Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

XII
[Últimas palabras a los hijos]

Réstame, para concluir este mi testamento, dar a mis hijos algunos consejos, que espero miren siempre con el respeto debido a un padre que se ha desvelado por procurarles lo que en conciencia ha estimado como la verdadera felicidad[1].

Bien conozco que no está ya ninguno de ellos en aquella edad que pide una tutela ilimitada, y por esto no pretendo imponerles reglas de conducta para su vida; y sé asimismo que ni la ley ni el derecho me autorizan para dictar aquellas con carácter obligatorio[2]; pero estimo un deber decirles mi última palabra en un punto tan interesante, para que en lo futuro puedan encontrar una guía en los consejos de quien ha de tener para ellos, aun después de muerto, una autoridad moral indisputable[3].

No es mi objeto recordarles aquí los principios de moralidad, que con ahínco he procurado inculcarles y en que por fortuna se han educado. Me propongo tan sólo llamar su atención sobre ciertos vicios, que son harto comunes en la sociedad actual y que pasan inadvertidos. Hay en la moralidad determinados principios que obtienen universal acatamiento, y respecto de los cuales es más difícil el extravío, porque los contiene la eficacia de la sanción social; pero hay otros, que lejos de tener esta garantía, aparecen mutilados u oscurecidos en medio de la sociedad, y las gentes los van dejando en olvido, comenzando por no escandalizarse cuando a ellos se falta, siguiendo por la tolerancia y concluyendo por erigir los principios contrarios en máximas, que primero se, formulan con temor, que luego se erigen en reglas de vida entre los que se llaman hombres de mundo, y que a la postre se deslizan traidoramente a través del cuerpo social[4], llegando a no dejar en pié otra moralidad que la consignada en el Código penal[5]. Estoy seguro de que mis hijos no han de caer jamás en este extremo, pero temo que la acción lenta y constante del medio social en que viven entibie la energía moral que es deber del hombre conservar en medio de todas las preocupaciones y descaminos de su época y de su pueblo.

Me propongo además hacerles algunas reflexiones encaminadas a evitar los peligros que cada uno de ellos puede correr a consecuencia de las peculiares condiciones de su carácter y posición social. Cada hombre lleva en lo que constituye su individualidad ciertas tendencias que, según la índole y naturaleza de las mismas, le favorecen o contrarían en la prosecución del bien. Unas le allanan el camino, por el cual marcha entonces naturalmente y sin trabajo; otras le estorban y le dificultan, obligándonos a una lucha casi permanente. Y como el hombre tiende a dejarse llevar de las energías que parecen brotar espontáneamente en su ser[6], presintiendo la razón providencial de su existencia, nada tan delicado como el distinguir las buenas de las viciosas, y el cometer estas a una prudente, disciplina, a fin de que sirvan para el bien y no para el mal. Por esto me propongo decir algo a mis hijos en este respecto, estimando que puede serles útil el estudio que de su carácter respectivo he hecho, movido por el deber, por el amor que los profeso y el interés que me inspiran.

Mis consejos, en los dos puntos dichos, les serán más útiles, si yo sobrevivo a su madre o el día en que esta deje de existir, si me sobrevive; pues mientras ella aliente, no encontrarán seguramente consejero más recto y discreto que aquella a quien deben en gran parte su educación moral. A consecuencia de la edad que mis hijos alcanzan, son escasos los vínculos jurídicos que la ley reconoce entre ellos y sus padres[7]; pero hay otros que ni aun la muerte desata, y a los cuales aquellos rendirán culto con respecto a la que les dio el ser, no sólo redoblando sus cuidados y cariños según se vaya acercando al ocaso de la existencia, sino también pidiéndole consejo y ayuda en todo momento y más especialmente en las circunstancias criticas de la vida. Ellos saben que no comparto las preocupaciones reinantes respecto de la educación de la mujer y de la posición de esta en la familia, y que en su consecuencia he dado a su madre en el hogar doméstico el lugar que en conciencia creía corresponderle[8], y de que por otra parte tan digna era por su discreción y sus virtudes. Que les sirva en su día de ejemplo y de recuerdo a todos en su conducta con sus mujeres y sus hijas.


Notas

[1] Puede un padre, sin darse cuenta de ello, torcer en vida la educación de sus hijos y hasta corromperlos en cierto modo, bajo el imperio de las preocupaciones y de los vicios sociales reinantes, pero es seguro que a muchas estas influencias se sobrepone el espíritu cuando se piensa en la eternidad y cuando el hombre escucha sólo la voz de la conciencia sin que lo estorbe el ruido de las pasiones humanas. De aquí el misterioso e incontrastable respeto con que se oyen las palabras de un moribundo, mucho más si el moribundo es nuestro padre.

[2] La diferencia que en este respecto determina la edad de los hijos, y que se traduce en la legislación, reconociendo en un caso aquel conjunto de derechos que constituyen la llamada patria potestad, y declarando en otros terminada ésta, no es una creación arbitraria de la ley, sino que se funda, por el contrario, en principios jurídicos; y no sólo es real en este orden, antes bien lo es en todas las relaciones entre padres e hijos, las cuales subsisten perpetuamente, pero no iguales, ni en el fondo, ni en la forma, antes bien variando según la edad.

[3] Es verdad que los consejos y reglas de conducta que un padre da a sus hijos así en vida como en el momento solemne de la muerte, pueden inspirarse en todo o en parte en preocupaciones de clase, profesión, escuela, partido, etc., y claro es, por lo mismo, que el hijo no está obligado a seguirlos ciegamente, circunstancia que suelen utilizar algunos a deshora para separarse de la línea de conducta que les trazara quien tantos respetos debe merecerles. Pero cuando tales conflictos ocurren, el que imparcialmente consulte con su conciencia, distinguirá sin trabajo los casos en que la voz de aquella los aparta del camino que su padre le trazara de los en que es el interés, la pasión o una verdadera preocupación por su parte, los que le aconsejan el no seguirlo.

[4] Este proceso trazado por el testador es a nuestro parecer exacto. La laxitud en este punto determina en la moral un dualismo, que tarde o temprano se resuelve, pero, por desgracia, no siempre en el sentido del bien. El hombre se encuentra en tal situación con que el mundo le facilita el que pueda seguir el camino por que su interés y sus pasiones le empujan, resultando así que la sanción social, que debe de ser un freno poderoso para contener el mal, es un acicate que lo promueve y aguijonea.

[5] En comprobación de esto, véase lo que muchas gentes entienden por hombre honrado, y cómo pasan por perfiles de delicadeza y escrúpulos nimios cosas que deberían considerarse como exigencias llanas de una Moral elemental. Así que, como dice con razón el testador, el Código penal de tal modo se convierte en la única ley de moralidad, que no parece sino que muchos individuos lo estudian con empeño y detención para tomar todas las precauciones necesarias, a fin de evitar que le, alcancen sus prescripciones. ¿Quién no ha pensado alguna vez que andan por esas calles muchas personas más inmorales y corrompidas que la generalidad de los que pueblan los establecimientos penales? Y sin embargo, llama la atención el contraste que se ofrece entre la antipatía y la repugnancia con que la sociedad mira a los presidiarios y la injusta benevolencia y criminal tolerancia con que trata y considera a aquellos otros malvados que han tenido bastante habilidad para no faltar a la letra del Código penal.

[6] De aquí el peligro que un amigo nuestro expresaba, diciendo que la mayor desgracia que podía ocurrir a uno era el enamorarse de sus propios defectos. Entonces, en efecto, se toman estos por virtudes, y en lugar de dominarlo y corregirlos, los sostenemos y alentamos.

[7] En efecto, no concluyen con la patria potestad todos los vínculos jurídicos que unen a los padres con los hijos; con aquella terminan los que son consecuencia de la menor edad de estos y de formar parte íntegra de la familia, pero subsisten otros, como los relativos a tutela, alimentos, sucesiones hereditarias, etc.

[8] Nuestra legislación ha dado un paso en este camino concediendo la patria potestad a la madre viuda, pero ni basta esto en el orden jurídico, ni con reconocer en esta esfera los derechos de la mujer, está todo hecho. Antes, por el contrario, queda casi íntegra la cuestión, que en sus términos principales ha de resolverse en el seno mismo de la familia. Es bien conocida la condición ínfima en que el Derecho romano colocaba a la mujer casada, y sin embargo, Columela hace en un pasaje de sus obras, recordado por el ilustre Savigny, una pintura del hogar doméstico en Roma, de la que resulta desempeñando aquella un papel que no sospecharía siquiera, el que juzgase sólo en vista de la naturaleza que revestía la autoridad marital de aquellos tiempos. Hoy acaso en ninguna legislación aparece la mujer casada en condición tan inferior como en la inglesa, y esto no obstante, en ningún otro pueblo ocupa en el home el lugar tan preeminente como el que las costumbres y la educación le dan en la Gran Bretaña. Todo esto prueba cómo en el interior de la familia se crea y estatuye un derecho que siempre suple y completa el del Estado, y que a veces lo enmienda y corrige.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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