Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

XIII
[Consejos generales a éstos]

Uno de los caracteres de la época presente es la relajación de los resortes morales. La crisis profunda y universal que trabaja a la sociedad contemporánea[1], ha oscurecido las dos fuentes de donde puede derivar su virtualidad el orden moral, la Religión y la Ciencia. Aquella es en unos fórmula fija y seca, incapaz de inspirar otro respeto que el que por rutina o miedo se presta al culto externo[2]; en otros misticismo vago[3], que apenas se traduce en hechos fuera de los casos en que circunstancias excepcionales hacen que el espíritu se vuelva a Dios; en pocos, energía vigorosa que da a la vida un carácter piadoso, trascendiendo a la conducta y a las obras, La ciencia es patrimonio de sabios y curiosos, y no fin universal a que todos los hombres rindan culto; entretenimiento del espíritu, no ocupación seria que deba convertirse en una fundamental función social; y de todas suertes más se preocupa de los problemas teóricos que de los prácticos, más de las cuestiones metafísicas que de las morales, más de lo que toca a la región de las ideas que de lo que se refiere a la esfera de la vida[4]. Por esto hasta el presente ha tenido más fuerza para destruir que para edificar, no habiendo todavía seguido a su obra crítica la afirmación de nuevos principios que puedan servir de guía a la humanidad[5].

De aquí que la moralidad se alimente hoy de principios religiosos que subsisten por tradición y por hábito, de principios nuevos que van abriéndose paso lentamente, y de las prescripciones de la sana razón, que nunca deja de iluminar a la conciencia humana[6]; pero carece al mismo tiempo de aquella unidad vigorosa, sin la que las costumbres decaen y se corrompen bajo el impulso de los ataques del egoísmo y del interesado escepticismo, que son cortejo inseparable de todas las épocas críticas de la historia[7].

Las consecuencias de esta situación se muestran principalmente[8] en la vida religiosa, en la económica y en la política. En la primera, la hipocresía ha llegado a ser como ley común; las creencias se entibian en unos, se trasforman en otros, vacilan en estos, mueren en aquellos, sin que se revelen tales modificaciones al exterior. A veces porque parece que el hombre tiene miedo de decirse a sí propio en voz alta lo mismo que la conciencia le habla constantemente; otras, porque teme revelarlo al mundo, con cuyas creencias o preocupaciones quiere permanecer al unísono; lo cierto es que la verdad que en este orden abriga cada cual en lo íntimo de su ser queda oculta allá en lo más recóndito de su espíritu, sacrificando así a motivos interesados y personales la sinceridad de la vida religiosa[9]. Que mis hijos estén prevenidos contra este vicio de nuestra sociedad. Respeten, sí, las creencias dominantes de su patria; hablen y discutan estas materias con toda prudencia, toda, discreción, todo miramiento; pero no sacrifiquen nunca al común sentir de las gentes sus convicciones sinceras, serias y honradas[10].

En la vida económica se revela la decadencia moral en el predominio casi exclusivo en ella del egoísmo individual. Parte por la propagación de los principios de cierta escuela, a veces no bien comprendidos[11], parte por la preocupación reinante de que en este orden impera casi en absoluto, el interés personal[12], la verdad es que las consideraciones morales no se toman en cuenta sino como un elemento de conveniencia para el logro ulterior de las empresas económicas[13]. Yo espero que mis hijos, sobre todo el segundo, que está consagrado a la industria, no incurrirá nunca en el error de desprenderse de su condición de hombre al ejercer su profesión, suponiendo que esta esfera de la vida se pueda regir por otros principios que los que deben presidir a toda nuestra conducta. El interés es un móvil en verdad legítimo, pero a condición de que se someta y subordino en todo caso a la razón al deber[14].

Por lo que hace a la esfera política, aún es más evidente esta decadencia moral, sobre todo en nuestra patria. El egoísmo personal de tal modo predomina, que el que se sustrae a su influjo pasa plaza de patriota, desinteresado y virtuoso, aunque no alcance a más que a sustituir aquel interés individual con el de su partido, sacrificando a éste el supremo de las ideas y de la patria[15]. El ansia de las posiciones oficiales es un vicio grosero que crece y cunde, pero que al fin no deja la sociedad de condenar; pero la impaciencia de los partidos por el poder[16] se encubre con la capa del patriotismo, y sirven a esta pasión los individuos con desinterés, a veces sin darse cuenta de que hay deberes superiores a los que impone la conveniencia de una parcialidad determinada. Deseo que mis hijos tengan siempre presente la conducta que en este punto ha observado su padre en los últimos años de su vida[17], y que no sacrifiquen nunca la santidad de los principios y la suerte de nuestra querida patria a intereses bastardos de partido y a la disciplina, con frecuencia irracional y absurda, que suelen estos imponer a sus adeptos[18].

Por último, recomiendo a mis hijos que estén muy prevenidos respecto a vicios, hoy harto comunes, que se encubren con el nombre de tolerancia, prudencia, don de oportunidad, respetos sociales, etc., cosas todas en verdad excelentes y necesarias para la vida, así individual como social; pero cuyo recto sentido y alcance procura torcer el egoísmo reinante[19]. No olviden en este punto las siguientes palabras del ilustre Balmes[20]: “Un corazón que naturalmente se complace en superar obstáculos y arrostrar riesgos, se siente más osado y resuelto cuando se halla animado por el grito de la conciencia. El ceder es debilidad; el volver atrás, cobardía: el faltar al deber es mostrar miedo, es someterse a la afrenta. El hombre de intención recta y corazón puro, pero pusilánime, mirará las cosas con ojos muy diferentes: Hay, dice, un deber que cumplir, es verdad; pero trae consigo la muerte de quien lo cumple y la orfandad de la familia. El mal se hará también de la misma manera; y quizás, quizás; los desastres serán mayores. Es necesario dar al tiempo lo que es suyo: la entereza no ha de convertirse en terquedad; los deberes no han de considerarse en absoluto, es preciso atender a todas las circunstancias; las virtudes dejan de serlo si no andan regidas por la prudencia”[21]. “El buen hombre ha encontrado por fin lo que buscaba: un parlamentario entre el bien y el mal; el miedo con su propio traje no servía para el caso; pero ya se ha vestido de prudencia; la transacción no se hará esperar mucho.”


Notas

[1] Crisis más grave que todas las demás de la historia, porque estas fueron parciales y aquella es total, y por esto alcanza a todos los órdenes de la vida, pues que realmente la lucha que la produce tiene lugar entre todo un mundo que se va y todo un mundo que viene, entre la tradición toda y la aspiración a la renovación universal; dualismo y oposición que es de esperar se resuelva de una manera armónica con arreglo a la ley providencial del progreso que preside al desarrollo de la vida humana.

[2] Alusión a tantos como creen cumplir todos sus deberes religiosos asistiendo al templo un cuarto de hora por semana, y que por ello se juzgan cristianos, aunque no lo sean en su vida, y a los cuales puede decirse con Litchtenberger: “en nuestras relaciones con los demás, en nuestros negocios, en las funciones que desempeñamos o profesión que ejercemos, se deja ver que seamos cristianos? ¿No hay cierto desacuerdo entre nuestra profesión de fe y nuestra conducta? ¿Somos realmente lo que aparentamos ser delante de los hombres? ¿Ejercemos el sacerdocio, no solamente el domingo asistiendo al templo, no solamente la mañana y la tarde, presidiendo por breves momentos el culto de familia, sino todos los días de la semana y todas las horas del día en nuestra oficina, en nuestro taller, en nuestro gabinete? Los hombres de mundo, siempre dispuestos a descubrirlas debilidades de los cristianos, ¿no podían acusarnos de inconsecuencia, y escandalizarse por el lamentable mentís que nuestra vida da a nuestra piedad? ¿No podrá suceder que llegue un día, en que una catástrofe imprevista venga a arrancarnos esta máscara hipócrita de virtud, y a mostrar, en medio del merecido escarnio del mundo, el abismo de perversidad que hábilmente ocultábamos con nuestra aparente devoción?”

[3] En esto se alude, por el contrario, a nuestro juicio, a los racionalistas que, afirmando los fundamentos eternos de la Religión cuando discuten este punto en la esfera científica, no traducen sus principios en hechos, no realizan, aquellos en la vida.

[4] Hace años se lamentaba de esto mismo un filósofo español, el Sr. Sanz del Río, deplorando que apenas si podía citarse por entonces otro libro que se ocupara de estas aplicaciones de los nuevos principios a la vida que el Devoir de M. J. Simon.

[5] Preciso es también tener en cuenta el modo diferente como formulan estos principios la Religión y la Filosofía. En aquella, como son fruto de la inspiración, salen como de una pieza, al calor del sentimiento, de los labios de su fundador, cuya vida además es resumen de doctrina y ejemplar práctico para los hombres. En esta, no son reglas morales las que se formulan, sino consecuencias y corolarios de principios metafísicos, y de aquí que su elaboración tiene que ser lenta y penetrar más paulatinamente en la sociedad. Así que la afirmación del testador es exacta; pero no por eso lo es menos que actualmente, como ha dicho un elocuente orador español, digno representante de la escuela conservadora, la Filosofa comparte hoy con la Religión la cura de almas.

[6] Ni deja tampoco nunca de atender por lo mismo a estos dos elementos, tradicional e histórico el uno, racional y filosófico el otro, sobreponiéndose a la intransigencia de los que pretenden, ya que la humanidad rompa la sucesión y continuidad de la vida, ya que cierre su espíritu al influjo de las nuevas ideas que han de presidir al cumplimiento de su interior destino, como si pudiera aquella sustraerse a lo que son dos leyes de su desarrollo.

[7] En efecto; en tales épocas criticas, a la vez que surgen naturalmente el tradicionalismo y la utopía, y consiguientemente las dos escuelas que encuentran solución a todas las dificultades y criterio para resolverlas, la una en la historia, la otra en la filosofía, aparecen el escepticismo y el egoísmo: en aquel se afilian todos los espíritus perezosos que se mantienen indiferentes en medio de la lucha, oponiendo su indecisión y su inercia a las solicitaciones de uno y otro lado; en éste todos los que no escrupulizan utilizar las circunstancias varias que se producen en la vida en medio de tales conflictos de ideas-y sentimientos, para utilizarlas groseramente en provecho propio. Diferencias profundas separan a las dos primeras escuelas, pero tienen ambas de común el inspirarse en principios, cuya revelación encuentra la una en la historia, la otra consultando a la razón, y por esto ambas merecen por igual tanto respeto como vituperio merecen el escepticismo y el egoísmo, éste sobre todo.

[8] Principal y no exclusivamente, puesto que este vicio se muestra asimismo en el orden científico y en el del arte; en éste, haciendo que los a él consagrados, se inspiren en el pane lucrando; en aquel, convirtiendo la ciencia en medio de alcanzar una posición en el mundo o de satisfacer una pueril vanidad; en ambos desconociendo que Ciencia y Arte son dos fines esenciales de la vida que han de realizarse por lo que en sí son y valen, y por tanto inspirándose en motivos puros y desinteresados.

[9] Esta descripción que hace el testador de nuestra vida religiosa es, por desgracia, exacta, sobre todo con relación a las personas de cierta cultura.

[10] Cuando el individuo se encuentra en contradicción con el común sentir de la sociedad en que vive, puede caer en dos extremos igualmente dignos de censura. Unas veces el exagerado respeto a la opinión reinante y el miedo a la singularidad le llevan a callar, ocultando sus creencias, y a veces a desnaturalizarlas rodeándolas de distingos y revistiéndolas de ciertas formas para que parezcan concordantes con las comúnmente admitidas. Otras, por el contrario, confundiendo lo que es exigencia real de la sinceridad con el afán indiscreto de hacer públicas profesiones de fe, se pone frente a frente de la sociedad en que vive; se goza en poner de manifiesto la contradicción entre los principios que ésta profesa y los suyos, y no encuentra nunca obligado ni oportuno el silencio. El testador, consecuente con el espíritu a la vez sincero y tolerante que se revela en este documento, desea que sus hijos eviten uno y otro extravío.

[11] Indudablemente la escuela individualista, llamada economista, ha contribuido a esto, aunque no a sabiendas de parte de los más de sus adeptos, los cuales a la par que preconizaron el interés individual, nunca dejaron de rendir culto a los principios morales, y ningún ejemplo más elocuente que el del ilustre Bastiat, cuyas obras revelan un sincero amor al bien y a la justicia. Su error ha consistido, no en negar la esfera propia, del desinterés y del deber, sino en desligar la vida económica de la moral, presentándolas como diferentes, siendo así que la última debe penetrar y guiar la primera, exactamente lo mismo que todas las demás esferas de la actividad. La moral no es algo sustantivo, que subsista por sí, como suelen creer los que se figuran cumplir con ella haciendo ciertas cosas y dejando de hacer otras, sino forma de la vida toda, y que por lo mismo han de revestir todos nuestros actos, sin excepción alguna, los cuales, por tanto, no pueden menos de ser morales o inmorales, según la índole de los motivos que presiden a su ejecución.

[12] Y de aquí muchas frases consagradas por el uso, como estas: mire Vd. la cuestión bajo el punto de vista del negocio.

[13] A lo cual han contribuido aquellos economistas que no encuentran otro medio de probar el acuerdo entre la Moral y la Economía, que mostrar cómo conviene el ahorro para formar un capital, cómo conviene ser honrado para tener crédito, etc., etc.

[14] “Pero subordinación no significa negación, so pena de empujar la vida humana por el camino de la abstracción y del misticismo, y de reducir la moral simplemente al arte del suicidio.” (Dameth. Lo justo y lo útil, página 48.)
Esta idea de la subordinación se encuentra también en las siguientes palabras de Bandillart: “bajo el punto de vista del orden universal, es un bien amarse a sí mismo. El mal consiste en amarse sólo a sí propio. Una crítica apasionada confunde sin razón el interés personal con el egoísmo.... Tenemos el derecho de amarnos, pero según el orden y no contra el orden.” Verdaderamente no hay que caer en los extravíos del ascetismo negando la legitimidad del interés personal, para rectificar el error en que incurren los que lo ensalzan hasta constituirlo en primer móvil de nuestra conducta.

[15] Nada más exacto; tanto que al paso que se ensalza y glorifica al que generosamente sacrifica su propio interés al de en partido, se censura y denigra al que sacrifica el interés de partido al supremo de las ideas y de la patria de que habla el testador.

[16] Tan grosero es el egoísmo del individuo que se mueve y agita por un destino, como el de la parcialidad política que se agita y se mueve por el poder; puesto que si es lícito que aquel aspire a obtener un cargo público, pero procurando merecerlo y sin sacrificar a este deseo intereses más elevados, de igual modo los partidos han de pretender el poder con el sólo fin de realizar sus principios y aceptarlo cuando sea su tiempo y se lo ofrezca el único que puede hacerlo, esto es, el país, que lo confiere por medio de sus órganos oficiales.

[17] Recuérdese lo dicho por el testador en la parte dedicada a referir su intervención en la política, y se comprenderá esta alusión a los últimos años. Sin duda creía que no podía presentar su conducta en los demás como modelo a sus hijos.

[18] Cuestión delicada es esta de la disciplina de los partidos; puesto que saltan a la vista los dos extremos viciosos en que se puede caer al resolverla: la independencia levantisca de los individuos que hace imposible la acción colectiva de aquéllos; o la sumisión absoluta de los mismos que quedan de hecho convertidos en verdaderos autómatas con gran daño de su integridad moral. Pero bien puede afirmarse que los deberes de la disciplina no llegan nunca a autorizar que el hombre transija en las cuestiones de principios; y que en muchas de las de conducta el único sacrificio que una parcialidad puede imponer a sus adeptos es el silencio y la abstención.

[19] En ninguna esfera se muestra tanto la verdad de esto que lamenta el testador como en la política. No hay inconsecuencia ni defección que no aduzca todas estas razones de prudencia, de oportunidad, etc. Y por lo mismo que todas estas cosas son, en verdad, excelentes y necesarias, y que además es preciso un delicado tacto para discernir lo que en cada caso exigen realmente de nosotros, los egoístas y poco escrupulosos utilizan con habilidad esta circunstancia para encubrir en ambición y sus flaquezas.

[20] En el capítulo vii, § iii, de su célebre obra El Criterio.

[21] ¡Qué persona medianamente recta y honrada no ha oído estas mismas consideraciones cada vez que ha tenido que hacer en su vida un pequeño sacrificio en aras del deber!

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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