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Juan López Morillas

“Galdós y el krausismo:
La familia de León Roch
[1]

 

1. El cultivo del hombre

En varios lugares nos hemos ocupado de un librito que vio la luz en el verano de 1876 bajo el título de Minuta de un testamento, cuyo autor, Gumersindo de Azcárate, recataba su nombre bajo el seudónimo, pronto descifrado, de W…[2] Para no reiterar aquí lo que ya hemos expuesto en otros escritos, bastará con señalar que el libro fue redactado y leído como manifestación ligeramente velada de una crisis de conciencia: la de un intelectual krausista austero y ecuánime que rompe con la Iglesia católica a raíz del primer Concilio Vaticano (1869-1870) y procede a ordenar su vida y conducta según la preceptiva moral de un racionalismo cristiano. Es una preceptiva rígida y exigente, un continuo adiestramiento moral para fortalecer la voluntad contra toda guisa de seducciones y transigencias. Su índole puritana es evidente, como lo es también su sentido solipsista. Toda cuestión moral es referible en última instancia al tribunal de la propia conciencia[3], el cual juzga conforme a criterios que, por ser racionales, son —o debieran ser— de universal aceptación. Idealmente, pues, la moral colectiva es —o debiera ser— simple extensión de la moral individual, esto es, el reconocimiento general de que la razón habla una misma lengua para todos. Vista así, la perversidad moral no es algo positivo, algo que se contrapone a la rectitud en una especie de pugna maniquea; ni mucho menos es una tara injertada ab initio en el espíritu humano. Es sólo un encapotamiento que sufre la razón por causa de la desidia, el abandono, la inopia; en suma, por causa de la ignorancia. Y como se trata nada más que de una ofuscación accidental, puede ser al cabo eliminada mediante la educación, concebida ésta como expurgo sistemático de todo lo que pueda entorpecer el libre desarrollo de la facultad racional, es decir, de la potencia humanizante por antonomasia. No en vano el krausismo se recrea en la relación etimológica y metafórica, propia del humanismo clásico, entre cultura y cultivo, entre hombre y planta. Cultivar es desbrozar. Humanizar es educar[4]. En el fondo de todo krausista genuino alienta, pues, un educador cuya misión cardinal consiste en ayudar a que se actualice lo que en el educando es sólo potencial, en promover la transformación de la semilla en planta, del niño en hombre, del obcecado en cuerdo, del perverso en virtuoso. Las ideas pedagógicas de Krause coinciden en muchos puntos con las de Rousseau, Pestalozzi y Froebel y, muy especialmente, con la noción, común a todos ellos, de que hay que hacer hombres, y no sólo vasijas de doctrina o artefactos pensantes[5]. Sin desdeñar, claro está, el entendimiento, los krausistas aspiran a activar también la voluntad, en la que va prendida la conciencia moral; más aún, insisten en poner en juego todas aquellas facultades —intelectuales, morales, afectivas, físicas— que permitan al educando “ser y vivir en la unidad de su actividad, destino y relaciones”. Francisco Giner, representante cabal de esta pedagogía panhumanística, caracteriza al “educador intencional” como aquel que “desempeña la función reflexiva, definida, discreta, propia del arte en los demás órdenes de la vida, de excitar la reacción personal de cada individuo y aun de cada grupo social para su propia formación y cultivo: todo ello mediante el educando mismo y lo que él de suyo pone para esta obra, ya lo ponga espontánea y como instintivamente, ya en forma de una colaboración también intencional”[6].

La Minuta de Azcárate tiene de autobiografía por lo menos el reflejar puntualmente las ideas del autor sobre las más variadas materias. Al igual que éste, el “testador” ficticio está dedicado a la enseñanza, menester grato a los intelectuales krausistas, convencidos —sobre todo después del fracaso de la Setembrina— de que el advenimiento de un mundo mejor habría de resultar, no de una espasmódica sacudida revolucionaria, sino del perfeccionamiento gradual del individuo por medio de la educación y el ejemplo. Entiéndase ejemplo personal, pues la enseñanza no es simple actividad entre las demás del enseñante, sino profesión de fe en el valor y la dignidad de la vida y en la función de capacitar al hombre para vivir plenamente. El krausista, pues, enseña con toda su persona, de la que la ocupación propiamente “docente” no es más que un aspecto modal[7]. De ahí la probidad, entereza y altura de mitas, en suma, la humanidad profunda que echamos de ver en Sanz del Río, Giner, Azcárate. Se ha aludido más de una vez, y no sin alguna ironía, al “sacerdocio” pedagógico de los krausistas, pero, bien mirado, sacerdocio es, aunque lo “sacro” en él apunte más a lo humano que a lo divino. De cura de almas se trata en fin de cuentas: de salvarlas para la vida[8].

Ver claro, pues, y ayudar a otros a ver claro; salvar la “integridad moral en medio de las agitaciones de la vida presente”; mantener en todo momento y lugar los fueros de la razón, la verdad y la honradez: he ahí la pauta de vida que elabora el “testador” y que recomienda a sus hijos. Es, en sus rasgos principales, la misma que adopta León Roch, krausista de ficción. Pues no cabe duda alguna que el librito de Azcárate sugiere a Galdós La familia de León Roch, novela compuesta en 1878, dos años después de la Minuta y a modo de corolario crítico de ésta[9]. En León Roch, Galdós se Propone mostrar lo que le sucede a la “idea pura” cuando abandona su empíreo y baja a la plazuela pública para convertirse en “ideología aplicada”. Y, de paso, retrata con viva compasión la congoja del hombre de noble espíritu que no puede resignarse a que el mundo no sea mejor de lo que es.

 

2. Disciplina e intransigencia

Propósito común a León Roch y al “testador” de Azcárate es el de considerar la propia vida como desenvolvimiento paulatino de un plan trazado de antemano en el que lo decisivo es someter lo espontáneo a lo racional, puesto que vivir “humanamente” supone otorgar a la razón la primacía sobre las demás facultades del espíritu[10]. Este propósito se compadece con la noción krausista de que el ideal de la humanidad, i. e., la plenitud de la vida sobre la tierra, conlleva, a la vez que trasciende, el logro de ideales particulares, de los cuales el individual es fundamento y anticipo de los demás. Qué rumbo dar, pues, a la propia vida para colmarla de sentido, esto es, para que sea al mismo tiempo un fin en sí y un medio de fomentar el alto destino de la grey humana: tal es la pregunta clave para el krausista. A ella responden el “testador” y León Roch de modo muy semejante: viviendo en un continuo estado de alerta consigo mismo y escudriñando toda inclinación natural —imaginación, pasión, impulso instintivo—, en suma, todo aquello que brota sin esfuerzo del fondo mismo del ser: “¡Desgraciados los que no logran encadenar su imaginación” (OC, 778), exclama León, revelando con ello su recelo de la facultad perturbadora por excelencia, de la “loca de la casa”. Y más teóricamente apunta Azcárate: “Cada hombre lleva en lo que constituye su personalidad ciertas tendencias que... le favorecen o contrarían en la prosecución del bien. Unas le allanan el camino...; otras le estorban y dificultan, obligándonos a una lucha casi permanente” (Minuta, 154-155). Esa lucha o ascesis íntima es parecida a la que libra el artista con la materia de su arte: un forcejeo por dar forma a lo informe. El hombre, aquilatado de esta suerte, es el incansable escultor de su alma; y puede afirmar orgullosamente con León Roch: “Yo labraré mi vida a mi gusto” (OC, 775).

Vida es, pues, disciplina, esfuerzo, aspiración. Vivir equivale a entrenarse en la lucha y para ella. El krausista toma la vida en serio y valora a otros hombres en la medida en que hacen lo propio. De todos los defectos humanos los más graves son, de menor a mayor: la frivolidad, que consiste en no darse, o no querer darse, cuenta de tales defectos; la irresponsabilidad, que, apelando de ordinario a la humana flaqueza y propensión al error, tiende a remitir las más nocivas lacras mediante una mundana indulgencia plenaria; y finalmente, la hipocresía, que, reconociendo la gravedad de tales lacras, las pretende encubrir bajo un manto de falsas virtudes. Éstos son los enemigos del alma en la vida moderna. Y contra ellos salen a lidiar, armados campeones de la moral responsable, los caballeros del krausismo. Los más perspicaces de éstos se sienten vivir en un período de “crisis profunda y universal” que afecta a “todos los órdenes de la vida” como “lucha... entre todo un mundo que se va y todo un mundo que viene” (Minuta, 157). A su manera, pues, los krausistas pronostican el colapso de la vida y cultura burguesas del siglo XIX. Entre todos sus afanes señorea el de acelerar la instauración de la Sociedad fundamental humana a que por modos y cauces distintos aspiran y acceden todos los pueblos de la tierra. Para ello, como primera providencia, hay que empezar por desbaratar cuanto de nocivo, falso o caduco tiene el mundo presente. No es, pues, de extrañar que los krausistas se nos revelen ante todo como críticos pertinaces de las manquedades y perversiones de la sociedad contemporánea; y que particularmente en la española, tan cargada de rémoras tradicionales, su rigorismo hallara frecuentes coyunturas para ejercitarse. Persuadidos de que la moral es “forma de la vida toda” (Minuta, 163), dirigen la atención a todas las actividades vitales, desde el caso de conciencia individual hasta la estructura y funciones de las instituciones públicas. Por lo general favorecen una intransigencia táctica frente a la moral de manga ancha que ven en torno suyo, y recomiendan a sus secuaces, como el “testador” lo hace a sus hijos, que “estén muy prevenidos respecto a vicios, hoy harto comunes, que se encubren con el nombre de tolerancia, prudencia, don de oportunidad, respetos sociales, etcétera” (Minuta, 167). Con ayuda de estos nombres el individuo y la sociedad han contribuido a crear un ambiente de acomodos y transacciones propicio al egoísmo, la codicia y la ostentación. Cualidades son éstas que abundan en la vida mercantil e industrial y, sin duda por ello, son los hombres de negocios los principales, aunque ni mucho menos los únicos, responsables de tal estado de cosas (Minuta, 169). Azcárate llega en su intransigencia a proponer que se excluya del trato social a tales infractores de la moral conforme a razón, si no del Código penal: “No pretendo –escribe— que el mundo se deba dividir en dos castas, de buenos y malos...; pero me repugna la igualdad con que suele tratarse a todos, olvidando que, al modo que el aislamiento de los modernos sistemas penitenciarios produce la corrección del criminal, los hombres se harían mejores si vieran castigadas sus culpas con cierto aislamiento a que la sociedad debiera condenarlos” (Minuta, 97-98).

Pero es sobre todo la hipocresía el tema que toca Azcárate con ahínco, hasta el punto de que no sería hiperbólico considerar el librito como alegato contra la hipocresía, en general, y la hipocresía religiosa, en particular. En este respecto la Minuta delata el clima ideológico de que procede, dominado por cavilaciones de orden político y religioso no siempre separables, ya que en la España ochocentista la religión es a menudo utensilio de la política y la política agencia de la religión. Conviene subrayar, sin embargo, una importante diferencia, y es que, como apunta Azcárate, “comunicamos con entera libertad a las personas íntimas y queridas todas nuestras ideas políticas, filosóficas, económicas, etc., e instintivamente nos detenemos y guardamos silencio si se trata de las creencias religiosas, cuando entre las suyas y las nuestras hay diferencias esenciales” (Minuta, 34). Al contrario de las ideas, que son algo así como valores al portador, las creencias se miran como atributos íntimos e intransferibles, verdaderos sustentáculos del yo sin los cuales éste se vendría abajo como edificio de frágiles cimientos; de aquí la reticencia con que el individuo pretende proteger sus creencias cuando se halla frente a otro que las tiene de índole distinta. Esto sin duda es natural. Pero de aquí a la hipocresía no hay más que un paso, porque cuando se produce una mudanza radical en las creencias propias, esa reticencia vendrá respaldada por el temor a ser tenido por otro del que se es, a ser conceptuado insustante o superficial o perverso; amén de que en tales casos la sociedad está ya de suyo predispuesta a favor de la hipocresía y en contra de la sinceridad. He aquí el obstáculo con que tropieza el “testador”; y, en realidad, la Minuta es la crónica de cómo intenta salvarlo sin daño de otros hombres ni de la propia conciencia. No es fácil empresa. De su buen éxito penden el sosiego de ánimo, la estabilidad del matrimonio, la educación de los hijos, la estimación de los amigos, el respeto de los extraños, en suma, toda la urdimbre de relaciones que constituyen el mundo personal. Como buen krausista, Azcárate subraya la índole social de la condición humana y, por ende, el deber que tiene cada individuo de responder de sus actos ante los demás. En este respecto el “testador” cita como norma deseable de conducta una máxima de su padre: “Siempre que tengas dudas acerca de lo que debes hacer, figúrate que pesas todos los motivos en voz alta y delante de gente, y que te decides por uno u otro camino, sabiéndolo todos” (Minuta, 10).

 

3. Hubris racionalista

A la manera de un conte philosophique, la Minuta de Azcárate se interesa más por la estructura de ideas —ideas morales, sobre todo— a que debe acomodarse una vida que por la suerte que tales ideas correrían en una situación concreta. En el ámbito de la pura especulación todas las cuestiones, por arduas que sean, se resuelven en su tiempo y sazón. El “testador”, traspuesta al cabo su crisis de conciencia con el abandono del catolicismo, se sincera ante su esposa —católica de creencias sencillas y mujer afectuosa y dulce—, que le comprende y consuela, educa a sus hijos según los preceptos de la moral racional y el buen sentido, resuelve a su sabor los conflictos profesionales que se le presentan, cuenta con la cálida estima de amigos selectos, y en el ocaso de sus días contempla su vida pasada con algo de la complacencia crítica con que el artista mira su obra recién concluida. Pero Galdós, en La familia de León Roch, no escribe un conte philosophique, sino una novela, cuyo carácter ideológico y polémico sólo mengua, pero de ningún modo destruye su propósito de ser ilusión de vida. El “testador” se mueve en un mundo abstracto y antiséptico, trasunto de la razón discursiva, articulado ad hoc para dar sentido y relieve a la norma de conducta que patrocina Azcárate. León Roch, en cambio, transita por un mundo concreto, hijuela de la fantasía creadora, inventado ad hoc para demostrar que esa norma de conducta no es practicable, porque su realización tropieza con resistencias imprevistas, prejuicios insensatos, intereses creados, con el absurdo, en fin, que es la vida. No tenemos por qué dilucidar aquí cuál de los dos mundos es más “real”. A decir verdad, ambos son “reales” por su contenido, ya que las ideas, idénticas en lo sustancial, del “testador” y León Roch son pensables; pero la razón discursiva se contenta con pensarlas, en tanto que la fantasía creadora va más lejos y quiere, además, vivirlas.

En León Roch nos ofrece Galdós un modelo del joven krausista que, durante la veintena de años que acaba con la Restauración, da la tónica de la vida intelectual española y ejerce un amplio influjo cultural desde la Universidad Central y el Ateneo de Madrid. En su retrato físico y moral echamos de ver ante todo aquellas pinceladas con que se identifica de ordinario a los krausistas de la época[11]: modesto, serio, circunspecto, equilibrado; algo enjuto de espíritu; aficionado a la soledad; apasionado investigador de su especialidad científica —la geología— y estudioso de otras ciencias experimentales para las que le capacita su condición de buen matemático; racionalista templado que, apartado de toda confesión religiosa, proclama su creencia “en el alma inmortal, en la justicia eterna, en los fines de perfección” (OC, 957); pero sus rasgos morales salientes son “la rectitud y el propósito firme de no mentir jamás” (OC, 794). Ahora bien, Galdós, no contento con esta caracterización consabida, acentúa con empeño lo que su personaje no es por contraste con lo que pudiera ser otro ejemplar de la burguesía de la época. Así, por ejemplo, nos dice que León no es aristócrata tronado, ni político tortuoso, ni financiero sin escrúpulos, ni funcionario venal; que no es calavera, ni asesino de honras, ni vividor, ni parásito social, ni manipulador de conciencias; que no hace discursos campanudos ni escribe parrafadas barrocas; que no es adulador, ni dispendioso, ni repartidor de frases hechas; que no es, en suma, nada de lo que la sociedad quisiera que fuese para justificar el axioma de que “todos somos unos” y vindicarse a sí misma en la perversión universal[12]. Ahora bien, como indica el título de la novela, Galdós no se propone sólo retratarnos a un epígono del krausismo en desavenencia con el mundo circunstante[13], sino a un “krausista en familia”, esto es, ínsito en una función social y operando desde ella. Siguiendo en ello al propio Krause que veía en marido y mujer “la expresión primera y la más íntima de la unitaria humanidad”, sus discípulos ensalzan el matrimonio como “el manantial vivo del que todas las otras sociedades humanas reciben sus miembros útiles” (Ideal, 95). La sociedad fundamental doméstica es, por lo tanto, modelo a escala reducida de la sociedad fundamental humana. El matrimonio es síntesis, fusión de contrarios que “en espíritu y cuerpo se necesitan uno a otro para formar un todo superior humano” (Ideal, 58). Esta noción dialéctica del matrimonio entraña la exaltación de la mujer y de su “peculiar excelencia y dignidad” y, en consecuencia, los krausistas laboran en pro de esa “mitad esencial de la humanidad” y se afanan, sobre todo, por “mejorar su educación, haciéndola más real, más elevada, más comprensiva”[14]. En este respecto el “testador” de Ázcárate expresa la actitud que pudiéramos llamar “oficial” del krausismo español: “no es la cultura —dice— una necesidad para el hombre y un adorno en la mujer, sino que, por el contrario, es en ésta, sobre todo en la casada, una condición indispensable para su propia felicidad y para que pueda contribuir a la de su marido y preparar la de sus hijos. Sólo atendiendo al cultivo de sus facultades podrá ser capaz de interesarse vivamente en todo cuanto importa al compañero de su vida, el cual, lejos de sentir entonces en el seno del hogar el vacío que a tantos obliga a buscar fuera de la familia lo que dentro de ella no encuentran, hallará quien comparta sus alegrías y tristezas, no sólo sintiéndolas, sino también comprendiéndolas” (Minuta, 177).

Nos ha parecido oportuna esta larga cita de Azcárate porque en ella está la clave de algunas de las cuestiones que, como núcleo del problema de León Roch, Galdós se propone ventilar. Conviene advertir de antemano que, al igual que el “testador”, León “se encariñó desde su temprana juventud con un ideal para la vida, y era éste una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor y del estudio...; soñaba con buscar y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual nacería una familia..., la gran familia ideal”. La consecución de ese ideal exige “una mujer adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde nunca se agotaran las bondades” (OC, 795). Sobre dicha materia prima se volcará la atención del “marido pedagogo”, porque sólo así, nos dice, “podré yo formar el carácter de mi esposa, en lo cual consiste la gloria más grande del hombre casado... Porque así podré hacerla a mi imagen y semejanza, la aspiración más noble que puede tener un hombre y la garantía de una paz perpetua en el matrimonio” (OC, 776). María Sudre, “barro exquisito, pero [que] apenas tiene forma”, será la Galatea ideal de este Pigmalión redivivo. Aunque, confundiendo las mitologías como lo hace el propio Galdós, sería mejor decir que, en imitación del Jehová del Génesis, León Roch modelará con el soplo de la Divina Razón una criatura ad imaginem et similitudinem suam. He aquí un acabado ejemplo de la serena arrogancia del racionalista. Y no debe extrañarnos que, hubris al fin y al cabo, invite desde luego la trágica caída.

 

4. Amor y pedagogía

Galdós pone cuidado en señalar que la quiebra del “ideal para la vida” de León Roch resulta, como casi todos los fracasos humanos, de errores tanto propios como ajenos. El de más fuste entre los propios estriba no sólo en desatender el papel relevante que lo irracional desempeña en el escenario de la psique, sino en dar por racionalmente válidas actitudes o aficiones que nada tienen que ver con la razón o van claramente en contra de ella. Porque, como el mismo León admite, se enamora “como un bruto”, y su enamoramiento es “una cosa fatal, una inclinación irresistible, un incendio [del]... alma” (OC, 775); es decir, se enamora con la fantasía y la carne, como se enamora el común de las gentes; pero, “filósofo y naturalista”, se empeña en convencerse a sí mismo de que esta erupción volcánica de la sinrazón puede encajar sin esfuerzo en el plan de vida que ha elaborado “con la escrupulosidad de un químico que pesa gota a gota los elementos de una combinación” (OC, 775). Su falta consiste, pues, en engañarse a sí mismo, pecado quizá venial en otros, pero de mayor cuantía en un individuo que profesa como norma de conducta una sinceridad a prueba de halagos y tentaciones. Quien, de acuerdo con una filosofía de las luces —el krausismo es retoño de la Aufklärung dieciochesca—, aspira a limpiarse los ojos de escamas para ver claro en el fondo de las cosas, es a la postre víctima de una obcecación pasional, ni más ni menos que cualquier hijo de vecino. De poco le ha valido acorazarse con la filosofía, prevenirse contra los peligros y añagazas de la imaginación. La hermosura física de María le ha encandilado, a pesar de la advertencia del “testador” de Azcárate, su lazarillo dilecto en la vía de perfección vital: “la primera impresión, el primer atractivo no es más que la ocasión de averiguar si hay allí tan sólo la fugaz simpatía que la belleza y la gracia despiertan o el amor verdadero que ha de unir dos almas de por vida” (Minuta, 102-103). A lo que replica León: “María me cautivó por su hermosura, es verdad; pero hay más, hay mucho más. Yo procuré dominarme, acerquéme con cautela, miré, observé científicamente y, en efecto, hallé dentro de aquella hermosura un verdadero tesoro, no menos grande que la hermosura misma que lo guardaba” (OC, 776). Ha cumplido, pues, con la letra, pero no con el espíritu, del consejo del “testador”. Los encantos visibles de María le han ofuscado el raciocinio; y en un momento de candor irresistible confiesa que “no hubo elección, no”, que, en realidad, la explosión pasional que en él se ha producido ha levantado en vilo “las matemáticas, la mineralogía, mi seriedad de hombre estudioso y todo el fardo enorme de mis sabidurías” (OC, 775).

No cabe hablar de elección porque, de haberla habido, de seguro no hubiera recaído en María, que por lo pronto no reúne ninguna de las cualidades que busca León para forjar su familia ideal: caridad, sencillez, humildad, inteligencia. Todo lo contrario. Pese a cierto “fondo de honradez” que Galdós —en uno de sus más infelices apartes— está dispuesto a concederle, la bella hija de los Tellería es necia, cruel, fanática, soberbia y sensual. En ella no encuentra el “marido pedagogo” materia dúctil que formar. Toda ella está ya formada, “determinada” por su índole, su ambiente y su tiempo. Galdós, atento ya por estas fechas al correlato determinista del naturalismo literario, no puede menos de ver con melancólica simpatía el empeño de un intelectual krausista en vivir a contrapelo de la sociedad contemporánea, encastillado en una idea del mundo y el hombre que por ser racional tiene a la fuerza que ser viable. No sería aventurado sugerir que La familia de León Roch es el palenque donde, bajo el disfraz de una fábula novelesca, rompen lanzas el racionalismo optimista, muy siglo XVIII, de los discípulos de Krause y el determinismo pesimista que, más acorde con los tiempos, acepta Galdós. No cabe duda de que lo acepta muy a pesar suyo, pues en Galdós queda siempre un trasfondo de perfectibilismo dieciochista. Pero, repitámoslo, Galdós no es arquitecto de orbes ideales, sino transmutador estético del mundo existente, cuya intuición inmediata sustenta —en el doble sentido de “apoya” y “nutre”— a la imaginación creadora. Ese mundo puede ser en su aspecto humano objeto de experiencia, pero no de experimentación. En vano, por lo tanto, pretende León Roch alterarlo, aun en mínima medida, pues al contrario de los elementos que se combinan en un compuesto químico, los que se confunden en el complejo humano son refractarios a todo análisis racional. Esto, parece sugerir Galdós, lo sabe todo el mundo, menos el racionalista impenitente. Y por ello pone en boca de Federico Cimarra, ser moralmente despreciable pero maestro en gramática parda social, la apostilla más adecuada a los planes pedagógico-matrimoniales de León: “Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como cadetes hacemos un estudio exegético de las cualidades de las dignas hembras que van a ser nuestras mujeres; esta manufactura la tomamos como está hecha por Dios o por el demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela es del peor gusto” (OC, 776). Cimarra, en efecto, es el que primero señala lo que parece haber de argucia racionalista en la actitud de León, lo fácil que es guarnecer con el esprit de géométrie posiciones previamente tomadas por el esprit de finesse. Por supuesto que Galdós no sugiere de ningún modo que tal argucia sea deliberada, ya que ello supondría negar la radical autenticidad de su personaje e invalidar desde luego la intención ideológica de la novela. León se engaña, es cierto, pero sólo porque al socaire de su conciencia racional hormiguea todo un mundo de impulsos y apetitos sobre los cuales la razón ejerce a lo sumo una jurisdicción nominal; se engaña porque, en fin de cuentas, es más hombre que krausista. El amor no va a la escuela. Prefiere hacer novillos, como chicuelo indócil que es y azotacalles contumaz.

Ello no quita el que Galdós, como corolario a la amonestación de Azcárate, subraye la flaqueza de la razón ante los embates del instinto. Por instinto, bajo la forma de atractivo físico, se casa León con María Sudre y destruye con ese matrimonio la posibilidad de formar su familia ideal. Por instinto —falta de ese mismo atractivo— se ha desentendido de Pepa Fúcar, ahogando así la promesa de un amor profundo, amasado de lealtad y ternura, de ese “verdadero amor” de que habla el “testador”, descubierto ya demasiado tarde para que pueda “unir dos almas de por vida”. Galdós hace resaltar con este motivo un juicio que encontramos a menudo en sus obras, y es que en la estela de nuestros propios errores zozobran al cabo otros seres que siguen de cerca el derrotero de nuestra vida. El error de León en casarse con María trae como secuela inmediata el error de Pepa en casarse con Cimarra; y de aquí, abriéndose en ondas cada vez más amplias, se multiplican las aciagas consecuencias de una obcecación inicial.

 

5. A mis soledades voy…

Las dificultades que al matrimonio pueden traer las diferencias religiosas entre los cónyuges es tema al que Azcárate consagra en la Minuta páginas de mucho interés. La crisis religiosa del “testador” comienza en sus años de estudiante universitario y se resuelve, bastante tiempo después de su casamiento, en la renuncia a toda religión revelada. Trátase, pues, de un largo proceso de “mortificación” interior en que el espíritu, atenaceado por requerimientos discordantes, quizás acabara por pedir treguas si los azotes de la conciencia moral no le forzaran a proseguir su penoso camino. El “testador” sabe que no siempre es oportuno o eficaz exteriorizar el conflicto; y, en efecto, lo mantiene recatado durante su noviazgo y los primeros años de su matrimonio.

Sólo cuando la crisis queda resuelta, esto es, cuando el “testador” se ha puesto en claro consigo mismo, decide ponerse en claro con su esposa, aun a sabiendas de que la revelación puede comprometer la estabilidad del matrimonio: “Decidí, pues, descargar mi conciencia de aquel peso, que se iba haciendo ya insoportable, tomándome, sin embargo, algunos días para pensar el plan según el que había de llevar a cabo aquel acto tan trascendental, como que acaso envolvía la felicidad de mi mujer, la de mis hijos y la mía” (Minuta, 35). Pero, bien mirado, el aprieto no es tan grande como parece, porque el “testador”, no tan impresionable como León Roch ante la belleza física, ha puesto buen cuidado en elegir a su mujer según atributos menos visibles. Ésta es, como primera providencia, inteligente y sensata; pero es, además, discípula ejemplar en cuyo fértil entendimiento y fina sensibilidad puede el marido sembrar sus discretas pedagogías.

Ahora bien, en La familia de León Roch, Galdós sigue muy de cerca estos capítulos de la Minuta, aunque no se detiene en analizar la crisis religiosa de León, que se nos da ya resuelta cuando éste aparece en las páginas de la novela; y huelga decir que resuelta en el mismo sentido que la del “testador”[15]. Pero Galdós invierte los términos que le ofrece Azcárate y crea con ello una situación en que lo patético y lo grotesco marchan del brazo. No sólo resulta María refractaria a toda enseñanza, sino que es ella a su vez la que, convencida de que su marido es aun ser vitando y extraviado” en cuya compañía corre el peligro de contaminarse de ateísmo, pone mano a la obra de catequizarle o, cuando menos, de imponerle las “buenas formas” de una hipócrita devoción elegante. Para cumplir tal cometido tiene como máximo recurso su espléndida hermosura y el sabio empleo de ésta en lo que Galdós llama pudorosamente “el campo turbulento de la fisiología”. El matrimonio se trueca en concubinato y la esposa “ideal”, presunto dechado de virtudes domésticas, asume el papel de “odalisca mojigata”. Atenta a las imperiosas exigencias del espíritu y la carne, María reparte sus favores con igual fervor entre el confesionario y la alcoba. El cisma moral entre los cónyuges es absoluto y la separación física no se hace esperar largo tiempo. Galdós, para recalcar el nulo contenido humano de la perversa coyunda, la hace estéril.

No hay, pues, familia y sin ella se desmorona el “ideal para la vida” que ha sido la esperanza de León Roch desde sus años mozos. El efecto principal de su rompimiento con María es acentuar su propensión, nunca plenamente satisfecha, a la vida retirada. Pero, cosa curiosa, a medida que se aparta del mundo se debilita en él la ecuanimidad de antaño y arrecia hasta la misantropía su intransigencia ante las flaquezas humanas. Sus conocidos le ven pasar huraño y ensimismado las raras veces que visita Madrid, porque en su desafecto a todo lo que ha sido su vida de malcasado se ha ido a vivir a las afueras. El retiro de Carabanchel Alto le ofrece no sólo la posibilidad de aislarse de las gentes y entregarse al estudio, sino también la de volver en sí mismo y rescatar su entereza moral[16]. Con el mundo que le culpa de intentar corromper la fe religiosa de María y de abandonar a ésta cuando fracasa en su intento; con el mundo que le acusa de adulterio con Pepa y le atribuye la paternidad de Monina; con el mundo que le moteja de materialista, ateo y cínico; con ese mundo que se regocija, no por juzgar intolerables las máculas que le imputa —¿no son acaso las de todos?—, sino por haber logrado con la maledicencia rebajar a su víctima al nivel común; con ese “venenoso ambiente de farsa y escándalo” León rechaza, en suma, todo trato y arbitraje: “Yo me aparto, me retiro solo... Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día, gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas de los adúlteros; repártanse el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto a la virtud, a la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan en sus actos” (OC, 857). Y con ese despreciativo “ahí te quedas”, León arroja también de sí toda ilusión krausista de que el mundo es redimible mediante el ejemplo de unos cuantos hombres de clara visión, juicio racional y buena voluntad. La filosofía de las luces nada puede en el siglo de las tinieblas. Lo más que se puede pedir en tales circunstancias a un hombre probo es, en palabras de otro filósofo ilustrado, cultiver son jardin.

 

6. El ruedo ibérico

León expresa su repudio del mundo en vehementes embestidas verbales. A María le echa en cara su “sequedad y dureza”, su “devoción embrutecedora, rutinaria, absurda”, sus “pretensiones de santidad..., santidad de sainete”; la llama “inquisición en forma de mujer”, “basilisco de displicencia y acritud”, “arpía que en vez de veneno tiene una... fe verdaderamente diabólica” (OC, 832). A su suegro, el marqués de Tellería, le apostrofa de hombre vicioso, derrochador, desordenado, que no tiene honra porque “donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha de haber honra?” (OC, 855). A Gustavo, su cuñado, adalid de la facción neocatólica, le acusa de “moralista de política religiosa y de sermones de partido, maquinilla de hacer moral de confitería”, expendedor de “pastillas de virtud”, “polizonte de la vida inmortal” (OC, 923). A Paoletti, confesor de María en quien reconoce a su afortunado rival en los favores espirituales de ésta, le califica de “ministro de la intrusión y el abuso religioso”, representante de una turbia milicia que pone cerco a las conciencias con ayuda de la superstición y la astucia (OC, 912). En resumen, dondequiera que pone los ojos León no ve sino ejemplares de un “rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al mundo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia” (OC, 856-857).

Como si estas invectivas no fueran bastantes, el propio Galdós echa su cuarto a espadas y recarga las tintas con que traza el retrato moral —y aun físico— de sus entes de ficción. El engagement del novelista es categórico: Cimarra es de “los que han derrochado la riqueza moral en la mala política, la intelectual en el periodismo de pandilla y la física en el vicio” (OC, 763); Onésimo es un “fanal luminoso que... ilumina con sus rayos a una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del Estado consumen medio presupuesto” (OC, 763); María “en otra época... hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar a la religión las artes gitanas”[17]; el marqués de Tellería es “un compuesto insípido de debilidad y disipación” (OC, 785); Paoletti se vale de “artificio de ojeadas y reclamos dulces para descubrir secretos” (OC, 907); Leopoldo es “la caricatura de una raza entera” (OC, 788); Luis Gonzaga acepta la dolencia física “con un júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo” (OC, 811). Pero no es sólo a los individuos a quienes observa Galdós con semblante cejijunto. Hay que recordar que La familia de León Roch se escribe en el momento en que se dan por fracasadas las esperanzas de una “España con honra”, esto es, en un momento en que Galdós tiene la exasperada convicción de que la Restauración será, no sólo la de una dinastía desacreditada, sino también la de todos los abusos, injusticias y torpezas de la España anterior a 1868. He aquí por qué el novelista impugna con ira y sarcasmo todo aquello que a su juicio caracteriza a la burguesía “restauradora”, desde la especulación bursátil hasta la manía del veraneo, desde las tertulias neocatólicas hasta la arquitectura de los ricos nuevos, desde los afrancesados libros de rezo hasta los no menos afrancesados sombreros de señora. Pero, en definitiva, lo que reprueba es toda la sociedad contemporánea, de la que esa burguesía es sólo la parte más visible, más cínica y más hipócrita, amén de ser la más dañina justamente por arrogarse una función rectora. Y como muestra de esa reprobación general Galdós nos ha dejado un cuadro inolvidable, pintado con vivos colores entre los que se destaca el amarillo de la bilis. Es la Plaza de Toros de Madrid cuando, en tarde de corrida, se hacinan en ella todos los estamentos de esa sociedad: políticos, aristócratas, comerciantes, hetairas, jornaleros, funcionarios, artesanos, estudiantes; una turbamulta, en suma, insolidaria en todo menos en los “roncos bramidos de pasión, ira, deleite, frenesí” con que recibe la “ópera sangrienta” que se desarrolla en el redondel[18]. Sólo en la zona de las impresiones fuertes —parece sugerir Galdós—, de las que lo “desordenado y chillón, embriagador y maleante de la fiesta española” es adecuado ejemplo; sólo en la zona de lo primario, lo instintivo, lo violento, de lo que los enajena de sí mismos, están de acuerdo los españoles. Fuera del “redondel” cada cual va por su lado. Y cuando, como en la tarde de marras, la fiesta castiza es interrumpida por el aguacero de una aparatosa tormenta, entonces la violencia se traslada del ruedo a los tendidos, y a codazos, puntapiés, gritos y juramentos se disuelve esa aparente comunidad social. No hay que ser muy zahorí para penetrar la intención simbólica del cuadro.

 

7. La tiranía de la vida

Es indudable que La familia de León Roch es la novela de mayor gravamen ideológico que ha salido de la pluma de Galdós. En prédicas, advertencias, glosas e incisos, ambulando por las páginas de su fábula como Pedro por su casa, arrogándose los omnímodos recursos del novelista “clásico”, Galdós procura dejar constancia de que da por buenos los pensamientos y actos de León y, en simpatía intencional, los comparte. El novelista descubre y hace descubrir a su criatura que las ideologías más racionales, sobre todo cuando el ambiente les es adverso, tienden a arraigarse en la psique como plantas en tierra de secano, buscando en las honduras el sustento que no logran hallar en estratos más superficiales. León, ante el asedio hostil de las gentes, acaba por afirmarse en sus ideas con el mismo ciego fervor con que otros individuos menos racionales se afirman en las suyas. Y esto le causa profundo desasosiego: “¿Y si también yo soy fanático?”, se pregunta. “Así como [María] tiene creencias que la impelen a aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible?” (OC, 826-863). A primera vista esto parece sugerir que Galdós considera deplorable la mudanza de una “idea” en “creencia”. Pero no es así. El novelista sabe que el hombre vive de sus creencias, que sólo a ellas otorga fidelidad inquebrantable como ingredientes que son de su radical intimidad, de su auténtico yo; por lo tanto Galdós estima que, en lugar de rebelarse contra lo que es una verdad inconcusa, conviene dilucidar hasta qué punto una creencia favorece o dificulta el perfeccionamiento del individuo y la sociedad. Este género de ponderación es el verdadero cometido de la conciencia moral. Así, pues, esa pregunta que Galdós pone en boca de León es manifiestamente capciosa, y el novelista bien lo sabe. María y León viven, sí, cada uno de sus creencias; pero la conciencia moral nos hace ver que las de María son deletéreas, pues no es concebible que el cristianismo, doctrina que busca la unión de todos los seres en el amor y la caridad, pueda ser agente disociativo, fuente de odio y perversión. “No nos ha separado el crimen, sino la religión”, exclama León Roch (OC, 862); lo cual no es exacto, pues la verdadera causa de la separación es la irreligiosidad de María, su falso misticismo, su fanatismo inmisericorde, lo que equivale ciertamente a un crimen moral. María carece, en definitiva, de las virtudes cristianas de que tan abundosamente dotada está la esposa del “testador” de Azcárate. Por ello el matrimonio de ésta sobrevive a la crisis religiosa y aun se fortalece en ella, mientras que el de María se desbarata.

No fanático, pero sí moralmente inflexible, e inflexible consigo mismo en mayor grado que con los demás: he ahí la clave de la personalidad de León. En su arduo progreso por el mundo llega el momento en que nuestro krausista de ficción tiene que decidirse por uno de dos senderos clásicamente divergentes: el del amor, como ley del sentimiento, y el del deber, como ley de la voluntad. El del amor le llevaría a formar con Pepa Fúcar y Monina una familia sucedánea que, ilícita a los ojos del mundo, tendría como justificación una raison de coeur superior, según el parecer romántico, a toda norma o convención social. Tal es la raison a que apela Pepa cuando declara ante los escrúpulos morales de León: “Mi conciencia es amar” (OC, 863). El deber, por otra parte, le lleva a rechazar esa solución en nombre de una ley superior a la del sentimiento, y por supuesto, a las que consignan los códigos: “No soy —dice—, no puedo ser como la muchedumbre para quien no hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral en receta para los actos públicos de la vida y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones...; obedezco y atiendo a mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oír siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma” (OC, 826-862-863). Esa voz le anuncia que, por injustas que sean las leyes que le impiden unirse a Pepa, más injusto aún sería sustraerse a ellas apelando a una “ley del corazón” que las suspende o invalida: “Quédese en la mente —le susurra esa voz— esta rebelión osada y no salga de ella. Quien no puede transformar el mundo y desarraigar sus errores, respételos. Quien no sabe dónde está el límite entre la ley y la iniquidad aténgase a la ley con paciencia de esclavo. Quien sintiendo en su alma los gritos y el tumulto de una rebelión que parece legítima, no sabe, sin embargo, poner una organización mejor en el sitio de la organización que destruye, calle y sufra en silencio” (OC, 955). León renuncia, por tanto, a la tentadora solución “marginal” que le brinda Pepa y que incluso la sociedad acabaría por admitir con guasona laxitud; y con tal renuncia se despide para siempre de la felicidad. Como él mismo confiesa, debe aceptar las consecuencias de sus errores, la más dolorosa de las cuales es cabalmente la de nunca alcanzar el “ideal” que ha sido norte y guía de su vida. El, que ha visto con repugnancia las transacciones acomodaticias, las reticencias cobardes, el impúdico ten con ten de la sociedad burguesa, sabe que su conciencia se sublevaría contra una solución en la que, por lo pronto, no cabe distinguir lo que hay de arrogancia, de despecho y de egoísmo.

Calle y sufra en silencio quien se percata de que el mundo es absurdo, injusto, contrahecho. Ya el “testador” de Azcárate, escribiendo en los primeros días de la Restauración, declara que “todos debemos convencernos de que no es racional esta vida que no es vida, que es una perpetua congoja, producida por la lucha de toda clase de intereses y de todas las pasiones, y por la ausencia de toda clase de principios y de ideas” (Minuta, 74). León Roch, por su parte, contemplando las ruinas de su afán, comprende al fin lo imposible que es “dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola a la tiranía de la idea” (OC, 891). Y ahí está el error. La tiranía no es la de la idea, sino la de la vida, siempre ganosa de imponer su sinrazón, su frenesí, su desmesura; siempre capaz de descoyuntar cualquier armazón racional con que se pretende aprisionarla y enderezarla a la plenitud y la perfección. O, como el propio León reconoce: “Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento a la honda” (OC, 891).

 


Notas

[1] Una versión muy reducida de este trabajo fue leída en el X Congreso de la Fédération Internationale des Langues et Littératures Modernes, celebrado en la Universidad de Estrasburgo, de 29-VIII a 3-IX, 1966.

[2] Minuta de un testamento, publicada y anotada por W..., Madrid, 1876. Véase mi Krausismo, págs. 169-175. Véanse también los ensayos: “Una crisis de la conciencia española: Krausismo y religión” y “Una afinidad electiva: G. de Azcárate y W. E. Channing”, ambos en este volumen [Hacia el 98: literatura, sociedad, ideología. Barcelona: Ariel, 1972.].

[3] Hay que precaverse ante todo contra toda suerte de indoctrinación, incluso cuando viene apoyada por la más alta autoridad: “hícele comprender a mi hijo —escribe el "testador” de Azcárate— que..., respetando a sus maestros y aun amándolos, debía tornarlos por guía; pero como juez sólo a su conciencia”. Minuta, pág. 114.

[4] La metáfora es evidente en este párrafo de Julián Sanz del Río: “cortemos resueltamente las ramas viejas del árbol, todo lo egoísta, todo lo exclusivo y antihumano, todo servilismo y dualismo moral; ahondemos hasta la raíz viva y sana, que nunca muere del todo en nuestra naturaleza, y levantemos sobre esta raíz con cultivo diligente y experimentado el hombre y la vida nueva”. Ideal de la Humanidad para la vida, Madrid, 1871, pág. XXI.

[5] Una caracterización excelente de este género de pedagogía se halla en Pierre Jobit, Les Éducateurs de 1'Espagne contemporaine, París-Burdeos, 1936, 1, págs. 110 sigs.

[6] F. Giner, “Sobre la idea de la educación” y “Grados naturales de la educación”, en Obras completas, tomo X: Pedagogía universitaria, págs. 12-13.

[7] “Siempre creí que el profesor, a la par que instruye, educa a la juventud, y con nada tanto como con el ejemplo; y por esto, así en la cátedra como fuera de ella, he tratado de contribuir a este fin, observando una conducta que quizá habría sido menos pura sin este acicate y sostén.” Minuta, páginas 90-91.

[8] El “testador” declara paladinamente: “parecióme la Universidad un templo y el profesor un sacerdote”. Ibid., pág. 89.

[9] Incluida en Obrar completas, tomó IV, Madrid, 1954. Las referencias que aquí damos son a esta edición, identificada en adelante con las siglas OC y el número de página.

[10] “Sólo de la razón sana y sistemática a la vez espera la Humanidad una ley de vida que autorice la convicción, y sosiegue el corazón, y encamine la voluntad, realizando en el hecho la armonía fundamental de nuestro ser.” Sanz del Río, “Discurso pronunciado en la Universidad Central... en la solemne inauguración del año académico de 1857 a 1858”, en Ideal, página 314.

[11] Véase mi Krausismo [Krausismo español. México: Fondo de Cultura Económica, 1956] págs. 54-57.

[12] Así Onésimo: “No critico a nadie: reconozco que todos somos lo mismo”, OC, pág. 768. Así también el marqués de Tellería, de quien nos dice Galdós que expresaba la idea de que “todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme”, OC, pág. 868.

[13] Dice León: “Me son insoportables los caracteres de esta zona social adonde mi padre me hizo venir. No puedo respirar en ella: todo me entristece y fastidia, los hechos y las personas, las costumbres, el lenguaje..., las pasiones mismas, aun siendo de buena ley.” OC, pág. 775.

[14] Ideal, pág. 94. Recuérdese que a iniciativa krausista se debe la fundación de la Asociación para la enseñanza de la mujer, organismo encargado del sostenimiento de la Escuela de Institutrices, establecida por Fernando de Castro en 1869.

[15] Se podría decir que Galdós recoge la cuestión planteada por Azcárate justamente en el punto en que éste se desentiende de ella. El “testador” cierra la sección referente a la religión con el descargo de conciencia ante su esposa; y en una nota se añade: “Aquí concluye la parte del testamento consagrada a la Religión, que es la más larga, y en la que, sin embargo, notarán quizá los lectores, como nosotros, algunos vacíos, puesto que no habrá sido tan llana y fácil la realización de los planes trazados para resolver todas las varias dificultades que preveía el testador. Acaso éste ha creído que lo sucedido después no tenía bastante importancia para hacerlo constar en este documento solemne, tanto más cuanto que el silencio que en todo lo que sigue guarda prueba que nada grave ocurrió en aquel respecto”, Minuta, págs. 71-72. Galdós escribe La familia de León Roch para mostrar que, muy al contrario, lo más grave en situación parecida estaba aún por ocurrir.

[16] No sería muy aventurado ver en ese retiro de León un eco del de Julián Sanz del Río a Illescas.

[17] OC, pág. 871. Todo el capítulo XII (“Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya”) de la parte II es una diatriba de Galdós contra María, los ultramontanos, la literatura religiosa, la beatería y la superstición de la época.

[18] Es el capítulo I de la pacte II. Como es sabido, Galdós detesta la llamada “fiesta nacional”.

[Fuente: Juan López Morillas. “Galdós y el krausismo: La familia de León Roch.” Revista de Occidente 4.60 (1968): 331-357. Se reproduce en Juan López Morillas. Hacia el 98: literatura, sociedad, ideología. Barcelona: Ariel, 1972. Pp. 81-118.]

Juan López Morillas
Actualizado: agosto de 2005

 

© José Luis Gómez-Martínez
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