Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

XIV
[Consejos especiales a cada uno de ellos]

Además de estas reflexiones generales, deseo hacer algunas especiales a cada uno de mis hijos, para que eviten ciertos peligros y extravíos que mi amor y mi interés por ellos me hacen temer.

Tiene el mayor una acritud de carácter, que considero que es debida, de una parte, a su temperamento bilioso, y de otra, al fervoroso culto que presta a la pureza moral. Llévanle estas dos condiciones: a ser por demás duro con la generalidad de las gentes, contrastando su conducta en este punto, con el cariño y bondad con que trata a las personas que quiere, estima y respeta. Mi hijo segundo tiende un tanto al extremo opuesto. Lo vario y múltiple de las relaciones industriales y mercantiles le van habituando insensiblemente a una excesiva tolerancia[1], que considero más peligrosa e inconveniente que la agrura de su hermano. Encargo a ambos que mediten seriamente en esto. El hombre no debe ni puede sentir simpatía, respeto ni cariño por quien no los merezca por su integridad moral, y no sintiendo tales afectos, claro es que no ha de otorgar su amistad, ni recibir en su intimidad a quien no es digno de la una ni de la otra; pero no debe tampoco rechazar por igual a todos los que no alcanzan un elevado nivel en punto a moralidad, ni separarse de ellos tan completamente que vayan a quedar condenados al aislamiento lo mismo aquellos que lo merecen como pena y lo necesitan como remedio, que aquellos otros a quienes precisamente el trato social que se les niega, regeneraria, corrigiendo en ellos errores que toman, de la sociedad en que viven; y despertando en su espíritu energías que están en él dormidas, pero no muertas. La excesiva tolerancia en este punto alienta la. inmoralidad de los demás y enerva la moralidad del que la tiene; la excesiva dureza puede dar lugar a que, sin sentir, se apoderen del espíritu del hombre de bien pasiones peligrosas, y es ocasión de que la virtud aparezca a los ojos de los viciosos y de los tibios como cosa difícil, seca y antipática. Yo deseo qué mis hijos consideren estas reflexiones, que han oído más de una vez de labios de su padre[2].

En otro punto, que es también bastante delicado, se nota entre ambos un gran contraste. El uno, el mayor, mira el matrimonio, la familia y todo cuanto atañe a esta esfera, con tan profundo respeto, y le parece tan grande y trascendental la responsabilidad que estos vínculos imponen[3], que le he visto con pena llegar a la edad en que se encuentra sin haber constituido una familia, y hasta sin haber frecuentado otro trato social que el que por necesidad tiene que mantener con individuos de su sexo[4]. Considere que más valor hemos de dar al cumplimiento de una ley universal humana que a temores y preocupaciones individuales; que no es racional por lo mismo el dudar de la capacidad de cada cual de cumplir los deberes y arrostrar las responsabilidades que impone la familia; y, por último, que este temor tiene algo de impío, pues acaso en ninguna circunstancia tanto como al constituir una familia, necesita el hombre tener fe en la Providencia[5].

El menor de mis hijos permanece también soltero, pero por motivos que me contristan más. Sin darse él cuenta de ello seguramente, gusta de la libertad de su estado actual, y me temo que le aleja de contraer matrimonio la pena que le produciría el renunciare los goces de aquel constante trato social, que aunque lícito y honesto, no es propio del hombre casado ni aun posible para él[6]. Desconoce los nuevos y todavía más puros goces que en el seno de la familia se disfrutan; y olvida que lejos de aislarnos ésta, es ocasión del nacimiento de relaciones de amistad, mediante los cuales continuamos gozando de los placeres que engendra el trato social[7]. Temo además una lamentable consecuencia que tiene semejante conducta: la de hacer descender a la mujer del elevado puesto que le corresponde, viniendo insensiblemente a convertirla en instrumento de los goces pasajeros que produce el galanteo ligero, frívolo e insustancial[8]. Espero en Dios que en este punto mis temores se desvanezcan, viendo casados a mis hijos.

Sobre el ejercicio de su profesión debo también llamar la atención del menor de ellos. Cuando el que se consagra a la industria o al comercio posee un carácter emprendedor y por su cultura, su educación y su posición social conoce los accidentes de la moderna vida económica, es muy expuesto a que se deje llevar del espíritu de empresa y que acometa alguna que no esté en armonía con sus recursos y facultades. He conocido muchos hombres de bien que, alucinados sobre todo por las maravillas que en los tiempos actuales ha producido el desarrollo del crédito, han visto arruinada su fortuna y comprometida su honradez[9]. Por lo mismo aconsejo a mi hijo la mayor discreción en este punto.

En cuanto a mi hija, deseo llamar su atención sobre dos cosas. A pesar de deber casi por completo la educación religiosa a su discreta y virtuosa madre, su espíritu tiende a encerrarse en un dogmatismo estrecho e intolerante que puede llegar a estorbar la paz y la felicidad que, por fortuna, reina en su hogar[10]. Que esté muy en guardia contra esta tendencia funesta de sus creencias, para que en ningún caso se amortigüen en ella el sentimiento de caridad que trajo a la vida el Cristianismo, y ojalá no olvide nunca la enseñanza que encontrará en este testamento. Teniéndola presente en medio de todas las vicisitudes por que pase su conciencia religiosa, la de su marido, la de sus hijos, hermanos y amigos, quedará firme e inquebrantable en ella aquel sentimiento divino, y mantendrá viva en su corazón la fuente inagotable de la benevolencia y del amor que debe a todos, y más especialmente a los suyos[11].

Refiérese el otro punto a su cultura general. A medida que ha ido en aumento su preocupación religiosa, cosa que, por lo que a su fondo hace, aplaudo y celebro[12], ha ido desatendiendo la educación intelectual y artística en que su madre principalmente la iniciara, cayendo así en un error frecuente en las almas piadosas y cuya explicación no hace ahora al caso[13]. Temo sus consecuencias respecto de mi hija, porque las preocupaciones reinantes en nuestro país, en punto a la educación de la mujer, lo hacen más peligroso. Deseo que no olvide que no es la cultura una necesidad para el hombre y un adorno en la mujer, sino que, por el contrario, es en ésta, sobre todo en la casada, una condición indispensable para su propia felicidad y para que pueda contribuir a la de su marido y preparar la de sus hijos. Sólo atendiendo al cultivo de sus facultades, podrá ser capaz de interesarse vivamente en todo cuánto importa al compañero de su vida, el cual, lejos de sentir entonces en el seno del hogar el vacío que a tantos obliga a buscar fuera de la familia lo que dentro de ella no encuentran[14], hallará quien comparta sus alegrías y tristezas, no sólo sintiéndolas, sino también comprendiéndolas, pudiendo por lo mismo prestarle en las vicisitudes de la existencia, a la par que el aliento, que dan la simpatía y el cariño, el auxilio y el consejo que puede procurar el espíritu de la mujer, cuando a su viveza natural y espontánea van unidas la cultura y la discreción[15].


Notas

[1] Esta explicación del efecto que en el segundo de los hijos del testador había producido el género de vida propio de la vida industrial y mercantil, es exacta, pero sólo hasta cierto punto. En efecto, son tan complejas y múltiples las relaciones que engendra aquella y las más veces tan pasajeros los vínculos que crea entre las personas, y además tan estrecha la solidaridad que existe entre los miembros y órganos del orden económico, que es casi imposible exigir del individuo un extremado rigor en el punto de que aquí se trata. Pero no es menos cierto que a ello contribuye en no pequeña parte el que, según hemos dicho más arriba, se da al interés en esta esfera un puesto que realmente no le corresponde, y de aquí la poca escrupulosidad de que suelen dar muestras en esta materia los hombres de negocios.

[2] El testador considera con razón más peligrosa la tolerancia del menor de sus hijos que la dureza del mayor, y por desgracia es aquella más frecuente que esta. Unas veces por un exceso de benevolencia, otras por relajación del sentimiento moral, y en ocasiones porque nos dejamos llevar demasiado de la ilusoria esperanza de traer a buen camino al extraviado, lo cierto es que por lo general tratamos con una igualdad irracional a todos, sin que corresponda, como debía, nuestra conducta exterior al vario juicio que en el interior formamos de los hombres, con lo cual no gana nada nuestra moralidad y menos la pública y social.

[3] En este punto delicado suelen caer los individuos ya en el extremo que censura el testador, ya en el opuesto: siendo de notar que no son las clases acomodadas las menos temerosas de contraer este género de responsabilidad, ni las menos acomodadas las más prudentes en este respecto.

[4] Es un error muy extendido el de considerar que el trato social con la mujer no puede ser para el hombre más que fuente de goces pasajeros y sin trascendencia, el cual si bien es debido en parte a la escasa e incompleta educación de la mujer entre nosotros, lo es también a la idea equivocada que de aquella nos formamos, olvidando que suple con la intuición espontánea la falta de los elementos de que la sociedad le priva. El renunciar al trato con el sexo femenino produce esos caracteres agrios e hipocondriacos, cuya vida llega a convertirse en planta seca y sin jugo. Además, cuando este alejamiento lo motiva el temor que, según dice el testador, dominaba el espíritu del mayor de sus hijos, se corren uno de estos dos peligros: o se concluye en el irracional y egoísta celibato, o se contrae matrimonio a impulsos de la impresión ligera o de la fría convicción.

[5] No entraría seguramente en el ánimo del testador aprobar, ni aun siquiera disculpar, la extremada facilidad con que se contraen esta clase de vínculos por muchos, principalmente entre las clases menos acomodadas, pues si el excesivo temor de su hijo en este punto es censurable, no lo es menos la ligereza de aquellos. Sin inspirarse en los principios de cierta teoría célebre sobre la población, hoy de nuevo en gran favor, sobre todo entre los positivistas, es lícito lamentar que no presida a la formación de estas uniones la previsión bastante, cuando menos para evitar un aumento seguro de la miseria, así como que se atienda más de lo debido a los fines corporales que en el matrimonio se cumplen. Los médicos del cuerpo y los del espíritu no deben olvidar que para ciertas enfermedades es posible encontrar remedio en la educación y en la energía moral; y que a estas debe acudirse antes de convertir en una simple medicina la institución más importante y trascendental entre todas las sociales.

[6] Quizás con estas palabras ha querido el testador velar delicadamente el egoísmo que se había apoderado de su hijo como de todo el que voluntariamente permanece en el celibato, estado que con razón han mirado con repugnancia todas las épocas y todos los pueblos, salvo en aquellos en que la preocupación religiosa ha dado lugar a que se mirara de otra manera.

[7] Esto de considerar que el que se casa se muere en cierto modo para el mundo, es un error manifiesto, pero no por eso menos generalizado. Precisamente sucede todo lo contrario, puesto que entonces nos unimos más a la sociedad por nuevos vínculos; el bien de los nuestros nos obligan a una mayor actividad, que redunda en provecho de todos, y la familia que constituimos es el centro de numerosas y complejas relaciones que nos hacen más solidarios con todo lo que nos rodea.

[8] En efecto: el que deja de estimar como es debido el matrimonio, está incapacitado para reconocer con exactitud la misión de la mujer en la vida.

[9] El crédito tiene algo de misterioso y engendra en la vida económica una serie de complejas relaciones mediante las numerosas instituciones que a su sombra nacen, en medio de las cuales se esconden a veces la mala fe y la sórdida avaricia, y otras se precipita el espíritu mercantil frívolo y aventurero.

[10] El que recuerde lo dicho por el testador con motivo de la cuestión religiosa no extrañará que le haya asaltado este temor. Lo que sí sorprende a primera vista es esta tendencia de parte de su hija, habiendo sido educada por sus padres en este respecto, y siendo de creer que su marido habría procurado mantener en ella el espíritu de tolerancia cristiana. Tiene, sin embargo, su explicación, si tenemos en cuenta que en este orden la mujer española está sometida a influencias más poderosas que la de la familia.

[11] El testador, consecuente con lo que ha dicho al tratar de la cuestión religiosa, insiste aquí de nuevo en lo que considera con justa razón como esencial y propio del Cristianismo, el espíritu de caridad, de amor y de humanidad.

[12] Esto debe entenderse a nuestro juicio en el sentido de que el testador celebraba que su hija atendiera con el más serio interés a todo cuanto a la Religión se refiere y no que aplaudiera la tendencia que iba señalándose en el espíritu de su hija, puesto que el mismo se adelanta a prevenir los peligros que podía aquella ocasionarle.

[13] Cuando se ponen frente a frente la Religión y la Ciencia, y se considera ésta como impura por lo general, y más la de nuestro tiempo, es natural que los espíritus piadosos y tímidos a la vez se alejen de ella, descuidando el cultivo de la inteligencia, mucho más tratándose de la mujer a la que alientan a seguir por este camino preocupaciones de todos géneros.

[14] Esta es quizás la causa principal de que tantos desconozcan por completo los más puros goces de la vida de familia, y este el origen de males graves que hacen imposible la felicidad de los esposos y de los hijos.

[15] El hombre suele olvidar con frecuencia que este mal producido por la falta de cultura de la mujer tiene a veces remedio, cuando aquel, en lugar de conformarse harto fácilmente con la situación en que esta circunstancia le coloca, tiene presente que la educación dura tanto como la vida, y que, por tanto, bajo su dirección y con su ayuda pueda alcanzar la mujer después de casada lo que no logró adquirir siendo soltera y que es un elemento indispensable para la felicidad del matrimonio y de la familia.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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