Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

VI
[Ejercicio de su profesión]

Aunque en otro lugar queda dicho algo acerca de mi ingreso en la enseñanza, quiero consagrar algunas líneas al ejercicio de mi profesión. La que cada cual ejerce es la que une más al individuo con la sociedad, porque trasciende a todos la obra de cada uno mediante la infinita división de trabajo que tiene lugar entre los hombres, Además en este punto he participado de errores muy comunes, que luego he tenido ocasión de rectificar y deseo indicarlos brevemente.

Claro es que si dejé mi profesión de médico por la de catedrático, no era yo de los que creen que debe de preferirse en la vida la ocupación que más lucro nos ofrezca[1]. La enseñanza en este respecto no era entonces tentadora en España, ni lo es tampoco hoy. Seguí este camino, porque la vocación[2] me solicitaba a ello, y sin pararme a razonarlo, encontraba que era una cosa natural y exigida el atender a esta voz interior.

Pero durante mucho tiempo confieso que no me guiaba en mi conducta como profesor el móvil puro y desinteresado del deber. Era para mí la Universidad lo que para el poeta el teatro: los triunfos me halagaban y las caídas me mortificaban, porque mi amor propio se sentía satisfecho o contrariado; oía con gozo, apenas disimulado, los elogios, y me disgustaba saber de las censuras; acomodaba a veces la forma de mis explicaciones, nunca el fondo, al gusto de los alumnos; en fin, aspiraba a la fama y soñaba con la gloria[3].

Más tarde fue retirándose este interés personal, aunque generoso, y cediendo su puesto al supremo interés de la ciencia y al móvil, único digno, del deber. Entonces parecióme la Universidad un templo y el profesor un sacerdote: comprendí que la vocación que en cada hombre se despierta no la pone Dios en él para bien del individuo, sino para indicarle la parte que le toca en la obra de la vida universal; encontré que el interés de la verdad estaba tan alto, que me pareció vanidad censurable convertirla en medio para fines personales, cuándo ella pedía y merecía que se la pusiera por encima de todo; estimé que sólo después de servirla, era lícito complacerse en haber sido su humilde órgano; y desde entonces seguí mi camino inspirándome tan sólo en estas consideraciones y sin separarme de él por un mal entendido respeto al mundo, aunque nunca he dejado de tomar en cuenta la opinión de éste, ni de tener gusto en encontrar apoyo y aprobación en la sociedad[4].

Con motivo de la cuestión religiosa he dicho ya la circunspección con que procuraba yo proceder en ciertas materias respecto de mis alumnos. Siempre creí que el profesor, a la par que instruye, educa a la juventud[5], y con nada tanto como con el ejemplo; y por esto, así en la cátedra como fuera de ella, he tratado de contribuir a este fin, observando una conducta que quizás habría sido menos pura sin este acicate y sostén. Los años que fui profesor, cuando todavía era soltero, acaso no habría tenido fuerza para huir ciertos extravíos, con que es harto condescendiente la sociedad actual, sin el recuerdo siempre presente en mi espíritu de este deber.

Al principio mortificábame toda petición de los alumnos que tenía por objeto la dispensa de clase o adelantar las vacaciones; porque era indicio de que no eran para ellos mis explicaciones tan gratas como mi amor propio deseaba. Más tarde, cuando había ya adquirido cierta reputación y no me creía por lo mismo necesitado del sufragio de mis discípulos, confieso que veía sin pena la ocasión de descansar de mis tareas ordinarias. Pero luego, cuando el sentimiento del deber, y no el amor a la fama, me impulsaba, dirigí todos mis esfuerzos en tales ocasiones, harto repetidas en los últimos años, a hacer comprender a aquellos la nobleza, dignidad y santidad del trabajo, y los errores acerca de la naturaleza de éste y de la noción del deber que argüían sus pretensiones[6]. Una cosa análoga he hecho para contribuir por mi parte a corregir ciertos deplorables hábitos, muy arraigados en nuestras Universidades, mediante los cuales se alcanza por el favor en los ejercicios académicos lo que sólo se debe obtener por justicia y por merecerlo[7].

Como me es antipático, hoy más que nunca, todo lo que sea atomismo en la vida, que es por naturaleza social, he deseado siempre para la corporación docente una organización  que permitiera una libre y eficaz cooperación de todos sus miembros a la obra común. Era imposible aspirar a esto cuando la legislación académica ponía el centro de acción de la Universidad en el Estado[8]; fue imposible después, cuando aquella organización centralizadora e impuesta desapareció, porque, doloroso es decirlo, el profesorado, o no tiene conciencia de sus deberes, o no ha comprendido las nuevas necesidades de los tiempos, o el entusiasmo por la ciencia ha sido sustituido en él por una inercia incomprensible[9]. Procuré por mi parte hacer algo porque la Universidad respondiera a estas exigencias; juzgué inútiles y perdidos mis esfuerzos, y renunciando a esta nueva vida colectiva, con que yo había soñado, volví de nuevo a encerrarme en mi obra individual.

Hace pocos días he dejado de ser profesor a consecuencia de un hecho lamentable que ha llamado la atención, no sólo en España, sino también en la Europa culta. Compañeros estimables, cuyas ideas no comparto en muchos puntos[10], pero cuyo amor a la verdad y a la enseñanza conozco bien, han visto hollada su dignidad de hombres y de profesores. Como profesor y como hombre me siento herido, y cumpliendo lo que estimo un deber ineludible, he protestado contra el atropello; pero como presiento que comienza para la Universidad una era de persecución y de lucha, y a mi avanzada edad no es posible dividir las fuerzas entre esta tarea de guerra y la de paz, en que consiste la investigación y enseñanza de la verdad, he hecho dimisión de mi cátedra[11], no para buscar en el ocio un gozo que no puede encontrar en él quien ha pasado su vida trabajando, sino para consagrar a la ciencia la poca actividad que Dios quiera concederme todavía: Desde mi retiro contemplaré los triunfos y las derrotas de mis queridos compañeros con aquel interés con que el veterano contempla desde lejos el campo de batalla en que unos encuentran la muerte y otros los lauros, todos la gloria, si derraman su sangre por la santa causa del derecho. ¡Ojalá me sea dado no ver en la Universidad otras luchas que la de la verdad con el error, en el seno de la paz y del mutuo respeto entre todos los sistemas y todas las escuelas![12]


Notas

[1] Como es natural que suceda en una época en que domina el afán de los bienes materiales, como si fueran los primeros y los más importantes.

[2] Véase lo que más adelante dice el testador de la vocación, con motivo de la educación de sus hijos.

[3] Esta debilidad, que sinceramente confiesa el testador, es muy frecuente y disculpable cuando no llega a convertirse en un estado permanente; pues en tal caso viene a ponerse al servicio del interés personal un elevado ministerio, que no deba tener otro fin que la investigación y propagación desinteresada de la verdad.

[4] Como se ve, el testador no desdeña la opinión de la sociedad en que vive, ni deja de estimar su aprobación; pero juzga, y con razón, que antes que todo esta la devoción sincera a la verdad, y que sólo subordinadamente a este primer deber es lícito dar satisfacción a sentimientos que son puramente individuales.

[5] Es la enseñanza una combinación de dos elementos; la instrucción y la educación, cada uno de los cuales predomina según los grados de aquella; la educación en la propia de la primera edad, la instrucción en la superior; pero sin que dejen de darse ambas en todas; siendo de notar que suele ser más permanente y trascendental el efecto que alcanza un profesor en el primer respecto que en el segundo, pues con frecuencia la doctrina qué explica a sus alumnos desaparece del espíritu de éstos por no haber echado raíces, mientras que el resultado que obtiene en su carácter moral, en la dirección de sus facultades intelectuales y en su gusto y estimación por la ciencia, quedan para siempre.

[6] Verdaderamente estas pretensiones, no sólo son dignas de censuras, como suele pensarse, porque contrarían las disposiciones legales y son incompatibles con la disciplina académica, sino que lo son más aún, porque acusan en los alumnos una idea tan equivocada de su deber, que no puede menos de trascender a toda su vida escolar. Si no miraran el trabajo como una pena, el deber como una cosa seca y difícil, el estudio como una imposición, y si realmente vinieran a cultivar este fin esencial de nuestra actividad con una vocación probada, no se les ocurriría de seguro el deseo de cercenar el tiempo consagrado a sus tareas, antes bien serían de él avaros. Pero para esto es necesario que el profesor dé el ejemplo, desempeñando su elevado cargo con entusiasmo, con verdadera, devoción, sin escatimar fatigas ni mostrar cansancio.

[7] Poco severo se muestra en este punto el testador; a nuestro juicio. La laxitud en materia de exámenes y grados ha sido y es tal, que toca en los límites del escándalo, como se ha conocido harto claramente en estos últimos años, durante los cuales ha faltado a la libertad de enseñanza lo que es una condición indispensable para hacerla viable y fructuosa, el rigor y la severidad en los ejercicios académicos.

[8] Una de las deplorables consecuencias de la indebida intervención del Estado en un fin social extraño a su misión, o de llevarla más allá de lo justo en su extensión o en su duración, es ésta. La institución que se acostumbra a vivir bajo impulso ajeno, pierde su propia energía, y cuando pretende moverse por sí misma, encuentra atrofiados los órganos de su actividad.

[9] Cualquiera que sea la causa, el hecho es por desgracia innegable. Da pena pensar el contraste que forman las Universidades de hoy con las de la Edad Media; cada una de las cuales merecía con razón el nombre de universitas. Entonces todo era unión, entre facultades, entre profesores, entre alumnos; hoy todo es disgregación y atomismo: por esto antes cada Universidad era un poder; ahora son nada. Hace ya muchos años decía Balmes lo siguiente: "Las cátedras son miradas a lo más como un hincapié para subir más arriba; con las arduas tareas que ellas imponen, se unen mil y mil de un orden diferente, y se desempeña corriendo y a manera de distracción lo que debería absorber al hombre entero.” ¿No será esta una de las causas del mal que lamenta el testador?

[10] El testador hace constar esto sin duda para que no se crea que inspiró su conducta el espíritu de secta, de escuela o de partido, estimando, como es justo, que lo aquí desconocido es el derecho del hombre y del profesor, sin que importe por lo mismo que sean estas o aquellas las ideas y creencias de los catedráticos víctimas de una iniquidad, ante la cual creyó con razón el testador que no era posible guardar silencio. ¡Extraña coincidencia! cuando Gobiernos revolucionarios atentaron al derecho de ciertos profesores, aunque no a su dignidad personal, los únicos que protestaron fueron precisamente algunos de los ahora arrojados torpe, injusta e ilegalmente de la Universidad.

[11] Quizás parezca a algunos debilidad esta, retirada; pero a nuestro juicio está justificada. Es incompatible con una edad avanzada la lucha interior que produce la división de nuestra atención y de nuestra actividad entre el cultivo de la ciencia, que pide completa serenidad y tranquilidad de espíritu, y el esfuerzo necesario para recabar o mantener la dignidad y la independencia, de un ministerio público en medio de las enconadas contiendas de nuestra agitada vida política.

[12] Por demás optimista nos parece aquí el testador, cuando a sus años todavía encontraba posible que fuera una realidad esta su noble y generosa ilusión.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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