Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

XI
[Distribución del resto de la herencia]

Mi caudal lo constituyen hoy, además de los libros, alhajas, enseres, ropas, metálico, etc., de que dejo dispuesto, más arriba, las fincas rústicas y urbanas que heredé de mis padres, la casa en que habito actualmente, la mina de plomo que poseo en... y que exploto por mí mismo, y los títulos de la Deuda pública, que he ido adquiriendo con mis ahorros. Al hacer la división de mi haber entre mis hijos, atiendo principalmente a dos consideraciones; primera, a la respectiva posición económica y social de cada uno de aquellos[1]; segunda, a la naturaleza de los bienes y al modo en que pueden ser más productivos para mi familia y para la sociedad[2]. Así espero que mis hijos no verán en las diferencias que entre ellos establezco preferencia de mi parte por ninguno de ellos, pues a todos ama y estima por igual su padre[3]; así como que corresponderán a mi deseo, singularmente los dos varones, haciendo que la parte respectiva que a cada uno de ellos deje, continúe en sus manos sirviendo para el cumplimiento del fin económico, así en interés de la sociedad, como en el suyo propio[4].

Instituyo a mi hijo mayor heredero de todas las fincas rústicas y urbanas que heredé de mi padre, y de la casa en que vivo, salvo, respecto de esta, el derecho de habitación que concedo a mi querida esposa. Recomiendo a mi hijo que respete a todos los colonos que durante largo tiempo vienen labrando las fincas rústicas[5]; y que, en recompensa de los trabajos extraordinarios hechos por D... C... y M... para mejorar las tres huertas que llevan en arrendamiento hace más de veinte años, convierta aquel en un censo redimible, con un canon moderado, para que puedan redoblar sus esfuerzos a fin de hacer más fructíferas las fincas con la esperanza de que sean un día de su exclusiva propiedad[6]. Le recomiendo asimismo que tenga siempre presente que las relaciones entre los propietarios y los colonos no son pasajeras, como tantas otras de la vida económica, sino que tienen cierto carácter de permanencia[7], que no pueden menos de engendrar entre unos y otros estrechos vínculos de carácter moral que obligan a los fuertes, los primeros, a proteger a los débiles, los segundos, mucho más cuando el propietario vive por temporadas, más o menos largas, en medio de sus colonos[8]. Por esto le ruego que a todos, y en particular a los vecinos del pueblo de... donde tengo mi modesta casa de campo, los atienda y auxilie en la medida de sus fuerzas, principalmente haciéndoles pequeños préstamos en metálico y en grano, sin interés[9]; y siendo generoso con ellos en los años de malas cosechas. Obrando así, evitará que ellos le miren con aquella prevención y antipatía que son harto frecuentes entre propietarios y colonos, por falta de educación en éstos, y de espíritu de justicia y de humanidad en aquellos, y contribuirá en su pequeña esfera a que quede abierta la puerta a las reformas que en este orden reclamen en lo sucesivo la ciencia y los tiempos, y que cada cual está obligado a procurar que se verifiquen sin colisiones lamentables, despertadoras del odio y de la guerra, sino, por lo contrario, en el seno de la paz y de la armonía entre todas las clases sociales[10].

Instituyo a mi hijo segundo heredero de la mina de plomo que poseo en... y de la fábrica a ella unida. Sabe aquel los principios a que he atemperado mi conducta en la explotación de dicha mina, por lo que hace a las delicadas relaciones entre el capital y el trabajo. No pretendo imponérselas, mucho más refiriéndose a cuestiones hoy muy discutidas, pero respecto de las que por desgracia no se han afirmado aún principios que hayan adquirido carácter de estabilidad. Por mi parte he procurado combinar el sistema del salario con el de participación en los beneficios; y en su virtud he remunerado del primer modo los servicios de los que prestan un trabajo temporal y transitorio; del segundo, a los que lo prestan permanentemente, y que además por su posición y por la índole de sus facultades se asocian o interesan más íntimamente en la obra común; y he combinado ambas formas de pago respecto de aquellos que no podían correr los riesgos naturales de toda empresa, pero que al mismo tiempo convenía, y ellos también lo deseaban, que se interesasen en sus resultados[11].

Pero si en este punto no puedo menos de dejar a la discreción y buen juicio de mi hijo el obrar como en conciencia estime justo y debido, hay otro que no está sujeto a tales variaciones. Entre el capitalista o empresario y los obreros nacen deberes que trascienden de la esfera limitada de la remuneración del trabajo. Es imposible estar asociado a un hombre para una obra común y vivir por largo tiempo en constante relación con él, sin que nazca un reciproco sentimiento de simpatía, que despierta en el fuerte el amor, en el débil el respeto, en ambos el interés del uño en todo cuanto al otro se refiere. Por esto yo espero que mi hijo no dejará nunca de tener al obrero aquella cariñosa consideración que suelen los que se creen desheredados estimar más aún que la fortuna[12]; de auxiliarlos en circunstancias extraordinarias, facilitándoles medios, cuando no basten los que en estricto derecho les correspondan; y sobre todo, de hacer cuanto esté de su parte por mejorar su educación religiosa, moral e intelectual[13]. El influjo que la conducta de todos los días y todos los momentos ejerce en esta clase de relaciones, lo muestran elocuentemente la distinta suerte que ha cabido a patronos y empresarios en estos turbulentos tiempos, según que los obreros han visto o no en ellos además del capitalista al hombre. ¡Qué más! En Cuba se ha dado el caso de que esclavos defendieran con riesgo de su vida la hacienda de sus amos de los ataques de quienes les ofrecían por delante la libertad, y es que los que por la ley eran señores, los habían tratado como hermanos. Encargo mucho a mi hijo que no caiga nunca en el error en que incurren los  que se contentan con dar a aquellos con quienes trabajan lo que les es debido por justicia legal[14], ni se desanime ni desfallezca porque a veces no vea correspondidos sus esfuerzos y afanes. La ingratitud es uno de los signos de la falta de cultura moral e intelectual, y hay que ser por lo mismo generosos y no exigentes con los que por aquel motivo no pagan o pagan tarde y mal los favores que reciben[15].

Instituyo a mi hija heredera de todos los valores que poseo en títulos de la Deuda pública. Espero que su marido los conservará o enajenará, según las circunstancias aconsejen, pero que en ningún caso caerá en la tentación de servirse de ellos para jugar a la Bolsa. Adquirir y enajenar títulos de la Deuda pública es una cosa lícita, y la facilidad de hacerlo condición indispensable de esta clase de valores; pero verificar esto, vendiendo hoy y comprando mañana, para procurarse una ganancia con las oscilaciones del crédito, y hacer de esto hasta una profesión, es elevar a tal categoría el oficio de jugador, es olvidar que este juego es tan digno de reprobación como aquellos otros que la sociedad condena y hasta la ley castiga[16]. Yo bien sé que mi hijo político está lejos de este peligro por su posición, su carácter moral y sus ocupaciones habituales; pero a pesar de esto he creído oportuno consignar las reflexiones precedentes, porque por desgracia he visto muchos hombres honrados que comenzaron por hacer alguna que otra operación, y concluyeron por convertirse en verdaderos jugadores, unos con beneficio y otros con daño de sus intereses, todos con perjuicio de su integridad moral y de la respetabilidad de su persona[17].


Notas

[1] La distribución de la herencia en partes iguales entre los hijos es un error, y de aquí que la legislación de Castilla ha relajado el principio absoluto de las legítimas con la institución de las mejoras, para que el padre pudiera, aunque dentro de límites muy estrechos, establecer ciertas diferencias que, combinadas con las que ya existen entre la posición diversa de los hijos, producen hasta cierto punto una igualdad real y verdadera, aunque en la apariencia es una desigualdad.

[2] Consecuente el testador con los principios que antes ha expuesto, no olvida el fin social que la propiedad cumple. Si los padres lo tuvieran siempre en cuenta, dejarían hecha, aun allí donde impera el sistema de legítimas, la adjudicación de bienes entre sus hijos, y se evitaría la práctica irracional, tan común en muchas de nuestras provincias, de dividir cada finca, o poco menos, entre los herederos, desmenuzando así la propiedad.

[3] Cuando el padre razona la desigualdad que establece entre los hijos, no pueden estos ver en aquella la señal de preferencias en favor de unos en daño de otros, que arguyan diferencias de cariño y de interés; sobre todo, cuando la conducta anterior del testador y el contenido mismo del testamento en otros puntos, muestran que todos ocupan el mismo lugar en su corazón.

[4] Doble punto de vista que con razón tiene siempre presente el testador.

[5] El cultivar por largo tiempo una finca engendra cierta clase de derechos en el colono, que es difícil concretarlos en la ley del Estado, dándoles una sanción jurídica; pero que no por eso dejan de ser efectivos para la conciencia moral individual y social. Prueba de ello, que en nuestro país hay provincias en que los arrendamientos se continúan de padres a hijos, y el propietario que no respeta esta práctica incurre en la misma censura que si atentara a un derecho consignado en la ley.
El respetable D. Fermín Caballero, dice, en su conocida obra sobre el Fomento de la población rural, página 31, hablando de los labradores vascongados, que “el aldeano, lejos de apesararse de que sus mayores beneficiasen la casería y la heredad ajena, ve en estas mejoras la prenda de su seguridad, el lazo indisoluble que le une al terreno, el derecho, en fin, que le constituye en dueño de la finca, haciendo imposible el desahucio para él y para sus hijos; imposible, pues, si un dueño avariento y cruel lo pretendiera, aparte de las reclamaciones pecuniarias, se vería condenado por la opinión del país y abrumado bajo el peso de la pública execración”.

[6] Por este camino, el censo, que tantos servicios prestó en la Edad Media, contribuyendo a la libertad de los siervos y de la tierra, y que bajo el influjo de una preocupación ha tratado de suprimir el derecho de la Revolución, puede ser una institución llamada en lo porvenir a resolver lenta y pacíficamente problemas sociales relativos a la propiedad de la tierra. Nótese que al paso que el Código Napoleón hace en absoluto caso omiso del censo, el Código civil de Portugal le consagra nada menos que tres capítulos.

[7] En efecto, se comprende que el que compra a un desconocido una mercancía cualquiera; piense en su interés tan sólo; pero no tiene disculpa igual conducta cuando se trata de quienes por un tiempo más o menos largo se asocian de uno u otro modo para llevar a cabo una obra común.

[8] Como que esta circunstancia da origen al nacimiento de otras relaciones además de las económicas, las cuales no pueden menos de influir en estas so pena de venir a parar en aquello de

“Una cosa es la amistad
Y el negocio es otra cosa”.

[9] Si siguieran esta conducta la generalidad de los propietarios, es seguro que disminuirían en gran manera el número de víctimas de la usura, a costa de un pequeño sacrificio por parte de aquellos.

[10] El testador no era, por lo visto, de los que cierran los ojos a la luz, negando hasta la existencia del problema social, y no sólo reconoce la realidad de éste, sino que cree, a nuestro juicio con razón, que no se ha de resolver sólo por el Estado, ni tocando exclusivamente al aspecto económico de la cuestión, sino mediante la iniciativa individual y la acción social, y procurando el imperio de los principios morales en la vida. “El medio principal de alcanzar reformas serias y durables será siempre el propagar principios justos, inspirar convicciones morales más profundas, reanimar también, con relación a la propiedad, el sentimiento de los deberes que todos tienen que cumplir; deberes individuales de moderación y de templanza en el uso de los bienes; deberes sociales de beneficencia, de ayuda, de socorro de los ricos para con los pobres; en fin, deberes de probidad, de lealtad y de justicia en todas las asociaciones que tienen por objeto la producción, la adquisición y el cambio de los bienes” (Ahrens. Filosofía del Derecho, t. II, páginas 121 y 193.

[11] Esta variedad de sistemas parece indicar que a juicio del testador no es racional afirmar en absoluto mía ú otra forma de la remuneración del trabajo, como lo han hecho con frecuencia individualistas y socialistas, preconizando aquellos el salario y estos la participación en los beneficios, unos y otros bajo un punto de vista exclusivo.

[12] Si se tuviera presente esta verdad, la diferencia de fortuna quedaría grandemente contrastada por las relaciones íntimas y de mutuo cariño que engendraría la recíproca estimación entre los individuos de las distintas clases sociales. Con frecuencia creemos equivocadamente que pasan inadvertidas para los que pertenecen a las más humildes, ciertas faltas de acción o de omisión, que sin embargo los impresionan a veces dolorosamente; al modo que a menudo juzgamos que los niños por su edad y las mujeres por su escasa educación no paran mientes en cosas que les afectan no obstante vivamente.

[13] No es, en efecto, el único servicio que puede y debe prestar el patrono al obrero el atender a sus necesidades económicas; a veces le hace uno mayor procurando: la mejora de su educación intelectual y moral. Por esto aciertan aquellas sociedades y capitalistas que en los centros industriales abren establecimientos de instrucción y enseñanza para los trabajadores y sus hijos. En efecto: el problema social tiene tantos aspectos como fines la vida: es, bajo el aspecto económico, el problema de la miseria: bajo el científico, el de la ignorancia: bajo el religioso, el de la impiedad o de la superstición: bajo el moral, el del vicio, etc. Pero los dos predominantes son el económico y el jurídico, porque, como ha dicho un escritor, el prodigioso desarrollo de la industria y la reivindicación del derecho son dos señales del tiempo de nuestro siglo. Y de estos dos preocupa más el primero, porque, si no implicaran contradicción los términos, podría decirse que en él es posible el mal absoluto, puesto que el hambre termina en la inanición y la muerte.

[14] Esta misma frase, que emplea aquí el testador, recordamos haberla oído en Extremadura de labios de una pobre mujer del pueblo con motivo de la quinta, de esta institución inicua que le robaba un hijo para llevarlo a campaña. Decía la infeliz, mirando al cielo: ¡si no hubiera otra justicia que la justicia legal de esta tierra!...

[15] Esta consideración pocas veces la tenemos presente, y por esto solemos mostrar impaciencia en tales casos, en lugar de tener espera para recoger más tarde reunido el fruto de nuestros sacrificios, la gratitud que merecen nuestros servicios.

[16] Y sin embargo, hay muchos que se darían por ofendidos, si se los confundiera con los jugadores de oficio, sin tener en cuenta que estos hacen en el Casino o en el garito exactamente lo mismo que ellos en la Bolsa. Es esta frecuentada por tres clases de personas; una, la de aquellos que van a adquirir o enajenar valores cuando buenamente lo exige el estado de sus negocios, del mercado, de la Hacienda pública, etc.: otra, la de los que han convertido en oficio la operación de comprar o de vender, esperando que el azar les depare una ganancia y que obran con la suficiente prudencia para poder siempre cumplir sus compromisos, absteniéndose de emplear la falsedad y el engaño; y la tercera la componen los que sin escrúpulo alguno y faltando a todas las leyes del honor emplean estos reprobados medios. Los primeros hacen una cosa completamente lícita: los segundos son jugadores honrados, pero al fin jugadores; los terceros son sencillamente unos tahures.

[17] ¿Podría evitarse este mal de que se lamenta el testador, por medio de disposiciones legales? En nuestro juicio, no; y la historia de nuestra legislación sobre esta materia lo muestra claramente. Es esta una esfera de la contratación, cuya libertad debe el Estado amparar; al individuo toca hacer de ella un uso racional y debido, y a la sociedad imponer la eficaz sanción de su censura al que desnaturaliza con sus hechos una institución creada para atender a una necesidad de la actual vida económica, y no para servir de teatro a todas las malas artes y torcidos hábitos de los que dan al azar el puesto que sólo corresponde al trabajó.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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