Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

V
[Intervención en la política]

Debo ahora decir algo de mi intervención en la política. Contribuyeron varias causas[1] a que yo profesara ideas liberales. En primer lugar, eran las de mi padre, que por ellas había padecido trabajos y persecuciones: luego, por instinto y por carácter repugnábame el absolutismo; así que recuerdo el gusto con que cuando estudiaba, siendo todavía niño, la historia patria, leía todo aquello que revelaba altivez e independencia: el rex eris, si recta facie; autem si non facie, non eris, de los Concilios de Toledo, y la famosa fórmula del juramento que prestaban los Reyes de Aragón, eran para mí como la expresión de que por encima de los Monarcas estaban la justicia y el pueblo; la guerra de las Comunidades parecíame la más santa de las guerras; Padilla, Bravo y Maldonado, la encarnación más grande de los principios de libertad e independencia; y todos los levantamientos verificados en el primer tercio de este siglo para el establecimiento del régimen constitucional, merecían mis simpatías, y los nombres de sus promotores eran para mí los de otros tantos héroes y mártires. Hoy confieso que, respetando profundamente la memoria de todo aquel que se sacrifica y da su vida por una idea, el triste espectáculo que ofrecen las desdichas de nuestra patria, me ha convencido de que la altivez española ha degenerado en un espíritu de indisciplina, que, explotado por políticos sin conciencia y soldados sin honor, nos ha llevado a través de una serie vergonzosa de movimientos populares y militares, de motines y de golpes de Estado, a una situación que el mundo civilizado contempla atónito sin poderla explicar, concluyendo al cabo por mirarnos con desden o con compasión. Ensalzo, hoy como antes, las grandes Revoluciones a que deben tantos pueblos su libertad política y civil, pero detesto los movimientos bastardos y sin idea, que conmueven estérilmente a un pueblo, así como las parodias ridículas de dictaduras y cesarismos que se levantan para satisfacer pasiones bajas y mezquinas[2].

Contribuyó también a que yo prefiriera las ideas liberales mi permanencia en la Universidad. Es un hecho que entonces y después casi todos los médicos eran liberales. La censura, que estorbaba la circulación de todo libro que pudiera contrariar los principios religiosos y políticos del antiguo régimen, no paró mientes en que en los de medicina, que nos mandaban del otro lado de los Pirineos, venía algo más de lo necesario para hacerse perito en la ciencia de curar. Por esto durante muchos años, y aun hoy, los médicos españoles eran materialistas y liberales, cosas ambas que por una de aquellas faltas de lógica[3], que tienen su explicación histórica, habían sido los revolucionarios franceses. Además, por su parte los legistas se empapaban en las doctrinas que aprendían secretamente y con gran cautela[4] en los libros que a pesar de todas las precauciones del Gobierno llegaban a. sus manos. De aquí que la opinión liberal, fruto más del sentimiento que de la reflexión, fuera la dominante en las Universidades. Entre sus adeptos había unos que imbuidos en los principios de los enciclopedistas, confundían en la misma antipatía el absolutismo y la Religión[5]; y otros que creían sinceramente en la posible armonía del catolicismo con la libertad. Yo era de estos: así que, católico y liberal, parecíame que era distinta la causa de la teocracia y la de la Iglesia, y hasta esperaba que la destrucción de aquella había de venir en provecho y gloria de ésta. Andando los tiempos y planteándose cada día más claramente la cuestión entre aquellos dos términos, yo estudié con ardor las obras del llamado catolicismo liberal de Francia y Bélgica; y si bien no me satisfacían ni me sacaban de mis dudas, que trascendían a cosas más fundamentales, me era en alto grado simpática esta escuela, porque yo creía que si su sentido preponderaba, podía todavía el catolicismo servir en gran, manera a la causa de la civilización[6]. Esta esperanza fuese después desvaneciendo hasta que el Syllabus vino a convencerme de que si erraban mis antiguos compañeros de las aulas al creer incompatible la Religión con la libertad, la misma Iglesia ha venido a declarar que lo es el catolicismo con la civilización moderna[7].

Joven, entusiasta y liberal, tomé partido por el nuevo régimen que se levantaba en frente del antiguo, por doña Isabel II contra Carlos V, defendiendo el sistema constitucional con la pluma y también con las armas como miliciano nacional. Una guerra civil es horrible; ¡para conocerlo no hay como tomar primero parte en ella y contemplarla después al cabo de cuarenta años! Yo pasaba por ser uno de los más humanos, y sin embargo, entonces aplaudí o disculpé hechos que hoy juzgo de muy distinta manera. En ninguna ocasión, tanto como en estas, impera el principio de que el buen fin autoriza los malos medios; y además, la idea de que la guerra es en sí un mal autoriza la creencia de que todo lo que a ella se refiere reviste el mismo carácter y queda fuera de las leyes generales y comunes de la justicia y de la moralidad[8].

De los dos partidos en que se dividió el campo liberal, merecía naturalmente mis simpatías el más avanzado, el progresista, y en él me afilié. Hoy me doy cuenta de lo que tenias de erróneo sus principios, llenos de muchas de las preocupaciones del final del siglo XVIII[9]; pero consideraré siempre como un honor el haber pertenecido a él, porque en sus buenos tiempos fue patriota, desinteresado y, movido, es verdad, más por el sentimiento que por la reflexión, ha sido el promotor de las principales reformas políticas y sociales llevadas a cabo en la primera época de nuestra Revolución[10]. Remuérdeme la conciencia por haber sido demasiado observador de la disciplina que esta parcialidad imponía a sus adeptos. Me repugnaba prescindir de lo que yo sinceramente pensaba, para acatar lo que me imponían el partido o sus jefes; pero, de un lado, la idea de que sin disciplina era imposible la vida de aquel[11]; y de otro, la costumbre de considerar el separarse de sus amigos políticos como una grave inconsecuencia, digna de severa reprobación, hacían que yo me sometiera. Sin embargo, nunca conseguía aquietarme por completo; pues parecía que había dentro de mi algo que me decía que la primera y más exigida consecuencia es la que debes guardar los hechos con el dictado de la con ciencia, con las propias convicciones. Un día oí decir a uno de los progresistas más importantes, que estaba dispuesto a seguir a su partido hasta en sus extravíos[12]. Esto me obligó a pensar, y llegué al fin a la conclusión contraria. Desde entonces pasé entre mis correligionarios plaza de díscolo; pero ante mi conciencia me creí más disciplinado que antes.

Otra cosa de que tengo también que arrepentirme, es de mi conducta en punto a elecciones, sobre todo en las contadas ocasiones en que el partido progresista estuvo en el poder, y por breve tiempo. Nunca hice lo que se llaman atrocidades; así que me tenían por escrupuloso en la materia mis correligionarios; pero no tuve bastante fuerza de voluntad para resistir a la tentación de utilizar en favor de mis amigos algunos de los resortes menos groseros de la llamada influencia moral[13]. Hoy considero todo esto como un verdadero crimen, porque los abusos en este punto son quizás el origen principal de nuestras desdichas: sale el agua turbia de la fuente, y sigue recogiendo la maleza en su camino y manchándolo todo. La corrupción electoral produce la corrupción parlamentaria y la administrativa, y motiva las revoluciones o da pretesto a los pronunciamientos; y el desprestigio del sistema representativo hace revivir las esperanzas insensatas de los que sueñan con la vuelta del antiguo régimen[14].

He formado parte en distintas ocasiones del Municipio y de la Diputación provincial; nunca quise aceptar el cargo de diputado a Cortes con que más de una vez se me brindó, porque no quería en modo alguno abandonar mi cátedra; y no me pesa haber resistido la tentación que en sentido contrario me solicitaba, porque he visto a tantos perder su idiosincrasia moral en el Parlamento, que, no creyéndome mejor que ellos, pienso me habría sucedido tal vez lo mismo[15].

No hay para qué decir que he conspirado: ¿qué liberal español no lo ha hecho en este siglo? No era de los más dispuestos para ello, pero no me detenían razones de justicia: en este punto me parecía bastante que se tratara de la libertad y de obtener el poder para mi partido: me paraba sólo la consideración de la sangre que se iba a derramar acaso inútilmente. Tomé parte en la Revolución de Setiembre de 1868, y no me pesa; pues aunque cada día me repugnan más los movimientos de fuerza, no he dejado de considerar que la insurrección es un derecho cuando un pueblo apela a este medio, perdida toda esperanza de poder utilizar los pacíficos, para recabar su soberanía y ser dueño de sus propios destinos, arrancando el poder de manos de una institución o de una minoría que se han impuesto abusiva y tiránicamente[16].

Durante los años de 1868 a 1875 estuve afiliado al partido más liberal dentro de la Monarquía: acepté al Príncipe D. Amadeo de Saboya; lamenté la conducta que con él siguieron los conservadores y mis correligionarios[17]; cuando su abdicación, desaprobé la forma en que se proclamó la República, aunque, comprendiendo que la cuestión estaba planteada entre esta solución y la restauración, fui de los que aceptaron la primera de buena fe; vi con pena el criminal movimiento cantonal, con repugnancia el acto de fuerza del 2 de Enero de 1874[18], y sin sorpresa el de 31 de Diciembre del mismo año[19].

Hoy, enfrente de la restauración, que comenzó inspirándose en sentimientos de tolerancia y en un espíritu expansivo, pero que cada día contradice estos propósitos manifestados en un principio[20], creo que una especie de fatalidad se opone a que esta dinastía pueda resolver los problemas sociales y políticos planteados en los tiempos presentes; y como es un sueño pensar que en España sea posible otra Monarquía que la de Borbón, estimó que la República es la llamada a dar solución a aquellos; pero no la República individualista, estrecha y sin sentido de los que, rindiendo un culto pagano a la forma, imaginan tenerlo todo con tener aquélla[21]; ni tampoco la República revolucionaria y desorganizadora de los que intentan reproducir las luchas de clases y resolver en un día cuestiones delicadas que piden detención y madurez de juicio[22]; sino la República reformista y conservadora a la vez, que no incurra en el error de aceptar como buena herencia la centralización de la Monarquía, ni en el absurdo de retroceder a la anárquica diversificación del poder de la Edad Media; que, lejos de ser, indiferente ante los dolores de las clases menos acomodadas, procura buscar remedios para ellos en la esfera en que incumbe al Estado, pero en el seno de la paz y llamando a esta santa obra a todas las instituciones sociales y a todos los hombres de buena voluntad[23].

Sin embargo, a la edad avanzada en que estos sucesos me encuentran, renuncio a tomar parte activa en la política. Desde mi retiro seguiré con interés hasta que muera, las vicisitudes políticas de esta querida y desventurada patria. No tengo odio ni antipatía al actual Rey de España, no se la tenía a su madre, y me costó trabajo en 1868 asociarme a los que la destronaron, recordando que por ella había yo trabajado en la ciudad y luchado en los campos de batalla[24]. Creo que D. Alfonso tiene buen deseo y el propósito sincero de ser Rey constitucional: pero ¿cómo es posible que se sustraiga, mucho más siendo un niño, al influjo de políticos preocupados y miopes cuando no egoístas o no bien intencionados?

Hoy menos que nunca soy pesimista[25]. Deseo que cada régimen haga todo lo bueno que sea posible dentro de sus principios y modo de ser. Si la Monarquía es expansiva, tolerante, respetuosa del derecho, podrá todavía alcanzar la gloria de preparar el camino para todas las reformas políticas y sociales que piden los tiempos, y obligará a sus mismos adversarios a luchar en el seno del orden y de la paz, sin los que no hay vida posible para ningún pueblo, ni esperanza de salvación para nuestra querida España[26].


Notas

[1] Sería curioso y de gran utilidad el saber el origen de las ideas que cada cual profesa en política. Claro es que el único motivo racional es el convencimiento que es fruto de la reflexión, pero no por eso deja de ser lo cierto que las más veces nos ponemos de parte de estos o aquellos principios por simpatías de que nos dejamos llevar con harta facilidad, o por compromisos que contraemos con demasiada ligereza y hasta por casualidad, cuando no por móviles egoístas o interesados. De aquí nacen esas veleidades, variaciones y transacciones, y esa falta de fe, de fijeza y de consecuencia en los hombres políticos, que tan frecuentes son en nuestro país. Uno se afilia en un partido, porque a él pertenece su padre; otro le sigue, porque siendo casi un niño cometió la ligereza de escribir un artículo en un periódico o de pronunciar un discurso en un meeting; éste, porque se cree obligado a seguir a un hombre importante a quien debe un favor o un destino; aquel, porque esa parcialidad ofrece más esperanzas de porvenir para sus adeptos; y no falta quien hace de esta cuestión una de buen gusto, pareciéndole de buen tono el tomar puesto en un partido con preferencia a otro.

[2] Se conoce bien que estas líneas están trazadas bajo la impresión de los sucesos de estos últimos años, que han producido en el modo de ser político de España una serie de bruscas trasformaciones realmente increíbles. Quizás parezca a algunos un tanto dura la censura que de nuestro estado actual y de sus causas hace el testador; pero la verdad es que todos debemos convencernos de que no es racional esta vida que no es vida, que es una perpetua congoja, producida por la lucha de toda clase de intereses y de todas las pasiones, y por la ausencia de toda clase de principios y de ideas. Convénzanse los unos de que sin la paz no es posible la vida ordenada, única digna de un pueblo civilizado; convénzanselos otros que la paz de la servidumbre es la guerra inevitable.

[3] El régimen político que se deduce del materialismo, es el absolutismo, en que, procediendo con lógica, vino a parar Hobbes.

[4] Todos hemos oído a nuestros padres las precauciones que tenían que tomar para no ser sorprendidos en la lectura de los libros que entonces se consideraban perniciosos, que no eran pocos. Hoy, aun bajo los Gobiernos más restrictivos, no dejan de verse en los escaparates de las librerías toda clase de obras; y eso que, si fueran aquellos lógicos, debieran establecer la absurda aduana literaria de otro tiempo.

[5] El escepticismo volteriano, a que alude el testador, todavía dura en el espíritu de algunos en quienes la edad no ha producido otro efecto que el imponerles una reserva que, si a veces discreta, otras llega a la hipocresía.

[6] Contribuyendo al renacimiento de la vida cristiana, en vez de preocuparse de la declaración de nuevos dogmas, de recabar un poder político que ha perdido la Iglesia para siempre, y de aspirar a una hegemonía o tutela sobre la sociedad, que los tiempos piden comparta con otras instituciones.

[7] Realmente después de la publicación del Syllabus y de las declaraciones de la infalibilidad del Pontífice romano, nos parecen vanas las ilusiones de los que por medio de distingos y sutilezas quieren escapar a lo que es una imposición de la lógica.

[8] El testador escribía estas líneas sin duda bajo la impresión de lo que pasa en la segunda guerra civil que ha aniquilado la patria. En esta, como en la primera, ambos partidos contendientes han sido poco escrupulosos en los medica: el rebelde, faltando a todas las leyes divinas y humanas, para sostener lo que llama sacrílegamente la causa de Dios; el liberal, olvidando que nunca un Gobierno puede tomar tomó criterio de conducta el responder con la injusticia a las que cometen los que comienzan por ponerse fuera de la ley. De un lado el incendio, el saqueo, el asesinato; de otro las confiscaciones, los destierros, la tala de campos y cosechas: de ambos, la consagración del principio inicuo e inmoral de que el buen fin autoriza los malos medios.

[9] La principal fue sin duda la relativa a la soberanía nacional, que consideraron los progresistas, no sólo como fuente de poder, sino también como fuente de derecho: error que vino a rectificar en nuestra patria la escuela democrática.

[10] Este buen juicio del partido progresista, el cual bien puede decirse que concluyó su misión en 1868, es a nuestro parecer justo y exacto. Con la afirmación de la soberanía del pueblo, con la desamortización y la desvinculación, aun cuando no fueron siempre acertados el modo de concebir y el de realizar estos principios y reformas, destruyeron la organización política y social del antiguo régimen.

[11] Argumento de que usan y abusan con frecuencia los jefes de partido, para llevar a éste por el camino que cuadra a sus preocupaciones, cuando no a sus personales intereses.

[12] Lo sorprendente es que esto, dicho así tan en crudo, se considerara por el que lo dio y por los más de los que lo oyeron, como un acto digno de alabanza.

[13] Y hoy se sonreirán muchos al leer esta confesión del testador, estos escrúpulos inconcebibles para aquellos que, después de censurar severamente todo este falseamiento del acto más importante de la vida de los pueblos regidos constitucionalmente, cuando se lleva a cabo en su contra, hacen, aceptan o contribuyen a lo mismo con sin igual cinismo cuando tiene por objeto favorecerlos. Ya no queda en este punto más que la hipocresía, que algo vale en cuanto es “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”; en la Gaceta; los Gobiernos ofrecen presidir imparciales a las elecciones; pero en el hecho, el que censura o crítica que la oferta; no se cumpla, pasa plaza de inocente, de visionario, de hombre exento de todo espíritu práctico.

[14] Es indudable que así como en Francia el imperialismo debe en parte su existencia a los abusos y excesos de la monarquía de Luis Felipe, en España el renacimiento del absolutismo es efecto principalmente de la degeneración y falseamiento del sistema constitucional. En ambos países las corruptelas que se han encubierto con el nombre de buenas prácticas, han desacreditado el sistema parlamentario, el cual, en vez de ser el único medio eficaz de que un pueblo se gobierne a sí mismo, es tan sólo el teatro donde batallan la cábala, la intriga, el ansia de poder, la ambición y el afán de alcanzar los puestos oficiales, desde los más elevados hasta los más humildes.

[15] Es verdaderamente notable lo contado de los que conservan su integridad moral cuando se engolfan en la vida parlamentaria; tanto que no es posible explicar este hecho sólo por la decadencia de las costumbres públicas y el rebajamiento de los caracteres. En nuestro juicio, no es todo culpa de los individuos, ni consecuencia de la torcida voluntad de los mismos, sino que toca una buena parte a las condiciones de la presente vida política, así en la esfera del pensamiento como en la de la realidad. Aquella parte de la ciencia que se ocupa de la aplicación de los principios a los hechos, de las leyes según las que debe verificarse esta permanente penetración de las ideas en la práctica, de dar guía y dirección a los que profesan este arte, a los políticos, es sin duda alguna la que ha alcanzado menos desarrollo, incomparablemente menos que la Filosofía y la Historia, entre las cuales aquella se mueve y de las que recibe las condiciones esenciales para su propia obra. Si a esto se añade que cuando se trata de la política todos nos creemos con vocación y facultades para ella, sin pararnos a comprobar la verdad de tal suposición, como hacemos cuando se trata de otras profesiones, resulta que los más o muchos de los políticos se encuentran a la vez sin criterio y sin aptitud para conducirse en la realización de su delicada misión, y cometen errores y caen en faltas que no siempre son hijas de la perversión, y sí de la ignorancia y de la torpeza, con frecuencia explotadas por otros que saben aprovechar estas condiciones para encubrir con los nombres de oportunidad, exigencias de la impura realidad, imposición de los hechos, etc., lo que es sólo sugestión de su egoísmo y ambición.

[16] En nada tanto como en el juicio de las revoluciones impera el interés de partido. En vez de asentar un principio: que sirva de criterio para declarar la legitimidad o ilegitimidad de ellas, solemos estimarlas justas o injustas, según favorecen o contrarían nuestras ideas. Así se observa la lamentable facilidad con que los políticos pasan de la severidad a la laxitud cuando se trata de juzgar estos hechos, Según que ocupan el poder o están en la oposición. Algo análogo pasa con las dictaduras, pues no falta quien las cree compatibles con la libertad, y nos habla de dictadura liberal, como si pudieran compaginarse estos dos términos antitéticos.

[17] Pocos hechos de nuestra agitada vida política demuestran tan elocuentemente como este el absoluto predominio que entre nosotros ejerce el interés de partido, móvil casi único y exclusivo de la conducta de todas las parcialidades políticas.

[18] Pocas veces ha sido la legalidad tan hollada por la fuerza bruta.

[19] En efecto; era la secuela natural del 2 de Enero de 1874.

[20] Quizás esto, que es por desgracia una verdad, ha sido debido a la prolongación de la dictadura. Sin ella, la opinión pública, fatigada de inútiles ensayos, pero contraria a retrocesos que están preñados de peligros, se habría impuesto a los poderes públicos, reduciendo al minimum posible la restauración. Con ella los intereses personales y los egoísmos de partido se están agitando en el silencio; y por miedo a perder un poder que se le escapa de las manos, emplean y utilizan los prohombres de la situación los medios que el azar ha puesto en sus manos en obras tan levantadas y meritorias como la de crear partidos artificiales, que sirvan, no para procurar, el bien de la patria, sino para satisfacer exigencias de esta o aquella individualidad.

[21] No sólo estamos de acuerdo con lo que aquí dice el testador, sino que estimamos corruptora esta adoración de la forma política, que puede conducirnos a una serie de desengaños como los que han producido análogas ilusiones respecto de los efectos de una libertad abstracta y formal, desligada del fondo ético de la vida. Y, sin embargo, un orador célebre, bajo el influjo de esta preocupación, ha llegado a decir que prefería una mala República a una- buena Monarquía.

[22] En efecto; el espíritu revolucionario por sistema, el entusiasmo por las utopías y las tendencias al privilegio de clase son los peligros que lleva en su propio seno la democracia moderna, comprometiendo las justas aspiraciones que en lo demás abriga.

[23] Uno de los más graves errores de los partidos monárquicos, excepción hecha de los de Inglaterra, es, en nuestro juicio, la actitud en que se colocan frente al problema social. Sordos ante los anuncios y consejos de escritores que no debieran serles sospechosos, hasta niegan la existencia de aquel, cerrando los ojos a la luz, y contribuyendo de este modo a complicar y agravar los conflictos que debieran desatar y conjurar. Menos excusa tiene este prejuicio en los mantenedores de la República “individualista, estrecha y sin sentido”, censurada más arriba por el testador.

[24] Escrúpulo nimio parecerá éste a tantos como olvidaron, en momentos de desgracia para la Reina Isabel, favores personales que de ella recibieran.

[25] En lo que sigue da el testador testimonio elocuente de que no lo es.

[26] Mientras subsista la desventurada teoría de los partidos legales e ilegales, este deseo desinteresado y generoso del testador no podrá ser una realidad.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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