Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

IX
[Principios a que obedece
la distribución de la propiedad
]

Debo mis bienes de fortuna, en primer término, a mis inolvidables padres, que no tuvieron otro hijo que yo; y luego a mis esfuerzos y economía. En este orden he a temperado mi conducta a los principios[1] que he creído racionales y justos en las distintas épocas de mi vida, pues con frecuencia he tenido que rectificarlos, cosa no extraña en verdad en tiempos como los presentes, en que tantos errores y preocupaciones se han sostenido de uno y otro lado respecto de la propiedad[2].

Hubo un tiempo en que participé de una preocupación muy arraigada, y que consiste en poner por encima de todo el deber en el padre de acumular a todo trance riqueza para sus hijos, engendrándose así un egoísmo de familia que no es ciertamente grosero como el individual; pero que al fin es un egoísmo[3]. Considero hoy, por el contrario, de una parte, que hay intereses superiores en el seno del hogar a los que se refieren a los bienes materiales[4]; y de otra, que nunca debe el hombre encerrar sus miradas y cuidados en la esfera de su familia; antes bien tener presentes los deberes que le imponen la amistad, la patria, la humanidad, etc.[5]. Por esto no me he propuesto aumentar el patrimonio de mis padres como único desideratum en este punto; sino que he procurado armonizar el espíritu de orden, de ahorro y de economía con el cumplimiento de deberes sociales que estimo ineludibles. Creo que, al lado del despilfarro y de la prodigalidad, que son hoy tan frecuentes, reina una preocupación en sentido contrario, que llega a constituir el ahorro en un principio incontrastable y no moderado por consideraciones de otro género que son harto olvidadas. El ahorro es obligado para aquel que carece de bienes de fortuna bastantes para dejar a sus hijos los medios necesarios para hacer su camino en el mundo; lo es para el que, acometiendo una empresa industrial, debe llevarla a cierto grado de desarrollo y perfección; pero en modo alguno puede imponerse como ley general a que todos deban prestar obediencia, sin atender a la entidad de su fortuna, ni a las condiciones de su familia; pues esto daría lugar, como lo está dando, a que el padre, a fuerza de poner por encima de todo su condición de tal, pierda la de amigo, la de ciudadano y la de hombre, haciéndose extraño a todo cuanto interesa a la patria y a la humanidad y a los intereses permanentes y universales de la sociedad[6].

Por esto yo he conservado y aun acrecentado la herencia de mis padres; pero no he desatendido, y menos en estos últimos años[7], otros deberes que me imponían relaciones de familia y de amistad, el amor a mi patria y a la causa de la civilización, y la prosecución de los varios fines de la vida, singularmente de aquel a que me he consagrado[8].

En estos principios me propongo inspirarme al hacer la distribución de mis bienes. Por- fortuna son estos bastantes para que yo pueda dejar a mis hijos lo suficiente a fin de que prosigan el camino que han emprendido con muchas más condiciones que aquellas con que cuentan tantos desgraciados, y destinar otra parte de ellos a satisfacer exigencias de mi corazón y de mi conciencia[9].

Además de este principio general, obedece la distribución de bienes, que me propongo hacer en este testamento, a otros particulares que expresaré en su lugar respectivo, pues deseo hacer constar los motivos racionales en que fundo aquella, para que nunca parezca fruto del capricho o del puro arbitrio con que frecuentemente dispone de lo suyo el propietario así en vida como en muerte[10].

Y como es posible que la legislación vigente de nuestra patria, o mejor dicho de mi provincia, no consienta la distribución de la propiedad contenida en este testamento, ruego a mi mujer y a mis hijos que renuncien a su derecho en cuanto él se oponga al cumplimiento de esta mi última voluntad. Ellos saben bien que hay un derecho superior al consignado en las leyes[11], que en él he procurado inspirarme al disponer de mis bienes, y por lo mismo estoy seguro de que atenderán este ruego mío, mucho más si, como espero, encuentran mis disposiciones dignas de respeto, no sólo por ser mías, sino además por estar arregladas a justicia. Yo dispondré de mis bienes como si la ley me concediera la más amplia libertad de testar, con la esperanza de que ellos harán posible el ejercicio racional —por lo menos que lo sea es mi intención— que de este derecho voy a hacer[12].

Deseo asimismo que en ningún caso el cumplimiento de mi última voluntad sea origen ni motivo de litigio alguno. No aludo en esto a mi virtuosa mujer ni a mis queridos hijos; fuera ofenderles el suponer siquiera posible que entre ellos hubiera la más pequeña diferencia, ni que por un momento se turbaran la paz y la armonía[13] que por dicha entre todos reina, y que, si cabe, espero ha de ser mayor cuando a ella presida la memoria de su padre. Dígolo, porque la varia naturaleza e índole de mis disposiciones pudiera dar lugar a dudas, mucho más habiendo de rozarse con numerosas personas, algunas de ellas para mí desconocidas, y deseo vivamente que aquellas se resuelvan pacíficamente, a lo cual ruego a mi familia deudos y amigos, sacrifiquen todo interés y aun su derecho, si ello no viene en mayor daño de la justicia.


Notas

[1] No es lo común que sé crea cosa obligada el atemperarse a principios en este orden de la vida; antes bien la preocupación reinante es la de que sólo en el interés debemos inspirarnos, lo cual es debido al predominio del egoísmo en nuestro tiempo y a ciertas doctrinas económicas no siempre rectamente entendidas. El testador no creía, y con razón, que debiera ni pudiera disgregarse de esta suerte el orden económico de la moral.

[2] Es decir, de un lado, tantas utopías reformistas sin sentido práctico e histórico; de otro, el afán de elevar la actual organización de la propiedad a la categoría de un principio, consagrando el statu quo y declarándolo indiscutible, a modo de un dogma religioso, como si el derecho en ésta esfera no estuviera sujeto, como en todas las demás, a la ley del desarrollo progresivo. Nótase, en los actuales momentos, una tendencia manifiesta, así en la esfera de la ciencia como en la de la vida, a una armonía entre las exclusivas que ha poco luchaban con encono e intransigencia. El individualismo va perdiendo el exagerado optimismo de otros tiempos, y sin renunciar al principio de la libertad, de que ha sido y es tan celoso apóstol, reconoce la existencia de ciertos males sociales y estudia el modo de remediarlos o aminorarlos sin mengua del respeto debido a la independencia individual. Y de otro lado el neo-socialismo muestra un carácter práctico y una sensatez que contrastan con el idealismo de las utopías que estaban en boga no hace mucho; y lejos de pretender la inmediata realización de concepciones puramente racionales, tiende, cayendo a veces en la exageración, a buscar en la historia solución para los problemas sociales.

[3] En efecto, tanto como nos repugna el grosero egoísmo individual, transigimos con este otro género de egoísmo, y hasta nos parece virtud en el padre de familia que lo manifiesta. Y sin embargo, si el primero es censurable en cuanto el individuo se constituye en centro del mundo, como si todo debiera estar y ponerse a su servicio, el segundo lo es, aunque en menor grado, en cuanto constituye en análoga situación a la familia, como si el hombre no tuviera en la sociedad otros vínculos y deberes que está obligado a hacer efectivos. De aquí la inercia que de todos se apodera cuando se trata de una obra social y común que trasciende del interés del individuo y de la familia, el cual con frecuencia se encubre con otro nombre, al modo que los políticos, aparentando servir a la patria y a las ideas, sólo piensan con frecuencia en sí mismos y en los suyos.

[4] Este es uno de los inconvenientes que tiene tal preocupación. Si los padres dedicaran a la educación moral e intelectual de sus hijos una buena parte de la actividad que consagran casi exclusivamente a acrecentar su riqueza, al fin y al cabo recogerían un fruto más real y efectivo.

[5] Si los que tienen cierta fortuna, y sobre todo los poderosos, hicieran un uso racional de la facultad de disponer de sus bienes, así en vida como en el momento de la muerte, se quitaría en gran parte el pretexto y la ocasión a tantas utopías como se han formulado y formulan respecto del derecho de herencia; puesto que el individuo y la sociedad harían libremente mucho de lo que se pretende alcanzar por medio de la imposición de la ley del Estado.

[6] La crítica que aquí se hace del exagerado espíritu de ahorro y economía, es exacta; pero no debe creerse por esto, en nuestro juicio, que el testador participe de ciertas teorías económicas que han estado muy en boga, y según las cuales se consideraba que el despilfarro del rico era la ganancia del pobre, como si pudiera ser nunca la conducta inmoral fuente de bien alguno real y verdadero. Un economista moderno, Mr. Cairnes, ha dicho con razón, que “no resulta beneficio alguno ni de ninguna clase de la existencia de una clase rica y ociosa. La riqueza acumulada en favor de algunos por sus antepasados, o por otras personas, si se emplea como capital, contribuye indudablemente a sostener la industria, pero lo que consumen en lujo y frivolidades no es capital, y sirve tan sólo para sostener la vida inútil de los que lo gastan. Reciban, en hora buena, sus rentas y sus intereses, como está escrito en los contratos, pero tomen el puesto que les corresponde, el de zánganos de colmena, al asistir a un festín al cual con nada han contribuido.” Lo que el testador censura es, a nuestro entender, el olvido de que la acumulación de capital, que es un medio para un fin determinado, ha de hacerse compatible con el cumplimiento de todos los demás fines para cuya realización nos sirve la riqueza.

[7] No es este el único punto en que el testador hace, entre los distintos períodos de su vida, la distinción que envuelve esta frase, presentando siempre el último de ellos como más conforme con los principios que estimaba sanos.

[8] El olvido en este último punto de ciertos deberes es más censurable quizás que en los otros. No se comprende que un hombre esté a veces de por vida consagrado a un orden determinado de actividad, y que no se crea obligado a contribuir directamente con sus medios de fortuna, a la par que lo hace con su trabajo, al progreso y mejora de lo que no puede menos de interesarle en alto grado. Este es el recto sentido que tienen las mandas piadosas. Pero ¿por qué ha de acordarse el hombre tan sólo de su Iglesia y no de igual modo de las instituciones y sociedades de que ha formado parte y a cuya obra ha contribuido consagrándose a ella a veces de por vida?

[9] Estas palabras envuelven la censura del sistema de legítimas, que, no pudiendo fundarse hoy en el principio de la copropiedad de la familia, dada la organización que hoy tiene ésta por lo general, no subsisten sino por la desconfianza que se tiene respecto del uso que de la libertad de disponer pudiera hacer el testador, en cuanto puede darse el caso, se dice, de que un padre trasmitiera sus bienes a una persona extraña, dejando hijos menores privados hasta de los medios de alimentarse y educarse. Este es un error, pues así como en vida el padre tiene la libre disposición de sus bienes y al mismo tiempo el deber de alimentar y educar a sus hijos, de igual modo esta obligación es compatible con la libertad de testar, y el imponerla no responde ni remotamente al principio en que se fundan las legítimas.

[10] En efecto, el jus utendi et abiatendi, tomado en un sentido literal, y no como lo entendieron los romanos, es el principio dominante en la práctica. El Código de las Siete Partidas dice con profundo sentido: señorío es poder que home há en su cosa de facer della e en ella lo que quisiere, segun Dios e segun fuero.

[11] Si los padres rigieran su familia en vida inspirándose en principios de la más estricta moralidad y conquistándose en ella una autoridad que tiene muy otro valor que la que la ley les concede, podrían por este medio, esto es, apelando a la rectitud de los suyos, evitar los inconvenientes que tiene la obediencia debida a los principios legales, y atemperarse a los de este otro derecho de que habla el testador.

[12] Si la necesidad de hacer un ejercicio racional de todos los derechos alcanzase de parte de los individuos un reconocimiento que desgraciadamente no obtiene, cesarían tantas prevenciones como existen contra todas las libertades en general y en especial contra la de testar.

[13] Si todos los litigantes lo fueran de buena fe, no sería un pleito causa de que se turbaran la paz y buena armonía entre parientes, amigos o conciudadanos, puesto que aquel no argüiría otra cosa que la existencia de una duda de derecho que se sometía a los tribunales para su resolución. Pero el hecho es que en todo litigio, con razón o sin ella, se supone de una ú otra parte, o de ambas, mala fe, y entonces la enemiga entre ellas es una consecuencia inevitable. Si al que litiga a sabiendas de que pretende una cosa injusta, se le procesara y exigiera la responsabilidad criminal, como reo de tentativa de estafa, pues esto es realmente el litigante de mala fe, no habría tantos pleitos ni éstos revistirían el carácter que en general revisten. Por esto son tan pocos los casos en que se somete un litigio al juicio de árbitros y de amigables componedores.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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