Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

[CONCLUSIÓN]

He escrito este testamento puestos los ojos en Dios y atendiendo a la voz de mi conciencia. He procurado ser sincero en la reseña de mi vida; justo en la distribución de mis bienes; prudente y discreto al dictar consejos a mis hijos. Que ellos y la sociedad me perdonen si no acierto; nadie dudará que una buena intención lo ha dictado[1].

15 de Febrero de 1876.


Nota

[1] Concluyamos también por nuestra parte estas notas, en que hemos procurado desentrañar el contenido de este testamento, pidiendo perdón a su autor y a la sociedad, si nos hemos equivocado, en gracia de la intención que nos ha movido, que es asimismo buena.

No faltará quien nos censure de imprudentes por haber dado a luz la minuta de este testamento, en el cual se trató, como no podía menos, dado el punto de vista del testador, de cuestiones graves y trascendentales que con razón preocupan hoy a todo el mundo, como la religiosa, la social y la política. Sin embargo, no creemos haber sido indiscretos al llevar a cabo esta publicación. Pasaron ya los tiempos en que la cuestión religiosa era asunto vedado en nuestra patria, donde ni la ley consentía su discusión, ni las preocupaciones de nuestro pueblo la hacían posible, ni oportuna. Hechos recientísimos, que son públicos y notorios, demuestran que salvo aquellos que todavía se obstinan en contrarrestar las corrientes de la moderna civilización; todos han llegado a reconocer que no es ya racional, ni siquiera posible, encerrarse dentro de las fronteras de un pueblo para constituir una vida propia completamente desligada de la vida de la humanidad en que comulgan todos los pueblos cultos de la tierra.

Cierto que las especialísimas condiciones de nuestro país pide de parte de todos sus hijos suma discreción al tratar de una materia tan delicada y que por su misma naturaleza trasciende a todo lo esencial que se da en la vida, circunstancia que en nuestro juicio ha tenido muy en cuenta el autor de este testamento al redactarlo. No se encuentra en él ni una sola palabra que venga en desestima de la Religión misma, ni que pueda ser ocasión de que asalte al espíritu del lector la duda frívola y ligera. Por el contrario, revela en todo cuanto ha escrito profundo respeto a la piedad sincera, convicción íntima de que la Religión es un fin esencial y permanente de la vida y no una cosa transitoria y pasajera, como afirma el moderno positivismo, y un vivo deseo de que las creencias religiosas de nuestro pueblo se depuren y mejoren para que renazca en su espíritu el elemento verdaderamente divino que contiene en su seno el Cristianismo.

Quizás se dirá que este documento puede dar lugar a que alguno de los que lo lean sienta morir o amortiguarse en su pecho la fe que heredara de sus padres. No lo creemos: pero si así sucediere, no se culpe por ello al testador, puesto que con insistencia ha hecho notar que no es cosa baladí el cambiar de creencias religiosas, sino que pide, por el contrario, atento examen, detenido estudio, seria reflexión; y si alguien se sintiera movido a meditar sobre este grave asunto con tales precauciones y requisitos, nadie debe en verdad lamentarlo, y sí celebrarlo.

Además, el testador se esfuerza por mostrar los bienes que podrían producirse, si todas las sectas, inclusa la Iglesia católica, coincidieran en dirigir sus esfuerzos a procurar el renacimiento de la vida cristiana. Y como este generoso anhelo no contradice los dogmas ni principios de ninguna de aquellas, claro es que, aun suponiendo que la lectura de este testamento pudiera producir algún efecto en este orden, no habría de dolernos, si aquel consistiera en convertir algunos católicos en cristianos, despertando en su espíritu energías que hoy están adormecidas o muertas y haciendo posible para ellos el vivir la doctrina de Jesús en vez de limitarse tan sólo a declararla y proclamarla.

De otro lado, nadie desconocerá que la lectura de este libro puede producir otro efecto que han de celebrar los mismos que teman el antes notado. Es a todas luces evidente que en nuestro país han caído muchos individuos en materias religiosas en la “fría indiferencia, más mortal que la hostilidad manifiesta,” unos por causas que nacen de las mismas condiciones de nuestra vida social y religiosa, otros bajo el influjo de las corrientes determinadas por el novísimo movimiento filosófico, que no es en verdad muy favorable para la Religión. Ahora bien; si alguno de estos es llevado a reflexionar seriamente sobre este punto y al cabo de sus meditaciones halla el Dios en que antes tal vez no creyera y el fundamento real de la vida piadosa que de aquella creencia se deriva, y en vez de mirar las manifestaciones históricas a ella correspondientes como obra interesada de teocracias egoístas, las considera como desarrollos sucesivos de las aspiraciones infinitas de la conciencia humana, y como resultado de todo siente veneración y respeto por el Cristianismo, aunque lo entienda de un modo universal, amplio y humano, ¿habrá quien desconozca que en suma de todo se habría producido un bien real, manifiesto y efectivo? Sólo los que hacen suyo con imprudencia temeraria aquel dicho de Proudhon: ateismo o catolicismo dejarían de confesarlo.

Por otra razón no nos ha retraído de llevar a cabo nuestro propósito la consideración de tales temores: la íntima convicción que abrigamos de que, si ha de haber, salvación para nuestro pueblo, y dado que estimamos la Religión como un elemento esencial de la vida, no queda más que un camino: la renovación o renacimiento de la vida cristiana en los que son católicos y la aceptación por parte de los que no lo son del Cristianismo, entendido del modo como el testador lo entiende, y que, como en otro lugar hemos dicho, corresponde a aquel en que han venido a coincidir el teísmo racional y el Cristianismo liberal. Pensar que en España va a propagarse el protestantismo sectario y tradicional, que, después de haber cumplido su misión histórica, tiende hoy a disolverse, volviéndose unas sectas desde la mitad de la pendiente qué habían recorrido hacia su origen, para confundirse de nuevo con el catolicismo, y continuando otras por aquella para unirse en la llanura con el teísmo racional, es en nuestro humilde juicio, un sueño y una quimera. Y de otro lado, esperar que de la Filosofía va a surgir una Religión nueva, producto de un racionalismo puramente intelectual, que haya de satisfacer las exigencias de la conciencia religiosa de la humanidad en lo porvenir, es olvidar que, como han dicho distinguidos escritores contemporáneos, en este orden más que en otro alguno es necesario reformar y no destruir, y que es imposible eludir la ley de sucesión y continuidad de la historia prescindiendo del hecho manifiesto de ser hoy el Cristianismo uno de los elementos más esenciales que informan la vida de los pueblos, el cual, lejos de estar agotado, no ha dado todavía los más preciados frutos que lleva encerrados en sus puros y divinos principios. Además esta tendencia puede llevarnos a incurrir en el error de suponer que la Filosofía y la Religión son dos cosas que pueden entre sí sustituirse, como pretenden, de una parte, los que en nombre de aquella anatematizan a ésta, y de otra, los que en nombre de la segunda consideran condenada a morir a la primera. No; ni por su origen, ni por sus procedimientos, ni por su modo de actuar en la vida, ni por el fin que cumplen, pueden confundirse; los tipos de Jesús y de Sócrates no son reductibles a uno solo. Baste hacer notar con un escritor inglés, que, mientras que la vida y la muerte del segundo, no obstante se esta tan dramática, en nada influyen en el valor y trascendencia de la doctrina socrática, si, por el contrario, suprimiéramos la muerte y la vida de Jesús, no comprenderíamos la existencia del Cristianismo.

Quizás merezcamos censura en opuesto sentido de parte de aquellos que encontrarán en el testador un misticismo exagerado. A estos les contestaremos con Mr. Labeleye, que “si el porvenir pertenece al materialismo ateo, se procede con lógica al destruir los antiguos cultos sin reemplazarlos; pero que si, por el contrario, es indispensable un ideal religioso al hombre, vale tanto como preparar la anarquía el derribar la Religión establecida, fundamento de todo orden social, sin sustituirla con otro culto que esté más en armonía con las necesidades y con el espíritu de las sociedades modernas”.

Hé aquí por qué, lejos de estimar peligrosa o inconveniente la publicación de este testamento, creemos que, si estuviere llamado a producir algún efecto en tan delicada materia, no sería este tal que nos hiciera arrepentir de haberlo dado a luz.

Por lo que hace a la cuestión social, sólo aquellos que, cerrando los ojos a la luz, se obstinan en no ver la existencia de este temeroso problema, o que, reconociéndola, imaginan que no hay otra cosa que hacer que imponer silencio a los que lo discuten, encontrarán peligrosa la parte de este testamento que se refiere a dicha cuestión. Por fortuna ya se oyen entre nosotros algunos conservadores que reconocen la existencia de ciertas imperfecciones y la necesidad de preparar el advenimiento del cuarto estado a la vida social. Y en verdad que sólo estudiando aquella con espíritu sereno e imparcial y desechando la preocupación de considerar, como decía Lerminier, la propiedad como una entidad metafísica que ni muda ni cambia, es posible llegar, aunando los esfuerzos de todas las clases y de todos los elementos sociales, a una solución justa, racional y pacífica del problema. Los conservadores no deben olvidar la duda que asaltabaa Mr. Le Play, escritor que no debe serles sospechoso, cuando escribía estas palabras: “al estudiar los diversos elementos de la organización social, me he preguntado con frecuencia, sin resolverla cuestión, si las crisis periódicas que arruinan nuestro país, deben ser atribuidas a los conservadores obstinados que no ven el mal o a los innovadores imprudentes que reclaman remedios peligrosos”. Y deben asimismo tomar como ejemplo la conducta de los conservadores de Inglaterra, los cuales, lejos de pretender ahogar con la represión toda tentativa de reforma, estudian con serena imparcialidad lo que tienen de real y lo que de ficticio las quejas qué se formulan, y distinguen en los remedios que se proponen lo que es utópico o irrealizable para desecharlo, de lo que es justo, conveniente y práctico, para aceptarlo.

Además el sentido que en este punto revela el testador, muestra su convicción respecto de la necesidad de alejar los peligros que encierran en su seno las tentativas de reforma social, tal como la entienden ciertos pensadores y ciertas clases. En primer lugar, más de una vez condena el espíritu revolucionario, que pretende constituir la guerra en estado permanente de la humanidad, como si fuera para los pueblos el medio inexcusable de realizar el progreso. En segundo, en todos los pasajes que directa o indirectamente se relacionan con esta cuestión, el testador muestra su antipatía al estrecho espíritu en que parece inspirarse el cuarto estado al formular sus aspiraciones de reforma social, no menos que las antipatías que separan aquella clase de las demás, originándose así el odio que aleja a unas de otras en lugar del amor que debiera unirlas. Por último, es otro de aquellos peligros la pretensión por parte de muchos de que la sociedad reniegue del sentido individualista y liberal que la revolución ha tenido hasta el presente, y en este punto también el testador da pruebas de que en su juicio en lo porvenir se ha de completar el sentido y criterio que han presidido a lo llevado a cabo hasta aquí, pero no destruir la obra de nuestros padres, que no ha sido en suma otra que afirmar y consagrar la libertad.

En efecto; la distribución de bienes que hace el testador, demuestra clara y evidentemente cómo es compatible la libre disposición de los bienes con las aspiraciones a la reforma propuesta por muchos en nombre del interés social. Cuando se entiende la libertad de un modo abstracto y se confunde con el libre arbitrio, es natural que se dé lugar al desarrollo y predominio del egoísmo individual. Pero cuando se estima que “sólo posee un alma libre aquel que obedece siempre libremente a la ley de Dios; que obra, es verdad, como quiere, pero que quiere siempre lo que debe”, entonces el individuo hace de los derechos que la ley le reconoce un uso tan racional, que sin coacción, sin imposiciones y sin mengua de la propia libertad, se consiguen en gran parte los fines a cuya realización aspiran ciertas escuelas impetrando la intervención del Estado. De esto nos da el testador un ejemplo digno de ser imitado, puesto que, lejos de inspirarse en lo que en otro lugar hemos llamado egoísmo de familia, al dar destino a sus bienes, los distribuye teniendo en cuenta los múltiples vínculos que unen al hombre con sus semejantes y con la sociedad.

Y en cuanto a la cuestión política, realmente sólo los preocupados por la pasión de secta o interés de partido, pueden ver con malos ojos las declaraciones que en este punto hace el testador al historiar la participación que le ha cabido en nuestras luchas y contiendas. Es verdad que el ideal a que al parecer rinde culto no encuentra hoy entre nosotros ni siquiera aquel respeto que merecen a los Gobiernos en todos los pueblos civilizados los principios que sincera y honradamente se profesan y que pugnan por conquistar el espíritu de las sociedades por medios legales y pacíficos; pero ¿no se holgarían los monárquicos de que todos los que piensan en este punto lo que piensa el testador, adoptasen en frente de los poderes constituidos la línea de conducta que aquel se traza, poniendo la paz sobre todo, menos sobre el honor, juzgando con una imparcialidad, a que no estamos acostumbrados, instituciones que no son las que él cree llamadas a resolver los conflictos de los tiempos presentes, y deseando; sin embargo de esto, que ellas hagan todo el bien posible, haciéndose así superior al estrecho espíritu de escuela y al grosero interés de partido? ¿No celebrarían asimismo los conservadores que todos los que aspiran a la realización de ideales que tan lejos están de la realidad existente, se contentaran con afirmar con carácter absoluto los principios que los inspiran para tomarlos como guía en todo cuanto se lleve a cabo en el sentido que los mismos exigen; pero reconociendo el valor incontrastable de los hechos, la necesidad de respetar la ley de la historia que proclama la sucesión y continuidad de la vida, o, lo que vale tanto, el reconocimiento de que la tradición y el progreso son elementos tan esenciales para la-marcha ordenada de la sociedad, que sólo componiéndolos y armonizándolos puede la paz presidir a los destinos de los pueblos? Ciertamente que, sí, como ha dicha un escritor contemporáneo, las cuestiones políticas son hoy poca cosa, las sociales lo son todo, no se atribuirá al punto de que nos ocupamos la gravedad que es más probable se atribuya a lo que en este testamento se dice respecto del problema social y del religioso; pero no obstante haber un abismo, en verdad, entre la trascendencia de aquellos y la del que a la política se refiere, preciso es reconocer que todavía no ha alcanzado la organización del Estado la estabilidad que tan necesaria es en los tiempos presentes, precisamente por lo mismo que constituye una condición indispensable para la resolución de todos los demás problemas. Y sin embargo, suele darse a las cuestiones políticas una escasa importancia por parte de la generalidad de los individuos, al paso que incurren en el contrario extremo los políticos de oficio o profesión. Los primeros, descorazonados al ver que de lo que se trata es de convertirlos en instrumentos para fines que en nada interesan a la justicia ni al bien social, se cruzan de brazos ante todas las contiendas de la vida, pública, en vez de alejar de esta a los que la convierten en teatro donde luchan la ambición y todas las malas pasiones. Los segundos utilizan el poder y la autoridad que las circunstancias ponen en sus manos, para enaltecer la trascendencia de sus particulares principios y conseguir que la sociedad llegue a rodearles de un respeto, que seguramente no alcanzarían, si sus adeptos no hubieran logrado confundir la santidad del derecho mismo y de la misma justicia con su modo particular de concebirlos, de donde viene a resultar el carácter sagrado, indiscutible y dogmático que atribuyen a las afirmaciones que su partido hace y llega a consignar en las leyes. Por esto es posible que esta parte del testamento, que las personas desapasionadas considerarán sin duda alguna como la más inocente, sea mirada por otros como la más peligrosa. Entre el juicio de los primeros y el de los últimos nadie vacilará al decidir cuál es el más sensato, imparcial y digno de respeto.

No son en verdad estas tres cuestiones las únicas graves a que directa o indirectamente se alude en el testamento, pero las otras, aunque de una trascendencia manifiesta, no conmueven de igual modo que la religiosa, la social y la política, a las sectas, a las escuelas y a los partidos. Es de lamentar, por el contrario, la frialdad con que son miradas, no obstante el influjo que ejercen en el bien de los individuos en el porvenir y de las sociedades. Por este motivo nos contentamos en cuanta a ellas con las breves indicaciones que quedan hechas en su lugar respectivo en las notas en que hemos procurado aclarar el sentido que en nuestro juicio encierra el texto y en desentrañar su alcance y consecuencias.

En suma: los tiempos actuales no consienten que las cuestiones se resuelvan sino después de haber sido ampliamente dilucidadas y discutidas, no siendo ya posible, por grave que sea el punto de que se trate, el silencio que antes impusiera el miedo. Lo único que hay derecho a exigir del escritor es templanza y discreción, y como de ambas cosas da pruebas a nuestro parecer el autor de este documento, esperamos con la conciencia tranquila que nadie nos reconvendrá por haberlo dado a luz.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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