advertencia introducción cronología textos bibliografía índices

 

C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

II.

Las instituciones hoy activas
de la sociedad humana no llenan
el destino total de la humanidad

22.

Para conocer ahora si las instituciones históricas, que hemos caracterizado, llenan la totalidad del destino humano, debemos primero conocer el ideal de la humanidad en sus lineamentos fundamentales. Entonces hallaremos hasta qué punto cada sociedad hoy histórica corresponde a su idea, y en qué no corresponde todavía; todo lo cual debe mostrarnos qué instituciones sociales faltan aún a la humanidad y cuándo y cómo pueden ser establecidas.

La perfección de toda naturaleza exige que viva y obre como un todo interior y relativo a la vez; que desenvuelva todas sus partes y funciones según esta idea, cada una por sí y todas en relación. El cuerpo humano es el ejemplo más inmediato de esta perfección que es igualmente esencial al espíritu y al hombre, y a todos los hombres como a todos los seres.

Así, para considerar las formas particulares de la sociedad, debemos representarnos la idea de un organismo igual en sí e interiormente graduado y enlazado, como la idea reguladora de nuestro juicio. Porque, si esta idea da para la planta o el animal la medida de su perfección, debe darla igualmente, y aun más, en el hombre, como el organismo más íntimo y más perfecto de la creación. Considerando ahora las sociedades particulares hasta hoy formadas en la historia humana, debemos indagar si, mediante ellas, el hombre y la humanidad se realizan como una naturaleza total y orgánica de su género; si el hombre todo es estimado y educado igualmente que sus partes y fuerzas interiores; si las relaciones de las partes entre sí y con el todo son, mediante las sociedades existentes, conservadas en salud, en libre movimiento y en progreso gradual y sostenido. Ciertamente, cada una de las sociedades hoy conocidas y activas, tiende, según su fin, a abrazar el hombre todo con todo su espíritu, sus facultades y fuerzas; pero cada cual de ellas está limitada por su fin particular, aunque fin por lo demás necesario y bueno; cada una abraza al hombre y lo inclina sólo de un lado con sus particulares medios, para sus particulares fines. Veámoslo.

23.

La familia

La familia se funda en la oposición de los sexos, en el contraste característico de la humanidad masculina y la femenina. Los amantes se buscan, porque en espíritu y cuerpo se necesitan uno a otro para formar un todo superior humano; por esto y para esto se unen con vínculo indisoluble en toda su individualidad. Los esposos se aman, no absoluta ni primeramente como hombres, sino porque son el uno para el otro estos tales y propios individuos con su personal carácter, cualidades y prendas de cuerpo y espíritu. ¿Quién duda que el hombre posee muchas prendas nobles e importantes para la sociedad, y en las que sin embargo la mujer toma relativamente escaso interés y no mayor que en cuanto pertenecen a la individualidad del hombre amado? Así, el mérito científico del marido interesa relativamente poco a la mujer, al paso que ésta se une enteramente al carácter personal de aquél.

24.

Cosa semejante observamos en la unión de los padres con los hijos, del amigo con el amigo, y en el comercio libre social. En estas relaciones y uniones y en las sociedades consiguientes reina y predomina la individualidad; individuales prendas, individual carácter. Y donde quiera que la individualidad reina, junta pocas personas en su vínculo para completar cada individuo con el inmediato y reunirse todos en un hombre superior; unión por cierto bella, esencial a la naturaleza humana e inextinguible, pero limitada. Al lado de las personas amadas son frecuentemente desconocidos y desestimados los demás hombres, no menos dignos que los inmediatos de estima y amor: harto fácilmente se muestra el amante insensible y aun inhumano para los que están fuera de su círculo. Porque el hombre sólo a pocos se da todo entero; mientras se une en íntimo vínculo con unos, se enagena de los restantes, y aun en estados imperfectos históricos se convierte a las veces el amor para los primeros en aborrecimiento e injusticia para los segundos. Así, no es raro que aun hoy encontremos en deforme liga amor y odio, dulzura y crueldad en un mismo hombre.

25.

El Estado; su límite

La justicia es a su modo una fuente de virtud moral; pero sólo es una fuente y en su género una esfera de la virtud; no es toda la virtud humana. El Estado, como la forma exterior de la justicia, debe asegurar a los ciudadanos las condiciones para cumplir libremente la totalidad de su destino; pero las condiciones interiores de libertad y de mérito moral, las intimidades del ánimo y las potencias superiores del entendimiento y la voluntad están fuera de su esfera y sobre sus medios. Bajo estos respectos el Estado puede sólo dar las condiciones exteriores, puede concurrir a su modo, prestando derecho a la actividad de las otras instituciones relativas al destino humano; pero el Estado no puede fundar ni dirigir la vida interior de estas instituciones. Hasta aquí no alcanzan las leyes ni los medios políticos; éstos pueden impedir y hasta destruir fuerzas materiales; pero no tocan al espíritu, ni al ánimo. El Estado cuida de que no se impida a los ciudadanos la prosecución y cumplimiento de su destino individual y social, sino más bien que todo preste condición favorable para este fin, y con esta idea aspira a convertir las relaciones sociales en un sistema de recíproca condicionalidad humana.

Pero lo que el hombre interior puede y debe realizar en sí, su cultura en ciencia y arte, en moral y religión, debe el Estado dejarlo a la libertad y a las influencias espontáneas, las sociales y exteriores, como las individuales e interiores sobre el hombre. ¿Y qué, no debe el derecho mismo, como fin humano, fundarse en el hombre interior, para ser legítimo, firme y durable? ¿No funda el Estado su vitalidad más íntima, y su estabilidad en la virtud moral y superiormente en la ciencia y la religión de sus ciudadanos?

Medios exteriores, que por el dolor corporal o por el interés temporal mueven a cumplir el derecho, son sólo eficaces para los hombres dominados de los impulsos sensibles y del egoísmo; arraigan en vez de extirpar la raíz de la injusticia impiden temporalmente la manifestación del mal; son a lo más un recurso de necesidad, un preservativo de defensa en estados imperfectos de la historia humana, y a los cuales no la represión material, sino la educación moral provee eficazmente. El Estado mismo obrará respecto a las demás sociedades fundamentales con justicia y bondad moral, cuando este espíritu vivifique a todo el pueblo, y de él estén penetrados todos los miembros de este pueblo.

26.

La Religión

La Religión y la Iglesia median entre Dios y la humanidad, en cuanto la humanidad debe vivir íntima en Dios y subordinada a Dios, en espíritu de piedad filial. Esta relación religiosa de la humanidad con Dios, relación cumplida históricamente por la Iglesia, es en sí esencial, y como fin fundamental debe ser cumplida por el hombre y por todos los hombres generosamente, sin afecto individual. Esta relación nace en la intimidad de la naturaleza humana, como hija de Dios y semejante a Dios; y allí donde es fielmente guardada, es fuente de virtud moral, de claro conocimiento, de belleza y de justicia; mas no por esto la moral, ni la ciencia, ni el arte, ni el estado son fines contenidos en la religión. La interioridad del hombre en Dios es pura, independiente de motivo externo, aunque sea el más elevado, bien que esta relación concierta con todo lo bueno y bello en el mundo y en la humanidad.

27.

La Ciencia; su límite

Adquirir conocimientos, extenderlos y construirlos en un sistema científico, es fin real en sí y fundamental del destino humano. Todo conocimiento, ya se funde en experiencia interior o exterior, ya mire a hechos particulares o comunes, ya conozca la historia efectiva, o ya contemple el cielo de las ideas, tiene en sí valor absoluto, y debe acompañar al hombre en los caminos de la vida, como una luz divina que ilumine y guíe sus pasos. A la ciencia debemos en parte el amor a la vida, la paz del ánimo, la firme voluntad, la armonía con la naturaleza, la salud y belleza del cuerpo.

Pero ¡cuántas cosas que interesa al hombre conocer, quedan fuera de la claridad científica o en la media luz del presentimiento! ¡Cuánto y cuán importante debe dejar el científico a la fe racional y a la voz del corazón! Y dado que algún día los fundamentos de la ciencia sean mejor conocidos y sobre ellos se construya un edificio más regular y orgánico que hasta hoy, en lo cual firmemente esperamos, no bastará la ciencia a llenar el hombre todo, sino sólo una parte, una relación y fin entre otros fines. Porque, para cumplir el fin científico, necesita el hombre recogerse en su espíritu, concretar toda su actividad a un determinado objeto: las multiplicadas solicitaciones del trato social deben callar mientras el pensador levanta con ojo tranquilo el sistema de la ciencia. La peculiar actividad científica es meritoria, es humana, pero no es total; en la intensidad de la aplicación científica decaen otras funciones y relaciones igualmente humanas y estimables. El ánimo se mueve en el científico parcialmente y de sólo un lado; mil fuentes de goces legítimos quedan entretanto cerradas para él. Por esto el científico necesita rehacer sus fuerzas en el comercio social, en la intimidad de la familia, en la amistad, en la religión, para no empobrecer su ánimo, ni enfriar el amor de la vida, mientras acumula tesoros de conocimiento.

Y después de todo, y cuando la clara idea de su naturaleza lo haya penetrado de amor hacia ella, ¿dónde encuentra el científico esta misma naturaleza humana, una, pura, total? ¿Le muestra acaso la historia hasta hoy más que individualidades o sociedades aisladas sin centro ni vínculo común, y las cuales en tanto tienen interés para él y le son instructivas, en cuanto se oponen una y otra vez a su propia individualidad?

28.

El Arte; su límite

Cosa semejante observamos en la tendencia humana al arte y al fin artístico. Aquí distinguimos el artista libre, ideal, del artista útil. El libre artista se aplica a producir obras, que en su carácter individual tienen valor propio, encierran en sí una idea original y dan al artista mérito y estima humana. El libre artista, ya dé a luz una obra de vida o una obra de belleza, crea con espíritu original, no es movido por fin particular exterior, ni aun por el de su propia gloria, ni por medro de fortuna; concibe y produce sus obras sin ley prescrita por otro, sino porque la idea divina le mueve interiormente. La vida artística es en todo el sentido vida humana, original, alimentada por la concepción interior del espíritu.

El artista útil, al contrario, que sacrifica al fin temporal la genialidad libre de su espíritu, produce obras que en sí tienen un mérito escaso, y son estimadas sólo por el fin para que sirven. El artista útil trabaja una pieza tras otra, según modelo hecho, sin originalidad de idea, sin calor del ánimo; cuanto más fielmente se aplica a su profesión, tanto más olvida la cultura libre del espíritu y del corazón.

¿No deberían las clases superiores sociales interesarse en ganar para la humanidad esta parte numerosa de sus hermanos, acercándose a los estados inferiores no menos dignos que todos de igual solicitud? ¿Yo deberían en ley de humanidad y con acción sistemática ocuparse en mejorar su educación liberal, en suavizar sus costumbres? ¿Pero dónde, hasta hoy, ofrece aquella mitad humana a esta otra medios permanentes para tal educación? Si la religión no asegurara a las clases que viven bajo la servidumbre del trabajo corporal alguna parte de cultura, caerían en la última degradación. También estas clases deben conocer y sentir la idea de la humanidad; en ellas también puede y debe despertarse el sentimiento moral, y esto con plan regular y sostenido, con medios permanentes, para que, como miembros dignos del todo, puedan elevarse o acercarse a la cultura de las clases superiores y participar de los bienes humanos.

¡Cuán mejorado está sobre el artista útil el libre artista, que obra según su idea espontánea, o la inspiración de su genio, que puede contemplar la vida y la belleza para la producción libre de su concepción interior! Las obras del artista libre son un espejo, donde la humanidad se reconoce y se reanima a una segunda superior vida.

Pero también la concepción y la producción artística, por excelente que sea, es particular, es sólo una forma de la vida total humana; tampoco el fin artístico llena todo el corazón, todo el espíritu del hombre. Fácilmente olvidamos por el arte nuestro predilecto el arte total de la vida y del bello obrar; harto fácilmente observamos al artista frío e indiferente para la producción inagotable de la vida histórica. Aplicados a la representación del bello ideal y preocupados por el amor exclusivo a este fin, no se interesan a veces aun los grandes artistas por la belleza inmediata de la virtud; resfríase en ellos el amor a la humanidad y sus bellas manifestaciones y a veces necesitamos prescindir del hombre para amar al artista, ¡como si el arte bello debiera dañar a la educación armónica de todo el hombre! ¡Como si los más preciosos frutos del arte pudieran madurar sin el cultivo armónico e igual de todos los fines humanos!

29.

Resumen

Es, pues, la primera imperfección el lado común negativo de las esferas hoy activas de la sociedad humana, que ninguna de ellas toma todo el hombre como objeto inmediato de educación. Ninguna cultiva con idea y plan la naturaleza total humana, según viene a la vida entera y sana de las manos del Criador, en la relación proporcionada de todas sus fuerzas y facultades y para el cumplimiento armónico de todos sus fines.

Se dirá que todos los miembros de este organismo social, que todos los fines humanos están repartidos en estas varias esferas activas, y que al hombre le basta hacerse parte en todas para conocer la total idea humana y cumplirla por su parte. Pero, ¡qué difícil es al individuo y aun a sociedades particulares hacerse partes y consocios de tantos lados a la vez; buscar fuera estas particulares ideas y particulares fines, y reunirlos concertadamente en su vida! ¿Y puede acaso la humanidad una e indivisa realizarse enteramente en sociedades aisladas, extrañas unas a otras, sin vínculo sensible reconocido y respetado como ley común e imperativa de todas y sobre todas, sin órganos vivos y efectivos de comunicación entre ellas? ¿No sentimos aquí, que falta de raíz a las formas actuales de la sociedad una vida de positivo concierto y comprensión, un nudo común, la sociedad total de las sociedades particulares, la sociedad fundamental humana? ¿No observamos, que las sociedades particulares, en su respectiva incomunicación o aun oposición y falsas relaciones en que hoy viven, son insuficientes aun para su fin propio, o están preocupadas de la excelencia de este fin sobre todos los restantes, en vez de conocerlo y realizarlo en justa medida y límite, como parte del fin y bien común a todas y superior sobre todas, la humanización en el tiempo de nuestra humana eterna naturaleza?

¿Qué ha de fundar, pues, esta vida común e interiormente relativa de las instituciones sociales y con ella la interior salud y progreso de cada una, sino la idea y ley de la humanidad misma en la verdad de su ser, cuando llegada un día al claro conocimiento de su destino, y reanimada en el amor a esta idea, mueva con igualdad todos sus miembros, concertándolos en armonía interior, asignando a cada parte del destino humano y a cada esfera relativa su lugar en la vida del todo, manteniéndolas en la justa medida, y prescribiendo a cada una las funciones que le corresponden para el fin total?

Unidad, oposición interior, armonía, son para todo ser y toda vida el fundamento de su salud, de su fuerza y su belleza. Asimismo, cada individuo y cada sociedad humana sólo entonces realizan la plenitud de su idea, cuando ligándose de grado en grado en relación comprensiva y supremamente con la sociedad total humana, abracen con igual interés y en acción común y orgánica todos sus fines; cuando ordenen toda condición y relación humana en forma de un armonismo interior, vivo y total.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces