Gumersindo de Azcárate

Minuta de un testamento

Al lector

Por una rara casualidad ha venido a parar a nuestras manos este documento curioso, que damos a luz por los motivos que indicaremos brevemente.

Los testamentos han tenido gran importancia en la historia; ya por contener disposiciones que han venido a influir en los destinos de los pueblos, como sucedía con los de los Reyes durante la monarquía patrimonial; ya por las declaraciones que en ellos se han hecho por personas importantes en el orden religioso o político; ya por servir de fuentes interesantes para el conocimiento del derecho de un país o de una época. Pero en los tiempos presentes han perdido mucha de su importancia, efecto del carácter que hoy tiene el testamento. En efecto, por regla general, no es actualmente otro su objeto que la distribución de los bienes materiales, de la propiedad, quedando solo de la que antes fuera, vestigios, como la profesión religiosa, lo relativo o la tutela de hijos menores, y si acaso, alguna recomendación hecha por el testador a su familia.

Y aun en la distribución de la propiedad siguen todos la misma norma, trazada por la ley donde impera el sistema de legitimas, y por la costumbre donde se reconoce la libertad de testar, obedeciendo en este caso las más veces a preocupaciones, no a motivos racionales. De aquí que, ni se motiva esta distribución, ni se atiende, al hacerla, a principio alguno: el testador dispone, de todo o parte, según la ley lo permite, en favor de su familia, sin más excepción que legados insignificantes dejados para sufragios, o en favor de algún amigo querido o criado fiel, y, por excepción, a un establecimiento de enseñanza o beneficencia.

Sin embargo, nótase en este punto una tendencia distinta en algunos países, como Inglaterra y los Estados norte-americanos. Algunos de los que en estos pueblos llegan a formar un crecido capital, merced al gran desarrollo que en ellos alcanza la vida económica, sea porque por experiencia propia saben que trabajando se hace fortuna, sea porque se reconozcan en parte deudores a la sociedad por lo que han adquirido, después de dejar a sus hijos lo que estiman más que necesario para continuar la obra por ellos comenzada, destinan gruesas sumas a la mejora de los pueblos en que nacieron o trabajaron, a la educación y enseñanza de sus compatriotas, al sostenimiento de sus hermanos pobres, y a veces a fines que interesan, no solo a su pueblo, sino a la humanidad.

Ahora bien: este testamento, cuya minuta publicamos, rompe por completo con la tradición. Puede decirse que tiene tres partes o que su autor ha querido realizar otros tantos fines.

Primero: un resumen de su vida, para legarla con sus merecimientos y sus caídas a su familia, a fin de que imiten aquellos y eviten éstas, y para que la posteridad, que juzga a todo hombre por humilde que sea, sin otra diferencia que la de ser mayor o menor el número de individuos que constituyen el tribunal sentenciador, tenga los datos necesarios para formular su veredicto. En esta parte ocupa un lugar preferente la profesión de fe religiosa, cosa que en verdad de antiguo se hacia; pero que de una manifestación sincera y espontánea de la creencia que cada cual abrigaba en su corazón, se ha convertido en fórmula rutinaria, que redacta el notario, y en la que ni mientes para el testador.

Segundo: la distribución de sus bienes. En este punto llaman la atención dos cosas: una, lo motivado de cada disposición; otra, el propósito que revela el testador de reconocer, con la debida subordinación, todos los deberes y vínculos que ligan al hombre con su familia, sus amigos, su pueblo, su patria, la humanidad, y con las sociedades o corporaciones instituidas para este o aquel otro fin de la vida. Se recuerda involuntariamente al leer esta parte, el homo sum el nihil humani a me alienum puto.

Tercero: una serie razonada de consejos y recomendaciones a sus hijos, para que los tengan en cuenta en su conducta; siendo de notar gire el testador distingue cuidadosamente aquellos principios eternos de moral y de vida, a que la sociedad rinde culto aun en las épocas de mayor decadencia, de aquellas otras reglas de conducta que, por el contrario, están oscurecidas ú olvidadas a consecuencia de los vicios y preocupaciones reinantes.

Hay en esta forma de testamento algo que es muy antiguo y algo que es nuevo. La exposición que hace el testador de su vida trae a la memoria el famoso juicio de la sepultura de los egipcios; la profesión de fe recuerda la transmisión hereditaria da los dioses de la familia en los tiempos primitivos y la declaración religiosa de la Edad Media; los consejos y preceptos a sus hijos hacen pensar en aquellas épocas en las que el padre, como supremo legislador do la familia, así como la regía con absoluto poder en vida, dejaba dictada su organización para después de su muerte; y, por último, en la distribución de los bienes encontramos el sentido que inspiraba las mandas piadosas y las numerosas fundaciones de otros tiempos.

Pero a la vez hay algo que es completamente nuevo, y que responde a las actuales condiciones de la vida y de la civilización. Ese examen general de conciencia es un tributo pagado a la sinceridad, que no consiente que el hombre pase a la posteridad honrado más de lo que mereciera o vituperado más de lo debido, y además como un ejemplar que a todos ha de servir de enseñanza, contribuyendo de este modo la vida de un hombre al perfeccionamiento de la de todos; esa profesión religiosa no es la herencia de una fe que el testador impone a sus hijos, sino la declaración de aquella en que cree el hombre en el último momento, el más solemne de la vida; no es la fórmula impuesta por la ley, y sin la cual no hay derecho para el ciudadano, sino la expresión sincera del que quiere morir proclamando el Dios a quien venía rindiendo culto en su conciencia; esos consejos y esas recomendaciones no son derivación de aquella patria potestad absoluta e ilimitada, que ya no existe, y sí inspiraciones del interés más vivo, del amor más santo, que el testador lega a sus hijos, como el caudal más estimable, como la herencia más valiosa, que acumulara en su espíritu, y que es el fruto de la experiencia de toda la vida; finalmente, esa distribución de la propiedad acusa la firme persuasión de que el hombre debe reconocer en el momento de la muerte, como durante la vida, que es miembro de una familia, de un pueblo, de una nación, de la humanidad, y a la par que esto, que la naturaleza de los fines a que se ha consagrado en la tierra le imponen deberes, cuyo cumplimiento ha de contribuir a la ulterior prosecución de los mismos.

Por esto publicamos este singular documento, sobre cuyo carácter general hemos creído conveniente escribir las líneas que preceden, prescindiendo de entrar en pormenores, porque nos proponemos hacer esto en algunas notas que pondremos al texto, ya para aclarar su sentido, tal como lo entendamos, ya para tratar de desentrañar la trascendencia del mismo.

© José Luis Gómez-Martínez
Gumersindo de Azcárate. Minuta de un testamento. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1876. Reproducimos íntegramente esta edición de la Minuta de un testamento. En la preparación de la versión digital hemos actualizado el uso de los acentos. Para los comentarios que Azcárate añade a su texto, hemos optado por incluirlos, al igual que su autor, como notas a pie de página. Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

28 de julio de 2005.

 

 

 

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