Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

VIII
[Carrera de éstos]

Después de la educación, nada de lo concerniente a los hijos tiene la importancia que lo tocante a su profesión o carrera[1].

Yo seguí con el interés que es natural los estudios de segunda enseñanza de mis dos hijos, procurando tratar de descubrir el género de investigación científica a que mostraban más inclinación, así como las facultades que en ellos eran predominantes, a fin de conocer su verdadera vocación[2] y guiarles, si por acaso motivos poco serios, aunque explicables en tal edad, los impulsaban a seguir en este respecto un camino que no fuera el debido, ya que tanto yo como mi mujer estábamos resueltos a no ejercer sobre ellos coacción de ningún género en este punto[3]. En cambio no faltaron personas que hicieron entender al mayor de los dos, que parecía natural que fuera médico como su padre[4], y eso que éste no podía dejarle una clientela en herencia, circunstancia sobre la que, a haber existido, no habrían dejado de llamar la atención; así como, cuando se trataba del segundo, al cual no alcanzaba este extraño vínculo, algunos creían darle una prueba de interés y de cariño discutiendo qué carrera ofrecía mejor porvenir, es decir; mayor lucro[5].

Observé que mientras uno de mis hijos, el mayor, mostraba inclinación a la filosofía y a la historia, al otro atraíanle las ciencias matemáticas y las ciencias naturales; pero ambos tenían de común el preferir los estudios de aplicación; así que el uno gustaba más de las cuestiones morales que de las metafísicas, y el otro más se complacía en considerar la utilidad que a la industria y a la agricultura prestaban las ciencias de su predilección que no en resolver los difíciles problemas del cálculo. Noté además que el uno se interesaba en aquellas conversaciones que recaían sobre puntos de derecho, política, moral, etc., preguntando siempre el por qué de las cosas, pero de aquellas que miraban a la vida y no a la pura región de las ideas; y que el otro se interesaba en todo cuanto hacía referencia a los adelantos y progresos de la industria. En vista de esto parecióme que debían consagrarse, el uno al Derecho, el otro a la Industria[6].

No tuve, por lo que hace al mayor, necesidad de evitar desviaciones en este camino, pues naturalmente se dirigía a él; así que al concluir la segunda enseñanza, le dije mi opinión respecto de sus estudios ulteriores, y resultó que cuadraba por completo con sus aspiraciones. No sucedió lo mismo en cuanto al menor, pues primero cayó en la tentación, tan frecuente en los jóvenes, de querer ser militar, llevado, no tanto del atractivo del uniforme, como de cierto ardor bélico que hay en el fondo de su carácter. Reconozco la grandeza que tiene una carrera que consiste en dar su sangre y su vida por la patria y por la justicia, mas, no obstante esto, y que a una función social que es necesaria parece que debe corresponder una profesión, siempre he venido a parar, cuando en esto he pensado, en que es imposible que ningún hombre nazca y venga, al mundo con una vocación que consiste en matar y destruir[7]. Comprendo bien que cuando llegue el caso, todos los ciudadanos den de mano a sus tareas ordinarias y empuñen las armas para defender una causa santa, pero no que esto constituya la base del modo de ser permanente del individuo[8]. Por fortuna, fue este deseo de mi hijo pasajero como un fuego fatuo.

En cambio, surgió otra dificultad que era un tanto más difícil de remover. Yo veía claro que mi hijo debía ser industrial, pero a él le pareció, que esto era lo mismo que quedarse sin carrera. Seguir una en España es ser abogado, médico, catedrático, ingeniero y hasta empleado: ser agricultor o industrial es no tenerla; error gravísimo de que nacen no pocas de nuestras desgracias[9]. Así, que comprendí que el deseo de mi hijo era obtener un título científico en cualquiera cosa, y luego dedicarse a la industria, esperando de este modo alcanzar en su día en la sociedad una consideración que de otro no obtendría. Para disuadirle de este propósito, le hice comprender, que el hombre no podía en conciencia cultivar una rama de la ciencia durante años, con el fin, hasta cierto punto pueril, de obtener un título que sirviera de escudo a su amor propio; que no había jerarquía entre las profesiones, todas dignas y honrosas cuando el que las ejerce se inspira en móviles generosos y desinteresados; que como siempre en la vida se ve un más allá, todo el tiempo debe consagrarse a aquello a que la vocación nos llama especialmente, sin perjuicio de atender, como es justo y obligado, a acrecentar nuestra cultura general; que siendo industrial, podía encontrar él, como los demás en sus profesiones respectivas, la esfera adecuada a sus facultades, consideración para su persona, y ocasión y medio de servir a su patria y a sus semejantes, contribuyendo al cultivo de un fin esencial de la vida; y, por último, que todo podía conciliarse haciendo los estudios que constituían la carrera de Ingeniero industrial, la cual, no pasa en verdad en España por brillante ni lucrativa; pero sería una preparación conveniente para sus trabajos. Esta última consideración le sacó de dudas, y aceptó de buen grado y satisfecho mi indicación[10].

Llevaba ya dos años de estudios el mayor, cuando debía comenzar los suyos el menor; y entonces mi mujer y yo hicimos un sacrificio en aras de lo que estimábamos que era el bien de nuestros hijos. Había cursado el primero dos años de la facultad de Derecho en la Universidad en que era yo catedrático; pero el segundo no podía menos de ir a Madrid a seguir su carrera. Esto me preocupaba, porque por su corta edad y por su carácter, un tanto ligero entonces, era peligroso dejarlo solo en la corte, donde, decía un amigo mío, se reúne algo de lo bueno y todo lo malo de España; y en su vista decidimos que fueran los dos a Madrid, el uno a continuar su carrera y el otro a comenzarla; con lo cual, si nos privábamos del inmenso gozo de tenerlos a nuestro lado, viviríamos tranquilos, porque la edad y las condiciones del mayor, de ellos eran para nosotros segura garantía en este respecto. Además me alegraba yo de que éste se trasladara a la corte por otro motivo, y era que allí podía adelantar en su educación científica mucho más de lo que era posible en la Universidad donde yo explicaba, principalmente porque allí encontraría en las corporaciones literarias[11] y en el trato social un útil complemento de la enseñanza oficial.

Por entonces agitaban las conciencias los periódicos de cierta comunión política, con la famosa cuestión de los textos vivos, y como mi hijo mayor iba con el propósito de asistir a alguna de las clases de la facultad de Filosofía y Letras, a que pertenecían los más de los catedráticos atacados, me creí en el caso de decirle algo sobre este punto, al propio tiempo que daba a ambos aquellas reglas y consejos que estimaba más eficaces para el logro de su propósito, utilizando al efecto el fruto de mi larga experiencia en la enseñanza.

A este propósito le recordé cuanto en varias ocasiones le había dicho con motivo de la Religión, siempre conforme a lo convenido con mi mujer, y que en otro lugar queda expuesto. Pensar que hoy pueda ni deba conservar un joven las creencias de la niñez por medio del aislamiento, esto es, prohibiéndole oír a este profesor, leer aquel libro, tratar con ciertas personas, es absurdo y hasta contraproducente[12]. El joven educado de esta suerte corre el grave riesgo de ser sorprendido por el primer sofisma que el escepticismo desliza traidoramente en su espíritu, y pasar de la creencia pasiva y ciega a la duda frívola y universal. En la época presente, el hombre no puede eximirse de confirmar o reformar su fe en medio de la discusión y de la lucha; a los padres toca dirigir a sus hijos, aconsejarlos y sostenerlos para que en todo caso encuentren en medio de los dolores de esta crisis la paz de la conciencia. Convencido de esto, procuré inculcar en el ánimo del mío él deber en que estaba de oír sin prevención a sus profesores, de estimarlos por la dignidad de su conducta y no por sus ideas y convicciones, y de recibir su enseñanza sin prevención favorable ni contraria. Además, conociendo yo por experiencia la facilidad con que los alumnos se deciden por una doctrina y se afilian a una escuela o partido, hícele comprender a mi hijo lo perjudicial que era para la libre investigación de la verdad este espíritu de secta; y que, respetando a sus maestros y aun amándolos, debía tomarlos por guía; pero como juez sólo a su conciencia[13].

Por fortuna, ambos hermanos han seguido y terminado su carrera sin haber dado a sus padres sino motivos de contento y satisfacción. El uno, luego que hubo recibido la investidura de licenciado en Derecho, comenzó a trabajar al lado de un íntimo amigo mío que ejerce la abogacía, no sólo con la competencia y brillantez, que no son raras entre los de su profesión, sino también con una pureza e integridad que por desgracia son bien poco comunes[14], y hoy trabaja ya por sí con un éxito que es bastante para sus modestas aspiraciones. El otro fue a Bélgica y está hoy en Inglaterra completando su educación en aquellos países donde la industria ha llegado a alcanzar tantos progresos.

Quedan expuestos los hechos principales de mi vida, como hijo, esposo, padre, ciudadano y profesor. Tal cual es la lego a mis hijos y amigos para que honren sus méritos, miren con indulgencia sus imperfecciones, y sirva en ambos respecto a todos de ejemplo y enseñanza.


Notas

[1] A pesar de lo cual con frecuencia es mirado por los padres con extraña ligereza o bajo un punto de vista falso, olvidando los que tal hacen que esta cuestión envuelve la futura felicidad de sus hijos, y que los errores en esta materia trascienden a veces del interés individual de aquellos al más elevado de la sociedad.

[2] En otro lugar hemos dicho que este es uno de los fines principales de la segunda enseñanza, y no sólo, come suele creerse, el procurará los jóvenes ciertos elementos de- cultura general.

[3] Ejercer coacción, no; pero sí ilustrar y dirigir a los hijos, para suplir su inexperiencia y evitar que tomen por vocación verdadera la que no es más que aparente y producto de impresiones ligeras y transitorias.

[4] Esta preocupación todavía se explica cuando un padre, por ejemplo, tiene un establecimiento industrial de cierto género, planteado por él y que desea continúe desarrollándose, lo cual teme no suceda si cae en manos extrañas, aun cuando en este caso nunca debe emplear la violencia para ver convertido en realidad este deseo; pero es completamente irracional inclinar el ánimo de los hijos a que adopten esta o aquella profesión sin otro motivo que ser la de sus padres.

[5] Nada más frecuente, cuando de esta materia se trata, que oír esta frase: esa carrera promete poco, es decir, pocos emolumentos, poco sueldo, pocas ganancias, etc. ¡Como si no pudiera suceder que con tales ventajas fuera un hombre desgraciado con el ejercicio de la profesión que se los procurara, privando además a la sociedad de los mejores servicios que en otra hubiera prestado!

[6] El testador creía, y con razón, que no basta atender al grupo de ciencias a que un joven muestra inclinación, sino también al género de investigación que prefiere dentro de aquél. De aquí la distinción que hace entre las ciencias teóricas y las prácticas, que es una de las que más deben tomarse en cuenta, al fijar la profesión a que haya uno de dedicarse. El catedrático de Derecho y el abogado cultivan ambos la misma ciencia, y sin embargo, necesitan facultades y aptitud completamente distintas.

[7] Podrá ser una utopía irrealizable la paz universal pero lo cierto es que lejos de repugnar a la razón, es el ideal a que, sabiéndolo o no, aspiran los pueblos; resultando de aquí que la profesión de las armas no responde como las demás a una necesidad esencial y permanente, pero es imposible desconocer que responde a una más o menos transitoria, pero real y efectiva.

[8] Sin embargo, la organización militar que se fundara en este principio, y que es la existente en algunos pueblos, exigiría siempre la necesidad de ciertos institutos permanentes que sirvieran a aquella de núcleo y de base. De todos modos, es un absurdo que el Estado suponga a priori esta vocación en todos los ciudadanos, como lo hace allí donde mantiene la inicua institución de las quintas.

[9] Este error es en parte debido a la organización de la enseñanza pública. Si hubiera menos Universidades y más Escuelas de artes y oficios y de agricultura, cesaría o se corregiría este afán de ser licenciado o doctor, que, sin procurar un gran bien a la ciencia, roba a la industria y al comercio actividades y energías que les serían muy provechosas, y se cegaría una de las fuentes principales de donde se deriva el gravísimo mal social conocido con el nombre de empleomanía.

[10] Esta desestima en que entre nosotros se tienen la agricultura, la industria y el comercio, proceden principalmente del imperio que en estos órdenes de la actividad ejerce la rutina. Si se diera en ellos la parte debida a la ciencia, estudiando todas las aplicaciones prácticas de ésta y todos los adelantos realizados en otros países, otra sería la consideración social de que gozarían estas profesiones.

[11] La utilidad de este elemento de educación no es tan llana como a primera vista parece; pues según la índole del joven, puede servir para avivar en él energías dormidas, desarrollar su cultura y producir en su espíritu una noble emulación, o para despertar en su corazón las sugestiones del amor propio y de la vanidad, haciéndole mirar la ciencia como un medio de alcanzar un nombre y una posición en la sociedad.

[12] Es ésta una condición de la vida en la época presente, que podrá parecer bien a unos y mal a otros; pero que a todos se impone. Por esto encontramos muy en su lugar las consideraciones que a este propósito hace el testador. Los más distinguidos pensadores ortodoxos están convencidos de lo mismo; y así, lejos de encerrarse en una estéril negación, amparándose con la autoridad y excomulgando a sus adversarios, penetran en el campo en que éstos dan la batalla, y se sirven de sus mismas armas.

[13] Hay aquí dos peligros; el espíritu de secta y el contrario. Es más, lo general es que incurran los jóvenes en uno ú otro error, cayendo ya en aquella fe ciega en un sistema que priva de toda independencia de juicio y atrofia la espontánea actividad del espíritu, convirtiendo al hombre en un autómata, ya en la prevención y desconfianza sistemática, que levantan entre la inteligencia y la verdad una barrera que impide a aquella la serena contemplación de las ideas. Basta saber que uno es católico o racionalista, positivista o idealista, krausista o tomista, absolutista o liberal, para que estén dispuestos los unos a aceptar incondicionalmente sus doctrinas, los otros a rechazarlas en absoluto. De estos dos vicios es más perjudicial sin duda aquel en que incurre el sectario que el del escéptico y prevenido, cuando la actitud del último es hija de la discreción y de la prudencia; pero como las más veces es debida a la fe ciega en otro sistema, resulta que por lo general son igualmente dañosos a la libre y sincera investigación de la verdad.

[14] No se puede tachar de parcial al testador por esta alusión a los abogados, pues antes ha hecho otra análoga a sus compañeros de profesión, siendo en nuestro juicio fundada y justa la censura que ambas envuelven. La inconcebible facilidad con que aquellos toman a su cargo la defensa de un negocio sin enterarse de la legalidad de la causa que van a patrocinar; la frecuencia con que desatienden la injusticia intrínseca del asunto, parando mientes tan sólo en la mera conformidad exterior con la ley; la poca escrupulosidad con que emplean el sofisma para salir airosos en su empeño, y el lugar que dan al deseo de lucro y a las sugestiones del amor propio entre los móviles de su conducta, con daño del principio del deber y del elevado carácter de su ministerio, justifican las palabras del testador.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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