respetado siempre, porque es casi la única práctica religiosa que en nuestro país tiene lugar en el seno, de la familia; pero, considerado en sí mismo, me parece absurdo someter a número y medida precisamente lo que hay en el mundo más libre, más espontáneo e incoercible, ¡la oración! Cada vez que veo un rosario, viene a mi memoria aquella máquina de que se sirven los budistas del Tibet para medir y contar el rezo, y deducir en consecuencia el mérito contraído[26].

En cuanto al otro punto, deberíamos obrar de distinto modo, según la edad de nuestros hijos. Cuando ellos llegaran a la en que deberían comenzar el penoso, pero ineludible trabajo de confirmar o rehacer su fe, sabrían cuál era la de su padre; revelación que produciría en su espíritu una crisis análoga[27] a la que en aquellos momentos pasaba el de su madre; pero para la que ésta y yo habíamos de prepararlos de un modo parecido al empleado por mí con aquella. Entretanto, procuraríamos contestará sus preguntas más o menos indiscretas, haciéndoles comprender, de un lado, que el saber el por qué de todas las cosas es obra de mucho tiempo; y de otro, que esa investigación de su parte, tenía cierto carácter de fiscalización incompatible hasta cierto punto con el respeto debido a su padre; esto es, que el derecho de éste a saber lo que hacían o no hacían sus hijos y el por qué, no era en modo alguno recíproco.

Quedábanos otro punto que tratar, que no habría tenido importancia alguna en otro país, pero que la tenía grande en España. ¿Qué diría el mundo, la sociedad? ¿Qué contestar a las preguntas naturales de amigos queridos? ¿Qué a las indiscretas de los curiosos e impertinentes?[28].

En nuestro país, el alejamiento de los hombres de las prácticas religiosas no es en el hecho cosa grave; al contrario, se considera como extraño y raro que uno oiga misa con devoción, ayune; confiese y comulgue, y pasa plaza de beato y fanático, cuando no de hipócrita, quien tal hace, y más aún el que se atreve a rezar el rosario y sacar ánimas del purgatorio. De aquí, que para vivir en paz con el mundo en este respecto, basta tomarse la molestia de oír misa o hacer que se oye, profanando durante quince minutos el templo, donde con distracción irreverente e impía se asiste a lo que es un misterio augusto para los creyentes sinceros[29]; y si se es bastante despreocupado para no cuidarse de lo que pueda decir, la gente piadosa, hasta de esto puede prescindirse. La Religión es una cosa que no parece sino que atañe tan sólo a las mujeres, a los niños y a los moribundos; y por una aberración incomprensible, al paso que el que no cree en el catolicismo, o creyendo en él no practica el culto, y hasta el que critica con espíritu escéptico o con la sonrisa y el desden sus dogmas, sus misterios y sus ritos, es tolerado y admitido al trato de los buenos católicos, que esperan entre por el buen camino con el tiempo y con los años, el que después de penoso trabajo y larga meditación adopta una nueva fe, afirmando siempre los esenciales fundamental y valor de la Religión, y respetando con profunda sinceridad por lo mismo todas las creencias y más que ninguna la que fuera antes la suya y de sus padres, este es mirado con horror, considerado como vitando; y no falta quien, demasiado fácil en admitir en la intimidad de su trato y amistad al hombre corrompido, vicioso o inmoral, le asusta el contacto de aquel otro que es quizás honrado y piadoso; pero que no es católico. Si uno por medios, capciosos o indirectos ataca a la Iglesia, a Cristo y hasta a Dios, no produce tanto escándalo, ni excita tanta aversión, como el que dice con lisura y con franqueza: no soy católico.[30]

Pero precisamente, como más arriba queda dicho, yo había tenido mucho cuidado en censurar la causa de este mal, que no es otra que el escepticismo frívolo y práctico reinante; y no podíamos avenirnos mi mujer ni yo a nada que diera como resultado el verme confundido ni con los incrédulos, ni con los hipócritas.

Esto se evitaría, sin embargo, porque yo no renunciaba a orar en el templo católico. Pocos meses antes de la época de que me ocupo, había estado en los Estados-Unidos, volviendo de Cuba para España, con el deseo de estudiar algo aquel singular país y más especialmente su vida religiosa. Visité los templos de las más de las Religiones que allí se profesan, y noté que en todos entraba y permanecía con respeto, pero no me encontraba a gusto, tranquilo y sintiendo como una paz en el alma, más que en los cristianos[31]; y noté también qué entre estos tenían de mi parte cierta secreta preferencia el templo católico y el templo de los unitarios[32]; y era que en aquel veía yo convocados a los que profesaban la Religión que mi madre me enseñara y que durante tantos años había sido la mía, y por el recogimiento piadoso de todos los asistentes comprendía que los católicos allí reunidos lo eran por convicción sincera y racional, y no por ignorancia, pereza o miedo, como tantos lo son en los países en que no está consagrada la más santa de las libertades, la libertad de conciencia y de cultos[33]; y en el de los unitarios encontraba yo la práctica del Cristianismo que predicara el ilustre Channing, cuyas obras habían contribuido en una buena parte a fijar mis creencias religiosas. Pero, repito, que esta preferencia no obstaba a que me asociara a la oración que en todos los templos cristianos se elevaba a Dios, lo cual era efecto lógico y natural del modo como yo estimaba las diferentes sectas cristianas, y que en otro lugar queda expresado.

Por esto yo dije a mi mujer, que haría respecto del culto público, lo mismo que respecto de las prácticas religiosas del hogar. No asistiría a la misa, ceremonia o rito más característico de la liturgia católica, pero ni podía ni quería renunciar a orar en los únicos templos cristianos que había en mi patria[34]. En ellos yo esperaba pedir a Dios, como tantas veces había; pedido, en medio de las aflicciones de la vida, el consuelo que en vano demandara antes a la ciencia, a la amistad y hasta al amor de la familia. No podría, por tanto, el mundo llamarme incrédulo, pues que me veía en la Iglesia, ni tampoco hipócrita, pues que me veía alejado del acto más propio, del culto católico.

En cuanto a las explicaciones que pidieran las gentes, nuestra conducta sería distinta según la condición de las personas. A los amigos cariñosos e ilustrados debíamos dárselas sinceras; a los preocupados, exigirles en nombre de la tolerancia evangélica y de la caridad cristiana una prudente espera; a los impertinentes nos excusaríamos cortésmente de contestar; y a los frívolos y escépticos les haríamos comprender el respeto que merece todo cuanto atañe a la conciencia religiosa del hombre[35].

Parecía que ya estaban resueltos todos los conflictos que podía producir esta revelación que yo acababa de hacer a mi mujer en aquel día para ambos inolvidable. Pero es imposible ocuparse de cosas que, miran a lo eterno, sin pensar en la muerte que acaba esta vida. Habíamos hablado frecuentemente de este momento supremo con la pena natural con que hablan dos que se aman de toda separación, especialmente de esta que tiene para todos algo de misteriosa; pero con la tranquilidad propia de quienes creen en la inmortalidad del alma y presienten que a aquel alejamiento temporal ha de seguirse de nuevo la unión en un mundo mejor[36]. Por esto, como símbolo[37] de esta esperanza y expresión de la perpetuidad de la unión, los que se aman, desean que sus restos mortales los cubra la misma tierra. Siempre que mi mujer había mostrado este deseó, yo lo había acogido, diciéndole que era también el mío; pero para ella era una cosa tan llana que ni podía sospechar que obstáculo alguno se opusiera a su realización, al paso que para mí había sido una, entre otras, de las ocasiones en que me atormentaba el silencio que guardaba sobre mis dudas y nuevas creencias. Conocidas estas por mi mujer, ocurrióle que sólo siendo hipócrita y falaz en el momento más solemne de la vida, en el de la muerte, iba a ser posible aquel deseo tan acariciado. Después de lo que yo había dicho acerca de mi repugnancia a ser hipócrita, de pocas palabras tuve necesidad para que mi mujer comprendiera cuánto más digna es la conducta de aquel que muere confesando su creencia, que el que no sólo la oculta, sino que además profana la que antes tuviera fingiendo al dejar esta tierra comulgar con quienes no son ya sus correligionarios, engañando así al mundo, no a Dios, y faltando a su conciencia[38].

Naturalmente estas consideraciones la apenaban; pero yo logré consolarla hasta cierto punto, diciéndole mi fundada esperanza de que acaso la organización que se diera en España a los cementerios permitiría que este legítimo deseo, así suyo como mío, se realizara sin mengua de la integridad de nuestra conciencia. En efecto, yo veo claro que la diversidad de creencias no puede ser obstáculo a que los muertos descansen en paz los unos al lado de los otros, como no lo es a que los vivos se agiten, muevan y traten en el seno de la sociedad. ¡Cuánto mejor responde a los principios cristianos de amor y humanidad un cementerio que guarde las cenizas de todos, consagrándose la sepultura de cada uno con los ritos de su propia Iglesia, que no esa clasificación por sectas; que parece como que viene a restablecer entre los muertos las castas que han hecho desaparecer los vivos! Si este presentimiento mío se convertía en realidad, mi mujer y yo podíamos descansar el uno junto al otro; la Iglesia católica consagraría su tumba, y no la mía; pero sobre ambas losas sepulcrales aparecería grabada la cruz, el símbolo del Cristianismo; y quizás algunas gotas del agua bendita que el sacerdote arrojara sobre la suya vendrían a caer sobre la mía, que todo cuanto del Cristianismo brota y en él se inspira busca, aun contra la voluntad de sus representantes, a todos los hombres, hijos todos del mismo Dios y redimidos todos por Jesús.

Desgraciadamente .hasta el momento en que escribo estas líneas no se han realizado mis esperanzas. Hay cementerio civil además del católico, es verdad; pero por el modo como aquel se ha establecido y por las preocupaciones de nuestro pueblo, ¡qué sentido tan inhumano y anticristiano tiene esta clasificación! En el civil se da tierra a ateos, racionalistas, protestantes, judíos, a todos menos a los católicos: el cementerio de estos es el de los buenos y piadosos; el otro el de los malos y apestados[39]. Por esto me repugna que mis huesos vayan a parar a él, pero más me repugna que vayan al otro si para ello he de morir mintiendo; y así, si continúan las cosas en el mismo estado, es mi voluntad que me entierren en el cementerio civil, poniendo sobre mi sepulcro una cruz y esta inscripción: Amaos los unos a los otros. Y deseo vivamente que mis amigos católicos[40], sobre todo aquellos que amo con toda mi alma, como ellos me aman a mí, a pesar de mis creencias, porque son verdaderos y sinceros cristianos, sepan que al disponer esto pesan en mi ánimo por igual y tanto el dictado de mi conciencia que me manda declarar mi fe, como el que me ordena venerar la Religión católica en que nací y me eduqué, no consintiendo que vaya mi cuerpo a profanar ritos y ceremonias, a que me asocié con espíritu sincero un día, que respetaré mientras viva, y que quiero respetar después de muerto.

Sería inútil que yo tratara de expresar todo lo que por mi alma había pasado durante esta larga conferencia. Por encima de las varias impresiones que me había producido, sentía, de un lado, un gran bienestar al ver descargada mi conciencia del enorme peso que por tanto tiempo la abrumara: y de otro, una inmensa alegría, un gozo indecible, al observar cómo había salido a salvo de esta peligrosa crisis el cariño de la inseparable compañera de mi vida. No se me ocultaba que habría de ofrecer más de una dificultad el poner en práctica todos y cada uno de los planes que habíamos trazado para resolver las cuestiones que presentíamos habían de ocurrir, pero me sostenía y alentaba el convencimiento de que todos tendrían solución, porque aquella intimidad y compenetración, tan necesarias para la vida de familia, si por una parte habían mermado, de otra habían echado raíces más profundas en nosotros, puesto que había desaparecido aquel secreto que y o había guardado con mi mujer en materias de religión, y habíamos afirmado ambos ciertos, principios que venían a constituir una fe común, real, viva y efectiva. Con esto, con nuestro mutuo e inquebrantable cariño, con la bondad y discreción de mi mujer, y con la ayuda de Dios, todo era posible[41].


Notas

[1] Esto revela el deseo natural del testador de caminar lentamente a la apetecida unidad religiosa dentro del matrimonio. Comprendía sin duda que aun después de despertadas ciertas energías en el espíritu de su mujer y desarraigadas de él ciertas preocupaciones, quedarían entre las creencias de uno y otro diferencias importantes, pero no el abismo que abre entre creyentes y no creyentes una fe ciega y estrecha que llega a veces a cegar las puras fuentes del amor y de la caridad, cayendo en la intolerancia inhumana e impía.

[2] Bueno fuera que los católicos tuvieran presente que la Iglesia ha condenado la doctrina de Bayo que resumía en estas palabras: Omnia infidelium opera peccata sunt, et philosophorum virtutes sunt vitia. Véase la carta dirigida por el obispo de Ávila, en que explica por qué no ha negado su concurso a la santa obra de la emancipación de los esclavos, asociándose a este fin con protestantes, inserta en La Voz de la Caridad de 1. de Junio de 1874.

[3] Se comprende bien este empeño del testador. Una de las causas principales del silencio y de la reserva, que se imponen muchas personas en nuestro país en punto a creencias religiosas, es el miedo a los aplausos de este escepticismo ligero y frívolo y a la confusión que por lo mismo se engendra en las almas piadosas, las cuales envuelven en el mismo anatema a personas y cosas que son muy distintas.

[4] El fanatismo suele mirar con mayor repugnancia estas transformaciones de la conciencia religiosa, que llama apostasías, séanlo o no lo sean, cuando se trata de un sacerdote, siendo así que precisamente en éste son más naturales que en otro alguno. El que por vocación real y sincera ha consagrado su vida a fin tan santo, ¿qué mucho, que la preocupación constante de los problemas religiosos embargue su espíritu? Y si por acaso reforma su creencia, ¿cómo exigir de una alma verdaderamente piadosa que deje de conformar su vida con su nueva fe? ¿cómo que quien debe servir de intermediario entre Dios y el hombre, enseñando a éste, antes que con nada con el ejemplo, haya de asentar como bases de su conducta la hipocresía y la mentira?

[5] Dice bien el testador; el absurdo no puede ser más grande, ni la aberración más manifiesta; y sin embargo, esto es lo corriente en nuestro pueblo. Unos porque estiman cosa obligada el continuar profesando las creencias de nuestros padres, otros porque por miedo o egoísmo no quieren apartarse del común sentir del medio social en que viven, asombra ver cómo todos ellos persisten en las prácticas religiosas como si nada hubiera ocurrido en el fondo de su espíritu. Diga todo hombre recto, si tanto como siente secreta simpatía y profundo respeto hacia el hombre piadoso y sincero, que ora a Dios y se prosterna ante él, no le inspira antipatía y repugnancia el hipócrita que finge una fe que no tiene y rinde culto en el templo a lo que no tiene altar en su conciencia.

[6] Si las almas verdaderamente piadosas, pero preocupadas, atendieran al actual modo de ser de la vida religiosa, ¡cuántas amarguras ahorrarían a personas para ellas queridas, siendo más prudentes al juzgar y calificar la conducta de los que disienten de su creencia! ¿No deben temer siempre que entre estos se cuenten los mismos con quienes conversan? Y aunque así no fuera, ¿qué perderían por tener presente al formular sus juicios, el interficite errores, diligite Nomines de San Agustín?

[7] Pocos ejemplos muestran tan elocuentemente como este el valor de una palabra. Sucede con el calificativo de apóstata en el orden religioso, lo que con el de inconsecuente en la esfera política. La consecuencia en la práctica del bien, en el agradecimiento, en el amor a quienes se lo debemos, etc., etc., es una virtud y cosa obligada; pero es absurdo proclamar como tal la consecuencia en el error después de reconocido, y equivale a poner por encima de Dios y de la conciencia a una Iglesia, a una escuela, a un partido.

[8] El lugar que aquí se concede a la amistad, nos parece muy merecido. Sin duda que hay gran distancia de la trascendencia que alcanza la cuestión religiosa respecto de esta relación de la vida, a la que tiene en medio de las más íntimas de la familia; pero no es menos cierto que nos apena profundamente el temor de que por este motivo se entibie el cariño de aquellos a quienes damos, con motivo y de veras, el nombre de amigos. Es un error manifiesto el pensar que el hombre pueda encerrarse en el seno del hogar y encontrar en él satisfacción a todas sus aspiraciones; la vida social es para él una necesidad, y la esfera en que encuentra satisfecha una de las primeras exigencias que aquella lleva consigo, es la amistad. Por esto nos afecta tanto la ruptura de este vínculo, no sólo cuando la muerte lo desata, sino también, y más aún, cuando la preocupación lo afloja o la ingratitud lo rompe.

[9] Es difícil que aun los preocupados dejen de respetar la única conducta que es compatible con la sinceridad cuando esto se les pone de manifiesto. Todos los sofismas y prejuicios de la intolerancia se estrellan ante estas preguntas: ¿creéis digno que yo sea hipócrita? ¿pretendéis que yo mienta?

[10] Esto es exacto; pero no lo es menos que el sentido común y corriente, no obstante ser tan absurdo, que se da a este principio es aquel en virtud del cual se condena a las penas eternas del infierno a todos los que mueren fuera del catolicismo; y, sobre todo, será difícil encontrar, aun en los escritores a que se alude, medio de salvar las almas de los que, habiendo nacido y vivido en el seno de la Iglesia católica, se han apartado más tarde de ella por motivos puros y sinceros.

[11] El testador alude sin duda a los textos del teólogo Thomasinus citados por Gratry, quizás el más ilustre filósofo católico de nuestro tiempo, en sus cartas sobre Religión al no menos ilustre Vacherot, para quien tiene aquel palabras tales de amor y de simpatía, que escandalizarían a aquellos que entre nosotros no comprenden que pueda tratarse ni siquiera con respeto a quien pasa por panteísta.

[12] Una cosa parecida, ha dicho el célebre Guizot. En cambio, nuestros católicos exigen, para dar a una filosofía el nombre de cristiana, que conforme con todo el Syllabus.

[13] Regla de discreción y prudencia que deberían tener presente todos, pero principalmente las personas consagradas a la enseñanza. Es sensible el modo como han entendido la libertad científica proclamada en estos últimos años algunos profesores, pocos por fortuna, que por incidente y de soslayo han tenido las creencias de sus alumnos sin necesidad y sin exigirlo el género de investigación científica a que están consagrados. Que el catedrático de Historia explique con completa independencia los orígenes del Cristianismo es natural y obligado; pero que el de Geografía, al hablar de la Judea, diga, con un propósito extraño a su fin, lo que piensa acerca de la naturaleza de Jesucristo, es un abuso que arguye un desconocimiento completo de la respetabilidad y seriedad del magisterio.

[14] No censuramos esta discreción recomendada por el testador; pero nos asalta la duda de que algo influía en su ánimo el temor de poner a su mujer en la pendiente de una crisis dolorosa. No resulta, claramente al menos, del testamento, si aquella continuó profesando su antigua fe, que parece lo probable. Quizás al testador no le pesó esto, aunque parezca contradictorio, puesto que lo natural era que aspirara a una completa comunidad de creencias entre ambos. ¿Influiría en su ánimo la consideración de que el seso y la edad de su mujer, así como el medio social en que vivían, todo hacía temer que acaso aquella se encontraría, después de una grave crisis, no con una nueva fe, sino sin ninguna? Quizás, por el contrario, lo que aquí indica el testador se realizó, y puesta aquella en el camino de confirmar o rehacer su creencia, se mantuvo en ella.

[15] Claro es que para que esto se verifique, uno de ellos ha de ser inconsecuente, pues la moral es distinta, pero no diferente de la Religión, y yerran tanto los que las confunden como los que proclaman la llamada moral independiente. Por lo demás, la observación del testador nos parece exacta; se concibe que dos personas unidas en matrimonio vayan a rendir culto a Dios en distintos templos, pero no que vivan en paz rigiendo su vida por principios morares diferentes o contrarias.

[16] Como que este género de conformidad puramente exterior no puede trascender a la vida y penetrarla, y por tanto han de resultar en esta la lucha y la contradicción entre los actos de lino y otro cónyuge.

[17] Este caso, raro en España, es frecuente en otras naciones, cuya población pertenece a distintas comuniones religiosas a primera vista nos parece extraño, y es que, preocupados con las diferencias que hay entre las Iglesias, no echamos de ver el fondo común que forma la base de las creencias universales de la sociedad actual. El ortodoxo más intolerante y el más intolerante racionalista comulgan en un conjunto de ideas y sentimientos, producto a la par del Cristianismo y de la civilización moderna, mediante el cual hay entre la vida y conducta de ambos menos diferencias que las que aparecen cuando discuten y contienden en la esfera de la teoría y del pensamiento. Por esto se explica bien que en el seno de la familia, a que el testador alude, reinara la paz en medio de la diversidad de creencias de sus miembros.

[18] Hé aquí una aspiración que debe serlo de todas las comuniones cristianas, y hasta de aquellas que profesan la Religión natural. Por encima y aparte de las diferencias dogmáticas, litúrgicas y de organización, hay una cosa que interesa por igual a todos, que es la restauración y renovación de la vida cristiana. Los principios de caridad, amor y humanidad, consignados en el Evangelio, los tenemos siempre en los labios, pero raras veces determinan nuestra conducta.

[19] Este elemento de variedad, que tiene su raíz en la misma naturaleza humana y en el principio de individualidad, no pueden destruirlo las más exageradas pretensiones unitarias. Los católicos hacen valer contra el protestantismo la incontrastable unidad de la Iglesia; pero no por esto ha dejado siempre de haber escuelas dentro de ella, hasta en tiempos, como los presentes, en que esta unidad ha alcanzado, al parecer, los límites máximos de la posibilidad. Además, calcúlese la serie de grados y diferencias que pueden notarse entre el modo de concebir los dogmas y los principios morales y las prácticas del culto cada uno de los fieles, desde el inculto labriego hasta el ilustre Gratry, y se verá como la pretendida absoluta unidad tiene límites infranqueables.

[20] Por desgracia, de estas dos clases de catolicismo no es el más frecuente el que conforma con el espíritu cristiano.

[21] Esta regla de conducta es tan racional, que, cuando se trata de los demás órdenes de la vida, es generalmente aplicada; pero no sucede lo mismo con relación al religioso. En éste, los padres que profesan una fe positiva, olvidando lo que ésta tiene de personal e individual, pretenden trasmitirla e imponerla a sus hijos, y les cuesta trabajo reconocer en estos aquella libertad de reformar las creencias recibidas, que es una consecuencia del rationabile obsequium. Por el contrario, los padres cuya fe está muerta o amortiguada, caen en el opuesto y más lamentable error de asistir con indiferencia a las trasformaciones de la conciencia religiosa de sus hijos, confundiendo la libertad racional que deben respetar en ellos con el puro libre arbitrio que están obligados a dirigir con sus consejos y experiencia.

[22] Por desgracia, harto generalizada. Si pensáramos en las consecuencias que tienen para nuestros hijos ciertas mentiras, que consideramos inocentes y hasta necesarias para salvar nuestra cortesía en las relaciones sociales, nos abstendríamos de emplearlas. El niño no puede darse cuenta de las circunstancias de cada caso, y tiende por lo mismo a pensar que es lícito faltar a la verdad siempre que nos conviene.

[23] En esto, como en tantas otras cosas, forma gran contraste la sociedad actual con la primitiva. Entonces el hogar era un templo donde se rendía culto a los dioses familiares; hoy la Religión apenas tiene en él cabida. ¿Por qué no ha de conciliarse el espíritu universal y humano de una creencia que proclama un Dios como padre nuestro, con las prácticas piadosas propias de cada familia? Un elocuente sacerdote católico decía no há mucho en Francia a los fieles: “No es que nosotros nos hemos hecho usurpadores; es que vosotros habéis abdicado. ¿Hay por ventura, en vuestro hogar una enseñanza, un gobierno, un culto de familia? y si los hay, ¿los ejercéis y los presidís vosotros?”

[24] La lectura, y no sólo la oración, porque con aquella podremos mantener viva nuestra convicción y nuestra fe; depurarla, y desentrañar toda la riqueza contenida en los libros piadosos, para encontrar nuevos estímulos y nueva luz que nos sirvan de guía en la vida.

[25] Es en verdad digno de llamar la atención el contraste que forma el apresuramiento con que los representantes de la Iglesia condenan principios teóricos, a veces desconocidos de la generalidad, y el silencio que guardan en frente de prácticas supersticiosas y creencias erradas que oscurecen y tuercen en la conciencia del pueblo la pureza de la verdadera fe de su Iglesia. Muchas veces hace más daño en las almas sencillas una de esas coplas llenas de supuestos milagros, que corren de mano en mano, sin que nadie lo estorbe, que la obra de un libre pensador que el vulgo no conoce o no entiende. Algo de esto sucede con la adoración de los santos, en que para nuestro pueblo ha degenerado la veneración exigida por la Iglesia.

[26] Es a nuestro juicio justa esta crítica. Comprendemos, contra lo que piensan algunas sectas protestantes, que, además de la oración libre y espontánea que cada cual dirija a Dios sin otra inspiración que la de su propio sentimiento, pueda el hombre repetir las que formulara el fundador o propagador de su Religión, procurando desentrañar el fondo piadoso inagotable que se encierran en cada una de sus palabras, como ha hecho Atanasio Coquerel en sus ocho sermones: l'oraison domicale considérée comme un resumé du Christianisme; pero es completamente absurdo repetirla maquinalmente setenta, ochenta o cien veces, sin que el pensamiento se detenga una sola a meditar el sentido y trascendencia de ninguno de sus conceptos.

[27] Pero seguramente no igual; en los tiempos actuales los jóvenes no pueden sustraerse al movimiento social religioso, ni permanecer extraños a esta clase de problemas; así que es indudable que el conocimiento de la nueva fe del testador no habrá producido en sus hijos la penosa angustia, que según hemos visto, produjo en su mujer.

[28] No hay cosa alguna que parezca tan individual como la fe; así que a primera vista se nos figura que es asunto que sin estorbos ni trabas resuelve por sí el creyente; y sin embargo, las observaciones que hace aquí el testador y la importancia que da a las dificultades de que habla, muestran cómo el hombre nunca puede desprenderse de su condición de ser social.

[29] El aspecto que suelen ofrecer los templos católicos en nuestras ciudades, no es muy edificante ciertamente. La devoción y el recogimiento sólo son propias, al parecer, del sexo femenino; los varones cumplen con estar allí presentes corporalmente y poner tan sólo la atención bastante para que no pasen inadvertidas las ceremonias más importantes del culto.

[30] Sobre todo es de notar la diferencia que hay en cuanto el efecto que estas revelaciones producen, según que se hagan en público o en privado. En este último caso, muchas personas ni se extrañan ni se molestan, aunque se ataque ligeramente lo más esencial de su creencia, y a veces se contentan con decir: “cosas de Fulano”; pero que otro dé a conocer públicamente su fe, aunque sea después de madura reflexión y con toda la seriedad debida, y será considerado por aquellas mismas personas como impío, apóstata y vitando, resultando solo, como dice el testador, que no se teme el trato de un frívolo volteriano y se huye él de un hombre sinceramente piadoso.

[31] En esto el testador es lógico con lo que antes dicho y más adelante recuerda a propósito de la diversidad de comuniones religiosas. En unos y otros templos sentía el respeto debido a todo culto sinceramente profesado: en los cristianos la simpatía; natural en quien se encuentra entre los hombres que adoraban a un Dios, reconocían un mediador y proclamaban una moral, que eran los mismos a que él rendía culto en su espíritu.

[32] Esta preferencia a la par por su antigua creencia y por la nueva nos parece muy puesta en razón. Cuando la sinceridad ha presidido a todas las trasformaciones y vicisitudes de nuestro pensamiento y de nuestra conciencia, conservamos siempre amor y respeto a aquello que creímos, y por esto nos repugna la burla y el desden con que algunos hablan de la que en un tiempo fue su fe.

[33] Esto no basta, pues, como dice Mr. Laveleye, refiriéndose a los pueblos católicos; “la tolerancia se encuentra a veces escrita en las leyes, pero jamás en las costumbres. Desgraciado de aquel que, queriendo hacer uso de la libertad de conciencia, se resuelve a obedecer las insinuaciones de la suya. Lo consideran deshonrado hasta los suyos y los indiferentes, más aún que los que creen. Los incrédulos estiman que es más cómodo el reírse del sacerdote o atacarle, sin perjuicio de bajar ante él la cabeza en los momentos importantes de la vida. Sometidos con resignación al yugo de la ortodoxia, de la cual se burlan, aunque la sufren, no consienten que otros, al hallarla demasiado pesada, tengan el valor de sustraerse a ella paladinamente. La uniformidad se impone por la intimidación y el ridículo, y la libertad es tan sólo una palabra”.

[34] Se conoce que el testador quería salvar el conflicto en que se ve en España el que deja de ser católico, aunque continúe siendo cristiano: de un lado, no puede asociarse al culto de la Iglesia romana, y de otro necesita un templo donde orar a Dios. Nos parece racional el modo como sale aquel de la dificultad, y quizás muchos harían lo mismo, si por una parte no temieran que se tradujera su conducta por hipocresía, y si de otra, no estuviéramos acostumbrados desde la niñez a ir al templo tan sólo en determinados días, y casi exclusivamente a un determinado acto del culto.

[35] Estas reglas de conducta nos parecen muy en su lugar; pero de seguro que en la práctica ofreció al testador no pocas dificultades su aplicación.

[36] Sin esta esperanza, sería imposible la resignación cuando perdemos una persona querida. En estos momentos de dolorosa agonía, si no creyéramos en la inmortalidad, caeríamos de seguro en la desesperación. Renunciar para siempre a ver un ser amado, sería la mayor de las penas que pudiera imponerse al hombre.

[37] A diferencia de lo que era en los tiempos antiguos cuyo sentido, que ha puesto de manifiesto Fustel de Coulanges en su preciosa obra, la Cité antique, revela en el modo de ser de la familia algo, cuyo fondo esencial no puede menos de despertar simpatía en nuestro espíritu.

[38] Parece imposible que la preocupación reinante lleve a mirar punto de tanto interés de un modo contrarío a este que es el racional y el obligado. Es motivo de escándalo que un hombre muera siendo fiel a su conciencia; mientras que se disculpa y aun se alaba a aquel que consiente que su cuerpo profane el templo católico, pasando por él, no para que se ofrezcan a Dios preces, en cuyo valor no cree, sino a fin de procurarse el muerto el pasaporte necesario para que su memoria sea respetada, no sólo por los fanáticos, sino también por los escépticos acomodaticios, que, a falta de otra Religión, erigen en dogmas la hipocresía y la mentira. Antes, cuando al católico se le negaba honrosa sepultura, y hasta su muerte fuera de la fe podía influir en su condición jurídica, podía tener disculpa y explicación semejante conducta; pero hoy que la ley, ya que todavía no la sociedad, es más justa y racional, nadie puede excusarse de dar esta última prueba de sinceridad.

[39] Todo el que haya tenido ocasión de asistir a un enterramiento en el cementerio civil, habrá sentido una impresión análoga a la que aquí expresa el testador. Las tapias que lo separan del católico, el lugar retirado que aquel ocupa, la variedad de creencias de los que descansan en el uno y la unidad de los que yacen en el otro, todo acusa una falta de respeto y de humanidad que no puede menos de levantar en el interior del espíritu una protesta silenciosa, tanto más cuanto que en tales momentos es cuando sentimos más vivamente la santidad de aquel amor y de aquella caridad cristiana que alcanza por igual a todos los hombres.

[40] Este repetido recuerdo de los amigos da lugar a sospechar que el testador tenía algunos, entre los católicos, a quienes distinguía y amaba de todo corazón. Sin duda le apenaba mucho, de un lado, el temor de perder después de muerto un cariño que tanto estimaba; y de otro, la sospecha de que aquellos tomaran como una falta de respeto a su propia fe lo que precisamente hacia el testador por un motivo contrario, según él mismo dice. De todos modos, es grato encontrar este testimonio de lo mucho en que tenía la amistad, este tierno y dulce sentimiento, a que debemos tantos consuelos y tantos goces en las varias vicisitudes de la vida.

[41] Aquí concluye la parte del testamento consagrada a la Religión, que es la más larga, y en la que, sin embargo, notarán quizás los lectores, como nosotros, algunos vacíos, puesto que no habrá sido tan llana y fácil la realización de los planes trazados para resolver todas las varias dificultades que preveía el testador. Acaso éste ha creído que lo sucedido después no tenía bastante importancia para hacerlo constar en este documento solemne, tanto más cuanto que el silencio que en todo lo que sigue guarda, prueba que nada grave ocurrió en aquel respecto.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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